La calma que había reinado durante las fiestas de Navidad fue rota por una nueva oleada de disturbios que pondrían punto y final a la conocida Revolución de 1832. No sólo los republicanos querían acabar con el gobierno de Luis Felipe , rey de Francia. Los llamados legitimistas también querían acabar con el monarca. Ambos bandos veían cómo la escasez de alimentos era particular en los barrios obreros a causa de las malas cosechas y el declive económico que azotaba el país galo desde 1827.
A mediados de Febrero, un grupo de legitimistas intentaron secuestrar a la Familia Real en una salida por la Rue des Prouvaires, fracasando en dicho intento. Tras no conseguir la victoria en Marsella en otra sublevación dirigida por la duquesa de Berry, los legitimistas decidieron dejar la lucha y esconderse tras las palabras envenenadas de la prensa.
Los republicanos estaban solos. Pero sus deseos de luchar incrementaron la noche del 4 de Junio. Enjolras estaba en su piso de estudiantes terminando de preparar el siguiente meeting que se celebraría en casa de Lamarque al día siguiente. Eran las doce de la noche cuando, de repente, unos golpes secos en la puerta principal del piso le distrajeron de sus ocupaciones. Miró a Denise, la cual se había ido a dormir hacía ya unas horas. Se levantó y salió al salón, donde su compañero Combeferre estaba abriendo la puerta.
Un niño con aire sofocado los miró a ambos. Se trataba del pequeño Gavroche, un pequeño que comenzó a ir a los meetings hacía ya unos meses y había comenzado a interesarse por la causa. Al líder este hecho le produjo un sentimiento contradictorio, pues por una parte se sentía orgulloso de que un niño tan pequeño estuviera luchando por el futuro de la Patria, pero por otra tenía miedo de las consecuencias que podía tener este hecho, pues tenía mucha vida por delante todavía como para perderla por culpa de una bala perdida.
-Traigo una mala noticia. Lamarque ha muerto esta noche.
Aquellas palabras sembraron un silencio tenso en la sala. Courfeyrac, el cual había salido un poco más tarde de su habitación, se apoyó en el marco de la puerta, consternado. Enjolras tragó saliva y se pasó la mano por los rizos rubios. Combeferre miró a su amigo interrogante quitándose las gafas.
-¿Qué hacemos ahora?-preguntó en un susurro, tras unos minutos de luto-¿Qué hacemos con la revolución?
Lamarque había sido para ellos su inspiración y el que había dado ánimos a los jóvenes para seguir luchando. Su muerte fue un duro golpe para todos. Por un momento, se sentían perdidos. Enjolras exhaló un profundo suspiro y miró a los presentes.
-Seguiremos con el plan establecido. Mañana le daremos a Lamarque un funeral digno…
-Pero es peligroso…-dijo Courfeyrac de repente-Habrá miles de soldados.
-No os preocupéis por eso…-dijo Enjolras, levantándose de golpe y cogiendo la casaca de la silla del salón-Tengo un plan…
…
Los tambores retumbaron por las calles en un sonido ronco que encogía el corazón. Un ataúd negro iba custodiado dentro de un carromato tirado por dos caballos, rodeado de muchas flores. Los guardias reales vigilaban cada punta del carromato. Los familiares del general fallecido caminaban detrás de éste vestidos de luto, las mujeres llorando desconsoladas. El cielo de París estaba teñido de gris, a punto de romper a llover. Las campanas de Notre Dame replicaron de manera lúgubre. El rey no estaba en la procesión funeraria debido a que se encontraba en el sur del país por motivos de trabajo, por lo que su mujer lo representó en aquél momento.
Varios parisinos se acercaron a ver el cortejo. Denise se encontraba semiescondida en unas columnas, protegida por una capa oscura. Observaba con atención a la muchedumbre que se despedían por última vez del que había sido para ellos el héroe del pueblo. No conocía a Lamarque bastante bien, por lo que su pérdida tampoco le afectaba tanto. Aún así, guardó el respeto necesario, pues para Enjolras sí que había sido importante en su lucha por la libertad y su muerte sí que le había afectado un poco más.
Sus ojos se chocaron con otras figuras encapuchadas. El líder le había dicho aquella mañana que se mantuviera fuera del tiro enemigo y que en cuanto diera la señal, se fuera corriendo hacia el Musain para ponerse a salvo. Dicha orden había sido rechazada por la muchacha, pues no iba a permitir quedarse en las sombras mientras los demás luchaban poniendo en riesgo sus vidas.
El sonido de tambores cesó de repente. El obispo de la ciudad comenzó a rezar una oración por el alma del fallecido, la cual fue acompañada por los presentes. Entre los versos de la oración, unos sobresalieron entre otros.
Canta el pueblo su canción, nada la puede detener, esta es la música del pueblo y no se deja someter…
El sacerdote, ignorando dichas palabras, siguió con la lectura del salmo sobre la muerte y la vida eterna en el más allá. Pero ese coro de voces no cedió ante dichas palabras.
Si al latir tu corazón oyes el eco del tambor, es que el futuro nacerá cuando salga el sol
Las voces eran cada vez más altas. Los guardias comenzaron a apartar al público del carromato. De pronto, a lo lejos se escuchó un tiro y una bandera color sangre se alzó entre las cabezas asustadizas del público.
Aquella era la señal esperada…
