Notas de autora:
¡Perdón, perdón perdón! ¡Mil veces perdón!
Me siento una hija de la papaya por no haber actualizado la semana pasada :c
Pero los problemas de mi vida de estudiante no me lo permitian, practicas y encima la zona donde vivo no cae agua.
Lamento ser tan irresponsable pero necesitaba un descanso con el fic aunque sea de una semana, ahora que ya estoy mejor y libre de trabajos, puedo escribir los capitulos con tranquilidad :)
Como re compensa por la larga espera, les dejo un cpaitulo extra largo que hizo que mi cerebro se secara(?) xD
Disfruten del capitulo
Advertencias: AU, OoC, Fosoforos, Intentos de escape y malos malentendidos(?)
Diclaimer: -man pertenece a Hoshino Katsura
Manos unidas por un beso
13. Una fría noche de Navidad.
Blancos copos de nieve iban descendiendo lentamente desde lo más alto de un oscurecido cielo nocturno. Muchos de ellos terminaban su pausada caída al chocar con la superficie del suelo, la cual iban cubriendo paulatinamente. Algunos no lograban llegar hasta ahí, ya que quedaban estancados en los techos de los edificios o sobre cualquier objeto. Y unos cuantos se posaban sobre su mano extendida, para luego continuar con su trayecto.
La bella luna era el gran lucero que iluminaba el manto celestial, acompañada de las pequeñas estrellas a su alrededor. Era una hermosa vista.
La paloma posada sobre su hombro comenzó a gorjear al ver que se había alejado de la única ventana en aquella desolada habitación, dirigiéndose a una de las mesas de pulcra cerámica fría. Se colocó de espaldas frente a la mesa, poniendo sus manos en el borde de esta, impulsándose en un salto para sentarse en ella. Fue un mal cálculo suyo el que hizo que casi cayera al dar el brinco, fue eso o la falta de fuerza que lentamente iba abandonando aquel cuerpo que era suyo.
Desde donde estaba, veía la nieve caer, ello le indicaba que pronto llegaría el mes de Diciembre, porque era en ese mes que la temporada de nieve daba inicio, como queriendo darle ese toque mágico a las fechas navideñas.
Su boca se curvó en una mueca sonriente. Tincampy lo observó curioso, quería saber la razón de su repentino cambio de expresión. Él acarició suavemente la pequeña cabeza del pájaro, delineando con cuidado la extraña cicatriz en forma de cruz que se encontraba en su frente. La pequeña ave cerró sus diminutos ojos, disfrutando de la caricia que le proporcionaba su amo. Con aquella muestra de afecto quiso darle a entender que se encontraba bien y no era necesario que se preocupara por él.
Supo que la corriente de aire había aumentado su intensidad cuando esta hizo que algunos copos de nieve fueran desviados de su trayecto siendo traídos al interior del cuarto, posándose uno de ellos sobre el dorso de su mano. El color de su piel era tan pálido que fácilmente aquel copo podría perderse de su vista sin dificultad alguna y confundirla como si fuera parte de ella.
Con cuidado bajó de su asiento, procurando no cometer un nuevo tropiezo en el transcurso. De manera pausada dio algunos pasos hasta llegar a la gran ventana y única fuente de iluminación en aquella vacía habitación donde se encontraba.
Sobre el duro marco de concreto colocó sus brazos flexionados, inclinándolos lo suficiente como para que su rostro pudiera descansar tranquilamente sobre las palmas de sus manos.
La vista del paisaje nocturno exterior era realmente muy hermosa. Desde ahí también podía ver las casas que se encontraban ubicadas alrededor de la preparatoria. Una de ellas ya tenía adornos de coloridas luces brillantes decorando las ventanas, además de guirlandas que adornaban la fachada de la misma. Se veía que la familia que vivía en aquella vivienda era de un espíritu navideño muy festivo, porque incluso comenzaron con las decoraciones antes de Diciembre.
Navidad.
Aquella era una fecha festiva muy especial para todos, pero eran los más pequeños del hogar quienes se encontraban más entusiasmados ante la idea de su pronta llegada. Regalos, comida, fuegos artificiales, villancicos y familia era lo que hacía que ese día fuera tan esperado por muchos.
Sin embargo, para él no.
Para Allen Walker, Navidad tenía otro significado, uno muy especial. Porque fue en un día como ese que él murió y volvió a nacer como una nueva persona.
Porque fue en una noche de Navidad que él conoció a la persona que haría cambiar su vida totalmente, que no volviera a ser la misma que era antes de conocerlo.
Porque fue en una fría noche de Navidad que Mana apareció en su, hasta entonces, patética vida sin sentido.
Miró a la derecha y luego a la izquierda, cerciorándose que ningún auto viniera en su dirección. Cuando se sintió seguro, cruzó la pista. Sin embargo, hubo algo que él no vio y era que un auto había aparecido repentinamente doblando la esquina y ahora se dirigía hacia donde estaba él. No tuvo más opción que agarrar fuertemente el bolso que colgaba desde su cuello y correr lo más rápido que sus pequeñas piernas le permitían, provocando que su apuro lo hiciera tropezarse con sus propios pies y que el contenido de su bolso terminara esparcido por el suelo. Se levantó inmediatamente a pesar del dolor que sentía en sus rodillas, que seguramente ya estaban raspadas por la caída, y trató de recoger todo lo que pudo, porque al parecer, el conductor del auto no se había dado cuenta de su presencia. Para su mala suerte, un camión de carga pesada apareció por el cruce, ambos venían en su dirección por lados opuestos.
No tenía mucho tiempo, debía salir de ahí ¡ya!
Fue por poco que logró salvarse de ser atropellado. No obstante, en medio de su desesperada huida, había perdido uno de sus zapatos y algunos de las cajas de fósforos que no pudo llegar a recoger por lo rápido que se vio obligado a actuar.
Cosmo le había entregado una determinada cantidad de cajitas de cerillos, indicándole a qué precio debía venderlas. Por eso, Cosmo sabía perfectamente la cantidad de dinero que debía traer cuando regresara a casa antes de Nochebuena, porque si él se atrevía a traer un solo centavo menos, estaba incumpliendo con el trato acordado, entonces Cosmo lo volvería a golpear por su incompetencia y torpeza.
Continuó con su camino. Su zapato había sido arrastrado hacia algún punto que él desconocía completamente, teniendo que andar con uno de sus pies expuestos a la fría intemperie. La planta del pie que se encontraba descalzo estaba comenzando a entumecerse, con cada paso que daba sentía que iba perdiendo la sensibilidad de aquella parte de su cuerpo y la nieve que caía intensamente no ayudaba mucho en su situación.
Innumerables veces había tratado de escapar del abusador de Cosmo; no obstante, ninguna de ellas tuvo éxito alguno. Pero hubo una ocasión que aquel detestable hombre cometió un descuido, un insignificante descuido que le dio la oportunidad de escapar de ese infierno llamado hogar. Por otro lado, las cosas no salieron como él pensó. La vida en la calle para un pequeño huérfano como él era sumamente duro y difícil, más de lo que creyó y lastimosamente él no podía con algo así. No tuvo más remedio que volver a aquel maldito lugar como un perro arrepentido con el rabo entre las piernas, pisoteando su orgullo. Puede que esto le sirviera de consuelo, pero a lo menos, ahí tenía algo para comer y un sitio para dormir.
El viento era cada vez más frío, llegando al punto en que podía sentir como este se iba calando en sus huesos. Acomodó el pañuelo de su cuello de tal manera que pudiera cumplir la misma función que una bufanda pero sin la misma eficacia, debido a que la tela con la que estaba hecha era más delgada, metió sus manos en los bolsillos de su pantalón. Siguió caminando, tenía que vender si o si las cajas de fósforos que aún le quedaban, tal vez así podría reducir en algo el castigo que Cosmo le daría cuando regresara.
Las personas que estaban en la calle no paraban de caminar, yendo de un lado para otro sin detenerse. Todos cargando grandes bolsas y paquetes mientras entraban y salían de las tiendas. Todos andando con prisa y metidos en sus propios pensamientos que no le prestaban atención cuando él se acercaba a ellos con la intención de venderles una caja de fósforos, siendo completamente ignorado.
Cansado de caminar, se sentó en las pequeñas gradas de la entrada a una capilla abandonada, quitando con sus manos la nieve que había allí. En un acto de proporcionarse calor, se abrazó a sí mismo, escuchando como sus dientes empezaban a castañetear. Este invierno era el más gélido que le había tocado vivir en su corta vida hasta ahora. Si no lograba producir algo de calor, lo más probable es que para el día siguiente terminara muriendo de hipotermia.
Observó con desgano su bolso. No había logrado vender ni una sola caja de cerillos. Esta vez no tendría excusa alguna para evadir el castigo.
Sintió como la temperatura de su cuerpo bajaba mucho más de lo que estaba, su cuerpo comenzó a entumecerse. Ya no era capaz de producir calor y su ropa no era lo suficientemente abrigadora. Lo único que tenía era las cajitas de fósforos que Cosmo le había dado para vender.
¡Fósforos! ¡Eso era!
Al frotar la cabeza de los cerillos contra la superficie rugosa de los costados de la cajita donde venían podría obtener fuego y el fuego daba calor.
Presuroso sacó todo el contenido de su desgastado bolso, agarrando la primera cajita que estuvo a su alcance, prendiendo el primer cerillo, este emitió una pequeña pero brillante llama de fuego, pronto pudo percibir aquel calor que tanto necesitaba. Para su disgusto, el cerillo se consumió totalmente, haciendo que la llama se extinguiera.
Él volvió a encender uno más, esta vez, no solo pudo sentir la calidez que emanaba la llama, sino que también, por un breve momento vio un jugoso banquete lleno de exquisitos platillos que desapareció cuando el fuego se apagó. Nuevamente prendió un fósforo, ahora un gran árbol de Navidad apareció decorado de una hermosas guirlandas y luces brillantes, junto a una bella estrella en la cima, de la misma forma, el fabuloso banquete estaba ahí.
La quinta vez, unos cariñosos brazos lo rodearon deseándole una Feliz Navidad. Él se sintió extraño, nunca antes alguien se había acercado a él de esa forma, lo normal era que solo lo hicieran para burlarse u ofenderlo, provocando que él decidiera colocar una línea entre las demás personas y él. Pero en este momento, no le importó, porque aquellas personas a pesar de ser unos desconocidos para él, no lo rechazaban como los demás.
Quizás...
Quizás aquel sueño era la manifestación de su más anhelado deseo.
La llama cesó, devolviéndolo a la realidad donde él se encontraba sentado en la entrada de una capilla abandonada, tratando de calentarse a sí mismo.
¡No!
Volvió a encender otro cerillo, quería que aquella visión nunca desapareciera. Fósforo tras fósforo, cajita tras cajita, una a una fueron agotándose poco a poco. No obstante, él pudo seguir soñando a pesar de que ya no había fósforo o cajita alguna, porque ahora ya no necesitaba de su ayuda para ello, porque ahora podía soñar libremente en un mundo hecho para él por el resto de la eternidad...
El pequeño niño en un sueño sumergido está,
entre la luz y grises cenizas de dolor.
Uno, dos, tantos rostros...
Entre todos, solo uno es su verdadero yo.
Aún quedan mil sueños para recorrerlo.
Sueña, sueña siempre.
Esos ojos plateados temblando entre sueños,
creando algo irreal en su propio mundo ideal, inverso en la ilusión, no pueden despertar.
Sigue ahí, ahora yo voy a proteger tu sueño.
Dios Morfeo, dale a este niño tu amor,
mientras le prodigo una bendición.
Dios Morfeo, dale a este niño tu amor,
con un beso el niño despertó.
Esa melodía... ¿Sería aquella que los ángeles cantaban en los cielos?
Siendo así... ¿Significaba que ahora podría escucharla? Era muy hermosa.
De pronto, se vio sí mismo en lugar totalmente desconocido. Se encontraba en un cuarto del cual estaba muy seguro que no era suyo, le bastaba con ver las cortinas y los finos muebles para saberlo. Esa extraña habitación era de su completo desconocimiento.
Se pellizcó fuertemente en su brazo para comprobar que no estuviera soñando, cerrando los ojos a causa del dolor; al abrirlos, seguía en la misma habitación. Entonces, de no estar en un sueño, ¿cómo había llegado ahí? ¿Acaso lo habían secuestrado? Últimamente había oído bastante sobre la desaparición de niños que no eran vueltos a ver jamás.
Amarró su castaño cabello en una coleta alta, a lo que se disponía a buscar su único zapato. Tenía que salir de ese cuarto, no era seguro. Además, aun debía regresar con Cosmo aunque la sola idea de pensarlo lo hiciera sentirse enfermo.
-Veo que despertaste, ¿cómo te encuentras?
La pregunta hecha lo distrajo de sus pensamientos de escape. Un joven hombre vestido elegantemente traía una bandeja de comida se encontraba parado en la entrada de la habitación.
¿Él era su secuestrador?
Aquel hombre terminó por cerrar completamente la puerta, poniendo el seguro, eso lo inquietó a él.
¿Qué planeaba hacerle?
Lentamente se fue acercando a él, cada vez podía verlo mejor. Tenía el cabello de un exótico color, amarrado en una coleta baja por un listón rojo y unos singulares ojos dorados. Definitivamente no era una persona común y corriente.
-¿Te sientes mejor?
Se sentó en el borde de la cama a un lado suyo, aun con la bandeja en las manos. Instintivamente, él se alejó, no sabía lo que aquel hombre pudiera hacerle.
-¿Tienes hambre?
Tampoco iba a contestar a esa pregunta. Sin embargo, fue traicionado por su propio estómago, quien se encargó de emitir un sonido lo suficientemente audible para ambos ocupantes del cuarto. Era cierto, no había probado bocado alguno desde que Cosmo le mandó a vender y mucho menos comería, a menos que trajera el dinero que debía traer.
-Eso es un sí, ¿no? Toma, puedes comer.
Le extendió la charola hasta dejarla sobre su regazo, sonriéndole de forma amable. Ese hombre era extraño. Miró el contenido de la charola, se veía delicioso. A pesar de todas sus ganas por comer, no podía dejarse llevar por las apariencias. ¿Qué tal si había colocado alguna clase de somnífero?
-No tiene nada extraño. Te lo puedo asegurar.
¿Cómo sabía lo que estaba pesando? ¿Acaso era psíquico o qué?
-No. Ni soy un psíquico, ni algo parecido. Simplemente lo sé porque tu rostro lo dice. Eres fácil de leer.
Y ante este, soltó una diminuta risa. Lo miró mal, se estaba burlando de él.
-Lo siento. No te enojes, por favor -se disculpó en cuanto dejó de reírse- La comida ha sido preparada por Jerry, nuestro cocinero. No hay motivo para desconfiar.
Y otra vez aquella sonrisa. A pesar de lo dicho, la desconfianza no desapareció del todo. No obstante, el hambre le impedía poder razonar conscientemente. Terminó por aceptar la comida ofrecida. Comer era poco para describir la acción que se encontraba ejecutando, él literalmente estaba devorando todo.
-Vaya, realmente tenías hambre. ¿Quieres más?
Esta vez, la respuesta fue casi inmediatamente respondida a la pregunta. Él movió afirmativamente la cabeza.
-Está bien. Espérame un momento. Ahora vuelvo.
Dicho esto, salió del cuarto.
En este momento, él se encontraba solo y la puerta sin seguro, era la oportunidad perfecta para escapar. Se quitó las sabanas de encima, su zapato no se encontraba por ningún lado, no importa, se iría de ahí con o sin su zapato. Cuando llegó a la puerta, esta se abrió de improviso, el extraño hombre de la mirada dorada ya estaba aquí.
-¿Quieres ir al baño?
Él afirmó. Por poco y era descubierto con las manos en la masa.
-Hay uno dentro de la habitación.
Tan pronto el hombre de elegante traje le señalo la dirección en la que se hallaba el cuarto de baño, él corrió hacia él. Tenía bien sabido que todos los cuartos de baño tenían como mínimo una pequeña ventana en la parte superior de una de sus paredes, incluso el baño de la casa de Cosmo tenía uno.
No tuvo que buscar mucho para encontrar la porque se encontraba al frente suyo, más arriba de donde estaba el inodoro y que para su buena suerte, no tenía barrotes ni nada que la obstaculizara. Con mucho cuidado subido al retrete y luego al tanque de agua de este, procuró no hacer ruido, no quería ser descubierto tan fácilmente. Viendo de cerca la ventana, esta era algo angosta para él, le restó importancia a ello. Lo esencial era salir cuanto antes de ese lugar. Lo lograría. La tercera era la vencida.
Su cabeza entró con facilidad, sus hombros con un poco de esfuerzo, el problema fue en sus caderas. Se había atorado.
Por más esfuerzo que hiciera, no conseguía mejorar su situación, provocándose dolor ante los forcejeos por liberarse. Dejó de moverse, sabía perfectamente que la piel de sus caderas estaba enrojecida porque empezaba a sentir el ardor. No tenía caso seguir intentándolo. Solo debía esperar a que el desconocido hombre entrara al baño al ver que se demoraba bastante en salir y lo encontrara en esa vergonzosa situación de escape fallido.
Él no había contado con que sus acallados quejidos fueran escuchados por alguien, mucho menos por los perros guardianes que estaban en el jardín de aquella extraña casa donde se hallaba. Ellos se acercaron viendo como medio cuerpo suyo colgaba de la ventana del baño, de inmediato comenzaron a ladrar fuertemente al ver que no era alguien conocido. Ahora si estaba en serios problemas y no tenía idea de cómo fuera a reaccionar el hombre de los ojos dorados ante su intento de huida desesperado. Esperaba que no fuera peor que Cosmo.
Suaves golpes sonaron contra la puerta, seguidos de una voz que le comenzaba a ser conocida.
-¿Estás bien, pequeño niño?
Oh. Era él.
Al no responder nada, el otro continuó hablando.
-Voy a abrir.
Y lo que más temía se cumplió.
Por la posición en la es que estaba no podía saber exactamente cuál era la expresión en el rostro del hombre, de lo único que estaba seguro era que denotaba sorpresa.
-¿Qué pasó? ¿Cómo es que llegaste ahí?
Claramente su tranquilo tono de voz que normalmente usaba fue alterado al encontrarlo así.
-Espera un momento. Enseguida te bajo.
Pasaron uno minutos y recién pudo escuchar pasos acercándose, pero estos eran un poco más pesados y lentos.
-No te preocupes, en un momento te saco de ahí.
El hombre había traído una escalera, cuando llegó al último peldaño de ella, se detuvo. Acercó sus manos a él, sintió una extraña corriente eléctrica recorrerle el cuerpo, y como si de un delicado cristal se tratase, lo agarró, aunque tuvo que hacer algo de fuerza para que pudiera sacarlo completamente. Una vez liberado, lo cargó, él trató de soltarse del agarre, le incomodaba bastante.
-Suéltame.
La otra persona parecía ser sorda porque no le hizo ni el más mínimo caso. Solo atinó a acomodarlo mejor entre sus brazos, aún ni llegaban abajo. Este hombre no tenía remedio.
Al llegar a suelo firme, él por fin se soltó, cayendo al suelo bruscamente, fue ahí cuando se dio cuenta del verdadero estado físico de su cuerpo, el cual le hizo arrodillarse cada vez que intentaba pararse. Dolía horrible. Cada parte de su cuerpo le dolía como si hubiese sido golpeada vilmente. Seguro esa debía ser la factura de todos los castigos que había recibido.
No tuvo ninguna objeción cuando fue levantado y posteriormente cargado, para luego ser depositado sobre la suave cama. Realmente le dolía bastante como para quejarse por ser atendido. Estaban teniendo consideración con él, era sorprendente de por sí.
Fue acomodado nuevamente entre las cálidas sábanas, siendo su cabeza colocada sobre la blanda almohada. Entonces, consideró que solo por ahora se daría un descanso sobre su plan de escape.
-¿Por qué hiciste eso?
Tarde o temprano llegaría esa pregunta, lo sabía. Pero, ¿qué podía decirle él? ¿Qué pensaba escapar por la ventana del baño porque creía que era un secuestrador de niños? Podría ser...pero no. Había una gran probabilidad de que al decir aquello, el sujeto se molestara y decidiera mostrar su verdadera personalidad oculta. Definitivamente, no. No era tan estúpido para hacer eso. Lo que había experimentado con Cosmo lo hacían pensar así. Mejor esperaba otro descuido y huía de ahí, sí, eso sonaba mejor.
-¿Intentabas escapar?
Oh. Ese hombre era bueno para descubrir cosas.
-No voy a hacerte daño.
¡...!
-No soy ninguna clase de secuestrador de niños.
Y antes de que pudiera decir algo con respecto a lo dicho anteriormente, este continuó, respondiendo a la duda mental que se había formado recientemente en su cabeza.
-Tu cara lo dice.
Cierto. Había olvidado ese pequeño detalle. Prácticamente, no podía mentirle a aquel sujeto porque sería descubierto con facilidad.
Se sentó a su lado en la cama, provocando que esa parte se hundiera más debido al peso del hombre. Miró con atención cada uno de los movimientos, quería asegurarse de la veracidad de sus palabras.
-Anoche, salí a entregar las donaciones por Navidad a las parroquias y capillas que mi familia tiene por costumbre realizar en estas fechas. Debido a que uno de los párrocos me pidió que me quedase a escuchar la Misa del Gallo, se me hizo tarde. El auto que estaba esperando por mí ya no estaba, se había marchado. Era prácticamente la medianoche, ningún carro circulaba ya que la mayoría de ellos se encontraban en casa celebrando la Nochebuena con su familia. Tenía que caminar hasta mi casa, era mi única opción. La noche estaba fría y helada, pero en medio de ella, una pequeña luz brillante apareció a lo lejos. Pensé que era la llama de una vela de alguna casa, corrí tratando de buscar refugio ahí. Grande fue mi sorpresa al no encontrar nada de lo que estaba pensando, en lugar de aquello, un pequeño niño inconsciente estaba en la entrada de una capilla abandonada, a su costado estaba una caja de fósforos se consumía. Me acerqué al niño para comprobar su estado, parecía un muerto por lo helado que estaba. Tenía hipotermia. Lo cargué hasta llegar a casa.
Al terminar, le regaló una amable sonrisa, sus mejillas se colorearon momentáneamente.
Había escuchado atentamente cada detalle del relato, le sorprendía de sobremanera que un completo desconocido se preocupara por él. Era increíble, inaudito de creer. Toda su corta vida hasta ahora, el cómo se encontrara nunca había sido del interés de alguien.
Ahora, venia este extraño, haciendo y diciendo tales cosas. Sus defensas estaban bajas, debía ser por el frío y el dolor de su cuerpo que lo hacían vulnerable al exterior.
-¿Ves? No soy ningún secuestrador.
¿Quién era este misterioso hombre?
-Oh. No nos hemos presentado. Soy Mana D. Campell.
Una mano se extendió frente a él. ¿Qué debía hacer? ¿Corresponderla?
-Allen.
-Un gusto conocerte, Allen. Bien, ahora que hemos aclarado todos los malentendidos y que no soy ninguna clase de secuestrador de niños. Me gustaría que me digieras donde vives o quiénes son tus padres, para comunicarles que te encuentras aquí, deben estar preocupados.
Su mirada se desvió hacia un lugar distante de la habitación.
Cada vez que el tema de sus padres surgía en una conversación, se sentía un completo ignorante por no saber nada de ellos. Porque desde que tuvo uso de razón, solo recordaba haber sido un huérfano desde siempre, con Cosmo como su apoderado. Solo eso.
El hombre de ojos color oro notó su cambio de parecer.
-¿Qué pasa? ¿Dije algo que no debí decir?
-No tengo padres, ni un hogar.
Al infierno que vivía con Cosmo no podía llamar hogar.
Entonces, Mana comprendió por qué encontró a Allen en ese estado el día de ayer.
-Lo lamento.
-No tiene importancia.
-¿Qué te parece si descansas hasta que te sientas mejor? Dormir te hará bien, Allen.
Y hasta ahí quedó la conversación. Él durmió, cayendo en los brazos de Morfeo y Mana se retiró de la habitación, apagando las luces, no sin antes decir:
-Feliz Navidad, pequeño Allen.
Los tejados de las casas y las copas de los arboles volvieron a cubrirse por el blanco manto de la nieve. Hoy era Nochebuena, mañana seria Navidad, nuevamente.
A través del vidrio veía los copos de nieve caer e ir acumulándose en el marco de madera. Ya había leído todos los libros del estante y coloreado todos los cuadernos de dibujos. Estaba aburrido y esto era lo único que había encontrado para distraerse mientras esperaba la llegada de Mana.
Mana solo le había dicho que iría a la estación y al regresar, irían a pasear por las calles de la ciudad. Era esto último lo que lo tenía entusiasmado.
Sin embargo, al mirar el reloj del cuarto, también vio la fecha del calendario. El tiempo pasaba más rápido de lo que parecía.
Hace aproximadamente un año, Mana lo había encontrado en una fría noche de Navidad, inconsciente por el extremo frio en la entrada de una capilla abandonada.
Cuando el pequeño Allen despertó aquella vez, habían pasado alrededor de tres días, setenta y dos horas en las que solo se dedicó a dormir por el deplorable estado de su maltrecho cuerpo. Mana le dio ropa y zapatos para que se vistiera, comida para alimentarse y recuperar fuerzas, y medicinas para curar sus heridas. A él le asustaba tanta atención puesta sobre él, no era a lo estaba acostumbrado.
Aunque le causara temor el trato amable que Mana le daba, existía una parte de él que se encontraba a gusto con ello.
Sin embargo, Mana fue claro con él desde el principio. Mana solo podía tenerlo bajo su cuidado hasta que él pudiese encontrarle un nuevo hogar. Allen aceptó, sin saber que había sido cautivado por la amable personalidad de aquel hombre de traje elegante e inusuales ojos dorados.
Las campanadas del reloj principal de la casa le indicaron de lo poco que faltaba para que anocheciera completamente y lo mucho que se estaba tardando en llegar Mana. Eso lo tenía al pendiente de la puerta, si Mana no llegaba hasta una hora más tarde, ellos no podrían salir a pasear como lo habían planificado.
¿Qué es lo que estaba haciendo Mana?
Suspiró suavemente, expulsando un aliento cálido que empaño el vidrio que tenía al frente. Las luces de los faroles de la calle empezaron a encenderse uno a uno, iluminando así los callejones que ya estaban oscuros. La mirada de sus plateados ojos cambió de rumbo, dirigiéndose a la no tan pequeña casa de madera que estaba en el jardín. Allí se encontraban descansando acogedoramente los perros guardianes de la casa. Con una sonrisa recordó la primera vez que tuvo el gusto de conocerlos personalmente, luego de su intento de escape fallido por la ventana del baño, ellos quisieron comérselo vivo, afortunadamente Mana estuvo ahí y evitó una futura escena de crimen. Debido al tiempo que llevaba viviendo en la casa, había aprendido a llevarse bien con ellos y a jugar.
El sonido de movimiento dentro de la casa para mascotas hizo que su atención se fijara más ahí. Los caninos salieron repentinamente de su hogar, corriendo entusiasmados en dirección a la entrada principal de la casa. Alguien había llegado y por la reacción de los canes, solo podía ser una persona que acababa de llegar.
Con prisa, bajó de la silla donde estaba sentado y salió del cuarto. Corrió hasta la puerta principal para recibir a Mana. No pudo aguantarlo más y antes de que siquiera la persona de afuera introdujera la llave, él abrió la puerta.
-¡Bienvenido, Mana!
-¡Estoy en casa!
Ambas voces gritaron al unísono.
La persona que se encontraba del lado exterior de la puerta tenía un gran parecido físico a Mana D. Campell. El mismo rostro, los mismos inusuales ojos dorados, incluso llevaba puesto la misma ropa que había utilizado para salir; pero había algo que lo diferenciaba de aquel bondadoso hombre que lo acogió. Esta persona llevaba el cabello corto a diferencia de Mana que lo llevaba largo y amarrado en una coleta baja. Definitivamente, no era Mana.
-Tú no eres Mana -dijo finalmente Allen.
-Obviamente, tú tampoco eres Mana. ¿Quién eres?
¿Qué quién era?
-¿Acaso eres un ladronzuelo?
-¡Yo no soy un ladrón! ¡Vivo aquí! -contestó claramente molesto.
-¿Vives con Mana? No mientas. Mana vive solo.
-No estoy mintiendo. ¡Es la verdad!
Ambos se miraron de manera retadora.
El desconocido llevaba una maleta de viaje que en este momento estaba depositada en el suelo. Los perros guardianes estaban sentados ahí sin hacer nada. ¿Por qué no hacían algo? ¡Era un desconocido!
-Si no quieres colaborar, tendrá que ser por las malas.
El desconocido hombre sacó un teléfono del bolsillo de su abrigo, comenzando a apretar las teclas en él, para luego colocarlo cerca de su oído.
-¿Policía?
¿Planeaba denunciarlo con la policía? ¡Era un niño! Ese hombre estaba loco.
-Sí, verá, tengo un problema, un in-
Basta.
El teléfono móvil cayó al suelo cuando el desconocido lo soltó de repente. Allen lo había pateado en la pierna lo más fuerte posible. Rápidamente cogió el aparato para llamar del suelo, aprovechando que el otro se encontraba tratando de apaciguar el dolor de su pierna. Finalmente, cuando este levantó la mirada para verlo, le sacó la lengua y cerró la puerta.
-¡Abre la puerta!
-¡No!
Él hizo de oídos sordos a las quejas del desconocido, ni loco abriría la puerta.
Claramente podía escuchar los intentos fallidos del desconocido por abrir la puerta, aunque lograra abrirla y quitar el seguro, la cadena estaba puesta. Solamente abriría la puerta cuando Mana llegara.
Entonces, los golpes a la puerta cesaron.
-Si no piensas abrir, tumbaré la puerta.
¿Tumbarla?
Oh. No. No. No. No.
No podía permitir eso, pero tampoco podía hacer caso a las quejas del desconocido así como así. Debía encontrar una pronta solución, rápido.
Al mismo tiempo que él comenzaba a pensar en algo, el ajetreo externo volvió a calmarse nuevamente. El bichito de la curiosidad lo picó, haciéndolo desear saber la razón de aquello.
Ágilmente y con el mayor cuidado de no hacer escándalo, trajo la silla del comedor y la puso con el espaldar apoyado en la puerta, posteriormente, subió en ella y observó por el agujerito de la puerta lo que el extraño hombre hacía. Estaba buscando algo en su maleta de viaje, algo que el desconocía al igual que su dueño.
De pronto, pudo ver claramente como uno de los caninos que se encontraba junto al señor desconocido pareció percibir algo. Su hocico se movía graciosamente, tratando de hallar la fuente del repentino olor, olfateó al aire y según lo que podía observar, el perro guardián había encontrado lo que buscaba. Su cola comenzó a moverse nuevamente y sus orejas se levantaron levemente; no obstante, no se movió de su sitio, solo atinó a mirar en dirección de dónde provenía el aroma que acababa de detectar.
Él miró allí, también.
¡Era Mana!
Venia cargando numerosas bolsas de compras.
Tenía que ir con él antes de que el hombre desconocido. Tenía que advertirle a Mana que un extraño había llegado a casa.
Una forma de salir afuera sin tener que pasar por la puerta principal era...
¡Ah!
Recordó la puerta de la cocina que daba al patio. El patio y el jardín exterior solo estaban separados por una cerca de madera. Si él usaba la entrada secreta, fácilmente podría cruzar la cerca sin problemas y llegar a Mana sin ser descubierto. Era una gran idea.
Dicho y hecho.
A Mana solo le faltaba una cuadra para llegar a casa. Tenía que darse prisa.
Como pudo, se metió en la entrada secreta, que no era otra cosa que un hueco en la cerca de madera que estaba tapado con un arbusto, y corrió hasta Mana, tratando de detenerlo.
Lamentablemente, Mana no colaboraba con sus planes de pasar desapercibidos y llamar a la policía para deshacerse del desconocido, provocando que este dejara de hacer lo que estaba haciendo para prestarle atención a ellos. Ahora, venia en su dirección.
-Mana, él...
Trató de advertirle, mas no esperó lo siguiente que pasó.
-¿Hermano? -preguntó el extraño.
-¡Nea!
Esperen... ¿Qué?
Nea D. Campell era el nombre del desconocido de la maleta, hermano gemelo menor de Mana.
Ahora, todo cobraba sentido, el enorme parecido físico, el que conociera a Mana y el que los perros guardianes no le hicieran nada. En parte, él lo sospechaba, había escuchado un par de veces a Mana hablar de un hermano menor que tenía, solo no quiso aceptarlo del todo. Era raro. Aunque se parecieran físicamente hablando, eran muy distintos en cuanto a personalidad.
Nea se había ido al extranjero por dos años para completar su carrera de músico en un famoso conservatorio. Y hoy día era cuando regresaba, por eso Mana le había dicho que iría a la estación, iba recoger a su hermano. Pero algo pasó que hizo que Nea llegara solo a la casa y Mana tardara en llegar, haciendo que esto generara una gran confusión que solo pudo ser resuelta cuando Mana regresó.
En este momento, los tres se encontraban en la sala, bebiendo chocolate caliente y comiendo un trozo de bizcocho frutado cada uno. El ambiente era agradable.
-Lamento la tardanza. Por mi culpa surgió todo este malentendido -se disculpó Mana.
-No te preocupes. Fue culpa mía por actuar tan impulsivamente. No esperaba que estuvieras viviendo con un niño -tomó un poco de la caliente bebida- ¿Es tu hijo?
Esta vez, tanto Mana como Allen se sorprendieron.
-No. Allen es un niño que he acogido por un tiempo hasta encontrarle un hogar.
Por un instante, escuchar aquella respuesta lo entristeció un poco.
-Ah. Eso me recuerda algo.
Mana buscó dentro de su abrigo, al encontrarlo, sacó un sobre amarillo.
-¿Qué es eso?
-Es la razón por la que me demoré en venir. Es la respuesta de uno de los directores de un orfanato al que mandé una solicitud para que pudieran recibir a Allen, allí podrá encontrar un nuevo hogar cuando vengan a adoptarlo.
Él dejó de tomar su chocolate y centró en lo que Mana acababa de decir.
¿Adoptarlo?
-Mana... -lo llamó Nea, tenía un gesto serio.
-¿Si?
-¿Realmente quieres eso?
¿A qué venia esa pregunta?
-¿A qué te refieres? -preguntó un confuso Mana.
-¿Deseas que Allen sea adoptado por una familia?
-Claro. Es lo mejor para un niño como él.
-Ay, Mana. Tú nunca cambias, ¿eh? -sobó el puente de su nariz- ¿Desde cuándo Allen está viviendo contigo?
-Un año.
-Y durante un año, ¿no has podido encontrar un orfanato que lo reciba? -miró a Mana- Lo dudo. Siendo nosotros parte de la familia Noé, cualquier solicitud nuestra sería aceptada de inmediato en cualquier lugar.
¿Familia Noé?
-Te has encariñado con el niño, ¿no es así?
Nea era sin duda una persona que conocía perfectamente a Mana, lo conocía como si fuera la palma de su mano. De derecha a izquierda y de arriba a abajo. Mana era un libro abierto para Nea, así como Allen lo era para Mana.
La mueca en el rostro de Mana indicaba que Nea había dado en el blanco.
-Mana, sabes muy bien que no podemos acoger a un niño y menos si es huérfano. Él no lo aceptará y lo sabes -dejó su taza sobre la mesa cuando terminó de tomar su bebida.
-¿Qué puedo hacer?
Esta vez pudo apreciar una pizca de preocupación en la voz de Mana.
-Simple. Llevarlo al orfanato y todo estará solucionado. Allen y nosotros tendremos una vida tranquila. Es lo mejor.
¿Lo mejor?
¡No!
Él no quería separarse de Mana.
El día que Mana le dio ropa, comida y medicinas, no solo curó las heridas de su cuerpo, sino que, también curó las heridas de su corazón. Un corazón que se había resignado a ser querido alguna vez. Mana rompió la barrera que lo separaba de los demás y le enseño muchas cosas, entre ellas, a querer a los demás y así mismo.
-¡Adóptame! ¡Adóptame, Mana!
No podía imaginar su vida sin Mana. Mana era su todo.
Se aferró a Mana.
-Allen... Yo no pue-
-Ustedes dos no tienen remedio -Nea los interrumpió- Podrías adoptar a Allen, pero significaría tener que enfrentar al Conde.
-¿Al Conde?
-Sí y convencerlo de que Allen no es el tipo de persona que cree que es solo por ser huérfano.
Luego de aquello, todos guardaron silencio. Allen aún seguía esperando la respuesta de Mana. Lo miró, tratando de adivinar su respuesta. Entonces, Mana cerró los ojos por un momento y al abrirlos, sonrió.
-Yo sería tu papá, ¿no, Allen? –dijo, acariciando la castaña cabellera del pequeño- Tú podrías ser la mamá gruñona, Nea -dijo Mana, riéndose disimuladamente al ver el rostro desencajado de su hermano gemelo.
-¿Qué? No, gracias. Prefiero ser el tío.
Entonces... Eso significaba que...
-Mañana mismo iré a averiguar todo lo referente a tu adopción.
-Pero, Mana. Mañana es Navidad. Es feriado...
Él dejó de escuchar la conversación. Y hasta en algún punto se le hizo algo lejano.
-¡Gracias, papá! ¡Gracias, tío!
Nuevos lazos formó ese día. Unos lazos que fueron muy importantes para él.
Estaban tan metidos en su mundo, que ninguno de ellos notó que desde la ventana una niña de baja estatura y mirada caída, cargada de un extraño paraguas miraba atentamente la feliz escena familiar.
En aquel entonces, nunca creyó que ese sería el principio del fin. El principio de un tortuoso vía crucis futuro.
N/A:
Creo que ya saben como funciona esto, ¿no?
En la siguiente parte se viene lo que yo considero lo "bueno" de la historia. Yo también sufriré.
Antes de que consideren que esta historia entre en hiatus, necesito comunicarles que es posible que no puedo publicar los siguientes capítulos por un largo tiempo. La razón de esto es que mis clases en el tecnológico van a terminar esta semana, al hacerlo, yo no tengo excusa alguna para ir las cabinas y posteriormente publicar el capitulo. Claro que seguiré escribiendo, solo no podré publicar. Pero no se preocupen, cuando regrese, publicaré todos los capítulos que faltan ;)
Gracias a todas las que comentan, leen y agregan a favoritos o follows, las amo Me divierto leyéndolas xD
Pdta: Les escribo desde el purgatorio luego de haber visto el capitulo 10 de YoI :v
