Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
*Editado: Miércoles, 18 de diciembre, 2013.
-Compañeros de piso-
Capítulo III:
Visitas inesperadas
Y de improviso, pasó el primer mes. Todos esperarían que sus vidas se hubieran acoplado hasta cierto punto, después de todo, vivían bajo el mismo techo, pero nada más alejado de la realidad. Tal era la desesperación por parte de Rukia, que en un par de ocasiones se quedó en casa de Orihime para relajarse. Había aprendido que la ira no era buena y de verdad intentaba controlarse, sin embargo Ichigo le sacaba de sus casillas. Lo único rescatable en él, era el hecho de que pagara a tiempo su parte del alquiler.
En un mes, seguían en el mismo punto: eran un par de desconocidos.
Rukia se había marchado desde hacía buen rato. Se compadecía de ella. Desde que vivían juntos, todas las mañanas iba a buscar trabajo y nunca encontraba algo. Sentía los párpados increíblemente pesados. Abrió los ojos con lentitud. La luz que traspasaba las cortinas le incomodaba. Se incorporó con pereza de la cama, rascó con el antebrazo a sus adormilados ojos y desordenó aún más su cabello. El reloj marcaba las nueve menos quince. Caminó descalzo hacia el baño, pero de manera descuidada, por lo que terminó golpéandose con una esquina del escritorio. Lanzó una maldición apagada y terminó el trayecto para irse a lavar los dientes.
Abrió la llave del agua caliente y dejó que corriera unos segundos mientras se desprendía de su improvisado pijama, que constaba de unos pantaloncillos cortos negros y una camiseta roja holgada. A esa hora del día, su mente no pensaba. Solo actuaba mecánicamente. Metió un pie a la regadera, seguido del resto de su cuerpo, cuando de repente las plantas de sus pies sintieron una consistencia rara: una bola de cabello negro, atorada en la coladera. Hizo una mueca de repulsión y tuvo el impulso de tomarla para deshacerse de ella en el cesto de la basura, pero, con la misma rapidez con que llegó, desechó la idea. Prefirió apurarse con su ducha, que tocarla. Una vez que salió del cuarto de baño, enredado únicamente en una toalla blanca sujeta por la cintura, pensó con desagrado el cómo podría caérsele tanto el cabello a Rukia.
Con el periódico bajo el brazo, la chica de ojos violáceos fue a la dirección del primer anuncio que había señalado. Se trataba de una cafetería o restaurante, no estaba muy segura por el nombre, que solicitaba personal de ambos sexos para turno completo. El sitio estaba un poco retirado del edificio, así que debió tomar el metro y caminar todavía un par de manzanas de la estación. Cuando llegó al local, se encontró con la sorpresa de que ya no había vacantes. Todos habían sido contratados hacía dos meses: el clasificado de anuncios había sido cambiado por otro de mayor antigüedad.
Si no tuviera que salir, jamás se hubiera levantado y bañado tan temprano. Iría a la universidad pública de la ciudad. Necesitaba dinero y ahí siempre había, sobre todo en esa época del año. Los estudiantes flojos le pagaban para que les hiciera algunas tareas y el costo dependía de la complejidad y el tiempo que se tomara en realizarla. A simple vista, parecía vendedor de algún tipo de droga, pero nada más alejado de eso. Su mercancía era más inocente. A muchos les parecería en contra de la ética, sin embargo él no creía que fuera así. Todos ganaban algo: los idiotas pasaban materias y él utilizaba su inteligencia para ganar un par de billetes extras. Si no se hubiera salido de la facultad, hubiera sería un buen estudiante, pensó con desgano mientras bajaba las escaleras. Se topó con el viejo casero y lo saludó con un gesto rápido. Era extraño, pero le agradaba.
Estaba tan segura de quién había sido el culpable del cambio del clasificado, que hasta podía apostar su alma al diablo. Lo odiaba, sí, lo odiaba mucho. Se arrepentía y con creces, de su estúpida idea de haberle propuesto vivir juntos. Ella sola se había metido a la boca del lobo. Se hallaba en la estación del metro nuevamente, esperando en el andén y en su mente solo había un abismo. Ni siquiera se dio cuenta a qué hora llegó el metro y los vagones se abrieron. Las personas, como sardinas, entraron presurosas, aventándole como una frágil muñeca de trapo. Algún idiota le empujó con demasiada fuerza y terminó derribándola. Fue ahí donde volvió en sí. No tuvo tiempo de reclamarle, porque se fugó como un cobarde. Pensó que nadie le ayudaría, cuando de pronto apareció un chico pelirrojo y le ofreció su mano.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado. Llevaba unos vaqueros descoloridos, unas zapatillas nuevas de deporte y una camiseta gris. En cierta manera, le recordaba el estilo de Ichigo, pero menos desgarbado.
Estúpido Ichigo.
—Sí, gracias —expresó apenada y tomándole su mano. En cuestión de segundos, se irguió con su ayuda. Ella llevaba un vestido azul cielo hasta las rodillas y rogaba a todos los dioses que no se hubiera visto de más.
—No hay de qué —respondió con una cálida sonrisa— Solo espero que tengas más cuidado en sitios como estos, ya nadie tiene consideración por las personas.
Rukia le miraba intrigada. Él le había dejado una primera impresión muy buena de su persona. Con ese gesto, podía intuir que era un gran sujeto, caballeroso, generoso y respetuoso con los demás. Todo lo contrario a la estúpida zanahoria, pensó irritada, ojalá se lo hubiera encontrado primero a él. La convivencia entre ellos habría sido muy amena. Él la observaba expectante y su mirada le incomodaba un poco. Gracias al cielo, la campana le salvó.
En ese momento, por altavoz, se anunció la entrada del metro y las típicas medidas de seguridad de no atravesar la línea amarilla del suelo.
—Creo que ya me debo ir —comentó con timidez— Y de nuevo, gracias por tu ayuda.
Ella se marchó sin mirar atrás.
Si se aventurara a tener de nuevo una relación amorosa con alguien (y estaba consciente de que eso no pasaría hasta dentro de mucho, pero mucho tiempo, pues todavía tenía muchas heridas que sanar) debería ser como él.
Su búsqueda resultó muy jugosa. Tenía de encargo cinco ensayos y todos de la misma materia. Y lo mejor para él, los solicitantes le habían suplicado que fueran trabajos que merecieran una calificación media, para no levantar muchas sospechas. Por lo regular, eran estudiantes con promedio medio-bajo, no sería congruente que presentaran una tarea tan bien hecha. No tardaría mucho en hacerlo y sacaría una cantidad nada despreciable de yenes.
A las dos de la tarde, entró a un restaurante de ramen con muy buena pinta. Mientras andaba por la calle, los platos del escaparate le llamaron la atención y lo mejor de todo, los precios eran accesibles. Al primer paso, escuchó los gritos eufóricos entre los camareros y el cocinero. Echó una mirada distraída para ver si encontraba algún asiento libre que le interesara y una camarera que le observaba, le señaló educadamente el sitio para sentarse. Se acomodó donde la chica le indicó e inmediatamente le llevó un vaso de agua junto con una reverencia. Después de observarle un poco, descubrió que era la hermana de Rukia. Si no le fallaba la memoria, su nombre era Orihime. Ella también pareció reconocerlo y le dedicó una sonrisa con timidez. Luego le pasó la carta del menú y se marchó para darle tiempo de elegir.
Mientras el ojimiel bebía tranquilamente agua, observó el menú con detalle. Pasados unos minutos, se decidió por la imagen del plato, que a su parecer, tenía mejor aspecto. Para su sorpresa, apareció otro mesero de aspecto robusto y con cara de pocos amigos. Se veía a leguas que no le agradaba su trabajo. Por eso, él no quería un trabajo fijo, pues sabía que se aburriría en muy poco tiempo.
Una vez terminada su comida, buscó en los alrededores a Orihime, pero al parecer ya no estaba en el lugar. Le hubiera gustado despedirse de ella, pero ya que no la encontró, se marchó al departamento.
Era lunes. La jornada estudiantil por fin había terminado y ahora se dirigía al encuentro que tanto había esperado durante el día. Sus citas siempre eran en el mismo lugar: el parque a un par de cuadras de la escuela. No era peligroso, nadie se fijaba en lo más evidente. Toda la mañana había estado lloviendo, así que temía que él no fuera. Sus pasos salpicaban en los charcos de las calles desiertas por las inclemencias del clima. Su paraguas le estorbaba, así que lo cerró sin importar el hecho de ser una persona muy enfermiza. Cuando por fin llegó a la banca enfrente de los juegos infantiles, su corazón empezó a latir acelerado al ver al hombre que hacía su mundo más especial.
—Te lo dije, ¿no? —Inquirió con una sonrisa— Lloviera, relampagueara o nevara, estaría aquí.
El hombre de cabellos azabaches abandonó su asiento y se sacudió un poco el agua de sus ropas. Rukia corrió a sus brazos y le besó tiernamente en la mejilla. Ella ni siquiera debía estar en ese lugar y mucho menos con él, pero no le importaba. Su hermano podía castigarle todas las veces que quisiera y eso no podía cambiar ni un poco sus sentimientos. Kaien era un buen chico, ella lo podía ver en sus ojos. Aunque todo el mundo lo tachara de un delincuente, él era el hombre más agradable y tierno que en su vida hubiera conocido.
—Te amo, Rukia —le musitó lentamente al oído, cuando ella se sentó en aquel solitario columpio—, escápate conmigo.
Ella no le respondió, pero esbozó una gran sonrisa. Él se posicionó al frente de la pelinegra y se agachó para estar a la altura de su rostro. El pequeño cuerpo de la ojiazul se estremeció ante el contacto de sus labios.
—¿Estás muerta? —inquirió la desagradable voz del friki de cabello naranja.
Todo había sido un sueño, pensó mientras abría lentamente sus ojos. Su primer punto de visión fue el horrible rostro de Ichigo. Luego de buscar empleo todo el día, su cuerpo estaba hecho trizas y se quedó dormida en el sillón más grande de la sala.
Parecía que le causaba placer, joderla a cada instante.
—Para mi desgracia, no —gruñó entre dientes.
—Bien, creo que no tendré que esconder tu cadáver.
La morena le dedicó una mirada llena de odio. Él era una de las personas más despreciables que hubiera conocido en su vida (y eso que conocía muchas personas despreciables). Sin embargo, él era diferente de cierta manera. No podía explicarlo, pero era distinto. Llevaba, milagrosamente, pantalones casi de su talla y una camiseta blanca, con mangas de tres cuartos negra y con la leyenda «Speaking is not communication».
Aunque lo negara, le intrigaba un poco todo ese misterio que él encerraba.
—Alguien te ha llamado —expresó Rukia maliciosamente mientras se recargaba en el sofá.
Ichigo levantó la ceja, sin saber que esperar de la pelinegra.
—¿Ah, sí? Qué bien —se dejó caer en el sillón paralelo a la morena— ¿Quién era?
—Eran el jabón y el estropajo, me preguntaron qué hasta cuando piensas bañarte.
—Me alegra que no estuviera —respondió siguiéndole el juego— si vuelven a marcar diles que no vivo aquí.
—Y después llamaron las tijeras, dijeron que era urgente que las vieras.
El cabello del ojimiel era más largo que el suyo y su mayor coraje, era que el de él estaba más cuidado (quizá los hombres tenían el cabello menos maltratado porque el uso de permanentes, secadoras y demás aparatos era raros en ellos). Hebras y hebras de rebelde cabello naranja caían unos diez centímetros más abajo de sus hombros. Quizá si él se lo cortara… ¿Qué? ¿Se vería lindo? ¡Claro que no! El pobre ni volviendo a nacer se vería bien.
—Gracias por pasarme el mensaje, yo las contactaré en otra ocasión.
—Es un placer charlar contigo, pero quiero cenar —expresó con ironía, dirigiéndose hacia la cocina.
Ichigo tomó un cojín del suelo y acomodó su cabeza sobre él. Rukia no tardaría en encontrar otro obsequio, cortesía suya, así que preparó sus oídos para el grito que pegaría hasta el cielo.
3… 2… 1.
—¿P-pero qué… mierda? —Musitó lentamente— ¡Te has comido toda mi parte! —exclamó enfurecida. Si, su siguiente paso había sido comer los alimentos marcados con la inicial de Rukia. No había sido una tarea sencilla, pero con un poco de esfuerzo todo era posible— Por el amor de Dios… ¡Eres un parásito! —Gritó indignada, acercándosele cada vez más— Haz un favor al mundo y desaparece.
Tomó su chaqueta de mezclilla y su bolso para salir a la calle.
Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. Ichigo se levantó para hacerlo y se quedó pensando. Quizá ya se había pasado un poco de la cuenta... De repente su móvil comenzó a sonar, así que corrió en dirección a la sala para identificar de donde provenía el sonido y encontrarlo. Buscó desesperado entre los sillones, hasta que lo halló hundido en la división de los asientos del sofá que había ocupado anteriormente. Por un segundo y no hubiera alcanzado a contestar. Prensó el botón verde y el saludo alegre de la otra línea hizo que inmediatamente identificara a su emisor: el idiota de Keigo.
—¡Hola, Ichigo!
El muchacho de ojos miel frunció el ceño.
Desde la partida de Ishida, había estado evitándolo.
—¿Qué quieres, Keigo? —inquirió sin rodeos. Sin duda, las conversaciones, relaciones sociales y la sutileza no eran lo suyo.
—Te extraño mucho —murmuró infantilmente— así que te tengo una sorpresa.
—Por favor, no quiero ninguna sorpresa tuya —suplicó irritado. En ese momento recordó todas las estupideces que Keigo hizo en el instituto y que él había tenido que pagar. Además, no estaba de muy buen humor.
Rukia le causaba cambios emocionales bruscos.
—No me importa —expresó con regocijo, ignorando la falta de empatía de su amigo— ¡Me quedaré en tu casa!
A Ichigo casi se le cayó el teléfono.
¡Él no podía saber que vivía con una mujer! Haría todo un escándalo por la nada y los chismes llegarían rápidamente a Karakura. Conociéndolo, como solo él lo conocía, sabía que era capaz de eso y mucho más.
—N-no… no puedes —tartamudeó como respuesta— dime que aún no estás aquí…
—¡Adivina! —exclamó satisfecho.
No, por Dios.
—Exactamente, ¿dónde estás? —preguntó desesperado.
—Estoy afuera de su departamento.
Mierda, mierda.
Ichigo recorrió con pánico los pocos pasos que habían de la sala a la puerta de entrada. Lentamente, se inclinó hacia la mirilla y fue entonces que toda la calma regresó a él: Keigo no tenía su dirección actual.
—Anda, ábreme —pidió Keigo con tristeza— volveremos a los viejos tiempos.
Esas palabras hicieron efecto en el peli-naranja. No podía ser tan cruel con un amigo de tantos años. Quizás Keigo era un completo idiota, pero era su amigo. Podría intentar ignorarlo, pero su conciencia lo abrumaría el resto del mes y quizá, por muchos meses. No necesitaba más cargos de conciencia.
Lanzó un suspiró resignado y respondió:
—Espera un momento. Ya no vivo ahí, pero en cinco minutos estaré ahí y te traeré a mi nuevo departamento.
—¡Gracias Ichigo! Por eso somos amigos —expresó con finos sollozos y finalizó la llamada.
Demonios.
Él amaba meterse en problemas, ¿cierto? ¿Y ahora cómo putas haría para evitar que Keigo y Rukia se conocieran? Sí, estaba liado en un grande, muy grande problema.
