Las Vegas
Aunque suponía que en cuatro días teníamos tiempo de sobra, decidí que cogiéramos un taxi para ir hasta Santa Mónica. Se quedaron extrañados hasta que les mencione que las tarjetas del casino tienen saldo ilimitado, cosa que hizo que Clarisse me diera un abrazo y empezara a mirar con adoración el trozo de plástico más caro del mundo.
"Somos cinco. ¿Cómo vamos a ir todos en un taxi?" Pregunto Percy.
"Yo puedo ir volando. Y sí, hace poco descubrí que puedo volar. O si no es tan simple como ir en dos taxis" dije encogiéndome de hombros.
"Quizás volar no sea la mejor idea. Así que mejor lo de los dos taxis" dijo Clar.
Nos montamos Clarisse y yo en un taxi y el resto en el otro. Tarde un poco en convencer al taxista de que tenía una tarjeta de crédito y que podía pagar con ella. Se quedo con la boca abierta cuando al pasar la tarjeta dio el símbolo del infinito.
"A qué parte de Los Ángeles… mi alteza" Pregunto embobado.
"Al embarcadero de Santa Mónica. Si nos lleva rápido puede quedarse con la tarjeta" respondió Clarisse encantada con lo de 'alteza'.
Quizás no debió decirlo porque mientras pasábamos por un desierto no bajamos de los 150 Km/h, no por la velocidad, sino por las posibles multas.
Los Ángeles
En el taxi tuvimos unas cuantas horas para hablar. Clar me habló de su madre que vivía en Arizona y como la visitaba después de cada verano, su sueño de ser una bailarina cuando fuera mayor y las cosas se calmaran, aunque decía no ser muy buena. Eso me sorprendió pero no dije nada. Por último me contó como un sátiro, Gleeson Hedge, la encontró a los 4 años y le presentó a su esposa. En ese momento solté una broma sobre que tendría unos encantadores ahijados cabríos. Recibí un golpe en la cabeza y una risita por ello, pero mereció la pena.
"Y cuéntame, ¿cómo es que has descubierto que puedes volar?" Me pregunto.
"Simplemente es que tengo algunos sueños en los que voy recuperando mi memoria. En uno de ellos estaba volando" respondí sin dar mucho detalle. Prefería contar mi historia cuando tuviera todos los fragmentos.
"Y qué recuerdas"
"Varias cosas, pero de momento te haré un resumen para explicarlo todo con detalle cuando termine de recuperar la memoria y estemos todos juntos" dije haciendo alusión a que no estaban aquí los demás y prefería no repetirme más de lo necesario. "Básicamente, nací en una zona que iba a ser destruida poco después de que yo naciera por lo que mi padre me envió lejos" Técnicamente no es mentira. "Lo siguiente que recuerdo es que un anciano, Son Gohan, me adoptó como su nieto y me puso mi nombre. Estuve viviendo con él hasta que un fatídico día una bestia lo mató por la noche. Seguí viviendo en la montaña durante unos cuantos años, hasta que un buen día, poco después de pescar un pez más grande que yo, me encontré con una chica de pelos azules. Poco después de que me disparara en la cabeza y exigiera que le diera lo único que tenía de mi abuelo me embarque en una aventura con ella, conocí mundo, hice amigos y me hice cada vez más fuerte" preferí no contar de la existencia de las bolas de dragón todavía.
"Vaya… lo siento por lo de tu abuelo"
"No importa. Fue hace mucho tiempo y, además, pude volver a verlo"
"¿Ya has estado en el inframundo antes?"
"No. Me encontré con una bruja, Uranái Baba, y me permitió volver a verlo" expliqué.
Terminamos cambiando de tema y seguimos hablando hasta que al anochecer llegamos a la costa de Santa Mónica.
Aparentemente los demás también acababan de llegar.
En la playa había atracciones en el embarcadero, palmeras junto a las aceras, vagabundos en las dunas, surferos esperando la ola perfecta y un pestazo a drogas y alcohol increíble.
Caminamos todos juntos hasta la orilla.
"¿Y ahora qué?" preguntó Annabeth.
El océano se volvía dorado por la puesta de sol. Aquella vista me recordaba a las tardes después de largas horas de entrenamiento bajo la tutela del maestro Muten Roshi.
Percy se metió en las olas.
"¡Percy! ¿Qué estás haciendo?" Preguntó Clarisse.
Siguió caminando mientras Annabeth le advertía de lo contaminada que estaba el agua, hasta que se hundió por completo.
"Tranquilos. El mar es el dominio de su padre, al fin y al cabo. No le pasará nada" dije tranquilo.
"¿Pero por qué se ha metido?" Preguntó Grover.
"Supongo que es más fácil hablar con un espíritu del mar dentro del mar que fuera, ¿no?"
Después de eso me senté, intentando no clavarme nada, fue difícil con todas las botellas rotas y tal, y contemple el mar mientras esperaba a que Percy acabara de recibir el mensaje que tuviera que recibir.
Poco después Percy salió con la ropa completamente seca y nos contó su conversación con la nereida y nos dio una perla a cada uno. Nos dijo que cuando estuviéramos en un apuro la rompiéramos en el suelo para activarla.
"No hay regalo sin precio, Percy" le advirtió Annabeth.
"Estas son gratis" respondió él.
"No. 'No existen los almuerzos gratis' Es un antiguo dicho griego que se aplica bastante bien hoy en día. Habrá un preció"
"Las perlas funcionan solo para una persona, ¿no?" dije temiendo cuál sería el precio.
"Sí, ¿por qué?" Respondió Percy.
"Nada, solo por si podíamos reservar alguna para un imprevisto" no era una mentira al 100%.
Con eso en mente cogimos un autobús hasta West Hollywood.
Una vez allí caminamos varios kilómetros buscando El Otro Barrio y preguntando por dónde estaba, pero nadie parecía saberlo. En algunas ocasiones tuvimos que escondernos de los coches de policía y evitar que Percy rompiera un escaparate por el que veía una entrevista televisiva a su padrastro.
Al caer la noche nos cruzamos con miembros de pandillas, vagabundos y 'chicos malos' que nos miraban intentando ver si les saldría rentable atacarnos. Al pasar por delante de un callejón una voz nos llamó desde la oscuridad.
"Eh, vosotros"
Como unos idiotas nos paramos y enseguida estuvimos rodeados por seis niños ricos jugando a ser chicos malos.
Percy sacó por instinto su espada y atacó al cabecilla, que no se si era estúpido o valiente. La espada pasó a través de él como si fuera un fantasma y salimos corriendo antes de que el chaval se recuperara del shock. No me apetecía perder el tiempo luchando con alguien a quien podía dejar KO de un golpe.
Entramos corriendo a una tienda abierta que parecía llamarse 'Paladio de las Camas de Agua de Crusty'. Gracias a eso conseguimos perder a nuestros perseguidores.
"Los hemos despistado" susurró Grover
Una voz retumbó a nuestras espaldas.
"¿A quién habéis despistado?"
Todos dimos un respingo, ya que nadie esperaba una presencia extra en la tienda, aunque estando abierta era obvio que estaría alguien que trabajara ahí.
Detrás nuestra había un tipo de aspecto rapaz y ataviado con un traje de los años 70. Medía al menos 2 metros y era totalmente calvo. De piel grisácea, tenía parpados pesados y una sonrisa de reptil y fría. Se acercaba lentamente, pero se veía que podía ir rápido si la situación lo requería.
Su camisa era de seda estampada de cachemir, y la llevaba desabrochada hasta la mitad del pecho, también lampiño. Las solapas de terciopelo parecían pistas de aterrizaje y llevaba varias cadenas de plata alrededor del cuello.
"Soy Crusty" dijo él, con una sonrisa manchada de sarro.
"Sentimos haber entrado en tropel. Sólo estábamos… mirando" dijo Percy
"Quieres decir escondiéndoos de esos gamberros. Merodean por aquí todas las noches. Gracias a ellos entra mucha gente en mi negocio. Decidme, ¿os interesa alguna cama de agua?"
Desde que entramos sentí la misma molesta sensación que tuve cuando estuvimos cerca de Medusa y de Equidna y su 'hijito'. Empezaba a sospechar que este vendedor de camas de agua era el próximo monstruo al que nos tendríamos que enfrentar.
Percy parecía a punto de decirle que no, pero no pudo ya que Crusty lo cogió por el hombro y nos condujo a la zona de exposición. Había toda una colección de camas de agua de las más diversas formas, cabezales, ornamentos y colores; tamaño grande, tamaño super-grande, tamaño emperador del universo…
"Éste es mi modelo más popular" dijo mientras señalaba una cama cubierta con sábanas de satén negro y antorchas de lava incrustadas en el cabezal. El colchón vibraba, así que parecía de gelatina. "Masaje a cien manos. Venga, probadlo. Tiraos en plancha, echad una cabezadita. No me importa, total hoy no hay clientes"
"Pues… no creo que…" Empecé intentando disuadirlos.
"¡Masaje a cien manos!" exclamó Grover y se lanzó en picado. "¡Eh, tíos! Esto mola"
"Hum. Casi, casi" murmuró Crusty
"Casi ¿qué?" preguntó Clarisse
Miró a Annabeth.
"Hazme un favor y prueba ésta, cariño. Podría irte bien"
"Pero ¿qué…?"
Él le dio una palmadita en la espalda para darle confianza y la condujo hasta el modelo Safari Deluxe, con leones de madera de teca labrados en la estructura y un edredón de estampado de leopardo. Annabeth no quiso tumbarse y Crusty la empujó.
"¡Eh, oiga!" Protestó ella.
"¡Ergo!" dijo él mientras chasqueaba los dedos.
Súbitamente, de los lados de la cama surgieron cuerdas que amarraron a Annabeth al colchón. Grover intentó levantarse, pero las cuerdas salieron también de su cama de satén y lo inmovilizaron.
"¡N-n-no m-m-mola-a-a!" aulló, vibrándole la voz por el masaje a cien manos. "¡ m-m-mola na-a-a-da!"
El gigante miró a Annabeth, luego se volvió hacia nosotros y nos enseñó los dientes.
"Suelte a nuestros amigos" dije empezando a enfadarme.
"Oh, desde luego. Pero primero tienen que caber"
"¿Qué quiere decir?" Preguntó Percy. En ese momento noté que Clar se escabulló, supongo que buscando el punto perfecto para atacarle.
"Verás, todas las camas miden exactamente 180 cm. Vuestros amigos son demasiado cortos. Tienen que encajar. No soporto las medidas imperfectas" Musitó. "¡Ergo!"
Dos nuevos juegos de cuerdas surgieron de los cabezales y los pies de las camas y sujetaron los tobillos y hombros de Grover y Annabeth. Las cuerdas empezaron a tensarse, estirando a nuestros amigos de ambos extremos.
"No te preocupes. Son ejercicios de estiramiento. A lo mejor con ocho centímetros más a sus columnas… Pueden que incluso sobrevivan, ¿sabes? Bien, busquemos una cama que te guste."
"¡Chicos!" Gritó Grover.
Hasta ahora no hice nada porque nos tenía a ambos agarrados por el cuello y me preocupaba que pudiera partirle el cuello a Percy antes de que hiciera que lo soltara. Por otra parte quería ver como el hijo de Poseidón podía manejarse bajo esta presión.
"En realidad no se llama Crusty, ¿verdad?" Pregunté intentando que bajara la guardia.
"Legalmente es Procrustes" admitió.
"El Estirador" dijo Percy recordando un mito que no llegué a conocer en ese entonces.
"Exacto. Pero ¿quién es capaz de pronunciar Procrustes? Es malo para el negocio. En cambio, todo el mundo puede decir 'Crusty'"
"Tiene razón. Suena bien" dije con la misma intención que antes.
Se le iluminaron los ojos.
"¿Eso crees?"
"Oh, desde luego" tomó Percy el relevo. "Y estas camas parecen fabulosas, las mejores que he visto nunca…"
Esbozó una gran sonrisa, pero no aflojó su agarre.
"Yo se lo digo a mis clientes. Siempre se lo digo, pero nadie se preocupa por el diseño de las camas. ¿Cuántos cabezales con antorchas de lava incrustadas has visto tú?"
"Ninguna, hasta ahora" dije con sinceridad.
"¡Pues ahí lo tienes!" Respondió Procrustes
"¡Chicos! ¿Qué estáis haciendo?" vociferó Annabeth. Me iba a caer una bronca después de esto.
"No le hagas caso. Es insufrible" le dijo Percy al Estirador.
"Todos mis clientes lo son. Jamás miden 180 exactamente. Son unos desconsiderados. Y después, encima, se quejan del reajuste"
"¿Qué hace si miden más de 180 cm?" Le pregunte preocupado por la respuesta.
"Uy, eso pasa a todas horas. Se arregla fácil" Me soltó, pero no a Percy y, antes de que me pudiera plantear si atacarle o no, saco del mostrador una enorme hacha doble de acero. "Centro al tipo lo mejor que puedo y después rebano lo que sobra por cada lado"
"Ya. Muy práctico" dijimos Percy y yo.
"¡Cuánto me alegro de haberme topado con unos clientes sensatos!"
"Bueno, Crusty…" dije tratando de sonar indiferente ante el hecho de que Annabeth y Grover parecían no poder estirarse más y salir vivos "¿Y ésta tiene estabilizadores dinámicos para compensar el movimiento ondulante?" dije mientras miraba la tarjeta de la cama especial Luna de Miel.
"Desde luego. Pruébala"
"Sí, puede… Pero ¿funcionan incluso con un tío grande como tú? ¿No se advierte ni una sola onda?" Empecé a ver la manera más fácil de derrotarlo, aunque quizás no la más rápida.
"Garantizado" respondió él
"Venga, hombre" dijo Percy viendo que tramaba.
"Que sí"
"Enséñanoslo" le pedí.
Se sentó gustoso en la cama y le dio unas palmaditas al colchón.
"¿Veis? Ni una onda"
Chasqueé los dedos
"Ergo"
Las cuerdas rodearon a Procrustes y lo sujetaron contra el colchón.
"¡Eh!" chilló.
"Todo tuyo, Percy. Yo mientras ayudaré a Clarisse a liberar a nuestros amigos" dije dándole una palmadita en el hombro, mientras veía a la hija del dios de la guerra escondida tras la cama de Annabeth, probablemente esperando el momento en el que el gigante estuviera distraído para liberarla.
Nos pusimos manos a la obra mientras Percy centraba y le quitaba los centímetros de más al Estirador, sin dejar que sus ofertas le hicieran cambiar de parecer.
"Parecéis más altos" les comenté.
"Uy, que risa. La próxima vez daros más prisa, ¿vale?" dijo Annabeth.
"Vamos" dijo Percy mientras nos enseñaba un mapa con la ubicación de los estudios de grabación El Otro Barrio.
"Danos un minuto. ¡Por poco nos estiran hasta convertirnos en salchichas!" Se quejó el sátiro.
"Anda, no os quejéis. El inframundo está al lado" dijo Clarisse.
Nota de autor:
Ok decimo capítulo hecho.
Yo no poseo derechos de autor sobre Dragon ball ni Z ni Super ni Gt ni sobre la serie de Percy Jackson y los dioses del Olimpo. Los autores son el trollaso de Akira Toriyama y Rick Riordan, respectivamente.
Dejadme en las revisiones los comentarios, críticas y amenazas de muerte desde vuestras cuentas, si es que tenéis una.
Un especial saludo a mi amigo y confidente de esta historia Jose Alberto Dil Forno
Matrona de Goku: Hestia
