Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
Notas de la autora:
No tengo perdón de Dios. He estado de vacaciones desde el 30 de Noviembre y tal parece que entre más tiempo tengo, mi imaginación fluye menos. Ustedes saben que las amo, pero en ocasiones mi mente me traiciona. Si por mí fuera, actualizaría cada 3 días. Este capítulo es más pequeñín, pero ligeramente revelador. No quería pasar el año y empezar mal el nuevo. Creo que he visto demasiadas telenovelas y programas estúpidos –con mi madre.
Nos vemos allá abajo.
P.D. Te extraño, Vic.
-Compañeros de piso-
Capítulo XIII:
El cerezo que se marchitó
Era su segundo mes en Japón. Rukia y Kaien habían alquilado una pequeña casa, a las afueras de la ciudad. Pero era temporal, insistía Kaien. En cuanto lograra conseguir un buen empleo, vivirían en un lugar mejor y podría darle todo lo que merecía. Tantos esfuerzos invertidos en su educación, tarde o temprano, le rendirían frutos. Esa era la esperanza a la cual él se aferraba. Aunque Rukia no comprendía esa obsesión suya: la mayoría del tiempo parecía tan ocupado en ganar y ganar dinero, que no era capaz de ver todo lo que ya tenía. Ella jamás le exigía esto o aquello, así que no tenía ninguna razón válida para hacerlo. Siempre había intentado amoldarse a la situación y disfrutar del amor que le profesaba ciegamente. Quizás, Kaien solo intentaba dejarle en claro a su hermano Byakuya que él también era capaz de pensar y ser alguien profesionalmente. Aunque todo apuntaba que la ambición de Kaien, terminaría por volverse a su contra...
—Vamos allá, linda —susurró en voz baja y esbozó una sonrisa cómplice. Era un sábado por la tarde. Él tenía el día libre en su trabajo y estaban buscando alguna película interesante, en aquel video-club. Últimamente, discutían muy seguido, pero en ese momento disfrutaban del agridulce placer que conllevaba una exitosa reconciliación de pareja. Él había señalado la sección para adultos, que se encontraba separada por una vulgar cortina de cuentas coloridas.
—Estás loco, Kaien Shiba —musitó escandalizada, codeándolo— Hay niños presentes…
—En estos tiempos, ellos saben más que nosotros —respondió riendo, abrazándole por la cintura— Anda, nena. No seas así, vamos —fingió una desesperada súplica con las manos y adquirió una expresión celestial en el rostro.
—Oh, está bien —aceptó a regañadientes.
Él depositó un suave beso en su mejilla, con la alegría de un niño al que se le concede una salida con sus amigos y le tomó de la mano. Ella aún no se sentía convencida y él lo notó. Tuvo que darle un pequeño empujoncito en la espalda para que entrara. Un tipo, con pinta de pedófilo o psicópata sexual, salió despavorido en cuanto se vio acompañado. Ambos rieron y ella se relajó un poco.
—¡Mira esto! —exclamó Kaien con singular emoción, sosteniendo una anticuada película de VHS— Es Garganta profunda (1), la primer porno que vi.
Ella soltó una carcajada.
—¿Estás hablando en serio?
—Sí, lo recuerdo como si hubiera sido ayer —expresó con orgullo— Un amigo del Instituto se encontró con esta hermosura en una caja que ocultaba su padre en el ático. En cuanto supo de qué iba, nos platicó a todos los chicos y la vimos a escondidas en su casa.
—¿Y a qué edad fue eso? —preguntó Rukia con curiosidad.
—Mmmm —pronunció pensativo— No lo sé, fue hace mucho tiempo. Quizá tendría unos diez u once años.
—¿Así que desde ese entonces eras un pervertido, eh?
Kaien la acorraló contra uno de los estantes.
—¿A qué te gusta?
Y ahí estaba toda esa adrenalina que amaba sentir.
—Quizás un poco… —susurró jadeante. Si no se controlaba (y por ende, también Kaien) terminarían haciendo cosas que no deberían. Se separó bruscamente de él y ocultó su rostro— Sigamos viendo, por favor.
Él tardo un poco más para recuperar la compostura.
—Sí… tienes razón.
¿Alguna vez has pensado en la importancia que tiene un día? Porque si bien es cierto, los cambios se notan en meses e inclusive, años. Pero, ¿lo has hecho? ¿Has reflexionado cómo estuvo tu día? Desde la manera en que inició, qué ropa usaste, si el clima era cálido o frío, cuáles personas estuvieron dentro de él, que alimentos consumiste o pasaste de ello ¿A qué le dedicaste tu primer pensamiento? Si todos lo hiciéramos, nos daríamos cuenta lo fácil y moldeable que puede ser nuestra mente. Porque un día podemos ser alguien y para el otro, un millón de personas distintas. Aquellos que llevan un diario, una prueba tangible de lo cotidiano, se sorprenden con los pensamientos que tuvieron en una determinada época y con los que tienen en la actualidad.
¿Tu pasado te avergüenza o te enorgullece?
Ichigo dormía y Rukia se limitó a contemplar su rostro, cubierto todavía por las sombras de la madrugada. No recordaba en qué momento se recargó en el hombro del ex-friki naranja. Tan sólo despertó y se encontró acurrucada en él.
Fue entonces que comenzó a pensar en los últimos sucesos en su vida:
Si alguien le hubiera dicho diez años atrás que viviría con un hombre durante nueve años, que éste se casaría con otra (luego de negarse durante tanto tiempo con ella), que ya no tendría ni un solo yen en que caerse muerta y que por ello terminaría viviendo con un sujeto de cabello naranja y virgen —que quizás ya no lo era—, que conocería un amigo suyo pelirrojo y lleno de tatuajes, que le atraería, pero ya no y que trabajaría para un cabrón en un lugar lleno de mierda y con un puñetero sueldo, la Rukia de ese tiempo se hubiera reído en sus narices.
Pero todo había pasado ya y aún no existían las máquinas del tiempo.
Afuera había toda una batalla cósmica. El resplandor contra las tinieblas; la luz contra la oscuridad. Los cenicientos rayos que se filtraban por la ventana eran la fiel prueba de que la luz había resultado ganadora. Los rasgos de Ichigo comenzaron a tener sentido, a medida de que la sala de espera se iluminaba. En su rostro predominaba una expresión tranquila, libre de la maldad o del sufrimiento humano, casi tallada en blanco mármol. Así era como deseaba recordarlo… No, realmente no. Empezó a visualizar distintos fragmentos de su vida, donde Ichigo formaba parte y creyó reconocer ciertos gestos universales: su ceño fruncido, las pequeñas sonrisas, sus mejillas encendidas y las miradas frías. Quería llevarse todo el conjunto a su memoria. Y por más que lo intentó, no pudo evitar formularse esa incómoda pregunta que le rondaba con perspicacia:
¿En qué punto de sus nueve mil cuatrocientos noventa días comenzó a querer a Ichigo Kurosaki?
Su vuelo salió el sábado. No se despidió de nadie, ni nadie fue a despedirlo al Aeropuerto. Empacó un par de maletas, con lo más básico. Los kilos extras en el equipaje eran un lujo, que no estaba dispuesto a pagar. Se ocupó de cubrir todos los muebles y demás pertenencias que dejaba atrás con esmero. Tardó bastante tiempo en el papeleo de Zabimaru y en conseguir una jaula de su tamaño. Fue complicado cumplir todo el esquema de vacunaciones y demás requisitos, pero lo consiguió en el momento exacto. Consideró inicialmente que sería mejor regalar a Zabimaru y no exponerlo a una situación tan estresante como viajar en avión, pero no tuvo el corazón para hacerlo.
La manera en que se fue de Japón era muy distinta a la que había pensado.
—¡Eso es genial, Renji! —Exclamó la pelinegra con emoción— ¡Conocerás muchos lugares interesantes!
—Gracias —expresó con creciente nerviosismo— Sí… yo… Eso no es todo.
—Hasta parece que harás una declaración de amor, Renji —bromeó ella, pero el rostro del pelirrojo se mostró impávido— Tranquilo, no la harás… —comentó riendo, escondiendo una desesperada súplica.
—De hecho, creo que sí —respondió con voz muy ronca. Los violáceos ojos de Rukia se abrieron de golpe. Sus labios se abrieron con la intención de hablar, pero se arrepintieron en el acto— Esto es algo que te he querido decir desde el primer día que te vi —su mirada se dirigía exclusivamente a ella—: Rukia, te amo.
Silencio, terrible silencio.
—Renji, yo…
—Espera, aún hay más —le calló, posando suavemente un dedo sobre sus labios— Soy un hombre de pocas palabras y me estoy esforzando por expresar todo lo que siento. Lo único que debes de saber es que quiero pasar el resto de mi vida contigo y que te amo de la única manera que sé —guardó una pausa— ¿Quisieras acompañarme a este nuevo lugar y empezar una vida nueva… juntos?
Sus ojos, muy lejanos a expresar amor, estaban ausentes.
—Esto es una putada, ¿sabes? —musitó, apenas audible.
—¿Por qué lo es?
—Hace unos meses, no hubiera dudado en decirte que sí…
—Pero ahora no, ¿cierto? —Ella asintió sin convicción— Estoy seguro del porqué —vaciló un instante, lo que estaba a punto de decir era muy difícil para él— Es por Ichigo —en su voz abundaba la amargura. Rukia se limitó a bajar la cabeza con humildad y permanecer en silencio— ¿Y ni siquiera lo negarás? —Le recriminó molesto— Creo que me siento engañado… aunque siempre supe la verdad —Se puso de pie bruscamente— Tengo que confesar que quisiera odiarte, pero eso es imposible.
Su mente tan sólo le estaba jugando una mala pasada.
Inmediatamente, reconoció la seguridad de su nuevo entorno y decidió guardar esos dolorosos recuerdos en la caja más secreta y profunda de su corazón. Solo se haría daño así mismo. Tardó tanto tiempo contemplando la luna, que jamás se preocupó por alcanzarla. Y ella, sin darse cuenta, solo anhelaba estar junto al sol.
Únicamente fue un triste perro que durante algún tiempo le aulló a la luna.
—¿Vendrás a comer con nosotros? —exclamó una voz femenina, desde el otro lado de la puerta.
—Sí, Tatsuki, espera.
Era tan jodido ser adulto: si tenías miedo, ya no podías lloriquear y meterte en la cama de tus padres. Si llegabas a quedarte dormido en el sofá, era cien por cierto seguro que amanecerías ahí mismo, porque ya no existía ninguna fuerza mágica que te llevara levitando hasta tu habitación. Un billete ya no era sinónimo de grandes riquezas. Había cuentas e impuestos que pagar. Existían problemas que los besos de tu madre ya no eran capaces de resolver. Las personas del sexo opuesto ya no te parecían repulsivas y relacionarte con ellas, era aún más complicado que evitarlas. Oh y lo más terrible de todo:
¡Ya no creías en el viejo obeso que regalaba cosas!
Tu estómago ya no se retorcía de la emoción mientras esperabas. Ya no solías prometer que te portarías bien, si Santa Claus perdonaba todas las malas acciones que hiciste ese año. Tu intención de mantenerte despierto para verlo —o al menos a Rodolfo el reno— ya estaba más que muerta y putrefacta. Es más… ¡Ni siquiera pasabas Nochebuena junto a tu familia! Tus regalos se limitaban a las cosas que tú mismo comprabas y si alguna alma generosa se apiadaba de ti, recibirías como máximo los terribles calcetines blancos que a todos les encantaba dar, pero que eran más feos que el hambre.
En los siete años que vivieron juntos, Ishida y él jamás celebraron Navidad —a excepción de la última, donde se les unió Renji y no tuvieron de otra—. Ambos eran muy afines respecto a ese tipo de cosas. Cenaban lo mismo de siempre, hablaban poco y se acostaban a dormir relativamente temprano. Quizá bebían un par de cervezas, pero no más allá… En ese momento, fue consciente de que hacía mucho tiempo que no pensaba ni sabía nada del hijo de puta de Ishida. Y es que cuando se conoce a alguien de varios años atrás, lo menos que se espera de tu parte es que le hables en algunas ocasiones y le preguntes qué tal ha estado y qué ha sido de su vida. Por más increíble que pareciese, no había tenido ningún contacto Ishida desde su partida. A él no le importaba, tampoco a él, pero tal vez era hora de fingir un poco de interés hacia su viejo amigo.
Cuando despertó, Rukia no estaba a su lado.
Se incorporó asustado, pero se tranquilizó en cuanto la divisó a lo lejos, en la máquina de café. Sus pies ya no se sentían como dos témpanos de hielo, pero seguía con los dedos entumidos. Todavía eran las únicas personas en la estación, pero aparentemente ya habían arreglado todas las averías. El reloj marcaba las siete de la mañana con quince minutos. La enorme ventana les regalaba una hermosa postal navideña.
Estaba pensando seriamente en mandar a la mierda a su viejo e irse a casa para abrigarse.
—Toma —apareció Rukia de pronto con dos humeantes vasos de café. El ojimiel tomó uno y ambos salieron para ver las vías del tren. No se dirigieron palabra alguna, hasta que se acomodaron en una de las bancas del andén.
—Esto es verdaderamente horrible —comentó Ichigo tiritando.
—Eres una nena —expresó divertida— no soportas nada.
—A mí no me gusta que se me congele el culo —quitó la tapa de plástico de su café y dejó que el vapor que emanaba calentara su rostro. El café sabía como agua de calcetines sucios con azúcar, pero no dijo nada al respecto.
Silencio.
—¿Sabes? —comenzó Rukia, luego de dar un pequeño sorbo a su bebida— Me gusta sentir el frío sobre mi cara. De verdad, me gusta mucho. Cuando era pequeña, jamás pude ver la nieve de cerca y ahora que sí puedo, realmente la disfruto. Mi hermano siempre me encerraba en mi habitación y decía que podría enfermarme como mi herm…
—¿Tú qué? —repitió sorprendido.
Según él, Rukia solo tenía un hermano.
—Mi hermana —respondió seria. Pasó un largo rato, como esperando que le dijera algo, pero él continuó callado. Entonces ella reanudó su relato— También tengo una hermana, Ichigo. Bueno, la tenía.
La tensión se hizo presente en el ambiente. Ichigo dejó de jugar con su vaso y le dirigió una de sus penetrantes miradas, esas que eran capaces de ver su interior y lo más profundo de su ser.
—Lo siento —susurró a lo bajo— Si no te agrada hablar de ello, no lo hagas.
Ella esbozó una pequeña sonrisa.
Antes de que lo dijera, sabía perfectamente las palabras que él utilizaría. Cada una de ellas y hasta la manera en que las pronunciaría. Porque, a pesar del poco tiempo de conocerse, tenía una idea clara de la mente de Ichigo: había temas que no compartiría con ella, ni con ninguna otra persona en el universo. Él era así. Pero ya no le daba mucha importancia. Todas las personas tenían algo oculto o un talón de Aquiles. Ella esperaría.
Algún día él estaría preparado y con suerte, se lo contaría todo.
—Creo que a nadie nos gusta hablar de los muertos, Ichigo —respondió, causando el desconcierto del ojimiel— pero yo no puedo fingir y hacer como si jamás hubieran existido. Porque los muertos no siempre lo estuvieron.
Él se puso de pie en un solo brinco.
—Mira, han abierto la taquilla.
Entonces ella dio por cerrada la conversación.
Ingresó al lujoso edificio. El vestíbulo era espacioso y en fondo se encontraba la característica —y eterna— flor de cerezo de bronce, imagen de la corporación. Se dirigió a la recepcionista para pedir indicaciones y ésta le explicó amablemente el camino que debía recorrer, a pesar de la tosquedad que él había empleado. Contoneó su pesado cuerpo hacia el ascensor, que precisamente se abría en ese momento y entonces se encontró con una joven mujer, pero extremadamente formal: su constitución era esbelta y su piel pálida.
Llevaba sus cabellos recogidos por atrás de una manera muy elegante y dejando caer un gran mechón hasta la altura del cuello, enmarcándole el lado derecho de la cara. Su nariz era fina y ligeramente respingada (muy a diferencia de la suya) y sus grandes ojos azules en tono oscuro, eran perfilados por sus gruesas pestañas. Vestía un traje sastre negro de falda y una blusa blanca de botones, dejando un margen muy pequeño para el escote.
En resumen, estaba buenísima.
En mala hora había pasado de las escaleras. Debía terminar varios balances y el cerdo con el que compartía el ascensor no despegaba la mirada de sus senos. Hubiera preferido subir los ocho pisos que distaban de la planta baja a su oficina —sin importar los diez centímetros de altura de sus zapatos— que estar encerrada con ese sujeto. Para alivianar su tensión, ajustaba con frecuencia sus gafas y rezaba para que él no intentara propasarse.
Las puertas se abrieron finalmente en su piso y salió prácticamente huyendo.
¡Y en verdad que habían mujeres estúpidas! Es decir, siendo él un hombre guapo, inteligente, de buena familia y rico, ella osaba en ignorarle. Pero total, ella se lo perdía. Ni que fuera tan guapa. Dejó de pensar en su conquista fallida y fue ahí dónde recordó el porqué de su visita. Sintió los nervios a flor de piel. Por más que intentaba convencerse de que estaba correctamente vestido (llevaba puesto su mejor traje, pero siendo sinceros le quedaba horrible por su gran corpulencia) y que estaba a la altura de la situación, traicioneras gotas de sudor fluían por todo su cuerpo. Si no se controlaba, su ropa quedaría estropeada. Tomó el pañuelo morado que llevaba en su bolsillo delantero y secó su frente. Todo estaría bien, ganaría dinero.
Bajó del ascensor en el último piso.
Éste se encontraba exquisitamente decorado al estilo chino, con delicados paisajes nacarados incrustados en el techo y las paredes laqueadas en negro. Se acomodó en uno de los sillones de cuero y esperó a que la secretaria le informara que ya podía entrar. Se había tomado muy en serio la puntualidad en su cita y faltaban al menos veinte minutos para que llegara la hora acordada.
Si llegaba a pasarse un solo minuto, automáticamente se cancelaría el encuentro.
—Pase —le ordenó finalmente y le abrió la enorme puerta de madera.
Pesadas cortinas doradas de seda cubrían la ventana. Las paredes eran rojas, con detalles grabados en oro y había jarrones de porcelana distribuidos por toda la habitación. Era ostentoso, pero no caía en lo vulgar. Detrás del enorme escritorio de caoba —que además parecía muy antiguo— se encontraba el hombre de su interés. Él parecía muy ocupado con su ordenador y tardó un par de minutos para darse cuenta de su presencia.
Necesitó aclarar su garganta para que le prestara atención.
—Vengo por...
—Lo sé —habló con autoridad, por primera vez. Ahora sabía porque todos le temían a Byakuya Kuchiki. Bastaron esas dos simples palabras para que él pudiera sentir todo el poder y la facilidad con la que podría hundirle. Era estúpido, pero era capaz de reconocer el verdadero peligro— ¿Cómo está ella?
—B-bien —respondió tartamudeando— Está muy bien —el hombre de cabellos negros le estudió detenidamente. Tomó esa acción como una manera implícita de exigirle una respuesta más detallada— Ya se ha adaptado completamente. Es capaz de hacer las cuentas con rapidez y sin la necesidad de alguna calculadora. Su equilibrio ha mejorado y ya no derrama la comida por todas partes. Incluso ha hecho amistad con los demás.
—¿Tiene pareja?
—No, no que yo sepa.
Byakuya Kuchiki no era un hombre estúpido: mucho antes de que Rukia se enamora de Kaien, él ya sabía quién era, de dónde provenía y cuál era su familia; cuando se frecuentaban a escondidas, los lugares donde se llevarían a cabo las reuniones y lo que pasaba en ellas; en el momento que se escapó con él, el sitio en el cual se ocultarían y con cuáles personas; cuando regresó a su lado, que solo era temporal y un engaño; y aún así, jamás intervino seriamente. Incluso él había movido sus influencias para que ese joven ganara una beca para estudiar en el extranjero. Ese tal Kaien tenía potencial, pero él no era el único con esas cualidades: las selecciones y los procesos burocráticos eran complicados, exclusivos y muy tardados. Con su pequeña ayuda, habían bastado solamente dos semestres para que pudiera irse. Lo meditó seriamente. Si apoyaba a Kaien Shiba, ayudaría indirectamente a su hermana; ella ya había elegido ese camino y no era nadie para evitarlo, tan sólo podía facilitarle el viaje.
Aparentemente vivirían felices, sin importar que fuera en concubinato (2). Total, no era nadie para juzgarle… Él mismo había cometido pecados más graves.
Como lo sabían todos, él era el heredero de la mayoría de las acciones de la corporación Kuchiki. Antes que él, existieron decenas y hasta cientos de personas, remontándose desde los orígenes de su noble familia —aunque lo noble, solo era de pantalla—. Detrás de su clan, había un oscuro pasado: desde intrigas, guerras, traiciones, decadencias y un sinfín de hechos trágicos, que marcaron el destino de cada uno de sus integrantes.
La imagen que ofrecía actualmente, solo era el cascarón de lo que un día fue.
Fue el primer hijo del matrimonio de Sōjun Kuchiki. A temprana edad, mostró ser dueño de una excepcional inteligencia. Cuando tenía cuatro años, su madre quedó nuevamente preñada y de esta manera nació su primera hermana, Hisana. Sin embargo, su madre falleció por terribles complicaciones en el parto. Su padre estaba ausente la mayoría del tiempo y ahora, sin una madre que les cuidara, su abuelo se hizo cargo de ellos. Desde su nacimiento, Hisana fue una niña muy frágil, dulce y pequeñita; despertaba en él, la necesidad de protegerle de cualquier peligro. Compartían un lazo muy especial. Jamás discutían, como comúnmente hacían los hermanos. Al contrario, siempre parecían disfrutar de su mutua compañía. Dormían, comían y se bañaban juntos, hasta que él comenzó a crecer e inevitablemente, debieron separarse.
La independencia que adquirió de su hermana, le ayudó a disciplinarse.
Destacó aún más en sus estudios, al igual que en los deportes. Su abuelo le felicitaba constantemente por su esfuerzo y él mismo le presentó a Yoruichi Shihōin. Era mayor que él por unos cuantos años y pertenecía a su mismo círculo social. Jugaban ajedrez en el jardín, cada tarde. Y de una manera que desconocía, Yoruichi siempre se las apañaba para ganar. Eso verdaderamente le enfurecía. En esa época de su vida, únicamente era un chico arrogante y jovial, que se desvivía para demostrarle su superioridad a Yoruichi.
Y sin que él lo supiera, Hisana los observaba a lo lejos, desde su ventana y sentía unos terribles celos por Yoruichi Shihōin. Ella jamás salía de casa. Su debilidad y sus perpetuos padecimientos no se lo permitían, causándole una palidez casi fantasmagórica. Era una niña menuda, en comparación de la joven Yoruichi, saludable, de piel morena y deslumbrantes curvas.
A pesar de su corta edad, comprendía el porqué Byakuya la prefería a ella.
Byakuya percibía el extraño comportamiento de su hermana menor. Tenía diez años, pero su cuerpecito se mostraba lejano a los cambios que conllevaban la pubertad. Para él, Hisana era su muñeca de porcelana y siempre la vería así. Había dejado de jugar con ella, por la sencilla razón de que ya no le hallaba ningún sentido. Seguramente, ella se aburriría ante su falta de imaginación y preferiría la compañía de niñas de su misma edad. Aunque no hablaba mucho, se relacionaba bien con los demás.
Pasaron los años y el diagnóstico de Byakuya falló: Hisana se volvió una hermosa mujer.
Su rostro era sencillamente precioso. Su forma completamente ovalada en conjunto a su nariz pequeña, labios finos y el rasgo más destacable de la familia Kuchiki, los ojos en una tonalidad en medio del camino entre el azul profundo y un violenta intenso, le valieron uno y mil cumplidos diarios. Su constitución era la misma de siempre, sin embargo abundaban las formas femeninas. Su piel cremosa, antes uno de sus mayores complejos, era admirada por todas las mujeres de alta sociedad que le conocían. En especial, por el contraste que ofrecía junto a sus negros cabellos. Sus movimientos eran gráciles y sus ademanes suaves; era una digna representante Kuchiki.
Él notó cada cambió.
Paulatinamente, regresó el viejo fervor que sentía por su hermana. Incluso, podría decirse que aumentó a niveles estratosféricos. Era un sentimiento tan poderoso, que era incapaz de definirlo o siquiera, controlarlo. Comenzó a acercarse a Hisana, hasta entablar una relación tan estrecha como la de antes. Los ancianos, miembros más antiguos del clan, intuyeron rápidamente ese afecto anormal. Dos adolescentes de distinto sexo no podían compartir la misma habitación, sin importar el parentesco. Tan alarmante era la situación para ellos, que convencieron a su padre y abuelo de separarlos. Hisana se quedó en casa, al estricto cuidado de la servidumbre y él fue llevado a una academia militar.
Así cortaron su relación de tajo.
Pero él jamás sintió un amor sexual por su hermana… o jamás fue capaz de pensar en ello. Hubiera sido como abrir directamente las puertas del infierno. Era morboso, enfermo. Byakuya no quería eso para Hisana. Tan sólo era un inocente y triste amor amor platónico, que ella desconocía por completo. Una idealización extraña a su persona. Quizás ella no se imaginaba la intensidad con la cual le amaba. Por más dolor que pudiera provocarle, dejaría que Hisana marchara de su vida y él continuaría con la suya.
Deslizó un pequeño sobre amarillo, en dirección de Omaeda.
—Aquí está el cheque con la cantidad que acordamos.
Notas:
(1) Es una película estadounidense pornográfica de 1972 escrita y dirigida por Gerard Damiano y protagonizada por Linda Lovelace. Fue exhibida en todo tipo de salas cinematográficas (no sólo salas X) y es probablemente la película pornográfica más exitosa e influyente de todos los tiempos.
(2) Es la relación marital de dos individuos sin estar unidos bajo el vínculo matrimonial.
Son las 2 de la mañana en mi ciudad, en el último día del año.
Chicas ¿Cómo quedó el capítulo? Lo hice y deshice en un número de veces que resultaría ridículo para los demás. Aún así, no me quedo conforme —llora—, pero lo que sigue está mejor. Se los prometo. La próxima semana, regresando al cauce de los viernes de actualización, tentativamente subiré el siguiente capítulo (que está avanzado en cierto porcentaje).
Ahora era turno de nuestro Bya-kun. Una amiga me ha pegado esto del incesto, lo siento. Me parecen muy interesantes y complejas ese tipo de relaciones (aunque yo jamás estaría con alguien de mi familia, pero de igual manera respeto a los pensamientos de los demás). Como que la idea del príncipe se enamora de la plebeya y viven felices, no me llena demasiado. Mis porros y mis unicornios me aconsejaron esta idea.
Y respecto a la película pornográfica que mencioné, jamás la he visto. Aclaro el asunto, porque luego pensarán que soy una depravada sexual (aunque siendo sincera, no me falta mucho).
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Mis hermosos lectores (a los cuales amo con todo mi corazón y que cada uno ocupa una habitación en él):
Gracias por dejarme estar aquí. Por no tirarme al león, dirían en mi bonito rancho. Por inspirarme a seguir, aún y cuando a veces siento que no tiene ningún sentido escribir. Ignoren la rima improvisada de la oración anterior. Soy mala expresándome —juas— y no sé como transmitirles todo este cariño. Les deseo, con mis mejores y macabras intenciones, que este año que dejamos atrás sea aplastado por el que viene y que nos vaya bien chévere a todos. Que sigamos teniendo vida, con buena salud incluida.
Valoren a las personas que tienen, no se guarden nada, díganle puta a la puta (creo que tengo una obsesión con esta palabra) que les cae mal… Ok, no, también demostremos que tenemos buena educación y en especial, perdonen. Cuesta una mierda, pero cuesta más el odio. Se los digo por experiencia, el rencor no me ha traído nada bueno… (Con decirles que hacía tanta bilis, que hasta me quedé sin vesícula) jaja. No soy ningún tipo de Madre Teresa o un Gandhi moderno (de hecho, estoy para el carajo jaja), pero tengo una firme creencia: pagamos todas las que debemos en esta vida. Las buenas y malas acciones se regresan.
Los veo en el 2013~
Y si quieren, regálenme un hermoso y sexy review
Completamente suya
Alejandra
P.D. Hagan algún ritual o rezo para que por fin consiga novio. Si está bueno, quizás consiga inspiración para los lemons 1313 (todos salimos ganando).
