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Pasaron varios días donde solo Megan bajaba a traerle a Elena su dosis diaria de sangre. Por mucho que la vampira intentó hablar con ella, preguntándole por Damon y por lo que estaba sucediendo, esta nunca respondió.
Un día, recordando las palabras de ánimo que le dio Damon, eso de que le demostrase a sus captores que era más fuerte de lo que estos creían, la chica decidió llevar a cabo un intento de huída. Podía morir en el proceso, pero quedarse allí no era una opción.
Cuando Megan se acercó una noche a llevarle a Elena su vasito de sangre, esta estaba tirada en el suelo junto a los barrotes, fingiendo estar demasiado débil como para moverse.
Ajena al peligro y a los planes de la vampira, Megan se tomó la confianza suficiente como para aproximarse más, momento que aprovechó Elena para agarrarla del brazo y quitarle la pulsera de verbena que esta tenía puesta.
La humana gritó asustada e intentó liberarse de su agarre sin mucho éxito, puesto que Elena la sujetaba con fuerza.
-No tengas miedo –le ordenó la vampira haciendo uso de la compulsión, a lo que Megan respondió relajándose rápidamente-. ¿Tienes la llave de la puerta?
-No me dejan tenerla.
-¿Puedes conseguirla?
-Creo que sí –respondió la humana en trance debido a la compulsión.
-Pues vas a conseguírmela y vas a ayudarme a salir de aquí –la obligó Elena-. Ahora, ve a buscar a Caroline y Stefan y diles que estoy aquí.
-Les diré que estás aquí –repitió la chica.
-No le digas a nadie más salvo a ellos lo que acabamos de hablar, nadie puede saberlo.
-Nadie.
Elena soltó a la chica y le devolvió la pulsera que le había quitado.
-No te olvides de esto –le dijo con una fingida sonrisa.
-Gracias, Elena.
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Wes estaba muy ocupado con su proyecto con Damon, por lo que hacía días que no pasaba por la casa Withmore. Como Megan estaba obligada a ayudar a Elena a salir de la celda, la joven humana llamó al doctor fingiendo tener una urgencia. Le costó una buena riña por parte de su jefe pero, con la confusión del momento y las prisas de Wes por regresar a su laboratorio, Megan consiguió cumplir su misión: quitarle la llave que mantenía presa a la vampira.
Una vez liberarla, Megan le dio "voluntariamente" un poco de su sangre a Elena para que esta recobrase fuerzas. Al salir por la puerta principal de la casa, Elena se encontró con sus amigos esperándola, siendo recibida con un emotivo abrazo de Caroline.
-Gracias a Dios que estás bien –agradeció la rubia, mientras su novio Stefan obligaba a la humana a olvidar lo que acababan de hacer.
-Yo también me alegro de verte, Car –dijo Elena de corazón mientras rompía el abrazo-. Pero no tenemos tiempo que perder, tenemos que encontrar a Damon.
-¿Qué? –preguntó el otro vampiro confuso, no muy seguro de haber oído bien.
-Tienen a tu hermano –le explicó la joven-. Le han tenido aquí desde 1953.
-Creía que no quería saber nada de mí… -murmuró Stefan sintiéndose culpable por no haber ido a buscar a su hermano-. ¿Dónde está?
-Se lo llevaron hace unos días, no sé a dónde.
-¿Megan lo sabe?
-No, ya se lo pregunté. No le han contado nada relevante.
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Con ayuda de su amiga bruja Bonnie, hicieron un hechizo de localización con el que no les costó mucho dar con el paradero de Damon.
-Esto debe de estar mal –dijo Elena al ver que el camino llevaba a la clínica de su padre-. Algo está fallando, no puede estar ahí.
-El hechizo ha funcionado correctamente –le aseguró la bruja-. Es ahí donde está Damon.
Dispuesta a liberar al chico y a descubrir toda la verdad sobre los Agustine, Elena se presentó en la clínica por la noche. Quiso ir de día porque alegaba no tener nada que temer de su padre, pero Stefan le insistió que fuese de noche, cuando no hubiese nadie.
Elena recordó que de niña, la clínica de su padre le daba miedo y que oía ruidos muy raros provenientes del sótano, que es a donde se dirigió nada más forzar la cerradura del local. La entrada al sótano estaba cerrada con un fuerte cerrojo que abrió a duras penas. Pese a lo oscuro que estaba la sala, Elena vio que había mucho material médico que no había visto antes, que ni siquiera sabía para qué funcionaba la mayoría de las cosas pero que aún así le causaban escalofríos.
Un brusco ruido como de metales chocando contra sí sobresaltó a la chica, quien no dudó en ir hacia la siniestra habitación desde la que había procedido dicho sonido. Al abrir la puerta, se encontró a un hombre atado a la pared con fuertes cadenas.
-Dios mío, Damon… -dijo ella con un hilo de voz, corriendo a liberarle.
El chico estaba tan agotado que a penas se movía y murmuraba algo inteligible.
-¿Pero qué te han hecho? –preguntó Elena al ver su ropa desgarrada y sangre por todo el suelo.
Una vez logró liberarlo de sus ataduras, la vampira ayudó a Damon a levantarse, este cayó de rodillas al suelo porque estaba demasiado débil como para ponerse de pie.
-Damon, tienes que intentar caminar, ¿de acuerdo?
-No, no… -murmuró él recobrándose lentamente-. Tú no lo entiendes, yo no…
-Apóyate en mí –le sugirió ella, insistiendo en sacarle de allí.
Damon cerró los ojos por un momento y gruñó levemente. Al abrirlos, miró fijamente a la chica a los ojos, tomó su rostro entre sus manos y apretó sus labios contra los de ella. Elena no se lo esperaba, pero reaccionó a su beso de inmediato, dejándose llevar por el momento y ayudándole a profundizarlo, gimiendo tímidamente al entrelazar sus lenguas. Damon descendió sus manos a las caderas de la chica, las cuales acarició mientras sus labios viajaron a besar la garganta de esta.
Elena estaba tan absorbida por sus caricias, que no se dio cuenta de que algo malo le pasaba a Damon hasta que notó cómo sus colmillos se clavaban en su garganta y succionaba su sangre con rudeza.
-¡Agg, Damon! –gritó ella intentando zafarse de este, pero sin lograrlo porque este era demasiado fuerte-. ¡Para, me haces daño!
