Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Al fin me digno a actualizar, espero sepan disculpar la demora. Y con este ya van como mil pedidos de disculpas u_uU Con los años uno se va haciendo viejo y leeeeento.

Gracias, Male, por seguir leyendo y comentar n.n Ambos son hermosos, así de testarudos y todo. Me alegra que sigas disfrutando de la historia :)

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


Proyecto: Cien drabbles por cien historias

Pareja: Shikamaru/Temari

Motivo: Cosas para ofrecer


XIII

Las cosas que deberías ofrecer

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Al día siguiente Temari amaneció hecha un lío. Tarde o temprano ocurriría, en algún momento le tocaría lidiar de frente con sus sentimientos sin tapujos ni aprensiones. Estaba tan enamorada que podría atravesar las cinco naciones shinobis a pie para buscar a Shikamaru si él estuviera del otro lado del mundo, esperándola.

Pero no estaba del otro lado del mundo, sino a escasos metros de distancia. De camino a su despacho en el edificio del Hokage, lo divisó viniendo a su encuentro con su paso cansino, familiar, y la contundencia de su cercanía la amilanó más que la fantasía de la distancia. Se sintió una chiquilla necia y caprichosa al lado de la madurez de su seguridad.

Cuando se detuvieron uno delante del otro, se llevó inconcientemente una mano al corazón como para atajarle los latidos. El recuerdo del beso le sobrevino al instante.

-¿Dormiste bien? –preguntó él con la naturalidad de siempre, porque entre ellos nunca habían sido necesarios formulismos o convenciones para abordarse.

-Dormí –fue la escueta respuesta de Temari.

-¿Desayunaste?

-Algo.

-Estás llevando el asunto demasiado lejos, Temari.

Ella, como de costumbre, se crispó ante la inconveniente referencia sobre un defecto suyo.

-Lo llevo como se me antoja –masculló.

-¿Qué más debería hacer? ¿Qué más debería decir para asimilar lo que nos pasa y seguir adelante? Estamos perdiendo el tiempo, mujer, y es problemático.

Temari desvió la vista con hastío y luego volvió a enfocarse en él, incrédula. Ya no sabía si enojarse o admirar esa persistencia, esa tenacidad a prueba de diferencia de edades, de aldeas, de habilidades y de intereses.

-Dime, ¿qué más debería ofrecerte? –insistió Shikamaru, firme en su resolución.

-Pues ya que lo dices, deberías ofrecer algo más que tu imperecedero amor por mí –dijo ella, que a esas alturas ya no le molestaba hablar del asunto sin miramiento alguno. Las cartas estaban echadas y de nada serviría recurrir a más evasivas-. Deberías ofrecerme días sin nostalgia por mi aldea y mis hermanos, deberías darme la seguridad de que no sentiré el corazón escindido y mis lealtades fracturadas.

La kunoichi hizo una pausa para revisar dentro de sí, para exponer de una vez la verdadera índole de su vacilación. Shikamaru guardó silencio, conociendo las inquietudes que la abrumaban.

-Deberías ofrecer la promesa de una vida sin fisuras emocionales por el desarraigo o la elección –prosiguió ella, mirándolo con desafío, pero desazonada también-. Deberías asegurarme que el paso que dé en tu dirección será el paso que me lleve a la vida que debo tener. ¿Puedes ofrecerme eso, Shikamaru? ¿Puedes hacerlo?

Él se le quedó mirando largamente, analíticamente, sabiendo de antemano su zozobra y la única respuesta posible, porque era la más honesta.

-No, no puedo ofrecerte nada de eso, Temari.

Las primeras gotas repiquetearon sobre sus cabezas enfrentadas. Ninguno de los dos se había dado cuenta de que el cielo se había obscurecido.

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XIV

Las cosas que deberías ofrecer tú

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-El otro día dijiste que tenías algunas seguridades para ofrecer –comentó Temari después de un largo silencio. Apenas había comenzado a lloviznar, por lo que ninguno de los dos sintió todavía la necesidad de marcharse.

-Y reafirmo mis palabras.

-¿Entonces por qué sales ahora con que no las tienes?

Shikamaru se tomó algunos segundos antes de responder.

-Porque no soy tan temerario, y porque te respeto. No puedo prometer cosas que dudo mucho poder cumplir, o cumplirlas en parte. Tendremos días buenos y días malos, como cualquier pareja sobre este mundo. Lo sabes, Temari.

Ella rumió la sensatez que él siempre le devolvía cuando la veía más desesperada. El vago sabía cómo tratarla. Sin embargo, eso no bastaba para orientarla ni para ayudarla a corresponderle del modo que el joven precisaba. A veces, íntimamente, Temari se sentía una niña junto a él.

-Entiendo –murmuró entre dientes. Al menos podía ser sincera.

Shikamaru discernió que habían llegado al epicentro del conflicto. Podría haberle enumerado otra serie de propuestas, de declaraciones, de promesas, podría haberse deshecho de palabras con el único fin de atraerla a su redil… Como cualquier hombre, podría haberlo intentado por esa vía. Pero dos certezas se opusieron a esos intentos: la conocía bien y él no era cualquier hombre.

-¿Y tú qué? –inquirió de pronto.

Temari lo miró sin comprender, todavía conmocionada por el nivel de la conversación.

-¿Yo?

-Sí, tú. ¿Qué tienes para ofrecerme?

Ahora ella lo miró con asombro. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza un planteo como ése.

-Mira, mocoso…

-Deberías ofrecerme por lo menos las mismas cosas que pretendes de mí –la cortó él, poniendo el asunto del revés sin culpa ni tapujos-. Y si dado que yo no puedo, tú tampoco puedes, deberías ofrecerme entonces lo que esté en tus manos para hacerme feliz.

-¿Y qué podría tener yo para hacerte feliz, según tú? –indagó ella, sin decidirse a sonreírse o a crisparse. De verdad que sabía cómo tratarla.

-Deberías ofrecerme tu amistad de cada día, tu voz por las mañanas, tu ceño fruncido cada vez que te detienes a examinar una planta que no habías visto antes –comenzó a decir él, y Temari se sintió desarmada-. Deberías ofrecerme una comida de vez en cuando, porque aunque no lo dices ni lo haces con frecuencia, sabes cocinar bien. Deberías ofrecerme tus disgustos y tus alegrías, a veces tengo que sonsacártelo todo para entender por qué sonríes o por qué estás gruñendo.

-Shikamaru…

-Deberías ofrecerme las cosas que hacen que seas tú cada día, y cada día deberías compartirlo sólo conmigo, porque soy el que te quiere.

Ella quiso creer que era la lluvia la que resbalaba por su rostro. Nadie nunca le había dicho esas palabras, y sabía que nadie nunca se las diría aparte de él. No sólo sabía cómo tratarla, también se le daba por ser el único hombre sobre la tierra que la conocía tanto como la amaba.