¡Muy buenas, gente! Aquí os traigo el segundo capítulo. He aprovechado para hacer un pedido con foto y así matar dos pájaros de un tiro. La imagen es: Okita cogiendo a Kagura por los muslos y levantándola. Ella, con su chaqueta del Shinsengumi puesta, le abraza con sorpresa. Él tiene la cara enterrada en la bufanda de ella.
Para quien quiera ver la imagen, está en mi tumblr, de mis últimos post.
Agradecimiento muy especial a Kyosha012, por orientarme y corregirme. Eres un cielo y vales un montón \o/ ¡Sigue escribiendo!
Ah, también quería agradecer a Mi-chan, Mitsuki, Jugem Jugem, Anonymous D, I love Okikagu, Lu89 y Guest por los comentarios en el capítulo anterior. Me alegráis muchísimo, y como no puedo contestaros individualmente, os dejo un pequeño espacio aquí, que os lo merecéis. Muchas gracias, de verdad. XD
Anotación: Aún a sabiendas de que este fic está en castellano, hago uso de honoríficos japoneses y algún que otra palabra japonesa. Sé que esto es estrictamente un error, debido a la costumbre de haberlo escuchado o leído de esta forma en traducciones y anime. Me interesaría mucho saber vuestra opinión respecto a este tema. Para entenderlo mejor, se trataría de sustituir cosas del tipo: "Gin-chan" por "Gin", "Kondo-san" por "Señor Kondo", etc, como habría en un manga corriente editado al castellano.
I
Super Girls, nº 432.
256,92 .
Edición de octubre.
Página 14 (al final). Sección "Recetas para el amor".
Cómo conquistar al chico de tus sueños.
¿Quién no se ha visto en la situación de querer atraer a un chico… y no tenemos ni idea de cómo empezar? Hoy en día es difícil saber cómo tiene que actuar una chica, una auténtica Super Girl. ¿Es anticuado esperar a que sea él quien dé el primer paso? ¡Pues sí! ¡Cuando se quiere algo, hay que ir a por ello! Por eso, ¡este mes os traemos un par de consejos para que tengáis a vuestro chico en el bote!
Kagura arqueó una ceja. No tenía muy claro qué era una Super Girl (su nivel de inglés era nefasto) pero le interesó lo que proponían.
Siguió leyendo.
~o~
—Anda, mira, un piojo colorado. ¿Otro día sin trabajo, China?
Okita sonrió, enseñando los dientes de una forma siniestra. Sus ojos rojizos como granates brillaron ligeramente. Se detuvo a pocos metros de la chica, con la que se acababa de topar. Siempre les pasaba lo mismo el día que tenía patrulla.
Consejo: ¡Una mirada es el espejo del alma! ¿Qué menos que darle vidilla, no? Recuerda, nada queda más femenino que un premeditado pestañeo de ojos. Cuando el chico te mire, ladea ligeramente la cabeza y pestañea. ¡Le parecerás monísima!
Okita frunció el ceño.
—¿Te está dando un ataque o qué?
En la publicación no dijeron "pestañear con coquetería", y aunque lo hubieran hecho tampoco era seguro que Kagura lo entendiese. Por eso la joven hizo literalmente lo que indicaban: Ladeó la cabeza y pestañeó.
Parecía una loca a punto de lanzarse a por su víctima.
—El perro de Yamaguchi hacía lo mismo y hubo que sacrificarlo —continuó Okita, mirándola con la perfecta expresión de "esta es estúpida".
Consejo: Que la sonrisa sea la llave maestra que abra el corazón de tu amado. ¡No olvides sonreír! Las sonrisas rompen el hielo y acercan a las personas.
—China... En serio que estás para mirártelo. Lo mejor es acabar con esto rápido. —Con su cara de muerto, Okita desenvainó su espada. Esta silbó con el aire. La enarboló hacia ella—. Estate quietecita.
Kagura dejó de sonreír y volvió a la normalidad.
—Qué idiota eres. Aparta esa cosa de mí si no quieres que la haga pedazos.
—Como si pudieras —replicó él, sonriendo ampliamente antes de lanzarse a por ella dando un grito.
II
Consejo: Aunque ninguno lo diga abiertamente, los chicos adoran que una chica les haga la comida. Así que, ¡a cocinar! Busca una receta sencilla, o ayuda de alguien que sepa, y manos a la obra. ¡Atención! Procura probar tu plato antes de dárselo. ¡No queremos darle una mala impresión!
Kagura resopló:
—Si quiere comer, que se haga la comida.
Continuó leyendo.
Consejo: Averigua qué le gusta. Así tendréis más temas para conversar, y poco a poco habrá más confianza entre vosotros. ¡Puedes descubrir cosas sorprendentes! Si no quieres preguntarle directamente, habla con un amigo/a suyo.
—Un amigo... —murmuró la joven.
~o~
—Ah, ¡la chica Yorozuya! —exclamó un sorprendido Yamazaki, que había acudido a la entrada del cuartel al oír revuelo—. ¿Qué pasa? ¿Necesitas algo?
Su compañero, el que hacía guardia en la enorme puerta de madera, respondió por ella.
—Dice que quiere ver al Vicecomandante. No termina de decirme por qué.
—¿Al Vicecomandante? E-eso es serio. ¿Qué ocurre?
—¿Está aquí o no? —Kagura, empecinada como un caballo con anteojeras, insistía en su pregunta. Llevaba su abrigo de invierno, unos pantalones blancos y unas botas negras. Arqueó el labio de forma fea—. ¿Es que no sabéis dónde está vuestro jefe? Claro, si seguro que Gorila estará igual, acosando en algún escondite birrioso a Anego. Los hombres dai-...
—Espera, espera —interrumpió Yamazaki—. Cálmate. El Vicecomandante está aquí, pero no podemos llamarle por capricho, tiene que pasar algo.
—Pues decidle que quiero hablar con él. O mejor, me dejáis pasar de una maldita vez y se lo digo yo misma.
Los policías intercambiaron miradas de duda. Al final, como la Yato no desistía en su empeño, accedieron a decírselo a Hijikata y que él decidiera qué hacer.
—A ver, ¿qué pasa? ¿Se trata de ese vago? —El loco de la mayonesa se acomodó en el suelo, sentándose con corrección, y dejó la espada a su lado. Kagura, que se había sentado enfrente de él, arrugó la nariz al escucharle—. ¿No? —repuso—. Bueno, dime y ya veremos.
—Pero antes quiero que me prometas que no se lo dirás a nadie, Toshi —dijo ella con seriedad.
—No me llames "Toshi".
—Va en serio, tienes que prometerlo. No dirás nada a nadie, ni siquiera a Gin-chan. Ni a tu sombra. —Alargó el brazo y extendió el dedo meñique—. Es una promesa.
Hijikata se le quedó mirando, evaluándola.
—Está bien, está bien. —Suspiró por fin—. No, no, no hace falta lo del dedo. Lo prometo, no diré nada. Ahora dime qué pasa.
—¿Vas a ayudarme? —preguntó ella, no poco sorprendida de que accediera tan rápidamente. Sonrió sibilinamente—. Si es que eres un cacho de pan, Toshi.
—Aquí nadie ha dicho nada de ayudar. Y deja de llamarme "Toshi", o te meteré en el calabozo por desacato. —Frunció entonces el ceño—. Prometo que no lo contaré, si tanto te preocupa, aunque no entiendo porque no se lo cuentas al peliblanco. Ahora ve al grano, ¿quieres?
Kagura exhaló aire, relajó los hombros. Y no miró a los ojos cuando dijo:
—Quiero que me digas qué cosas le gustan a Sadist.
Hijikata parpadeó.
—¿Qué? —Calló un momento, como si estuviera esperando a que ella se corrigiera. Obviamente, no lo hizo—. ¿Para qué quieres saber eso?
Kagura hizo un mohín y apretó los labios, todavía fijando la vista en las paredes y el techo. En ningún momento miraba al policía, y este se fijó en que se había puesto un poco colorada.
—Es que llevo unos meses pensando... —jugueteó con los dedos de las manos— Quiero decir, en menos de un mes cumplo los quince. Ya tengo una edad, Toshi. —Volvió a escuchar un "no me llames Toshi", pero lo ignoró—. Y siempre he pensado que yo no era el tipo de chica que espera a que un hombre se lance. Porque los hombres sois unos inútiles, o sois demasiado cobardes o demasiado atontados con eso de ser hombre, el honor, el porvenir y eso. Mami decía que cuando se quiere algo, hay que ir a por ello, como si fuera el último pudding que quedase en la nevera. —Entonces bajó la mirada, se miró las manos—. Y es que... Últimamente me pasa algo raro, Toshi. Ya sabes, con Sadist.
"Toshi" estaba tan anonadado que casi se le cayó el cigarrillo de la boca. Abrió la boca como un pez, la cerró, la volvió a abrir. Tardó unos segundos en recuperarse.
—Espera, espera, espera. —Sacudió los brazos, como si pudiese con ello olvidar lo que acababa de oír—. A ver, ¿por qué diablos me cuentas esto a mí?
—¿Es que no me oyes? —Kagura hinchó las mejillas—. Te he dicho que quiero que me digas qué le gusta a Sadist.
—¿Tocar las narices? ¡Y yo qué voy a saber! ¡Pregúntaselo a él!
—No me da la gana preguntárselo —respondió tajantemente.
Hijikata se quedó mirándola, pensativo, y cuando volvió a hablar su voz sonó más calmada.
—No entenderé en la vida qué le ves, pero si te gusta, declárate y punto.
Kagura resopló.
—Menudo consejo de mierda. ¿Cómo me voy a declarar sin ligármelo antes? Eso es un suicidio amoroso. ¿Es que no tienes ninguna experiencia?
Hijikata frunció el ceño.
—Eh, que habías venido a pedirme ayuda. ¿Por qué estamos hablando de mi vida sentimental?
Kagura arqueó una ceja, suspicaz.
—No tienes, ¿a que no?
—Eso no te incumbe.
La pelirroja suspiró.
—Bueno, se supone que trabajáis juntos, algo sabrás. ¿Qué hace cuando tiene tiempo libre?
Hijikata apagó su cigarrillo y se encendió otro con su mechero de mayonesa.
—Dormir, intentar matarme, revisar su katana... No tiene grandes hobbies. A menos que "ser un cabrón" entre en esa categoría. —Levantó la vista para mirarla a los ojos—. ¿De veras quieres salir con alguien así? Siempre peleáis cuando os veis.
—Ya, bueno. —La pelirroja se encogió de hombros, ladeó la cabeza—. Eso… no está tan mal.
Hijikata se quedó mirándola un momento, como si acabara de darse cuenta de algo. Apagó el cigarrillo (a medio terminar) en el cenicero que tenía al lado y, tras exhalar aire, dijo:
—Sólo te diré una cosa —comenzó seriamente—: si consigues que ese malnacido me deje tranquilo, apoyaré vuestra relación con todo lo que tenga. Le daré días libres, incluso. Así que cúrratelo y haznos un favor a todos.
La sonrisa de Kagura fue radiante y preciosa.
—¿Por quién me tomas? Ése caerá, te lo digo yo.
III
Consejo: El objetivo es crearle sentimientos hacia nosotros, ¿no? "Qué difícil", pensarás. ¡Pues no desesperes! Empecemos paso a paso: Ayúdale. Si está estudiando, haced los deberes juntos, o preparad un examen. Le gustará saber que eres un apoyo para él. ¡Pero atención! No sólo nos interesa que sienta agradecimiento, sino también admiración. ¡Lúcete frente a él y le fascinarás!
—¿Y en qué voy a ayudar yo a este imbécil?
~o~
Resultaba difícil pisar sin hacer que crujiera el suelo de madera. Sougo se las arregló para adivinar dónde tenía que poner el pie, y advirtió severamente con la mirada a los de su división. Agudizó el oído: Los traficantes continuaban celebrando como si no hubiera un mañana. Basándose en sus voces, Okita podía calcular casi sin riesgo a equivocarse cuántas cervezas habían tomado. Al parecer, estaban bastante alegres después del "intercambio" del otro día. El Shinsengumi llevaba detrás de ellos un mes y medio, y aquella era la operación que iba a acabar con todo. Tenían localizado el cargamento de estupefacientes, fichados a los distribuidores y pinchados varios teléfonos. Por fin. Y les había costado, habían conseguido las pruebas suficientes para conseguir la orden de arresto.
La tensión previa a un ataque por sorpresa era tan imponente como maravillosa, al menos para Okita. Por dentro, su corazón latía con fuerza en el pecho, tenía los sentidos a flor de piel y la adrenalina preparada para actuar. Por fuera, su respiración era tenue y cadenciosa; sus manos daban las indicaciones pertinentes sin el menor temblor, organizando a su división diestramente.
Respiró hondo. Un pasillo les separaba de aquella habitación. La casa era enorme, incluso había tenido que memorizar el plano antes de la misión. No obstante, estaba seguro de que el asalto iba a salir bien. Estaban acorralados, poniéndose ciegos de alcohol y con la guardia baja. Más fácil, imposible.
O al menos eso pensaba hasta que oyó unos pasos muy fuertes, producto de alguien que corría, al otro lado del pasillo.
Escuchó un estruendo. Dedujo que se trataba de la puerta deslizante de esa habitación, que sonó como si hubiera sido tirada abajo. No podía creérselo. ¿Alguno de los suyos había irrumpido sin su permiso? Los alertó con un gesto y se lanzaron al ataque. La habitación donde los traficantes estaban celebrando era grande y alargada, propia de los grandes banquetes de trabajo. Se había formado un follón de mil demonios. Lo primero que vio Okita fue una fuente de sushi salir despedida hacia una pared, desperdigándolo por el suelo. Los traficantes, concentrados en algo que no podía ver todavía, se habían puesto en pie, desenvainaron sus espadas. Gritaban como animales rabiosos. Varios salieron volando, permitiendo al Capitán del Shinsengumi poder ver al intruso.
—¡Ja! Sois más flojos que Gin-chan con resaca —dijo ella, y puso el pie orgullosa sobre uno de los cuerpos del suelo.
El primer instinto de Okita Sougo fue gritarle una barbaridad, pero tuvo que contenerse para cubrirse el flanco derecho con la espada, bloqueando a uno de los traficantes, y cortó, cortó. Una cortina de sangre pasó ante sus ojos. Kagura tampoco tuvo tiempo de decir nada más, continuó peleando y hundiendo narices a patadas. En menos de un instante la habitación se había tornado un caos cuyo bullicio inundó los oídos del joven. Sus compañeros se unieron a la batalla diligentemente, reconoció el negro de sus abrigos de reojo.
Estaba acostumbrado a pelear "contra" China, pero "junto" a ella era otro cantar. El rojo de su abrigo destacaba sobremanera, se movía de aquí para allá con saltos y piruetas a una velocidad prodigiosa. Apenas dejaba a algunos luchar decentemente, "pisándoles" los objetivos. La sangre Yato, supuso, era la culpable. La ignoró y se concentró en cortar a cualquiera que se le pusiera por delante, alertando a sus subordinados cuando veía que alguno de los traficantes se escapaba entre el jaleo.
A decir verdad, no estaban tan borrachos como pensaba. Hubo unos cuantos que sí, pero se tiraron al suelo y se hicieron un ovillo en cuanto les vieron aparecer. Otros, en cambio, habían llegado incluso a sacar sus armas a tiempo y sabían utilizarlas como se debía.
El sonido de disparos le puso en alerta, agudizó el oído y buscó al tirador con la mirada.
Allí estaba el muy desgraciado: En el otro extremo de la habitación, junto a la terraza, con una escopeta (a todas luces robada de la guardia del Shogun) disparando al Shinsengumi, quienes se doblaban como papel al recibir el balazo.
No tuvo muy claro cómo entró China en su campo visual, pero ambos se miraron, tuvieron un entendimiento sin palabras y ella se lanzó a por la mesa. La levantó con un gruñido, haciendo que platos, comida y vasos resbalaran hasta el suelo. La tumbó en vertical y los policías la usaron para cubrirse de los disparos.
—¿Hoy, que sí sería útil, no traes tu paraguas? ¡Mira que eres oportuna! —le gritó el Sádico, dando órdenes entre medias.
Kagura frunció el ceño, soltó una maldición (no la oyó por el ruido, pero lo dedujo por el movimiento de sus labios) y escupió al suelo. Se levantó, quedando descubierta, y saltó hundiendo la tarima bajo sus pies.
Okita escuchó disparos, apretó los dientes, y se lanzó también al ataque. "¿Quién se creía esa imbécil —pensaba—, para hacerle quedar mal?"
Desvió balas con su katana, viendo cómo ella hacía lo mismo con un tirabuzón en el aire, como si de una gimnasta de circo se tratara. La joven cayó sobre el tirador con el pie por delante, directo a su cara, dejándole K.O al segundo. El hombre acabó con la cabeza hundida en la tierra, la escopeta descansando a pocos pasos de él. Kagura se volvió, y Okita creyó al principio que sonreía hasta que distinguió que tenía la boca abierta porque había atrapado una bala entre los dientes. La escupió sin finura.
En poco tiempo, el asalto había concluido.
~o~
—¿Se puede saber qué diablos haces aquí?
—Por lo que he visto, salvaros el cul-... ¡Ay! ¡Sé más amable, idiota!
—¿Es tu primera vez o qué? Si te mueves tanto, te dolerá más.
—¡Como si pudiera quedarme quieta con eso dentro!
—Es un médico, joder, déjale hacer. —Okita se cruzó de brazos, de pie—. Más tonta has sido tú por dejar que te disparen. Bueno —sonrió de forma siniestra—, un tobillo por otro[1].
Kagura hinchó los morros, sentada en la tarima mientras el médico extraía la bala de su tobillo. Ya no tenía el abrigo puesto, porque se había estropeado con la pelea. También, para facilitarle el trabajo al doctor, se había quitado la bota. Su pantalón de color claro se había ensuciado con la sangre. Manteniendo la compostura, se acomodó su bufanda rosa de un manotazo.
—No lo digas muy alto, que todavía puedo romperte las muñecas.
—Ya, ya. Cuando quieras, China. Ahora dime qué narices hacías ahí. ¿Te mandó Danna?
—¿Gin-chan? —repitió ella, observando distraída cómo el médico la vendaba—. No, ese bastante tiene con vaguear en las tragaperras.
Okita frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Ah, s-señorita.
Se volvieron ambos hacia la voz. Era un hombre de la división de Okita, joven y moreno. Hizo una reverencia exagerada delante de Kagura y gritó:
—MUCHÍSIMAS GRACIAS POR SU AYUDA, SEÑORITA. SI NO FUERA POR USTED HABRÍA RECIBIDO YO LA BALA, A SABER DÓNDE ME HABRÍA DADO. ME HA SALVADO LA VIDA, ESTOY A SU DISPOSICIÓN. SI NECESITA CUALQUIER COSA, POR FAVOR, HÁGAMELO SABER.
La Yato sonrió de oreja a oreja, encantada, contemplando al hombre que jadeaba de la emoción. Asintió con la dignidad de una reina y le indicó que se retirara.
Se volvió hacia el Sádico.
—¿Qué te dije? ¡Os he salvado el culo, ineptos!
Okita entrecerró los ojos, no dijo nada. Después gruñó, se metió las manos en los bolsillos e hizo ademán de marcharse.
—¡Eh! ¡Espera, espera!
Como vio que no se detenía, se levantó. Procuró no pisar el pie herido.
—¿No querías saber por qué estoy aquí? No he respondido.
El policía se detuvo, se volvió hacia ella.
—Pues dilo de una vez, pesada.
Esperó; sus ojos rojos, afilados, mirándola. El atardecer caía a lo lejos.
—A ver... —La pelirroja dudó por un momento. Comenzó a andar cojeando hacia él—. ¿Sabes? Mami siempre decía que hay que coger el toro por los huevos.
—Será "por los cuernos".
—¿Qué? Ah, da lo mismo por dónde. El caso es agarrarlo.
Se detuvo frente a él, bajita, pálida y coja. Sonrió ampliamente, al estilo de la Yorozuya.
Entonces extendió la mano, le cogió por el pañuelo y tiró hacia abajo. Cerró los ojos cuando sus labios se tocaron. Okita, en cambio, los abrió de par en par, relucientes de rojo y sorpresa. Fue un beso tímido, novato, sin grandes pretensiones. Kagura le aguantó unos cuantos segundos, luego le soltó, retrocedió y le señaló:
—Por eso he tomado una decisión —dijo triunfante—: ¡Todos los años te daré un beso, sin avisar y cuando yo quiera! ¡Hasta que por fin, caigas rendido a mis pies!
Okita tardó un instante en relajar la cara de nuevo, no la perdió de vista ni un instante. Arqueó una ceja y, con una media sonrisa, respondió:
—¿Y qué te hace pensar que yo vaya a caer rendido por ti?
Ella sonrió como quien sabe que tiene un as bajo la manga. Apoyó las manos en sus caderas.
—Ah, caerás, no te preocupes. Estoy segura de ello. Puede que no ahora, pero tarde o temprano, sí.
Okita miró de reojo a su alrededor. Sus subordinados, dispersados por el jardín, habían observado la escena y se mantenían en un silencio absoluto. Sólo tuvo que mirarles un instante para que volvieran a sus quehaceres. Se encogió de hombros.
—Ya. Como tú digas.
Kagura seguía sonriendo.
—Bueno, —relajó los hombros y empezó a andar hacia la puerta, cojeando, pero decidida— tengo hambre y seguro que Shinpachi ya tiene la cena hecha. Encárgate tú de arreglar este lío, que menudo follón habéis montado.
—Casi todo es cosa tuya, en realidad —respondió él, mirándola alejarse desde su sitio.
Ella no respondió. Dobló la esquina y atravesó el jardín hasta llegar al gran portón de entrada, propio de las casas grandes. El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de abrir la boca y que se le saliera. Tragó saliva.
Y sintió unos pasos detrás de sí.
Se dio la vuelta, a tiempo para ver cómo una tela negra la rodeaba los hombros y cubría su espalda. Vio frente a sí una camisa blanca, junto a un pañuelo que conocía bastante bien. Un poco más arriba, se encontró con la mirada seria, incluso enfadada, del Sádico.
Ella abrió la boca para decir algo, pero entonces él se acercó, la cogió por los muslos, y la levantó del suelo. Kagura se agarró instintivamente a su cuello, dejando una pierna a cada lado del policía. Se notó colorada. Okita, con la cara escondida en la bufanda de la chica, respiró profundamente por la nariz.
—Ya decía yo. Es por ti que huele a vainilla... —murmuró, y su voz sonó amortiguada.
Kagura sintió cómo ardían sus propias mejillas.
—Ponte las mangas —continuó él, moviéndola un poco para colocarla.
La pelirroja titubeó, pero terminó haciendo lo que le pedía. Entonces él la cogió por la cintura, con fuerza, y la llevó hasta su hombro. A Kagura se le escapó un gritito ahogado.
—¿Qué haces? —casi gritó.
—No veía nada, ¿cómo pensabas que iba a caminar contigo en medio? —repuso él.
—¡Yo no te lo he pedido, bájame! Puedo andar perfectamente.
—Soy policía, tonta. Tengo la obligación de asegurarme de que las niñas llegan bien a sus casas.
Kagura le dio un pequeño rodillazo en el pecho. Okita se revolvió.
—No soy una niña, pedazo de idiota. —Descansó los brazos sobre su espalda. La chaqueta, que le estaba grande, tapó parte de su cabeza, permitiéndole oler el aroma del muchacho aunque ni siquiera sabía que lo conocía. Se encogió visiblemente—. Soy una mujer, una señorita. Ya has oído a ese tipo. Así que deja de pensar eso, me molesta.
El joven echó a andar. Kagura no vio su cara cuando le escuchó decir:
—Calla y no olvides besarme dentro de un par de años.
[1]: Referencia al capítulo 77 del anime. Vamos, a la escena del Kyuubei Arc en que Okita le dobla la muñeca a Kagura por el lado que no es y ella le devuelve una patada que le parte el tobillo.
