Está bien lo que bien acaba

Los días pasaron, la pequeña familia había pasado algunos días en Malibú en compañía de Gaby, Carmen y Charlie dándose cuenta de que esta vez sí eran unas verdaderas vacaciones.

Solo que después de diez días en el paraíso, había que volver. Henry hubiera hecho lo imposible por ganar un día más allí, pero las elecciones se acercaban a paso agigantado y Regina debía estar presente antes del día X.

Mientras, Emma había encontrado una solución. Lo conversó con su compañera para preguntarle su opinión, después habló con David de los deseos del pequeño y David, con el mayor de los entusiasmo, se alegró por proponerle al muchacho pasar tiempo con él. Lo que Henry aceptó inmediatamente.

«Entonces, Henry, ¿cuál es el programa para hoy?» le preguntó su madre mientras desayunaban.

«No lo sé, es una sorpresa. David no ha querido decirme nada. Dice que es una idea de Emma y que no debo olvidarme darle las gracias cuando vuelva esta tarde»

«Bien, pues, en ese caso, espero que no lo olvides»

Mientras se sonreían, Emma entró en la cocina. Despeinó los cabellos de Henry antes de dirigirse hacia la morena y besarla tiernamente en los labios mientras ponía sus manos en las caderas de la morena, bajo la mirada divertida del muchacho.

«¿Listo para tu día, campeón?» preguntó la rubia, su rostro y el de Regina girados hacia el niño, mientras seguían abrazadas.

«¡Sip! ¡Me muero por ver tu sorpresa! Pero, ¿por qué no me la enseñas tú?»

«Hubiera querido, hombrecito, pero es algo de hombres…y además yo solo tuve la idea, David lo ha organizado todo…»

«¿La idea? ¿Qué quieres decir?»

«¡Lo verás pronto por ti mismo, bribón!» dijo ella sacándole la lengua.

«Bueno, tenía que intentarlo…»

Veinte minutos más tarde, Henry estaba de camino con David. Este lo llevaba a ver al equipo de los Gigantes durante una sesión de entrenamiento gracias a un jugador que David y Emma conocían tras haberle salvado la vida algunos años antes. Eso le gustaría a Henry, Emma, Regina y David estaban convencidos.

Por su parte, Emma y Regina terminaban de desayunar, apaciblemente y mostrándose todo su amor.

«Tengo, definitivamente, que encontrar un trabajo»

«¿Te aburres hasta ese punto conmigo?»

La rubia sonrió moviendo negativamente la cabeza. Pues desde hacía varias semanas, Emma acompañaba a la morena al ayuntamiento. La ayudaba con su papeleo, y aunque no era realmente apasionante, estaba con su morena.

«Por supuesto que no…Pero…como quien no quiere la cosa, mis ahorros disminuyen. Aún recibo el alquiler de la villa, pero una gran parte va a las asociaciones…cuando tenía mi suelto, era un extra, podía dejarlo guardado o permitirme algún capricho. Pero a la larga, no puedo vivir solo del alquiler de Malibú. Después de todo, aún tengo mi apartamento, eso me recuerda que tengo que ir a coger mis cosas, después está el seguro de mis coches…sí, lo confieso, no tendría que haberme comprado tres, pero ¡no puedo separarme de ellos!»

«¿Por qué mantienes tu apartamento? Quiero decir…casi te has mudado aquí, para mi gran alegría, es verdad, pero aún lo tienes…»

«Bueno…porque esta es tu casa»

«Bien, ¿qué te parecería que también fuera la tuya? ¡Sobre todo también legalmente!» dijo ella sonriendo

«Bueno…estaría contenta…pero…»

«¿Pero, qué?» se inquietó la morena

«Sabes que adoro esta mansión, y aunque me siento bien aquí, creo que siempre tendré esa impresión de…»

«¿De que no estás en tu casa?»

«Sí…»

«Entonces, ¿qué propones?»

«De momento, no sé qué pensar…»

«Escucha, mira lo que yo tengo en mente: Vas a su apartamento, coges lo que necesites, después pasas a buscarme al despacho. Comeremos por la ciudad, y en ese momento, volvemos a hablar de ello. Mientras, tienes hasta las 12:30 para pensar en ello, ¿de acuerdo?»

«De acuerdo…» dijo ella sonriendo «Venga, vamos, si no, vas a llegar tarde»

Regina cogió su bolso y juntas, se encaminaron hacia el garaje para entrar en el Corvette de Emma.


De camino al ayuntamiento, Emma tenía una mano sobre el volante, y la otra, en la rodilla izquierda de su compañera, quien mantenía una mano sobre la suya mientras contemplaba el paisaje. Se había vuelto una costumbre entre ellas. No necesitaban conversar, ese sencillo contacto significaba mucho más que las palabras.

Una vez delante del ayuntamiento, Emma paró el coche, Regina se inclinó hacia ella para besarla tiernamente antes de dedicarle una sonrisa y salir del coche no sin antes decirle un "Te amo", que Emma devolvió, antes de cerrar la puerta del vehículo.

Emma retomó el camino en dirección a su apartamento. Llegó un cuarto de hora más tarde.

Le era extraño volver cada cierto tiempo, pues hacía varios meses que ya no dormía ahí, su nevera estaba vacía, y pronto su armario también. Porque Regina, siempre que venía con ella a su loft, insistía para llevarse algunas de sus prendas, pretextando "Nunca se sabe, podrías necesitarlo". Resultado: su apartamento parecía más un trastero que otra cosa.

Se sentó en el sillón, recorrió con la mirada las diferentes estancias y sonrió tontamente.

Su relación con Regina había alcanzado tal amplitud tan rápidamente que finalmente, pensando en ello, Regina no se equivocaba al decir que Emma ya casi se había mudado a la mansión. Sin embargo, todo había pasado con naturalidad, sin que ninguna hubiese hablado de verdad sobre ello. Emma y Regina sentían esa continua necesidad de estar juntas. Era como si…como si les fuera vital para las dos.

Entonces Emma se puso de pie, y abandonó su apartamento para seguir su camino. Se dirigió a una tienda de bricolaje, compró lo que le hacía falta, y volvió a su coche. De camino, cogió su teléfono y llamó a Regina.

«¿Sí, mi amor?» respondió ella, y Emma pudo sentir que la morena sonreía por el tono de su voz

«¿Estás ocupada?»

«¿Es una pregunta trampa?»

«No…» dijo ella divertida «Quiero decir, ¿tienes alguna reunión o cita importante esta mañana?»

«No, por la mañana no. Por el contrario esta tarde tengo una cita con mi director de campaña que se alargará hasta tarde»

«En ese caso, ¿puedo pasar a buscarte?»

«¿Ahora, ya?»

«En diez minutos, sí»

«Hmmm, ok…¿A dónde piensas llevarme?»

«Te lo diré cuando llegue…»

«Muy bien, hasta ahora, mi amor»

«Hasta ahora»

Colgó y tiró delicadamente su móvil en el asiento del pasajero y continuó su camino para buscar a la morena.

Cuando llegó, estacionó su coche, salió y se dirigió al despacho de Regina.

Tras pasar por pasillos saludando con un asentimiento de cabeza y una educada sonrisa a la gente que la saludaba, se detuvo delante de la mesa de su amiga Ruby, que le hizo un gesto con la mano mientras hablaba por teléfono. Esperó algunos segundos a que la morena colgara y se pusiera de pie para darle un amigable abrazo.

«¡Hey, rubia! ¿Cómo estás?»

«Bien…¿y tú? ¿Cómo fue tu fin de semana con Belle, eh?» dijo ella arqueando una ceja provocadoramente.

«¡Todo bien porque todo fue genial!»

«¿Qué? ¿Nada más? ¿Nada de detalles picantes?»

«Te recuerdo que tú nunca me los has dado…detalles picantes…»

«Porque Regina es tu jefa…no creo que apreciara saber que hablo de nuestra vida privada con cualquiera, y aún menos contigo»

«Bien, pues tampoco creo que Belle lo apreciara»

Las dos se echaron a reír y la puerta del despacho de Regina se abrió, dejando ver a la morena que salía con su chaqueta y bolso.

«Emma, evita distraer a mi empleada durante sus horas de trabajo, por favor…Tendréis todo el tiempo para hablar en otro momento, ¿verdad?»

«Sí, tienes razón. Bueno, Ruby, ¿hasta más tarde?»

«Oh, ¿se va?»

«Sí, pero estaré de vuelta a comienzos de la tarde, ¿puedo contar con usted?»

«¡Por supuesto! La llamo si hay algún problema»

«Muy bien, hasta luego en ese caso»

Emma ofreció su brazo a su compañera y juntas abandonaron el edificio para entrar en el coche de Emma.

«Fui a mi apartamento…» dijo la rubia mientras se ponían en marcha

«Ah…¿y?»

«Mira en el asiento de atrás»

La morena frunció el ceño, y desvió su mirada hacia la parte de atrás del vehículo.

«¿Cajas?» preguntó para intentar comprender mejor, antes de mirar a la rubia y ver que esta le lanzaba una sonrisa ladeada, y comprender a dónde quería ir a parar la rubia. «¿Quieres mudarte en serio?»

«Sí…» dijo ella mirando de nuevo la carretera «Pero quiero tener tu opinión sobre algunas cosas antes de llevar todo a tu casa»

«¿Sobre algunas cosas?»

«Sí, ya sabes…están mis "herramientas de trabajo", algunas cosas de decoración…en fin quiero que me digas lo que te gusta o no antes de empaquetarlas»

«¿Y si no me gusta nada?»

«Bueno, las tiraré»

«Emma, no vas a "tirar" tus cosas solo porque a mí no me gusten…si tú las tienes, es porque tienen algún valor para ti. Y no te voy a pedir que te separes de ellas»

«Hablaremos de eso cuando estemos allí…»

Ella sonrió divertida mientras la morena la miraba con cierta suspicacia.

«Cuando hablas así…tengo la impresión de que…»

«¿De qué?»

«No sé cómo explicarlo, pero…aclárame una cosa…¿no tendrás miedo de que te deje porque no tengamos, por ejemplo, los mismo gustos musicales?»

«Por ejemplo…»

«Emma, hablo en serio…¿no es lo que piensas, verdad?»

«No…solo es que, como te he dicho, no quiero abarrotar tu casa de cosas viejas que no te gusten»

«En primer lugar, nuestra casa, en segundo lugar, no podemos tener los mismos gustos en todo, porque estoy segura que debe haber algo que no te guste de mí, ¿me equivoco?»

«Bueno, nunca lo he dicho…»

«Lo sé…» dijo ella tomándole la mano mientras la rubia aparcaba el coche delante de su apartamento «Y es una cualidad que me gusta de ti. Dejas de lado tus deseos y necesidades en favor de las de los demás. Desde que nos conocimos, haces de todo para que yo, e incluso Henry, estemos bien. Que no nos falte de nada. Pero Emma, no estás obligada a hacer ese sacrificio, créeme…No te amaré menos por el hecho de que dejes de llevarme el desayuno a la cama todos los sábados y domingos por la mañana. Con los domingos será bastante…» dijo con un guiño cómplice que hizo reír a la rubia «Y tercero, todo lo que es mío es tuyo…»

«Lo mismo digo…»

«¡Muy bien! En esa caso, "tú no abarrotarás" nuestra casa, sino que la amueblaras un poco más, eso es todo»

«Te amo…»

Regina sonrió antes de acariciar la mejilla de la rubia, después acercó su rostro al de ella y sellaron sus labios.

«Yo también te amo…Bueno, vamos, no perdamos más tiempo, ¡tengo ganas de comenzar!»

Emma rio mucho más antes de salir del coche. Descargó las cajas y avanzó junto con Regina hacia la puerta de entrada.


Dos semanas más tarde, llego el día de las elecciones, sin gran sorpresa. Regina fue reelegida por segunda y última vez ganando a su adversario con un 67%, y este la felicitó por su victoria.

«Felicidades, Señora Alcaldesa» dijo él tendiéndole una mano, que ella apretó educadamente.

«Gracias, pero la próxima será su turno…» dijo ella con un guiño amigable

«¡Ya lo veremos en ese momento! Felicidades otra vez, y disfrute de esta velada…» dijo él mirando a su alrededor antes de sonreírle amablemente y desapareciendo mientras Emma avanzaba hacia la morena.

«Felicidades, mi amor…¡sabía que ganarías!»

«Era evidente…» dijo ella con la cabeza alta, orgullosa, lo que hizo reír a la rubia.

La semana siguiente, Emma, que había llamado a la agencia de Carmen para que vendiera su apartamento, recibió una llamada de esta para confirmarle que la venta se cerraría en los próximos días, y que ella llegaría a San Francisco para firmar el contrato de venta en presencia del comprador.

Regina había propuesto a Carmen y a su pequeña familia que pasaran algunos días en su casa, que había sitio para todo el mundo y la mexicana había aceptado con gran placer después de haberlo hablado con Charlie.


Un mes más tarde, Henry volvió al colegio, algo melancólico el primer día porque ya no estaría en la clase de Mary, pero esta le había levantado el ánimo al decirle que como David y ella estaban juntos, continuarían viéndose y que no debía preocuparse.

Emma, al igual que David, había pasado las pruebas de admisión para la academia de policía de San Francisco, gracias a los ánimos de sus respectivas compañeras y los consejos de Graham que les había asegurado que los dos serían excelentes agentes.

Cinco semanas más tarde, Regina y Emma se dirigieron a los juzgados, encontrándose allí con David, Graham y el abogado y amigo de Regina, August Booth, antes de entrar en la sala de justicia para asistir al juicio contra los delincuentes que varios meses antes las habían secuestrado. Y aunque, oficialmente, el proceso enfrentaba principalmente a Regina y a los otros, David y sobre todo, Emma, eran testigos claves.

Se habían preparado durante varios meses. Regina había hecho las presentaciones entre August y Emma, mientras esta aún estaba en el hospital y este les había puesto al corriente de todos los pasos para el juicio.

Así que era el día en cuestión y Regina estaba de pie al lado del abogado mientras que Emma, David y Graham estaban justo detrás de ellos, en los asientos del público. Y al otro lado, llegaban esposados, Cora, Gold, Leopold y finalmente, George, acompañados de agentes de policía que los llevo hasta sus abogados. La de Cora era una joven mujer, abogada de oficio, el de Gold, un reconocido abogado así como los primos Starck que también tenía al suyo. Después, llegaron el juez y los diferentes miembros del jurado.

Cuando el juez supremo entró, se hizo un silencio. Cora no dejaba de mirar hacia su hija mientras esta la ignoraba completamente.

«Bien, comencemos» dijo el juez «Caso Regina Mills contra Cora Williams, Robert Gold, Leopold y George Srack. Siéntense. Abogado Booth, tiene la palabra»

Todos tomaron asiento, mientras August avanzó hacia el centro.

«Gracias, señoría. Mi clienta, Regina Mills, Alcaldesa de San Francisco, desea sobre todo justicia. Hace nueve meses, mi clienta fue agredida por el difunto Greg Mendell. Este entró en su domicilio la noche del 23 al 24 de febrero con el fin, en ese momento, de agredirla físicamente, por no decir, que violarla. Felizmente, mi clienta salió indemne, llamó a la policía y fueron tomadas las medidas necesarias. Estando su vida en peligro, contrató los servicios de la empresa de guardaespaldas "Save Company" dirigida, en esa época, por el Señor Gold, aquí presente» dijo señalando al hombre que lo miraba con desprecio «Emma Swan, que más tarde subirá a declarar, fue enviada por su empresa para asegurar la protección de la señora alcaldesa. Algunos días después del intento de agresión, el mismo día que el tornado Jessica pasaba por la ciudad, la señorita Swan tomó la decisión de proteger a mi clienta en el edificio de alta seguridad de "Save Company". Pero ese tal Greg Mendell apareció una vez más y amenazó a mi clienta, a la señorita Swan, así como al señor Nolan, aquí presente también, con un arma. Ese hombre estaba decidido y quería escapar con la alcaldesa. Pero otro hombre, el señor Killian Jones, otro empleado de "Save Company", también fallecido, se interpuso y abatió al señor Mendell con una bala en la cabeza»

Hizo una pausa, mientras algunas mujeres en la sala se llevaban la mano a la boca imaginándose la escena, después retomó la palabra.

«La policía intervino y el caso fue cerrado hace ocho meses. Mi clienta se sintió entonces, en ese momento, tranquila, aliviada de un gran peso, de un incesante miedo, que la roía día y noche. Pero las amenazas continuaron, y ya que la señorita Swan y el señor Nolan habían tenido un desgraciado accidente de coche, cuyo culpable se dio a la fuga, fue Killian Jones quien tomó el relevo en la protección de mi clienta. Solo que…algunos días más tarde, mi clienta fue secuestrada delante de su casa mientras que el señor Jones acabó con una paliza y dos balas en su pecho. Un vecino que paseaba su perro oyó los tiros, llamó a la policía y a una ambulancia. Cuando salió del quirófano, se vio que de todas maneras no iba a sobrevivir. Con las fuerzas que le quedaban, le confesó a la señorita Swan todo para que pudiera encontrar a mi clienta. Lo que hizo en la hora siguiente ayudada por el señor Nolan. Mientras, mi clienta tuvo la sorpresa de descubrir que su ex marido, el señor Leopold Starck estaba tras los infortunios que había sufrido…»

Continuó aún unos diez minutos más relatando los hechos en el silencio absoluto que se había apoderado de la sala. El público que lo rodeaba escuchaba atentamente cada palabra que salía por su boca.

Regina fue la primera en subir al estrado. August y ella habían elaborado una estrategia y pensaban atenerse a ella. A continuación, hizo subir a Emma, a David, a Belle, que había llegado retrasada, y finalmente a Graham, como defensa, para finalmente hacer comparecer a Cora.

«Señora Williams, ¿es verdad que usted mantenía una relación "íntima" con el ex marido de su hija? Hablo por supuesto del señor Leopold Starck»

«Sí»

«¿Cuándo comenzó?»

«Hace poco más de un año»

«¿Su hija lo sabía?»

«No»

«¿Fue su elección o la de su amante?»

«¡Protesto, señoría!» dijo la abogada de la mujer «Eso es privado y no tiene nada que ver con el caso»

«Retiro la pregunta…» susurró August con una sonrisa altanera antes de que el juez se pronunciara «¿Cuánto tiempo ha durado su relación?»

«Alrededor de seis meses. Puse fin el día en que supe que mi hija había sido secuestra por segunda vez»

«¿Entonces usted sabía que ya lo había sido?»

«Sí…» susurró ella bajando la cabeza mientras un ligero murmullo se hacía escuchar en la sala.

«¿Cuál era su objetivo en esta trama montada contra su propia hija?»

«Yo…no pensaba que todo iría tan lejos, yo…»

«Responda solo a la pregunta»

«Estaba enamorada de Leopold, lo he estado desde el día en que lo conocí»

«¿Cuándo fue eso exactamente?»

«Poco más de once años»

«Entonces, ¿aceptó formar parte de ese complot solo porque estaba enamorada y finalmente era la pareja del hombre que amaba?»

«¡No! ¡Lo hice porque he hecho de todo por mi hija! La crie lo mejor que pude, su padre y yo le pagamos los mejores colegios, pero ella solo hacía lo que le venía en gana y quería a toda costa su libertad, pero eso no era digno de lo que ella representaba. Necesitaba un marido que la cuidara y con quien fundar una familia…Pero ella lo estropeó todo…no supo agarrar las oportunidades que se encontraban delante de sus narices. Así que…cuando Leopold me habló de su plan, acepté. Pero solo porque el fin era disuadirla de presentarse al puesto de Gobernadora. Solo era cuestión de asustarla, eso era todo…no pensaba que todo se iría de las manos…»

«Gracias. He terminado, su señoría» declaró August antes de volver al lado de su clienta y dejarle su sitio a la abogada de Cora.

Esta dirigió sus preguntas a su clienta e intentó, como pudo, probar que ella había actuado por ingenuidad y por amor. Pero Cora había confesado muchas cosas, y sabía que su destino estaba sellado.

A continuación fue el turno de Gold. August se otorgó el placer de verlo caer al tener en su posesión los extractos bancarios y los nombres de alguno de sus hombres que habían participado en ese montaje, y que habían aceptado testificar contra su jefe a cambio de una reducción de condena. Cosa que le hundió aún más.

Después, fue el turno de George Starck, avergonzado por haberse hecho atrapar, sentía odio hacia Regina, Emma, David, todos los que se encontraban en la sala, incluido su primo. Explicó sus motivaciones, y sabiéndose, de todas maneras, condenado, había preferido ser honesto para terminar lo más rápido posible.

Y para acabar, le llegó el turno a Leopold. Ese último había intentado, en primer lugar, negarlo todo, acusando a su primo de haberlo engañado, pero August actuó astutamente, y de manera eficaz, zampándose de un bocado al último acusado.

«Bien, ahora el jurado se retirará a deliberar, después daré mi veredicto»

Todo el mundo se levantó en el momento en que el juez y el jurado salían de la sala por el mismo sitio por el que habían entrado.

«Les llevará un tiempo, ¿vamos a comer algo?» propuso August.

«¡Con mucho gusto!» dijo Emma frotándose su barriga, cosa que hizo sonreír a la morena.

Así que todos salieron del Palacio de Justicia y se encaminaron hacia un restaurante que había al final de la calle. Después de una buena hora charlando sobre el desarrollo del juicio, August tenía confianza, pues todo había sucedido como lo había esperado.

Tres horas más tarde, después de la deliberación del jurado, los acusados y sus abogados estaban de regreso en la sala, en pie, esperando la sentencia, mientras el grupo de la defensa entraba en la misma. Los miembros del jurado se sentaron en su sitio y el juez pidió al portavoz que pronunciase su veredicto.

«Después de haber deliberado, su Señoría, hemos llegado a la conclusión de que todos son culpables de los delitos que se les imputan»

«Bien, gracias. En ese caso, Cora Williams, la condeno a siete años de prisión sin posibilidad de reducción de condena por complicidad de rapto y secuestro con premeditación. Robert Gold, lo condenó a 15 años sin posibilidad de disminución de pena por complicidad de rapto y violencia con premeditación y tiene suerte de que sus ex empleados no hayan interpuesto denuncia contra usted, si no, le hubiera exigido una suma considerable por daños y prejuicios. Leopold y George Starck, 20 años de prisión para cada uno por secuestro, violencia, acoso sobre la persona de Regina Mills, Alcaldesa de esta ciudad, sin posibilidad de reducción de pena, así como una multa de 500.000 dólares, para cada uno, por daños y prejuicios que le será reembolsada a la señora Mills» golpeó con su maza de madera para anunciar el final del juicio y se levantó. «Llévenselos» añadió hablando de los cuatro acusados.

En el otro lado, Graham y David se daban un abrazo, Belle tomaba en sus brazos a Emma, mientras que esta tenía la mirada puesta en su compañera cuyo abogado y amigo también la había tomado en sus brazos.

Se sonrieron antes de que Emma se alejara de Belle, guiñándole un ojo, y se acercara a Regina y la estrechara en sus brazos.

«Lo hemos conseguido, mi amor…Lo logramos» susurró la morena a oídos de Emma.

«Te lo había dicho…te había dicho que todos pagarían…» murmuró Emma antes de depositarle un beso en la sien.

«¡Felicidades chicas!» dijo David «¡Se ha hecho justicia!»

«Gracias, pero todo esto es por August…otra vez, gracias…» dijo Emma tendiéndole una mano antes de que este sonriera y se la estrechase.

«¡Ha sido un placer para mí!»

«¿Y si vamos a celebrarlo?» propuso Graham

«Gracias, pero no…gracias…» dejó escapar Emma mirando a la morena con complicidad.

«Henry debe estar esperándonos, habrá acabado ya las clases…Pero, este fin de semana, ¿por qué no? Venid a casa, estaremos encantados de recibiros»

«Sí, nos daremos el placer de una gran comida…en fin, Regina nos cocinará una exquisita comida…» dijo haciendo sonreír a todos.

«¡Entonces, decidido! ¿Estamos en contacto?» preguntó la morena mirándolos a cada uno antes de que Emma agarrara su mano y caminaran hacia la salida.

«De acuerdo» respondieron ellos casi a la vez.

Salieron todos del Palacio de Justicia y se sorprendieron al ver, a lo lejos, una muchedumbre de periodistas esperándolos.

Graham y David se pusieron a los lados, August en primera línea, rodeando de esa manera a Emma que había pasado un brazo por la cintura de su compañera para protegerla más y Belle tras ella, cerrando la bola protectora alrededor de Regina.

«Señora Alcaldesa, ¿algún comentario sobre su victoria de hoy?» preguntó un hombre mulato, con los cabellos ensortijados.

August miro furtivamente a la morena y está asintió con la cabeza.

«La señora Alcaldesa está satisfecha con la sentencia establecida. Es justa y merecida. Gracias, eso es todo»

«¡Señora Alcaldesa! ¡Señora Alcaldesa!» gritaron algunos periodistas, pero el pequeño grupo consiguió abrirse camino.

«Y yo que pensaba que este juicio sería discreto…» dijo Emma una vez que ella y Regina estuvieron en el coche.

«En mi opinión, alguien presente en el juicio ha debido llamar a la prensa…no me asombraría»

«Mientras que se les pase rápido…¿Qué te parece que tras recoger a Henry vayamos solos los tres a un restaurante?»

«Me parece bien…» dijo ella con una sonrisa, mientras Emma apoyaba una mano en su muslo, que ella se dio prisa en apretar entre las suyas.


Las semanas pasaron y Navidad había llegado rápidamente. Para la ocasión, Regina y Emma habían invitado a sus amigos a pasar el fin de año juntos. Henry estaba muy contento, porque su amiguita Grace estaba ahí, era la sobrina de August, único pariente que le quedaba a la niña tras la muerte de su padre por un cáncer dos años antes, y cuya custodia tenía él ahora. Los dos pequeños estaban en el salón, rodeados por los adultos que charlaban entre ellos.

David, Graham y August tenían una conversación de hombres delante de la chimenea, con un vaso de whisky en la mano. Mientras, Mary, Ruby y Belle charlaban por su lado, sentadas en los sillones.

En la cocina, mientras que todos pensaban que Emma estaba echando una mano a Regina con la cena, estas, en realidad, se estaban besando con fogosidad.

«Te amo, mi amor…» susurró Emma mientras Regina tenía sus manos alrededor de su cuello.

«Yo también te amo»

«En ese caso…Ven, por favor»

La morena la miraba con expresión inquisitiva, pero siguió, de todas maneras, a la rubia hasta el salón, de manos dadas.

«¡Atención todos!» gritó Emma con una voz bastante fuerte para que todos la pudieran escuchar «Tengo un anuncio que hacer…» dijo ella haciendo una señal con la cabeza a Henry que corrió hacia el equipo de música del salón.

La canción "My Way" de Sinatra comenzó y Emma tomó las manos de Regina entre las suyas mientras que todos sus amigos las miraban. Henry y Grace en primera fila.

«Mi amor, hoy hace diez meses que estamos juntas. Diez meses que me colmas de felicidad con tus sonrisas, tu risa, tu buen humor, tu amor…no podría ser más feliz de lo que lo soy ahora…a menos que…» y Emma posó una rodilla en el suelo.

Regina, que pareció comprender lo que estaba haciendo su compañera, se llevó una mano a su boca entre abierta por la sorpresa. Y con la complicidad de Henry, que se acercó a Emma para entregarle una pequeña caja de terciopelo, esta la abrió y la puso delante de la morena, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.

«Regina Mills, ¿aceptarías convertirme en la mujer más dichosa del mundo casándote conmigo?»

Las sonrisas sobre los rostros de sus invitados mostraban la alegría que sentían por estar asistiendo a esa escena tan dichosa. Regina estalló en lágrimas, pero lágrimas de felicidad. Ella asintió con la cabeza mientras que se incorporaba para ponerse de pie.

«Sí…oh, por supuesto que sí, Emma…» dijo ella mientras la rubia le ponía en su anular izquierdo el anillo de oro blanco, en el que se engarzaba una pequeña esmeralda.

En cuanto le colocó la joya en el dedo, posó sus manos en la cintura de la morena y esta se apresuró a besarla pasando sus manos por detrás de los hombros de Emma.

Alrededor de ellas, podían escuchar a sus amigos gritar de felicidad por ellas. Henry, con lágrimas en los ojos, avanzó hacia su madre y Emma y las abrazó.

«Oh, cariño…» susurró Regina mientras enjugaba una lágrima de su mejilla con su índice «¿Desde cuándo estabas tú al corriente?» preguntó ella arrodillándose ante él para hacerle cosquillas en sus costillas.

«¡Tres días! ¡Solo tres días!» dijo él estallando en risas.

«¡Felicidades!» dijo Mary avanzando y tomando a la alcaldesa en sus brazos mientras David se encargaba de Emma.

«Felicidades, hermanita…» susurró él mientras la rubia también lloraba de felicidad.

«Gracias, hermano…»

Pasaron la velada todos juntos y fue un magnífico fin de año. El más feliz que hubieran pasado. Y Regina, que nunca se había sentido tan dichosa, no pudo apartar su amorosa mirada de su prometida, imaginándose ya el gran día.