Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

*Editado: Jueves, 19 de diciembre, 2013.


-Compañeros de piso-

Capítulo IV:

Encuentros y desencuentros

Ichigo recorría la sala como león enjaulado. Por más que lo pensaba, no encontraba ninguna solución a sus problemas. Rukia se había marchado muy enfadada, no sabía a ciencia cierta si regresaría a casa o no. Era toda una bomba de tiempo. Se reprimió mentalmente y jaló sus largos mechones naranjas de cabello. Ya habían pasado los cinco minutos que le había prometido a Keigo en los cuales llegaría. No tenía más opciones, debía llevarlo al departamento… sin importar a que se expusiera a que Rukia y él se encontraran. En el momento que en posó su mano sobre la perilla de la puerta, sonó de nuevo su móvil. El número era desconocido, así que ignoraba quién pudiera ser la persona del otro lado de la línea.

—¿Ichigo? —inquirió una voz masculina.

El peli-naranja no tardó mucho en identificar al emisor de aquella voz.

—Renji —musitó con alivio.

Renji Abarai era un tío cabal que había conocido por casualidad en una tienda de cedés, aproximadamente unos ocho o diez meses atrás. Tenían el gusto común de oír Bad Religion y ambos deseaban adquirir su álbum titulado Stranger than Fiction (1). Por desgracia, el local solo poseía una copia y luego de una fiera pelea —donde hubo participación de los guardias de seguridad—, convinieron compartirlo hasta que llegaran más discos. A partir de ahí, empezó una extraña amistad. No eran muy íntimos, pero se frecuentaban de vez en cuando.

—¿No te he despertado? Sé que es la hora de tu siesta…

—No, no hay problema.

—Necesito que me entregues la katana que te presté —expresó con sarcasmo.

Mierda, la katana.

Habían armado una pequeña fiesta en su casa para despedir al idiota de Ishida. Renji no solía beber mucho, pero en esa ocasión terminó más que fumigado en el alcohol, junto con el resto de los presentes. Cuando Ishida y él decidieron marcharse a su departamento, alguien bromeó diciéndoles que tuvieran cuidado con las chicas malas que quisieran aprovecharse de su estado e Ishida, tambaleándose por la casa, tomó "prestada" la vieja katana que Abarai cuidaba con recelo.

No tenía la menor idea de donde podría estar.

—¿Podrías venir ahora?

No sabía porque lo había dicho, pero de algo podría servirle su presencia.

—Yo —vaciló un momento— Está bien, pero más te vale que tengas mi katana.

Colgó.

Bien, al menos un problema controlado. La dichosa espada podía estar en el departamento de Ishida y mataría dos pájaros de un solo tiro al ir por Keigo. Sin embargo, aún le quedaba una avecilla de menor tamaño y no por ello, menos peligrosa. Primero, debía arreglar las cosas con Rukia para siquiera atreverse a pedirle que se marchara por esa noche y en caso de requerirlo, un par más. Si su deducción no fallaba, sabía dónde podía estar.


Salió echa un rayo de furia por las escaleras. El vecino del número trece le saludó, pero ella no se dio cuenta. Él era un hombre que rondaba por la mediana edad, con un hermoso cabello blanco y largo sujeto por una coleta floja. En su rostro siempre había una expresión amable y tenía muy buena relación con todos los inquilinos del edificio. De hecho, todos le profesaban una gran simpatía, sin importar que casi nadie supiera su nombre. Sin embargo, era del dominio público sus constantes padecimientos de salud y que, casi la mayoría del tiempo, se encontrara en el hospital. Rukia y él tenían una relación muy cordial basada en un "buenos días", "buenas tardes" o "buenas noches" según la ocasión. Muchos otros se hubieran dado por ofendidos al no recibir una respuesta, pero él simplemente pensó que tendría mucha prisa en irse.

No había rastros de lluvia, pero cielo nublado no le permitía a la luna ser visible. Menos mal que el enojo no le había atrofiado el cerebro y que no se fue sin su chaqueta. Empezó por dar un paseo por las manzanas vecinas e inconscientemente terminó enfrente de la cafetería donde todo había iniciado. El clima y el aroma que despedía el local no le permitieron marcharse. En el mes que llevaba viviendo en la zona, frecuentaba muy seguido esa cafetería. Por lo regular, le agradaba pasar por las tardes luego de un día difícil.

Y ese no era la excepción.

El local se encontraba muy concurrido y el ambiente era cargado, pero no incómodo. Pidió un café americano, cosa rara en ella —prefería las bebidas más dulces y elaboradas— y observó con lujo de detalle, a los cuadros que ocupaban la pared de ladrillos contraria a su mesa. El que llamó más su atención era el de mayor tamaño, una fotografía de la torre Eiffel. Con orgullo, recordó que ya conocía aquel sitio.

Así que ésta es la ciudad del amor, ¿eh? —inquirió con una sonrisa. Se dirigían hacia la salida del bullicioso aeropuerto. Era un milagro que estuviera en aquel sitio. A parte del pasaje, no traían más que un par de maletas, un amor naciente y un presupuesto que dejaba mucho que desear Hagámosle honor a la ciudad —le murmuró pícaramente al oído.

La chica de ojos violáceos no tardó mucho en captar el doble sentido de sus palabras. No pudo evitar sonrojarse un poco, a pesar de que durante todo el trayecto se había hecho a la idea de que Kaien y ella… Eran una pareja joven… Ella quería, no, deseaba que él fuera el primer hombre en su vida… y con un poco de suerte, el último...

Y desgraciadamente, él ya no podía ser el último hombre en su vida.

Como ocurriría la última vez, el despreciable idiota de Ichigo le sacó de sus añorados recuerdos. No supo en qué momento llegó, solo que de repente apareció sentado en su mesa y le observaba expectante. Ella ignoró su presencia y continuó disfrutando de su deliciosa taza de café. Pasaron aproximadamente cinco minutos en silencio. Cuando pensó que él ya se había rendido y se marcharía sin más, abrió su boca para decir algo que jamás hubiera esperado escuchar:

—Lo siento.

Sus ojos se abrieron como platos. Casi podía asegurar que, de haber tenido un trago de café en la boca, lo hubiera escupido de la pura sorpresa. No, realmente no lo sentía, pero como dijo Nicolás Maquiavelo «El fin justifica a los medios».

Relajó su expresión facial, para tener mayor credibilidad.

—Reconozco que he sido un poco descortés contigo.

Rukia sintió hervir la sangre y no se preocupó en ocultarlo.

—¿¡Un poco!? —exclamó indignada. Su tono de voz fue tan fuerte, que todas las personas de las mesas contiguas dirigieron su mirada hacia ellos. Ichigo hizo un ademán para indicar que todo estaba bien.

—O.K., admito que he sido un cabrón contigo ¿Feliz? —la morena asintió. Guardó una breve pausa— Bien, ahora que las cosas se han aclarado, ¿qué tal si intentamos ser amigos?

Rukia olisqueó sus malas intenciones a un kilometro de distancia. Ichigo tramaba algo. Su sexto sentido femenino le advertía que fuera cuidadosa y que no debía dejarse aplastar como lo había hecho en el último mes.

¡Al carajo el control de la ira!

Decidió seguir el juego para ver hasta donde llegaban las sucias intenciones del friki naranja.

—Seamos amigos —sentenció con una sonrisa torcida que perturbó un poco al ojimiel.

Los papeles se invertirían.

Ella extendió la mano e Ichigo hizo lo mismo.

—Quizá sea un poco pronto, pero… —tragó saliva para continuar— necesito un favor. Los amigos se hacen favores ¿no? —y le dirigió una lastimera mirada de suplica.

Si el imbécil de Keigo no hubiera reaparecido en su jodida vida, no tendría que estar haciendo ese lamentable papel.

¡Lo sabía!

—¿Qué necesitas?

No tenía la menor idea de que podría necesitar de ella, pero no aceptaría ninguna insinuación sexual… Era una mujer decente, no una puta cualquiera. Si necesitaba ese tipo de favores, tendría que ir a alguna zona de tolerancia y pagar por ello. Además, simplemente no se formaba una imagen mental de él y ella… haciendo… cosas.

La expresión en el rostro de Rukia era graciosa. De pronto, se puso roja y negó con la cabeza como si estuviera muy atemorizada. Solo Dios y ella eran capaces de saber que tanto pasaba por su cabecita perversa. Debía admitir que se veía linda así… No, claro que no. Tuvo que emplear toda su concentración para no reírse. Tragó saliva y con decisión preguntó:

—¿Podrías quedarte en casa de Orihime esta noche?

—¿Qué piensas hacer, eh? No seas tacaño y paga un motel.

—No es eso… —murmuró apenado. Un ligero carmesí se formó sobre sus mejillas, aunque solo se podía apreciar a una distancia muy corta. Rukia no lo notó— un viejo amigo pasó a la ciudad y no tiene donde quedarse.

—¿Y por qué necesitas que me vaya? —Inquirió dando un sorbo a su bebida— No muerdo.

—Digamos que él es muy estúpido —esbozó una pequeña sonrisa. Esa no era buena referencia para una persona— y malinterpretará el hecho de que nosotros… vivamos juntos.

Estaban en pleno siglo XXI. Las sociedades cada vez otorgaban más libertades y la equidad de géneros se abría paso en ellas. Rukia comprendía que no todo el mundo tenía esa mentalidad. Claro que podía haber lugar para malinterpretaciones, hasta en las personas más inocentes. Meditó por un par de minutos, pues necesitaba analizar bien la situación y sacarle el mayor de los provechos.

—Está bien, me iré con Orihime —El rostro de Ichigo se iluminó y empezó a celebrar su victoria internamente, aunque no duró mucho tiempo—, pero exijo alguna compensación económica. No soy ningún tipo de Madre Teresa de Calcuta.

Mierda.

—¿Qué es lo que deseas? —farfulló irritado.

—Cada noche que él se quede, tú me pagarás la parte de un mes del alquiler que me corresponde —él parecía confundido— En otras palabras, un día; mi parte de un mes, dos días; dos meses, tres días; tres meses y así sucesivamente.

—Oye, eso es un robo —expresó con el ceño fruncido y con los brazos cruzados— ¿Sabías que no eres una buena amiga?

—Tómalo o déjalo.

—Jódete.

Rukia por fin terminó su taza y se puso de pie. Era tan divertido poner reglas en el juego. Luego, tomó su bolso y estiró un poco sus brazos.

—¡Genial! Es una suerte que tenga juegos de mesa. Esta noche tendremos una pijamada… de tres —puso énfasis en la última palabra— y nos divertiremos mucho pintándonos las uñas —la chica le dio la espalda para marcharse.

Ichigo palideció y corrió para alcanzarla en la puerta del establecimiento.

—Espera… —exclamó mientras le tomaba la mano para detenerla. Ambos sintieron una clase de corriente eléctrica ante el contacto. Una sensación bastante extraña e incómoda. Inmediatamente le soltó— Acepto, pero no me pidas más.

Entonces le explicó como estaría el plan: mientras él pasaba por su amigo, ella tendría que apurarse en recoger las cosas que necesitaba para quedarse en casa de Orihime y borrar las huellas más evidentes de su presencia. No tendría más que unos diez minutos para ejecutar todos sus movimientos.

Intercambiaron números telefónicos y se despidieron con un sencillo ademán.


Tenía más de una veintena de llamadas perdidas de Keigo. Corrió para aminorar su retraso. Solo eran un par de cuadras de distancia, por lo que llegó en cinco o seis minutos. Ingresó al edificio, más moderno y funcional que donde vivía actualmente y tomó el ascensor. Adentro se topó con una antigua vecina que lo acosaba y deseó salir pronto de ahí. Era una tía guapa, pero pasaba de ella. Afortunadamente para él, el ascensor llegó rápidamente a su piso.

Salvado por la campana.

Se encontró con un Keigo sentado sobre una maleta y lloroso. Seguramente estaría asustado, no conocía a nadie más que a él y como de costumbre no llevaría mucha plata encima. El retraso se redondeaba a cuarenta y cinco minutos.

Cuando Keigo por fin vio a Ichigo, salió corriendo hacia él y lo abrazó efusivamente. Luego empezó a sollozar.

El ojimiel sonrió, el idiota aún tenía su incomprendida alma de niño.

—Joder, toma tus cosas y vámonos.

Sin embargo, recordó que Renji iría a recoger su katana y le invitó a pasar al departamento. Todo se encontraba tal y como lo había dejado. Los muebles estaban cubiertos por sábanas y un olor extraño envolvía ligeramente el sitio. Buscó en la habitación de Ishida y por fin dio con ella debajo de su cama. Renji ya no lo mataría. No logró entretener más a Keigo y rezó, por primera vez en muchos años, para que ella ya se hubiera marchado.

En el momento en cual se disponía a salir con su improvisada maleta, escuchó que alguien se acercaba al departamento. La morena no se arriesgó a ser vista y corrió hacia la habitación para esconderse.

El ojimiel sacó las llaves de su chaqueta negra mientras Keigo entonaba una alegre canción. Cuando por fin entraron, el muchacho de cabellos castaños aventó su equipaje y empezó a examinar los cuartos del departamento.

Rukia escuchó el ruido de la puerta del baño y entendió que pronto entraría alguien a la recámara. Ocultó sus bolsos debajo de la cama e ingresó al armario con facilidad.

—Viejo, vives en una casa de cartón —exclamó el amigo de Ichigo desde el pasillo.

Demonios, verá las cosas de Rukia.

Dejó la katana encima de la barra, corrió hacia él y se interpuso entre la puerta del cuarto principal.

—Debes tener sed, vamos a la sala —expresó Ichigo con tono de amenaza, más que de cortesía. Keigo, al no ser tan inteligente, no sospechó nada y obedeció. Un par de segundos y todo se hubiera ido a la mierda. Por toda la casa había señales que indicaban que una mujer (o siquiera otra persona), vivía en el departamento: los dos cepillos de dientes, el champú y el acondicionador para cuerpo y volumen, con esencia de frutos del bosque, cremas exfoliantes, maquillaje e incluso una pequeña bolsa de compresas escondidas, que con un poco de audacia se hallaban rápidamente y él no reparó en nada… ¿En qué cabeza cabía que un hombre, normal, que viviera solo tuviera toallas sanitarias? El peli-naranja sacó un par de cervezas— ¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —inquirió, entregándole una lata del vital líquido de los hombres, hablando en el sentido general de la raza humana.

—No lo sé… —murmuró pensativo, mientras daba un trago a su bebida a base de cebada— ¡Quizá para siempre! Así podremos revivir los viejos tiempos, Ichi —expresó con singular alegría, abrazándole. Ichigo suspiró y rápidamente se lo quitó de encima— ¿Por qué no fuiste a la boda de Kaien? ¡Fue la boda del año! ¿Del año? Digo ¡Del siglo!

—No tenía ganas de ir.

—No sabes de lo que perdiste.


Y ahí, metida en el clóset, el gusano de la curiosidad se adueñó de sus pensamientos. Oía unos ligeros sonidos, pero sin congruencia. Seguramente estaban en la sala, ella podía salir y esconderse en la cocina…

No, no y no.

No era correcto.

Cuando menos se dio cuenta, ya estaba de camino por el pasillo.

Joder.

Entró sigilosamente por la cocina y se ocultó debajo de la barra —que comunicaba a la sala—. Había sido una tremenda imprudencia de su parte, pero no podía negar que le intrigaba lo que pudieran decirse entre ellos y como sería físicamente el amigo de la zanahoria teñida. Desconocía todo acerca de él y ahora tenía la oportunidad servida en bandeja de plata. Afortunadamente, no le habían notado.

Y ahí, incómodamente agazapada, los sonidos cobraron sentido en palabras e hizo un curioso hallazgo:

—Ichigo, dime que por fin has follado con alguien o empezaré a creer que eres un marica.

La morena reprimió una risita, el friki naranja era virgen.

—Cállate idiota —le reprimió con un golpe— que no sea un cabrón pervertido como tú, no significa que sea gay.

Rukia sonrió.

De cierta manera, era tierno.

—S-siempre me pegas —sollozó infantilmente— y ni siquiera me dejas explicarme. Todos estamos preocupados por ti, dime ¿Es normal que nunca te hallas enamorado? Hasta Chad tiene novia.

Ahora empieza lo bueno.

Con sumo cuidado, la ojiazul levantó la cabeza para poder mirarlos.

El amigo de Keigo era de cabello castaño, estatura media —muy al contrario de Ichigo, que era un gigante entre las personas— y ojos marrones. Llevaba unos vaqueros azules y una sudadera del mismo color, pero de tono más claro. Pertenecía a la media, en la escala de belleza masculina, aunque parecía ser agradable. Luego observó a Ichigo: su rostro era una máscara de inexpresividad que casi le recordaba a… su hermano. Sus ojos miel se encontraban perdidos y en una profundidad que superaba a la habitual. Esa mirada le provocaba cierto temor.

—En primer lugar, no deben preocuparse por mí y en segundo, esas cosas no son para mí.

En la habitación se hizo un silencio sepulcral y la hiperactividad de Keigo se apagó inmediatamente. Pasarían un par de segundos cuando alguien llamó a la puerta. Rukia observaba los hechos con detalle, aunque le remordía un poco la conciencia por su intromisión. Después de todo, Ichigo jamás se había metido en sus asuntos personales. Él se levantó pesadamente del sofá y abrió la puerta.

Entonces apareció una persona que ni en sus más remotos pensamientos se le hubiera ocurrido: el chico del metro.

—Por fin llegas —comentó Ichigo con su habitual tono de "alegría".

—¡Hey! Agradece que viniera —gruñó con familiaridad— Tu cambio de domicilio fue algo inesperado. Te agradezco tu amabilidad en avisarme con antelación ¡Me equivoqué de edificio como tres veces!

—Eres un idiota, Abarai. El mensaje explicaba todo perfectamente. Solo tenías que dar unos cuantos pasos —luego soltó un sonido parecido a la risa.

Así que Ichigo vivió cerca de ahí antes y él se apellidaba Abarai.

Interesante.

El pelirrojo pasó al interior del departamento y notó la presencia del castaño. Hicieron un ademán como saludo y se presentaron respectivamente. Ambos sabían que Ichigo jamás los presentaría decentemente. Él era tan… tan… Ichigo. Ya estaban acostumbrados.

—Así que son amigos de la infancia ¿eh? —inquirió Renji dirigiéndose a Ichigo.

—Sí, algo así —respondió acariciando la parte posterior de su cabeza.

—¿Y era igual de amargado?

Entonces se soltaron a reír.

A Rukia cada vez más le simpatizaba el chico del metro, aunque claro, él ya tenía su propia identidad: Renji Abarai. Además de caballeroso y servicial, también tenía sentido del humor. Le sorprendía que Ichigo tuviera a alguien como él entre la lista de sus amigos.

—No conspiren contra de mí, enfrente de mis narices —comentó con una expresión facial relajada. Al parecer, comenzaba a ablandarse y a disfrutar de la compañía— Tu katana está en la cocina, cuando quieras puedes ir por ella.

A la pequeña mujer casi se le salió el corazón.

Sí él iba hacia ahí, quedaría al descubierto y no tendía oportunidad de esconderse en otro lugar sin salir bien librada.

—Iré por ella cuando me vaya. Antes quiero contarles algo que me sucedió ahora y que no he dejado de pensar en ello.

—¡Conociste a una chica! —exclamó Keigo emocionado.

—Sí —reconoció avergonzado— En la estación del metro. Era muy linda, pero lo que más me llamó la atención en ella fueron sus ojos. Al primer vistazo crees que son azules, pero luego se tornan violetas…

La chica aludida sonrió tontamente.

Claro, ella sabía que era un gran partido.

—Apuesto que era linda —confirmó Keigo— nunca he visto a alguien así.

—Apuesto que era horrible —masculló Ichigo.

Seguro era Rukia.

Nadie en toda la ciudad poseía esa peculiaridad. Por supuesto que era fuera de lo común, pero no comprendía por qué Renji parecía tan trastornado. Solo era una jodida chica más.

Tan sólo era Rukia

—Sabía que dirías eso —comentó resignado Renji— pero tú no estuviste ahí. Me arrepiento de no haberle pedido una cita… o tan siquiera su teléfono. Jamás la volveré a ver.

—No te preocupes, chicas como ella son una plaga. Agradece que no tienes nada que ver con ella —soltó Ichigo malhumorado— Si la vuelves a ver, corre por tu vida.

Rukia deseó salir y apretar su cuello lentamente.

—Hablas de ella como si la conocieras… —meditó por un segundo— ¿La conoces, Ichigo?

Renji y Keigo se voltearon a ver por unos segundos. Luego estallaron en sonoras carcajadas… ¿Ichigo Kurosaki socializando con una hermosa mujer como ella? ¡Ni en sueños! Era más probable que se tiñera el cabello de negro y luego lo cortara.

—No le encuentro la gracia —murmuró al ver a sus amigos al borde del llanto por la risa.

—¡Pero nosotros sí!

Permanecieron conversando una hora y media. Los pies de la pelinegra le estaban torturando, pero se lo tenía merecido. Nadie la tenía ahí de chismosa. Al no soportar más su incómoda postura, le mandó a Ichigo un mensaje de texto:

«Idiota, era muy poco tiempo. Estoy en la casa, haz algo para que pueda irme»


La vibración en su pecho le hizo percatarse que tenía un nuevo mensaje. Nadie lo notó. Keigo y Renji parecían muy ocupados viendo el televisor y dando ligeros sorbos —cada cierto tiempo— a sus cervezas.

¿Dónde estaría metida Rukia?

Decidió que sería buena excusa decir que ya no había más cerveza, para ir al mini-súper y dejar el departamento solo.

Keigo no tenía ganas de levantarse del sillón, pero con el uso de sus poderosos argumentos (golpes) había quedado más que convencido. El trío de chicos salió del edificio haciendo bromas acerca de un famoso programa y Rukia por fin pudo respirar libremente. Mientras ellos decidían que tipo de bocadillos comerían en esa ocasión, Ichigo aprovechó para poner de sobre aviso a su compañera. La morena abandonó el piso sin problema alguno y Orihime le recibió con bastante alegría.

En total, la estancia de Keigo en la ciudad duró cuatro días. Ichigo, por más intentos, no consiguió que él se marchara antes. Sin embargo, consideraba su visita como algo bueno. Le alegraba recibir noticas de su natal Karakura… aunque también le hiciera sentirse melancólico.

Se levantó temprano. Iría a buscar un empleo estable. No era por gusto, sino por necesidad. Debía juntar el alquiler completo durante cuatro meses. El sol aún no salía del todo y se sentía realmente estúpido al estar en pie por esas horas. Para joder a Rukia, hizo el mayor ruido que le fue posible para incomodarla, pero ella no expresó palabra alguna ni tampoco se movió. El ojimiel se acercó para verla y observó que también estaba despierta y que su rostro estaba muy pálido.

—¿Estás bien? —preguntó genuinamente preocupado.

La morena hizo una mueca de dolor y volteó hacia el armario.

—No —musitó en voz baja.

Ichigo no percibió ningún tono de ironía o sarcasmo, ella realmente se sentía mal.

—¿Qué te sucede? —inquirió poniéndose en cuclillas.

—No puedo decirte…

—¿Por qué no? Anda, dime… Si mueres, me sentiré culpable —comentó divertido y ella no lo reprendió.

Definitivamente, algo no andaba bien.

—Me da vergüenza —murmuró Rukia.

—No jodas. Y a estamos grandecit…

—Tengo cólicos —explicó apenas audible y él comprendió su actitud…

Tenía dos hermanas y sabía un poco acerca del tema. Además, por mera deducción, si él sangrara por la polla, no sería precisamente un paseo por el campo… Eso explicaba el porqué del humor de los mil demonios (más de lo habitual) que Rukia había tenido en días anteriores.

—Esto… ¿y te duele mucho?

—Es como si te estuvieran pateando los cojones cada segundo…

Silencio.

—Iré a hacer té, espera un poco.

Rukia se recargó en la cama, muy sorprendida.

—¿Con o sin azúcar? —exclamó el peli-naranja desde la cocina.

—Sin —respondió la morena, esforzándose por subir la voz.

Unos minutos después, Ichigo apareció con una taza de té y unos analgésicos.

—No recuerdo si era una o dos pastillas, pero por lo pronto toma solo una. Ingerir bebidas calientes también ayudará a que las molestias disminuyan. Y si el dolor continua, creo que llamaré a mi viejo, él sabrá que hacer.

La ojiazul le dedicó una mirada llena de agradecimiento y siguió sus órdenes. Él permaneció el resto de la mañana a su lado, leyendo un libro y esperando a que mejorara. Quizá Ichigo era un idiota, pero podía ser decente cuando él quería... El bochorno de que estuviera al tanto de sus problemas femeninos había desaparecido, pero procuraría ser más discreta.

—¿Tienes hambre?

—La verdad, no.

—No me importa, yo sí y tendrás que comer algo —comentó, abandonando su libro en el escritorio y poniéndose de pie.

—Idiota —murmuró Rukia con una pequeña sonrisa y aventándole una de sus almohadones— No tienes que ser tan amable conmigo.

—Lo sé, pero tengo hermanas y quizá reencarne en mujer en mi próxima vida… Dios debe apiadarse un poco de mí.

—Está bien, no retemos a la voluntad divina —respondió la morena alegremente.

Llevaban una semana en relativa paz y curiosamente, cada vez estimaba más a su compañero de piso. Después de todo, quizá podrían dejar de ser un simple par de desconocidos.


Notas:

(1) Stranger Than Fiction es un álbum del grupo Bad Religion, editado el 30 de agosto de 1994. En el bonus track de la edición europea viene la canción favorita de Ichigo «News from the Front» según la descripción de Tite Kubo.