Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

*Editado: Domingo, 22 de diciembre, 2013.


-Compañeros de piso-

Capítulo IX:

Pingüinos en la cama

¿Qué tenía Renji, que no tuviera él?

Esa fue la pregunta central en su serie de razonamientos.

Renji no estaba mal. Bien, él no podía dar una opinión exacta acerca de ello (no comprendía los puntos clave en los cuales las mujeres se fijaban, además de que no era gay y los hombres le importaban una reverenda mierda), pero hacía esta afirmación considerando su condición física. En ese aspecto, él tampoco se sentía tan tirado a la calle (no por nada, la vecina del edificio de Ishida lo acosaba).

Ichigo 1 – Renji 1.

Económicamente hablando, quizá el pelirrojo era ligeramente superior; era dueño de una pequeña tienda donde se encargaba de reparar computadoras o consolas de videojuegos.

Ichigo 1 – Renji 2.

Y ahora venía lo más importante, las relaciones sentimentales. Renji no era precisamente un Don Juan, pero salía regularmente con chicas. En todo el tiempo que llevaba frecuentándolo, le había conocido —al menos— cinco mujeres diferentes y todas con un considerable grado de belleza. Él… bien, nunca había tenido una cita y su primer beso fue con Rukia.

De follar, mejor ni hablemos.

Ichigo 1 – Renji 3. GAME OVER

Sí, ahora sabía que tenía Renji y él no: dinero y experiencia.

Quizá había atraído al pelirrojo con el pensamiento. En ese preciso instante, su móvil comenzó a timbrar y leyó su nombre en la pantalla. Esto confirmó la teoría de Ichigo: Renji era un chico muy blando. Solo bastaron treinta minutos para que él terminara con su estúpida escena de adolescente susceptible y le regresara la llamada.

—¿Ichigo? —inquirió el pelirrojo.

Cuando entró a su departamento, realmente sintió una patada en el estómago. Desde su encuentro, él deseó volver a verla… pero no de esa forma. Sintió que su corazón se rompió en mil pedazos mientras huía del edificio. Quizá era muy apresurado decirlo, pero estaba realmente enamorado de ella. Era como una especie de amor de primera vista, un flechazo inmediato. Vaya, el destino que les unió. El observar aquella imagen, le causó gran molestia. Le costó mucho ceder, pero era un hombre de honor; sabía reconocer sus errores.

—No, soy Lady Di —contestó con sorna.

Renji lanzó un suspiro, el sentido de humor de Ichigo era algo retorcido.

—Escuché tu mensaje —comentó Renji secamente— ¿Es cierto?

—¿Y por qué tendría que mentirte?

Suspiró.

Ser el bueno de la historia era muy difícil. Cualquier otro, dejaría a Renji con la creencia de que Rukia era su querida. Pero no, él tenía una conciencia. Una jodida conciencia que le torturaría ante el mínimo error.

—Respóndeme con toda la sinceridad del mundo ¿Ella te interesa?

Sí, mucho.

—No —murmuró Ichigo, pensando en ella.

Rukia le correspondía al estúpido de Renji: él no tenía cabida en esa absurda ecuación. Sí se quedaba a luchar, solo resultaría herido. Era mejor hacerse a un lado y conservar su amistad, al igual que la de Renji.

—Gracias, Ichigo —musitó agradecido.

Fin de la llamada.

No, ya no querría saber nada de Rukia.

Desde que mencionó a Kaien, él debió dejar el asunto por la paz. Después de todo, él era parte de su familia y su historia con Rukia era muy larga… pero ¿Qué fue lo que hizo?

No le importó.

Y de cierta forma, estaba justificado. Es decir, Kaien fue importante en su tiempo, pero hasta ahí. Ahora él estaba casado y ya no representaba ningún problema. Sin embargo, esto era distinto. Renji, aunque no tenía tanto tiempo siéndolo, era su amigo. Había pasado muchas cosas con él. Desde una simple borrachera, hasta su apoyo incondicional ante la ausencia de Ishida. Sí, tenía que reconocer que en ocasiones era un cabronazo con él: le debía algo de dinero y se le desaparecía por temporadas, pero —aunque no lo pareciera— sí le agradaba.

Era la primera vez que le veía tan entusiasmado con alguien… no podía hacerle esa putada. Mujeres, habían muchas; amigos, no.

Sin importar que esa mujer fuera Rukia.

Renji era sentimental y creía en el amor: necesitaba a alguien. Ichigo, en cambio, no creía en nada: podría seguir solo.

No tuvo ganas de regresar al departamento. Todavía tenía las llaves de Ishida y podía irse un rato a su departamento, pero tampoco deseó estar ahí. Sinceramente, no sentía ganas de nada, solo de desaparecer en el aire. Ya no tenía ninguna otra persona a quien recurrir… bien, quizás sí. Rápidamente, tomó su teléfono y empezó a recorrer a todos los contactos. Su lista no era larga, solo tenía los números más básicos (su familia y unos cuantos amigos), así que localizó el de su interés con facilidad. Vaciló un par de segundos para apretar aquel botón verde, pero lo hizo.

Bastaron solo dos timbres para respondieran a su llamado.

—¿Hola? —inquirió una suave voz femenina.

No, no sabía su número telefónico. Ella intentó sacárselo en un sinfín de ocasiones, pero él la persuadió un poco más. Sabía perfectamente que, una vez que fuera de su conocimiento, sería acosado por sus constantes llamadas y mensajes de texto.

Todavía tenía tiempo para arrepentirse y colgar, sin mayor novedad para su vida.

—Soy Ichigo —murmuró al fin.

La mujer de cabellos verdes esbozó una enorme sonrisa, él comenzaba a acercarse por su propia voluntad.

—¡Ichigo! —Exclamó con júbilo— ¿Cómo estás? Hoy te fuiste muy temprano.

—Bien… yo… ¿Tienes tiempo? —preguntó sin rodeos.

No. No tenía nada de tiempo… pero ¡Qué demonios! Ichigo Kurosaki no le marcaba todos los días para pedirle que se vieran. Era una oportunidad irrepetible, no podía dejar pasar algo así. Cancelaría todos sus planes laborales de esa tarde, en fin, solo eran pequeñeces que se podían resolver otro día (aunque Pesche la regañaría por su irresponsabilidad y demás adjetivos que solía utilizar molesto).

—Sí —afirmó Nell, cerrando el folder que sostenía en su regazo. Era la carpeta de trabajo de una chica que deseaba unirse a su agencia, pero que no le convencía del todo— ¿Quieres ir a mi casa?

Si al ojimiel le hubieran ofrecido ir al mismísimo infierno, hubiera aceptado de todas maneras.

—¿Dónde es?

—¿Quieres que pase por ti? —ofreció con la excesiva amabilidad que solo utilizaba con Ichigo. Luego arrepintió con creces, si él aceptaba, tendría que utilizar su automóvil y eso despertaría sospechas.

—No, yo puedo llegar solo.

Menos mal.

—Te mando mi dirección por SMS —comentó Nell aliviada— Tengo que irme… ¡Bye, Bye!

Antes de irse, observó la puerta y fijó su atención en el quince metálico.

Una vez concluido aquel contrato, le dejaría el departamento a Rukia y regresaría a Karakura.


Renji entró al mini-súper para comprar zumo de uva. No importaba lo complicada que pudiera estar una situación, su sabor siempre conseguía tranquilizarlo. Ese era un truco que utilizaba desde su tierna infancia. Al salir de la tienda, se dirigió al parque (a un par de manzanas). Después se acomodó en la banca más alejada de las personas y tomó lentamente su bebida. Como esperaba, no tardó mucho en relajarse. Encendió su móvil y finalmente encontró las llamadas perdidas de Ichigo. Fue entonces que escuchó su mensaje de voz y su perspectiva cambió radicalmente.

—Es… ¡Su compañera de piso! —gritó dichoso.

En cuanto colgó con Ichigo, se levantó de un solo brinco.

Necesitaba hablar con ella.

En su camino, se topó con una joven mujer que sostenía a un pequeño niño de cabellos negros y le dedicó una sonrisa. Del silencioso resentimiento a la cálida felicidad, sintió que el sol brillaba únicamente para él. No creía en las coincidencias. Por alguna misteriosa razón, ella había regresado a su vida y no dejaría que se fuera de ahí. Cruzó la calle sin fijarse y casi fue atropellado por un flamante convertible azul. El conductor empezó a insultarlo y él se disculpó con una sonrisa boba en su rostro. El sujeto del automóvil se quedó confundido, se suponía que el pelirrojo debía molestarse o al menos alegar que él había sido culpable, pero en cambio le dio unas palmaditas en la espalda y desapareció corriendo.

Nada podía acabar con su alegría.

Cuando por fin llegó a edificio, vaciló por unos minutos. Debió comprarle algún presente. Se giró indeciso, pero lo pensó mejor. Primero debía presentarse, luego ya vería qué hacer. Dio unos cuantos golpecillos a la puerta e inmediatamente se escucharon ruidos en el interior. Pasarían unos cuantos segundos, cuando por fin le vio, tan hermosa como le recordaba: llevaba sus cabellos negros recogidos en dos graciosas coletas y vestía una blusa blanca sin mangas con unos vaqueros sencillos. Su boca se abrió en forma de «O» y parecía sumamente confundida.

—Hola —le saludó tímidamente, mirando hacia el suelo.

¿Hola? ¿Un jodido "hola"? ¿No pudo decir algo mejor, luego de tanto esperar ese momento?

—Hola —repitió apenada. Abrió completamente la puerta e hizo un ademán para indicarle que podía pasar— Por favor, entra.

Sí, se sentía muy avergonzada con él ¿Y cómo no iba a estarlo? La había encontrado, cubierta únicamente con una toalla, en el departamento de su amigo soltero y el que se suponía vivía solo. Claro que podía malinterpretarse de muchas formas. En ese instante, comprendió que Ichigo había hablado con él, usando sabrá Dios que palabras, pero que cumplieron con su cometido.

El pelirrojo se adentró cohibido y tomó asiento en uno de los sillones, ella hizo lo mismo.

—Yo… —comenzó Rukia, tratando de explicarle su versión, pero Renji le interrumpió.

—Comprendo —se apuró a decir. La ojiazul abrió los ojos sorprendida— Todo está bien, olvidemos esto —expresó con una gran sonrisa, la morena correspondió su gesto— Me llamo Renji Abarai —extendió su mano— nos vimos hace un tiempo en el metro.

—Rukia —aclaró, estrechando su mano— y si lo recuerdo, Gracias… Renji.

Afonía.

¡Joder, invítala a salir!

—No sé si… —comenzó Renji, titubeante— tú quisieras… yo… salir…

—Sí —afirmó, dejándolo pasmado— ¿Por qué no? Sería divertido.


Tomó un taxi. Nunca usaba esa clase de transporte público (era costoso y poco práctico), pero en esa ocasión era lo más viable: desconocía la zona donde se encontraba la casa de Nell y sabía que se perdería con facilidad sin ayuda. En los casi ocho años que llevaba viviendo en esa ciudad, aún se extraviaba de vez en cuando. El conductor quiso entablar una amena conversación, pero él lo mando al carajo poniéndose los audífonos. Escondió su cabello naranja bajo la capucha de su sudadera. Su reproductor de música estaba descargado, sin embargo fingió lo contrario.

Era una manera educada de decirle que le importaba una mierda.

El auto se enfiló en innumerables avenidas y él se limitó a observar el resto de los vehículos por la ventana. El taxímetro cada vez marcaba una cantidad más grande y comenzaba a preocuparse. No traía casi dinero, porque Rukia le sacó sin darle tiempo de pensar que lo necesitaría. Solo llevaba el dinero que contenían sus bolsillos, su cartera se había quedado en la habitación.

Y ahí estaba perfectamente.

—¿Falta mucho? —inquirió malhumorado el ojimiel, quitándose un auricular. Tendría que pedirle dinero a Nell, si esto continuaba así.

El hombre de espeso mostacho, acomodó el retrovisor, bajó un poco a la radio y respondió:

—Unas cuantas calles más.

Con el corazón en la mano, el taxi por fin se detuvo enfrente de un enorme edificio —unos pocos kilómetros más y ya no hubiera completado el pasaje—. Le entregó el dinero a regañadientes y el hombre se puso nuevamente en marcha.

Y ahí estaban, comiendo helado, en la zona de juegos para niños del parque. Desde que bajaron por las escaleras, los silencios fueron prolongados e incómodos. Sin embargo, conforme avanzaron, las palabras empezaron a fluir por borbotones. Primero pasaron a un restaurante de comida china, no muy lejano. Renji descubrió velozmente que ella comía muy poco, así que tuvo que fingir que ya estaba satisfecho. La verdad es que a Rukia le apenaba que la viera comer y solo probó algunas cosas.

La morena quiso pagar la cuenta, pero él la detuvo inmediatamente.

—Yo invito, yo pago —explicó Renji con una sonrisa, tomando el recibo que contenía el total del consumo y un par de galletas de la suerte.

Rukia cruzó los brazos, no le gustaba ese tipo de arreglos.

—Yo invitaré la próxima —sentenció seriamente, con los brazos cruzados.

El pelirrojo celebró internamente.

¡Eso quería decir que si quería volver a salir con él!

Sacó unos billetes de su cartera y le entregó la galleta que le correspondía a su compañera.

—¿Qué decía la tuya? —inquirió con curiosidad el chico Abarai, una vez en el parque.

Ella mordió un pedazo de su barquillo y tomó un poco de su helado de fresa. Él la observaba con deleite, sus labios le suplicaban que la besara. Rukia no tenía la menor idea de lo que pasaba por la mente de Renji.

—Es secreto —musitó con una sonrisita.

«El matrimonio te deja molestar una persona especial para toda tu vida»

—¿Ni aunque te dijera la mía? —ella negó con la cabeza. Él adoptó una postura solemne y con aire aristocrático agregó—: «Algunas galletas de la fortuna no tienen fortuna»

—¡Tu galleta no puede decir eso! —Exclamó al borde del llanto por la risa— Yo quiero verla.

—Mmmm… —murmuró grave, con la vista fija en el pequeño pedazo de papel con letras rojas impresas— Eso no será posible. No, hasta que me muestres la tuya —Rukia se lo arrebató en un descuido— ¡Oye, eso no es justo!

—¡Sí es! —expresó divertida. Luego leyó vorazmente el mensaje— ¡Renji, eres el hombre con menos suerte que he conocido!

Los dos se soltaron riendo.


Él observaba sorprendido su departamento.

No era como el que tiene una persona normal. Ese era el departamento más ostentoso que en su vida hubiera visto. Estaba ubicado en la terraza de ese edificio, en lo más alto. Tuvo que revisar varias veces la dirección, para asegurarse que no se había equivocado.

—Pensé que jamás llegaría a verte por aquí —comentó emocionada Nell, una vez que Ichigo entró— me alegró mucho tu llamada. Siéntete como en tu casa.

El peli-naranja se sentó desconfiado en un uno de los sillones.

—¿Es tuyo?

La mujer de verdes cabellos mordió su labio inferior.

Jamás pensó en la incongruencia que resultaría traerlo a su hogar. Si lo negaba, entonces ¿Cuál sería su excusa? ¿Por qué una persona común viviría en un penthouse? Totalmente absurdo. Sin embargo, si lo confirmaba ¿Cómo sería lógico que ella tuviera el dinero suficiente sin revelarle su identidad? Debía pensar rápido, muy rápido.

—No —respondió con una de sus encantadoras sonrisas— Es de unos familiares que viven en el extranjero. Me lo prestaron para que yo lo cuidara en su ausencia.

Bien, no sonaba tan descabellado.

El ojimiel pareció convencido y no realizó más preguntas que le resultaran incómodas de responder.

Últimamente, tenía suerte para encontrar chicas con parientes de mucha pasta. Cualquier otro aprovecharía para ganar beneficios, pero a él le daba igual. El dinero era importante, pero no lo consideraba un factor decisivo a la hora de tratar con personas.

—¿Y a que debo el honor de tu visita? —inquirió Nell al ver su poca iniciativa.

Era una mujer flexible, no le asustaba el sexo casual. Sí él lo deseaba, no le importaba. Desde la primera vez que lo vio, ella deseó tener algo con aquel chico desadaptado de cabellos naranjas. Esa era su oportunidad para hacerlo realidad. Sobre todo que ahora lucía tan distinto, tan guapo. Sin embargo, los rumores eran ciertos: Ichigo era muy decoroso. En la agencia, le bastaba ver una chica en traje de baño para asustarse.

Ciertamente, su actitud le excitaba más.

—No sé —comentó secamente, jugando con sus manos— Estaba aburrido… —dijo esa última palabra en un fino hilo de voz, pues Nell empezó a quitarse la ropa— ¡¿Q-qué demonios haces?! —espetó escandalizado, desviando la mirada de su pecho desnudo y con el rostro ardiendo.

Ella se acercaba peligrosamente.

—Estabas aburrido, ¿no? —le susurró al oído, causando que él se estremeciera— Yo puedo entretenerte.


La presencia de Renji era muy agradable. Ignoraba cuanto tiempo llevaran ahí, pero se sentía muy cómoda con él. Charlaban como si fueran viejos amigos. Los juegos infantiles comenzaron a vaciarse poco a poco. Pronto llegaría la temida noche.

No quería que terminara esa paz que le embargaba en ese momento.

—Yo soy aburrida, pero apuesto que tú no —aseguró Rukia, moviendo los pies en el aire, ya que no alcanzaba a tocar el piso— Cuéntame un poco de ti.

—Si tú eres aburrida, creo que yo más —ella negó enérgicamente— Bien, tengo veintiséis años, soy Virgo y vivo con mi perro Zabimaru… ¿A qué te dormiste?

—Tienes razón, eres aburrido —convino la ojiazul, sorprendiendo al pelirrojo— Es broma. Me gustaría conocer a Zabimaru, siempre quise tener un perro.

—Cuando quieras —ofreció con una sonrisa.

—Gracias. Yo también tengo veintiséis, soy Capricornio y no vivo con ninguna mascota… Bueno sí, con Ichigo.

Como en numerosas ocasiones en ese tarde, rieron.

—Creo que es hora de irnos —sentenció Renji, cuando se calmaron— Mañana tenemos que trabajar y mi casa queda algo lejos de aquí. No puedo irme sin asegurarme que estés en tu departamento.

—No te preocupes, sé cuidarme bien.

—Y no lo dudo, pero… yo quiero acompañarte.

Afonía.

Caminaron lentamente de regreso, la noche cayó con rapidez. Acordaron verse el próximo sábado y se despidieron con un breve ademán. Rukia se quedó afuera del departamento, hasta que lo perdió de vista. Saludó al viejo casero que pasaba en el momento. Después cerró bien la puerta y se echó felizmente en el sillón, como acostumbraba Ichigo.

Ichigo…

Desde que le ordenó que arreglara las cosas con Renji, no había tenido ninguna noticia acerca de él. No se alarmó, pues todavía era temprano. Sacó la leche de la nevera y se sirvió un gran tazón de cereal. Era extraño cenar sin él… quizás el idiota aún no comía y… Negó con gesto exagerado. Él ya era bastante grandecito para cuidarse solo.

Encendió el televisor y sintonizó la novela estelar de esa hora (la cual el friki naranja jamás le dejaba ver, sin antes joderlo a palos).

Cada rincón que veía, se lo recordaba.

Terminó la novela e Ichigo brillaba por su ausencia. Ya pasaban de las diez de la noche y comenzaba a inquietarse. Aparte de su trabajo y de Renji, no conocía otra parte donde pudiera estar. Ese día también lo tuvo libre y Renji pasó todo el tiempo con ella, entonces ¿Dónde carajos se había metido? Preparó café y se rindió, esperándolo, a la cuarta taza. A la una de la mañana, lavó su rostro con agua fría. No debía estar en ese estado, era muy estúpido. Se vistió con su pijama, que consistía en un holgado camisón rosado y con el rostro de su personaje favorito, Chappy.

Reprimió todas sus ganas de marcarle.

Por fin, se recostó en su cama y comenzó a leer un libro. Terminó unas diez hojas, hasta que sus párpados sintieron la imperiosa necesidad de cerrarse. Necesitaba dormir, al menos un par de horas, antes de ir al trabajo y esperar otra semana para descansar. Ichigo podría irse a la mierda, si él lo deseaba, pero ella no. Dormitó unos cinco minutos, hasta que oyó unos pasos. Lanzó un suspiro aliviada.

Él estaba bien.

—¿D-dónde… estabas? —inquirió medio adormilada, en cuanto escuchó que la puerta de la habitación se abría.

Intentó no sonar tan desesperada.

—Por ahí —respondió escuetamente, quitándose los zapatos.

Rukia se incorporó.

—Sé que cada quien es libre de hacer lo que quiera, pero… creo que estaría bien avisar al otro cuando llegaremos tarde.

—Seguro —murmuró el ojimiel, acomodándose en su cama.

—Buenas noches, Ichigo —le deseó Rukia, como todos los días.

Era parte de la rutina.

—Igual —se limitó a decir, volteándose velozmente.

Rukia se aferró a sus sábanas, sintiéndose extrañamente vacía. Algo raro había sucedido entre los dos. Algo que no era capaz de explicar, pero sí sentir. Una especie de pared glaciar que les separaba y helaba su sangre.

Un frío que le calaba hasta en huesos.