Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
Notas de la autora: El título es una canción originalmente de Nacha Pop. Es obligatorio que la escuchen cuando llegue el momento del drama (ustedes sabrán cuando, confío en ustedes).
*Editado: Domingo, 26 de enero, 2014.
Capítulo XI:
Lucha de gigantes
«Creo en los fantasmas terribles de algún extraño lugar y en mis tonterías para hacer tu risa estallar»
Una vez que se marchó Renji, ella procedió a visitar la lavandería. No tenía ni un solo par de bragas limpias y el clima jamás estaba de su parte. Es decir, pedía un día fresco ¿Y qué obtenía? Un calor digno del infierno; deseaba uno cálido, le sorprendía una intensa nevada; requería uno soleado, recibía una torrencial lluvia…
Clima de mierda.
Tomó un paraguas y la cesta que contenía su ropa.
En el vestíbulo del edificio no había ni una sola alma. Quizás todos estarían metidos en sus departamentos, viendo televisión y disfrutando una bebida caliente… De tan sólo pensarlo, se le antojó una deliciosa taza de chocolate (en cuanto regresara a casa, se la prepararía con muchos malvaviscos encima). Aferró sus pequeñas manos al mango de su sombrilla, pues el viento quiso arrebatárselo. Sus botas para la lluvia —que había comprado en la tienda original del conejo Chappy— salpicaron en un par de charcos.
La lavandería quedaba a la vuelta de la esquina. Dentro, estaban dos personas: el encargado (detrás del mostrador y leyendo una de esas novelas eróticas con dibujos) y Hanatarō (enfrente de una de las secadoras y observando sus continuas vueltas).
Cerró su paraguas.
El empleado abandonó su interesante lectura y se concentró en la chica que acababa de entrar… ¡Era preciosa! Aunque (como hacía la mayoría de las mujeres) le ignoró y se limitó a comprarle un par de fichas.
Hanatarō volteó inmediatamente al escuchar la voz de Rukia y le saludó con un sencillo ademán:
—Rukia-san, ¡qué gusto verle por aquí!
—Igualmente —respondió con una sonrisa— ¿Ya casi? —inquirió la ojiazul, dirigiendo su mirada a la máquina que giraba con frenesí frente a ellos.
—Sí —afirmó con alivio el pelinegro—, ya es la última.
—Yo apenas comenzaré… Nos vemos luego —se despidió apenada, pero pronto cerrarían la lavandería y le quedaba muchas cosas por hacer.
—¡Hasta luego, Rukia-san!
Tardó una hora para terminar.
Tuvo que soportar durante todo ese tiempo al encargado (quien no paraba de desnudarle con la mirada y examinar la ropa interior que doblaba). Agradeció infinitamente cuando acomodó su última prenda y por fin pudo largarse. La lluvia pareció ceder un poco, pero aún seguía cayendo una fina capa en la ciudad. Esta vez se encontró con Nanao Ise en el vestíbulo, quien vivía en el tercer piso, en el departamento número ocho. Se desearon buenas noches y cada quien tomó su camino: Nanao salió con rapidez y Rukia empezó su odisea con las escaleras.
Abrió con torpeza la puerta y empezó a buscar a tientas el interruptor de la luz. Eso quería decir que Ichigo todavía no regresaba, pero ya no le extrañaba su ausencia. Seguramente, no regresaría hasta antes de las doce.
Aventó su cesta y corrió a encender el televisor.
Sentía una palpitante molestia en el rostro
Después de todo, no había resultado tan ileso.
Ese era el momento triste en el que debía reconocer que ya no tenía condición para las peleas. Es más, ni siquiera recordaba la última vez que lió a golpes con otra persona… Debió suceder muchísimo antes de la pelea con Renji en la tienda de cedés (ni siquiera contaba esa, pues los guardias de seguridad les habían separado casi al instante y ninguno de los dos tuvo tiempo para hacerle daño al otro). Tal vez fue en el instituto. Sí, claro. No le sorprendería. En esos tiempos, él acostumbraba y adoraba meterse en muchos problemas.
Como fuese, ya tenía un poco más de sensatez y solo recurriría a la violencia en momentos especiales. O al menos eso creía.
—¿Qué demonios te pasó, Ichigo? —le preguntó Rukia alarmada, al ver la pinta que traía.
Eran las diez de la noche.
El ojimiel había entrado con sumo cuidado al departamento para no llamar su atención, pero no lo consiguió.
—Nada —explicó secamente, dirigiéndose a la cocina— Una pequeña pelea y ya.
—¿Una pequeña pelea y ya? —Repitió enfadada, siguiéndole— ¡Idiota! —Le espetó— ¡Nunca se sabe cuando puedan traer navajas o cosas por el estilo!
—Es mi problema.
Punto para él.
—Bueno, sí… —musitó sin convicción, observándole como bebía leche directamente del cartón— ¡P-pe-pero me importa una reverenda mierda! —Explotó de repente, cerrando la nevera con brusquedad— Eso no ayuda en nada para que deje de preocuparme…
El peli-naranja le miró sorprendido por unos instantes.
—Pues no lo hagas —expresó secamente, moviendo su brazo para meter de nuevo la leche.
—No lo haré —le respondió con frialdad, empujándole y perdiéndose en el pasillo.
Ichigo se quedó ahí, inmóvil y muy confundido.
¿Rukia se preocupaba por él?
De repente, todo su apetito desapareció. Se limitó en ir al cuarto del baño para lavarse los dientes y reemplazar su ropa con su pijama. Cuando finalmente entró a la habitación, ella ya estaba acostada y supuestamente dormida. Extrañaba cuando aún se deseaban mutuamente una buena noche. Las buenas noches habían quedado atrás. Se metió entre sus sábanas y observó el cielo sin estrellas, por un rato.
Parecía que la estúpida lluvia jamás terminaría.
oOo
—Ichigo… —musitó lentamente, arrastrando cada letra y causando que su nombre sonara jodidamente sensual. Sintió su cálido aliento en el cuello— Ichigo, hazme tuya —le pidió entre besos, acariciando aquella zona prohibida. Su cuerpo despertó rápidamente. Con gran habilidad, quitó ese molesto sujetador con el rostro del estúpido conejo de mierda, que hasta en esos momentos le arruinaba la vida— Ichigo… Ichigo…
—¡Ichigo! Con un carajo, ¡apaga esa llama! —exclamó Rukia, devolviéndole al mundo real.
—¿Eh? —balbuceó confundido. En ese instante, notó que el sartén donde cocinaba un par de hot-cakes estaba cubierto por un espeso humo negro. Los hot-cakes ya habían pasado a mejor vida, una mejor vida carbonizada. Todo el departamento olía a quemado— ¡Mierda! —vociferó aventando el recipiente y girando la perilla de la estufa.
Rukia corrió a abrir todas las ventanas para que el humo desapareciera.
—¿En qué mierda estabas pensando? Idiota —inquirió Rukia, una vez limpiado todo el desastre. Ichigo empezó a toser y a removerse incómodo— ¿Y ahora piensas ahogarte? —se preguntó a sí misma, muy asustada. Luego comenzó una frenética carrera para buscar algún vaso en las alacenas y servirle agua (así lograría que le pasara el espasmo). No fue necesario. Él levantó los brazos y poco a poco fue regresando a la normalidad— Hazte el favor de volver a la cama, antes de que enciendas toda la ciudad o te mates.
El peli-naranja soltó un pequeño gruñido.
—Qué graciosa.
Afonía.
—Parece que venderemos la nevera —comentó casualmente la morena.
—¿Por qué? —preguntó Ichigo cansinamente, esperando otro reclamo.
—Míralo con tus propios ojos —abrió la puerta de la nevera, que se encontraba prácticamente vacía (a excepción de un par de huevos). No hacían las compras en forma desde su visita a Karakura y solo traían comida pre-calentada del mini-súper o simplemente comían en otros lugares. Era imposible seguir así— No hay nada.
—Mmmm.
—Y menos habrá algo, si piensas seguir quemando nuestra escasa comida.
—¿Por qué no simplemente dices que vayamos de compras, sin todo el show? —renegó, cruzando los brazos. Realmente odiaba cuando Rukia se ponía en ese plan.
—Es divertido fastidiarte —canturreó alegremente Rukia.
—Jodida enana… —masculló irritado.
—¿Qué carajos dijiste?
—Nada, que debemos comprar manzanas.
Rukia entraba a las doce a su trabajo y él podía llegar más tarde, por lo que tenían tiempo —aunque no lo tuvieran, era urgente— y fueron al supermercado. El día era deprimente y como de costumbre, casi no hablaron en el camino. No había personas en el establecimiento. Ichigo decidió que ya estaba harto de las discusiones, así que no intervino y dejó que Rukia eligiera todo. Dividieron los gastos a la mitad. Afortunadamente, había recibido su paga el viernes y podía costeárselo. Su viejo le habría dado una buena tunda, si viera que su "tercera hija" también cargaba bolsas. No veía a Rukia como una chica débil, más bien lo hacía como a un igual y no creía que fuera necesario ayudarla.
A una manzana del edificio, pasaron por una casa antigua que tenía muchos objetos en el exterior y una cartulina de llamativo color anunciaba que todo estaba en venta.
—¡Mira, una venta de garaje! —Exclamó la pelinegra emocionada, como si él estuviera ciego— ¿Vamos a echar un vistazo?
—Llegaremos tarde —explicó con el ceño fruncido, pero Rukia le ignoró y empezó a recorrer toda la propiedad, sin importar todo el peso que llevaba en sus manos. Pudo dejarle ahí, pero un montón de libros llamó su atención y la curiosidad no le permitió marcharse. Como en toda venta de garaje, había basura y cosas interesantes en la misma proporción. Muchos ejemplares tenían moho, pero algunos parecían en buenas condiciones. Comenzó a leer distraídamente un par de reseñas, mientras que la ojiazul examinaba un cochecito de juguete sin ruedas.
De pronto, encontró el libro perfecto y lo compró a escondidas de Rukia.
Al final de cuentas, no halló nada que mereciese la pena e Ichigo disfrutó echarle en cara que tenía razón. El casero barría con parsimonia la acera del edificio y le saludaron con una reverencia. Sus brazos le torturaban. Sintió un gran alivio cuando por fin llegaron al departamento y dejó todo sobre la barra de la cocina. Ichigo era un puto desconsiderado. Acomodaron los alimentos recién adquiridos y ella se marchó primero, porque llevaba media hora de retraso.
Ichigo no llegó tarde esa noche.
—Soy un jodido Florentino Ariza cualquiera —se lamentó, mientras cerraba su ejemplar de Amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Solo había pasado un día y ya estaba a la mitad de sus páginas. Eran igual de lamentables (aunque él no tenía un pelo de poeta y —todavía— no se acostaba con seiscientas y tantas mujeres). Rukia era la orgullosa Fermina Daza y Renji, el galante Doctor Juvenal Urbino. No tenía pensado esperar cincuenta y tres años, siete meses y once días por Rukia. Así que, debía cambiar la historia y olvidarla simplemente. Ahora tenía más motivos.
En ese momento, llegó la reina de Roma.
—¿Puedo preguntarle algo sobre Renji? —inquirió Rukia, recostándose en su propia cama.
—No —respondió, escondiendo el libro.
No quería que supiera que leía esa clase de libros.
—¿Por qué Renji nunca habla de su familia? —Preguntó, como si le hubiera dado permiso— Siempre me cuenta sobre Zabimaru, pero jamás toca ese tema. En ocasiones he querido preguntarle, pero tengo miedo de meter la pata.
—Pensé que ya lo sabías —renegó, poniéndose de pie.
—¿Qué? —cuestionó impaciente.
—Has hecho bien en no preguntarle —explicó rudimentariamente, dirigiéndose a la puerta— Renji es huérfano.
—¿De verdad?
—Sí —afirmó, sosteniéndose en el marco de la entrada— No tiene ningún pariente y jamás ha intentado buscarlos. El tío tuvo una infancia muy difícil entre orfanatos y la calle.
En alguna borrachera, Renji se lo había contado y sintió mucha pena por él. Pena, no lástima. Podían parecer palabras iguales, pero para Ichigo eran completamente distintas: pena, se refería a que le dolía que él hubiera pasado por todo aquello y le respetaba. Lástima la utilizaba cuando una persona era lamentable y no se consideraba merecedor de nada.
Sentía lástima por sí mismo.
—No puedo creerlo.
—¿Por qué?
—Pues no sé —contestó Rukia, encogiéndose de hombros— él siempre es tan optimista. Uno jamás podría imaginarse por todo lo que ha pasado.
—Nadie puede saber por lo que han pasado los demás.
—Sí… —susurró tristemente Rukia, cuando se quedó sola.
Matsumoto dormía plácidamente en el área de empleados. La hora muerta se había convertido en el día muerto. Ese viernes, los clientes brillaban por su ausencia y Ōmaeda estaba de un humor de perros. Orihime era afortunada al no estar metida en esa bomba de tiempo. Como fuese, Rukia estaba ayudando a Kira con los escasos trastes sucios y deseaba con fervor que ese día terminara. El sábado era lo mejor de la semana, pues podía hacer lo que quisiese. Kira era una persona agradable y siempre era capaz de crear una conversación amena, aunque muy superficial. Giraban en torno a cómo estaba el clima, el tráfico o alguna película recién estrenada.
De repente, Rangiku Matsumoto hizo aparición en la cocina.
—Rukia-chan, tu móvil me ha despertado —comentó con expresión adormilada y sosteniendo al pequeño aparato.
—Lo siento —expresó apenada y secándose las manos para tomar su teléfono.
—Intentaré volver a dormirme —soltó un largo bostezo y se perdió en su rincón favorito.
En efecto, la pantalla indicaba la existencia de un nuevo mensaje de texto. Rápidamente, eligió la opción «Abrir» y leyó las palabras que en el móvil se plasmaban:
¿Quieres conocer a Zabimaru mañana?
Esbozó una pequeña sonrisa y le respondió que estaría encantada.
Renji pasó por Rukia al mediodía.
Ichigo no estaba en el departamento (lo cual nunca dejaba de sorprenderle). Ignoraba donde pudiera meterse el peli-naranja, considerando sus grandes dotes para socializar con el resto de las personas. Quizá, ya habría conocido alguna chica muy paciente. Sí, eso podría ser. La mirada del ojimiel se mostraba distinta. Ichigo era distinto. Le alegraba que ya tuviera a alguien y… de esta forma, ya no se sentiría tan celoso. No sabía cómo explicarlo, pero cada vez que Rukia y él estaban juntos, los ojos de Ichigo se tornaban sombríos
¿Y si a él le… gustaba Rukia después de todo?
No quiso formularse esa pregunta.
Renji llegó puntualmente, como siempre. Llevaba una gabardina azul marino (no tan larga), vaqueros negros y unas botas del mismo color. Se veía muy guapo así. No duraron mucho en el departamento. Tomó su abrigo rosado y salieron al exterior. La temperatura cada vez era más baja, según el transcurso de los días. Viajaron en metro. Renji no tenía auto. Él le explicó que le daba miedo conducir y se sentía más cómodo en el transporte público. Fue un camino muy largo. La casa de Renji era pequeña, pero tenía un gran patio. Le asombró la pulcritud con la cual se mantenía aquel lugar. Ella, ni limpiando todos los días, podría imitar algo así. Se sintió muy apenada.
El pelirrojo le llamó a señas desde el exterior y ella salió velozmente para por fin conocer al famoso Zabimaru.
—¡Hola, muchacho! —exclamó cariñosamente Renji, doblando sus rodillas y abriendo sus brazos, esperando a que su mascota saltara hacia él. Sin embargo, el perro le pasó de largo y se echó encima de Rukia— Yo también te extrañé… —murmuró con una sonrisa, viendo como el canino lambía toda la cara de su compañera.
—Detente… detente —ordenó la ojiazul sin convicción y entre risas, dejándose consentir por la húmeda lengua de Zabimaru— ¡Hace cosquillas!
—Creo que le simpatizas.
Era un perro enorme. El perro más grande que en su vida hubiera visto. De pie, llegaba casi a su altura. Juguetearon un rato con él y finalmente entraron a la casa. Renji tenía preparado algo para comer. Sí, sabía muy bien. Mejor que su propia comida. Renji era todo un estuche de monerías. Su dignidad como mujer había sido pisoteada por un solo hombre.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Rukia, antes de darle un trago a su bebida.
—No lo sé —explicó Renji, encogiéndose de hombros— Conmigo tiene cinco años.
—¿No lo compraste?
—No, él solo llegó aquí. Cuando noté que venía a dormir a mi casa, le empecé a dejar agua y comida. Luego me encariñé con él y creo que él también se encariñó conmigo —soltó una risita— Después, se quedó de planta. Yo jamás cerraba la puerta del patio para que pudiera andar libremente. En una ocasión se fue y duró casi tres meses sin venir. Me deprimí, porque esa bola de pelos se había convertido en mi único compañero, pero regresó misteriosamente un día. Estaba muy flaco y tenía muchas heridas, pero regresó. Me empeñé a sanarlo y desde entonces estamos juntos.
Era un miércoles aburrido. Muy aburrido. Últimamente, todas las sesiones de fotografías se hacían en la agencia y ya no tenía ninguna excusa para estar afuera. Ahora ni siquiera podía divertirse con Nell. Según Pesche, había salido fuera por unos asuntos, pero no le explicó la gran cosa. Claro, no podía explicárselo. Mucho menos, cuando se trataba de una pasarela muy importante, en París. Como fuese, el inocente de Ichigo si le creyó. Casi era hora de salida, aunque podría dormirse en cualquier momento. Para su suerte, Dondochakka le pidió que fuera por un pedido a una cafetería cercana. Tenían visitas importantes y un llano café americano no era muy buena carta de presentación. Luego podría irse.
—¿Qué pasó? —musitó una chica pelirroja a otra rubia, seguramente eran nuevas. No recordaba sus rostros.
Él podía escuchar perfectamente, desde su posición.
—¡Pesche está como loco! Le han plantado.
—¿Quién?
—Ulquiorra Cifer—respondió con excitación.
—¿Ulquiorra? —Repitió atónita, como si de un dios se tratase— ¡Ulquiorra va a estar aquí!
—¿No me estás oyendo, idiota? —le reprendió, jalando un mechón de su cabello.
—Oye, ¡eso dolió! —se quejó, acariciando su cabeza.
—No me estás poniendo atención.
—Si lo hago.
—Ulquiorra no vendrá porque… —ahí perdió el interés de la conversación y se limitó a entrar al estudio. Debía cumplir el encargo de Dondochakka, sin importar que Pesche estuviera echando chispas por la cabeza o comiera la de otros.
—Pasa, chico —le ordenó Dondochakka.
Nadie podía entrar al estudio de fotografías, a menos que tuviera algún motivo. Era una habitación muy espaciosa y con un equipo muy variado. Pesche estaba sentado, con el rostro escondido entre las manos.
—No hay nadie disponible para sustituirlo —explicó escuetamente al fotógrafo, como si le tuviera miedo.
—¿Y qué demonios quieren que haga? —Inquirió el hombre de cabellos rosados y de gafas con montura blanca. Jamás le había visto, pues de haberlo hecho, no hubiera olvidado su exótica cabellera— La fecha de entrega está casi encima y esto se va a la mierda.
—Lo sé, lo sé —recitó como letanía— Si tan solo me dieras un día más para buscar…
—Soy un Dios en esto, pero no me jodas —le riñó inmediatamente— Hasta yo necesito mi tiempo para hacer mi trabajo. No me importa quien sea, pero trae a alguien decente en este preciso momento.
—No hay nadie.
—Estoy desesperado —comentó, en modo teatral— Si no fueras tan escuálido, hasta te aceptaría a ti o a Dondochakka, si no fuera tan gordo. Solo necesito un modelo, yo me encargaré del resto —explicó con soberbia. Es decir, él era Szayel Aporro Granz, podría hacer lo que fuera. Tan sólo necesitaba a un jodido hombre ¿Era mucho pedir? De pronto, un milagro ocurrió... Divisó a lo lejos a un chico de cabellos naranjas que salía de la habitación y supo que era lo que necesitaba— ¡Hey, tú! El naranjito —exclamó, señalándolo.
Ichigo regresó con el ceño fruncido.
—Se acabó mi día —explicó fríamente— Si quiere algo, debe traerlo usted mismo.
Szayel soltó una risa punzante que asustó todavía más a Pesche. Luego se acercó a al muchacho, invadiendo su espacio personal.
—Te gano por unos centímetros, pero sigues siendo alto —divagó Szayel, observándole con detalle— ¿Cuánto pesas? Apuesto que unos sesenta y cinco kilogramos, a lo mucho.
—Sesenta y cuatro —corrigió el ojimiel, confundido.
—Lo sabía —añadió con narcicismo— Quítate la playera.
—No —murmuró con decisión.
—Hazlo, porque de otra forma, mañana pasarás al mundo del desempleo —sentenció con prepotencia, dirigiéndole una amenazadora mirada. Parecía que Ichigo seguiría inflexible, hasta que de un momento a otro se deshizo de su camiseta— ¡Pesche, ya tenemos nuestro modelo! —Vociferó de repente y éste por fin pudo respirar con normalidad— Quizá hasta resulte mejor opción que Ulquiorra. No lo sé, pero creo que no tendré que retocar mucho.
Aquel sábado no salió con Renji, él tenía unos pendientes en su trabajo que no podían ser ignorados. Lo agradeció en cierta parte, pues no tenía muchas ganas de salir. Ichigo también se marchó temprano a su empleo, así que estaba completamente sola. Esa tarde la pasó muy apaciblemente, entre películas. Casi a las ocho de la noche, notó que su teléfono sonaba. Salió echa un rayo a la habitación y logró salvar la llamada en el último timbre.
Era Orihime, quien probablemente todavía estaría en el restaurante de Ōmaeda.
—¿Orihime? —Inquirió Rukia, ante su prolongado silencio— ¿Orihime, estás ahí? —repitió alarmada, pues del otro lado de la línea se comenzaron a escuchar finos sollozos— Por el amor de Dios… ¡Respóndeme, lo que sea, pero responde Orihime Inoue! —Exclamó desesperada ante sus lastimeros gemidos— Dime algo, por favor…
—S-Sora… —musitó con dificultad.
—¿Qué pasa con Sora?
—Sora… Sora… —balbuceó incesantemente.
—Orihime, escúchame muy bien —ordenó la ojiazul—: respira fuerte e intenta tranquilizarte un poco, que así no puedo entenderte.
Ella obedeció.
—Él… él… ha muerto.
Rukia se llevó una mano a la boca para reprimir un grito.
—¿Dónde… estás? —susurró, todavía en shock.
Regresó a casa a las nueve. La agencia tenía mucho trabajo por esos días y simplemente estaba fastidiado. No había ningún rastro de la presencia de Rukia, así que se echó en el sillón, en la forma en la cual no lo había mucho tiempo. Encendió la televisión, pero solo estaba el programa de mierda del chiflado de Don Kanonji. No tenía hambre, porque debido a la reciente obsesión de Dondochakka por la comida mexicana, fueron a un restaurante a comer tacos. Era un poco tarde para que Rukia no estuviera en el departamento. Por lo general, siempre regresaba temprano de sus salidas con Renji.
Observó el reloj, como si éste se equivocase.
A las doce de la noche, estaba completamente fuera de sí ¿Dónde putas se había metido Rukia? Trató distraerse leyendo, tocando la guitarra, acomodando su ropa, pero la desesperación llegó a un punto insostenible. Miró por milésima vez su móvil, pero lo aventó lejos de sí. No quería ser débil y llamarle.
Se levantó de la cama con parsimonia y se dirigió al baño, con el propósito de refrescarse la cara, pero se quedó clavado en el espejo.
Quizá en ese momento, Rukia se estaría entregando a Renji.
La cólera encendió su rostro. Sin pensar en las futuras consecuencias, golpeó el cristal que se localizaba en frente de sí. La parte del espejo que recibió el impacto de lleno, quedó hecha trizas, en forma de telaraña. No fue consciente del dolor en su mano, hasta que el característico olor metálico de la sangre se impregnó en el ambiente y observó que ésta emanaba de su reciente herida.
Sin embargo, no se comparaba, en absoluto, al que sentía su corazón.
De pronto, notó que tibias gotas resbalaban por sus mejillas ¿Acaso era sudor o… lágrimas? Se limpió bruscamente el rostro, con la parte interna del antebrazo. No podía estar así. No podía, porque… los hombres no lloraban. Un nuevo estado de frenesí invadió su cuerpo. Ya no descargó su ira contra aquel maltrecho cristal. Empezó a dar puñetazos arbitrariamente a la pared, lastimándose todavía más. La vista se le nubló completamente por las lágrimas. No supo cuanto tiempo duró así, aunque para él fueron siglos. El fuego de la furia se apagó, dejando dolorosas cenizas de decepción. Las mujeres eran capaces de bendecir a los hombres, llevándolos directamente al cielo; de la misma manera, condenarlos y mandarlos al infierno. El silencio le pareció insoportable. Cada rincón le gritaba que era su culpa, que su cobardía había dejado que Rukia terminara en los brazos de Renji.
Salió del baño tambaleándose, embriagado por la melancolía. En su playera, había rastros de ese líquido rojizo, única muestra tangible de la agonía de su corazón. Regresó a su habitación, donde comprobó abrumado que su fragancia flotaba en el aire. Tomó aquel peluche que ella tanto protegía y se aferró a él, cuidando no ensuciarlo.
—Ella te quiere más a ti… ¿cierto? —Inquirió en un murmuro— ¿Qué debo hacer? Tú la conoces… dímelo —guardó pausa, como si aquella figura inanimada pudiera responderle— ¡Dímelo! —vociferó, pero los sollozos cortaron de tajo su voz.
De pronto, escuchó que alguien entraba al departamento. Corrigiendo, Rukia entró, pues solamente ella tenía otro juego de llaves. Los pasos pertenecían a un andar muy pesado, demasiado para ser el de ella, pero no sintió las fuerzas para moverse. Más bien, no tenía fuerzas para nada. Ni siquiera se molestó en cubrir todo su desastre o al menos, dejar el conejo en su lugar. La única luz provenía de la luna, bañando toda la habitación de un fino azul. Rukia tardó demasiado para llegar. Cuando vio su aspecto, tuvo que abrir bien los ojos. Parecía demacrada (en realidad, él no tenía ningún derecho para decirlo. Su propia imagen era todavía más lamentable) y tan frágil, que olvidó todos los sentimientos que recientemente había experimentado. Dejó a Chappy sobre la cama y se puso de pie con dificultad. Rukia parecía no estar en este mundo, sus enormes ojos violetas le dedicaron una triste mirada, enfocándose en su mano herida.
—¿Estás bien? —preguntó Rukia, en un fino de hilo.
Él asintió, aunque ambos sabían que no lo estaba.
—¿Y tú? —respondió el ojimiel, suavizando su mirada. El rostro de Rukia carecía de expresiones, pero sus ojos le gritaban un millón. Ella libraba una intensa batalla sobre sí misma. Un ligero temblor se apoderó de su labio inferior y un sollozo se escapó de su garganta. Fue cuestión de segundos para que su llanto se desatara, inundando cada rincón de su ser.
A Ichigo le importó un carajo mantener las apariencias y lo hizo. La abrazó. La abrazó, intentando transmitirle todo el cariño que por ella sentía. Sus largos brazos se adaptaron a su figura perfectamente. Era como si el pequeño cuerpo de la morena hubiera sido creado a la medida del suyo.
Rukia dudó unos segundos, pero le correspondió.
Aunque no hubiera nada sexual de por medio, Ichigo sintió por primera vez que era hacer el amor.
Hacer el amor no se limita al mete-saca del acto sexual, incluye una alta gama de momentos, una caricia, un beso con ternura, un segundo especial con aquella persona que tu corazón eligió entre millones de seres en este enorme planeta.
En ese instante comprendió que, aunque quería mucho a Nell, quería aún más a Rukia.
—No me dejes sola esta noche, por favor… —le suplicó, aferrándose a su espalda.
Todas las lágrimas acumuladas, salieron por primera vez: lloró por su hermana Hisana, por todos los momentos que se perdieron y que no recuperarían. Lloró por su hermano Byakuya, por su relación rota desde un principio. Lloró por Kaien, por el amor de su vida o él que creyó que lo era. Lloró por Orihime, por el vacío que ella sentiría y que comprendía perfectamente. Lloró por Ichigo, por la historia de amor que jamás escribirían juntos. Pero en especial, lloró por sí misma, por todas las decisiones que tomó equivocadas y las promesas rotas.
Él no respondió nada, pero empezó se separó y en cambio, comenzó a pegar sus camas.
La barrera había caído.
Con una jodida inseguridad, Ichigo se recostó a lado de Rukia.
Ella también se sentía muy extraña al tenerlo tan cerca, pero esa sensación desapareció con rapidez. El calor que emanaba Ichigo le provocó sentirse protegida. Que sin importar lo que vinera, todo, absolutamente todo, estaría bien.
Se giró para encararlo.
El rostro de Ichigo tenía una expresión muy tierna. Sus ojos en ámbar parecían tranquilos, como nunca antes habían estado. La soledad seguía ahí, sin embargo, ahora tenían otros compañeros violáceos que los comprendía. Esa noche, solo eran un par de desdichados, pero ya no lo eran tanto porque por fin estaban juntos.
Rukia se aproximó todavía más a él, causando que pudiera percibir su aroma en el aire. Sus delgados brazos le rodearon de nuevo y hundió su cara en su pecho. Ese pequeño contacto bastó para sentirse querido, muy querido. Tanto, como cuando su madre aún vivía y él era un chiquillo que se acurrucaba en su regazo. Todas las dudas desaparecieron. Sí para conocer a Rukia, tuviera que pasar por todo lo malo de su vida de nuevo, lo haría sin pensarlo. Esa jodida enana era su destino, su complemento. La única que podía acelerar y detener su corazón, al mismo tiempo. La que lograba sentir el odio más frío, pero a la vez, el amor más puro y sincero. La que era capaz de inspirarle para construir un mejor futuro, pero que de la misma forma, podría destruirlo hasta dejarlo en ruinas.
Sus trémulas manos se perdieron en su cabello.
La mañana encontró a un par de chicos, dormidos y todavía unidos por ese significativo abrazo. Una débil luz traspasó las cortinas, comenzando a molestar a un impasible Ichigo Kurosaki. Había tenido un gran sueño. Sus ojos se abrieron perezosamente, cuando de pronto sintió el tibio cuerpo de Rukia y le confirmó que no había sido ningún sueño. Intentó no moverse, no quería despertarla y que todo acabara. Quería preservar ese instante en su memoria. Hasta se dio el lujo de besarle la frente. Ella se removió ligeramente, pero permaneció en el mundo de Morfeo. Sí, podría estallar una bomba atómica en la habitación y Rukia continuaría sumamente dormida. La contempló en silencio: se veía linda, sin importar su cabello desordenado y que aún llevara la misma ropa del día anterior. Pensó que daría lo que fuera para verle así todas las mañanas, pero…
Sabía que esa sería la primera y última vez que pasaría.
Cuando ella por fin despertó, le dedicó una pequeña sonrisa. Él correspondió al gesto. Ambos lucían fatal, en especial la maño de Ichigo y los hinchados ojos de Rukia. No fue hasta que sus miradas se conectaron en un sensible canal, que sintieron pena e inmediatamente se incorporaron. Fue una escena casi cómica. Ninguno de los dos se animaba a hablar. Comprendían que tendrían que escarbar muy profundamente dentro de sí y podrían salir muchas cosas al exterior que les comprometía.
Las palabras no eran necesarias.
—Me quedaré unos días con Orihime —por fin dijo Rukia, acabando con la afonía. El corazón de Ichigo sucumbió ante aquellas palabras. No debió hacer nada de lo que había hecho en la noche anterior, pues le había ahuyentado irremediablemente— Su hermano falleció… necesitará mucho apoyo.
Era un monstruo.
¿Cómo podía alegrarse por algo así?
Bueno, no se alegraba por esa muerte… sino por el simple hecho de que Rukia no le había traicionado. El amor sí que volvía a las personas egoístas... Conocía escuetamente a Orihime, pero si se imaginaba por un momento lo que sería sufrir una pérdida así… Realmente, algo atroz. No se imaginaba vivir su vida sin Karin o Yuzu, ellas eran un trozo de él y viceversa. Sangre que llama sangre. La hermandad, un lazo tan puro y profundo, que ni la muerte era capaz de romper.
—Yo… lo siento mucho —fue lo único que atinó a decir.
Rukia se dirigió al baño, pero se quedó muda ante lo que encontró dentro: el espejo estaba destrozado, con miles de astillas de cristal por el suelo y una de las paredes tenía rastros de sangre seca ¿Qué demonios había hecho Ichigo? Entonces comprendió porqué su mano estaba tan lastimada… Rápidamente, buscó el botiquín de primeros auxilios y fue a tratar de curarlo.
Afortunadamente, no tenía ninguna lesión seria. Era casi un milagro, considerando la intensidad de sus golpes. Noviembre era el mes de joder a su cuerpo. Si lograba sobrevivir a esos últimos tres días en una sola pieza, sería grandioso. Rukia llegó a la sala, cargada con aquella pequeña caja blanca llena de medicamentos y demás. Era demasiado ruda. Menos mal que no era enfermera… Por primera vez en su vida, no le soltó ningún reclamo, pregunta o sermón.
Ichigo no quiso acompañarle al funeral. Desconocía sus razones, pero no insistió. Si pudiera, ella tampoco iría. Los funerales en sí eran tristes, pero para ella eran el triple. Una especie de catarsis, que odiaba sentir. Sin embargo, ella amaba a Orihime y no podía dejarle sola en los peores momentos. Orihime no lo había hecho, ella tampoco lo haría. Fue un evento poco concurrido, entre escasos familiares —si no es que ninguno—, íntimos amigos y compañeros de trabajo de Sora Inoue. Orihime se portó muy valientemente, a pesar de todo. Su único consuelo era que la muerte de su hermano había sido muy rápida. Si esto era cierto, entonces no debió sufrir demasiado. Mientras Sora conducía de regreso a casa, un irresponsable conductor tomó el sentido contrario y terminó impactándose con su auto. La otra persona aún se debatía entre la vida y la muerte.
Los días en los cuales no estuvo Rukia, le sirvieron para reflexionar. Su mente y sus sentimientos estaban hechos una maraña. Nelliel regresó ese lunes y ella trató de besarlo a escondidas, pero no se lo permitió. El martes pudo conseguirlo, pero a Ichigo le resultaron insípidas sus caricias. Ella se alejó frustrada de él, ante la poca reacción de su cuerpo.
