-¿Dónde estabas, Kagome? Te estuve llamando toda la tarde.

-Sí, me lo dijo tu mari-novio.

-¿Y cómo, si se puede saber?-dijo Kikio con el rostro rojo de la furia y con los ojos entrecerrados mirando a su hermana.

-Estaba con Sesshomaru, y al ser el departamento de los dos, era obvio que me tuviera que cruzar con él en cualquier momento. Cosa que créeme, a mi no me hace ninguna gracia.

Kikio exhaló el aire que contenía. Claro que le creía a su hermana, pero en quién no creía era en Inuyasha. Él era uno de los hombres más guapos, adinerados y asediados en toda la ciudad. Y era de los más mujeriegos, además de que lo había visto ya varias veces viendo lujuriosamente a su hermana. Pero él sería su esposo y ella sería siempre su hermana. Eso no iba a cambiar jamás. Inuyasha era suyo, se lo había ganado y por consecuencia, se lo merecía. Y en menos de 48 horas, lo demostraría en un altar.

-Ya veo… bueno, quiero que me acompañes mañana a la tienda de vestidos de novia. Primero, para que me des tu opinión sobre mi vestido, y segundo para que te pruebes el tuyo ¿Te parece?

-De acuerdo, Kikio. Me voy a descansar. Chau.

-Chau, hermanita. Descansa bien.-dijo Kikio, antes de irse también a su pieza.

Los volados y los tules blancos bailaban por sus costados, mientras que la pedrería y las decoraciones de los vestidos llamaban la atención de sus ojos. No podía negarlo, todo era realmente hermoso.

-Espérame aquí, Kag, mientras me pruebo el vestido.

Kagome asintió. Era su hermanita mayor, a la que más quería y a la que siempre le aceptaba todo. Y quería que fuera feliz. Pero no estaba segura que el estúpido de Inuyasha lo hiciera. Todos conocían su pasado: El menor de los adinerados hermanos Taisho siempre fue el más rebelde, el más conocido en las discotecas y los pubs del momento, el que usaba la ropa de diseñador, el que se preocupaba por las superficialidades de la vida. Mientras que el otro hermano, Sesshomaru, era el filántropo, el artista de la familia, el humilde y hasta el exasperantemente serio de los dos. Ninguno de los dos conocía pobreza, rechazo o tristeza alguna. Nadie tenía duda de eso y todos asentían ante ellos. Hasta Kagome misma, persiguiendo a Sesshomaru y acostándose con Inuyasha. Sí, quizás para otras esto era la suerte, para ella, esto se había convertido en el mismo infierno.

Pero no podía negarle algo a Inuyasha: el tipo sabía hacer el amor. Era una especie de licenciado en las artes carnales, era perversamente perfecto en la cama. Hasta ella aún no se podía quitar las imágenes de sus manos acariciando su piel mojada por el sudor y de sus bíceps dorados y fuertes… Era el muy maldito, fuego entero para ella. Fuego desde que le hablaron de él, desde que lo vio por primera vez, desde que se hablaron, desde que se insultaron, desde que le dijo un cumplido o una obscenidad, desde que la besó y la dejó en la más profunda miserabilidad después de eso. Pero, a pesar de ello, Kagome amaba a Shesshomaru, adoraba verlo sonreír, gustaba de él cuando la besaba y le hacía sentir mariposa en el estómago, en las piernas en los brazos, en el corazón… Cómo podía sentir eso tan diferente por dos personas que era de la misma sangre. Esas, eran, sin duda, las curiosidades de la vida…

-Señorita, ese vestido de novia le quedará estupendo. Creo que debería probárselo.-le dijo la asistente mientras tomaba el vestido que le había señalado y se la llevaba a ella a rastras.

-Pero, es que…

-Sin peros, señorita, yo conozco mucho sobre vestidos y sé que este es para usted. Y si el por el precio, ni se preocupe, no es tan oneroso.-le habló la asistente antes de encerrarla dentro de un probador, dejándola sorprendida y atemorizada.

Pero ¿Por qué tenerle miedo? Era un simple vestido y no le hacía nada a nadie si se lo probara. De repente, se lo podría comprar en un futuro para su boda con Sesshomaru…si eso llegara a ocurrir en algún momento, claro.

Se lo puso cuidadosamente, pasando sus piernas en el vestido y ajustando la cintura, arreglándose el volado, para luego verse en el espejo grande y espacioso del lugar. La cola del vestido era relativamente grande y la parte baja del vestido era entre pomposo y elegante. El espaldar del vestido era una decoración perfecta de encaje blanco y eso le hacia la cintura mucho más pequeña de la que era, que de por sí, ya era bastante pequeña. Su busto resalta por el corte princesa y la hacía ver muy bien proporcionada y bastante hermosa.

-Se ve fabuloso en usted, señorita.- dijo entrando la mujer que le había dado el vestido y que se auto felicitaba interiormente por tener tan buen ojo para los vestidos.

-Yo diría, más bien, deliciosa, Kagome. Infinitamente deliciosa.-dijo una voz conocida y bastante perturbadora.