N/A: Sinceramente no quiero hablar, no me siento bien T_T. De nuevo perdón por la tardanza, en resumen: más enfermedades, la operación de mi madre, visitas al hospital, cuidados especiales en casa, cambio de computadoras y con ello todas mis cosas, las semanas de los exámenes, trabajos feos, investigaciones aún peor y un mundo lleno de problemas. Una que otra irresponsabilidad por culpa de cupido y su mala puntería y de ahí mi depresión *forever alone*

Espero me perdonen, porque ya no sé que más decir para disculparme Y_Y. Y muchísimas gracias por sus reviews, me animan y me hacen sentir con tanta emoción que me motivan a seguir escribiendo.

Fluoradolescent: Lamento mi poca habilidad para expresar lo que imagino, y para separar notoriamente los periodos en la historia :( . El capítulo inicia y termina con lo de ese día, es decir, la conversación entre la Madre Superiora y el Itachi de 13 años, pero en medio está el flashback de lo que sucedió en el onceavo cumpleaños de Itachi, El Gran Incidente es precisamente el berrinche de Itachi y las consecuencias que eso llevó consigo.

Disclaimer: Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto, pero la historia es totalmente de mi invención y por lo tanto nadie puede tomarla sin mi consentimiento (como si alguien quisiera).


Coro

La negociación había salido bien, no totalmente exitosa para lo que él quería y necesitaba –y sabía que nunca lo conseguiría-, pero para el dar y recibir perteneciente a la negociación, había resultado… bien. Así, simple. Nada maravilloso, nada extraordinario, nada de lo que arrepentirse, porque sabía que si presionaba de más entonces todo se iría al caño y terminarían siendo separados por el resto de su estancia en el orfanato.

Y le dolía, pero para todas las diferentes opciones que le habían sido propuestas, esa era la mejor. Durante el medio día, justo después de acabar las clases, Itachi y Sakura se encontraban en los columpios de la zona alejada del patio, donde no había gente ni niños fastidiosos gritando. Esa era una de las cosas que le encantaban de su hermana, pues ella representaba el ideal que él tenía sobre la niñez. Ella era tranquila, pura, inocente, amable, algo tímida, dulce y extremadamente tierna y adorable. Le encantaba.

Desde donde estaban se podían ver las calles contiguas. Era una zona residencial, habían casas lindas y casi vacías, a lo lejos, por entre la esquina de una casa y otra, se veía una avenida, por la cual no circulaban muchos automóviles. Parecía ser una zona despoblada de la ciudad, bueno, si es que estaban en una ciudad, porque ellos vivían encerrados dentro de esa maya, como si hubiera un domo gigante, como si solo ese fuera su mundo entero.

Itachi mecía a Sakura de atrás hacia adelante, suavemente, tal como a ella le gustaba, y mientras pensaba en todo lo que pensaba, Sakura miraba el cielo tranquilamente. Ultimamente no había sonreído mucho, pero tampoco estaba deprimida. Su rostro lucía serio pero pacífico, como si de pronto, en tan solo un día, hubiera madurado todo lo que no había en sus 8 años de edad.

-Sakura, ¿te gusta cantar? –preguntó casi al aire, tan suavemente que lo que había dicho parecía un pensamiento que había escapado de su cabeza, como si hablara dormido, o como si soñara despierto. Mas la pequeña supo que la pregunta no había sido un desliz y que la pregunta realmente había sido mencionada con toda intención de ser respondida.

Su mirada se perdió en la pared que se encontraba frente a ella a unos 10 metros. Efectivamente, de vez en cuando cantaba las canciones que les enseñaban en misa porque era las únicas que había escuchado desde que llegaron a ese lugar.

-Hmm, sí. –Contestó con simpleza. Se sentía tan en paz, como si ese momento fuera eterno. El sol brillaba sin lastimar la mirada, irradiaba calidez sin sentirse caluroso y hacía una pequeña brisa que mecía los cabellos suavemente por periodos. El tiempo parecía detenerse eternamente, el mundo parecía estar vacío y eran ellos los únicos que existían allí.

-¿Podrías cantar un poco para mí? –pidió el pelinegro. La miraba desde atrás y desde arriba. Seguía con su negra y profunda mirada los patrones que las sombras de las hojas dibujaban sobre el rosado y brillante cabello de su hermana. Sus hebras sedosas rozaban con delicadeza sus manos que se encontraban sobre los menudos hombros de la pequeña con ojos de esmeralda.

Sakura, aún con la mirada perdida pensando quien sabe que cosas, comenzó a murmurar la melodía, tratando de recrear con su linda voz el sonido del piano que una de las hermanas tocaba en la iglesia. Luego empezó a cantar etéreamente lo que venía en el panfleto que usaban en las misas y que repartían para que todos supieran la letra, llegando sin esfuerzo alguno al tono agudo de soprano que se utilizaba en el coro, cantando tan suavemente las letras que si Itachi no se enfocaba no podía escucharla.

Todo se hizo silencio, el ruido jamás existió y lo único que escuchaba era la voz de ella.

Itachi se vio inmerso en un mundo de paz infinita, un mundo donde no existía lo malo, donde estaban los 2 con todas sus necesidades satisfechas, donde no existía nada más que felicidad. Se sentía entre las nubes, con una luz tan resplandeciente que no le dejaba observarla concretamente, pero aun así, viéndola difuminadamente, sabía que seguía siendo hermosa y pequeña.

La voz de Sakura era infantil, sus pulmones pequeños no le daban para alargar las notas demasiado, los labios de su boca se movían con calma y toda ella parecía brillar.

Ella dejó de cantar sin acabar la canción, alzó su rostro e Itachi pudo ver los verdes ojos de su hermana. Le dieron ganas de besarlos pero se conformó con besar su blanca frente. Esos ojos tan grandes e inocentes.

-Cantas hermoso, Sakura. –No sabía si decírselo, escuchándola sintió que no quería que ella compartiera su voz con nadie más, quería ser el único que tuviera el privilegio de escucharla. -¿Te gustaría entrar al coro de la iglesia? –soltó, ocultando su decepción y su tristeza y ese egoísta sentimiento que le inundaba hasta hacerle saborear algo desagradable en la boca.

Ella era aún muy pequeña para sentir si había algo mal en lo que él le decía. A ella no le interesaba las cosas que sucedían en el mundo, esa manera tan sencilla de ver todo a su alrededor era una verdadera dicha. Sólo quería jugar y estar con su hermano, y eso era lo único que le importaba. No tenía por qué saber que en algún lado del mundo muchos niños morían de hambre, ni que había homicidios masivos, asesinos seriales, o que mucha gente se quedaba sin dinero mientras otros tantos se bañaban en billetes inmundos, que había parejas que cometían adulterio, otras tantas que luchaban contra el SIDA o el cáncer, ni que había millones de niños dando a luz a más niños. No sabía que a 3 calles de ahí vivía una pequeña y rota familia, en la que el esposo se la pasaba en la casa tomando y golpeando a su mujer y violando a su hija. No, no tenía por qué saberlo.

-No lo sé –contestó, mostrando una vez más su desinterés por el mundo y por aquello que no fuera su hermano.

La llevó hasta el salón dedicado al ensayo del coro. La puerta era de madera y se encontraba cerrada, pero desde afuera podían escuchar el piano siendo tocado con calma. Esperaron a que el piano dejara de sonar, y al instante, Itachi tocó la puerta con sus nudillos suavemente. Tal vez si lo hacía lo suficientemente suave… no. Esta vez no habría excusa, era el acuerdo al que habían llegado.

Tras unas cuantas palabras, Itachi soltó por fin la pequeña mano de su hermana, dejándola entrar, dejándola alejarse de él. Le dolió, se sintió vacío, ya la empezaba a extrañar. Bajó la mirada al suelo y comenzó a caminar hacia su habitación. Había deberes que hacer y los haría para matar el tiempo mientras ella estaba en el ensayo que duraba horas.

Día tras día la rutina se repetía, pero no por eso menguaba el dolor que sentía cada vez que soltaba su manita y la dejaba irse, como si fuera el primer día.

Ella empezaba poco a poco a construir otro mundo sin él. Podía verlo, ella estaba creciendo, estaba superando todo lo malo que había sucedido, estaba consiguiendo amigas, reía, conversaba animadamente, le contaba tanto sobre las otras niñas, utilizaba términos de coro que él no entendía, y se sentía tan excluido que quería llorar y arrancarse el cabello de pura desesperación. Pero fingía esa sonrisa, motivándola a seguir creciendo aunque por dentro quisiera tenerla encerrada en esa habitación junto a él.

El domingo llegó con un paso tan lento que le parecía una eternidad. La misa fue programada a las 12 del medio día y sería por fin el debut de su pequeña hermana. Se sentó donde le habían indicado e inmediatamente ignoró todo a su alrededor para enfocarse en el lugar donde el coro usualmente estaba. Aún no había gente en esa esquina al lado del piano, pero Itachi esperaba impaciente a verla pues esa mañana ella se había ido muy temprano para arreglar los últimos detalles de su primera aparición.

Antes creía que el coro no era gran cosa, que solo era un grupo de mujeres y niñas leyendo el panfleto como todos ellos y cantando como se les ocurriera pero con los detalles y todo lo que su hermana le contaba, se estaba dando cuenta de que en realidad el coro era algo serio, algo para lo que se preparaban durante toda la semana para agradarle a su dios, y no sabía si tanta preparación lo hacía sentir bien o mal o estúpido

La misa pasó sin más ni más, la verdad es que no escuchó ni una sola palabra de nadie, se perdió el sermón del padre, se perdió de la lectura de la biblia, se perdió de las oraciones, del Padre Nuestro, del Ave María… Su atención estaba en su hermana y en el sentimiento de que le hacía falta, y entonces el momento llegó. Empezaron a salir en filas desde la parte trasera de la iglesia. Vestían las batas blancas largas que siempre usaban.

La encontró con rapidez, sus mejillas se veían rojas, sus ojos miraban el suelo y restregaba sus manos una y otra vez, en claro estado de nerviosismo y estrés. Quiso correr y abrazarla, animarla con cualquier frase que se le viniera a la mente y darle la claridad y fortaleza que ella necesitaba en ese momento, pero no se le permitía moverse de su lugar.

Desfilaron luciendo como pequeños angelitos caídos del cielo, regalando sonrisas a todos y llegando finalmente a su lugar.

El piano comenzó a sonar. La hermana que estaba sentada ahí tecleaba con maestría su viejo amigo con quien más tiempo había pasado. Era extraño como la gente se encariñaba con objetos. Sus dedos tocaban suave, se movían en armonía con el instrumento y las niñas se balanceaban de lado a lado con sincronía, dando ese sentimiento de unidad y unanimidad.

El coro empezó a cantar. De entre las voces apenas distinguió la de Sakura que sonaba tan quedamente demostrando su nerviosismo e inseguridad, veía su boca moverse, cantando sin vocalizar como le habían enseñado y él presintió que ante tanta presión ella olvidó todo lo que había aprendido en esa semana. Era nueva, no estaba preparada, todas las demás sabían que hacer, ella era la única nueva que tenía que aprender como moverse, como cantar, como entonar, como sonreír, como seguirle el ritmo y el tono a las demás, y como recordar y aplicar todo eso en ese momento. Ella estaba tan asustada que sus ojitos ya estaban brillosos, con lágrimas a punto de salirle de sus verdes esmeraldas.

Miraba a sus compañeras buscando ayuda, se removía en su lugar incómodamente, mas ellas la ignoraban tratando de hacer la mejor presentación de sus vidas, tratando de impresionar al público y ser las mejores. Se sintió abandonada por sus nuevas amigas.

Vio que una de las monjas le dedicó una dura mirada a su hermana y ella se encogió en su lugar. Sinceramente quiso levantarse y abofetear a esa mujer que regañaba a su hermana, pero ahí se quedó.

Sakura alcanzó a distinguir el negro cabello de su hermano entre el público, lo miró intensamente, gritando ayuda con sus ojos, deseando que un meteorito cayera justo ahí justo en ese momento y le permitiera escapar y esconderse en los brazos de su hermano. Y entonces vio la sonrisa de él, esa calmada sonrisa, esa delicada mirada que sólo usaba con ella, ese pilar de tranquilidad en el que ella se apoyaba para seguir. Los nervios comenzaron a disminuir poco a poco, enfocándose en mirarlo a él y estar tan imperturbable como él.

Luego la voz de Sakura comenzó a sonar cada vez más y más fuerte, inundando el lugar con una sensación celestial. Su mirada estaba dirigida sólo hacia su hermano, su sonrisa era solo para él, su voz era solo para él.

Al terminar aplaudieron tal como lo hacían cada domingo. Para ellos la presencia de la niña había sido una sola más, no importaba, no era algo digno de notar, pero para Itachi y para Sakura había sido un logro tremendo.

Sakura chocó duramente con esa realidad. No importaba que tan bien pudiera llevarse con alguien, al final los únicos que quedarían serían ella y su hermano en ese mundo en que nadie más encajaba en su relación.

La ensoñación en la que se había visto durante esa semana se esfumó, la sensación de un mundo sin las presiones que amar a su hermano conllevaba era solo una fantasía. Durante esa semana se sintió encajar en el mundo, pertenecer a algo más que a su hermano, expandir sus horizontes, incluso se sintió culpable de darse cuenta que durante esa semana casi lo había olvidado.

Esas horas habían sido maravillosas porque había olvidado todos sus problemas, pero desde el domingo, cada día que iba se tornaba una tortura porque no estaba con él. Ahora lo extrañaba en demasía y no podía hacer nada al respecto, solo armarse de valor y aguantar hasta volver a verle y sujetar su cálida y gran mano.

Ignorante del acuerdo al que habían llegado su hermano y la Madre Superiora, pasaba sus tardes tratando de concentrarse en sincronizar con el grupo, pero su mente pensaba en Itachi y sus preciosos ojos negros.

Se volvería peor con el tiempo.


Notas finales: ¿Han visto el video de Connie en Britain's Got Talent? Bueno, de ahí me vino un poco de inspiración para este capítulo, así imagino la voz de Sakura. No tengo energías ni para pedir reviews, si me odian por tardar tanto en publicar lo entiendo perfectamente u.u