Explicación

Una hora después de la llamada de Graham, Emma y Regina se habían bañado, arreglado, cada una por su lado, antes de subirse al coche. Regina no había dicho una sola palabra, y Emma no había dicho mucho más.

¿Qué podría decir después de todo? Regina estaba aterrorizada ante la idea de que le sucediera alguna cosa o peor aún, a su hijo, cosa que podía comprender.

Ya llevaba un cuarto de hora conduciendo y Emma aún no había sabido encontrar las palabras. Sin embargo, debía tranquilizar a la morena, pero el único deseo que tenía era, de momento, ir a buscar al pequeño Henry y llevárselos lejos a los dos para esconderlos.

¿Esconderlos? No era una solución, si acaso temporal, y lo sabía. Desafortunadamente, era todo lo que podía hacer por el momento. Pues no conocía la identidad de los que querían matar a su amada. Se hubiera lanzado de cabeza y les hubiera dado una buena paliza para que no se volvieran a acercar a la morena y a su hijo, pero ella sabía que esos cabrones eran numerosos. Demasiado numerosos para ella sola.

Así que esconderlos seguía siendo la mejor solución, de momento, y mientras estuvieran a salvo ella macharía a hacer sus investigaciones para destruirlos, uno a uno.

Resopló profundamente, y giró ligeramente la cabeza hacia la morena.

«Vamos a coger el avión. Dejaremos el coche en el aeródromo, vamos a buscar a tu hijo, y volveremos a la villa, ¿de acuerdo?»

La morena no respondió, simplemente asintió ligeramente con la cabeza mientras continuaba mirando el paisaje con su cabeza apoyada en la ventana.

Emma hubiera querido una mirada, aunque fuera, pero Regina parecía perdida en sus pensamientos. Ella no insistió y continuó mirando hacia el frente, concentrándose en la carretera.

Media hora más tarde, llegaron al pequeño aeródromo privado de Los Ángeles. Emma aparcó el coche, pidió a la morena que se quedara dentro mientras ella iba a hablar con el piloto.

Diez minutos después, Regina subía al jet que les habían reservado, seguida de Emma, mientras el piloto ya estaba poniendo en marcha el aparato.

La morena tomó asiento en uno de los sillones que amueblaban el avión, y se quedó mirando al vacío a través de la pequeña ventanilla, mientras Emma se había sentado frente a ella. El corazón en un puño.

Emma tenía la vaga impresión de que, quizás, Regina tenía remordimientos sobre su relación. Por supuesto no era la causa de su problema, y Emma lo sabía. Regina estaba en peligro, su hijo también, pero Emma no podía evitar creer que si su relación se hubiera mantenido tal como era antes de su marcha de San Francisco, hacía tres días, quizás Regina no se hubiera cerrado a ella.

Así que no pudo evitar que su corazón se encogiera. Emma sabía que mezclar vida profesional y vida privada no era algo bueno. Es más, siempre se lo había prohibido hasta el presente. Era verdad que, oficialmente, ya no estaban unidas por ningún contrato, pero el resultado era el mismo. Aún aseguraba la protección de la morena y a la vez mantenía una relación íntima con ella.

Sin embargo, Emma no lo lamentaba. Pues esos momentos pasados en compañía de la morena habían sido los más hermosos que había vivido en toda su vida. Nunca se había sentido tan relajada y serena antes de conocerla, nunca había proyectado un futuro con nadie antes de encontrarla y aprender a amarla, porque Emma estaba segura de ello, la amaba. Pero sabía que era demasiado pronto para decirlo. Pero estaba segura de eso. Ya había amado antes, pero cuando la miraba, cuando pensaba en ella, cuando cerraba los ojos y la película de sus tiernas caricias, de sus dulces besos, de los cruces de sus miradas y de sus encuentros sexuales cruzaba por su mente, sentía cómo su corazón se llenaba de felicidad. Lo sabía, lo sentía, Regina Mills era la mujer de su vida, y haría todo lo posible para poder amarla hasta su último aliento.

Dos horas. Llevan dos horas volando la costa oeste de los Estados Unidos y sin embargo, Regina ni siquiera la había mirado una vez, no le había dirigido la más mínima palabra. Y Emma estaba apenada porque no se lo hubiera creído. Acostumbrada a esconder sus emociones, a apartarlas en lo más hondo de su ser, esa ignorancia la hacía sufrir. Esa mujer a la que amaba, y por la que daría su vida, le rompía el corazón.

Por supuesto sabía que el miedo se había anidado en Regina, y que, quizás, cuando su hijo estuviera a salvo con ella, iría mejor, que la miraría, que le hablaría, que le sonreiría. Quizás solo era un duro momento que pasaría. Y que se arreglaría. Al menos era eso lo que esperaba.

Miró a la morena y sabía que Regina sabía que la estaba mirando. Sin embargo, no desvió su mirada hacia ella.

«Heu…¿quieres algo de comer o de beber?» preguntó la rubia esperando una reacción por parte de Regina

Pero todo lo que obtuvo fue un no con la cabeza, mientras seguía mirando el paisaje, aunque de momento el único decorado eran las nubes blancas.

«¿Ni un vaso de agua?»

Y ahí, Regina entreabrió la boca bajando la mirada, pero sin responder. Pero Emma tomó eso por un sí. Se levantó, se dirigió al mini bar, lo abrió y sacó dos pequeñas botellas de agua. Las abrió, y volvió al lado de la morena dejándolas en la pequeña mesa que las separaba.

«Gracias» susurró débilmente la morena mientras cogía la botella y se la llevaba a los labios evitando la mirada suplicante de la rubia.

«Háblame, Regina…de lo que sea»

«…»

«Sé que…lo que estás viviendo está lejos de lo que un día podrías haber imaginado, que tienes miedo que te pase algo, a ti o a tu hijo, pero por favor…háblame. Estoy aquí por ti, os protegeré, lo sabes. Pero háblame, por favor» le suplicó

«¿Cuánto nos falta para llegar?» preguntó ella con un tono de total desinterés mientras bebía de nuevo de la botella, lo que entristeció aún más a Emma.

«Una hora»

«Bien»

Y volvió a la contemplación del paisaje y Emma sintió cómo las lágrimas se empeñaban en aparecer en sus ojos.

«¿Tú…te arrepientes?» acabó por preguntar después de 20 minutos de silencio.

Vio a Regina aclararse silenciosamente la garganta, después girar, finalmente, su rostro hacia ella para mirar a los ojos.

«No…pero no puedo permitirme pensar en eso de momento»

«¿En "eso"? ¿Llamas a nuestra relación "eso"?»

«Por favor, Emma…no comiences»

«De acuerdo» dijo ella sintiendo una lágrima deslizarse por su mejilla antes de levantarse y dirigirse a la cabina del piloto.

Regina, que hasta el momento no había demostrado la menor reacción física, cuando vio la lágrima de tristeza de Emma, escuchó su voz temblorosa y sus inquietudes sobre su relación, sintió su corazón estrecharse. Sabía que Emma estaba sufriendo por esa situación, pero la verdad era que ella también estaba igual de conmocionada. Así que cuando la rubia la dejó para irse a la parte de delante del avión, ella también se hundió en el llanto, la presión era demasiado fuerte para soportarlo más. Le hubiera gustado tranquilizar a Emma, decirle que ella no tenía la culpa de lo malo que le estaba pasando, que hubiera querido estrecharla en sus brazos porque era ahí el único sitio donde más segura se sentía, que no lamentaba en nada todo lo que había pasado entre ellas, al contrario, su relación era lo mejor que le había pasado en la vida, después del nacimiento de su hijo, por supuesto. Solo que su hijo ya estaba corriendo un grave peligro por su culpa. Ella no quería que Emma también se convirtiera en una diana para esos mercenarios. Si algo grave le pasaba por su culpa, nunca se lo perdonaría. Lo mejor sería, al final, dejarlo ahora. Se culpaba de haberle dado esperanzas a Emma, de haberle prometido que ella no sería como esa chica que se había aprovechado de ella solo para experimentar el sexo lésbico, pero lo estaba haciendo por su bien.

Una vez que el jet aterrizó en la pista del aeropuerto de Reno, Emma y Regina fueron recibidas por David. Emma lo había llamado para que fuera a buscarlas en coche antes de ir a buscar al hijo de la morena.

Media hora más tarde, habían llegado al hostal donde Henry y su clase estaban quedándose durante la semana. Cuando David detuvo el coche, Regina salió del vehículo y se encaminó a la puerta principal para ir a explicarle a la maestra de su hijo la razón de su llegada y la marcha prematura del muchacho. Mientras, Emma y David se habían quedado sentados, esperándolos pacientemente.

«Bien, ¿me vas a decir qué ha pasado?»

«No ha pasado nada»

«Oh, Emma, a otro con esas…venga, dime»

«Regina y yo…estamos…estamos juntas…en fin, eso creo, ya no lo sé…»

«Venga ya…¿habéis dado el paso?»

«Sí…pero mantén el secreto»

«Me conoces. Mudo como una tumba. Bien, entonces, ¿qué ha pasado para que haya esta frialdad entre vosotras? Apenas a mí me ha dicho hola…»

«Bueno, se ha puesto así después de la llamada de Graham. No sé lo que ocurre en su cabeza, he intentado hablar con ella, tranquilizarla…pero no quiere escuchar nada. Me pregunto si no se arrepiente de lo que ha pasado entre nosotras…»

«¿De verdad lo crees?»

«No lo sé…y sé que es egoísta por mi parte pensar solo en nuestra relación, pero solo querría que comprendiera que yo también estoy aquí, que haré de todo para protegerla. A ella y a su hijo»

«Entonces, muéstraselo. Pruébale que no está sola y que puede contar contigo. Sé paciente y comprensiva. Estoy seguro de que acabará por abrirse a ti»

«Ya…»

«¡Venga, vamos a ver si podemos ser útiles!»

«Solo hay una maleta, te recuerdo…»

«¡Sí, pero no es eso! Precisamente, vas a entrar y vas a ofrecerte para traerla hasta el coche, ¡así verá que quieres ayudarla!»

«Bien, en ese caso, puedo hacerlo sola…» dijo abriendo la puerta.

«Bah, te acompaño, y así voy al baño…»

«¿No será más bien para cruzarte con Mary y saludarla?»

«Bueno, si la veo, sí, pero no es por eso, la voy a ver el sábado, ¿recuerdas?»

«Ya, venga, vamos…»

Entraron en el edifico y se dirigieron al fondo del pasillo donde vieron a Mary hablar con Regina a la entrada de lo que debía ser una de las habitaciones, mientras los chicos estarían ocupados en una de las actividades de la tarde en el salón en compañía de los monitores.

Cuando llegaron a la altura de las dos morenas, Mary esbozó una sonrisa al cruzarse con la mirada de David, después lo saludó antes de virarse hacia Emma. Henry, por su parte, hacía su maleta tranquilamente.

Regina entró en la estancia y ayudó a su hijo mientras que Emma lanzaba una mirada a David. Y este comprendió que podía alejarse con la maestra.

«Entonces Mary, ¿cómo marcha la semana?» preguntó mientras se alejaban poco a poco.

Cuando Henry hubo cerrado su equipaje, alzó la vista y vio a la rubia toda sonriente. Sin perder una segundo más, se puso de pie y corrió hacia ella. Se pegó a ella, apoyando su cabeza contra su abdomen, sus brazos rodeando su cintura. Mientras, Emma posaba una mano en su cabeza.

«Emma…¡Estoy contento de verte!»

«Yo también, chico»

Él se separó y le dedicó su más hermosa sonrisa, que ella le devolvió, mientras que Regina avanzaba hacia ellos llevando la maleta de su hijo.

«Hey, ¿sabes que David también está?»

«¿De verdad?»

«Sí…¡está en el hall con tu profe!»

«¡Síii!» dijo él alejándose mientras Emma avanzaba hacia la morena

«Deja, yo la cojo…»

«Puedo muy bien hacerlo yo, gracias»

«Es un placer para mí…» dijo ella cogiendo gentilmente la abultada mochila con una sonrisa en la cara.

Regina no respondió y la dejó hacer antes de pasar por el lado de la rubia e ir junto a su hijo.

Se despidieron de Mary y dejaron el establecimiento para volver al coche. Emma metió la mochila en el maletero, y se sentó delante, al lado de David, mientras que Regina y su hijo tomaban asiento en la parte de atrás.

La morena tenía un brazo por encima de los hombros del muchacho y le preguntaba cómo había ido la semana, las actividades que había hecho, las cosas que había descubierto, aunque gracias a David ya conocía parte de esto. Mientras, Emma y David escuchaban sin intervenir.

Henry, mientras contaba, logró incluso hacer reír de buen grado a su madre. En ese momento, David giró la cabeza hacia su amiga y vio que esta contenía las lágrimas. Levantó la mano de la palanca de cambios y agarró dulcemente la de su amiga. Ella no lo miró, pero sonrió débilmente para agradecerle antes de que volviera poner la atención en la carretera.

Regina, que había visto el movimiento, se sintió mal y dejó de reír. Emma sufría, ella lo sabía y eso la entristeció a ella también. Hubiera querido explicarle a Emma su comportamiento, decirle que lo hacía por su bien, pero nada salió de su boca.

De vuelta al aeródromo donde el jet las esperaba para la vuelta, David se despidió de la morena y del muchacho antes de que estos subieran al avión.

«¿Me llamarás cuando hayáis llegado?» preguntó el rubio a su amigo

«De acuerdo, hasta más tarde y gracias por todo»

«De nada»

Él la estrechó en sus brazos y posó una reconfortante mano en la parte de atrás de su cabeza.

«Si necesitas cualquier cosa, me llamas, ¿ok?»

«Ok…Gracias, David»

«Venga, vete, y cuidaos» dijo separándose para dejar que la rubia caminara hacia el avión con la mochila de Henry en las manos.

«No te preocupes…»

Ella le hizo una señal con la mano una vez en el avión, y dejó que las escaleras de embarque se cerraran.

Se unió a la alcaldesa y al joven Henry, sentándose en el mismo sitio que antes, frente a ellos.

«Entonces, Emma, ¿a dónde vamos? Mamá no quiere decírmelo…»

«Normal, es una sorpresa…» dijo ella para entrar en su juego «Pero estoy segura de que te va a gustar…»

«¿Puedo tener una pista?»

«De acuerdo, pero solo una»

«¡De acuerdo! Entonces, ¿qué es?»

«El lugar a donde vamos…»

«Sí…»

«¡Hay…sol!»

«Pero eso no es justo, Emma…hay sol por todos lados…has hecho trampa, ¡no es una pista de verdad!»

«Por supuesto que lo es»

«No es justo…»

«Bueno, venga…voy a darte una segunda…»

«¡Una de verdad!»

«De acuerdo…Adonde vamos…¡hay agua!»

«¿Agua? Pfff, eres tonta…ya no juego más contigo»

Emma sonrió divertida, es verdad que el chico tenía el don de devolverle la sonrisa a cualquiera en cualquier circunstancia.

«Deberías descansar, cariño, tenemos para algunas horas»

«Pero…no quiero que se me escape la sorpresa»

«Te prometo que te despierto cuando lleguemos»

«De acuerdo…»

Cerró los ojos y se acurrucó contra su madre que apoyó su cabeza sobre la de él antes de, ella también, cerrar los ojos. Emma se quedó mirando por la ventana, antes también de cerrar los ojos a su vez.


Antes de que el aparato aterrizase, una pequeña alarma lOs despertó, pidiéndoles que se abrocharan el cinturón para el aterrizaje. Los tres así lo hicieron mientras se despertaban poco a poco.

Cuando el avión tomó suelo y se detuvo completamente, los pasajeros descendieron. Emma agradeció una vez más al piloto, cogió la mochila del chico y salió, uniéndose a la morena y a su hijo que la esperaban unos metros más lejos.

«Emma, ¿cuál es nuestro coche?»

«Ahhh, si te digo que es negro y que puede ir muy rápido…¿crees que lo encontrarías?»

«¡Sin problema!»

Se puso a correr hacia el parking y comenzó a mirar todos los coches que estaban estacionados allí.

«No…no…no…» decía mientras los coches se sucedían sin resultado hasta el momento «¡Ah! ¡Es este!»

Emma esbozó una sonrisa, la morena la imitó mientras se acercaban al chico.

«¿Crees que es este?» preguntó la rubia en tono divertido

«¡Sí! ¡Es negro y es el tipo de coche que va muy muy rápido!»

«¿Y cómo sabes eso?»

«¿Tiene varios agujeros atrás?»

«¿Agujeros? ¿Quieres decir los tubos de escape?»

«¡Sí! Entonces, ¿es este?»

«No lo sé…espera, lo compruebo»

La rubia sacó las llaves del bolsillo de su chaqueta y tocó uno de los botones del mando y las luces del coche señalado por Henry se iluminaron.

«¡Sí! ¡Lo sabía!»

«¡Bravo, pequeño genio! Venga, entra…» dijo ella después de abrir la puerta y adelantar el asiento del pasajero para dejar que el muchacho se sentara en el asiento de atrás.

Volvió a colocar el asiento e hizo un gesto con la mano para invitar a Regina a que ella también tomara asiento.

La morena le sonrió educadamente asintiendo con la cabeza antes de entrar en el vehículo. Después, Emma cerró la puerta, dio la vuelta, abrió la suya, puso la mochila del chico tras su asiento, se sentó y arrancó el motor.

«Oh, ¡hace un bonito ruido!» dijo él con el motor estuvo en marcha

«Has visto esto…» dijo ella haciendo rugir algunas veces el motor mirando al niño por el retrovisor «Venga, en marcha»

Retomó el camino hacia la villa a una velocidad considerable, aunque el chico le había pedido varias veces ir más rápido, pero su madre se había negado pretextando que era muy peligroso.

«Bueno, Henry, estamos llegando, cierra los ojos» dijo Emma mientras estaban a unos cien metros de la casa

«Pero, ¿por qué?»

«Es una sorpresa, acuérdate»

«Pero…bueno, de acuerdo»

«No hagas trampa, ¿eh?»

«Prometido»

Emma entró en el sendero de su casa y paró el coche justo en la entrada. Las dos mujeres salieron del vehículo, después Regina ayudó a su hijo a salir para que no abriera los ojos mientras Emma que había cogido la mochila una última vez abría la puerta de entrada.

Regina siguió a Emma hasta la cocina mientras guiaba a su hijo delante de ella. Emma abrió la puerta acristalada y Regina le dijo a su hijo que ya podía abrir los ojos.

Y lo que vio lo dejó sin voz. Ante él, estaba el océano y el solo que se ponía sobre el horizonte. Miró a su alrededor, con la boca entre abierta. Salió a la terraza y vio la piscina. Entonces, se giró y vio lo enorme que era la casa.

«Wowww…»

«¿Te gusta?» preguntó la rubia

«¡Sí! Mamá, ¿de verdad vamos a quedarnos aquí?»

«Sí, cariño»

«¡Super!»

«Pero solo el fin de semana»

«Oh…»

«Hey, son tres días enteros, no está mal, ¿no?» añadió Emma arrodillándose delante de él.

«Sí, es verdad…¿podemos bañarnos mañana?»

«¡Por supuesto! Tienes tu bañador, espero»

«Oh, no…»

«No importa, mañana iremos a comprarte uno, ¿de acuerdo?»

«¿De acuerdo?»

«¡Venga, chócala!»

Después de ese descubrimiento que tuvo el don de mantener la sonrisa en los labios del muchacho, Regina le enseñó el resto de la casa, mientras Emma se daba prisa para preparar la cena. No platos de chef, es verdad, pero lo suficientemente copiosa y equilibrada para los tres. Regina se había ofrecido educadamente, pero Emma rechazó amablemente y le propuso que disfrutara de su hijo.

Entonces, Henry quiso ir a la playa a ver el mar más cerca. Regina se quitó los zapatos y alcanzó a su hijo que estaba más que feliz de estar ahí. Traer a su hijo ahí había sido idea de Emma, había acertado y Regina le agradecía interiormente que hiciera a su hijo tan feliz.

«Es muy bonito, mamá…» dijo él estupefacto ante el paisaje antes de girar su cara hacia su madre que le sonría a medias «¿Qué ocurre mamá?»

«Nada, cariño…» de dio prisa en contestar acariciándole la mejilla

«Has peleado con Emma, ¿es eso?»

«¿Por qué dices eso?»

«Bueno, apenas habéis hablado en todo el viaje, y ya no os miráis como antes…y sobre todo, antes, cuando estaba con nosotros tú sonreías todo el tiempo, pero ahora ya no lo haces…»

«Es complicado, Henry…»

«¿Ella te ha dicho cosas malas?» preguntó temiendo la respuesta

«No…no, en absoluto, cariño…» poniéndose a su altura «Solo es que…¿te acuerdas del señor malo que quería hacerme daño?»

«Sí, pero él está muerto»

«Sí…pero no era el único en querer hacerme daño. Por eso Emma y yo fuimos a buscarte, para que no te pase nada, y además aquí estamos seguros»

«Pero, ¿por qué Emma y tú estáis enfadadas?»

«No estamos enfadadas, solo es que…aprecio mucho a Emma y no quiero que le pase nada malo a ella tampoco»

«Pero, si se queda a nuestro lado, no le pasará nada…»

«Es más complicado que eso, corazón. Pero Emma no tiene la culpa de nada, créeme»

«Una cosa de adultos, ¿verdad?»

«Sí…»

«Son tontas las cosas de adultos…siempre es complicado y nunca divertido…» dijo él antes de volver a prestar su atención a las olas

Regina lo atrajo hacia ella y también se quedó mirando el océano. Una lágrima se escapó a su control y cayó por su mejilla, pero rápidamente la enjugó para que su hijo no se diese cuenta.

Durante más de media hora se quedaron en esa posición, sin hablar, solo observando, admirando esa belleza de la naturaleza. Después, Regina volvió en sí y propuso a su hijo ir a ver si Emma necesitaba ayuda para poner la mesa.

Dieron la vuelta y se unieron a la rubia que estaba terminando la cena.

«¿Quieres que te ayudemos a poner la mesa?» preguntó Henry acercándose todo sonriente a la rubia.

«Sí, muy amable, gracias»

«¡Perfecto!»

Emma sacó tres platos de uno de los armarios que se encontraba cerca de ella y Regina avanzó para cogerlos mientras que Henry ya había desaparecido con los cubiertos.

«Creo que te debo una explicación» murmuró Regina mirando a la rubia a los ojos

«No me debes nada, Regina. Si no quieres contarme, estás en tu derecho»

«Lo sé…pero…»

«Emma, ¿dónde están los vasos?» las interrumpió Henry antes de entrar en la cocina, haciendo que se separaran.

«Heu, yo los cojo…pero tú puedes ocuparte de la bebida que está en la nevera, si quieres…» respondió Emma girándose mostrándole con la mano la nevera mientras Regina retrocedía a regañadientes.

La cena transcurrió calmadamente. Henry contaba lo que había comido durante la semana y afirmaba, sonriente, que no era tan bueno como el pato que acababa de preparar Emma.

«¿Es tu casa?»

«Sí…»

«Entonces, ¿eres rica?»

«Henry…» lo reprendió su madre

«Sí, un poco…me gano bien la vida, ahorro dinero, pero también dono buena parte a algunas asociaciones»

«¿Qué son esas asociaciones?»

«Heummm…bueno, son gente que tienen un objetivo, por ejemplo, dar de comer a gente que no tienen para ello, y para lograrlo necesitan dinero. Y cualquiera puede donar. ¿Comprendes?»

«¿Y a qué asociaciones donas tú?»

«Bien, hay una que ayuda a los huérfanos. Les dan alojamiento en cálidas casas, cuidados por educadores, tiene comida, ropa, los fines de semana realizan actividades y también los miércoles por la tarde, y además también reciben una educación, es importante»

«¡Qué guay!»

«Sí…» respondió ella divertida

«¡Cuando sea grande, tendré mi propia asociación!»

Las dos mujeres rieron ligeramente mirando al muchacho comer con ganas su plato ya casi acabado.


Cuando acabaron de comer, Regina mandó a su hijo a tomar una ducha, después ella ayudó a Emma a recoger la mesa.

«¿Quieres que te ayude a fregar los platos?» preguntó cuando todo estaba ya en la cocina

«No, muy amable, el lavavajillas hace bien su trabajo» dijo ella con una pequeña sonrisa que Regina compartió con ella.

Emma entonces colocó la loza en los compartimentos del electrodoméstico, después se dio la vuelta hacia la morena.

«¿Quieres una copa de vino, o un café…?»

«Una copa de vino sería perfecto, gracias…»

«De acuerdo, nos lo sirvo y te veo en la terraza»

«Entendido»

La morena se marchó a sentarse en su sitio habitual y pocos minutos después la rubia llegó, y se sentó en frente mientras dejaba las copas en la mesa de madera.

«Gracias»

«De nada»

«Emma…primero quería excusarme por el comportamiento que he tenido hoy contigo…»

«No tienes que…»

«…no, déjame acabar, por favor»

«De acuerdo…»

«Me entró miedo. Cuando Graham nos dio la noticia, entré en pánico. Me di cuenta de que toda esta historia había llegado muy lejos. La primera reacción que tuve fue ir a buscar a mi hijo lo más rápidamente posible para ponerlo a salvo y después pensé en ti, en nosotras» dijo ella posando una mano sobre la de Emma que estaba cerca de su copa «Tú no tienes la culpa de nada, te lo aseguro. No lamento nada. Pero, de momento no podemos. No puedo y no quiero. No quiero que estés en peligro tú también por mi culpa, ya lo estás demasiado»

«¿Has acabado?»

«Sí…»

«Entonces, ¿es por eso que me has ignorado todo el día? ¿Para protegerme? ¿Te estás riendo de mí?»

«No, Emma, yo…»

«Regina, soy una ex militar, he estado en Irak durante diez meses, ya me he llevado dos balazos. Uno en el muslo y otro en la clavícula desde que soy guardaespaldas, pero aún estoy aquí. Conozco el peligro, y es mi trabajo alejar de él a los que recurren a mí. ¿Quieres protegerme? ¿Evitar que me pase algo grave? Demasiado tarde, estoy enganchada a ti, y ni por asomo te voy a dejar afrontar esto sola. Estaré ahí para ti. Puedes contar conmigo…»

Regina tenía lágrimas en los ojos, entonces Emma se levantó y estrechó a la morena en sus brazos, que se dejó caer llorando en su cuello.

«Todo va a ir bien, estoy aquí…estoy aquí…»

«Tengo tanto miedo, Emma…si supieras…» susurró agarrándose a ella.

«Lo sé, cielo…» dijo colocando una mano tras la cabeza de la morena y su mentón apoyado sobre esta, acunándola delicadamente.

Se quedaron así durante algunos minutos, hasta que Regina relajó la presión en los brazos de Emma, mientras esta hacia lo posible para reconfortarla.

Después se separaron, Regina enjugó sus lágrimas, no queriendo mostrar a su hijo su estado cuando él bajara.

Y cuando él lo hizo, Emma les propuso ir al salón a ver una película. Incluso dejó que el muchacho eligiera el DVD, y este escogió la primera parte de Thor.

Se sentaron en el gran sofá, Henry entre las dos mujeres, pero acurrucándose en los brazos de su madre.

Cuando la película hubo acabado, Emma se ofreció para llevar al pequeño, que se había dormido, a la cama. Regina iba por delante para abrir la puerta de su habitación y apartar las sábanas para que Emma pudiera acostar a su hijo sin dificultad.

A continuación salieron de la habitación y Emma propuso ir a acostarse ellas también. Regina aceptó y siguió a Emma a su habitación después de haberse cambiado de ropa.

Se acostaron en la gran cama de la rubia y como la víspera, la morena colocó medio cuerpo sobre la rubia. La cabeza sobre su torso, una mano en su vientre, y Emma la puso sobre esta. Y así se quedaron dormidas.