Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

*Editado: Domingo, 22 de diciembre, 2013.


-Compañeros de piso-

Capítulo VI:

El león sin melena

El aspecto que ofrecía era tan deprimente, que hasta el viejo casero le detuvo para preguntarle que le sucedía. Rukia le contó acerca de su nuevo trabajo y los demás pormenores. Cuando terminó, el hombre mayor le dedicó una sonrisa y le pidió que lo acompañara a su departamento, para que su mujer pudiera echarle un vistazo a su uniforme. Rukia se sintió muy agradecida por el gesto y lo siguió sin rechistar. La morena observó un hogar pulcro, con fotografías por doquier. La esposa del casero, al igual que él, era muy amable y se desvivió por llenarle de atenciones durante el tiempo que estuvo ahí.

¡Jamás había probado unas galletas tan deliciosas, como las que esa mujer preparaba!

Se vistió con el uniforme, ella tomó medidas y le prometió que estaría arreglado para la mañana siguiente.

Tras tomar el té, Rukia se despidió con una reverencia y les agradeció con entusiasmo. Mientras subía las escaleras, pensó que le gustaría tener un matrimonio tan sólido y feliz como el de ellos. Llevaban cincuenta y siete años juntos y en sus ojos aún se veía amor… Dejó de soñar despierta cuando estuvo enfrente de su departamento (el número quince) y se preocupó por buscar sus llaves.


Aún seguía pensando en lo que pasó en aquella mañana.

Tenía el fuerte presentimiento de que ya había visto a esa mujer en otro lado… pero no lograba recordar en dónde.

Decidió pasar de ello, ya se acordaría después. Llamó a su padre para pedirle un pequeño préstamo para solventar su próximo y tan "esperado" viaje a Karakura. Se lo debía, luego de tantos años de maltrato psicológico.


Cuando entró, Ichigo hablaba calurosamente por el móvil. Lanzó su bolso en el sillón más cercano y se marchó a la habitación para dormirse lo más pronto posible. Ni siquiera cenó, el cansancio le superaba.

Y tan sólo era su primer día.


El viejo se había mostrado inflexible al principio, pero luego de explicarle que lo acompañaría una amiga, él aceptó rápidamente y prometió darle un bonus para que se comprara un traje. A más tardar, el martes ya estaría depositado el generoso donativo en su cuenta bancaria.

Antes de comentarle acerca de su invitada, se aseguró de que Rukia no pudiera escucharlo. Volteó a hacia todas partes, pero no la localizó. Finalmente, entró a la habitación y descubrió que ella estaba más que dormida. La arropó con delicadeza y le observó con sumo cuidado, casi con ternura. No pudo evitar pensar en lo frágil que parecía Salió del trance, en cuanto su padre gritó al otro lado de la línea y volvió a la sala para seguir con la negociación.

Al ser inicio de semestre, casi no había trabajos que él pudiera conseguir en la Universidad. Tenía una teoría bastante lógica respecto a ello: al principio del ciclo, todos comenzaban llenos de energía y optimismo respecto a sus deberes. Conforme iban transcurriendo las clases, esa mentalidad cambiaba. Cuando el semestre estaba por concluir, los ociosos únicamente desearían salir de vacaciones y les importaría una mierda realizar sus trabajos (ahí era el momento exacto donde él intervenía y sacaba una buena tajada).

Por lo tanto, estaba libre y necesitaba buscar una nueva ocupación.

Esa mañana de lunes, tomó una libreta y un lápiz para pensar claramente sus opciones: un restaurante de comida rápida, para nada ¿Un supermercado? Ni de coña ¿Vendedor en algún puesto ambulante? Qué horror. Por más que se esforzaba por tomarle agrado a la idea, trabajar era algo que le pateaba los cojones. Lo único que más o menos le llegó a interesar en su vida, fueron aquellas actividades que desempeñó en la clínica de su padre.

Por alguna razón había elegido medicina, ¿no?

Ya era demasiado tarde… Regresar a la facultad, no era alternativa.

Suspiró pesadamente.


Era más difícil de lo que había creído en un principio.

El trabajo era abrumador, cometía errores a cada minuto y Ōmaeda le fastidiaba. Lo único rescatable en aquel lugar, eran sus compañeros de trabajo: hacían el ambiente más agradable y le animaban cada vez que se equivocaba.

En total, eran siete personas.

Inoue Orihime, Rangiku Matsumoto y ella se encargaban de atender a las personas. Izuru Kira era el lavaplatos, pero también les ayudaba cuando las cosas estaban turbias en el local. Shūhei Hisagi era el cocinero y Tōshirō Hitsugaya el repartidor en moto. El último integrante del personal era Oki, un viejo amigo de Ōmaeda y un total mamarracho. Nunca hacía nada, se creía el jefe cuando Ōmaeda no estaba presente y le adulaba con fervor. En palabras más sencillas, era su lambe-botas.

Podría decirse que tenía buena relación con todos (hasta con el insoportable Oki), pero se llevaba mejor con Orihime —obviamente— y Rangiku Matsumoto.

El domingo era el día de descanso de Matsumoto, así que no la conoció hasta un lunes en la tarde. Ella se le acercó mientras comía con Orihime y se presentó. Entablaron fácilmente plática y poco a poco, fue presentándoles a los chicos. Matsumoto era una mujer muy bella. Debido a su despampanante físico y a su jovial carácter, se jactaba de ser la mesera con más admiradores de esa zona restaurantera. A muchos podría parecerle superficial, pero era buena chica. Colaboraba la mayoría del tiempo, aunque en ocasiones se ocultaba en el área de empleados y tomaba una siesta. Además, siempre que podía, les gastaba bromas pesadas al cocinero (Hisagi) y al repartidor (Hitsugaya).

En ciertas horas del día, el restaurante se encontraba desierto. Los chicos se referían a ellas como las horas muertas, donde aprovechaban para descansar o comer. Ciertamente, eran el momento favorito por todos: no hacían nada y de todas maneras les pagaban. Aunque para la desgracia colectiva, no abundaban mucho. El avaricioso de Ōmaeda tenía suerte, los clientes casi nunca le faltaban.

—Hey, Hisagi —comenzó Rangiku divertida mientras se relajaban un poco en la área de empleados, en la hora muerta de ese día. Faltaba media hora para que pudieran marcharse a casaEres todo un guarro, ¿sabías?

El aludido arqueó una ceja y el resto de los presentes reprimieron una risita.

—Eh… ¿Dé que hablas?

—Tú sabes bien de que hablo… —expresó la mujer de ojos celestes como quien hace una confidencia— Siempre he dicho que cada quien puede hacer con su cuerpo lo que prefiera, pero… ¿Tatuarse el número sesenta y nueve en el rostro?

El hombre de cabellos erizados se sonrojó violentamente. Los demás empezaron a reír estrepitosamente, a excepción de Orihime y Toshiro; ella no comprendía y a él no le hacía gracia. Oki no estaba presente, pues era su día de descanso (y el del resto, por no tener que soportarlo).

—¡E-eso no es cierto! —Se defendió tartamudeando— Mi tatuaje está inspirado en Kensei Muguruma, un gran jugador de fútbol al cual yo admiro mucho… Eres una pervertida —bufó, quitándose su mandil blanco.

—Podrás a engañar a todos, pero a mí no —protestó Matsumoto infantilmente, cruzándose de brazos.

Rukia le agradecía a Matsumoto el haberle sacado de la duda. Desde su primer día, había notado el pequeño tatuaje en la mejilla izquierda del cocinero y le dio curiosidad el significado que pudiera tener. Ahora el enigma estaba resuelto. Raramente participaba en la conversación, pero encontraba reconfortante escuchar.

Ya tenía amigos.


Como nueva costumbre, Ichigo descubrió el desayuno que Rukia le había preparado para ese día: hot-cakes con miel y mantequilla. Tenían muy buen aspecto, como toda su comida, pero no le diría nada. Conociéndola, daría alarde de ello por el resto de su miserable vida. Ese primer día (de huevos con tocino y pan) le expresó su agradecimiento con un escueto «Gracias»y ella con soberbia, le respondió: "No agradezcas, soy una santa. Suelo compartir mis dotes culinarias a los desvalidos", para luego darse la vuelta y dejarlo solo con toda su vergüenza. Por eso, lo único que haría para demostrarle su gratitud, sería portándose bien con ella.

Al terminar con su plato comida, pasó al cuarto del baño.

Por tercer día consecutivo, pasó del rastrillo y se lavó exclusivamente los dientes.


Mientras se dirigía al trabajo, pensó en que él ya estaría despierto. Había hecho hot-cakes con miel especialmente, porque le recordaban a su color de ojos... Sacudió la cabeza y se reprendió de nueva cuenta.

En los últimos días, a Ichigo Kurosaki le pertenecían la gran mayoría de sus pensamientos. Cuando lo conoció, le daba igual lo que hiciera de su vida, con tal y que no afectara la suya. Luego, cuando empezó a hacerle la vida miserable, lo llegó a odiar con tal intensidad irracional, que hasta a ella misma le sorprendía. Ahora, que la fiesta iba en paz, no tenía muy en claro que era lo que sentía respecto a su compañero de piso.

Simplemente, no entendía nada.


Casi se le había olvidado que debía ir al banco por el dinero de su viejo.

Enjuagó el último vaso que le quedaba para dejar todos los trastes limpios y tiró el agua con jabón. Tuvo muchísima pereza para ducharse, así que únicamente se quitó sus pantaloncillos cortos con los que dormía y los sustituyó con unos viejos vaqueros que encontró debajo de su cama (probablemente no los lavaba desde hacía un mes, pero no encontró ninguna mancha que lo evidenciara). Abandonó el edificio con paso regular y se adentró a las calles de la ciudad.

En cuanto ingresó al banco, todas las personas le dirigieron la mirada como si fuera fenómeno de circo. Incluso, los guardias de seguridad lo siguieron. Con su facha actual, quizás pensarían que fuese un asaltante. Sin embargo, Ichigo ignoró este suceso o al menos fingió que no le importaba. Mientras esperaba en la fila, hubo un listo que intentó metérsele. Bastó con que le viera de forma amenazante, para que él desistiera.

Vestirse como delincuente también tenía sus ventajas.

En efecto, el viejo decrépito había sido puntual y la plata terminó en sus bolsillos. En el momento que guardó el dinero en su cartera, encontró la tarjeta que esa tal Nel Tu le había entregado. Empezó a considerar seriamente su propuesta.


El viernes era el día de descanso de Orihime. Originalmente solo trabajaba medio tiempo, pero después de que Rukia entrara a trabajar, decidió quedarse a jornada completa. El día libre de Inoue era muy aburrido para la pelinegra. Hablaba con Matsumoto, pero ella también conversaba con los demás y le dejaba sola a ratos.

Tan sólo quedaba una semana antes de la boda de la hermana de Ichigo y todavía no sabía que ropa se pondría. Su guardarropa dejaba mucho que desear y no podía costearse algo tan caro. Limpiaba tan absortamente una mesa que Rangiku llegó y le tocó delicadamente el hombro derecho.

—¿Estás ahí?

Rukia salió de sus cavilaciones y le dedicó una sonrisa.

—Sí, aquí estoy.

—Pues no lo pareces, querida —comentó la chica de ojos celestes, con preocupación— Puedes confiar en mí, ¿sabías?

Confiar.

La ojiazul sopesó sus palabras.

Quizá le vendría bien tener otra persona en quien confiar.

Sabía a ciencia cierta que había heredado el carácter reservado y distante de su hermano.

Desgraciadamente.

Rangiku Matsumoto era una buena persona, lo veía en sus ojos. Era hora de romper con la maldición Kuchiki y empezar a salir de su caparazón.

—Iré a una boda el próximo fin de semana y no tengo la menor idea de que usaré.

Los ojos de Rangiku Matsumoto comenzaron a refulgir con emoción. Luego esbozó una gran sonrisa que les permitía ser visibles a todos sus dientes blancos y perfectos.

—¿Tienes dinero? —La morena negó con la cabeza— ¡No hay problema! Eso tiene solución —hizo una pausa y su rostro adquirió una expresión malvada—, Ōmaeda tiene mucho.

Rukia se encogió de hombros. Su jefe no se caracterizaba precisamente por ser un hombre bondadoso. Tal vez, el único par de cosas buenas que él había hecho por ella, eran el contratarle y el no echarle a la calle por su torpeza.

La mujer de excepcional belleza comprendió el mensaje implícito de Rukia y le dio unas palmaditas en la espalda.

—Es un idiota, pero hombre en fin… —explicó maliciosamente— Yo me encargaré de todo. Solo espera y verás… —después se fue con su extraordinario andar, causando que los pocos comensales que se hallaban en el establecimiento voltearan irremediablemente a verla. Dejó a una Rukia Kuchiki muy confundida. Tal y como eprometió, regresó quince minutos después. La expresión en su rostro parecía indicar que había conseguido lo que deseaba. En un dos por tres, convenció a Ōmaeda que le prestara dinero a la chica de nuevo ingreso. Había tardado, porque gastó el resto del tiempo en bajarle los sumos y dejarle muy en claro que nadie se acostaría con él. A regañadientes le entregó un sobre con una generosa cantidad de dinero, pero reiterándole que debía pagarlos y ella se despidió con un beso al aire— Listo —anunció alegremente, estirando su mano para entregarle el sobre—, el domingo irás junto conmigo a buscar vestidos. Además del dinero, le pedí a Ōmaeda que te permitiera ausentarte el domingo y que pusiera a mover el culo a Oki.

Rukia le dedicó una sonrisa llena de agradecimiento y le pidió que se fuera a descansar un rato al área de empleados, ella se haría cargo de los clientes. Era lo menos que podía hacer, luego de toda su gentileza.

Matsumoto aceptó encantada.


De algún modo inexplicable, terminó en la dirección que marcaba ese pequeño trozo de papel. Se localizaba en una zona lujosa de la ciudad. En su mente, jamás se le cruzó por el pensamiento que Nel Tu fuera la propietaria. En su inocente cabecita, se formó la idea de que ella era únicamente una ayudante o alguna mierda parecida (siendo sincero, había puesto mucha atención).

Quizás debió haber llamado antes.

Ingresó aún con dudas y se dirigió a la recepción. Ahí se encontró con un hombre y sobre su escritorio había una placa gris que decía «Dondochakka Birstan». Él tardó en darse cuenta de su presencia y cuando lo hizo, exclamó:

—¡Largo! Aquí no damos donativos de ningún tipo.

Ichigo arqueó las cejas y soltó un pequeño gruñido.

¿Donativos? ¿Acaso había creído que era un pobre indigente? ¿De verdad su apariencia era tan lamentable como para ser confundido con un hombre que carece de hogar?

—No vengo por ningún donativo —expresó fríamente— Busco a Nell Tu.

El recepcionista cambió su expresión de ira a confusión, para finalizar en la incredulidad.

—A Nel Tu, ¿eh? —Repitió— ¿Para qué? Claro, si se puede saber —comentó burlonamente— ¿De casualidad no buscas también a Kate Moss (1)?

Ichigo deseó mandarlo al carajo e irse, pero no pudo hacerlo porque en ese instante apareció la Reina de Roma, Nell Tu.

Ya no había ropa deportiva ni una coleta descuidada. Todo lo contrario. Llevaba un blazer azul oscuro, una blusa de líneas azules y blancas, unos vaqueros que acentuaban lo escultural de su figura y unos tacones altos rojos que aumentaban su estatura unos diez centímetros más. Su peinado y su maquillaje lucían impecables. Hasta para un ser humano asexual como él, ella se veía guapa.

—¡Hola, Ichigo! —Le saludó alegremente— Siento mucho la bienvenida de este idiota —se disculpó, lanzándole una mirada tan hostil al tío, que provocó que a Dondochakka se le erizara la piel— pero de ahora en adelante yo te atenderé. Por favor, sígueme.

El ojimiel obedeció y caminaron en silencio hasta llegar a una oficina en donde predominaba el color blanco. A cada paso que daba, se arrepentía más de haber ido a ese lugar de locos. Detrás del escritorio, había un hombre alto y muy bien vestido. Localizó otra placa metálica, parecida al del recepcionista, a nombre de «Pesche Guatiche».

Pesche se levantó en cuanto vio a Nell pasar por la puerta. En su rostro apareció una enorme interrogante cuando divisó al tipo que le acompañaba. Un malviviente, había que decirlo… ¿De dónde carajos lo había sacado Nell?

—Él es Ichigo Kurosaki —lo presentó, intuyendo el desconcierto de su fiel colaborador—, el chico del que te estuve hablando todo este tiempo…

¿Así que había estado hablándole de él, eh? Esa tía estaba aún más loca que… Rukia. En su cabeza apareció la imagen de su compañera de piso. No supo explicarlo, pero sintió que le estaba traicionando al estar en aquel sitio.

—Nell, ¿puedo hablar contigo a solas? —expresó el hombre con gesto grave. Ichigo no necesitó más y abandonó la oficina. Nell se aseguró de que no se hubiera marchado y para su tranquilidad, comprobó que tan sólo se fue a sentar a la sala de espera— ¡Te has vuelto loca!

—¿Por qué?

—¿Por qué? —Repitió indignado— ¡Por qué! ¿No ves su facha? Nadie lo aceptará. Ni siquiera en la revista de espectáculos más mediocre y estúpida, como ésas que se empeñan en echarle tierra a tu imagen pública.

—Tiene potencial.

—¡Tiene potencial de delincuente! —Exclamó atónito— ¿Has visto su ropa? ¿O tan siquiera su cabello? No permitiré que arriesgues toda tu carrera por ese tipo raro… Tú sabes perfectamente cuanto te ha costado estar en este momento aquí —suavizó su expresión— Yo te estimo, no, te quiero muchísimo. Quiero lo mejor para ti, siempre.

—Lo sé, Pesch, lo sé… pero él me interesa. Me interesa porque es diferente, muy distinto a todos los hombres que he conocido y tú sabes que son muchos… —ambos rieron— Ni siquiera sabe quién soy.

El hombre soltó una sonora carcajada.

¿Ese tipo no sabía quién era Nell tu?

¡Imposible!

Todos sabían quién era Nell Tu y le admiraban por igual. Podría creerlo de algún monje ermitaño, encerrado en algún jodido monasterio alejado de la sociedad ¿Pero de él? No. Seguramente le estaba tomando el pelo a su pobre hermana, quizá no de sangre, pero sí de corazón. En caso de ser cierto… podía asegurar que ese tal Ichigo Kurosaki era un idiota.

Como fuese, no le agradaba en absoluto.

—¿No crees que sea una jugarreta sucia? —Ella negó con la cabeza— Nunca te había visto tan entusiasmada con alguien, desde tú ya sabes quién… pero a decir verdad, él tampoco me simpatiza… Como tu representante y hermano, creo que es una locura que te guste alguien así, pero respeto tus preferencias. Por su aspecto, no es difícil adivinar que anda corto de dinero, así que lo probaremos durante un tiempo. Le daré trabajo y sabremos quién es realmente —la chica de cabellos verdes corrió a abrazarlo efusivamente— Basta, basta —le ordenó dulcemente— Ya estoy muy viejo, me desarmarás. Anda, ve y llámalo.

—Pesch, otra cosa —se devolvió a decirle— no debe saber quién soy. Habla con todos y diles que deben tratarme como un igual, para que él no sospeche.

—Así será —sentenció una vez que ella se marchó— Así será…

Cuando regresó a la oficina, Ichigo recibió un trato más amable. Hasta ese tal Pesche se disculpó. Le propusieron un empleo fijo, con un sueldo nada despreciable, pero todavía seguía siendo una cantidad modesta. En un inicio lo rechazó, pero tras reflexionar un poco, lo aceptó. Quizás sería lo único que se cruzaría en su camino…No podía vivir a costillas de su padre y las demás personas a su alrededor. Además, tenía que pagar la mensualidad completa del departamento; no un mes, sino cuatro. Le pidieron que se presentara el próximo lunes, a las nueve de la mañana. Antes de irse, Nel se despidió de él con un beso en la mejilla que lo abochornó bastante.


Ambos empacaron las cosas necesarias para la ocasión.

Rukia le pidió a Orihime que la cubriera ese viernes y a Matsumoto el domingo. El sábado no había problema, pues era su día de descanso. El ojimiel, no tardó mucho para conseguir el permiso que necesitaba para ausentarse. Tan sólo había bastado decir la palabra «boda» y «hermana» para que Pesche le dejara ir.

La primera semana de trabajo de Ichigo fue muy sencilla. Demasiado sencilla, a decir verdad. Sentía remordimiento por su sueldo… para él, el trabajo que desempeñaba no era el suficiente para la cantidad de dinero que le pagarían.

Debía estar loco, ¿no?

Tenía el trabajo que todo hombre deseaba: buen sueldo, haciendo prácticamente nada —más que conducir— y conviviendo con decenas de chicas hermosas y en ocasiones, llevando muy poca ropa (aunque por supuesto, cada vez que eso sucedía, Ichigo sentía tanta pena y se sonrojaba tan violentamente, que todas aniquilaron sus prejuicios contra él, tomándole como un tío sensible y considerado).

Antes de marcharse a la estación del tren, la pelinegra no dejaba de observarle.

Desde que recibió la noticia de la boda de su hermana, Ichigo se había descuidado todavía más. Cuando le conoció, al menos se afeitaba. Ahora, el rastrillo brillaba por su ausencia, estaba todavía más delgado —sin importar que le dejara comida— y si no fuera por su trabajo, quizás tampoco se bañaría.

La noticia del nuevo empleo de Ichigo le había sorprendido enormemente y dado esperanzas…

¿Esperanzas?

Sí, de que él viera por sí mismo y ordenara el aparente caos de su vida.

—Por el amor de Dios, ¿de verdad piensas irte así? —inquirió exasperada a la vez que lo escrutaba de pies a cabeza.

—¿Qué tiene de malo mi aspecto? —respondió Ichigo escuetamente, sin darle mucha importancia.

—¿Qué tiene de bueno tu aspecto? —El chico de cabello naranja frunció el ceño— Discúlpame, pero cada vez que te veo, no puedo evitar pensar en un vendedor de drogas o un matón cualquiera... Si fuera tu madre, negaría serlo.

Ichigo le obsequió una mirada muy fría.

Era habladora, entrometida e imprudente.

Podían insultarlo todo lo que quisieran, con la amplia variedad de palabras altisonantes existentes, sin inmutarse siquiera un poco, pero cuando tocaban el tema de su madre, realmente se cabreaba.

En ese instante, la odió verdaderamente. Sin embargo, debía de reconocer que todo lo que decía era cierto. La realidad era molesta y, hasta cierto punto, dolorosa. Era la enésima persona que le juzgaba por su apariencia. Pero a diferencia del resto, ella había tenido el valor de decírselo abiertamente.

Consideró escucharla.

—Y según tú, ¿qué podría hacer?

—Número uno, aféitate; dos, córtate ese cabello; tres y la más importante… ¡Ponte ropa de tu talla! Charlot (2) se vestía elegantemente a comparación tuya.

Él se quedó mudo por la velocidad de su respuesta.

—Esas cosas no son para mí… —explicó tras un instante, a la vez que acariciaba su nuca— No me interesa lo que diga la gente.

—No es cuestión de que sean o no sean para ti o que te importe la gente. Simplemente quiérete un poco —le regañó, dándole un golpe en la cabeza— No te dejes morir poco a poco ¿Mereces o no mereces ser una persona decente?

—Sí… —gruñó el ojimiel.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinticinco.

Ella le ganaba por uno.

—Ya eres todo un adulto, déjate de comportar como un niño —expresó molesta, tomó su equipaje y salió del departamento.


Las palabras de Rukia le siguieron y atosigaron durante todo el camino. El viaje pasó silencioso y la morena observó con fascinación el paisaje que le obsequiaba la ventana. Arribaron a Karakura a las seis de la tarde e Ichigo decidió caminar hasta su casa, a pesar de las protestas de la ojiazul. Recorrieron parte del famoso canal de la ciudad y pasaron por el viejo instituto donde el ojimiel estudió años atrás.

Mientras andaban, Rukia miró a Ichigo de reojo. El ocaso anaranjado parecía combinar con su cabello... Oh, no, las comparaciones de nuevo. Rápidamente, desvió su mirada porque no quería que él se diera cuenta de que lo observaba a hurtadillas.

En verdad le preocupaba.

Luego de caminar durante una hora, por fin llegaron a la maldita casa. El barrio parecía tranquilo. Sus pies le dolían y sus hombros ya no soportaban a su equipaje. De haberlo sabido, hubiera empacado menos cosas. Ichigo tocó una vez el timbre y no hubo respuesta. Intentó de nuevo, pero corrió con la misma suerte. No fue hasta la tercera llamada que se escucharon ruidos en el interior y más tarde apareció el padre de Ichigo.

Era un hombre alto y musculoso, con el pelo negro y corto, ojos igual de oscuros y barba de pocos días (ahora Rukia sabía de dónde venía la indisposición de afeitarse de Ichigo. Era algo familiar, por lo visto). Llevaba una bata blanca de médico sobre su ropa normal, que consistía en una camisa en un tono amarillo chillón con lunares rojos y unos pantalones grises (¡¿Quién demonios le había dicho que esa combinación era posible?!). Su rostro tenía una expresión grave, pero perdió todo rastro de seriedad en cuanto lanzó una gran patada hacia su vástago.

—¡Idiota! ¿Por qué no habías venido antes? —el "idiota" hizo una mueca de dolor. El golpe le había dado de lleno en el estómago. Debió imaginarse que su padre haría algo por el estilo, pero bajó la guardia. Había perdido la condición. No reparó en la presencia de la chica que acompañaba a su hijo, hasta que ella soltó una risita. Parecía estarse divirtiendo con el espectáculo— Oh… ¿Pero qué es esto? —Inquirió apartándolo bruscamente— Que chica tan mona, Ichigo… ¡Hasta que por fin haces algo bien! —luego estiró la mano para pegarle en la cabeza, pero el ojimiel se defendió y lo detuvo.

—No empieces con tus estupideces, viejo —murmuró con el ceño fruncido e irguiéndose poco a poco— Ella es Rukia, mi compañera de piso. Compórtate como un adulto y no le asustes.

—Mucho gusto, Rukia-chan —expresó felizmente y con una gran sonrisa. Luego se acercó a ella y simuló que le estaba contando algo muy confidencial, aunque Ichigo escuchaba perfectamente—: Desgraciadamente, soy el padre de este perdedor —señaló al peli-naranja y éste suspiró irritado—Soy Isshin Kurosaki y te agradezco que lo soportes todos los días, ¿verdad que no asusto?

—Para nada —respondió esbozando una pequeña sonrisa.

—Pero por favor, pasen —abrió aún más la puerta para que entraram. Sin embargo, toda su alegría se cortó de tajo y empezó a lamentarse para sí mismo— Masaki, te he fallado… Nuestro hijo no sabe que las mujeres no deben cargar cosas pesadas… Ichigo ¿Qué esperas a cargar su maleta?

—No, no —negó Rukia inmediatamente—, así está bien. No se preocupe, Kurosaki-san.

—No me digas así, soy Isshin. Cuando me llaman así, me siento viejo —ella asintió— Eres muy amable, Rukia-chan, pero él debe educarse.

Ichigo no protestó más, aunque la expresión en su rostro decía todo el "ánimo" que le causaba ayudar. Le arrebató el equipaje a su compañera y no le miró siquiera. Entraron a la casa y él aventó sus pertenencias en el suelo.

—¿Y Yuzu? —preguntó Ichigo con seriedad.

—Ella y Karin fueron por su vestido. No tardarán mucho en llegar.

Rukia observó con detalle la casa.

Era bonita, acogedoramente bonita. Ella hubiera matado por vivir en un lugar así… No comprendía porque el bastardo de Ichigo no aprovechaba el amor de su familia. Aunque el recibimiento de Isshin Kurosaki no había sido el más maduro del mundo, eso le confirmó, que de una manera extraña, le quería mucho y que le echaba de menos. Si ella tuviera una familia así, no pararía de hablar sobre ellos. Ichigo no había mencionado palabra alguna, además de la existencia de su padre y su hermana menor que se casaría, del resto de sus parientes. Sin embargo, ella no era la indicada para reclamar. Solo le había mencionado a su hermano mayor, pero jamás acerca de su apellido y demás procedencia.

Isshin Kurosaki les invitó a cenar, habían llegado a la hora exacta.

El hombre de negros cabellos comentó con alegría que no comería solo. Por más que intentara aminorarlo, la futura pérdida del corazón de la familia Kurosaki, le causaba un enorme sentimiento de soledad. Por supuesto que todavía le quedaría Karin, a quien amaba al igual que el resto de sus hijos, pero el vacio quedaría ahí… primero su amada Masaki, luego Ichigo para sucederle Yuzu… Sabía que le costaría mucho despegarse de Karin. Era egoísta, puesto que ella también merecía volar con sus propias alas, pero no quería dejarle ir. Al menos, aún no.

Como había predicho, las gemelas regresaron a casa muy rápido.

Abrazaron a Ichigo con cariño y se unieron a la mesa. Conversaron acerca de temas triviales, pero nada absolutamente acerca del gran día. A las dos les simpatizó Rukia y de igual manera, a ella le parecieron agradables las hermanas de Ichigo. Una vez que todos terminaron y que la ojiazul les ayudara a levantar los platos sucios, Yuzu subió apresuradamente y su hermano le siguió.

La morena sintió la necesidad de también ir, pero Isshin le detuvo suavemente por el hombro.

—Espera, Rukia-chan, sube más al rato.


Ichigo subió lentamente las escaleras.

La casa permanecía igual. Parecía que los años no habían pasado por ahí, a clara excepción de sus inquilinos. Sintió un vuelco en el corazón cuando observó la placa con el número quince, en la puerta de su habitación. Iba a echarle un vistazo, pero eso podía esperar. Necesitaba conversar primero con su hermana. La pieza de las gemelas continuaba, en esencia, siendo la misma, pero había un par de reformas que le otorgaba una apariencia distinta.

Y ahí estaba su hermana menor, sentada en su cama y sollozando ligeramente.

En su mente, pasaron miles de imágenes, producto de recuerdos: el día que las gemelas llegaron a casa y que él quedó encantado por sus hermanitas, la primera vez que le ayudó a su madre a cuidarlas, cuando pronunciaron sus primeras palabras y dieron sus primeros pasos tambaleantes, las salidas en familia… hasta el día en que sucedió el fatal accidente que les arrebató a su amada madre. A partir de ahí, él observó en infinitas ocasiones, como a pesar de sus lágrimas, ella luchó por salir adelante y cuidar de la familia. Siempre había podido comunicarse mejor con Karin, porque eran parecidos, pero con Yuzu… ella era más frágil y cariñosa, demandaba un trato distinto. Un trato que él jamás había sido capaz de darle.

En cuanto lo vio, su hermana limpió rápidamente una lágrima que acababa de salir y le dedicó una sonrisa. Él correspondió al gesto y se acomodó enseguida de ella. De repente, las palabras se borraron de su mente y se quedó como un idiota.

Era más complicado de lo que había imaginado en las últimas dos semanas desde llamada.

—¿Quieres que te corte el cabello? —preguntó Yuzu, ayudándole. Él asintió— ¿Hace cuánto que no lo hago? ¿Cinco o seis años?

—Siete —respondió con remordimiento.

Hacía siete años que él no pisaba Karakura y en los cuales solo había llamado un par de ocasiones. Era imposible que las cosas continuaran igual.

El mundo seguía y seguiría avanzando, con o sin él.

Yuzu se puso de pie y comenzó a buscar entre sus cajones. Tras unos minutos, encontró lo que buscaba y le invitó a sentarse en la silla de su escritorio. Él se movió con pesadez e hizo lo que su hermana ordenó.

Desde el instituto, todo el mundo le criticaba porque pensaban que se tenía el cabello, pero desgraciadamente, ese fastidioso tono naranja era natural. Siempre que intentó ir a la peluquería en su adolescencia, las personas dejaban de hablar y le observaban como bicho raro. Por eso odiaba cada vez que su cabello crecía un par de centímetros más. Eso significaba aguantar las inquisitorias miradas de nuevo. Sin embargo, todo cambió cuando Yuzu tomó el reto de cortárselo. Al principio dejaba algunos mechones disparejos, pero poco a poco fue perfeccionando su técnica hasta dejarlo bien. Bastante bien a decir verdad, considerando que era una novata y que jamás había asistido a algún curso o escuela especial de estilismo.


Mientras Yuzu e Ichigo conversaban, el resto de los presentes se hallaban viendo televisión en la sala. Duraron ahí aproximadamente una hora y media, porque estaban transmitiendo una película muy interesante. Cuando veía a Karin, Rukia no podía evitar pensar en Ichigo. Hasta su expresión facial era idéntica, aunque ella sí era amable. Cuando terminó la película, decidieron irse a dormir.

El día siguiente estaría muy agitado para todos.

Karin subió inmediatamente y la morena tuvo la intención de seguirle.

—Rukia-chan, ¿puedo contarse un secreto? —inquirió Isshin de repente, deteniéndola. Irremediablemente, el gusano de la curiosidad asintió por ella— Eres, a excepción de una vieja amiga suya del instituto, la primera mujer que Ichigo trae a casa. Hasta mañana.

La ojiazul lo miró desconcertada, pero el padre de Ichigo desapareció. Cuando subió a la planta alta, Ichigo seguía sin aparecer. Probablemente estaba muy ocupado.

Con malicia, Isshin le pidió a su invitada que durmiera en el cuarto de su hijo. Ella se sorprendió, pero él le restó importancia. Era un gran padre liberal, se autoproclamó en el momento que cerró la puerta de la habitación de Ichigo con Rukia en el interior. Ya era hora del que ese estúpido le hiciera abuelo. Su moral era bastante flexible, capaz de permitir muchos actos que a otros padres les asustaría o indignaría. Aunque sus pequeños —bueno, ni tan pequeños— retoños eran aburridos y no lo aprovechaban. Tuvo la débil esperanza de que al vivir juntos, ya hubieran despertado las hormonas de Ichigo. Y si aún no lo hacían, que fuera pronto.


Finalizado el corte de cabello, continuaron juntos hasta casi la medianoche. Le contó acerca de su prometido y de lo mucho que le amaba. Él se sintió incómodo, pero incómodamente feliz. Además, su cabeza se sentía increíblemente ligera. Tenía que reconocerlo, había sido una bola de pelos durante mucho tiempo. Cuando se dirigió a su habitación, se encontró con Rukia en su cama. Eso seguramente sería obra de su padre. Así que no tuvo más remedio que tomar un par de sábanas y una almohada del armario para irse a dormir a la sala.


En la mañana siguiente, el panorama pintaba bien para la familia Kurosaki. Con Ichigo —y Rukia— en casa, se sentían seguros.

Cuando la ojiazul bajó, de nuevo, no encontró a Ichigo. Se preguntó dónde carajos podría haberse metido. Yuzu le invitó a desayunar y junto con Karin e Isshin, comieron en un ambiente muy cálido. La novia, se disculpó porque debía marcharse al salón de belleza para arreglarse y Rukia se ofreció en ayudar en lo que pudiera. Karin insistió en que ella era una invitada, pero no la persuadió para evitar que lavara los trastes sucios. Entonces, entre Karin y Rukia tomaron los platos, vasos y cubiertos de la mesa para dirigirse a la cocina. Karin también se excusó, explicándole que tenía que ver unas cosas respecto a las flores. Por lo que Rukia se quedó sola en la cocina, lavando alegremente.

De repente, un ruido le hizo girar hacia atrás y se encontró con algo inesperado: Ichigo le había obedecido.

Llevaba el cabello corto, rebelde al fin y al cabo, pero se notaba un cierto orden. Adiós a las largas hebras de cabello que caían sin ton ni son sobre su rostro y la espalda. Para aumentar al milagro, vestía ropa de su propia talla; unos vaqueros negros que resaltaban sus largas piernas, una camisa a cuadros azul y de mangas tres cuartos que le hacían ver más delgado (pues su torso no nadaba entre holgadas camisetas) y unas zapatillas de deporte limpias que jamás le había visto. Tampoco traía la barba que había acumulado en los últimos días.

En resumen, se veía bien… más de lo que ella hubiera querido reconocer.


Notas:

(1) Es una Supermodelo británica, rostro publicitario de diversas marcas de ropa. Factura alrededor de 10 millones de dólares anuales, según Forbes magazine.

(2) Es la creación mejor conocida de Charles Chaplin; el personaje es un hombre pequeño, vagabundo que viste con harapos (un pantalón extremadamente grande, zapatos enormes, un pequeño sombrero, un chaleco mal arreglado y un curioso bigote) y que todo el tiempo está metido en problemas.