Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
Notas de la autora: Este capítulo tuvo muchísimos nombres, hasta que por fin me decidí por uno. Como en otras ocasiones, está inspirado en un grupo español que me gusta, llamado Dorian y en su último disco. Si lo desean, pueden escucharlo aquí: www*youtube*com/watch?v=QgQ2V-iUMTw (solo hay que reemplazar los asteriscos, con puntos). Sé que han tenido problema con los cambios de escena, así que he decidido dividirlas. Espero que sea más entendible.
Cursivas: flashbacks o pensamientos.
oOo: misma escena.
Capítulo XX:
La velocidad del vacío
—¿Onii-sama? —Inquirió Rukia, buscándolo por cada rincón— ¿Onii-sama? —repitió, al entrar a su despacho. Al igual que el resto de la casa, estaba vacío— Qué raro… —musitó pensativa. Aunque quizás, solo había salido por un momento. Le esperaría en la sala de estar, pues deseaba cenar con él. Justo antes de abandonar la habitación, notó que uno de los cajones del escritorio se encontraba abierto. En ningún momento pensó en examinarlo, pues lo consideraba ruin, pero su mano se adelantó a su orden… En fin, un poco de curiosidad no le haría daño a nadie. Escrutó entre los montones de papeles y un viejo recorte de un diario llamó su atención— ¿Por qué mi onii-sama tendrá esto aquí? —se preguntó a sí misma. Encendió una de las lámparas para poder leer sus desvaídas letras por el paso de los años— ¡Es de mamá! —exclamó sorprendida, al reconocer su nombre. Se concentró en seguir con la lectura—…recuerdo de su esposo y sus dos hijos, Hisana y Byakuya… —murmuró como hipnotizada— ¿Y mi nombre? ¡Esta mierda está mal! —Expresó indignada— No eran dos hijos, somos tres —necesitó repasar más de cinco veces la misma línea, para entender que sus ojos no se equivocaban— ¡Esto no puede ser posible! La fecha… la fecha también está mal. Estos idiotas dicen que mamá murió diecisiete años antes de mi nacimiento…
—Rukia —le llamó fríamente su hermano— ¿Qué estás haciendo?
Se sintió muy avergonzada al ser sorprendida infraganti, pero necesitaba respuestas.
—La fecha de esta nota —expresó impaciente, señalándole aquel pedazo de periódico— está equivocada, ¿verdad? —Él no demostró ningún atisbo de sorpresa, pero parecía estar inquieto— ¡Verdad! —gritó la ojiazul, suplicándole con la mirada.
—Tranquilízate —fue lo primero que salió de su garganta.
Muchas veces había reflexionado acerca de lo que le diría, llegado el momento, pero en ese instante estaba en blanco.
—¿Por qué no hay ninguna foto donde yo salga con mis padres? —Continuó, implacable— ¿Por qué el abuelo Ginrei nunca se dirigió hacia mí como su nieta? ¿Por qué siempre me miraba con desprecio?
—Rukia —le nombró Byakuya con su seca serenidad.
—¿Por qué siempre sentí que yo no pertenecía a la familia? —Le interrumpió, desesperada, conteniendo las lágrimas— ¿Por qué… ?
—Eres adoptada.
Y con humildad, Byakuya le pidió disculpas a Hisana por la mentira.
Rukia se sintió aturdida, como si seres imaginarios le hubiesen golpeado la cabeza con enormes martillos. Estaba tan impactada, que ni siquiera era capaz de formar una reacción en específico. Bien podía estar feliz por tener, al fin, una respuesta explícita a todas las interrogantes que le atormentaron durante su infancia, adolescencia y quizás, hasta en su vida adulta; como también, estar enojada con sus padres biológicos. No sabía cómo sentirse. En el fondo, algo siempre le hizo sentir ajena a la que las leyes decían que era su familia. Sin embargo, esa respuesta no le satisfacía del todo. Había un algo más, oscuro y profundo. Lo notaba en los ojos de de Byakuya Kuchiki… Pero no quería saberlo.
Tenía miedo que la verdad le superara.
El hombre con el que compartía asiento roncaba de puta madre. Pensó en despertarlo y recomendarle seriamente que visitara algún especialista (la apnea del sueño podría peligrosa), pero lo descartó. Ultimadamente, a él qué mierda le importaba si roncaba como tractor descompuesto. Solo pasaría un par de horas a su lado. Ese asunto solo le concernía a él y a su esposa, amante o pareja, si es que la tenía —aunque lo dudaba, con semejantes ruidos toca cojones—.
Buscó en el interior de su maletín a su reproductor de audio. Después, seleccionó una canción al azar y subió el volumen al máximo, para encubrir los ruidos de su incómodo vecino. De alguna forma habría que pasar el tiempo, ¿no? Abrió la ventanilla y su mente comenzó a divagar, entre la forma esponjosa de las nubles.
¿Quién era él realmente? ¿Por qué había decidido ser médico, luego de tantos años?
Realmente, no deseaba cambiar el mundo o ganar reconocimiento. Ni siquiera lo hacía por dinero. Él deseaba ser médico por el simple hecho de salvar una vida. Tan sólo una. Porque así, podría sentirse tranquilo. Él había perdido una y sabía todo el dolor que provocaba la muerte. Si era capaz de ahorrarle ese sufrimiento a alguien, cualesquier persona que fuera, entonces se daría por bien servido.
Y de esa forma, podría ver a los ojos a su madre.
Aquel sábado habían salido de juerga juntos. Primero cenaron en un restaurante muy exclusivo, donde pocos tenían el privilegio de conseguir una buena reservación, pero ya que Ashido conocía de buenos contactos, disfrutaron de una magnifica mesa. Al terminar, se pasaron a tomar unos tragos con una pareja de amigos en común, que vivían a las afueras de la ciudad. Su compañía era bastante afable y el tiempo se había ido volando.
Eran más de las tres de la mañana e iban de regreso a casa. Rukia observaba atentamente por la ventana.
—Párate por ahí —le ordenó ella, de pronto.
Él le miró extrañado.
—Creo que no es un lugar seguro —murmuró, con expresión de cansancio— la carretera está totalmente a oscuras.
—No importa.
El hombre pelirrojo abrió la boca para decir algo, pero se arrepintió. Tan sólo se limitó a obedecer, descendiendo por la autopista y aparcándose.
—¿Y ahora?
Ella esbozó una sonrisa traviesa y salió del automóvil. Ashido le siguió inmediatamente. No comprendía cual era su objetivo en todo aquello, pero se aseguraría de que no se hiciera daño en el proceso.
—¡Pero qué linda noche hace hoy! —Exclamó maravillada, montándose al capó del automóvil. Llevaba una falda ceñida, varios centímetros por encima de la rodilla y que le dificultaba el movimiento, pero ya que no había nadie a su alrededor, no sintió pudor al subírsela hasta la cintura. Fuera por el alcohol o no, Ashido no vería nada, que no hubiera visto ya.
—Estás loca, Rukia Kuchiki —gruñó entre dientes, sin desviar la mirada de sus largas piernas desnudas, apenas visibles por la oscuridad— Aunque en efecto, el cielo está fantástico —cedió al fin a sus caprichos, como hacía siempre. Se acomodó a su lado y le ofreció el hombro izquierdo.
La luna llena flotaba sobre sus cabezas.
—¿Qué fue lo que te gustó de mí? —preguntó Rukia en voz baja, al cabo de unos minutos.
—¿Eh?
—Sí, la primera vez que nos vimos —repitió con calma— ¿Qué te llamó la atención?
Él empezó a reír, pero ella permaneció callada.
—¡Vamos! ¿Estás diciéndolo en serio? —Rukia le miró indignada y Ashido comprendió que iba más que en serio— No lo sé, Rukia… —murmuró pensativo— fue hace tanto tiempo…
—Pero algo debió haberte gustado, joder —respingó irritada, frunciendo el ceño.
Ashido encontraba ese gesto particularmente encantador, sin importar la situación que lo desencadenara. A veces, mientras discutían por algún motivo, ella hacía esa mueca y él sonreía involuntariamente, causándole más molestia a Rukia. Le gustaba tanto, que la fastidiaba a propósito. Sus facciones tan delicadas, semejantes a la de una hermosa muñeca de porcelana, se retorcían con gracia.
—Eras diferente a las demás —respondió, encogiéndose de hombros. Pensó en decirle lo de su rostro, pero probablemente le parecería extraño— Solo habían pasado un par de segundos y me mandaste directamente a la mierda —recordó con una pequeña sonrisa— Tú sabes cómo soy, Rukia. No me gusta perder, en ningún aspecto de mi vida. Te convertiste en algo parecido a un reto personal. El más complicado, debo reconocer. Pero valió la pena… Eres la pizca de alegría que me faltaba. Contigo quiero vivir lo que me quede de vida —Rukia le observaba con los ojos abiertos como platos. Seguro que le sorprendía que él dijera ese tipo de cosas— Anda, es tarde —comentó, poniéndose de pie— y tengo que dejarte en casa —luego le besó cariñosamente en la frente.
Ella regresó al automóvil en silencio.
Llegó a Taiwán, a altas horas del domingo. El primer recorrido por la ciudad, del aeropuerto al hotel, pasó sin pena ni gloria. A esas horas, todo carecía de vida. Aunque igual, no era un viaje turístico. Se pasaría un par de días encerrado, entre una y otra conferencia y dudaba realmente que tuviera tiempo de salir a ver a los alrededores. En los últimos años había estado en un montón de países, pero resultaba irónico que no conociera más que a su aeropuerto y al hotel sede de los eventos. Quizás tuviese la oportunidad de visitar lugares interesantes, pero él se confinaba en su habitación, hasta el fin de su estadía.
Abrió su habitación y se metió inmediatamente entre las sábanas de la cama. Se sentía tan jodido, que ni siquiera se quitó los zapatos. A la mañana siguiente, despertó a las once menos quince. Hacía meses que no dormía más de ocho horas seguidas. Abrió su equipaje y colgó sus escasas prendas en el armario, para evitar que se arrugaran. Tomó una ducha rápida y salió, dispuesto a buscar cualquier cosa comestible. Terminó desayunando algo ligero en el restaurante del hotel.
Justo cuando pasaba por el vestíbulo, alguien le tocó por el hombro:
—Hola, Kurosaki.
Él no fue capaz de reprimir una sonrisa.
—Hey, pequeña sabandija —Exclamó alegremente— Miren a quién tenemos aquí.
—Yo soy el que debería decirlo —se quejó Ishida— El año pasado no te apareciste en ningún congreso.
—Estaba ocupado con mi residencia.
—¿Todo bien?
—Perfecto —le aseguró Ichigo.
—¿En qué hospital estás ahora?
—En el mismo ¿Y tú?
—Sigo en Tokio.
—¿Cuál es el número de tu habitación? —le preguntó el ojimiel, al notar sus maletas.
—La 114.
—Pues parece que seremos vecinos. La mía es la 115.
Cuando Ishida regresó a Japón, él apenas era un estudiante de tercer año. Solía restregárselo en su cara, pero en el fondo, sabía que se alegraba por su decisión de regresar a la Universidad, pues algún día la terminaría y así podrían competir limpiamente.
Rara vez coincidían, pero era del conocimiento de Ichigo que al idiota de Ishida le iba bien. Ya administraba su propio hospital —su padre se había retirado, cediéndole el control de la sede principal en Tokio— y tenía dos especialidades. Él apenas llevaba una, pero ya lo alcanzaría.
—¡Kurosaki, apresúrate! —Gritó exasperado, golpeando su puerta, en la mañana siguiente— Debemos estar en la sala a las ocho en punto.
—Ya voy, no jodas —respondió desde el interior de su habitación.
—¿Por qué demonios es tan impuntual? —se lamentó a sí mismo, consultando por enésima vez a su reloj de pulsera. Tras unos segundos, por fin salió Ichigo— Mañana no te esperaré, hijo de puta.
—Anda, relájate —le animó— Llegaremos a tiempo —el hombre de cabellos azules le dedicó una mirada llena de odio, pero no agregó comentario. Avanzaron rápidamente por el pasillo y tomaron el elevador. Poco antes de llegar el vestíbulo, Ichigo se percató que le faltaba algo— ¡Mierda! He olvidado mi móvil.
—Déjalo ahí.
—No, no —se negó rotundamente— Podrían llamarme de Karakura. Adelántate. Ya te alcanzaré.
Ishida soltó un sonoro suspiro.
—Como sea.
oOo
A pesar de su amplia experiencia, todavía seguía sintiéndose nerviosa. La humedad amenazaba con manifestarse por debajo de sus axilas. La inauguración era el punto clave de cualquier evento. Luego de una exhaustiva planeación, temía que algo pudiera salir mal. En especial, en uno tan importante. Era un congreso internacional y muchísimos médicos les visitaban en aquella ocasión. Estaba en juego su reputación, construida a base de mucho esfuerzo, sudor y lágrimas.
—Debo hacer esto… y aquello… y también…
—¡Rukia! —Exclamó su jefa, sacándola de sus cavilaciones— Todo está bien. Has hecho todo lo que tenías que hacer. Ve a casa.
—Aún es temprano —insistió— Puedo ayudar en algunas cosas antes de irme —ella le miró fijamente— ¡Está bien! —Aceptó al fin— Pero puedo regresar si me necesitan.
—Sí, sí —respondió rodando los ojos— Como digas —entonces comenzó a empujarla, llevándola al otro extremo del salón— Ni siquiera sé porque has venido hoy. Salúdame a Ashido y disfruten de su viaje. Diviértanse… —expresó con malicia—, pero con cuidado, porque no queremos que los vestidos no te entren.
Rukia desvió su rostro sonrojado y ella río escandalosamente.
—Gracias —le agradeció con una sonrisa.
—No es nada —y cerró la puerta bruscamente, para evitar que ella entrara de nuevo.
—¡Oye tú! —gritó irritada. Le había cerrado, literalmente, la puerta sobre sus narices— ¡Ya verás cuando regrese!
El elevador tardaba demasiado.
—Mierda… Mierda… ¿Dónde lo dejé? —exprimió su mente, intentando recordarlo.
Apenas llegó el elevador y lo abordó velozmente.
Justo cuando salía del hotel, algo en su interior le hizo volver la cabeza. El vestíbulo estaba lleno. Todo parecía estar bien. Sin embargo, cuando dirigió su mirada hacia el elevador, se le heló la sangre.
Rukia talló sus ojos con frenesí.
¿Acaso… había visto… cabello naranja?
Probablemente, solo eran alucinaciones suyas. En su mente apareció un nombre, tan viejo y lleno de polvo, que hacía tiempo que no reparaba en él. Lo desechó con rapidez. Sencillamente, era imposible.
Además, Ichigo Kurosaki no era la única persona en el mundo que tenía cabeza de zanahoria. Pero… ¿Y sí era él? Su corazón se le aceleró de tan solo pensarlo. Podría buscar su nombre en la base de datos del hotel… ¿Pero qué conseguiría con hacerlo? Absolutamente nada. Agitó su cabeza, tratando de alejar la confusión y apresuró el paso hacia el estacionamiento.
Al llegar a casa, desconectó todos los electrodomésticos y cerró la llave del gas. También verificó que todas las ventanas estuvieran bien cerradas. No deseaba que ocurriese algún percance durante su ausencia. Ya saben, mejor prevenir, que lamentar. Luego de pasar una lista mental de sus pendientes, descubrió que en cuestión de nada, Ashido le recogería para ir al Aeropuerto. Empezó a meter compulsivamente un par de bragas dentro de su equipaje. Por más preparativos que hiciera, siempre algo debía olvidársele. Su móvil empezó a sonar, mientras intentaba forzosamente cerrar su maleta.
—Rukia —le nombró con voz profunda. Sonaba inquieto, lo pensó desde el primer instante. Creía conocerlo lo suficientemente bien, para notar que algo o alguien le preocupaba. Ignoraba si él no sabía mentirle o si, simplemente, su intuición había mejorado con el paso de los años.
—Ya estoy casi lista —mintió.
Silencio.
—Tengo algo que decirte —dijo al fin, confirmando sus sospechas.
—¿Qué sucede? —inquirió calmada, como haciéndole una invitación amable a que soltara la sopa de buena gana.
—Creo que tendremos que hacer un cambio en nuestros planes —respondió Ashido, midiendo sus palabras y esperando su reacción.
—¿Cambio? —repitió Rukia.
—Surgió un imprevisto en el despacho —explicó estoicamente— Necesito quedarme a arreglarlo —hizo una pausa. Continuó, al no tener respuesta—: No podremos ir a Japón con tu hermano... —soltó al fin la bomba— Rukia ¿Sigues ahí?
—Ya veo.
—¿Estás enojada? —preguntó tontamente, siendo consciente de que ella estaba más que encabronada.
Deseaba que él introdujera todos sus libros de derecho por el culo.
Colgó, sin darle posibilidad de réplica.
¡Por Dios! ¡No podía hacerle eso! Él le había prometido que le dedicaría ese fin de semana. Por eso se sentía tan ofendida. Nunca se había considerado una novia posesiva o absorbente. Ella comprendía que él tenía una vida aparte, ocupada con sus propios asuntos. Sin embargo, no solía pedirle cosas y una promesa era una promesa. Si el cabrón de Ashido sabía que desde un principio no podría ir, debió habérselo informado y fin de la historia. Habrían ido en otra ocasión. Le molestaba que le cortara el rollo de tal forma.
Vaya manera de bajarle la moral. Se desvistió y se puso su pijama.
¡Que se jodiera el mundo!
Encendió el televisor de la estancia y se echó en el sillón más grande. Quizás en la nevera todavía quedaba helado… ¿Acaso se comería el enojo que sentía? Pues no. Tenía permiso en su empleo para ausentarse una semana, una maleta hecha y un pasaje para Japón… ¡Qué demonios! Se iría con o sin Ashido. Se metió apurada unos vaqueros, alisó sus cabellos rebeldes y tomó sus pertenencias. Si se daba prisa, todavía podía llegar a tiempo.
La vida de Isshin Kurosaki no había sido precisamente miel sobre hojuelas. Detrás de él, había una historia que muy pocos conocían. Ni siquiera sus propios hijos. En algunas ocasiones sentía la necesidad de contárselas, pero ya que ninguno de ellos preguntaba, no lo hacía.
No tuvo hermanos y provenía de una familia acaudalada. Su madre falleció cuando él tenía doce años y su padre jamás se volvió a casar. A él le debía, en gran parte, su firme convicción de que un hombre solo podía amar a una mujer en su vida. Si buscaba en su memoria, tenía escasos recuerdos buenos acerca de su padre, pero no le guardaba rencor. Nunca le demostró una pisca de cariño o indulgencia, pero Isshin se aferró a la idea de que él era así, por la manera y la época en que lo habían educado. Sufriendo a causa de su indiferencia, Isshin decidió que cuando él tuviera sus propios hijos, les daría todo el amor y compresión que no recibió.
Fue buen estudiante y su vocación se definió rápidamente. Deseaba estudiar Medicina con una convicción casi férrea. Su familia tenía los medios para solventarla. A la hora de elegir una Universidad, no debía tener mayores complicaciones, ¿no? Pues su padre no opinaba lo mismo. Alguien debía que continuar con el negocio familiar. ¡Le importaba un reverendo bledo que su hijo quisiera desperdiciar su vida, siendo médico en algún pueblucho! Él estudiaría administración, le gustara o no. Entonces, Isshin le desobedeció por primera vez en su vida y se fugó de casa para seguir su destino.
El primer año fue el más difícil. Tenía numerosos empleos a medio tiempo y apenas dormía por las noches. Durante clases, era inevitable cabecear de vez en cuando. Sí, era complicado, pero siempre traía una sonrisa en el rostro. Estaba en el lugar que debía estar.
Pero aún le faltaba algo.
Ese "algo" apareció varios años después, en forma de una mujer. Al poco tiempo de graduarse, se trasladó a una pequeña ciudad llamada Karakura. Cierto día, durante su ronda habitual, se topó violentamente por los pasillos con una chica. Fue amor a primera vista. Sin embargo, ella desapareció antes de que pudiera preguntarle su nombre. Necesitó sondear a medio personal administrativo, para averiguar su identidad y plantarse fuera del laboratorio, buscándola.
Aunque él no era el único interesado. Sin saberlo, el hospital donde trabajaba era propiedad de un antiguo compañero de clases de la facultad, llamado Ryuken Ishida. Él también estaba detrás de Masaki Kurosaki e Isshin estaba en clara desventaja. En primer lugar, ellos se conocían de algún tiempo atrás y parecían estar muy familiarizados. En segundo, Ryuken era —o sería, mejor dicho— el dueño de aquel sitio, mientras que él era un pobre diablo. No obstante, como Isshin era muchísimo más guapo que Ryuken, obviamente Masaki lo prefirió a él… (Bueno, quizás estaba distorsionando un poco la historia. La verdad era que desconocía lo que había convencido a Masaki para que se quedara con él, pero el final era el mismo). El pobre cuatro-ojos terminó casándose con otra chica, poco tiempo después y lo odió profundamente, pero continuó teniéndole mucho afecto a Masaki. Gracias a esto, lograron establecer un convenio cuando él tuvo su propia clínica.
Cuando todo parecía andar bien, Isshin recibió una terrible noticia: su padre había muerto. Quedó completamente destruido. Fuese como fuese, ese hombre le había dado la vida y ¡Jamás podría disculparse, ni tampoco tendría la oportunidad de despedirse de él! Fue un golpe muy duro. Sin embargo, su padre le demostró finalmente un poco de amor, dejándole lo que para él fue lo más importante: todos sus bienes. Isshin, que gracias a su duro esfuerzo ya era independiente, no deseaba recibir un solo centavo, pero Masaki le pidió que lo recapacitara mejor y él aceptó, vendió absolutamente todo y donó gran parte del dinero a cualquier tipo de institución benéfica, a excepción de una pequeña parte. Con ella, compró una casa y puso su propia clínica. Se casó con Masaki al año después y adoptó su apellido.
El resto ya era historia.
—Abuelito, ¿podemos ir al parque? —le pidió Akari, mientras jugaba con su estetoscopio y un oso de felpa, en su consultorio.
—Tenemos que esperar hasta las cinco, para cerrar la clínica —respondió Isshin, con seriedad. Ella juntó sus manitas e hizo una expresión suplicante— ¡Pero qué demonios! Vamos.
Su país natal le recibía con un cálido abrazo, pensó con sarcasmo. Había tal aguacero en la ciudad, que parecía que el cielo entero caía sobre sus cabezas. La calle era un auténtico río. Probablemente, alguna coladera se había tapado con basura. Un empleado de la aerolínea le cubrió con un paraguas, mientras se dirigía al exterior del aeropuerto. Sus zapatos se mojaron, al bajar la calle. No había otro remedio, así que terminó cruzándola. Entonces notó que dos de los gorilas de su hermano le esperaban. Reconoció el coche inmediatamente. Los hombres le abordaron y tomaron su equipaje. Ella se limitó en introducir su pequeña anatomía dentro del automóvil. No le extrañaba que su hermano no hubiera ido a recibirla. Debía estar trabajando. De haberlo sabido antes, Rukia habría reservado en algún hotel. Sin embargo, como se suponía que aquel viaje era para anunciar formalmente su compromiso, Ashido le pidió que se quedaran con su hermano.
Ahora tendría que dar la cara sola.
—¿Y Ashido? —inquirió Byakuya en cuanto le vio.
A ella también le daba gusto verlo.
—Tuvo que quedarse por una emergencia —explicó la pelinegra, precariamente.
—Ya veo —expresó neutral. Era extraño, pero a Byakuya le simpatizaba Ashido. Él provenía de una buena familia, tenía una trayectoria impecable y era un buen tipo; todo lo que pedía en un hombre para Rukia. De todos sus pretendientes, él había sido el mejor. Se sentía satisfecho de que terminaran congeniando, luego de sus citas prematrimoniales— ¿Por cuánto tiempo te quedarás?
—Una semana, o quizás menos.
—Tengo una cena mañana, deberías acompañarme.
—Sí —aceptó— No hay problema.
Para joder más a Ashido, utilizaría el vestido que él le compró para su fiesta de compromiso. Era hermoso, de diseñador y su precio tenía varios ceros. Para que Rukia considerara siquiera perdonarlo, al cabrón debía costarle.
oOo
La recepción era al aire libre y había espacio de sobra. El propósito de ese evento era recabar fondos para una asociación de niños con cáncer. Todos le dirigieron la mirada en cuanto entró. Su vestido se ganaba la atención de cualquiera. Era más atrevido de lo que ella estaba acostumbrada a utilizar, pero debía reconocer que le quedaba de puta madre —Ashido tenía buen gusto, había que darle crédito—. Además, lo único que quedaba al descubierto era su espalda. A su hermano y a ella les tocó compartir mesa con un hombre muy importante de la industria cervecera (que tenía sede en Sapporo) y otro de la industria automotriz. Ambos, viejos conocidos de Byakuya. Todo parecía indicar que se moriría de aburrimiento aquella noche, pero para su buena suerte, una amiga suya le reconoció y le pidió que se cambiara a su sitio.
—… y por eso terminaron —finalizó con su apasionante relato. A ella se le daba bien el honorable y antiguo arte del chisme. En tan sólo una hora, ya le había puesto al tanto de la vida de todas sus amistades en común, de la propia e incluso de algunas personas que Rukia desconocía. La mujer de ojos violáceos agitó el contenido de su copa sin convicción y tomó un largo sorbo. Entonces, justo cuando estaba a punto de confirmar que se volvería loca si seguía escuchando el incesante parloteo de aquella mujer, el destino le dio un giro imprevisto a su velada. Escupió la mitad de su trago— ¡Rukia-chan! —Exclamó asustada— ¿Estás bien?
Ella esbozó una sonrisa.
—Perfectamente —se moría de ganas por preguntarle, pero dejó pasar un buen rato. Deseaba evitar levantar sospechas— ¿Quién es él? —preguntó "casualmente", señalando con discreción hacia uno de los anfitriones.
—Se llama Ichigo Kurosaki —informó, con los ojos iluminados— ¿Verdad qué es mono? —inquirió soñadoramente. Su amiga Kuchiki permaneció callada y ella descubrió de qué iba todo el asunto— ¿No me digas que te gustó? Ya tienes a Ashido ¡Deja algo para las demás!
—N-no, no me interesa… —respondió atropelladamente— Solo es curiosidad.
—Entiendo, querida. Pues sí, él es un médico muy famoso aquí.
—¿Y tiene esposa?
—Hasta donde sé, tiene un hijo o una hija, pero jamás he visto a su esposa… ¡Pero mira quién anda aquí! —Gritó de repente y se puso de pie— Linda, regreso en un momento. Iré a saludar a alguien. No te muevas de aquí.
No, no tenía pensado moverse.
Fijó su mirada en Ichigo Kurosaki. Por lo que veía, platicaba animadamente con un grupo de personas. Eso quería decir que sus habilidades sociales habían mejorado considerablemente. Ya no se mostraba tan arisco a los demás. Le alegraba su cambio de actitud.
La madurez le sentaba bien.
Ya no era el mismo chico friki veinteañero; ahora era un hombre (friki) treintañero. Le resultaba curioso verlo mayor, tan profesional. ¿De verdad era médico? Lo creía. Tenía pinta de serlo. Era un tío listo, él era capaz de eso y mucho más… Seguía estando delgado, aunque parecía tener un poco más de tripa. Su obsesión con las sopas instantáneas por fin se reflejaba, pensó divertida ¿Qué tipo de vida llevaría? ¿Estaría todo el día pegado detrás de un escritorio? ¿O andaría corriendo por las salas de emergencias de un lado a otro? Su cabello estaba intacto, ese también era un punto a su favor. Muchos a su edad —o incluso antes— empezaban a perderlo. Quizás, a él todavía le quedaban un par de años más con su cabellera completa. Del mismo naranja vibrante de siempre. Ahora usaba las patillas largas. Bien afeitado, vestía un traje gris. Tenía que decirlo, estaba guapo. O mejor dicho, continuaba guapo. No le decepcionaba. El Ichigo de treinta y tantos, seguía pareciéndole atractivo, todavía más interesante que el de veintitantos. Más que un interés amoroso o sexual, sentía muchísima curiosidad por saber qué había sido de su vida. En tantos años, él ya debía estar casado o mínimo, tener pareja. Su hijo o hija ya debería estar cumpliendo seis o siete años.
Ambos habían logrado seguir el curso de sus vidas. Lo mejor sería evitar cruzarse durante aquella noche.
Hablarle. No hablarle. Hablarle. Mejor no. ¡Sí, hablarle! No, no. No hablarle. Puta madre, hablarle. Que no, coño.
—Ichigo.
Mierda.
—Disculpa —expresó confundido— ¿Quién eres?
Estaba de coña, ¿cierto?
—Rukia —murmuró, tragándose el orgullo.
—¿Rukia?
—Compartimos piso hace algunos años —explicó concretamente, deseando huir.
El rostro se le iluminó en un instante.
—¡No te reconocí! —Exclamó atónito— Joder, sí que estamos viejos.
—Ni que lo digas —convino, con una pequeña sonrisa.
—Tienes que venir conmigo, Ichigo —les interrumpió un sujeto calvo— ¡Es urgente!
—Lo siento —se disculpó, acariciando su cuello— Debo irme.
—No hay problema.
—Me dio gusto verte.
—Igual.
Y así concluyó su tan esperado reencuentro. Había visto de nuevo a Ichigo Kurosaki y el eje de la Tierra se mantenía en su sitio. Los ciclos por fin estaban completos. Ahora solo eran un par de personas que solían conocerse. No más.
Sin embargo, un incipiente vacío iba apoderándose de su pecho.
¿Eso era todo?
—¿Interrumpí algo importante? —inquirió Ikkaku pícaramente, al notar su mala leche.
—No, nada.
oOo
Luego de solucionar un insignificante problema con el estacionamiento, Ichigo permaneció un rato más en él, recargado sobre una de las farolas. El sitio se hallaba completamente vacío (a excepción de los automóviles, claro está). Necesitaba estar solo durante un rato. Ya regresaría en unos minutos, nadie notaría su ausencia. Ikkaku le había obsequiado un cigarrillo y le apetecía fumárselo con tranquilidad.
—"¿Compartimos piso algunos años?" —Expresó para sí mismo, luego de dar una profunda calada— Que sí lo compartimos… —murmuró, dirigiendo su vista hacia el cielo estrellado. No deseaba joderse los pulmones, así que arrogó lo que restaba del cigarrillo y lo aplastó con su zapato. Después sacó su cartera, del bolsillo izquierdo de su pantalón. La foto de Akari le regaló una sonrisa. Buscó algo entre sus compartimientos, hasta dar con un viejo pedazo de papel y lo desdobló cuidadosamente.
Idiota:
Si nos llegamos a encontrar de nuevo, por favor, no me hables…
Él había cumplido con su parte del trato; ella, no.
—No sabía que fumabas —inquirió la mujer de cabellos violetas, acercándosele.
—Ni yo —respondió el ojimiel, encogiéndose de hombros— no lo hago seguido —explicó tras unos segundos y regresó disimuladamente la nota a su lugar.
—¿Cómo está Akari?
—Bien.
—¿Qué tal si salimos los tres en alguna ocasión? —le propuso Senna animosamente.
—No estaría mal —respondió Ichigo. No se despidió de ella. Solo se marchó entre la intermitente oscuridad y la luz de las farolas, con las manos en los bolsillos. Ella lo observó, hasta que lo perdió de vista.
Era su quinto día en Japón y Ashido no era un hombre que se diera por vencido tan rápido. Apagó su móvil a la quinta llamada. No sentía ánimos de escucharlo. Ni a él, ni a sus excusas tontas o sus disculpas fingidas. Se vistió con unos simples vaqueros, un jersey liviano azul y unas zapatillas para hacer deporte. Hacía mucho tiempo que no salía así. Deseaba andar sola —por metro o caminando, como fuese— durante toda la tarde, sin que nadie le molestara. Salió de la residencia de su hermano sin dar explicaciones y subió en el primer autobús que se encontró a su paso. Se apeó en un lugar desconocido, pero tras avanzar un rato, logró ubicarse en la ciudad. A pesar del tiempo, el nombre de las calles y avenidas continuaban en su memoria. Se sumergió entre las multitudes, sin pensar. Estaba ahí, pero a la vez, su mente flotaba muy encima de ella. Y sin darse cuenta, sus pies le llevaron a su antiguo edificio… o al menos, el sitio donde solía estar. La piel se le erizó al descubrir el terreno vacío. Aquella acera, de la que alguna vez se encargó prodigiosamente el Sr. Tanaka de asear, ahora era un rincón lleno de inmundicia. Se quedó plantada en el suelo. Era desconcertante ver lo que tenía delante de sí.
¿Cómo había sucedido?
Nadie podría respondérselo. Los músculos de la espalda se le tensaron. Una fina capa de sudor cubrió toda su piel. La vista se le nubló. La escena se tornó tan insoportable, que sintió la necesidad de huir.
—¿Señora, está bien? —le preguntó un niñito, jalándole de su suéter, notando su estado.
Tras unos segundos, su cuerpo se deshizo del hechizo y fue capaz de moverse. Volvía a ser una persona racional y consciente de sus acciones. Se arrepintió de haber llegado tan lejos, dejándose influir por sentimentalismos. Ella era Rukia Kuchiki y sabía cuál era su lugar en el mundo. Aquello solo había sido un desliz, a causa de la nostalgia y sus problemas actuales con Ashido. En cuestión de días, regresaría a su hogar y todo retornaría a su cauce.
—Sí, sí —afirmó— Estoy bien. No te preocupes —le aseguró con una sonrisa.
Él no dudó de sus palabras y se marchó alegremente, al lado de su madre.
Dobló rápidamente por la esquina.
Su garganta estaba tan seca, que decidió pasarse por la cafetería (claro, si es que estaba todavía ahí). No le sorprendería que estuviera cerrada. O que simplemente, vendieran otra cosa: ¿Tornillos, quizá?
Para su alivio, continuaba ahí. Tal y como estaba en un principio… ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. Le fue muy placentero escuchar la misma campañilla al abrir la puerta: olisquear aquel delicioso aroma del café, ordenar, esperar, sentarse su mesa preferida y contemplar el parque. Aquella tranquilidad descomunal, que solía brindarle aquel sitio. Tan pequeño, pero a la vez, tan grande. Le rememoraban esos días difíciles y confusos, los buenos momentos al lado de su inseparable Renji Abarai... y en especial, esas ocasiones en que compartió una sencilla taza de café con aquel chico tan extraño que cambió su vida…
—¿Rukia? —Inquirió una voz masculina, sacándola de sus cavilaciones— Vaya, qué casualidad.
—Ichigo —repitió atónita y terriblemente asustada. ¿Acaso le había atraído con el pensamiento?— ¿Qué haces aquí?
—Vengo de vez en cuando —se explicó escuetamente, encogiéndose de hombros.
Silencio.
—¿Por qué no te sientas aquí? —le sugirió Rukia, al notar que el local se encontraba totalmente lleno.
—Vale.
Sí que eran curiosos los designios de Dios. Compartiría la mesa con la persona por la cual huyó del país y se mantuvo lejos durante siete años. Aunque… no era malo del todo. Estando juntos, podría confirmar que ya no sentía nada por él, ¿cierto?
Continuará…
Oh, chicos. Merezco que pateen mi trasero hasta el cansancio. Sé que los abandono durante mucho tiempo. Pero no es mi intención. Son cosas que pasan. Solo sé que, tarde, pero sin sueño, seguiré actualizando. Después de mi esguince y la recuperación, empecé con los primeros exámenes de bimestre. Cálculo diferencial no es tan difícil como imaginaba, pero lleva su tiempo. Tengo más tareas que en otros semestres, pero poco a poco voy sacando mis pendientes. El problema está cuando la inspiración no fluye. Además, estoy súper enchanchada con Breaking Bad. Comencé a verla a finales de agosto y ya voy a comenzar la cuarta temporada.
El próximo viernes haré un conteo de esperma (no sé porque les cuento esto).
Ya saben que amo sus comentarios y cuando me ponen en alertas o favoritos. La formación de este capítulo fue extremadamente lenta. Un día escribía diez palabras; otros, ninguna y en algunos, más de quinientas. Me gustaría que esto fuera constante. A ocho reviews de los trescientos, creo que ya puedo morir en paz. Disculpen mis trolleadas, en especial las recientes. Octubre es un mes difícil y raro para mí. Como al cantante de Green Day, me gustaría que me despertaran, pero en mi caso, hasta que octubre se acabe. Pero bueno, a Miss Pew no debe afectarle los problemas de Alejandra.
Si lo necesitan ¡Les mando un abrazo espacial! Y si no, también. Pillos, los quiero tanto, que he postergado mi final de temporada de Breaking Bad por terminar el capítulo. ¿Se entendió más el capítulo? Ya saben, cualquier duda, reclamo, mentada de madre o bombas de ántrax en mi correo, no duden en decirlo. Nos vemos en el próximo capítulo.
Otonashi Saya: Si mis capítulos no te gustan, mi vida no tiene sentido. Me esforzaré para subir el nivel de cada actualización.
Dan Yagami: Por mi mente pasaban cosas muy raras, mi querido y sexy Dan. Creo que todo se normalizó.
DEUSxkero: ¡Muchas gracias por tus buenos deseos! Afortunadamente, mi tobillo sanó en el plazo que debía.
Start Kurosaki: ¿A qué nadie se esperaba el gran salto temporal? Sinceramente, ni yo. Pensé mucho en quién sería el nuevo amorcito de Rukia (pues Kaien ya lo había utilizado e Hisagi era su amigo), entonces recordé a Ashido y creí que no sería tan descabellado.
Metitus: Como dirían por ahí, "esto no termina, hasta que se termina" HAHA Bueno, aquí todavía quedan cosas por decir.
aviel cool 8: ¡Gracias, linda!
Soul Neko-Natsu: Muy mal, Sr. Soul. Es Akari, no Akane HAHA Les tenía una bomba atómica preparada, pero ya que no quería que me odiaran, intenté suavizarme.
Andyantopia: Ya verán, ya verán *inserte música dramática*
Chiiiachan: Me mató el "Bueno, he parado, porque trabajo y tengo vida" HAHA Me siento plenamente identificada contigo, sobre todo cuando quiero ver mis series, escribir o simplemente frikear un rato y no tengo tiempo. Espero que con las reformas que he metido en mi estructura, sea más claro el leer. Yo le tengo un amor-odio a Nell.
Kotsuki Kurosaki: La verdad es que tenía planeado escribir un capítulo pre-salto, pero me dio paja hacerlo HAHAHAHAAHA Así que pensé "Creo que no hará mucha falta". Yo ya quería empezar a sacar el flow rápido.
Rukia inlove: No soy talentosa, en absoluto. Solo de repente viene ese impulso "tengo que escribir o moriré" y mis dedos empiezan a escribir como locos. No quería separarlos durante tanto tiempo. Es hora de ponerlos a prueba.
Akane-chan: Ya notaba tu ausencia, mujer. ¿Verdad que Ichigo padre es terriblemente sexy?
Juli-nyaan: Tengo cierta debilidad por los hombres y la paternidad.
ichiruki4ever.n.m: Juntarlos en Taiwán habría sido muy fácil (?) A mí me gusta lo jarcor. Y pues lo que pasa por la mente de Nell solo ella lo sabe. Aunque de todas formas, su actitud no tiene justificación. Afortunadamente, Akari tiene a su padre buenote.
Dapassi: Tarde, pero jamás dejaré de actualizar.
Foreveryour: Ya comenzaremos con lo bueno, baby.
sofi12: Soy hija perdida de Tite (?) Los haré sufrir hasta que pidan clemencia (?).
