En la comisaría de policía recibieron con sorpresa a Ladybug y Gabriel Agreste, y se mostraron todavía más asombrados al enterarse de que aquel era el peligroso terrorista conocido como Monarca. Sin embargo, y para alivio de la superheroína, creyeron en su palabra, y accedieron a encerrarlo en prisión cuando les prometió que les traería pruebas de su acusación por la mañana, en cuanto ella y Cat Noir hubiesen registrado a fondo la guarida del villano. También por esta razón les pidió que esperaran hasta entonces para avisar a la prensa, y el teniente Raincomprix le aseguró que así lo harían.

Ladybug se sintió algo más tranquila. Necesitaba tiempo para encontrar a los kwamis y, sobre todo, para hablar con Cat Noir. El pobre chico aún tenía mucho que asimilar, y le harían falta aquellas horas de calma, antes de que estallase la tormenta.

De camino a la mansión Agreste, se detuvo sobre un tejado y se puso el broche de la mariposa para poder hablar con Nooroo. El kwami apareció ante ella.

—Voy a necesitar que me guíes hasta el escondite secreto de Monarca —le dijo Ladybug—. Donde están prisioneros los kwamis.

Nooroo asintió.

—Sé cómo llegar hasta allí —respondió.

Momentos más tarde, la superheroína aterrizaba en el tejado de la mansión Agreste. Halló una ventana abierta y se coló en el interior.

Estaba preguntándose dónde estaría Cat Noir, y si debía buscarlo en la habitación de Adrián, cuando oyó voces desde el descansillo de la escalera. Se acercó con prudencia y encontró al enorme guardaespaldas junto a la puerta de la habitación de Nathalie, que estaba cerrada. Las voces procedían del interior.

El guardaespaldas no se sorprendió al verla ni hizo ningún gesto amenazador. Ladybug quiso creer que no estaba implicado en las siniestras actividades de su jefe. Quizá ni siquiera supiera que era él quien se había estado ocultando tras la máscara de Monarca.

—Tengo que registrar la casa —explicó con prudencia.

El hombretón asintió, conforme, como si se lo hubiese esperado. Ladybug comprendió.

—¿Adrián le ha dicho que iba a venir?

El guardaespaldas asintió de nuevo. Ladybug echó un vistazo a la puerta cerrada.

—¿Está ahí dentro… hablando con Nathalie? —Otro asentimiento—. De acuerdo. Cuando termine, me gustaría reunirme con él.

Sabía que ella tenía que hablar con Nathalie también, pero no se sentía con ánimos. Al otro lado de la puerta, alguien lloraba. Podría ser ella, o podría ser Adrián. Ladybug decidió que no quería saberlo.

Con el corazón encogido, se dirigió al despacho de Gabriel Agreste. Allí, siguiendo las indicaciones de Nooroo, se situó ante el cuadro que presidía la estancia.

—¿A dónde quieres ir primero? —le preguntó el kwami—. ¿Al puesto de mando o a la cripta? La combinación es diferente en cada caso.

—¿La… cripta? —repitió Ladybug desconcertada—. ¿Qué es…? Es igual, no me lo expliques ahora, no tenemos mucho tiempo. Llévame con los kwamis.

—Al puesto de mando, entonces.

Había varios botones ingeniosamente camuflados en el cuadro, y Nooroo le indicó cuáles debía pulsar. Cuando Ladybug lo hizo, el suelo se hundió bajo sus pies, y ella se dejó llevar, reprimiendo una exclamación de asombro.

Un ascensor la condujo hasta la guarida de Monarca, que antes se había hecho llamar Shadow Moth y Hawk Moth. Era una estancia enorme y oscura. Había un gran ventanal al fondo pero, por alguna razón, la luz que se filtraba por él apenas llegaba a iluminar todos los rincones. Había también un racimo de jaulas de cristal junto a la pared; en su interior, pequeñas criaturas de colores se removían con inquietud.

—¿Ladybug? —preguntó entonces una voz temblorosa—. ¿Eresss tú de verdad?

Ella lo reconoció.

—¡Sass!

Corrió hasta ellos, con el corazón encogido; los contempló, atrapados en aquellas minúsculas jaulas con aire desdichado. Cuando los kwamis la vieron, sin embargo, lanzaron una exclamación de alegría.

—¡Os dije que vendría a rescatarnos! —exclamó Xuppu.

—¡Kwamis! ¿Estáis todos? —Los contó, con el corazón acelerado, y dejó escapar un suspiro de alivio al comprobar que no faltaba ninguno—. ¿Cómo os saco de aquí? ¿Debería romper todos estos tarros, uno por uno?

—Hay un panel de control —le indicó Nooroo.

Ladybug se dio la vuelta y lo localizó un poco más allá. Se acercó con curiosidad para examinarlo. Parecía estar conformado por una tecnología muy sofisticada, pero el diseño era minimalista: contaba solo con un par de paneles y una ranura diseñada para sostener un anillo Alliance. El aparato mostraba el logotipo de Industrias Tsurugi.

Eso no tenía nada de particular, puesto que se trataba de una compañía tecnológica puntera, y mucha gente utilizaba sus productos en todo el mundo. No obstante, Ladybug tuvo un presentimiento y se volvió para examinar las jaulas de los kwamis.

No eran habitáculos corrientes, eso estaba claro. De lo contrario, las criaturas podrían haber escapado de allí mucho tiempo atrás, simplemente atravesando el cristal. Observó los cables que unían la consola con la estructura metálica que sostenía las jaulas.

—¿Qué es esto? —murmuró.

—Sirve para recoger el poder de los kwamis y transmitirlo a aparatos electrónicos —explicó Nooroo—. Como los nuevos prodigios. O los anillos Alliance.

Ladybug entrecerró los ojos.

—Este tipo de cosas no se venden en tiendas de electrónica sin más. Alguien ha diseñado e instalado esto a propósito. Alguien que conocía el secreto de Gabriel Agreste.

Su mirada se detuvo de nuevo en el logotipo Tsurugi. Y recordó que Gabriel y la madre de Kagami eran socios. Que habían diseñado juntos los anillos Alliance.

—¿Está Tomoe Tsurugi implicada también? —preguntó—. ¿Conoce la identidad secreta de Monarca?

—Sí —susurró Nooroo.

Ladybug cerró los ojos y respiró hondo.

—Bueno, ya llegaremos a eso —decidió—. Ahora dime cómo liberar a los kwamis.

Nooroo le indicó cómo desplegar la pantalla virtual. A partir de ahí, Ladybug pudo localizar los controles de las jaulas. Estaban protegidos por una contraseña, pero Nooroo la conocía también.

Por fin, todos los habitáculos se abrieron, y los kwamis pudieron salir de ellos, entre suspiros de alivio y exclamaciones de alegría. Volaron hasta Ladybug, encantados de volver a verla, y ella los abrazó a todos con cariño.

—¿Vas a llevarnos a casa? —preguntó Ziggy—. ¡Por favor, di que nos vamos a casa!

—Claro que sí, Ziggy. Ahora mismo, todos vosotros podéis volver a casa. La caja de los prodigios sigue exactamente donde ha estado siempre.

Los kwamis se miraron unos a otros, exultantes, antes de desaparecer todos a una. Ladybug sabía que los encontraría más tarde en su habitación, en cuanto volviese a abrir la caja de los prodigios, donde estaban ya los horribles anillos diseñados por Gabriel Agreste. Sacudió la cabeza. Eso también tendría que esperar.

El único kwami que seguía allí era Nooroo, porque Ladybug todavía llevaba puesto el prodigio de la mariposa. El pobre parecía ansioso por marcharse con todos los demás, pero ella dudaba. Aún había muchas cosas que necesitaba averiguar.

Miró a su alrededor. No tenía nada más que hacer allí, pero sin duda la policía encontraría aquel lugar muy interesante. Especialmente si podía acceder al contenido del ordenador del panel de control.

Se preguntó si habría allí pistas que incriminaran directamente a Tomoe Tsurugi. Era otra cosa que debían investigar.

Pero por el momento había asuntos más urgentes.

—¿Qué es esa cripta que has mencionado antes? —le preguntó a Nooroo mientras ambos volvían a bajar en el ascensor.

—Está en el sótano —dijo el kwami sin responder a la pregunta. La miró de reojo y añadió—: Tal vez quieras bajar allí con Adrián.

Ella lo miró sorprendida, pero Nooroo no añadió nada más.

Emergieron de nuevo en el despacho de Gabriel Agreste, justo en el momento en que entraba Adrián. Parecía agotado y aún tenía los ojos húmedos, como si hubiese estado llorando. A Ladybug se le encogió el corazón.

Él, por el contrario, sonrió al verla. Era una sonrisa cansada, pero repleta de afecto.

—Ladybug —dijo—. ¿Has encontrado a los kwamis?

—Sí —respondió ella—. Estaban todos aquí. Los he liberado, y los he enviado de vuelta a la caja de los prodigios.

Adrián cerró los ojos con un suspiro de alivio.

—Por fin una buena noticia —murmuró.

—Luego iré un momento a casa, a comprobar que han llegado bien. En el fondo, sé que sí, pero después de todo lo que ha pasado… me quedaré más tranquila si me aseguro. —Adrián asintió—. Y a ti…. ¿cómo te ha ido? —le preguntó ella con suavidad.

Él sacudió la cabeza.

—Nathalie me ha explicado muchas cosas, pero… no estoy seguro de haberlas asimilado todas. —Inspiró hondo—. Está muy enferma, Ladybug. Probablemente no sobrevivirá —añadió en voz baja.

—Oh, no, Adrián… Lo siento muchísimo.

—Tengo que hablar contigo de un montón de cosas, pero no aquí. Si tienes que volver a casa para comprobar que los kwamis están bien, ¿podemos vernos después, donde siempre?

A Ladybug le costó un poco comprender lo que quería decir. Sabía de sobra que Adrián era Cat Noir, pero no estaba acostumbrada a que él le hablase así, sin la máscara.

—Claro, pero ¿estás seguro? ¿No te importa dejar sola a Nathalie?

—Estaba tan agotada que se ha quedado dormida, así que prefiero dejarla descansar. Mi guardaespaldas cuidará de ella si necesita algo, y yo… necesito salir de aquí para despejarme. Y recuperar fuerzas. Mañana será un largo día.

—Sí que lo será —admitió Ladybug en voz baja.

Se quedó mirando a su compañero con emoción contenida.

—Lo siento muchísimo, gatito —repitió en voz baja—. Por todo.

Él negó con la cabeza.

—No es culpa tuya. Si pudiese…

Dudó un momento, y finalmente optó por no terminar la frase. Desvió la mirada con tristeza.

Ladybug se moría de ganas de consolarlo. Parecía claro que él necesitaba desesperadamente hablar con ella, compartir con alguien todo lo que había descubierto para tratar de aligerar, en la medida de lo posible, la pesada carga que había caído sobre sus hombros.

La superheroína decidió entonces que, hubiera lo que hubiese en aquella «cripta» que había mencionado Nooroo, ya lo investigaría en otro momento.

—Nos vemos luego, entonces —le dijo—. Donde siempre.

Adrián le sonrió, agradecido. Ladybug le oprimió suavemente el hombro en señal de apoyo, sacó su yoyó y salió por la ventana.


Cuando, un rato más tarde, llegó a su lugar de reunión habitual, Cat Noir ya se encontraba allí. Se había sentado al borde del tejado, con las piernas recogidas, la cabeza apoyada sobre los brazos y las orejas caídas con aire desdichado. Ladybug se sentó a su lado.

—Hola —le dijo en voz baja.

—Hola —respondió él en el mismo tono.

Ladybug no supo qué más añadir. Colocó una mano sobre el hombro de su compañero, tratando de infundirle ánimos. Él le dedicó una sonrisa repleta de tristeza.

—Mi padre nunca superó la muerte de mi madre —empezó, a media voz—. Todo lo que hacía…, lo hacía por ella. Y esa fue la razón por la que se convirtió en Hawk Moth, y por la que quería nuestros prodigios: para traerla de vuelta.

—Oh, no, Adrián —murmuró ella, apenada—. Lo siento de verdad. Sé que tú también la echas mucho de menos.

—Sí, pero ya había aceptado que nunca volvería. Soñaba con un futuro en el que mi padre superaría su duelo y volveríamos a ser una familia… con Nathalie. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Pero estaba equivocado. No había nada entre ellos dos, solo… conspiraban para aterrorizar París porque mi padre era completamente incapaz de pasar página. Y ahora ya es demasiado tarde. Abusaron del poder de los prodigios… y están siendo consumidos por ellos.

Ladybug frunció el ceño, extrañada. Tal vez Cat Noir se refiriese al hecho de que Monarca usaba varios prodigios a la vez, y también lo había hecho Nathalie, al ser akumatizada como Safari. Eso, sin duda, consumía energías, pero no tanto como para enfermarlos de aquella manera.

Había visto, además, la marca oscura en la piel de Gabriel Agreste. Había reconocido el Cataclysm de Cat Noir.

Eso había sucedido varios meses atrás, pero estaba claro que el daño no se había reparado. Por el contrario, había avanzado mucho más, poniendo en serio peligro la vida del padre de Adrián.

Nathalie debía de saberlo también. Pero, al parecer, había optado por revelarle al chico una verdad a medias, para que él no llegase a descubrir la verdadera naturaleza del mal que aquejaba a su padre.

Para que no cargase sobre sus hombros la culpa del inevitable final que aguardaba a Gabriel Agreste.

Ladybug decidió que aceptaría la explicación de Nathalie sin cuestionarse nada más, al menos por el momento. Sabía que la mujer estaba enferma desde hacía tiempo, pero el hecho de que su mal estuviese también relacionado con los prodigios era información nueva para ella. No obstante, había allí otro secreto oculto. Uno que Nathalie estaba dispuesta a llevarse consigo a la tumba, probablemente para proteger a Adrián.

Ladybug sabía que Nooroo podría contarle toda la historia después. De modo que optó por no hacerse más preguntas al respecto. Cuando supiera la verdad, podría decidir si compartirla o no con su compañero. Tal vez, como Nathalie, llegara a la conclusión de que algunos secretos debían permanecer ocultos, porque eran demasiado dolorosos para aceptarlos.

—Entonces, ¿están enfermos… los dos? —preguntó con suavidad. Cat Noir asintió—. ¿Y no hay nada… que podamos hacer por ellos? ¿Para curarlos?

—Te lo pregunté una vez, ¿recuerdas? Cuando tuve claro que Nathalie estaba enferma también, como mi madre, y que no había medicina humana capaz de curarla. Te pregunté entonces si podríamos usar nuestros prodigios para hacer algo bueno. Como salvar a alguien de una enfermedad. Y me dijiste que, si lo hacíamos, otra persona caería enferma en su lugar.

—Lo recuerdo —asintió Ladybug.

—Me siento inútil —confesó él—. Porque no puedo hacer nada por ella, pero al mismo tiempo… estoy furioso. Porque todo esto es culpa de mi padre, porque podríamos haber tratado de superar la muerte de mi madre juntos, y sin embargo, él decidió… que no lo aceptaría. Y ha destruido lo que quedaba de nuestra familia. Y también a Nathalie. —Cerró los ojos con fuerza y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas—. No podré perdonarlo nunca.

Ladybug le pasó un brazo por los hombros y se arrimó más a él, tratando de consolarlo. Cat Noir abrió los ojos y contempló con gesto inexpresivo los anillos gemelos que adornaban uno de sus dedos.

—Y a la vez —prosiguió—, no puedo evitar preguntarme… Si yo no fuese… como soy. Es decir… si fuese un chico… como cualquier otro, si hubiese nacido… como los demás… ¿me habría querido mi padre… de verdad? ¿Habría sido capaz… de seguir adelante… por mí?

—Oh, no, Adrián —protestó ella—. No digas eso. Somos muchas las personas que te queremos de verdad. No a pesar de ser como eres, sino precisamente por ello. Yo, por ejemplo, te quiero muchísimo. Y no me importan sus orígenes, porque tú sigues siendo tú. Ya te lo he dicho alguna vez, pero te lo repito: no te voy a abandonar. Jamás.

Cat Noir tragó saliva, emocionado, pero no se atrevió a mirarla.

—A Nathalie le preocupa lo que pasará conmigo cuando ella y mi padre ya no estén —susurró—. Por eso trató de convencerlo de que olvidase los prodigios, de que se ocupase de mí, de nuestra familia…, pero con eso solo conseguía que mi padre se empeñase aún más en su búsqueda. Decía que lo hacía por mí, por todos nosotros. Que, cuando pidiese su deseo, los curaría a ambos y traería a mi madre de vuelta, y entonces yo ya no estaría solo.

—No vas a estar solo —le aseguró ella—. Tienes familia. Tienes a tu tía, y a tu primo. Ya sé que aún tienes cosas que arreglar con Félix, y que quizá tu tía prefiera llevarte a vivir a Londres, con ellos, así que… si eso no sale bien…, siempre nos tendrás a nosotros. Yo nunca te voy a abandonar, y estoy segura de que mis padres estarán encantados de acogerte, también.

Él alzó la cabeza para mirarla, sorprendido.

—¿Tus… padres?

Ladybug asintió con una sonrisa.

—Puntos fuera, Tikki —dijo.

La magia la envolvió en un manto de chispas rosadas y la transformó de nuevo en Marinette. Cat Noir la contempló con asombro.

—Hola —saludó ella con timidez.

—Eres… tú —murmuró él, aún maravillado.

—Sí —respondió Marinette—. Lo siento mucho. Sé que te lo he ocultado durante mucho tiempo, a pesar de que yo ya había descubierto tu identidad. Pero tenía miedo… de estropear las cosas. De que Monarca nos descubriera y… Pero, en fin, ya no tiene sentido mantener el secreto, ¿verdad? —terminó, con una risa nerviosa.

Cat Noir no dijo nada. Solo seguía contemplándola, con los ojos muy abiertos.

—¿Estás… enfadado? —preguntó Marinette, insegura.

Entonces él la abrazó con todas sus fuerzas, emocionado. Ella se mostró sorprendida al principio, pero le devolvió el abrazo de buena gana.

—Eres tú —repitió él, con la voz rota—. Ladybug. Marinette. Te debo tanto… Nunca podré agradecerte todo lo que has hecho por mí.

—Yo no lo siento así —confesó ella en voz baja—. He descubierto la identidad de Monarca y todos los secretos que guardaba, y con eso solo he conseguido hacerte sufrir. Quizá habría sido mejor…

—¿Que yo no llegase a saberlo? —completó él.

Se separó de Marinette para mirarla a los ojos.

—No podías seguir ocultándome todo esto, milady —le dijo, muy serio—. Claro que es doloroso, pero… tenía que saberlo. Porque ya no se trata de un secreto relacionado con los prodigios que solo los Guardianes deban conocer. Esta vez es mi vida. Es mi historia. Si de verdad confías en mí, si me crees capaz de valerme por mí mismo, capaz de ser… libre... y de tomar mis propias decisiones… no puedes mantenerme a ciegas. Ni ocultarme la verdad sobre mi origen y mi familia. —Marinette bajó la cabeza, y él insistió—: ¿No crees… que merecía saberlo?

—Supongo que sí —susurró ella—. Pero ya has sufrido demasiado, y todo esto… es una carga demasiado pesada. Yo solo quiero verte feliz —confesó—. Te quiero.

Cat Noir sonrió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también te quiero —respondió—. Muchísimo.

Se abrazaron de nuevo, emocionados. Marinette se dio cuenta entonces de que Cat Noir sollozaba suavemente, y descubrió que ella misma estaba llorando también. Aún había muchas cosas que debían decirse, muchas verdades que afrontar ante el futuro incierto que los aguardaba. Pero estaban juntos. Habían estado juntos desde el principio, luchando codo con codo contra los supervillanos que amenazaban París y contra las personas que trataban de hacerles daño en su vida diaria.

Siempre ellos dos, con máscara o sin ella.

Poco a poco, se fueron calmando. Aún abrazada a Cat Noir, Marinette se secó los ojos. Y justo entonces se oyó un trueno en el cielo y empezó a llover.

Los dos se separaron, un poco cohibidos.

—Bueno… quizá haya llegado el momento de volver a casa —dijo Cat Noir.

Pero no parecía muy convencido, y Marinette comprendió que aún no estaba preparado para regresar a la lúgubre mansión Agreste, y mucho menos para pasar la noche solo, con su padre en prisión y con la única compañía de Nathalie, convaleciente, y del silencioso guardaespaldas.

—¿Quieres venir conmigo un rato? —lo invitó.

—¿Contigo? —repitió él.

—A casa. Como la otra noche. Como todas las otras noches —le recordó.

La mirada de Cat Noir se suavizó.

—Me gustaría mucho —admitió.

Marinette se puso en pie y le tendió la mano, sonriendo. Él se levantó a su vez. Ella estaba a punto de pronunciar las palabras mágicas para transformarse de nuevo, pero Cat Noir la tomó en sus brazos.

—Yo te llevo —se ofreció.

Ella no se molestó en recordarle que podía transformarse en Ladybug y volver a casa por sí misma. Probablemente el chico necesitaría un rato para asimilar que ambas eran la misma persona y, por otro lado, Marinette no tenía ningún inconveniente en dejarse llevar. De modo que le echó los brazos al cuello y se acurrucó contra él. Cat Noir le dedicó una tierna sonrisa antes de impulsarse sobre su bastón y adentrarse en la oscuridad de la noche, desafiando a la lluvia.


NOTA: El próximo capítulo será ya el último de este fic. Probablemente lo publique a lo largo de esta semana o, como muy tarde, la semana que viene.