Nada de imprudencias
20:15. Emma había detenido su coche a varios metros de la aislada propiedad. La villa se erigía sobre una colina en Ocean Beach, dando directamente al océano Pacífico.
No se podía negar la existencia de un sistema de seguridad: pórtico de acerco macizo de dos metros de alto, valla también de acero rodeando toda la propiedad de unos 500 metros cuadrados de superficie. Un césped perfectamente cuidado decoraba los laterales del sendero central, asfaltado para que los coches pudieran llegar hasta el garaje o bien hasta la puerta principal. Cámaras de seguridad, sobre los pilares del pórtico, recorrían los alrededores para detectar todo movimiento sospechoso o desconocido. Y unos diez guardias, siempre en pareja, hacían sus rondas por la propiedad y se mostraban prudentes.
Emma sabía que entrar en esa inmensa propiedad no sería tarea fácil y que, en vista de la cantidad de hombres dispuestos en el exterior, otros debían estar vigilando en el interior. Pero no por eso se iba a dejar amilanar.
Ella, que se había puesto la mochila a sus espaldas, se detuvo en una esquina oscura, escondida de las cámaras y de los vigilantes, dejó la mochila en el suelo, la abrió y sacó sus GVN (gafas de visión nocturna) Se deslizó como una anguila, como había aprendido en el ejército, y comenzó su observación.
Más concentrada que nunca, Emma miraba con regularidad su reloj y anotaba mentalmente los desplazamientos que veía bajo sus ojos. Al cabo de una media hora, comprendió el desarrollo de las rondas de vigilancia y volvió sobre sus pasos.
Sacó dos pistolas, se las colocó en las fundas que tenía a la derecha e izquierda de sus piernas, sujetas a su cintura donde colocó dos cargadores en la parte de atrás, en su espalda. Después sacó una de sus últimas adquisiciones, una verdadera joya antes sus ojos: su nueva ballesta con zoom regulable, tanto de día como de noche. Sacó algunas flechas anestésicas que deslizó en el carcaj colocado bajo la ballesta y volvió al punto de observación.
Se echó sobre la hierba, dispuso una flecha en su arma y otras tres en el suelo. Miró su reloj una vez más, después por su visor. Rodó hacia el extremo izquierdo de la propiedad, retuvo su respiración y disparó una vez el arma, cargó rápidamente la ballesta otra vez, ante de que el guardia pudiera comprender lo que le había pasado a su compañero, y otra flecha le alcanzó a él, dejándolos dormidos al momento.
Emma cargó de nuevo la ballesta, miró por el visor y reprodujo los mismos gestos para neutralizar a los dos guardias siguientes antes de que se encontraran con los anteriores y dieran la señal de alarma. Emma, rápidamente, escondió la ballesta entre los arbustos y se aventuró en el perímetro de seguridad.
Se acercó a los hombres tirados en el suelo y los arrastró por los pies para alejarlos del campo de visión de los próximos guardias que llegarían en tres minutos y cuarenta y cinco segundos.
A continuación, caminó, sin hacer el menor ruido, hasta una ventana entreabierta. Se deslizó en el interior de la casa, no sin primero haber comprobado que ninguna cámara podía grabarla gracia a su detector que sujetaba en una mano, y recorrió estancia por estancia. No sabía que esperar al haber llegado hasta ahí. Respuestas, eso estaba claro. Pero, ¿cómo obtenerlas? ¿A través de documentos secretos guardados en una caja de seguridad sin duda? ¿O bien yendo directamente a la fuente?
Emma se encontraba frente a un dilema. Si acaso se dejaba atrapar, Regina seguramente no se lo perdonaría tan pronto, pero por otro lado, se sentía en el deber de hacerlo. De tomar al toro por los cuernos y enfrentarse a Leopold cara a cara, y obligarlo a que le desvelase todo.
Tomó en silencio un pasillo, mirando a derecha e izquierda, con el oído puesto al menor ruido, con una mano sobre la pistola enfundada en su pierna, la espalda ligeramente curvada, nada podría sorprenderla.
Se acercaba al centro de la casa, había visitado cada estancia de la planta baja sin el menor resultado. Cuando llegó a lo que parecía ser la sala de estar, no vio a nadie, solo un ordenador cuya pantalla iluminada indicaba: «Buenas tardes, Señorita Swan»
Emma dejó de respirar y miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Entonces, avanzó hacia la pantalla y vio que esta cambiaba dejando ver una estancia que ella conocía muy bien, el salón de Regina.
Y cuando sus ojos se desorbitaron, un hombre apareció ante ella, sentándose en uno de los sillones de cuero de la morena.
«Emma Swan, presumo»
«Sí…» dijo ella apretando la mandíbula
«¡Finalmente nos conocemos! Me llamo Leopold Starck. Pero ya debe saberlo, ¿me equivoco?»
Emma dijo que no con la cabeza y el hombre sonrió mezquinamente.
«¿Le gusta mi casa?»
«Demasiado grande para mi gusto…»
«¿Dice usted eso cuando posee una magnifica propiedad en Malibú? Oh, vamos, señorita Swan, no entre nosotros…»
«¿Qué hace usted ahí?»
«¡Oh! ¿Se ha dado cuenta de donde me encuentro? Bien, eso le dice dónde encontrarme»
«¿Dónde está Regina?»
«Aquí, a mi lado. ¿Quiere hablar con ella? Ah, no, es verdad, ¡no va a ser posible! La pobre tiene la boca tapada con un fino trozo de cinta…Sí, no tenía ganas de que me volviera loco de la cabeza…además la mujer con la que quiero hablar es usted. Así que no pierda tiempo…» después de eso, la pantalla se apagó y se volvió completamente negra.
Emma sintió cómo la cólera se apoderaba de ella, dejó la residencia en menos tiempo que necesitó para llegar, y cosa extraña, ningún hombre montaba guardia ya. Recuperó el material que había escondido entre los arbustos y volvió a su coche. Salió disparada y llegó en menos de siete minutos a la mansión Mills.
Al llegar, vio dos 4X4 negros, blindados sin ninguna duda, y a dos hombres que montaban guardia delante de la puerta de entrada. Emma caminó hacia ellos, desarmada, pero ellos se tomaron la molestia de comprobarlo, después fue acompañada por los dos hombres al interior de la casa.
«¡Ah, señorita Swan… Un placer verla finalmente!»
Cuando Emma entró en la estancia, vio a Regina sentada en el sofá, con las muñecas atadas a la espalda, la boca tapada con una cinta adhesiva, y lágrimas en los ojos. Mientras que David parecía haber desaparecido.
«¿Quería que hablásemos? Pues aquí estoy…» respondió Emma en tono frío lanzando una oscura mirada a ese hombre que le asqueaba sobremanera. «Por lo que parece es conmigo con quien tiene un problema, así que, ¿y si vamos a hablar a otro lado y dejamos a Regina y a su hijo fuera de esto?»
Emma pudo escuchar a la morena que parecía protestar intentando soltarse, mientras que Emma parecía de mármol, para no mostrarse débil frente a su adversario.
«Siéntate, ¿quieres? Sí…te tuteo, será más fácil, eh» dijo él con un guiño, mientras volvía a tomar su lugar en su sillón al lado de la morena, mientras un hombre posaba una mano sobre el hombro de Emma para obligarla a sentarse en el sillón frente al de Starck «¿Sabes Emma? Debo confesar que me la has jugado bien estas últimas semanas…Pero bueno, al menos, has…cómo decir…animado algo las cosas»
«¿Qué es lo que quiere? ¿Qué le ha hecho ella para que la odie hasta el punto de hacerle sufrir tal atrocidad?»
«¿Me encuentras atroz? Ah…me hieres…pues como ves, aún no le he hecho nada…» afirmó él con una sonrisa burlona
«¿Qué le ha hecho a David?»
«Oh, hablas del rubio alto, sin duda…El que, al escuchar ruidos provenientes del piso superior, subió a comprobar que el pequeño bastardo estaba bien. Digamos que estaba en el sitio erróneo en el momento inadecuado…»
«¿Qué les ha hecho a él y al pequeño?» dijo alterada la rubia, siendo sujetada por la mano del tipo de pie junto a ella.
«No se preocupe…David y el pequeño bastardo están bien. Duermen profundamente vigilados por mis hombres»
«Sabía que yo iría…»
«¿Crees de verdad que no habría detectado tus rastreadores pronto? No…preferí que tú vinieras a mí…Porque, ves, sabía que no dudarías en recorrer el mundo entero para esconder a mi querida y tierna ex esposa…» dijo él posando una mano bajo el mentón de la morena para que girara su cabeza hacia él.
«¡No la toque!» la cortó ella, pero no hizo caso de las palabras de la rubia
«Pero sabes tan bien como yo que el mundo no es lo bastante vasto y que hubiera acabado por encontraros. Así que decidí que ya era hora de que Regina viniera a mí por ella misma…y tú me la has servido amablemente en bandeja de plata…»
«Yo…»
«Shut, shut…no tienes que sentirte culpable…¡al contrario! Me evitas tener que matarla delante de su bastardo, ¿ya es bastante, no?»
«Tiene razón. El mundo no es lo bastante vasto. Porque le juro que si le toca un solo pelo de su cabeza, lo encontraré y lo mataré»
«¡Bien, que así sea!» dijo levantándose «Querida, ¡hora de marcharse!»
Dos hombres se acercaron a Regina para ponerla en pie mientras Emma intentaba hacer lo mismo.
«¡No, dejadla! ¡Ella no irá a ningún lado!» gritó cuando consiguió escapar del agarre del matón tras ella.
Emma, impotente, sentía cómo las lágrimas querían hacer aparición. Miró a la morena a los ojos y vio que esta estaba aterrada ante la idea de dejar la casa, a su hijo, a Emma, su vida.
«¡Ah, pero, claro, es verdad! ¡Ahora estáis juntas las dos!» dijo él antes de echarse a reír «Mi ex mujer se ha vuelto bollera…comprendo por qué nunca me hizo ninguna felación…»
Los hombres, a su alrededor, se echaron a reír también mientras que las dos mujeres no apartaban sus ojos la una de la otra.
«¿Sabes qué, Regina? Voy a darte tres minutos para que te despidas de tu querida…después de eso…no la volverás a ver más, así que aprovéchalos» dijo con un guiño que la hizo estremecer.
Los hombres se dieron la vuelta para dejarles algo de intimidad mientras Leopold iba a servirse una última copa de whisky a una de las estancias vecinas.
Emma se acercó a la morena, le retiró suavemente la mordaza que cubría sus labios mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
«Emma…» dijo en un sollozo
Emma posó sus manos en el rostro de la morena y la besó con pasión antes de estrecharla fuertemente en sus brazos.
«Lo siento tanto…tanto…» repetía Emma estrechando a la morena más contra ella.
«No…tú no…tienes que sentirlo…» respondió Regina retrocediendo ligeramente para mirar a la rubia a los ojos, conteniéndose para no echarse a llorar de nuevo «Tú no tienes la culpa de nada…»
«He sido una idiota…no debería haberte dejado sola…Te pido perdón, mi amor…»
«Te amo, Emma…»
«Yo también te amo…»
Las dos mujeres no dejaban de llorar, mientras se besaban desesperadamente.
Cuando Leopold volvió, anunció su presencia con un carraspeo y Emma se dio la vuelta, le hubiera gustado mirarlo con todo el odio posible e inimaginable, pero en su lugar, sus ojos imploraban piedad al hombre mayor.
«Lléveme con ustedes»
«¡Qué! ¡No!» exclamó la morena
«Regina, no te abandonaré…nunca»
«No…quédate…quiero que cuides a…»
«¡No…me quedo contigo!» dijo ella insistiendo con la mirada y pasando un brazo por la cintura de su amada antes de girarse hacia el hombre «Leopold, le aconsejo que me lleven con ustedes si no quiere que un día le encuentre para torturarlo por el resto de mi vida»
El hombre pareció divertirse y se encogió de hombros.
«Si esa es la voluntad de la señorita…Lleváoslas» dijo a sus hombres
«¿Puedo dejar una nota…para que David cuide del pequeño…?»
El hombre suspiró, enervado y apretó la mandíbula
«Daos prisa, mi paciencia tiene unos límites…»
Emma asintió con la cabeza, fue hasta la cocina acompañada de Regina, a quien había pasado una mano por la espalda cuando los dos hombres estuvieron a unos metros de ellas.
«Estoy con Regina, te confiamos a Henry. Cuida bien de él. Os queremos. Emma»
Un hombre leyó lo que había anotado, después Emma dejó el papel en la encimera, y a continuación fueron acompañadas por los dos hombres hasta que se sentaron en el asiento posterior de uno de los coches.
Ya en camino, Emma tomó a Regina en sus brazos e intentaba tranquilizarla lo mejor que podía.
Veinte minutos más tarde, Emma reconoció el sitio, no era otro que la villa en la que había estado una hora antes, le susurró a la morena.
«Es aquí donde estuve…»
Regina no respondió nada, sino que se pegó más a la rubia. Su rubia. Quien había preferido morir a su lado antes que vivir sin ella.
Al llegar a la mansión, las dos mujeres fueron sacadas del coche por los hombres. Fueron conducidas al interior de la casa en donde las separaron.
«¡No! ¡Os lo ruego!» gritó Regina mientras Emma intentaba soltarse para acercarse a la morena
«No tengáis miedo, chicas…en pocos minutos os volveréis a ver. Paciencia…Llevad a la chica a la terraza» ordenó a los hombres.
Emma intentó forcejear de nuevo mientras veía que Leopold subía las escaleras seguido de la morena que era sujetada por los brazos por dos hombres.
Cuando Starck llegó al piso de arriba, abrió la puerta de una habitación que parecía ser un dormitorio y se apartó para hace entrar a la morena.
«Después de ti»
Regina fue empujada por los dos brutos y sintió su corazón acelerarse ante la idea de encontrarse sola en ese cuarto con ese cerdo.
«Deberías mirar por la ventana…la vista es espléndida…oh y no intentes abrirla o romper el cristal, son irrompibles. Pero bueno, si eso te divierte, puedes intentarlo» dijo divertido antes de cerrar la puerta con doble llave, dejando a la morena sola en la habitación.
Leopold bajó las escaleras y se dirigió a la terraza.
«Emma…¿te acuerdas de Claudio?»
Un hombre avanzó hacia ella y lo reconoció inmediatamente. Se trataba del hombre con el que había peleado cuando había salvado a la morena en el almacén del puerto. Este se acercó peligrosamente a ella mientras otros también se acercaban.
«Así como de Billy, Dani…en fin…dejo que os conozcáis» dijo el hombre mayor antes de volver al interior de la casa para ir a su despacho.
«Hermosura…¿recuerdas lo que te dije la última vez? Qué la próxima vez que nos viéramos…no te librarías tan fácilmente…»
Regina, que estaba sentada en la cama, los brazos apoyados en sus rodillas, el rostro ente sus manos, escuchó gritos. Y no cualquier clase de grito, gritos de dolor. Alzó el rostro dándose cuenta de que se trataba de la voz de Emma y se acercó rápidamente a la ventana.
Ante sus ojos, el Infierno. Emma sostenida por dos hombres y apaleada por otro. En su rostro, en el abdomen, en sus costillas, mientras Regina gritaba para suplicarles que se pararan…Durante más de quince minutos, los puñetazos no dejaban de ser asestados. Pronto, Emma no pudo mantenerse en pie, sus piernas fallaron, y los hombres la soltaron. El susodicho Claudio se acercó una última vez para darle un patada justo en el vientre haciendo gemir a Emma de dolor, que había intentado contener sus gritos lo mejor que había podido, negándose a confesarse vencida y satisfacer a su torturador.
«Bien, bien…»
Emma reconoció en seguida esa voz y no tuvo necesidad de mirar a la persona que acababa de hablar para saber de quién se trataba.
«Gold…» gruñó ella entre dientes
«Si no te hubieras entrometido…sin embargo eras una de las mejores…es una pena»
«Espera y verás, cabrón…»
El hombre rio maquiavélicamente antes de hacer una señal con la cabeza al torturador de la rubia.
«Está bien, subidla junto a la otra…» soltó Claudio antes de girarse hacia la mesa del jardín que se encontraba a dos metros de él para mojar sus manos en una champanera y así limpiarse la sangre de la rubia que se le había quedado en los dedos con el agua de los cubitos derretidos.
Al llegar arriba, Emma fue tirada en la misma habitación que la morena y esta corrió a su lado.
«Ohhh…» susurró Regina sin saber dónde poner las manos para no lastimarla «Mi amor, ¿me escuchas?»
«Ayyyyyyyyyy….» Emma apretó la mandíbula sintiendo el intenso dolor aquí y allá sobre su cuerpo, pero intentaba mantenerse fuerte delante de su compañera «Estoy…estoy bien…» intento decirle para tranquilizarla.
«¡No, no estás bien! ¡Oh, Emma, lo siento tanto! ¡Si no te hubiera contratado, todo esto no habría sucedido!»
«¡Ca…cállate! Te…prohíbo que…digas eso…¿entendido?»
Regina lloró amargamente apoyando su frente en la de la rubia, dejando que sus lágrimas se deslizasen por sus mejillas y aterrizasen en las de Emma.
Después Regina se levantó, fue a buscar un cojín para que Emma reposara la cabeza. A continuación, fue al baño que había en la habitación, cogió una toalla que humedeció en el lavabo, después volvió a Emma y le limpió delicadamente el rostro.
De vez en cuando, Emma transparentaba una mueca de dolor, lo que aún hería más el corazón de la morena que hacía todo por ir lo más suave posible. Cuando hubo acabado, pasó su mano, tiernamente, por el rostro de la rubia y le sonrió lo mejor que pudo.
«¿Qué…qué aspecto tengo?» preguntó Emma en un susurro, intentando sonreír.
«Algunos arañazos…pero aún eres la más hermosa para mí…»
«Todavía mientes…tan mal…» dijo ella mientras se llevaba una mano a sus costillas izquierdas, sin duda esta vez rotas.
«Yo…¿qué puedo hacer Emma? Dime y haré todo lo que quieras…»
«Bloquea…bloquea la puerta»
«¿Qué? Pero…»
«Hazlo, por favor»
Regina obedeció y empujó el mueble que le pareció más pesado hacia la puerta.
«Bien, ahora…» resopló Emma
Regina se arrodilló a su lado y le tomó el rostro entre sus manos.
«Dime…»
«Ahora ve al baño. Y…enciérrate ahí»
«¿Qué? No…»
«Regina…haz lo que te pido, por favor»
«No…¡no voy a dejarte!»
«Es necesario que vayas al baño…»
«En ese caso, ¡vienes conmigo!»
Regina aprovechó el hecho de que la rubia estaba sobre la alfombra, delante de la cama, para arrastrarla hacia el baño. Una vez en la nueva estancia, cerró la puerta y bloqueó el acceso.
Regina se acercó después a la rubia y decidió apoyar la cabeza de Emma en sus piernas. Su compañera parecía cada vez más débil, era primordial ir a un hospital, pero, ¿cómo? Jamás lograrían salir de ahí. No solas.
«Quédate…quédate conmigo…te lo suplico…» murmuró la morena acariciando la mejilla de Emma con su pulgar, las lágrimas deslizándose por las suyas.
«¿Sabes? Cuando esta mañana te decía…que tú eras lo…más preciado que tenía…lo pensaba…»
Regina sintió sus lágrimas aumentar y no pudo evitar estallar en llanto segundos antes de recobrarse y sonreír como nunca había sonreído.
«Así como yo…cuando te decía que quería tener un hijo contigo…Emma, tú y Henry sois lo más querido que tengo en el mundo. Sois mi familia…y no concibo la vida sin los dos en la mía…porque la verdad es que te amo…como nunca he amado a nadie. Así que te lo suplico…no me abandones…»
«Yo también te amo…» murmuró ella mientras su respiración se hacía cada vez más lenta.
Regina inclinó su cabeza hacia atrás antes de bajarse para besar los labios de su amada.
«Te lo ruego, Emma…no me abandones…»
Cuando se incorporó, vio sangre deslizarse desde los labios de la rubia y a esta cerrando los ojos lentamente.
Y en ese momento, un terrible estruendo se escuchó desde el pasillo, desde la puerta de la habitación e inmediatamente desde la puerta del baño…
