Disclaimer: El universo de Hellsing, así como sus respectivos personajes son propiedad intelectual del gran mangaka Kōta Hirano y son empleados sin fines de lucro.
Among the Shooting Stars
"Había una vez, en un mundo encantado por hadas y ninfas, un bosque donde todos los seres convivían en armonía; todos los habitantes de esas verdes tierras eran felices en su prosperidad, excepto un joven lobo. Hijo de líderes y nieto de guerreros, el lobezno se sentía fuera de lugar entre los suyos, incomprendido y sin amor. Todos esperaban de él grandes hazañas, pasaría a formar parte de las leyendas del bosque, muriendo de forma heroica, sacrificándose por el bien de la manada, su destino estaba escrito en las estrellas y era algo que no podía cambiarse, pero él jamás estuvo de acuerdo. Algo dentro de sí mismo lo incitaba a ver más allá, quería conocer lugares, sentir emociones, vivir y forjar sus propias anécdotas, ser libre en todos los sentidos. Dejó atrás su mágico bosque y se internó en tierras agrestes, donde padeció por primera vez las inclemencias de la vida; aprendió de dolencias y el significado del rechazo, sin saberlo era un asesino ante los ojos de los demás y nadie lo ayudó. Hambriento y cansado, se desplomó sobre la sombra de unos espinosos arbustos y en los delirios de su inconsciencia distinguió una pequeña silueta que limpió sus heridas y le dio de beber con sus pequeñas patas. Al despertar, lo primero que vio el lobezno fue un pequeño conejo blanco que inmediatamente huyó al ser descubierto. Ese pequeño ser fue el único que mostró compasión por él pese a ser un depredador en esas tierras, comenzó a perseguirlo para darle las gracias, pero el conejo jamás se detuvo. Pasaron los días y el lobo no dejó de perseguir al pequeño conejo, se obsesionó con el deseo de mostrarle su gratitud y no se detendría hasta que lo consiguiera. Ignorante del verdadero deseo de su captor y cansado de huir, decidió esconderse en la luna, un lugar sagrado y prohibido para los lobos. Siempre que hay luna llena, el pequeño lobo aúlla, llamando al conejo, y el conejo lo observa, temeroso y arrepentido de haber ayudado a su cazador".
Era tarde y se creía sola en ese lugar, bañada por la luz de luna, arrullada por la sinfonía de pequeños insectos. Surgió en ella un deseo infantil y levantó la vista al cielo, mirando con asombro el astro celeste tal cual hacía de pequeña, con su padre a un lado narrando su cuento favorito. La historia del conejo y el lobo era uno de los recuerdos de su pasado que más atesoraba, le encantaba oírla una y otra vez, llorar una y otra vez. ¿Cuántas veces no soñó con ayudar al pequeño lobezno de la historia? Ese anhelo de infante permanecía en su mente, seguía deseosa de ayudar al lobo de noble linaje. Cerró los ojos y recreó cada escena en su mente hasta que llegó a la parte final; esta vez el conejo se detuvo y el lobo pudo agradecerle su amabilidad, forjar una amistad, tener un desenlace feliz, lejos de la incertidumbre y el miedo del final original.
Seras abrió los ojos y se giró justo en el momento que escuchó un aullido, estaba segura de no haberlo imaginado y el miedo que erizó su piel no podía ser injustificado. A cada segundo podía distinguir con más claridad el salvaje llamado de un animal que iba en su dirección hasta que logró divisar entre los árboles y arbustos que tenía de frente la silueta de un enorme lobo de pelaje blanco. Aquella bestia se le hizo inmensa y sin detenerse ni un segundo se arrojó sobre ella de un salto, sin darle oportunidad de reaccionar. El miedo la paralizó cuando las enormes patas la golpearon en el pecho, haciendo que cayera sobre el pequeño sendero de asfalto, golpeándose la cabeza con la fuerza suficiente para abrir una pequeña herida. Si fuese un vampiro completo esa herida se regeneraría al instante, pero se sabía débil por el nulo consumo de sangre; su mente se nubló un instante y siguiendo sus instintos primitivos y humanos solo atinó a gritar, justo en el momento en que los afilados colmillos se clavaron en su cuello, rasgando su carne. Pensó mil y un cosas en un solo segundo, recreando los acontecimientos de los últimos meses de forma inversa hasta que un recuerdo sobresalió de los demás, la imagen de ella frente a un lobo bajo una luna de sangre. Como un mal presagio, el recuerdo de su última pesadilla siendo humana la hizo reaccionar, perdiendo el control de sus acciones a la vez. Tomó el cuello del animal con ambas manos y apretó su agarre, asfixiándolo en el acto; el lobo no cedió en su ataque hasta que el sonido de sus vertebras crujiendo y su tráquea al borde del colapso hicieron que soltara a la draculina.
No fue hasta que la soltó que Hans pudo percatarse en los cambios de la chica: sus ojos ya no eran de ese azul que lograba intrigarlo, ahora se teñían del tono característico de su especie; la mueca de miedo en su rostro fue sustituida por una de placer y sus finos labios se torcían en una gran sonrisa que dejaba expuestos sus filosos colmillos. La fuerza de su agarre fue brutal para él y tuvo que hacerse a un lado antes de que le rompiera el cuello. Boqueó para tomar aire y dejar que sus pulmones se llenaran nuevamente de oxígeno, dándole oportunidad de incorporarse y tomar una postura ofensiva, siendo ella quien se arrojara esta vez; golpeó con el puño a la altura de sus costillas, arrojando su cuerpo hacía unos árboles cercanos cuyo tronco se resquebrajó por la fuerza del impacto. Antes de que Hans pudiera ponerse de pie su atacante le dio alcance y pisó su garganta con la intención de romper sus vertebras cervicales, tuvo que usar toda la fuerza de su cuerpo para girarse bocarriba, logrando que la draculina se tambaleara por la pérdida de equilibrio, esta vez Hans ya no le daría tregua. Justo en el momento que Seras separó las piernas para equilibrarse, el lobo se arrojó sobre ella y la derribó de nuevo, el enorme hocico quedó a centímetros del suyo cuando tomó con ambas manos la quijada del animal, evitando que se prensara de su carne nuevamente.
Sus manos temblaron, tenía una fuerza descomunal y la confianza de Seras derivada de su frenesí fue cediendo nuevamente ante el miedo. Torció los brazos de forma que quebró la mandíbula del lobo, pudo sentir los huesos de la quijada fracturada cuando lo empujó para levantarse, pero fue cosa de segundos para que un dolor punzante la frenara, esa bestia estaba de nuevo en pie y clavando sus colmillos en la carne y hueso de su pierna derecha, justo a la altura de la rodilla y haciendo que cayera de nuevo al piso, golpeando su rostro contra la tierra seca y el pasto. Si logró recuperarse tan rápido no podía ser otra cosa que un ser sobrenatural, un monstruo de viejas leyendas justo como ella misma. Comenzó a patear con desesperación la cabeza de su captor para que la soltara; trató de girarse, pero sus forcejeos solo lograron que los filosos dientes desgarraran con mayor facilidad su carne, manchando la ropa que llevaba de su propia sangre.
El sabor de la sangre nubló el juicio de Hans, ya no se guiaba por el simple deseo de acabar con su oponente de la forma más rápida posible, solo importaba disfrutar el momento, el sabor de ese espeso líquido y la suavidad de su carne, fácilmente rasgada por la fuerza de su mandíbula. Ansiaba devorar el pequeño cuerpo de la mujer que tenía sometida, sentir su forcejeo como si fuera una danza que estaban teniendo en ese lugar, bajo la luz de la luna. Soltó su pierna y como si fuese un juguete de trapo la giró con sus patas para que quedara frente a él. Predijo su movimiento y quiso detenerlo, pero las garras lograron rasgar la ropa que cubría su pecho, dejando expuesta la delicada y blanca piel de sus senos. Quiso apartarlo y en su ajetreo dejó a la vista una cadena que tenía en su cuello y de la cual pendía una pequeña identificación que reconoció al instante como suya. Bastó esa imagen para que Hans recobrara el control sobre sus primitivos instintos, ¿por qué la llevaba consigo? La había dado por perdida esa noche, jamás imaginó que estuviese en sus manos. Un conflicto interno se originó en él, toda esa determinación y la rabia al probar su sangre se vinieron abajo al ver que ella conservaba algo que era suyo y además importante para él, era su identidad la que pendía del cuello de esa draculina. Desvió la mirada, incapaz de apreciar por más tiempo el rostro asustado de la chica que meses antes salvó y que logró volver de él un soñador que no hacía más que desearla cada noche.
Fue como si la luz que proyectara el astro nocturno se congelase justo en el momento que la imponente bestia alzó el hocico y aulló de forma lastimosa a la luna, sintió el dolor y la desesperación de ese llamado, caló en su ser, penetrando hondamente a través de sus tímpanos. Seras no entendió porque, pero al momento de rasgarle el pecho aquel animal detuvo su ataque, dándole oportunidad de admirarlo por primera vez desde que empezaron su enfrentamiento. El pelaje podía sentirse suave bajo su agarre y aunque tenía un tamaño mayor, poseía toda la gracia de los lobos que tanto le gustaba admirar en los documentales; cuando detuvo su aullido posó la mirada en ella y se percató del curioso amarillo de sus ojos, brillante y hipnotizante, incluso juraría que familiar. La forma en que la miraba, tan penetrante, como si quisiera decirle algo… ella conocía esa mirada.
— ¿Hans?
Se estremeció al escucharla decir su nombre, ¿cómo fue capaz de reconocerlo? ¿Hellsing lo habría investigado como él mismo hizo tiempo atrás? Lo miró fijamente y se supo derrotado, ya no eran dos combatientes disputando por su vida, se volvieron solo dos individuos de distinta especie en una noche de luna. Solo quedaba un camino para él, si no tenía la determinación para matarla, él tendría que ser asesinado por ella. Sin perder la solemnidad de su porte agachó la cabeza de forma sumisa, rompiendo el contacto visual que segundos antes ninguno de los dos se atrevió a interrumpir. Mil y uno cosas brotaron en su mente, contradicciones y disputas en su interior, pero todo ese caos llegaba al mismo desenlace: solo ella podría acabarlo, volverlo no más que un frágil hombre temeroso de sí mismo y de los sentimientos que seguía sin comprender. Él quería que fuese ella quien lo abrasase y diera fin a su tormento.
Seras dijo lo primero que vino a su mente, sin contemplar lo absurdo de la idea. Si estaba con Millenium, Hans tendría que ser un vampiro, imposible que fuese el lobo que podría asesinarla en cualquier momento, pero al escuchar su voz él bajó el rostro, ¿era una seña de compresión? ¿podía entenderla? ¿sería él? Se hizo a un lado, quitando el peso de sus enormes patas y dejando que sus doloridos músculos pudieran relajarse un poco. Permaneció a un lado, mirándola fijamente; sus iris le trasmitían a Seras un pesar enorme que embriagó su corazón, sentía que podía llorar en cualquier momento si con eso lograba aminorar el dolor que sentía aquel lobo. Se incorporó con dificultad, la herida en la pierna y el cuello se regeneraban a una velocidad mínima y dificultaban sus movimientos, además de que cubría con sus magullados brazos su pecho, como si su cuerpo pudiese sentir el frio de la noche. ¿En qué momento se volvió el conejo de la historia? Tenía oportunidad de atacar, quizá de salir victoriosa, pero no lo hizo. Muy dentro de sí misma sabía quien se ocultaba debajo de ese pelaje teñido de sangre y aunque creía odiarlo, no era capaz de atacarlo. Como una lúcida fantasía, recreó cada escena de su pesadilla y supo que perdonarle la vida era igual que arrojarse al vacío. Agachó el rostro, dejando que su cabello cubriese los ojos que se llenaron de pequeñas lágrimas de sangre que se mezcló con la que manchaba su piel, confesando en silencio a la luna su impotencia para acabar con ese ser.
Notó su impotencia, quizá no lo reconoció después de todo. Tenía que salir de ahí, antes de perder totalmente la cordura; caminó hacia ella y se detuvo a escasos centímetros de su cuerpo, podía oler la sangre fresca de sus lágrimas y ver el miedo en sus ojos que retomaron el azul que tanto le gustó. Con el hocico apartó sus brazos toscamente y antes de que pudiera hacer algo sujetó con los dientes la placa de identificación y jaló de ella, haciendo que la pequeña cadena se rompiera en el acto. Sin mirarla le dio la espalda y corrió tanto como las fracturas en sus patas se lo permitían, como si fuese un cobarde que deja el campo de batalla. Quiso facilitar las cosas matando a la chica y solo logró confirmar lo que no podía aceptar, tendrían que morir en manos de otros, sufrir en el proceso y partir para siempre, lejos el uno del otro. Nadie podría salvarlo, se condenó a sí mismo desde el momento en que conoció a Seras Victoria, la chica humana que se volvió un vampiro, la mujer de quien se improntó. Solo ella podría curarlo de esa maldita obsesión, solo ella podría asesinarlo, la necesitaba para romper el hechizo bajo el cual estaba. Si tan solo no fuesen enemigos, ambos podrían abrasarse y amarse esa misma noche, él la cuidaría con su vida y la atesoraría como lo más preciado en el mundo, pero era un vampiro que pertenecía a la organización que tenían que destruir.
Seras quedó paralizada unos segundos al sentir la calidez del aliento lobuno en su pecho, justo cuando le arrebató su pequeño amuleto y salió huyendo. Sus piernas temblaron y cayó de nuevo por el dolor de sus heridas y la confusión en su mente. Jamás imaginó que hubiese otros seres de leyenda en ese mundo y que Hans fuese uno de ellos; no sabía nada de los hombre lobo, pero si recordaba que en todas las versiones que conocía eran enemigos de los vampiros, enemigos mortales. Separados por su especie y además por la organización a la que pertenecían, solo pudo interpretar de una forma el hecho de que tomara de nuevo la identificación que pertenecía, rompía todo vínculo que pudo unirlos al principio. Alzó la vista al cielo una vez más y se perdió en el brillo de la luna y el fulgor de las estrellas fugaces que surcaban el cielo en ese momento, sin saber quién le perdonó la vida a quien.
Nota de la autora:
¡Hola de nuevo! Les pido una enorme disculpa a todos los que siguen la historia, pero pasaron muchas cosas con ella que atrasaron su actualización. A grandes rasgos, me dijeron que empezó super cliché y eso me dio en el corazón, así que tuve que reorganizar mis ideas y cambiar cosas que ya tenía programadas para salir de ese mal inicio. No se preocupen, es más fácil que me muera y por eso deje de actualizarla, aunque sigo sin poder prometer actualizaciones constantes. De nueva cuenta, el titulo del capítulo es de una hermosa canción de Sonata Arctica que, al igual que Shy en el capítulo anterior, inspiraron arduamente las letras que leyeron, así que no duden en escucharla. Ya saben que estoy abierta a quejas y sugerencias, y en este caso a reclamos por la demora...
