Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Muchas gracias a todos los que se prendieron con la historia y apoyaron el proyecto. Tengan en cuenta que, aunque esta sea la segunda entrega, sigo la numeración de los drabbles.

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


Proyecto: Cien drabbles por cien historias

Pareja: Shikamaru/Temari

Motivo: Cosas para callar


III

Las cosas que deberías callar

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Con el tiempo las cosas se pusieron previsiblemente incómodas. No porque se hubiera minado la confianza existente entre ambos, desde luego, sino debido a los sentimientos que procuraban exponer o reprimir según la personalidad, las circunstancias o las conveniencias.

En síntesis, Shikamaru se esforzaba en dar el amor por sentado; Temari, en cambio, utilizaba la evasiva como método de autopreservación. Y dada la paridad de sus respectivas voluntades, el conflicto se mantenía en tablas.

La kunoichi se devanaba los sesos tratando de dar con las razones apropiadas para rechazar aquellos requerimientos, pero no era tan buena argumentando como él, así que por lo general optaba por huir a la primera oportunidad. Sin embargo, con el correr de los días empezó a irritarse consigo misma por no poder apelar a una estrategia más honorable.

-Si quieres que tengamos un hijo en nuestro primer año, estaré de acuerdo con ello –le ofreció él cierto mediodía-. Si prefieres esperar algunos años más, también lo estaré.

Ella lo miró con horror. Se habían detenido a hablar en un rellano de la escalera del edificio del Hokage y dio gracias al cielo porque todos se hubieran ido a comer, ahorrándose el espectáculo.

-¡Cómo diablos puedes estar hablando de hijos! –le reclamó con desesperación-. ¡Ni siquiera he aceptado la propuesta aún! ¿Acaso estás demente?

-Creí que los hijos eran un tema fundamental para las mujeres.

-¡No para mí!

-Cierto que no eres cualquier mujer –consideró él con tono burlón.

-Mira, mocoso –repuso ella haciendo caso omiso del comentario-, existen ciertos asuntos que deberías privarte de mencionar, ¡sobre todo en estas instancias! ¡Tienes menos tacto que un oso!

-Entonces instrúyeme al respecto, oh susceptible princesa de la terquedad.

Ella lo encaró echando chispas por los ojos.

-Pues hasta que al menos reconozca que estoy enamorada de ti, y conste que no lo he reconocido nunca, deberías callar los planes que tienes para una vida en matrimonio –lo regañó con una buena dosis de encono en la voz-. Y deberías callar lo que sientes, ya no hay lugar donde no lo hayas proclamado, avergonzándome, así como deberías callarte la propuesta… ¡Y también eso de que soy una testaruda y una problemática!

-Nadie se asombraría de escucharlo –comentó él con naturalidad.

-¡Pues cállatelo igual! ¡A ninguna mujer enamorada le gusta escuchar semejantes palabras en boca del sujeto que le gusta! ¿Acaso no lo comprendes?

Entonces el otro se sonrió de lado.

-¿Eso quiere decir que soy el hombre que te gusta? –insinuó taimadamente.

Sólo en ese momento el cerebro de la joven se iluminó. Le bastó verle la tan conocida mirada de suficiencia para entender por fin lo que el tipo se había propuesto. ¡Maldita sea por haber caído en una trampa tan elemental!

Abrió la boca para decirle lo que pensaba de él y de sus retorcidas estratagemas, pero Shikamaru ya se había dado la vuelta y descendía por la escalera, silbando bajito. El muy condenado…

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IV

Las cosas que deberías callar tú

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No era que Shikamaru se regodease con sus victorias, por supuesto, se caracterizaba por ser un hombre serio y de buen carácter. Sin embargo, cuando se trataba de Temari y de imponerse en su propio territorio, lo acometía una estimulante ola de satisfacción.

Por eso, al día siguiente de la jugarreta que la obligó a admitir sus sentimientos por él volvió a buscarla con la convicción inalterable. Podía ser flemático en cuestiones generales, pero cuando el objetivo era tan valioso, difícilmente se dejaría llevar por la abulia que lo distinguía.

La encontró en la posada donde se hospedaba, regando maquinalmente las plantas. Si la conocía, seguro estaría elucubrando las mil y una formas de desquitarse.

-¿Ya comiste? –la abordó.

Ella ni siquiera se dignó a mirarlo al responder:

-Ya lo hice.

-¿Quieres dar un paseo?

-Como ves, estoy ocupada.

-Podrías dejarlo para después.

-Mis asuntos son importantes –dijo ella, acentuando cada palabra-. No puedo dejarlos de lado sólo porque a ti se te ocurre molestar.

Él la miró ceñudo.

-Ahora eres tú la que debería guardarse esos exabruptos.

Temari se giró como un autómata hacia él con una ceja levantada. Contó uno, dos, tres… pero ni contando hasta cien lograría superar lo que semejante comentario le generaba, y ya venía acumulando encono desde lo sucedido el día anterior. Dejó de regar y se encaró con el tipo, previsiblemente indignada.

-¿Qué clase de exabruptos, señor ofendido? ¡Yo digo lo que quiero y me callo cuando quiero! ¡Y nadie en su sano juicio se atrevería a cuestionármelo!

-Pues deberías pensarlo mejor y callar las protestas cada vez que te sientes "invadida" por un amigo, abordada por un colega y requerida por un hombre enamorado –la reconvino con cierto resentimiento en la voz-. Deberías contenerte y amordazar esas constantes recriminaciones, los ridículos pedidos de sensatez y las arbitrarias observaciones sobre quién te molesta y quién no.

-¡Tú haces lo mismo!

-Me molestan las cosas, no las personas. Menos aún la que me interesa.

-Pues no me remuerde la conciencia pedirte un poco de cordura, así que lo ridículo es tu planteo.

Entonces Shikamaru, acopiando paciencia, suspiró hondamente, miró al suelo y luego hacia ella otra vez, todavía ofuscado.

-Pues que me cuelguen si la cordura tiene alguna importancia cuando te enamoras de la persona adecuada.

Y por segunda vez consecutiva, se marchó dejándola con la palabra en la boca. A su pesar Temari tuvo que reconocer, entre confusa y crispada, que el vago sabía sacar ventaja con indignante facilidad. ¡Y en buena hora terminó de aprender lo inútil de toda sensatez y de toda lógica en esas circunstancias! Ojalá hubiera tenido el abanico cerca para ubicarlo como correspondía.

Luego observó la regadera, enfurruñada. Había olvidado vengarse ofreciéndole una buena ducha con ella.