Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
Notas de la autora:
¡Lo siento, lo siento! Casi actualicé en año nuevo. Lo que ustedes no saben, es que quería emparejarme en el mismo mes que transcurre la historia (?). Espero que no me odien, porque yo las amo y son todo para mí. Por fin les dejo el capítulo infernalmente largo que tantas ganas tenía de hacer.
Capítulo XII:
Mala suerte
¿Cuál era el motivo de su frustración? ¿Por qué se sentía tan desvalida cuando Ichigo le ignoraba? Algo había cambiado en él. Ese algo había echado a la basura todos esos meses de pequeños acercamientos. Porque ella no creyó en el amor a primera vista, hasta que lo encontró en aquel parque… ¿Por qué tenía que pasar, justo en el momento que empezaba a creer que él era el hombre con él que quería pasar el resto de su vida?
Ichigo tenía tantas cualidades, que ni siquiera sabía cuál era la que le gustaba más: era respetuoso, jamás había intentado propasarse o hacer cosas que ella no hubiera deseado; apasionado, era increíble la capacidad que él poseía para hacerla temblar ante la mínima caricia. Sabía donde tocar o que hacer, como si de un buen músico se tratara. Una especie de talento innato. Sin embargo, siempre conservaba ese aire de inocencia y pudor, que le enloquecía; era caballeroso, siempre la dejaba pasar primero o le abría las puertas, le daba su chaqueta si hacía frío y un montón de pequeños detalles, que confirmaban su buena imagen.
Claro que algún defecto debía de tener:
Ichigo no estaba enamorado de ella.
Suspiró.
La panorámica que le ofrecía la terraza era simplemente espectacular. La ciudad que nunca dormía estaba bajo sus pies, como nunca antes lo había estado. El viento comenzó a juguetear con sus cabellos verdes. Ese era su lugar favorito en el mundo y lo más parecido a un santuario personal. Jamás le había permitido a nadie subir hasta ahí, al igual que a su corazón… pero quizás esto último no era cierto. Una vez, alguien tuvo la osadía de meterse en él. Una vez, muchos años atrás, antes de conocer Ichigo Kurosaki.
Se abrazó a sí misma, el frío comenzaba a calarle.
En cuanto terminó la última clase, tomó sus cosas y salió a perderse entre las escaleras. Se escondió detrás de aquel edificio. Su cárcel de ladrillos. El causante de sus pesadillas, pero irónicamente, también el de sus sueños. Sus manos temblorosas buscaron dentro de su anticuado bolso y tras unos segundos, sacó un cigarrillo. Las lágrimas convulsionaban a su frágil pecho. Afortunadamente, traía un encendedor. Dio una profunda calada, como si los problemas pudieran ser absorbidos y luego expulsados. Sabía que no debía hacerlo, pero era la única forma en que conseguía relajarse por un segundo de aquel mundo.
De pronto, sintió que alguien le arrebataba su cigarrillo.
—¿Cuántas veces tendré que decirte que no uses estas mierdas? —Inquirió irritado, aplastando el cigarrillo con su bota— No llores… te ves fea —le ordenó con tosquedad, al advertir su estado. Se sintió muy apenada. Nadie le había visto llorar (ni siquiera sus hermanos). Se limpió las lágrimas torpemente— ¿Te han molestado? —le preguntó con el cejo fruncido, aunque ambos conocían perfectamente la respuesta. Ella asintió— Ignóralas —expresó con su penetrante voz y mirándola directamente a los ojos, como si desnudara su alma— solo están celosas.
—¿C-celosas? —balbuceó confundida.
¿Celosas? No había nada envidiable en sí.
Tan sólo era una pobre niña huérfana, descubierta por un sujeto importante y que le pagaba aquella escuela por caridad. Todas sus compañeras eran hermosas y tenían una buena posición económica. Mientras que ellas se regocijaban con lo último de la moda, ella tenía que resignarse a la ropa de segunda mano. Era presa de sus constantes burlas, sumándole el hecho de ser la más ignorante en el grupo. Nadie la quería (a excepción de unos cuantos profesores). Su único amigo era él, Grimmjow, un chico muy especial. Estaba en la escuela de actuación del último piso y por mera casualidad, empezaron a hablarse. Él siempre era el tema de conversación de sus compañeras. Y con justa razón, era muy guapo. Lejos de lo que se pudiera pensar, se sentía muy a gusto con él. Antes le intimidaba su presencia, pero con el trato supo que tenían bastantes cosas en común y su retorcido sentido de humor le divertía. Además, él siempre le contaba sus secretos, cosa que jamás pudo entender porqué, conociendo su naturaleza reservada.
—Tú eres mejor —se explicó Grimmjow, encogiéndose de hombros.
Nunca se había fijado en alguien menor.
De hecho, las niñas le aburrían. A él le gustaban las mujeres, mujeres hechas y derechas —incluso en su lista de conquistas habían un par casadas—, pero esa jodida chiquilla le atraía hasta los tuétanos. Sus pechos ni siquiera terminaban de desarrollarse, pero sus nacientes formas bastaban, y hasta sobraban, para robarle un par de fantasías nocturnas, cada vez más frecuentes. Le daba miedo imaginársela cuando su belleza estuviera en pleno apogeo. Por primera vez, no le aburría escuchar lloriqueos o intentar decir algo bueno que no fuera dirigido para sí mismo. Sin embargo, su expresión felina regresó velozmente. Tampoco iba a bajar la guardia por una cría como ella.
—¿Te acompaño a tu casa?
Pernilla, así se llamaba su chica en turno, una diosa sueca recién importada. Su japonés era una mierda, pero su inglés era entendible (aunque para lo que estaban haciendo, no se necesitaban muchas palabras). Una vez consumado el acto, no se tomó la molestia de quedarse a dormir con ella. La noche era joven y no pensaba desperdiciarla únicamente con una mujer. Pernilla le miró con ojos tristes y le dedicó un par de frases en su idioma natal, totalmente incomprensibles para él.
—¿Nos veremos pronto? —preguntó esperanzada, cubriendo su desnudez con una sábana.
—No —respondió y luego soltó una risa burlona. Una vez que conseguía lo que quería, ya no fingía ser el caballero andante que todas las mujeres buscaban y se mostraba tal cual era. La muy idiota empezó a llorar y corrió al interior de la habitación, dando un portazo. Caminó sin mirar atrás. Él no cedía ante los artificios que las mujeres usaban para mostrarse vulnerables y causar lástima.
Decidió tomar una copa en el bar de la planta baja, sin importarle futuras consecuencias.
No tardó mucho para cautivar a dos turistas estadounidenses. Ambas le reconocían por un montón de anuncios de ropa, aparatos electrónicos y perfumes. Viajaron a Japón para celebrar su cumpleaños número veintiuno, según le contaron. Eran amigas desde preescolar y decidieron emprender juntas una travesía por tierras niponas, sin ninguna autoridad familiar. Una era hija de un hombre muy importante en la industria petrolera; la otra, de un famoso abogado con el despacho jurídico más grande de su ciudad. Por lo tanto, no sufrían ningún tipo de limitación económica. Quizás no eran tan atractivas, en su habitual estándar —ejemplo, no le llegaban ni a los talones a Pernilla—, pero cada una tenía lo suyo y le agradaba la actitud extrovertida que tenían la mayoría de las mujeres occidentales. En ese momento, Kathy, le propuso que fuera a su habitación y que jugaran también con su mejor amiga, Corrine.
De repente, el pasado asaltó a su mente alcoholizada en aquel bar.
Podría follarse a medio planeta, pero ninguna sería como ella.
La ausencia de Rukia no le afectaba en absoluto. Al contrario, tener el departamento únicamente para él era grandioso: beber leche directamente del cartón, no tener que bajar la tapa del baño, dormir en ropa interior —hasta desnudo, si se le antojaba—, no ver las estúpidas telenovelas de quinta ni sus mangas románticos regados por el suelo, pero en especial comer lo que quisiera, a la hora que quisiera sin tener que recibir un regaño, era el paraíso.
Nadie la extrañaba.
Nadie sabía que ella tenía ocho días, doce horas y unos cuantos minutos sin ir a casa.
Dondochakka estaba muy deprimido porque había terminado con su novia ¡Era todo un suceso en la agencia! Podría resultar raro, pero él era el alma de la fiesta. Sin su habitual alegría, todo parecía muerto en el ambiente. Ni siquiera probó su primera taza de café. Pesche y Dondochakka eran como una especie de unidad, por lo que el mal humor también estaba contagiado en Pesche. Nell parecía encerrada en su propio mundo, así que no se percató de la epidemia.
Ichigo pensó durante todo el día en alguna manera para alegrar un poco a Dondochakka y llegó a la conclusión de que las penas con pan eran buenas.
—Hey, Dondochakka —le nombró el peli-naranja a la salida— ¿Quieres ir por unos tacos?
Dondochakka tardó tiempo para comprender sus palabras, pero aparentemente no le importaron.
—¿A quién demonios le gustan esas mierdas? —murmuró bajito, dejando a un Ichigo totalmente perplejo. No se tomó la molestia de cerrar la puerta y tan sólo se marchó, perdiéndose entre las abandonadas calles de la ciudad.
—¿Eh? —inquirió el ojimiel confundido con la escena que acababa de contemplar.
El mundo estaba al revés: apenas unos días atrás, Dondochakka amaba la comida mexicana y no concebía al universo sin esos manjares dignos de los dioses aztecas. La agencia no conocía la variedad ni la democracia, él siempre acaparaba el teléfono y ordenaba lo que mejor le parecía. Si Ichigo le hubiera invitado a comer en otro momento, él no hubiera dudado y saltaría de la emoción. Ahora, consideraba la comida mexicana una porquería.
En definitiva, algo marchaba mal en el orden cósmico.
Era el quinto día de diciembre.
El frio, aunque era congelante, todavía no llegaba a su punto más bajo. Vestía una sencilla chaqueta de mezclilla y una bufanda gris (que le había regalado Karin para navidad, varios años atrás). Por un minuto, tuvo la idea de seguirlo a para saber que llegaría a salvo a casa y que no se perdería en ningún bar de mala muerte, pero lo meditó mejor. Él debía tener tiempo a solas.
Compró comida en un puesto callejero y abordó el metro.
El cerdo de Omaeda insistía en que Orihime debía regresar a trabajar. Luego de una larga llamada por el móvil, logró convencerle que ampliara su plazo de descanso y sin quitarle el sueldo. Este gesto no era desinteresado: la ojiazul tendría que cubrir el turno de su amiga, recibir la mitad de su paga y no tener día libre, por un mes.
—Lo siento, Kuchiki-chan —murmuró apenada, cuando ésta explicó el trato— ¡Mañana iré! No es justo para ti…
—En primer lugar, no soy Kuchiki-chan. Soy Rukia —le dedicó una pequeña sonrisa— En segundo, debes descansar un poco más.
—P-pero… —protestó inmediatamente.
—Nada.
Hanatarō le saludó en el primer piso y lo invitó a jugar póker con otros chicos del edificio. El ojimiel le agradeció su oferta, pero la rechazó. Le desagradaban las apuestas. El chico de cabellos azabaches quería seguir conversando, pero Ichigo no. Pasaba el tiempo y su Yakitori (1) estaría más que frío cuando llegara a casa. De alguna forma —todas, menos una educada— se deshizo de él y se dirigió a su propio departamento.
Fue ahí donde contempló algo totalmente inesperado: la luz estaba encendida.
Rukia había regresado.
Luego de que lograra ver mejoría en Orihime y que ella le prometiera que se cuidaría, decidió que ya era hora de volver a casa. Ichigo probablemente estaría en el trabajo o de putas, o en ambas. No era adivina para saberlo. Aprovechó el tiempo para ordenar todo del cuchitril que él había hecho del departamento. Sentir el olor de la horrible loción que en ocasiones utilizaba Ichigo fue una verdadera revelación. Era increíble como en apenas un par de meses, ya extrañaba a ese cabrón y a sus gillipolleces.
La puerta se abrió.
—Hola, puta —le saludó Ichigo con media sonrisa.
—Hola, idiota.
Hogar, dulce hogar.
Se jodieron mutuamente durante la cena y de nuevo, se desearon una buena noche a la hora de dormir. El orden cósmico había regresado a su cauce normal.
Martes, 13 de diciembre.
Mientras pasaban por una vieja casa (el lugar donde estuvo el bazar un mes atrás) Rukia notó algo que no cuadraba en su rutina visual: una sucia caja, que tenía un par de agujeros. Ichigo, empecinado en sus pensamientos, ni siquiera volteó hacia la propiedad. Él era tan distraído, que hasta podría comparársele con un caballo con esas jodidas cosas que le hacían ver únicamente para el frente.
—Ichigo —le llamó asustada, tirando bruscamente su brazo derecho— esa caja se mueve.
El ojimiel volteó hacia abajo —claro, ella era tan pequeña… enana… que era la única forma en que podía verla— y comprobó que en la cara de Rukia se dibujaba una mueca de horror.
Decidió seguirle el juego.
—No jodas.
—Ichigo, es en serio —reiteró, todavía más alarmada— Esa caja se está moviendo.
—Lo sé… veo putas voladoras y conejos maricones —expresó burlón, cubriéndose el rostro. Seguro que Rukia no tardaría en golpearlo. Lejos de sus predicciones, solo sintió como ella aferraba sus pequeñas manos a la manga izquierda de su suéter— ¿Me devuelves mi brazo? —inquirió irritado, tratando de soltar el agarre que le impedía seguir caminando. De pronto, el gusano de la curiosidad hizo de las suyas y dirigió su mirada al objeto de preocupación de su compañera y comprobó que, en efecto, ésta se agitaba constantemente— ¡Mierda! Es verdad.
Ambos clavaron su vista.
—¿Qué crees que sea?
—No lo sé —murmuró pensativo para luego perder todo el interés— que importa, vámonos.
¿Acaso Ichigo vivía en una burbuja? Quizá tenía miedo, pero no podía irse sin averiguar de qué iba todo el asunto. Dio un par pasitos inseguros, causando gracia a los demás transeúntes. Ichigo solo fingió que la desconocía, pero a final de cuentas, también quería saber que había dentro de la caja. En la cabeza de Rukia había un montón de hipótesis acerca del contenido… ¿Y si era una reliquia? ¿Un novedoso aparato del futuro? ¿Una bomba? ¿Una cabeza humana…? Todas las películas, libros y mangas de suspenso que se había devorado al paso de sus años, no le estaban siendo de mucha ayuda para sus nervios.
Tras dudar unos segundos, por fin abrió la fuente del misterio.
—¡Es un perro! —exclamó con una combinación de alegría y alivio.
—Tanto escándalo por un jodido perro —murmuró Ichigo entre dientes. Si llegaba otra vez tarde, Pesche le descontaría un día paga. Empezó a andar de nuevo, pero Rukia parecía plantada en el asfalto.
—¡No podemos dejarlo aquí! Es un cachorro.
—No te metas en asuntos ajenos. Sus dueños podrían volver.
—¿Y si no lo hacen? —Preguntó afligida— Ichigo, no quiero dejarlo ahí.
—No quiero un saco de pulgas en casa —aclaró, cruzándose de brazos.
¡No, no y no!
No permitiría que Rukia lo engatusara (con la debida disculpa al cachorro) con sus palabras y su asquerosa cara bonita. Una mascota demandaba grandes responsabilidades, cuidados y cariño. Casi, como un hijo. Rukia y él apenas podían cuidarse a sí mismos… mucho menos podrían hacerse cargo de otro ser vivo, con cuatro adorables patas. Una mascota no era ninguna clase de juguete, al cual se le pueda desechar en el momento que a uno se le antoje.
—Al menos hasta que encontremos a su dueño o a otra persona que lo quiera… —le suplicó, mostrándole al gracioso cachorrito. La muy puta, le dio a cargar el perro. Sus ojitos negros brillaron y su pequeña lengua rosada empezó a lamber vorazmente sus dedos. Al principio sentía que su pequeño cuerpo le quemaría, pero cuando se acurrucó en su pecho, sintió que podría vomitar por tanta ternura. Tampoco podía negar que él era bon…
Mierda.
—Bah, está bien —accedió finalmente— pero tú limpiarás sus mierdas.
Rukia ignoró la condición y le arrebató al cachorro de sus manos.
—¿Cómo te llamaré, pequeñín? —el aludido solo se dedicó a mordisquear su bufanda. Ella le observó durante un par de minutos. Era tan mono: su pelaje era de un hermoso color miel y sus patitas eran color blanco. Si era tan lindo, merecía un gran nombre. Pensó, pensó y pensó, pero sus neuronas se negaban a realizar su tarea. El rostro de Rukia reflejaba el alto grado de concentración que estaba utilizando— ¡Chappy! —gritó excitada, asustando al perro, a la gente y a Ichigo.
—¿Qué clase de persona le pone ese estúpido nombre?
—¡No es estúpido! —Le espetó irritada— Él único estúpido aquí eres tú, ¿verdad Chappy? —el animal le ignoró y escondió su cabeza en el hueco que se formaba entre su brazo y el codo.
—Jaque mate —comentó Ichigo triunfante— Él no quiere un nombre tan feo.
—¿Ah, sí? Ilústrame con tu sabiduría.
Jamás había tenido una mascota, así que no sabía que nombre podría tener un perro.
Yuzu era alérgica a cualquier animal doméstico y a pesar de que ella adoraba a los animales, tuvieron que abstenerse de tener mascotas en el hogar. Una vez, cuando él tenía siete años y las gemelas cuatro, encontraron a un pequeño gatito abandonado en un terreno baldío. No tuvieron que rogarle mucho a su viejo para que él aceptara quedarse con el felino. Desgraciadamente, Yuzu empezó a sentirse muy mal e Isshin descubrió que lo causaba el nuevo integrante.
Fue muy doloroso para los cuatro tener que obsequiárselo a otra familia.
—Esto… —murmuró pensativo— pues podría llamarse Firulais, Solovino, Saco de pulgas, Campeón, Rukia…
Ella tardó un poco para captar la indirecta.
—¡Cabrón! —iba asestarle un puñetazo, pero Ichigo se agachó y esquivó el golpe.
—Espera, creo que ya tiene nombre —en la caja había una palabra, pero no creía que ese fuera el nombre del cachorro. Era demasiado estúpido, incluso más que el Chappy de Rukia— ¿Kon…? —Leyó en voz alta y el perro empezó a ladrar con alegría— Tenía razón, su nombre es Kon. Lo siento, Rukia, ya no puedes joder más al saco de pulgas.
—¿Te llamas Kon? —le preguntó incrédula.
El perro, como si comprendiera sus palabras, movió la cola.
—Para mí será Chappy —susurró molesta, entonces dio la media vuelta y regresó al edificio. Ichigo no tuvo más remedio que seguirla, su sentido común era una mierda. Temía que dejara al pobre perro en una bolsa de plástico o cosas por el estilo. Quizás no quería a Kon, pero tampoco permitiría que lo maltratara— Kon, bienvenido a casa —expresó Rukia con júbilo, en cuanto cerraron la puerta del departamento. Dejó al cachorro en el suelo y éste se mostró muy tímido.
Ichigo hizo una mueca de desaprobación y la corrigió inmediatamente: ese departamento no sería su casa, tan sólo era una especie de albergue temporal hasta que encontraran a alguien que quisiera quedárselo. Y él esperaba que fuera pronto. Así, el perro no se encariñaría con ellos y ellos no se encariñarían con el perro. Aunque viendo la cara de la enana, sabía que ya era demasiado tarde; ella parecía más que enamorada de ese pequeño saco de pulgas y él parecía profesarle un amor todavía más grande. Ambos tenían que ir a trabajar, así que se limitaron a darle un poco de leche tibia y dejar hojas de periódico por todos lados.
Ese primer día se portó bien.
En cualquier lugar donde le dejaban, permanecía ahí y sin hacer ningún ladrido. Rukia consiguió una nueva caja de cartón en su trabajo e Ichigo se pasó por una veterinaria para saber qué tipo de alimentos serían los adecuados para un cachorro de su edad. Ahí descubrió que apenas habían pasado unas cuantas horas con el pobre perro y ya habían cometido el primer error: el tazón de leche.
¿Por qué?
Porque los perros eran intolerantes a la lactosa.
Los animales suelen carecer de la enzima que se requiere para disolver el azúcar de la leche y esto les causa vómitos, diarrea y otros síntomas gastrointestinales.
Podrían darle leche, pero únicamente deslactosada.
Sintió tanta pena por el animal, que le compró una pequeña pelota roja para que pudiera entretenerse durante todo el tiempo que pudiera estar solo. Cuando regresó a casa, encontró dormida a Rukia en el sillón y el perro totalmente inmóvil a sus pies. La muy desgraciada le había dejado todo el trabajo sucio. Con guantes de plástico —y a punto del vomito— tuvo que recoger todos los periódicos con gracias de perro. Era increíble como un cachorrito tan lindo, podía hacer cosas tan feas.
Bajó con el casero para pedirle periódico y éste le entregó un par del montón que guardaba en un pequeño cuarto, debajo de las escaleras. También pasó al mini-súper por la dichosa leche deslatosada. Dejó a Rukia en el sillón y él se pasó a su cama, estaba exhausto. La noche transcurría tranquilamente hasta que…
—¡Ichigo! —le llamó Rukia espantada— Kon no deja de llorar.
Sí, de hecho ya lo sabía.
Es decir, como ignorar los desgarradores llantos de un cachorro. Era una pesadilla. Varios vecinos del piso de abajo ya habían ido a tocar y a preguntar si todo marchaba bien. En otras palabras, habían subido para reclamar sutilmente que hicieran que el perro dejara de llorar de una puñetera vez y los dejara dormir. Todos tenían que ir al trabajo o a la escuela, incluso a ambos y no tenían porque soportar el ruido de una mascota ajena. Aunque ya estaba despierto desde el comienzo del espectáculo, se levantó con pesadez.
Entre los dos lo cargaron, arrullaron y alimentaron, pero nada parecía funcionar.
¿Así que eso sentían los padres?
Debía agradecerle a su padre cuando lo viera, él tenía ganas de aventar al perro por la ventana con tal de tener un minuto de paz.
—Estoy de acuerdo en que quieras ayudar a un animal indefenso —comenzó el ojimiel con paciencia, sentándose al borde de su cama—; odio a los hijos de puta que se creen con el derecho de maltratar a los animales…
—¿Y? —inquirió Rukia con expresión cansada, dejando el pequeño biberón con leche que intentaba que el perrito bebiera para calmarse.
—Te lo suplico, has que el perro deje de llorar —Rukia soltó un suspiro, eran las cuatro de la mañana y tenía que despertarse a las cinco. Ichigo permanecía cabizbajo por la somnolencia, hasta que se le ocurrió una maravillosa idea— ¡Rukia! ¿Todavía tienes tu reloj feo de Chappy?
—¡No es feo!
—¿Lo tienes?
—Sí, pero no veo motivo para… —entonces supo lo que tramaba su compañero de piso— De vez en cuando piensas, Kurosaki —empezó a revolver con desesperación los cajones que contenían sus pertenencias hasta que encontró lo que buscaba— Tómalo, pero intenta que no lo destruya —le entregó el pequeño reloj despertador en forma de conejo.
—¡No estás en posición de complacencias! —luego corrió a la sala, para traer la caja donde se suponía que debería dormir Kon y también pasó por una toalla limpia de la cocina. El plan era el siguiente: envolvería el reloj en la toalla y lo escondería en algún rincón de la caja, para que el tic-tac le recordara al cachorro el latido de su madre y así no se sintiera solo. Ambos comprendieron la pena que sentía Kon. Su plan no funcionó al instante, pero poco a poco comenzó a calmarse. Cuando Kon por fin se durmió, Ichigo y Rukia se sonrieron.
Ya eran las cinco y media de la mañana.
Renji cada vez estaba más ocupado. El único canal de comunicación que aún mantenían era el de los mensajes de texto por el móvil. Lejos de inquietarla, se sentía bastante tranquila. Era saludable guardar una pequeña distancia, temía que él pudiera malinterpretar su relación o que su amistad se desgastara. Ya habían pasado dos días desde la llegada de Kon. Todavía lloraba un poco por la noche y aún no se acostumbraba a hacer sus necesidades fisiológicas en el lugar que ellos habían establecido, pero ya comenzaba a familiarizarse con su nuevo hogar.
Mientras paseaba a Kon por el parque —él adoraba salir a la calle— su celular le anunció que tenía un SMS nuevo en su bandeja de entrada. No tardó mucho tiempo para darse cuenta de quién podría ser el destinatario. Kon protestó ante la idea de quedarse quieto, pero Rukia lo ignoró y lo amarró delicadamente a la banca donde ella se sentaría.
¿Nos tomamos un café? (insertó un icono en forma de cara sonriente) ¡Hay nuevas buenas!
Rukia no tardó en responder:
Claro (colocó la misma carita feliz), de hecho estoy en el parque ¿Vamos a la de siempre?
Renji confirmó la cita y se apuró a entregar unas piezas por la zona.
Desde la mañana, había planeado ver a Rukia. Cada vez que se encontraba con ella, tardaba más tiempo en afeitarse y decidir que ropa ponerse. Por quedarse dormido, terminó haciéndose una pequeña cortada en su barbilla al rasurarse apresuradamente. Se colocó un pequeño pedazo de papel para que absorbiera la sangre. Había estado trabajando durante dos semanas sin descanso, se notaba más esbelto y ojeroso que de lo normal. Esperaba no verse tan mal como él se veía a sí mismo.
Zabimaru ladró como despedida y él se aseguró de cerrar bien la puerta.
—Hola, Rukia —le saludó felizmente, una vez que llegó a las afueras de la cafetería— Pensé que sería el único hombre aquí —expresó con fingida molestia al notar a Kon— ¿Quién es este apuesto jovencito? —preguntó con curiosidad y acariciándole la cabeza.
—Es mi nuevo compañero de piso, es más higiénico que Ichigo —ambos rieron— Se llama Kon, lo encontramos en la calle y no me resistí en traerlo a casa.
Renji lanzó un silbido.
—Vaya… ¡Esto sí que es un milagro! ¿Ichigo Kurosaki permitió que un perro viviera bajo su mismo techo?
—Sí… bueno, no. Se supone que es temporal.
—Me lo imaginé —le dedicó una sonrisa— ¿Qué tal si entro por dos americanos y nos vamos al parque para que Kon no se aburra?
Rukia asintió y se quedó pensando en la apariencia de Renji.
Lo notaba muy cansado. Parecía que no había tenido una buena siesta en muchos días. En los cuatro meses que llevaban conociéndose, sabía que Renji era muy dedicado, pero de igual manera, muy testarudo. Seguramente, tenía algo muy grande entre manos y había ocupado todo su tiempo en ello, sin importarle nada ¡Tendría que regañarlo!
Rukia se veía adorable, a diferencia suya.
Su cabello lucía un par de centímetros más largo y había recogido su habitual flequillo, el cual tapaba parcialmente su rostro. Sus ojos lucían mejor, pues tenían todo el camino despejado para ser apreciados.
—¿Cómo has estado? —formuló la pregunta al no encontrar otro tema de conversación.
—Yo estoy bien, pero sigo preocupada por Orihime —Renji sabía toda la historia—, pero ahora tú también me preocupas ¿Estuviste enfermo y no me contaste?
—Para nada —respondió con una sonrisa— últimamente no he tenido mucho apetito —mintió—, pero no he venido aquí para platicar de ello ¡Tengo que contarte las nuevas buenas!
—Pues dímelas, soy toda oídos.
—¡Me iré a Estados Unidos!
Rukia entró muy seria a casa, inclusive Kon parecía menos hiperactivo. Quizás no debía decirle… no, ese era el momento. Si no lo hacía, jamás tendría el valor. Su padre había llamado a diario para exigirle que su tercera hija asistiera a la cena familiar navideña. No había nada malo en invitarla. De hecho, era una buena forma para que el viejo dejara de joder y pudiera disfrutar la visita y en especial, de sus hermanas. El pero se hallaba si se ponía a recordar lo último que pasó en Karakura, en la boda de su Yuzu…
La ojiazul le quitó la correa a Kon y se recostó en su cama. Él se dirigió a la habitación y fingió que leía un libro.
—Q-qué… —expresó con nerviosismo, dejando a un lado el libro— ¿Q-qué harás en navidad?
—¿Para qué quieres saber? —Respondió Rukia, toscamente— ¿Acaso me invitarás a salir? —formuló la pregunta con un toque de emoción, pero rápidamente soltó una carcajada.
Ichigo gruñó.
—¡Bah! ¿Yo, invitarte a salir? —Exclamó ofendido— No me agrada mucho la fecha, así que no deseo pasarla con una enana del gordo de mierda de Santa Claus.
—Perfecto —resopló enfadada— ni yo quiero estar con una jodida naranja amargada.
—¡Entonces díselo a mi viejo para que deje de fastidiarme!
Rukia cambió su expresión rápidamente.
—¿Isshin-san te dijo algo acerca de mí? —preguntó en un tono extraño para Ichigo y sentándose.
—Sí… —afirmó en voz baja— quiere que vayas a Karakura. Es lo que te iba decir, antes de que te pusieras histérica. Si no deseas ir, no hay problema. Solo ayúdame a inventarle alguna buena excusa…
—¡No es necesario! —Aclaró velozmente— Iré.
—Bien, entonces le diré al viejo. Con suerte se emocionará y le dará un infarto —se alejó con rapidez y salió de casa. Tenía un asunto pendiente que resolver.
No se creía capaz de entrar a un lugar así.
Cruzó discretamente por la acera de aquella tienda departamental. Tomó aire por última vez, apretó sus puños y con paso decidido, por fin ingresó al establecimiento. Inmediatamente, todas las clientas clavaron su mirada en él. Era el único hombre. Fingió demencia e intentó tomar cualquier cosa para regalársela. Por más que buscaba, no encontraba nada que tuviera el rostro del conejo jodido-de-mierda. Sus ojos se negaban a creer la cantidad de tonos pasteles concentrados en un mismo puñetero lugar.
—¿Puedo ayudarle en algo, joven? —inquirió una voz femenina, provocando que se sobresaltara.
Era una mujer de mayor (le calculaba unos cincuenta años), de cabello rojo teñido, con rasgos occidentales y un poco pasada de peso. Llevaba el uniforme que todas las empleadas llevaban y una mascada color lila enroscada en su cuello. Una placa que colgaba a la altura de su pecho, le dio a conocer su nombre: Bettie.
—No, gracias —respondió ariscamente. Esa tienda le provocaba sentirse estúpido y fuera de lugar. Bettie no se ofendió con su brusquedad y se limitó a dedicarle una última sonrisa— ¡Espere! —exclamó de pronto el peli-naranja, deteniendo a la dependienta en el acto— Lo siento… Creo que si puede ayudarme —comentó tímidamente, rascándose la cabeza.
Ella volvió a sonreír ante aquel extraño muchacho de cabellos naranjas.
Debía ser la primera vez que compraba algo para su novia, su rostro totalmente enrojecido lo demostraba. De repente, sintió mucha ternura por él: le recordaba irremediablemente a su único hijo, quien había fallecido muchos años atrás por cáncer, pero que si hubiera permanecido con vida, tendría la misma edad.
—¿Qué deseas llevar?
—Conejos —contestó cohibido— Cosas con conejos.
La empleada le llevó a una sección, en el segundo piso, dedicada a la marca de Chappy el conejo. Ichigo casi vomitó… ¡El puto Chappy debía tener toda una fortuna! Una simple pluma costaba una blasfemia. No podía cuantificar todo el dinero desperdiciado por Rukia en su colección personal. Definitivamente, la quería mucho… Si no fuera por ella, en su sano juicio estaría derrochando su escaso dinero en mierdas sin ningún beneficio.
Gracias a los consejos —y a la gran paciencia de Bettie— eligió un bolso que costaba el equivalente a una semana de trabajo.
Pero valdría la pena, si Rukia era feliz.
Agradeció a Bettie con una reverencia y se dirigió a las cajas registradoras con rapidez, para poder largarse rápidamente sin mayor novedad. Sin embargo, sus deseos no se volvieron realidad. Ya en la fila de espera, unas chicas con uniforme escolar comenzaron a acosarlo con la mirada y logró escuchar algunos comentarios como: "¡Qué tierno!" o "Es muy guapo… ¡Ojalá mi novio fuera así!". Observó la hora en su móvil por enésima vez. Se volvería loco, si no salía pronto de aquel infierno de suaves peluches y delicados colores.
Cuando por fin llegó su turno, pudo suspirar aliviado.
—Muy bonito bolso —comentó casualmente la cajera, con una gran sonrisa— a tu novia le encantará.
Su rostro, como en todo el transcurso de esa hora, se tiñó de mil colores. Sin responder, pagó con un billete de gran valor y ni siquiera esperó a tomar el cambio. Tan sólo agarró la bolsa que contenía el regalo de Rukia y se perdió entre las calles.
¿Qué sorpresas les depararía Karakura esta vez?
Pesche estaba de un excelente humor. Las fotografías de Ichigo habían sido todo un éxito. Quizás Nelliel no se había equivocado al traerlo a la agencia. La época navideña era muy redituable para ellos, los contratos llovían y las fiestas abundaban. Todas las agencias ya habían organizado sus respectivas celebraciones, solo faltaban ellos. Sus fiestas eran conocidas por todo el mundo. Este año debía superar a los anteriores.
Últimamente notaba a Nel muy extraña.
Sabía que entre ella y el chico nuevo había algo, pero parecía que ya se había acabado. La mirada de Nel se notaba perdida, ausente. Se suponía que en su receso por Japón podía comer lo que quisiera, pero estaba mucho más delgada. Evitaba ver a Ichigo y se había vuelto muy desobligada en sus actividades. Debían tener una seria conversación.
Ichigo estaba acomodando un par de folders en su oficina, así que aprovechó para hablar con él.
—¿Y Nel?
—No ha llegado.
—¿Hace cuanto que no viene para acá?
—No lo sé… quizás unos tres días.
—Ichigo, ¿hay algo que deba saber?
El peli-naranja soltó un gruñido.
—No.
En realidad no sabía a qué se refería: ¿Si follaba con Nel? Sí, si lo había hecho, aunque ya no, pero si la pregunta no era esa, entonces desconocía que pudiera ser.
—Perfecto.
Ichigo parecía ser un hombre cabal. Entonces el problema radicaba en Nelliel... Estaba a punto de marchase de la oficina, pero recordó que no había le informado de la fiesta.
—Espero verte el próximo sábado, sin falta.
El ojimiel asintió y Pesche quedó satisfecho.
24 de diciembre.
Orihime aún no regresaba al trabajo, así que Rukia estaba en el restaurante en su día libre. Era el primero, de los cuatro sábados que tendría que cubrir. Durante todo el día, el restaurante había tenido mucha afluencia. Omaeda estaba feliz y hasta les dio un pequeño pago extra. Menos a ella. Oh, sí, era una gran amiga. Como en la familia del jefe era cristiana y muy devota, tuvo que cerrar temprano. Omaeda creía que era una verdadera lástima, porque era cuando más gente podía ir a comprar comida, pero no le convenía ponerse en contra de sus padres. Solo quedaban dos personas en todo el restaurante: Rangiku Matsumoto y ella.
—¡Feliz navidad, Rukia-Chan! —exclamó alegremente Matsumoto, ya en la puerta.
—Feliz navidad —le deseó la ojiazul con una sonrisa, levantando una silla para acomodarla al revés en la mesa.
—¿Segura que no quieres que te ayude? —le preguntó con amabilidad, pero el brillo de sus ojos le gritaba que ya necesitaba marcharse para llegar a la cita con su enamorado (el cual era desconocido por todos).
—Ya vete —aclaró con fingida molestia y Matsumoto le agradeció con la mirada.
Tardó quince minutos en acomodar todo y cerrar la puerta.
El reloj marcaba las ocho de la siete y media de la noche. Esperó por más de una hora en la parada del autobús, pero el de su ruta no pasó jamás. Finalmente, decidió irse a pie. Con pasos lentos y pensativos, recorrió las calles atiborradas de luces. El edificio también se encontraba contagiado por la fiebre navideña. No halló al viejo casero, en su rincón predilecto. Tampoco vio a nadie en el vestíbulo, ni en las escaleras o los pasillos. Parecía que la gente había desaparecido. Con pesadez, buscó las llaves del departamento, pero por más que revolvió su bolso, no las encontró.
Lo que le faltaba.
Se sentó en las escaleras durante un rato, quizás Ichigo no tardaría demasiado en llegar… Luego recordó que él iría a la fiesta que organizaba su trabajo.
—Rukia, creo que no podré ir a Karakura.
Ella dejó de lavar los trastes.
—¿Por qué? —se limitó a esa pregunta. Es decir, ella ya había comprado regalos para toda su familia… para él ¿Ahora se arrepentía? No podía contener toda su furia y… decepción.
—Tengo que ir a la celebración de la agencia. No puedo faltar…
—No hay problema —respondió cortante.
—¿En serio? Porque puedo mandarlos a la mierda…
—De verdad, no hay problema —intentó sonar normal— ¡Uff, que alivio! Igual y no quería ir. Espero que te diviertas.
—Igual.
Esa noche, cuando Ichigo se durmió, tomó todos los regalos y los tiró en el contenedor de basura.
—Mierda… —susurró cabizbaja.
La temperatura disminuía a cada minuto. Debía buscar algún sitio para pasar la noche, si no quería terminar en el hospital por hipotermia. Al primer paso que dio, luego de levantarse, descubrió que la suela de su zapato estaba rota.
¿Algo más, Dios?
La cafetería y el mini-súper estaban cerrados. Se suponía que la navidad era una fecha comercial en Japón (1), ¿no? ¿Por qué carajos todos se volvían cristianos?
Estaba cansada de caminar sin rumbo fijo. Finalmente, se dejó caer en una banca del parque y contempló las bellas figuras de animales, decoradas con cientos de finos foquitos de colores, que las escoltaban. Casi se echó a reír; solo le hacía falta el periódico, para ser toda una vagabunda en forma. Después de media hora, sintió que algo tocaba su hombro.
—¡Por fin te encontré, idiota! —Exclamó Ichigo, claramente fatigado— ¿Dónde mierda metiste tu teléfono? Te marqué muchas veces y tú no te dignaste a contestar.
Rukia abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, levantándose de la banca.
—¿Eh? —pronunció Ichigo confundido, irguiéndose totalmente.
—¿No tenías una fiesta en tu trabajo? —inquirió con amargura, encarándolo. Claro que la tenía. Toda la semana se lo había estado restregando en su cara. No entendía porque había dejado su puñetera fiesta del siglo.
—Sí, pero estaba aburrida… —explicó, restándole importancia— Además, recordé que ya había quedado contigo. Lo estuve pensando bien. No me gusta romper promesas y no quiero deberte nada.
La ojiazul quedó totalmente desarmada.
—¡P-pues no era necesario! —le espetó Rukia tartamudeando.
—Vámonos, perderemos el último tren a Karakura.
Era una noche muy fría. El vagón estaba completamente vacío, por lo que se acomodaron a dos asientos de distancia. Nadie viajaba en plena víspera de navidad y quienes tenían que hacerlo, viajaban por la mañana o en días anteriores. Tenían en tren únicamente para ellos. Rukia contemplaba el paisaje por la ventana, en silencio. Ichigo simplemente permanecía con la mirada perdida en la nada.
Una ráfaga de viento repentina le hizo salir de sus cavilaciones.
—¡Ichigo! —Le llamó con excitación— ¡Otra vez está nevando!
Rukia había abierto la ventana.
El sobrio calor del vagón desapareció rápidamente. Los cabellos negros de la ojiazul bailotearon salvajemente y su nariz se tiñó en rojo, por el descenso brusco de la temperatura en el exterior.
—¡Ciérrala! —Ordenó Ichigo malhumorado— ¿Acaso crees que me encanta tener el culo congelado?
Ella obedeció, pero de mala gana.
—Amargado… —musitó entre dientes.
Intentó recargarse en la ventana para dormir un rato, pero el frío se traspasaba por el vidrio. Puso su bolso como barrera, pero el contenido de ésta le molestaba. Se resignó a que no dormiría en un lugar como ése. Hasta una bella durmiente como ella, podía reservarse el derecho de admisión con un lugar tan incómodo como ese vagón de mierda.
Recordó que traía los auriculares de su móvil y se los colocó para distraerse un poco con la música.
Por fin llegaron a la estación donde transbordarían. En una hora, ya se encontraban a unos treinta o cuarenta kilómetros alejados de la ciudad. La nieve comenzaba a acumularse a las orillas de las vías y el cielo gris parecía decirles que esto continuaría por buen rato. Rukia pasó por las máquinas expendedoras mientras que Ichigo compraba los pasajes del siguiente tren. De igual manera, era raro ver tanto espacio libre. En condiciones normales, la estación siempre estaba a punto de estallar por las grandes masas.
El peli-naranja se alegró por no tener que pasar grandes filas.
—Dos boletos para Karakura, por favor —pidió por la ventanilla. El hombre detrás de ésta, era muy corpulento y con un gracioso bigote. Tenía una expresión adormilada.
—Lo sentimos —se disculpó, cerrando la taquilla—, pero se han cerrado todas las líneas que conectan con Karakura. Hay una tormenta de nieve muy fuerte azotando la zona, no se intentara pasar hasta mañana.
—¿Hay otra manera en la que pueda llegar? —inquirió el ojimiel con desesperación.
—No. También las carreteras han sido bloqueadas, hay una capa muy espesa de hielo en el asfalto —terminó de acomodar un par de cosas y salió del pequeño cuarto— Regrese a casa, es lo mejor.
—Gracias —expresó Ichigo atareado.
—¿Vive por aquí? —preguntó el señor con curiosidad, el joven aparentaba demasiada aflicción.
—No, vengo de la ciudad.
—Ya veo, entonces puede quedarse aquí. Cerramos casi todo, pero la sala de espera no. Hay calefacción y una máquina de café. Por la mañana quizás pueda tomar un taxi e irse.
—Eh… gracias —luego hizo una torpe reverencia.
—Bien, espero que todo salga bien. Mi turno ha terminado y debo ir con mi familia —el muchacho se vio obligado a salir junto con él. Entonces vio que él venía acompañado de una adorable chica, desde la sala de espera— Que pase una feliz navidad con su novia —le deseó con una sonrisa y se perdió entre la calle totalmente cubierta de nieve y apresurándose para llegar a casa, que no quedaba a más de tres cuadras. Su esposa y sus tres hijas debían estar impacientes por cenar y abrir los regalos.
Ichigo se quedó pasmado, pero luego esbozó una sonrisa tonta.
Era la segunda vez que le decían que Rukia era su novia.
—¿A qué hora salimos? —preguntó la ojiazul sin voltearlo a ver, estaba jugando con su móvil.
—No saldremos.
—¡¿Qué?!
—Hay una tormenta de nieve, más fuerte que la de aquí —explicó lúgubre— No podemos salir a ninguna parte —se dejó caer en el asiento continuo a Rukia. Estaba muy cansado. Ella parecía algo asustada, por más que intentara ocultarlo.
Afonía.
—Deberías llamar a tu padre —le sugirió Rukia, acabando con el incómodo silencio— podría preocuparse.
—¿Estamos varados en la nada y te preocupa mi viejo? ¡Estás loca!
—Egoísta de mierda.
Afortunadamente, la señal de los móviles no se había caído.
Como se lo había esperado, el viejo se puso lunático cuando mencionó que se había quedado encerrado con Rukia en una estación de tren, totalmente solos. El muy pervertido le explicó que necesitaban calor corporal para no congelarse y que esperaba que no reparasen en nada para conseguirlo… Lo último que escuchó fue la exigencia de un nieto como regalo de navidad…
El rostro de Ichigo estaba completamente sonrojado.
—¿Qué te dijo tu padre? —preguntó la chica Kuchiki con auténtica curiosidad.
—¡N-nada! —gritó, negando con la cabeza exageradamente.
24 de diciembre, 10:30 P.M.
Con la potente calefacción, las cosas no marchaban tan mal. Incluso Rukia se había quitado su pesado abrigo, de suave tono amarillo y su larga bufanda rosada. Ichigo no se había deshecho de nada: el oscuro secreto de Ichigo Kurosaki era su condición friolenta. En invierno siempre tenía frío, bueno, todos tenemos frío, pero él lo padecía más. Su madre siempre lo arropaba con tantas capas de ropa, que finalmente terminaba como una pequeña col con patas. Cuando ella murió, tuvo que aprender a ser más práctico. Nadie, aparte de su familia, sabía este dato.
De pronto, el calor dejó de sentirse: la calefacción se había averiado.
24 de diciembre, 10:42 P.M.
El termómetro marcaba varios grados por debajo del cero. El cuerpo de Ichigo comenzaba a temblar fina e involuntariamente. El estómago de ambos chicos empezaba a quejarse de su negligencia. Para su desgracia, las máquinas expendedoras se habían quedado en la zona que si estaba cerrada de la estación.
24 de diciembre, 11:17 P.M.
Ahora es Rukia quien comienza a sufrir las inclemencias del clima. Ichigo lo percibe inmediatamente y a pesar de todas las lamentaciones de su propio cuerpo, decide darle su chaqueta para que ella se cubra.
—¿Tienes frío? —le preguntó el ojimiel casualmente.
—No.
¡Qué va! Su rostro enrojecido y sus manos entumidas eran mera muestra de su calidez.
—Mentirosa —murmuró mientras se quitaba su abrigo.
Se lo entregó bruscamente.
—¡No lo quiero! Póntelo tú —después se lo lanzó de vuelta.
—Bah —suspiró resignado, con Rukia no se podía. Él intentaba ser amable y ella lo mandaba al carajo— Supongo que podemos compartirlo…
24 de diciembre, 11:39 P.M.
La luz se interrumpe de repente.
Últimos minutos del 24 de diciembre:
Ichigo y Rukia estaban muy juntos, intentando cubrirse con la chaqueta del peli-naranja y compartir un poco del calor corporal. Ambos sentían una mezcla rara de incomodidad y alivio. La batería del móvil de Rukia ya había dado su último esfuerzo y terminó apagándose. La infortunada pareja estaba muerta de hambre y entumida por la posición en la que se encontraban.
Rukia suelta una carcajada e Ichigo se le une.
—Nos quedamos sin tren, calefacción, cena y sin luz —comentó Rukia, acurrucándose en su hombro— Tenemos muy mala suerte ¿No lo crees?
—Sí… —musitó, observándola por encima— Tenemos una jodida mala suerte —en ese momento, se escuchó que el reloj de la estación marcaba la media noche.
—Feliz navidad, Ichigo —le deseó con una pequeña sonrisa y a medio trayecto del mundo de Morfeo.
—Feliz navidad, Rukia.
Si esa era mala suerte, deseaba que todos los días fueran martes 13.
Notas:
(1) Es un tipo de brocheta de pollo. Yakitori es un plato muy popular en Japón y a través de Asia. En Japón, muchos trabajadores consumen un yakitori y una cerveza de camino a casa, después del trabajo.
(2) La Navidad japonesa tiene un aspecto muy comercial. La Nochebuena es sinónimo de "noche romántica" entre las parejas jóvenes.
No tengo mucho tiempo. Mi madre está a punto de matarme por mi chiquero (Ichigo es mi contraparte haha) y tengo un montón de tarea. Quizás soy algo exagerada (si llevara las cosas en orden, no estaría así) pero bueno… ¡YA EXTRAÑABA ESCRIBIR! Me como un chocolate en este momento, soy feliz, muy feliz. Les compartiría un pedacito, si pudiera (esa es mi máxima prueba de amor. Nadie toca mi chocolate).
Espero que no pase tanto tiempo hasta la próxima vez.
QaramellTem ¿Verdad que está buena la canción? Haha Me gusta mucho y la otra vez me sentí muy feliz cuando estaba mirando "Amores perros" (no sé si la conozcas) y en el final utilizaron esa misma canción. Gracias por estar conmigo, cada palabra la aprecio.
Sakura-Jeka Aunque Orihime no es santo de mi devoción, siento mucha pena por ella. Yo he estado en su mismo papel. Veamos que hará Renji, ahora ¿Se marchará o no? Siento mucho la tardanza, ojalá este capítulo valga la pena.
Meikyo Natsume No te preocupes, yo soy bien mala lectora. Como escritora exijo que me dejen reviews, pero yo nunca los dejo. Creo que debo cambiar esa costumbre. Rukia es mi as bajo la manga y más testaruda. Pronto, pronto algo pasará. Y lo de Ulquiorra, emm, es secreto. No puedo decir muchos detalles (?) Tu review fue sexy, largo y sexy.
Riuzetsu Luego sabremos cómo eran las fotos –inserte risa malvada-
Dan Yagami Demonios ¿Por qué no vi tu review antes? Creo que me trabé un poco… nah, solamente tres meses (?) Gracias por ofrecerme tu ayuda, creo que luego si podría utilizarla.
Otonashi Saya Intenté hacer este capítulo más "gracioso". Creo que sí notaste mi cambio de humor… Por fin se acabó octubre, el mes donde me vuelvo bien marica. Espero haber regresado.
Soul Neko-Natsu Según yo, ahora si hay más romanticismo haha Aunque mi sentido de romance es algo extraño.
Andyantopia Gracias, espero que no resultara muy empalagoso.
Juli Intentaré buscarle a alguien a Renji. De hecho, ya tengo a alguien en mente –se calla- Pero prometo que no quedara triste, como en mis anteriores historias. Siii, trae más Ichirukistas –así podre dominar al mundo- tener más lectoras (?). Creo que esto ya pasó buen rato, pero si ya lo leyó y le agradó, dile que me diga quién es. Me gusta acosar.
Akisa Ay mujer, ya no seré tan cruel. Bueno… en el próximo capítulo habrá algo que cambiará todo… espero que no me odies, porque tú me caes muy bien. Comprendo tu enojo, si habrá cabrones así en la vida real. Tus ojitos me convencieron de poner más Ichiruki, espero que te agrade.
kuchiki-chappy Gracias. Aunque ya he hecho dos adaptaciones, decidí echar a volar mi imaginación llena de estupefacientes. Esta es mi primera historia propia larga.
Iana Walker Mi Iana –llora de la emoción- pensé que jamás podría acabar este capítulo. Necesito estar aquí, es como mi droga. Insisto en que moriré de un orgasmo Hahaha Yo si dejaba que Ichigo me violara una y otra vez…Ok, dejaré de ventilar mis oscuros deseos, pero es que él está tan bueno… ¿Por qué no es de verdad? ¡Oigan, no pienso revelar si Orihime se queda con Ulquiorra! Aunque si les daré una pista, si me gusta el Ulquihime… Ok, ya. Me callo. Si, tu siempre eres sexy.
Yukime-san Ichigo siempre tan autista y Rukia tan despistada, pero ya verás, ya verás. Gracias, espero no ir como los cangrejos. Estos muchachos son unos inconscientes, literalmente.
Clan Yuki Que casualidad, mi mascota (una french poddle de diez años) también se la mantiene arañándome. De hecho, aquí está conmigo, jodiendo, pero bien que la amo. No creo que escriba "acción" Ichiruki, ya tuh sabeh… pero podría haber algo…
kiaru87 Ok, ya no me diré lacra haha Cuanto tiempo ha pasado, que ya hasta se me va a acabar el semestre y hasta decidí que quiero estudiar medicina ._. Ojala mi regalo de Ichiruki te guste.
Adrychan Tu comentario me dio mucha risa haha Me hizo comprender que no estoy muy bien mentalmente.
Metitus ¡Gracias! Creo que tenemos el mismo punto de vista.
Ferthebest-ia Esa fue mi frase favorita de todo el capítulo. Cuando pensé en ella, estaba en plena fiesta y lo anoté en mi celular para no olvidarla.
xRainGirl Jamás he visto Fairy Tail, pero me llama mucho la atención. Cuando lo vea, quizá hasta me traumé con el Ichi x Rukia x Renji.
Liebesspiel Moon Oh, mi pequeña Vic. Hace mucho que no hablábamos (?) Siento si he andado ausente, pero estaba aquí escribiendo como loca, teniendo un millón de cosas por hacer. Y recuerda, me gusta acosar a mis acosadores.
kusajishi-chiru Según yo iba a actualizar pronto… mírame, tres meses después.
Guest Como dirán en mi rancho "me chiveas". Gracias, esta clase de comentarios me hace creer que no soy tan mala escritora ¡Gracias por todo!
Reela ¡Gracias! Intento equivocarme lo menos posible, pero pues no siempre se puede. Cualquier error, díganmelo, así puedo corregirlo y tratar de mejorar. Amo a las historias alternas, situarme en el plano original se me dificulta bastante.
Luz Aquí estoy. Luego de muchos días, pero aquí estoy. Gracias, siempre he tratado salirme un poco de lo común.
