Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
*Editado: Domingo, 22 de diciembre, 2013.
-Compañeros de piso-
Capítulo VIII:
Lazos ocultos
Propiamente dicho, el contacto entre sus labios fue torpe y muy breve. Distaba mucho de ser apasionado y reconfortante, como esos besos que aparecen en las pantallas de los cines y con los cuales todas las mujeres suspiran. Bueno, era la primera vez que besaba a alguien ¿Qué esperaban? ¿Qué lo hiciera como todo un amante profesional? Para nada.
La atención hacia ellos se esfumó justo en el momento que se reanudó la música.
—¿Q-qué f-fue eso? —inquirió Rukia atropelladamente.
Ichigo debía saber que era mal besador: apretó con tanta presión sus labios, que hasta sintió una pequeña punzada de dolor. Aunque, para ser sincera, tuvo su encanto. Una descarga de electricidad le recorrió por toda la espina dorsal.
Le recordaba a sí misma cuando Kaien le besó por primera vez.
¿Acaso ella era su… primer beso?
No era capaz de responder a su pregunta, de hecho, ni él mismo lo sabía. Cuando salió de la recepción, de pronto supo que debía besarla y su cuerpo se limitó a obedecer esa orden, sin permitirle a la razón detenerla. Era la primera vez que le sucedía algo así. Nunca había sentido la necesidad de entablar relación alguna con las personas, mucho menos el contacto. Podría ser cierto que últimamente las cosas no estaban muy claras respecto a Rukia… pero no para llegar a tal grado.
La única explicación lógica que encontraba, era que estaba demasiado bebido.
Aunque quizá el alcohol solo sirvió como catalizador de algo inevitable.
—Esto… yo —balbuceó el ojimiel, esquivando la expectante mirada de Rukia. Habría seguido con sus monosílabos, de no ser por la intervención de una tercera persona.
—Hola, Ichigo.
—Hola, Kaien —respondió aliviado. Podría librarse de esa incómoda situación por unos minutos más, hasta que él se marchara.
El rostro de Rukia palideció como si hubiera visto a un fantasma, sus ojos se abrieron como platos y su labio inferior comenzó a temblar. Intentó recobrar la compostura, pero le era imposible. De todos los lugares en el mundo, él tenía que estar precisamente ahí.
Una verdadera putada.
—¿Rukia… estás bien? —preguntó el peli-naranja preocupado, parecía que ella se desmayaría en cualquier instante.
—Estoy bien —sentenció, esbozando una gran sonrisa.
Se veía a kilómetros que esto mentira… o al menos para el par de hombres que se encontraban frente suyo y que le conocían tan bien.
—Creo que debería irme —comentó Kaien, mirando fijamente a la pelinegra. Ella lo ignoró olímpicamente— Fue un placer verlos —luego salió prácticamente huyendo. No entendía porque había ido hacia Rukia: su esposa, Miyako, se encontraba a unos cuantos metros de él y conocía perfectamente la historia que tuvo con aquella pequeña mujer. No sabía a ciencia cierta si ella aceptara hablar con él y sobre todo… el hecho de que se hubiera besado con su primo.
—Necesito tomar aire —se limitó a decir Ichigo, una vez solos.
—Espera… —musitó Rukia— yo también necesito aire.
Recorrieron la recepción en silencio.
Isshin le guiñó un ojo a su hijo, cuando le vio pasar con Rukia. Empezaba a enorgullecerse de él. Claro, había tardado veinticinco años para dar su primer beso, cuando muchos los hacían desde los diez o doce años (incluso antes), pero al parecer iba por más. Le rogó a todas las entidades divinas que esa noche su hijo llegara hasta la «Cuarta base». Solo así podría considerarse un padre realizado.
Caminaron un buen rato, siguiendo la trayectoria del canal. Pararon a unos treinta metros del puente principal de la ciudad. Ichigo tomó un par de piedras y comenzó a lanzarlas al agua. Ella le observaba, buscando el valor suficiente para tratar el tema que le estaba torturando desde el primer segundo que vio a Kaien. Necesitaba mucho valor, demasiado, quizá. No podía seguir sin sacar eso de su pecho.
Aunque significara cortar de tajo toda su relación.
Vacilante, se acercó a él.
—Tengo que contarte algo, pero —guardó una pausa— antes quiero que me digas porque me besaste.
Lanzó la última piedra de su mano.
—Yo… no lo sé —musitó Ichigo, apretando los puños. Odiaba toda esa maraña de pensamientos en su mente. Repudiaba sentirse así, tan confundido e idiota. Si eso era «Enamorarse», no quería saber nada de ello— Lo hice para complacer a mi viejo —soltó neutral, luego de pensar durante un minuto. Fue la primera razón lógica que encontró, sin que le comprometiera.
Rukia se sintió muy decepcionada. Ella esperaba… ¿Qué, qué esperaba? ¿Qué le dijera que la amaba y qué no podía vivir sin ella? ¿Qué estaba perdidamente enamorado? Esas cosas solo pasaban en películas, novelas o libros. La triste realidad era que ellos solo eran compañeros de piso, el amor no cabía entre ellos. Es más, quizá el amor ni siquiera existía y solo estaba aferrada a encontrarlo, provocándole alucinaciones de amores inexistentes y penas innecesarias.
—Está bien, pero no lo vuelvas a hacer —respondió fríamente, casi olvidando la razón por la cual le había acompañado.
Le estaba devolviendo el golpe.
—No te preocupes, prometo que jamás volverá a pasar —enunció dolido. El orgullo era una carga muy pesada, más de lo que él había creído— Aquí estoy, ¿qué es lo que me quieres contar?
—¿Q-qué es Kaien tuyo? —preguntó Rukia con inseguridad. Sus manos comenzaron a temblar tenuemente y sintió que una fina capa de sudor frío le cubría toda la espalda. Según la respuesta que él le diera, toda su relación se derivaría de ahí.
Ichigo abrió los ojos sorprendido, no entendía que papel podría representar Kaien.
—Esto… es mi primo… ¿Conoces a Kaien?
Todas las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar una a una.
Ahora entendía la incipiente atracción que sentía hacia Ichigo… Él era una especie de copia de Kaien, a excepción del color del cabello y sus ojos. Sus formas de ser eran completamente distintas, pero físicamente guardaban cierto parecido. Desde el inicio, su subconsciente le traicionó y no eligió a Ichigo nada más porque sí. Ella tuvo la confianza de pedirle que vivieran juntos porque vio en él, el reflejo de su antiguo amor. Nada había sido predestinado, tan sólo era una cruel coincidencia.
Entonces ¿Todo el afecto que sentía por Ichigo… no era de verdad?
—Nunca se termina de conocer a una persona —empezó, buscando las palabras correctas que emplearía— pero creo que sí. Viví casi diez años de mi vida con él… —luego soltó un largo suspiro.
El rostro de Ichigo permaneció inmutable y ciertamente, distante.
—Ah… —atinó a decir— ¿Con él… viniste a Karakura? —inquirió el peli-naranja con dificultad, como si esas simples palabras le quemaran la garganta. Luego le lanzó una mirada de súplica. Deseaba que no fuera cierto, un simple malentendido. Podía olvidar su pasado, por más duro que fuese, pero le resultaría imposible si Kaien era el hombre.
La morena asintió con poca convicción.
Por fin confiaba en una mujer y resultaba que era la ex de su primo… pero no cualquier primo, sino de Kaien, alias Don perfecto. Por supuesto que lo quería, sin embargo, siempre había existido cierta competencia entre ellos. Le hubiera perdonado si fuera con cualquier otro… el que fuera, pero no era así.
—Creo que fue una imprudencia mía traerte —murmuró con gesto grave.
—Un poco —convino la ojiazul, en voz baja.
Afonía.
—¿Sabías qué se casó hace dos meses? —preguntó Ichigo, terminando con el silencio incómodo que yacía en el ambiente. Sí, a él lo habían invitado, pero no asistió por flojera.
—Como olvidarlo… —comentó la pelinegra, con la mirada perdida en el cielo nocturno.
—¿Eso era lo que me querías decir? Por mí está bien… —explicó con una expresión más relajada y se dio la media vuelta, con toda la intención de regresar con su familia.
—Espera —exclamó, tomándole por el brazo— Necesito contártelo… Contar toda la historia según mi versión —él la observó extrañado y ella no pudo sostenerle la mirada.
Sus ojos miel eran tan penetrantes.
—No me importa —aclaró, haciéndola a un lado delicadamente— no tengo una relación muy cercana a él —dio un par de pasos, pero Rukia afianzó el agarre en su cuerpo.
—De todas maneras —insistió— Somos amigos ¿no?
Amigos… amigos… esa jodida palabra.
—Pues… sí.
—Entonces déjame hablar… por favor —le pidió, sin huir a sus ojos.
Tuvo el impulso de salir corriendo, pero lo ignoró. Él la quería… sin importar nada más. Sin su pasado, presente o futuro, solo ella. Quizá ni siquiera necesitaba esa explicación… Seguía confiando.
—Está bien —aceptó finalmente— pero quiero volver a la fiesta —después soltó un gruñido.
—No tardaré mucho —mencionó con una pequeña sonrisa. Soltó delicadamente el brazo del peli-naranja y le importó un carajo si su vestido se ensuciaría si se sentaba a la orilla de aquel canal.
Él la imitó.
—¿Entonces? —le animó Ichigo, aflojándose la corbata. A esas alturas del partido, sentía que terminaría estrangulado por tantas tensiones.
La morena emitió un ligero suspiro.
—Conocí a Kaien cuando tenía quince años —empezó con el relato— Él estaba en último año y por casualidades de la vida, terminó siendo mi tutor. Yo no era muy buena en el instituto… pero en matemáticas era pésima —soltó una risita, recordando todos los regaños y castigos que su hermano le impuso por sus notas tan bajas—. Al principio nuestra relación solo era académica, pero poco a poco comenzamos a ser amigos y…
—Y se enamoraron —finalizó el peli-naranja.
—Sí —afirmó con melancolía— El día de su graduación, Kaien se me declaró. Para esos entonces, yo estaba más que enamorada y acepté rápidamente. A pesar de que ya no estábamos en la misma escuela, todos los días nos veíamos en un parque cerca del instituto. Todo iba de maravilla… hasta que mi hermano se enteró de nuestro noviazgo —su rostro se ensombreció lentamente.
—No sé porque —le interrumpió el ojimiel, rascando su cabeza— pero tengo la impresión de que tu hermano es muy estricto. Apuesto lo que sea a que se opuso a su relación.
—Exactamente, eso fue lo que sucedió —reconoció Rukia, admirando la intuición de su compañero— Amo a mi hermano, pero en esa época era una chiquilla malcriada y en vez de hablar civilizadamente con él, lo odié con todas mis fuerzas y terminé fugándome con Kaien a los dieciséis.
—Qué fuerte… —murmuró sin ninguna pizca de sarcasmo o ironía. Simplemente, estaba muy impresionado. Rukia, a simple vista, parecía muy tímida e inocente. No se la imaginaba, aún más pequeña, fugándose con el cabrón de Kaien por la ventana. Esa imagen le provocó casi echarse a reír, pero la reprimió. No quería que ella lo malinterpretara como una falta de respeto.
—Mi hermano tenía el poder suficiente para separarnos —reanudó la historia— Así que huimos a Karakura, para quedarnos en casa de sus hermanos.
—Kuukaku y el idiota de Ganju —recordó Ichigo con una sonrisa. Eran agradables, aunque Ganju a veces se comportara como un estúpido y le hiciera enfadar. Rememoraba las visitas a esa casa con especial afecto. Cuando era niño, su madre lo llevaba y la llenaba de preguntas acerca de las enormes chimeneas que se alzaban a lo lejos.
—Fueron muy amables conmigo —recalcó la ojiazul, afablemente— Aunque ahora me odien, pero mientras Kaien y yo fuimos pareja, jamás recibí un mal trato. Él dejó la universidad y me sentí muy culpable. Por ello, regresé con mi hermano para que él pudiera estudiar. Fingí que tan sólo fue una locura y me aceptó de nuevo. Duramos tres años separados.
—Pero ahí no acaba la historia —alegó Ichigo, un poco hastiado. En vez de historia, esto parecía una de esas novelas que su viejo y Yuzu amaban ver por las noches.
—No. Kaien era un estudiante muy prodigioso y se ganó una beca. Yo, mientras, esperaba a cumplir la mayoría de edad (1) para no depender más de la voluntad de mi hermano y terminar el Instituto. Kaien trabajó mucho para ganar el dinero suficiente para mi pasaje. El verano de mis veinte, nos marchamos a Francia.
Sí, lo recordaba perfectamente. Cuando Ichigo le comunicó a su padre que había dejado la universidad, Isshin le recalcó que su primo había conseguido una beca para estudiar en Francia mientras él era un bueno para nada. Esa comparación no le cayó para nada bien. Quizá, hasta lo odió un poco y aumentó su decisión para no regresar a Karakura.
—¿Y cuándo fue que rompieron? —le preguntó con genuina curiosidad.
Esto comenzaba a ser interesante.
—Exactamente, no lo sé —confesó, encogiéndose de hombros. Muchas veces ella se había preguntado lo mismo— Cuando Kaien terminó sus estudios, nuestra relación aún seguía bien. Supongo que las cosas empezaron a deteriorarse cuando regresamos a Japón… No sé si lo sepas, pero él no cree… —hizo una pausa— Perdón, él no creía en el matrimonio —en su voz abundaba la amargura— Muchas veces le insistí que nos casáramos, pero no logré convencerlo. Después llegaron las pelas sin fin. Y luego de nueve años, decidimos que cada quien fuera por su lado.
—¿A qué te sentiste como una mierda, cuando te enteraste que se había casado? —inquirió Ichigo, intentando ponerse en sus zapatos.
—Peor que una mierda… —susurró, apenas audible— Durante un mes solo pensé ¿Qué tuvo ella para convencerlo? Yo le entregué todo de mí, pero creo que no fue suficiente —su voz se quebró— Ella logró en un año, lo que yo no pude en nueve. Rompí con Kaien el año pasado y aún no he tenido el valor para visitar a mi hermano.
Escuchó un par de sollozos por parte de Rukia y sintió unas increíbles ganas de abrazarla… pero no lo hizo.
—Deberías ir —rompió el silencio Ichigo, tratando de hacerla sentir mejor— quizá está muy preocupado por ti. No pasará de un regaño o una bofetada. Ninguna persona es eterna… Puede que mañana alguno de los dos ya no esté y se arrepentirán el resto de sus vidas por no arreglar las cosas. Y respecto a Kaien… Bien, no creo en el amor, pero tal vez él no era el indicado para ti o tú no eras la indicada para él. No te obsesiones con ello —luego se removió incómodo. Era extraño dar consejos, cuando su vida era todo un desastre.
Ella lo observó cariñosamente y cesaron sus sollozos.
—Gracias por escuchar, Ichigo.
No podía asignarle un significado cósmico a un hecho terrenal… pero de haberlo podido hacer, conocer a Ichigo sería uno de ellos. Encontrarlo había sido una coincidencia, macabra, pero hermosa. Quizá jamás serían pareja, pero su amistad sería fuerte y cojonuda.
Eran más que amigos, pero menos que amantes.
Él se levantó, medio tambaleante y le ayudó a ponerse de pie.
—Esto… una última cosa, Rukia.
—¿Sí?
Sus miradas se conectaron en un fino canal. De nuevo, esa descarga de electricidad le recorrió desde la cabeza hasta sus pies. Sus hermosos ojos índigos refulgieron bajo la luna. Ese hubiera sido un momento perfecto para explicarle todas las sensaciones que ella le provocaba y la naciente necesidad de estar a su lado.
—No sé cuál es tu nombre completo —comentó, a pesar de sus protestas internas. Su corazón latió enojado por su terquedad.
—Kuchiki —musitó lentamente— Rukia Kuchiki.
Ya no tenía caso seguir ocultado su identidad. Él era de su confianza, de su total y ciega confianza.
—No jodas… ¿En serio? —inquirió, claramente boquiabierto. Rukia era una verdadera caja de sorpresas— ¿Kuchiki, de los Kuchiki? —repitió, para confirmar que no fuera un error.
—No creo que existan otros Kuchiki —farfulló irritada.
—Joder, eso quiere decir que tienes una buena pasta.
Los Kuchiki eran de la crema y nata de la sociedad. Una familia noble, de mucho respeto. Uno de los grandes pilares de toda la industria en Japón, al cual debían su despliegue económico en los tiempos difíciles. Aunque quizá estaban en decadencia, todavía encabezaban de vez en cuando ciertos titulares en el periódico, radio y la televisión. Por eso conocía la existencia de esta familia, pero jamás se hubiera imaginado que su escuálida y pequeña compañera de piso perteneciera a un imperio de tal magnitud.
—La tenía… Lo más probable es que ya esté desheredada.
—Razones sobran, pero no creo que tu hermano lo haya hecho… Si no fuera porque eres un ogro en miniatura, te enamoraría y me aseguraría de que nos casáramos por bienes mancomunados. Te haría la vida tan miserable hasta el punto de obligarte a divorciarnos y así obtendría una rebanada del gran pastel de la Corporación Kuchiki —expresó divertido.
—¿Q-qué? ¡Claro que no! Jamás me casaría contigo —expresó ofendida, con los brazos cruzados— Primero, me quedo solterona por el resto de mi vida.
—Pues no falta mucho…
—Cabrón —murmuró enojada.
Regresaron a la fiesta y ésta terminó sin ninguna novedad. Cuando se acomodaron en la mesa, nadie se atrevió a preguntar acerca de lo ocurrido después del brindis y su escape por una hora. No, no bailaron, pero bebieron y rieron con los amigos de Ichigo hasta que se cansaron. Rukia no recordaba otro momento en el cual se hubiera sentido tan feliz como esa noche. Kaien continuó en la boda, pero dejó de importarle. A sorpresa de los presentes, Karin atrapó el ramo de flores e Isshin se soltó llorando, sabiendo el significado de éste: pronto se quedaría solo y los nietos todavía tardarían en llegar.
La recepción fue vaciándose poco a poco.
Cerca del arco de salida, se encontraba el camarógrafo. Cuando divisó al hombre de singular cabellera, caminó hacia su dirección. El video estaba casi completo, únicamente necesitaba unas palabras de felicitación por parte de los parientes más cercanos de los novios. Ya había visitado a todos, solo faltaba el hermano de la novia.
—¿M-mensaje de felicitación? —balbuceó Ichigo, por tercera vez. Su lengua se trababa constantemente y su coordinación estaba hecha una mierda.
—Sí, un mensaje —afirmó pacientemente el camarógrafo.
Él se zampó otra copa de vino.
—N-no q-quiero —expresó infantilmente, luego el hipo le hizo presa.
—Ichi, no seas malo con él —le ordenó Rukia, con el tono meloso de que tanto odiaba Ichigo.
—Lo hago, pero s-si dejas de hablar así —convino, con el ceño fruncido— ¡Me patea los cojones!
Ella asintió complacida y el camarógrafo preparó su cámara, antes de que se arrepintiera.
—Yuzu, mi p-pequeña Yuzu —recitó amorosamente— No importa lo que suceda, tú siempre serás mi hermana y te querré por siempre —su rostro estaba muy congestionado por el alcohol— Tú. Si, tú —indicó, señalando al lente de la cámara— E-espero que la cuides y respetes por el resto de tus días. Si llegas a tocarle un solo cabello o hacerla infeliz, t-tendré que cortarte la yugular… No es broma —aclaró, con una expresión desafiante.
—Idiota, ese no es un buen mensaje —cuchicheó la pelinegra, codeándole.
—¿Es m-mi hermana o tu hermana? —inquirió Ichigo. Rukia negó con la cabeza, con una gota de sudor— Como decía, eres muy afortunado porque ella t-te eligió entre millones de personas en el mundo y serías muy estúpido si no la supieras valorar. Si no fuera por ello, estaría rompiéndote el cuello en este preciso m-momento por arrebatárnosla…
—¡Se acabó! —Le interrumpió Rukia, poniéndose de pie— Eres un tarado… —después se dirigió a la entrada de la recepción, con pasos rápidos y tambaleantes.
— ¡Hey tú, puta! —gritó Ichigo, haciéndole señales para que regresara, pero le ignoró— Y como todos saben, ella es mi testaruda y entrometida compañera de piso —explicó a la cámara— Las mujeres son complicadas… por eso, ten mucha paciencia con Yuzu y ámala sobre todo cuando peleen. Rukia y yo tenemos casi tres meses viviendo juntos y créeme, peleas sobran, hasta por el mínimo detalle. No sé gran cosa acerca de la vida entre parejas, pero sí un poco acerca de la convivencia con una mujer… La única diferencia entre ustedes y nosotros, es que ustedes pueden arreglar sus problemas con un beso o caricia y nosotros no. Antes no comprendía porque las personas se echaban ellos mismos la soga al cuello casándose, si al final terminarían odiándose o divorciados, pero cuando veo a esa jodida chica —señaló hacia donde Rukia se encontraba—, lo sé. Ella cambió mi mundo… y dentro de nueve meses, es probable que todo lo que nos une ahora se pierda —guardó silencio— Tú fuiste inteligente y no dejaste que Yuzu se fuera de tu vida. Por eso, tienes mi respeto… Cuñado. Mierda, esto es extraño.
—¡Esto es por decirme puta! —gritó Rukia, pateándole por detrás.
Fin de la grabación.
La locura temporal de Karakura había terminado. Durante el viaje en el tren de regreso, ambos acordaron silenciosamente que enterrarían ese fin de semana y que jamás volverían hablar de él. Aunque era claro que ninguno de los dos lo olvidaría, pero al menos fingirían que sí. Cuando entraron al departamento, sintieron que regresaban a su hogar.
Los sábados eran los días libres de Rukia.
Luego de una pesada semana de trabajo, el sábado le quedaba como anillo al dedo.
Se despertó hasta las once de la mañana y permaneció en cama otra hora. Cuando por fin sació sus ganas de descansar, se levantó para darse una ducha y salir un rato ¿A dónde? No importaba. Le gustaba caminar y caminar sin un rumbo fijo, mirar los escaparates y entrar a las tiendas departamentales. Además, con su paga y la parte que se ahorraba del alquiler, podía costearse algún lujillo. Ichigo sabía que el sábado ella se libraba de cualquier actividad domestica y debía hacer sus propios alimentos. La morena no se explicaba porque él siempre se mostraba tan tranquilo. Si ella tuviera que pagar la mensualidad completa, estaría con la cabeza a punto de estallarle. Como fuera, ese no era su asunto. Mientras pagara, no le interesaba si vendía drogas o fungía como padrote.
Corrió las cortinas de la habitación para que la luz pudiera entrar y se dirigió al baño. Como medida de seguridad, cerró la puerta con el pestillo. Aunque Ichigo jamás hubiera intentado propasarse o siquiera andar de mirón, ya era algo mecánico. Encendió la radio, abrió las llaves de la regadera y comenzó a desnudarse.
Rukia tenía la mala costumbre de cantar mientras se bañaba. Ichigo tapó sus oídos y adquirió una expresión malhumorada, prefería trabajar. Lamentable, o afortunadamente, ese día no había nada que hacer y se regresó temprano de la agencia. Ella pensaba que su voz era angelical… pero sus cantos parecían los gritos de agonía de alguna pobre criatura. Cada vez que ella se duchaba, tenía que irse a la sala. Era el lugar donde menos se oían sus aullidos.
Se echó en el sillón, esperando que la tortura acabara.
La morena entonaba y bailaba orgullosa la canción Save The One Save The All de T.M. Revolution (2), el tono era tan jodidamente pegajoso. La regadera era el lugar donde sentía más la música e igualmente, ahí nadie le veía y podía moverse sin inhibiciones. De repente, empezó a escuchar que alguien llamada en la puerta, así que apagó la radio y se quitó los residuos de jabón que le quedaban por el cuerpo.
—Ichigo, abre la puerta —ordenó desde el interior del baño.
—No me jodas —gritó Ichigo, tapándose el rostro con un almohadón.
—Abre la puerta, puede ser alguien importante —insistió exasperada, a la vez que se colocaba la toalla sobre el cuerpo.
—A mí nadie me visita —explicó Ichigo con flojera— y aunque me visitaran, no me importaría —luego se volteó hacia la pared— Si te interesa, ábrela tú.
Ichigo era un idiota ¿Cómo demonios pretendía que iría a atender la puerta estando únicamente envuelta en una toalla? Lo conocía tan bien, que sabía que no habría fuerza lo suficientemente grande en el universo como para moverlo del sofá. Soltando chispas, sujetó bien su toalla y envolvió su cabello en una especie de turbante con otra. Si hubiera alistado previamente la ropa, no tendría que andar pasando por esos ultrajes. La zanahoria teñida ni siquiera se tomó la molestia de verla cuando se dirigió hacia la entrada.
Cuando abrió la puerta, se encontró con…
—¿Renji? —inquirió Ichigo asustado detrás de ella. El pelirrojo parecía estar profundamente sorprendido y quizá, un poco enojado— Yo puedo explicarlo todo… Sé que se ve raro, pero todo tiene una explicación.
Rukia se quedó totalmente congelada y deseó frenéticamente que la tierra la tragara.
—No es necesario… —murmuró en un hilo de voz. Luego le dirigió una lastimera mirada al ojimiel y éste se removió incómodo. Ichigo apenas iba abrir la boca para hablar de nuevo, pero no le dio la oportunidad de escucharlo. Velozmente, se giró y se marchó hacia las escaleras.
—¿No piensas hacer algo? —le preguntó Rukia desesperada.
—¿Q-qué puedo hacer? —comentó Ichigo en trance mientras le observaba.
Electricidad.
Sí, esa era la palabra indicada. Electricidad. Una chispa recorrió todo su cuerpo. Era la primera vez que lo sentía, al menos de esa manera. Por supuesto que estaba vivo y era un hombre, todas las mañanas siempre despertaba primero que él, pero en esa ocasión no era una reacción natural.
Era provocada.
Provocada por una piel cremosa, expuesta. Tan cerca, pero a la vez, tan lejos de sentirla. Por primera vez en su vida, comprendió el verdadero significado de la palabra deseo.
Se asustó y mucho.
Primero había sentido la imperiosa necesidad de besarla… luego de tocarla y ¿Después que vendría? Era una fuerza interna tan fuerte, que tenía miedo de no poder controlarse y cometer una locura. Para él, pasaron siglos y siglos hasta que Rukia volvió a hablar, aunque realmente solo habían transcurrido unos segundos. Agradeció a todas las entidades divinas que ella no se diera cuenta de su estado.
—¡Síguelo y aclara las cosas! —exclamó la pelinegra fuera de sí. Posteriormente, lo empujo hacia el exterior con sus pequeñas, pero poderosas, manos y cerró la puerta.
La amargura apagó todo el deseo dentro de su cuerpo. Al parecer, Rukia le preocupaba mucho lo que Renji pudiera pensar de ella. Su arrebato no podía ser únicamente por una amistad.
Le interesaba, de la manera en la cual ella le empezaba interesar a él.
Apretó sus puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Revolvió sus cabellos con frenesí como si de esta manera pudiera ahuyentar todos sus sentimientos. Era mucho más sencillo cuando no le gustaba nadie…
Buscó en el bolsillo trasero de sus vaqueros su teléfono celular y llamó a Renji. La contestadora automática se hizo cargo de la llamada. Intentó de nuevo, pero corrió con la misma suerte. En la tercera, decidió dejarle un mensaje de voz: «Sé que estás ahí, hijo de la gran puta. Si no quieres contestarme, es tu problema, pero debes de saber que ella tan sólo es mi compañera de piso. Creo que le gustas… Devuélveme la llamada».
Suspiró y se sentó en las escaleras para pensar.
Notas:
(1) La mayoría de edad en Japón es a los veinte años.
(2) Es la canción que fue elegida como el tema principal de la cuarta película de Bleach.
