Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

Notas de la autora:

Como se habrán dado cuenta, en este mundo alternativo Orihime es la mejor amiga de la infancia de Rukia y Tatsuki de Ichigo. Por esta ocasión, Orihime y Tatsuki no serán amigas, como en la trama original.

Me amarán y odiarán por este capítulo.

Advertencia: Algo de lime.


-Compañeros de piso-

Capítulo XIII:

Paraísos artificiales

Reunión anual de la corporación Kuchiki. Cada trabajador era libre de invitar a su familia y pasar un agradable rato con todas las atracciones que ofrecía la empresa. En esa ocasión, el evento se celebraba en un espacioso parque temático. Todos los juegos mecánicos y puestos de comida estaban a la voluntad del público. Rukia aprovechaba ese tipo de oportunidades para acercarse a su hermano mayor. Él siempre trabajaba, pero ese era el único día del año en que le permitía pasar un par de horas a su lado. Sin embargo, el tiro siempre le salía por la culata. Había tanta gente adulándolo e intentando ganar su simpatía —al igual que ella— que lejos de convivir, terminaba aburrida observando a su alrededor.

No obstante, ese año fue distinto.

Elegí este lugar, pensando en ti —murmuró Byakuya, suavizando ligeramente la expresión de su rostro. El corazón infantil de Rukia empezó a latir acelerado… ¡Su hermano sí le quería! Estuvo a punto de brincar hacia él y abrazarle, pero como de costumbre, llegó alguien a interrumpir el momento. La niña de seis años bajó su carita decepcionada y se agazapó en uno de los tantos rincones que había en el parque.

¡Hola! —le saludó animadamente una niña. Tenía aproximadamente su edad y resaltaba por su larga cabellera de vibrante tono naranja. Ella le ignoró— ¡Hola! —Insistió— Me llamo Orihime ¿y tú?

Rukia… —musitó bajito, sin permitir que viera su rostro.

¿Quieres jugar conmigo? Traigo muñecas.

Volteó sorprendida, era la primera persona que le hacía tal proposición.

S-sí —respondió rápidamente, trabándose— sí quiero.

Ven conmigo —respondió con una sonrisa y le ofreció su mano. La niñita de ojos violáceos la tomó con desconfianza, pero sus dudas se disiparon con velocidad.

Entonces ella fue capaz de sonreír por primera vez.

¡Orihime! —Vociferó un joven hombre de cabellos negros— Ven aquí —le ordenó autoritariamente. Ella obedeció sin rechistar. Rukia intuyó que sería su hermano mayor. Inoue también vivía únicamente con su hermano, Sora. Parecía muy enojado— Orihime-chan, lo siento. No debí gritarte de esa manera —se disculpó más calmado. La ojiazul agudizó su oído— Despídete de tu nueva amiga. Lo siento, en verdad, pero no puedes jugar con ella.

¿P-por qué? —preguntó la pequeña Orihime, tomando un poco de valor. Ella jamás cuestionaba sus palabras, pero en esa ocasión creía que estaba siendo injusto. El muchacho se acercó a la niñita de ojos grises y bajó el tono.

Ella es la hermana de mi jefe —explicó temeroso— Cualquier cosa que pueda sucederle estando contigo, me perjudicaría a mí. Tenemos que irnos ya. Anda, toma tus cosas y vámonos.

Rukia no necesitó escuchar, sabía perfectamente lo que estaba pasando.

Adiós, Rukia-chan —se despidió Orihime con tristeza— me gustó mucho jugar contigo.

Adiós, Orihime —pronunció con una pequeña sonrisa— Gracias por esta tarde.

Kon no era de su propiedad. Kon no era un bebé, entonces… ¿Por qué mierda habían regresado al departamento? Luego de que las vías fueran restablecidas, recordaron que el horrible saco de pulgas estaba solo en casa. Rukia armó un drama y finalmente le persuadió de no comprar los boletos hacia Karakura. Aunque siendo francos, la pelinegra no requirió de mucho esfuerzo para hacerle cambiar de opinión. En el fondo, él también se preocupaba por el cachorro. Cuando llegaron a casa, se encontraron con un Kon dormido en el sofá. El foco de alarma se encendió inmediatamente en Ichigo. Corrió rápidamente a examinar el resto del departamento y sus sospechas fueron confirmadas: el muy cabrón había hurgado en los cestos de basura y desparramado su contenido por doquier.

—¿Qué haremos con Kon? —le preguntó a su compañera molesto— Está comenzando a crecer y tú dijiste que sería temporal.

—Se lo he ofrecido a un montón de personas —mintió Rukia—, pero nadie lo quiere. No podemos dejarlo en la calle, ni tampoco en la perrera… ¡Lo matarían en poco tiempo y Kon no se lo merece!

Zorra, pensó el peli-naranja.

Se veía a mil kilómetros que jamás había hecho tal cosa.

—Entonces yo —pronunció con énfasis en la última palabra— buscaré a alguien que lo quiera. Y yo, como siempre, tengo que limpiar mierd… —se alejó farfullando bajito y Rukia no fue capaz de entender la sarta de blasfemias que proliferaban sus labios. Simplemente fingió demencia y se metió al baño. Necesitaba una ducha con urgencia. Amaba a Kon, pero le parecía repugnante limpiar sus gracias. Total, Ichigo lo hacía gratis. Aunque… cada vez le notaba más fastidiado por la presencia del perro. Al inicio, pensó que Ichigo terminaría encariñándose de Kon con el tiempo, pero el corazón de ese estúpido friki naranja era un hueso muy duro de roer.

Debía armar un plan y rápido.

—Vamos a comer a donde quieras —le invitó la ojiazul, ya bañada y cambiada— yo pago.

El ojimiel soltó un bufido.

—¿Cuál es la trampa?

Rukia tramaba algo. Sí, lo veía claramente en sus ojos. Quizás en el comienzo de su relación él fue algo turbio… —ya saben, quería deshacerse de ella— pero cuando ya no tuvo de otra, cambió y Rukia aprovechó para cobrárselas todas y con creces. Él siempre tenía que pagar sus platos rotos… Cuando llegaban a salir, su billetera era la más afectada ¿Caballerismo? ¡Qué le den por el culo! ¿Las mujeres querían equidad? Perfecto ¡Qué también aporten con metálico!

—¡Ninguna! —Chilló teatralmente. Ichigo no era tan estúpido como pensaba— Es navidad.

Silencio.

—Mmmm… bien —aceptó finalmente— tú pagas, ¿no?

—Yo pago —confirmó con una sonrisa.

oOo

¡En verdad pensaba chuparle cada centavo de su bolsillo!

En primer lugar, había elegido un lujoso restaurante de comida italiana. Ella le conocía por su hermano y sabía lo estratosférico que podría resultar una comida completa, pero no se preocupó inmediatamente. Es decir, ella creía —y esperaba— que él pidiera algo económico y ambos disfrutaran del ambiente… ¿Pero que había hecho el idiota? ¡Escogió el plato y el vino más costoso de la carta! No podría pagar el total, así que pasó de pedir un solo guisante de su parte.

Rezaba internamente para que el importe de Ichigo no superara su presupuesto.

—¿Y usted que desea, señorita? —le pidió el elegante camarero.

—Solo agua, por favor.

Ichigo sonrió. No con su habitual sonrisa escueta, sino con una sonrisa verdaderamente enorme. Incluso eran visibles sus perfectos dientes blancos. Era extraño. Un milagro, quizás. En cuanto el camarero se alejó, Ichigo comenzó una sonora carcajada.

—¿Qué? —le preguntó Rukia cabreada ¿Qué tenía de gracioso dejar sin comer a alguien?

—Nada —contestó el peli-naranja, regresando a la normalidad. Cinco minutos después, ya tenía su pasta de gambas. Tomó un par de hebras con el tenedor y las enrolló, apoyándose con la parte cóncava de su cuchara. Rukia le seguía en cada movimiento con la mirada y no le culpaba, el aroma que despedía la pasta era delicioso y tenía muy buena pinta— ¿Quieres? —inquirió, justo antes de probar el primer bocado.

—¡Sí! —afirmó con ahínco. Se moría por saborear tan sólo un pedacito de las gambas.

—Perfecto —murmuró con solemnidad— Para la próxima vez que vengas, puedes pedirlo —y terminó el trayecto que separaba la pasta de su boca. No solo se veía bien, sabía mucho mejor. Luego tomó un breve sorbo de su copa de vino y el sabor se realzó todavía más.

Hijo de la grandísima puta.

El rostro de Rukia comenzó a enrojecer, pero no le dijo nada. Solo tomó bruscamente un pedazo de pan y lo masticó con fuerza. Verlo comer fue una completa tortura. Se sentía como presa, conformándose con las migajas. Todo el mundo le observaba como si fuera una pordiosera, siendo que el pordiosero era Ichigo, por colgarse de su buena voluntad. El muy cabrón tomó bocados pequeños y separados por un gran intervalo de tiempo; aparentemente para disfrutar más de la comida o simplemente joderla. Cuando finalmente terminó y ella tuvo que pagar la cuenta, realmente se arrepintió de haberle invitado.

Ichigo se veía de muy buen humor.

—¿Estás molesta? —preguntó el peli-naranja, mientras andaban hacia el edificio.

—No —respondió cortante, esquivando su mirada.

Su cabeza empezaba a doler. No tenía ánimos ni la paciencia para ver y escuchar al cabronazo de Ichigo.

—Ven —le ordenó, tomándole por la mano— Ahora yo te invito lo que quieras… —enunció en tono de voz raro, hasta para sí mismo. Su mente comenzó a dar vueltas y tomó conciencia de lo que había hecho. Deseó poder regresar el tiempo mediante algún tipo de artefacto. Ella abrió los ojos sorprendida, quedándose totalmente congelada. Reaccionó tras unos segundos. Entonces le jaló hasta el mini-súper que acostumbraban ir.

Lo hecho, hecho estaba.

Una bicicleta naranja oxidada se encontraba fuera del establecimiento. El letrero de siempre, rotulado en grandes letras verdes, colgaba encima de sus cabezas. Las puertas de vidrio se abrieron automáticamente y ahí le soltó.

La mano de Ichigo era tan cálida…

—¡Tacaño de mierda! —Explotó Rukia de repente— ¿Sabes cuánto gasté en ti?

En realidad, no sabía que le enfadaba más. A, que le estafara o B, que osara tocarle. En algunos momentos, era mejor que las personas se comportaran mal con ella. Porque al menos así, tenía un pretexto válido para odiarles. Aunque quizás, existía una opción C para que Rukia Kuchiki se sintiera tan alterada: que le agradara su contacto.

—Interesada de mierda —gruñó como defensa— ¿Acaso no sabes que la intención es la que cuenta?

—Eso mismo le digo a mi esposa todos los días —intervino uno de los encargados del mini-súper, en medio de una carcajada. La pareja de tortolos se sonrojó como si nadie les hubiera sorprendido antes. Solían frecuentar el lugar y él sabía por las malas lenguas que vivían juntos, en un departamento cercano. Debían tener un sexo maravilloso, pensó mientras les observaba discutir. Por esa razón, su actual esposa y él se habían casado. Aunque no tenían ni un gramo en común, el sexo lo rescataba todo. Después de su comentario, corrieron a esconderse en alguno de los pasillos. El chico salió primero. Posteriormente, la chica se dirigió hacia él para pagar. Compró una caja de zumo de naranja y un par de bocadillos baratos— Feliz navidad para usted y su novio —le deseó socarronamente. Ella le agradeció con una breve reverencia, tomó la bolsa con sus compras y salió como alma que llevaba el diablo.

¿Por qué las personas se empeñaban en juntarles?

Subió pensativa las escaleras. La cerradura no estaba puesta, así que no fue necesario tocar el timbre. Kon acudió emocionado hacia sus piernas. Ella palmeó su cabecita y se dirigió hacia la cocina. No veía ni rastro de Ichigo, pero no se preocupó en buscarlo. Sus sienes palpitantes le irritaban aún más. Jaló un banco de la barra y se posicionó sobre él. Sacó la comida "patrocinada" por el estúpido de Ichigo, que no costó más que unos cuantos yenes. Ichigo le dio un billete antes de su cobarde huída y le quedó cambio. No pensaba regresárselo (tenía pasajes de autobús que pagar y aún faltaba una semana para su próxima paga). Como de costumbre, necesitó utilizar sus dientes para quitar la bolsa que envolvía a la pajilla. Escupió un pedazo de plástico y le metió por el hueco correspondiente. Dio largo sorbo, hasta que la cajita de zumo crujió vacía.

Estaba a punto de olvidarlo, pero ya que había gastado una cantidad no módica de dinero, no era fue capaz de arrepentirse. Abandonó la pieza, acompañado de todas sus inseguridades y el regalo que había comprado para Rukia. Kon mordisqueó sus zapatos y le pateó —con delicadeza— para deshacerse de él.

Rukia limpiaba la cocina.

Ichigo llegó a la cocina con un misterioso objeto, escondido detrás de él. Parecía un regalo… pero no quiso hacer afirmaciones precipitadas. Ichigo no era el tipo de hombre que va por la vida obsequiando cosas. Además, le convenía que fuera así. Ella había desechado su regalo en un arranque de enojo o estupidez… Su rostro se veía bastante abochornado. Avanzó un par de pasos hacia ella y efectivamente, le entregó una caja envuelta en un vistoso papel y un enorme moño rosado.

—Ichigo, ¿qué es esto? —inquirió confundida.

—Yo… feliz navidad, Rukia.

—¿Es mío?

—No, idiota, es para mí… ¡Por supuesto que es tuyo!

Un mes atrás, mientras regresaba del trabajo, pasó por la acera de la tienda departamental donde vendían productos de la franquicia de Chappy. Era la época del año donde surtían y lanzaban nuevos productos al mercado, así que no se resistió en entrar y ver las novedades. Fue amor a primera vista. No necesitó dar más de cinco pasos, para cuando ya había fijado su mirada en aquel bolso. Debía ser suyo. Dios lo había puesto ahí, especialmente para ella. No traía ni un maldito yen encima —qué novedad, pensó entonces de mala gana—, pero no podía irse sin él. Ni siquiera había tomado el autobús, ¿cómo demonios compraría aquel hermoso bolso? La suerte estuvo de su lado. Una vendedora pelirroja debió intuir su problema, así que le informó del mejor invento del hombre hasta el momento —para las mujeres—: sistema de apartado y crédito.

¡Por la Santa ostia! ¡Chappy lo tenía!

Sin pensarlo, tomó el bolso y abrió una cuenta a su nombre.

—Gracias —agradeció con mala cara de póker.

Si él se lo hubiera obsequiado un mes (y un día) atrás, quizás hasta le hubiera besado los pies.

—No te gustó, ¿cierto? —le cuestionó, claramente decepcionado, sin importar todo el esfuerzo que invirtiera para demostrar lo contrario.

—No, no. Es muy lindo —explicó rápidamente. Ichigo le perdió de vista durante un segundo. Al otro, ella estaba de puntitas, besándole la mejilla. Fue un momento muy surrealista para ambos— Gracias.

Lo dejó fuera de la lona.

Afortunadamente, alguien llamó a la puerta.

—Yo… iré —soltó veloz y dejó a una Rukia Kuchiki enmarañada en sus propios sentimientos.

No eran falsos los mitos acerca de la comida rápida —tan barata y adictiva—; el empleo consumía todo su tiempo y siempre tomaba bocadillos en cualquier restaurante que encontrara (por lo general de hamburguesas, sándwiches o buffets de "todo lo que pueda comer" chinos). No tenía otro remedio. Había probado la comida proveniente de distintos restaurantes japoneses y todos le costaron terribles problemas digestivos… ¡Era increíble cómo podría variar la comida de un lugar a otro! Sin embargo, ya empezaba a resignarse con los intentos de ramen (que consistían en sopa instantánea calentada en un microondas y servida en un plato con diseños orientales).

Al principio se sintió incómodo por el hecho de rendir cuentas. Al ser dueño de su propio negocio, él podía decidir qué haría o qué no, el cuándo y el cómo. Pero de esa forma, no prosperaría demasiado. Los trabajos comenzaban a escasear y debía pensar en un futuro seriamente. Ser un humilde técnico independiente no tenía nada de deslumbrante ni prometedor. Ahora, hasta tenía la oportunidad de seguir estudiando. Vivía en una sencilla casa, junto con un chico coreano, otro taiwanés, uno estadounidense —que se sentía más que feliz con la comida que ellos cocinaban; era fanático a la cocina asiática— y una chica que también era japonesa. No fue simple encontrar un lugar donde aceptaran a Zabimaru, pero a ellos les agradaban las mascotas y no tuvieron menor inconveniente en que se quedara.

—Dime la verdad —le pidió jadeante, incapaz de enderezarse— ¿Eres hombre?

Luego de tanta comida chatarra y horas y horas de inactividad detrás de un escritorio, un par de molestos kilos habían aparecido alrededor de la cintura de Renji. Tatsuki, la única mujer con la cual vivía, trabajaba en un pequeño dōjō, así que le pidió que le dejara practicara en él durante las noches. Esa era la única oportunidad que tenía para hacer un poco de actividad física. Ella aceptó e incluso competía contra a él. Sin embargo, la condición de Renji se encontraba muy por debajo que la de la joven de cabellos marrones.

—No —respondió ella con media sonrisa y acomodándose en el suelo.

—¿Lesbiana?

Tatsuki soltó una fuerte risotada.

—¿Pero qué te has creído? —Estiró su brazo para golpearlo en la cabeza— ¡Las mujeres también somos fuertes!

Y que sí lo eran.

Sobó lastimeramente su quijada, intentando aminorar el dolor que sentía por la patada que ella le había asestado en la mandíbula.

—Entonces sí, eres lesbiana.

—Mira, que sí sigues así, te volveré a patear el culo.

—No te preocupes, guardaré tu secreto —prometió, guiñándole el ojo.

—¡Ya no volveré invitarte a entrenar!

—Este no es el único lugar en la tierra donde puedan darme una paliza gratis.

Ambos rieron.

—Le pedí a Bobby que arreglara las llaves de la ducha, pero el idiota no quiere hacerlo —comentó, cansada de la situación. Como diría aquel célebre refrán: "En casa de herrero, cuchillo de palo" ¡Robert Smith era plomero! ¡Un puto plomero! Era profesional, así ganaba su vida ¿Y se negaba a reparar una simple fuga en su propio techo? ¿Qué rayos tenía en la cabeza? ¿Mierda?

—Yo también puedo hacerlo, tengo experiencia en el ramo —se ofreció Renji.

—¿Eras plomero en Japón?

—No, pero jugando Mario Bross aprendí un par de cosas.

—Eres de gran ayuda —musitó la chica sarcásticamente.

—Ya. Solo era una pequeña broma —explicó, al ver que Tatsuki comenzaba a enfadarse en serio—. De verdad, yo las arreglaré. No soy plomero como Bobby, ni lo haré con la misma soltura, pero sé de qué va la cosa.

—Mientras no explotes todas las tuberías y compongas la fuga, haz lo que quieras.

Silencio.

—¿Tú que hacías en Japón? —le preguntó Renji pensativo.

Quizás se encontraba a miles de kilómetros, pero su corazón continuaba ahí.

—Además del karate, nada —respondió la pelinegra con una melancólica sonrisa— Mí familia emigró en cuanto terminé el instituto. Realmente, empecé a trabajar aquí con niños pequeños.

—¿De dónde eres?

—Karakura.

—Eres la segunda persona que me responde eso.

—¿Quién fue la primera?

—Un tipo raro llamado Ichigo.

—¿Kurosaki?

Los días festivos tenían la peculiaridad de caer rápidamente como fichas de dominó. Cuando menos lo pensaron, ya era el último día del año. Técnicamente, no formularon ningún plan especial de celebración, pero en el edificio se armó una pequeña fiesta. Era libre y la única condición era llevar algo de comida. Entre los dos, hicieron un delicioso pastel de fresas. Quedó bien, aunque algo aplastado. En el vestíbulo colocaron una enorme mesa y sillas plegables. Alguien se tomó la molestia de decorar con globos y un letrero viejo que decía "¡Feliz 2000!". La mayoría de inquilinos vivían solos en sus departamentos y el casero jamás había desapercibido este detalle. Cada año, él organizaba la reunión. No tenía hijos, pero sentía que cada uno de ellos lo eran. Al menos así todos podían ignorar durante un rato su soledad.

Las campanas repicaron a lo lejos.

—¡Feliz año nuevo! —gritó alguien emocionado.

Después se inició la repartición de abrazos. A excepción del Ukitake-san, todos habían bebido un par de copas de sake. Rostros congestionados por el alcohol, estrecharon el delicado cuerpo de Rukia. Ella jamás se había sentido cómoda ante este tipo de situaciones, pero aún así, no impidió que sucediera.

Solo faltaba una persona.

—¡Por dios! —Vociferó escandalizado el anciano casero— ¿Viven juntos y aún así no se darán un abrazo? —los sabios ojos negros del viejo les seguían implacables. Intentaron escabullirse, pero la presión social llegó a un punto insostenible. Con timidez, Rukia dio el primer pasito, pero retrocedió inmediatamente. Ichigo parecía indispuesto. El ojimiel no sabía simplemente que decir o actuar. Él también avanzó, pero esta vez, ella permaneció inmóvil. Esa torpe danza, finalizó en un escueto estrechón de manos— No entiendo a los jóvenes de hoy en día —murmuró resignado y los dejó en paz.

—Veamos hasta donde llegamos este año, Ichigo —musitó Rukia de la nada. Él no entendió a que se refería y justo en el momento que iba a preguntarle, ella dio la media vuelta y se encaminó hacia las escaleras.

—¿Dónde lleguemos…? —repitió para sí mismo. Hanatarō se acercó hacia él. Le ofreció una cerveza y le invitó a jugar póker en su departamento, con el resto de los chicos. Por primera vez en toda su estancia, aceptó.

Él también quería saber hasta dónde llegarían.

Luego de la sesión en donde reemplazó a Ulquiorra Cifer, otros pequeños trabajos comenzaron a fluir en torno a él. El año nuevo llegó con muchos cambios en su vida laboral. Ya no era el esclavo de Pesche, ahora era considerado como otro empleado, raso, pero empleado al final de cuentas. Y por cierto, Nelliel siguió metida en su cueva. Varios días fue hasta su departamento para visitarla y ver como se sentía, pero nadie abrió la puerta.

Desistió al octavo día.

Catorce de enero. Esa era la primera mañana de sus veintisiete. Sí, era su cumpleaños. Nadie de su círculo social actual lo sabía, a excepción de Orihime. Los nacimientos estaban sobrevalorados, se convenció. No debía sentirse mal porque ninguna persona le diría «feliz cumpleaños» o le compraría un jodido pastel. Rukia a secas era invisible, no tenía procedencia. Tal vez así era mejor. Ella misma lo había decidido. Porque había cierto punto en la vida de una mujer, en donde los años acumulados comienzan a pesar sobre la espalda. El verse libre de celebrar el paso de la gravedad sobre su cuerpo era maravilloso.

Rukia entró al baño, como cada mañana, pero esta vez no se preocupó por cerrar la puerta. Ichigo jamás entraría ahí, ¿no? ¿Qué caso tenía hacerlo? Abrió las llaves de la regadera. Comenzó a desvestirse y por alguna razón, no encendió la radio. El agua corría incesante. Completamente desnuda, lista para meterse a la ducha, siguió plantada en el piso, contemplándose en el espejo. Examinó con diligencia la imagen que éste le regalaba.

Su rostro ya no era el de una jovencita. Su cuerpo quizás lo pareciese, pero sus rasgos faciales no. Era tan fácil y a la vez, tan difícil, ver los cambios: cada año necesitaba más maquillaje para cubrir sus imperfecciones. Su cintura se engrosaba lenta, pero constantemente. Sus pechos ya no tardarían demasiado en comenzar a perder la turgencia que les caracterizaba. Con el paso del tiempo, aparecerían las inevitables arrugas.

No le tenía miedo a envejecer, pero sí a envejecer sola.

De pronto, una fría corriente de aire se coló por su espalda… Era imposible, nadie había abierto la puerta y ella no había sentido ningún movimiento…

Un inesperado mensaje de texto le despertó. El número era desconocido, pero sabía perfectamente quien era el responsable... De otra manera, no se hubiera despegado de la cama tan temprano. La cama de Rukia ya estaba hecha, así que dio por sentado que ya se había ido. Según recordaba, debía cubrir varios días de Orihime. Se colocó sus audífonos y seleccionó la pista más ruidosa que tenía en su reproductor. Si lo que decía el mensaje era cierto, debía darse prisa…

Entonces sucedió lo impensable. Silencio sepulcral. Miradas incrédulas y cortantes como una afilada espada. Cosquilleos inevitables en zonas que no se pronunciarían en voz alta. Un grito que despertaría a todos los dioses: Un Ichigo desnudo se encontró con una Rukia desnuda.

Rukia tenía un tatuaje en su…

Dicen que cuando alguien está nervioso, funciona imaginarse a las personas en ropa interior para tranquilizarse. Pues a este par no le funcionó. La sangre golpeó de llano a sus rostros y la cordura amenazaba con irse. La ojiazul tenía tanto tiempo sin ver a un hombre desnudo... y anatómicamente hablando, Ichigo… ¡Ichigo era peli-naranja natural! (Esperaba que nadie le preguntara como lo supo). Por su parte, él aún no superaba el pequeño tatuaje que Rukia había escondido durante toda su vida y… por Dios, su pequeño amiguito no tardaría mucho en despertar y dejar de ser pequeño… La ojiazul no necesitó decir una sola palabra, Ichigo huyó hacia la habitación, antes de que todo se fuera a la mierda. En sí, no pasaron más de diez segundos, pero a este par le pareció una eternidad.

Un portazo le anunció la retirada de Rukia. No sintió el coraje necesario para salir de la pieza y encarar a los hechos. Se hallaba sentado, al borde de la cama, preso de una borrosa visión. Su virilidad no entendía de razones. Él tenía su propia idea de diversión. Con el pudor de la primera vez, sus manos inexpertas la tomaron y empezaron una penosa tarea, a la cual los hombres recurrían para desahogar sus pasiones reprimidas.

Todo el camino al restaurante, sintió su rostro arder de la vergüenza… ¡Jamás podría volver a ver a Ichigo a los ojos! Durante todos esos meses, jamás reparó que Ichigo era un hombre… y aunque no quisiera imaginarlo, los hombres tenían un pene… que… que… Un montón de recuerdos resurgieron de su interior. Muchos podrían jurar y perjurar que una persona, en especial una mujer, era capaz de vivir una vida al margen de la intimidad en pareja, pero… aún así, ella creía que los humanos necesitaban, cada cierto tiempo, de caricias que les recordaran que seguían vivos. La sexualidad, siendo tabú o no en la sociedad, era un componente esencial para una vida plena.

Su jornada laboral transcurrió sin novedades. Ese era su último sábado de castigo. Orihime por fin había regresado y ya no debería pagar más horas. Su mente intentaba evadir el incómodo momento que pasaría en cuanto regresara a casa, que ni siquiera recordó que ese día era su cumpleaños. Omaeda cada vez estaba más pesado con ella, valga la ironía, que ni siquiera entendía porque se comportaba así, ahora que ya era capaz de cumplir sus actividades a la perfección. De un instante a otro, se percató de que estaba totalmente sola en el establecimiento. Eran las cinco de la tarde. Ni siquiera el jefe se encontraba en su oficina. Extrañada, comprendió que no tenía caso seguir haciéndense tonta y tomó sus cosas para marcharse.

A un par de cuadras, se halló con la persona que menos hubiera deseado encontrarse.

—¿Ichigo? —inquirió sorprendida.

Al menos ahora sí estaba vestido.

—Qué casualidad.

—¿Qué estabas haciendo por aquí?

—Yo… salí temprano —explicó Ichigo precariamente. El rostro de Rukia le indicó que no le creía ni una sola letra— ¿Nos vamos? —expresó como de costumbre. Ella dudó por unos segundos, así que él tomó la iniciativa— ¿Te quedas?

—No —respondió con una sonrisa. Quizás se estaba ahogando en un vaso con agua— Vámonos —recorrieron varias cuadras en silencio. En la esquina, donde normalmente doblarían a la derecha, Ichigo se movió hacia a la izquierda— ¿A dónde vas? Es por aquí —comentó, señalando el camino.

—Tomaremos un atajo —se limitó a decir.

En su cabeza había mil y una interrogantes, pero permaneció en silencio y acató las indicaciones de Ichigo. Se sentía claramente intrigada por cada acción anormal de su compañero de piso. Llegaron a una estación del metro y entonces sintió que podría respirar tranquila. Una de las líneas desembocaba cerca del edificio. Ichigo pagó los boletos y caminó en dirección contraria al andén al que deberían ir.

—¿Otro atajo? —inquirió la pelinegra preocupada.

Él asintió.

—Sígueme.

¿Pero qué mierdas estaba pensado Ichigo? ¿La violaría…? Bah, ya qué. Tampoco es que se fuera negar mucho… Su cabecita maquinaba un millón de razones por las cuales Ichigo actuaba de esa manera. Tomaron una línea que jamás había utilizado antes, así que desconocía a cualesquier sitio donde fueran a llegar. El friki naranja se veía tranquilo y serio. No le regalaba ningún indicio de sus intenciones. Bajaron en un distrito (a un paso de la mierda y la nada). Caminaron entre las avenidas congestionadas por los coches y los autobuses. Finalmente, la mujer de ojos violáceos comenzó a reconocer la zona.

—¡Oh, ya está aquí! —Informó Matsumoto a sus acompañantes— Llegas tarde, Rukia-chan.

—¿Qué? ¿Qué está pasando?

—¿No es obvio? —Respondió Ichigo con suavidad— Es patinaje sobre hielo.

—No, lo que quise decir fue…

—Estabas mirando a este lugar el otro día, así que pensé que quería ir a patinar.

—¿Eh? —pronunció en voz baja. Luego soltó una pequeña risita— idiota…

En vano, había forzado a sus nervios.

Tan sólo era una pista de patinaje, Ichigo solo quería patinar.

—¿Qué? —inquirió el muchacho de ojos avellanas, ante la mueca de Rukia.

—Nada —respondió, negando con la cabeza.

—Se pone muy bonito aquí en la primavera, con todas las flores de cerezo —comentó Ichigo, tratando de sonar casual.

—Así que —comenzó— ¿Por qué trajiste a todos aquí?

—¿Qué? ¿No lo entiendes?

Silencio.

—¡Rukia-chan! ¡Kurosaki-kun! —Intervino Orihime— ¡Dense prisa! ¡Dense prisa!

—¡Sí, ya vamos!

—¡Espera un momento! —Exclamó alarmada— Nunca he hecho esto.

—¡Fuera de mi camino! —gritó Hisagi.

Matsumoto le había empujado de repente y ahora derrapaba por toda el área central.

—Trata de relajarte un poco —le aconsejó Tōshirō Hitsugaya, patinando a su lado tranquilamente. Kira Izuru corrió a ayudarle. Orihime y Matsumoto se deslizaban a buen ritmo, alrededor de la pista. Ichigo sostenía firmemente la mano derecha de la pelinegra, para que ella pudiera recargarse y desplazarse correctamente.

—Bien, te dejaré por ahora.

Llevaban un rato entrenando, era hora de que Rukia intentara patinar por sí misma. Ella se tambaleó.

—Espera, no tan rápido.

Ella intentó tranquilizarse y aparentemente podría continuar sola.

Soltó una carcajada.

—¿Cómo es eso? —sus pies resbalaron de repente, haciéndole perder el equilibrio. Rukia extendió su brazo derecho como reflejo, intentando agarrarse de Ichigo y evitar una estrepitosa caída en el frío hielo. Él se apresuró a agacharse y alcanzó a atraparla, justo en el momento indicado.

—¡Te tengo!

Entonces, Rukia se irguió de nuevo con su ayuda.

—Gracias… —musitó apenada, con los ojos entrecerrados. Se sentía muy apenada con el deprimente espectáculo que ofrecía, tal ciervo recién nacido. Esbozó una pequeña sonrisa e Ichigo, como su espejo, también lo hizo.

Sus miradas parecían, nuevamente, conectadas en un sensible y mismo canal. De pronto, un estallido retumbó a lo lejos. Una bola enorme de luz amarilla se hizo en el cielo y luego comenzó a dispersarse en cientos de haces. Después de este primer fuego, decenas de colores aparecieron adornando a su alrededor. Al instante, todos levantaron sus rostros para admirar el espectáculo de aquel cielo nocturno plagados de destellos.

—¡Es hermoso! —expresó Orihime maravillada.

—¿Por qué hay fuegos artificiales en esta época del año? —se preguntó Ichigo, sin despegar la vista.

—Un parque temático cerca de aquí, abrió recientemente —explicó Kira Izuru, él vivía en aquella zona de la ciudad— Hacen fuegos artificiales todos los días por esta hora.

—¿Hay un lugar como ese ahora? —volvió a cuestionar Ichigo. La zona casi estaba desierta, a excepción de unos cuantos barrios y un par de parques. Ni siquiera había un supermercado a varios kilómetros a la redonda.

—No es grande, pero es un lugar agradable. Justo el otro día fui con Hisagi.

—Fue… divertido —convino tímidamente.

Matsumoto rió.

Par de maricones.

Rukia se sentía hipnotizada por la belleza de los fuegos artificiales.

—Es agradable para pasar el tiempo —compartió Ichigo sus pensamientos, acercándose a ella.

—Sí.

Luego de patinar durante otro rato, se acercaron al área de comida. Entre todos, habían comprado una enorme tarta de chocolate y Rukia se sintió muy feliz de que celebraran su cumpleaños. No era capaz de recordar otro, donde se hubiera sentido tan bien y en compañía de tantas personas. Incluso Kon estaba presente (amarrado en una silla, con su correa). Por un instante, pensó que se asfixiaría con el pastel que entró por sus fosas nasales, cuando le empujaron hacia la tarta. Su rostro quedó pegajoso, aún y cuando fue hasta el baño corriendo para lavárselo. Cerraban la pista a las nueve de la noche. Rukia tomó los pequeños detalles que le habían obsequiado sus compañeros y salieron hacia el frío invernal.

—¡Nos vemos! ¡Bye-Bye! —chilló alegremente Orihime, en el cruce donde todos se separarían hacia sus hogares.

—Sí, hasta mañana —respondió Rukia con una gran sonrisa, despidiéndose con la mano. Y por más que lo evadiera, tendría que estar a solas con Ichigo. Caminaron con rapidez, pues el ambiente era bastante gélido—. Eso fue muy divertido —rompió el silencio Rukia— Viniendo de ti, fue una buena idea

—No puedes solo salir y felicitarme —le reclamó Ichigo, fingiendo molestia. Rukia sonrió de nuevo— Por cierto hay algo que me he estado preguntando. Esa vez, en la cafetería ¿Por qué me elegiste a mí como compañero?

—Me pregunto lo mismo…

—¿Eh? ¿No lo sabes? —preguntó Ichigo con incredulidad.

—Comparado a la primera vez que nos conocimos, te has hecho más agradable. Sin embargo, no has cambiado en absoluto.

—¿Eh? ¿Qué estás…?

—Debemos pagar nuestros boletos —cambió repentinamente el tema Rukia, ya adentro de la estación del metro.

Llegó Febrero.

El mes predilecto para las declaraciones de amor y para los más vivos, de rompimientos previos a San Valentín y regresos justo al día siguiente (todo lo que fuera necesario, con tal de ahorrar el dinero y esfuerzo que se invierte en un regalo). Nada decía mejor un "te amo" que vegetación muerta, productos saturados de grasas y azúcares o una tarjeta fabricada en serie, escrita por alguien más. Pero ¿Qué sucedía con los demás corazones solitarios? Si eres optimista, quizá lo disfrutarías en compañía de tus amigos y gastarías un par de billetes en paletas —o en algún otro detalle pequeño— que les obsequiarías con gusto. Además, ¡ese podía ser tu día de suerte! Nadie sabe cuántos admiradores secretos le ronden por ahí y en una fecha tan especial, alguno se animara a revelarte su identidad; si eres del tipo de personas que no come porque tarde o temprano defecara o que compra su ropa un par de tallas extras para que le dure más años (en palabras cristianas: tacaño), intentarías huir al agujero negro más cercano a nuestra galaxia para así evitar el despilfarro que representa una fecha comercial como el Día del Amor y la Amistad… ¡Estúpido capitalismo y sociedad consumista!; si eres un individuo pesimista, tan sólo recordarías tu soledad y lo ingrata que era la vida contigo al ver las parejas felices rodeándote como buitres; el porqué morirás sin haber amado, con cincuenta gatos alrededor, tejiendo por el resto de tus días y el cómo te encontrarán en tu casa en avanzando estado de descomposición (porque nadie vivirá contigo y nadie notará tu ausencia). Y la cuarta categoría —probablemente la más popular—: las personas que pasaban el catorce de febrero como cualquier otro día.

Fin de la jornada.

El muchacho de cabellos prematuramente grises acomodó su casillero y salió del establecimiento sin despedirse. De nuevo, Matsumoto y ella habían quedado últimas, por lo que debían asegurarse que todo estuviera ordenado, limpio y bien cerrado. A Rukia ya no le molestaba tales responsabilidades. Cualquier cosa que le retuviera por un par de minutos más, alejada de Ichigo, era bienvenida. Su compañera de ojos celestes entonaba una alegre canción, mientras barría la cocina.

—Rukia-chan —le llamó con familiaridad— ¿Estás libre esta noche?

La aludida dio un vistazo final al comedor y se reunió con ella.

—Sí, lo estoy —respondió, deshaciéndose de su delantal— ¿Necesitabas algo?

—Iré a buscar un regalo ¿Quisieras acompañarme?

Rukia se sintió halagada, nerviosa e incómoda a la vez.

Sabía a lo que se refería. Faltaban cuatro días para San Valentín y seguramente irían por el obsequio del chico misterioso con el cual salía Matsumoto. Todos conocían su existencia, más no su identidad. Había muchas especulaciones sobre ello y era el tema central de debate en el restaurante, donde incluso Omaeda y Oki participaban animadamente. Desde un hombre casado, hasta un rico empresario enunciaban las hipótesis que inventaban para saciar su curiosidad. Ella siempre se mantenía al margen, pero no le agradaba todo el chismorreo que giraba en torno a su compañera y ahora amiga.

Porque ya eran amigas.

Incluso podría decirse que su relación era más estrecha que con la de Orihime. Inoue era una gran chica, pero siempre dependía de los demás. Más que una amiga, sentía que cuidaba de ella como su madre. En contraste, Matsumoto se movía con soltura en cualquier sitio. Sin importar el tiempo que pasara, las conversaciones que entablaban eran frescas y reconfortantes.

—Sí… claro.

Kon mordisqueaba sus zapatos, cosa que ya prefería ignorar y en la caja idiota no había un solo programa interesante. Se sentía tan aburrido, que tomó su móvil e hizo aquello que se prometió, haría antes del inicio del nuevo año. Tenía crédito, así que esperaba que no se le terminara en media llamada. Buscó entre sus contactos y seleccionó aquel nombre que en tanto tiempo no había pronunciado.

—¿Ishida? —Le nombró inseguro— ¿Estás ahí?

—Sí, sí —expresó adormilado— El mismo, al habla.

—¿Cómo estás?

—Bien, bien —murmuró cansino— ¡Vaya, esto sí que es una sorpresa! Quizás me habría alegrado, de no ser por la diferencia horaria entre Londres y Japón.

—De nada —se respondió Ichigo a sí mismo. Inevitablemente, esbozó una ligera sonrisa— ¿Qué hora es allá?

—Tres cuarenta y cinco —pronunció mecánicamente— de la mañana.

—Debo suponer que te he despertado, ¿no?

—Por supuesto que no. Después de una ardua jornada de estudio, dormir es para idiotas —soltó una carcajada— ¡Mierda, Ichigo! Pensé que jamás me llamarías. Debo reconocer que te he echado algo de menos. Mi padre me dijo hace poco que te mudaste ¿Dónde vives ahora? ¿Tienes algún compañero?

—Vivo en la misma calle, en el edificio viejo donde Renji se vomitó en año nuevo.

—¿De verdad vives en esa cosa, Kurosaki?

—¡Oye! Por dentro está bien y han hecho un montón de reformas.

—Bien, te creo, pero no me has respondido mi otra pregunta.

—¿Cuál?

—¿Vives solo?

—No.

—Así que ya tengo un reemplazo, ¿eh?

—Sí.

—¿Lo conozco? ¿Cómo se llama?

—Rukia.

—Ese tío sí que tiene un nombre extraño… porque tú jamás vivirías con una mujer —Ichigo permaneció en silencio— ¡¿Compartes piso con una mujer?!

—Sí, desde julio.

—Maldición, tienes muchas cosas que contarme, pero debo dormirme ya. Tengo clases dentro de tres horas y solo he dormido dos. Bien, si decides volver a llamar, te rogaría que tomaras en cuenta las nueve horas de diferencia. Hablamos luego.

Arrojó su teléfono celular lejos y emitió un suspiro.

Ahora tendría que contarle todos los sucesos que habían acontecido durante esos meses y no quería escuchar sermones inútiles.

Bitácora de Ichigo:

El catorce de febrero, Rukia le dejó en su escritorio una caja de chocolates. Según su nota, "ninguna mujer con pleno uso de sus facultades mentales podría regalarle un mínimo gramo de chocolate, así que para no sentirse mal, ella había obrado en caridad hacia él". Cada día la nota más indiferente. Hasta que cierto día no soporta más su actitud y le enfrenta directamente.

—¿Por qué tienes esa expresión perdida? —le preguntó de pronto, mientras paseaban a Kon por el parque.

—No es nada.

Sí claro.

—¿En serio? —Repitió brutalmente para Rukia— Has actuado raro últimamente

—No lo hago.

—¿Entonces porque no me miras a la cara? —Insistió, cerrándole el paso— Has estado así desde hace tiempo —Una corriente de aire desordenó sus cabellos negros, que por cierto, estaban más largos— Hay algo que quieres decirme, ¿no?

—Sí —reconoció, derrotada.

—Está bien, no tienes que decírmelo.

—¿Qué? ¿Qué te pasa? ¡Primero me dices que te lo diga y luego me dices que no!

—Lo siento. Solo quería estar seguro.

—Deja de jugar conmigo.

—Ya te pedí disculpas.

—Honestamente, eres tú.

—Voy a escuchar lo que tengas que decirme, cuando tengas que decirlo —concluyó con su interrogatorio Ichigo.

Nelliel Tu Odelschwanck volvió a experimentar aquella sensación.

Una vaga náusea, una especie de acidez creciente que subía desde la boca del estómago hasta la garganta, donde se quedaba atrapada como un trozo de comida sin masticar. La primera vez que le sucedió, corrió al baño pensando que iba a vomitar. Pero no lo hizo. Algún alimento en mal estado o quizás una simple indigestión, se convenció entonces. Enjuagó su rostro con agua fría y salió del tocador sin ninguna novedad.

Sin embargo, los síntomas persistieron.

Ahora sabía que si se quedaba quieta, respiraba profundamente y esperaba, la sensación terminaría esfumándose. Por esa razón, se encontraba sentada en el borde de la cama, siendo las once y media de la mañana, con los ojos entrecerrados. Pensó en llamar a la agencia y decir que se sentía indispuesta, pero cambió de idea… ¡Era su propia jefa!

Pasó de nuevo de la ducha y el maquillaje. Revolvió un par de cajones, sacando finalmente el par de prendas que usaría. No se preocupó en buscar un sujetador y simplemente se recogió el cabello en una improvisada coleta.

Finalmente llegó a la farmacia.

Bajó cautelosamente de su auto, asegurándose de que nadie le siguiera. Como figura pública, era susceptible a molestos reporteros de revistas de cuarta, que intentaran ganar dinero a costa de sus costillas y que le terminaran armando un gran escándalo en un vaso de agua. Si alguien le atrapaba esta vez, tendría un gran festín para la prensa amarillista. Llevaba gafas oscuras como precaución, pero seguía destacándose del resto de las personas. Para su fortuna, el lugar estaba completamente vacío. Se acercó a la dependienta y con cierto pudor, dijo:

—Una prueba de embarazo, por favor.

La mujer detrás del mostrador no le dirigió ni una sola mirada. Masticaba chicle de forma vulgar mientras leía una revista de espectáculos. Cuando escuchó la petición de chica de cabellos verdes, se limitó en dejar a un lado su revista y ejecutar su acción ya mecanizada. Todos los días era la misma cantaleta: primero compraban condones, luego pastillas de emergencias y cuando la cosa comenzaba a tornarse turbia, las pruebas de embarazo. El proceso finalizaba en leche de fórmula y pañales. Lo conocía, desde los dos años atrás que llevaba trabajando en aquella farmacia.

Seguramente era otra jovencita engañada, a quien su novio la follaba en la parte trasera del auto de su padre y que por andar en las prisas de la calentura, habían olvidado protegerse. Y no tenía nada en contra, había que aclarar —en algún momento de su vida, ella también pasó por esa etapa—, pero los tiempos habían cambiado. Un embarazo era cosa de nada, comparado con las nuevas enfermedades de transmisión sexual que rondaban a toda esa panda de críos inmaduros. No le ofreció el amplio catálogo que existía entre las pruebas de embarazo; supuso, como en los demás casos, que no tenía el dinero suficiente y que los recursos con los que contaba, eran productos de triquiñuelas o algún hurto a sus padres. Cuando ella salió del establecimiento y volvió a retomar su lectura, fue consciente de su identidad: ¡Era Nell Tu!

Ya no era una chiquilla de dieciséis años perdida, pero sentía el mismo miedo paralizante de entonces.

¡Con un coño! —Vociferó zarandeándola— ¡Te lo dije mil putas veces y sales con esto!

¿C-crees que estoy feliz? —Le espetó, a llanto abierto— ¿Crees que estoy feliz de tener a un hijo bastardo, de un cabrón como tú? ¡Su sangre estará sucia! El hijo de un alcohólico y una ramera junto con una chica huérfana… ¿Crees que saldrá algo bueno de ahí…? Por un momento, pensé que podría tener un futuro, ser amada… ¡Pero tenías que venir tú y follarme!

Tú eres la culpable, soluciónalo tú.

—Ichigo —le llamó, tratando sonar casual— regresa temprano a casa.

—¿Eh?

—No tardes mucho… Hoy te diré algo importante.

Silencio.

—Vale —aceptó sonriente— yo igual.

—Nos vemos —se despidió Rukia, sin mirar atrás y doblando rápidamente en la esquina de siempre. Ichigo se quedó quieto y esperó hasta que la perdió de vista. Ese día sería especial: renunciaría en la agencia y le confesaría a Rukia todo lo que sentía por ella.

Sí, mandaría al carajo todo. Poseía un pequeño fondo de ahorro —oculto debajo de su colchón— y podría resistir durante un par de meses. Luego de pensarlo mucho, decidió que regresaría a la facultad. Era hora de ver por su futuro. Terminaría medicina, sin importarle nada. Incluso vendería sus riñones, de ser necesario.

Entonces, ¿por qué renunciaría a su única fuente de ingresos, cuando más le necesitaba? Porque ya no se sentía cómodo en la agencia. Ni él, ni Nell. Vivieron momentos buenos, pero ya habían quedado atrás. Vivieron, lo que tenían que vivir. Coincidieron durante una época y lo recordaría con gusto. Llegó a apreciarla, pero jamás le quiso con otro cariño que no viniera de la amistad. Nelliel era una buena chica, así que pronto conocería a otro hombre que en verdad le amara. Se marcharía, esperando conservar su amistad. Aunque no se hacía muchas ilusiones al respecto. Quizás lo mejor para ambos era poner tierra de por medio. Ya no se veía con edad para estúpidos juegos. Ahora tenía un algo por que luchar. O mejor dicho, un alguien.

Rukia.

En realidad, no entendía bien el concepto de amor. Todos hablaban de él, pero aparentemente nadie sabía a ciencia cierta que era. Sin embargo y pegándose a sus experiencias, creía tener una opinión propia. Para él, el amor era esa fuerza que le impulsaba a cambiar. No a cambiar, dejando de ser él mismo. Sino cambiar, creando una mejor versión de sí. Esa noche sería decisiva en su vida. Sí Rukia no se decidía a hablar sobre lo que pasaba entre los dos, él lo haría. Si las señales que había traducido eran correctas, ese podría ser el comienzo de algo bueno.

Saludó como de costumbre a Dondochakka Birstan. Ese afable hombre, bajito y regordete, que durante tantas horas fue su compañía. Luego avanzó sobre el largo pasillo que finalizaba en la oficina de Pesche. Justo en el momento que posó sus nudillos con toda la intención de llamar a la puerta, Nell le tocó suavemente por el hombro.

—Ichigo, tenemos que hablar —sentenció con gesto grave.

¿Acaso había adivinado sus pensamientos?

Él no pudo más que asentir.

—¿Qué sucede?

—Acompáñame a la salida.

El ojimiel intuyó que el asunto a tratar sería verdaderamente importante. Jamás había visto a Nell con esa expresión. Por lo general, ella siempre se mostraba alegre y juguetona. Sin embargo, en ese instante hasta visualizó unas pequeñas arrugas en el contorno de sus ojos. Su apariencia juvenil parecía completamente ensombrecida.

Le siguió.

—Ahora sí, dime qué sucede —le pidió Ichigo, en la parte trasera de la agencia.

—Antes que nada, quiero recalcar que no espero nada de ti —comenzó, con las palabras que había ensayado durante varios días—, ni esperaré nada. Entiendo perfectamente que nuestra relación solo… —guardó una breve pausa para deshacer el nudo de su garganta. Era más difícil de lo que se hubiera imaginado— solo es como amigos, pero… aún así, creo que es importante que sepas que… que…

—Lo que sea, pero dímelo ya —ordenó Ichigo impaciente, ante su falta de claridad.

—Estoy embarazada.

Ahí está.

Ichigo no necesitó más palabras. Nell reprimió un sollozo. El peli-naranja sintió que la fuerza de sus piernas le abandonaba y un ligero temblor se adueñó de sus manos. La vida realmente es curiosa. Es decir, hacía un par de meses ni siquiera había visto el cuerpo desnudo de una mujer en vivo… y ahora… ya estaba metido en semejante situación. No, no era algo malo… Quizá, inesperado… pero la llegada de un nuevo ser, siempre era una buena noticia.

—Y... —enunció con la garganta seca— ¿Estás segura?

Ella cerró pesadamente los párpados.

—No completamente —respondió, mirándole esta vez a los ojos— pero el margen de error es pequeño. No te lo hubiera dicho, si no lo creyera realmente necesario —se giró lentamente para marcharse. Quizás ni siquiera debió decírselo, pues solo le intranquilizaría en vano. Pero en fin, así era ella y sus hormonas no le ayudaban demasiado.

Su papel ya había finalizado, pero pasó algo totalmente insospechado: él le detuvo.

—Espera —murmuró con voz ronca— Quizá somos amigos, pero hicimos cosas que no debíamos hacer. Sí tú… yo… lo que quiero decir es que… si es el caso… pienso tomar mis responsabilidades.

Y sin quererlo, haría realidad el sueño de Isshin Kurosaki de ser abuelo.

Siempre se había dicho que el primer paso a la recuperación era la aceptación. Entonces, perfecto. Aceptaría que Ichigo Kurosaki le gustaba. Sí, su compañero de piso. El tipo extraño con cabello naranja. El primo de su ex. El hombre del que jamás pensó fijarse, ni en un millón de años. Ya no soportaría un día más. Le gustaba, le gustaba a rabiar. Ya no era capaz de seguirse tragando esas palabras que se moría por escupir. Porque quizás hasta lo amaba y era muy consciente del peso que tenía esa sencilla palabra: amar. Había intentado ignorar ese sentimiento durante toda su vida. Aplastarlo. Odiarlo. Aniquilarlo sin piedad… pero éste siempre parecía resistir a todos sus embates. Existía un plan B, más efectivo, aunque letal para su orgullo… simplemente enfrentarlo.

No se engañaría a sí misma ni un día más.

—Lo quiero… —murmuró en voz alta— Lo quiero —repitió más fuerte, causando que varios clientes le miraran extrañados— ¡Oigan todos! —Exclamó fuera de sí— ¡Me enamoré de mi compañero de piso!

—¡Rukia! —Vociferó Omaeda furioso— ¿Qué clase de espectáculo estás armando? —le cuestionó en voz baja, tomándole bruscamente del brazo.

Ella se zafó de su agarre y le espetó en su obesa cara:

—Renuncio —pronunció con todo el temple Kuchiki y le dirigió una fría mirada. El hombre de gran corpulencia sintió un escalofrío recorrer toda su espina dorsal. Todos observaban incrédulos la escena. Matsumoto le aplaudía emocionada y Orihime parecía trastornada por toda la información. La pelinegra se quitó su delantal y lo tiró en el suelo— Hasta nunca.

¿El mundo quería una declaración de amor? Bien, entonces la haría.

No se preocupó en vaciar su casillero y salió corriendo hacia el departamento.


Tengo tarea que hacer, pero terminar el capítulo era cosa que debí haber hecho desde hace mucho. Al carajo el colegio, fanfiction es más divertido (?) Espero que no me maten. Todo tiene una razón. No faltan muchos capítulos para el final, creo. Llegaré a cierto capítulo y quizás me tome un pequeño receso. No lo sé, soy cambiante.

Las amo, las amo, no me hagan ciberbullyng.

Otonashi Saya: Enrólame con los inges, no hay problema jajaja Todos los ingenieros que he tratado (ya sea por la escuela o conocidos) son bien chéveres, quizás unos hijos de puta, pero geniales al fin y al cabo. Actualmente, uno civil me hace la vida imposible en Física, pero realmente lo admiro. Es el segundo profesor (la primera, también ingeniera y de Mate) que me hace ir a consultorías cada vez que nos pone examen. Es que no están difíciles, pero el maldito los redacta casi imposibles y llenos de trampas. Con decirte que en el salón solo aprobamos como diez o quince. (Siempre me saco 7 o ya a lo jodido 8, pero yo siempre los siento como 10 jajaja).

Esperaré tus hermosas cartas.

Meikyo Natsume: Yo solo he leído un par de libros. Y respecto a las películas, no creo que la gente sea pervertida solo por verlas. Yo solo aclaré ese punto de vista porque ya tengo un historial negro con ustedes jajaja Amo las películas y he visto de todo un poco. Cien años de soledad 3 ¡Si quería hacerlo para navidad, esa era mi intención! Hasta me dije "Quedará bien chévere que sea el mismo día que en la historia", pero mi mente no quiso funcionar y me dio mucho coraje. Por eso también había hecho tanto preámbulo. Es bueno saber que alguien más tiene un unicornio.

nami-chan: No me tardé casi nada (?) Únicamente un par de meses. Muchísimas gracias 3 Me voy y regreso, pero seguiré aquí al pie del cañón.

: Al momento de pensar la historia, creo que yo tampoco me imaginé como abordaría la relación de Hisana y Byakuka. Un día antes de publicar el capítulo, mientras estaba a punto de dormirme, de pronto se me ocurrió y me dije "Mañana lo escribiré, espero que no se me olvide"

Reela: Ya que Tite no se digna en hacer Ichiruki hentai —ni siquiera a oficializar la pareja— nosotros tenemos que buscar nuevas alternativas a nuestras necesidades (?) jajaja

Dan Yagami: Yey, soy miembro de un club. Y no, no la he visto (aún) jaja Y te tuve en cuenta, eh. Es que por lo general, las mujeres somos más fanáticas a los fanfics, pero sé que también hay chicos y sería discriminación (?).

AS Carabajal: Con los siguientes capítulos, espero que el pasado Kuchiki se vuelva más comprensible. Muchas gracias, espero vernos nuevamente por aquí.

Soul Neko-Natsu: Últimamente no cumplo bien mis promesas Pero prometo intentar cumplir mis promesas (hum, eso sonó como trabalenguas)

Iana Walker: IAANAAAAAAAA –inserte tono de voz desgarrado como el de Ichigo en Fade to Black- Creo que fue buena idea poner a Bya-kun, al menos así me disculparás y volveremos a ser amigas. Todos tenemos un Pasado Oscuro, hasta Kaien lo tiene jaja Me es tan difícil ir cerrando los eslabones de la cadena de la relación de Ichigo y Rukia. Si voy rápido, quizás parecerá muy fuera de sus personalidades. Si es muy lento, Compañeros de Piso tendrá cien capítulos para cuando apenas se den un beso (?). Encontrar el equilibrio es más difícil que el hecho de que yo me case con Ichigo.

¡Jamás abandonaré a mi bebé! —Inserte cara de psicópata— Yo empecé a leer en ff como en eso del 2008 y que sí me ha pasado esperar que actualicen y que no lo hagan ya nunca jamás. No abriré más historias, hasta que termine las que ya tengo.

Oh, mi Iana, me pones en una situación incómoda jajaja No debo tener favoritismos (?) Así que como diría mi Gabo Márquez "El corazón tiene más habitaciones que un hotel de putas" y todos tienen una en el mío 3

Siempre espero tus reviews largos y sexys, creo que si me hubiera sentido algo decepcionada sin él. Prometo ya no hacerlos enojar más y ponerme a escribir como posesa para traerles capítulos enormes. Y respecto a los lemons, será imposible que haga uno bueno si no he pasado por ello (?) jajajajja Es decir, puedes escribir sobre un tomate e imaginarte cual será su color, sabor y textura, (a pesar de no conocerlo) pero carecerá de todo fundamento y podría no ser la idea más adecuada. Tampoco digo que tenga que pasar por todo el kamasutra… jajaja pero al menos debo madurar un poco.

Andyantopia: Intentaré ser más clara.

Kotsuki Kurosaki: Gracias (: No creo que sea tan original, pero intento serlo. Rukia por fin comienza a despertar de sus laureles.

Ferthebest-ia: En fanfiction todo es posible.

Liebesspiel Moon: Señorita, espero que no me odies ;_;

amelie-ru14ku13: Gracias por la ayuda espiritual hahaha.

Cerezza-chan: Te seguiré amando, pero con reviews sexys creo que podría donarte un riñón (?) Sí, sí, sígueme por el resto de mi vida.