—Tenemos que cerrar al grupo por aquí —Enjolras señaló una de las calles con el dedo. Estaban planeando un ataque contra el grupo de Les Bohèmes por haber robado dinero a una serie de familias pertenecientes al sector por excelencia de los trabajadores.
Combeferre se disponía a indicar una mejor opción para el ataque, pues la zona que Enjolras marcaba era demasiado grande para una emboscada y dejaba espacio de sobra para que les devolviesen el ataque, cuando el timbre sonó. Hubo unos segundos de completo silencio en los que nadie se movió, pero finalmente fue el telépata el que actuó, haciendo que todos los papeles que pudiesen mostrar qué hacían se guardasen.
Courfeyrac fue el que se acercó a abrir la puerta puesto que sus poderes podrían calmar a cualquiera en caso de ser necesario para mantener algo de paz. Abrió la puerta lentamente, con una grandiosa parsimonia, provocando que la muerte hiciese un agudo sonido que hizo que los nervios de todos se intensificasen.
La puerta se terminó de abrir y las caras de todos se transformaron en un cuadro: ojos abiertos cual platos, pupilas dilatas y un temblor de terror y preocupación en la cara de casi todos. Ante ellos aparecieron dos niños de apenas unos doce años, llenos de magulladuras, cortes y sangre. Estaban bastante pálidos y uno de ellos estaba inconsciente sobre el que aparentaba ser algo mayor.
—L…Les… Amis…. —Dijo con voz rota, cansado como si ese fuese lo máximo que su cuerpo pudiese dar, y así era, pues segundos después cayó desmayado junto con su hermano en un sonoro ruido.
Cuando el menor de los gemelos abrió los ojos ambos se encontraban tumbados en unas camas y un chico les cuidaba con una alegre sonrisa, pues por más que las cosas fuesen mal Joly siempre intentaba sonreír ante todo. El menor se intentó incorporar lentamente, pero volvió a caer.
—Deberías descansar—Le dijo acercándose a él con una bandeja con algo de comida, pues pese que le había curado las heridas por el completo seguían estando algo desnutridos—. Intenta comer algo, he curado las heridas, pero aún así necesitáis dormir. Tu hermano es muy fuerte, te ha transportado hasta llegar a nosotros.
El chico le miró con miedo, no se fiaba nada de aquel chico que tenía delante, pero acabó comiendo pues llevaban varios días sin comer prácticamente nada. Mientras comía se miró todo el cuerpo que podía comprobando que no tenía herida alguna, soltando ligeramente el aire que había contenido sin querer.
Joly sonrió al ver cómo su cara de preocupación se esfumaba al comprobar que ambos estaban bien y se fue del cuarto, dejándolos a los dos solos para que pudiesen descansar. Nada más salir se encontró con Jehan, el cual portaba dos coronas de flores hechas con gladiolos de brillantes y bonitos colores.
—Las he hecho para ellos —Dijo en tono bajo, casi en un susurro y con la mirada ligeramente gacha, era su forma de actuar casi siempre, pero eso no quitaba que fuese un chico fuerte y que lucharía hasta el final—, están hechas de gladiolos, estas flores indican fuerza y ellos la han mostrado llegando hasta aquí. ¿Podrías dárselo?
Joly asintió tomando las coronas y sonriendo de forma alegre, pues aquel detalle le pareció sumamente bonito, como prácticamente todo lo que hacía el chico. La presencia de aquel joven alegraría a todo el mundo sin evitarlo, como si por más triste o enfadado que estuvieses él pudiese curar eso con un mero "buenos días".
Joly se acercó al resto del grupo con Jehan a la espalda, el resto seguía hablando de aquello que estaban preparando. Sus informes decían que un grupo de mutantes de bando desconocido habían estado tramando el robo a un banco, habiendo sido contratados para tal acto por uno de los miembros más importantes en la lucha contra los mutantes: Aramis Chase.
Aramis Chase provenía de una muy adinerada familia francesa que se había sabido acomodar a millares de acontecimientos a lo largo de sus más de trescientos años de historia. Habían sido apoyo de monarcas y republicanos. Solo tenían un bando político: el del dinero.
Aramis solo se movía por su propio interés y no temía destruir o dañar a cualquiera que se plantase en su camino. Para él solo había dos bandos: con él o contra él, era la persona la que decidía vivir o morir a manos de alguno de sus bufones. Bueno, realmente no era demasiado partidario al asesinato, prefería usar ideas más similares a la destrucción de todo su capital, dejando a la persona en la mayor ruina, con una muy mala reputación y sin ayuda de ningún tipo. Ese movimiento le gustaba.
Todo el joven grupo miraba expectante a la pantalla donde se veía una foto de aquel monstruoso hombre. Nadie hablaba, sólo leían las explicaciones de aquel hombre. Bueno, todos no.
Grantaire salía de la cocina, posiblemente por vez primera en aquel día, con una botella de vino en la mano. Llevaba toda la mañana bebiendo, posiblemente, así que algo se le había subido. Se acercó a Enjolras, tambaleándose lentamente sin entender demasiado qué estaba sucediendo. Bueno, y realmente le daba igual.
—¡BUENOS DÍAS, MI DIOS SOL! —Dijo dándole un intento de abrazo algo fallido, pues la mirada de aquel andrógino chico podría haber matado a cualquier que no estuviese en aquella condición.
Dejó pasar aquel gesto, posiblemente por su estado, y empezó a deambular por la sala, entonando distintas canciones que se habían hecho contra los mutantes, gesto que molestó de forma soberana al rubio. Se acercó a él y le arrancó la botella en un brusco gesto.
—Te aceptamos aquí a sabiendas de que eras un mero desecho social que sólo se preocupa por tener alcohol y una mujer en la cama. Tienes dos opciones: o te vas de aquí a tu cuarto, o donde te venga en gana, o te callas y dejas de molestar —Su voz era sumamente fría, una furia indiferente que haría que cualquier se helase sólo de pensar que aquel hermoso chico pudiese soltar tales gélidos puñales por sus finos labios—. Deja de ser una molestia —Terminó, fulminándole de nuevo con la mirada y volviendo a lo que le interesaba, ignorando a aquel borracho.
Grantaire soltó de nuevo un inaudible ruido y se fue a su cuarto, dando un portazo al entrar. En la sala la conversación volvió a la normalidad, aunque Jehan y Bahorel no podían evitar preocuparse. Jehan porque era una de las personas en las que más confianza tenía Grantaire y Bahorel porque era su amigo de la infancia. Ni uno ni otro podían seguir al completo la charla. Para ellos, lo peor era saber que en aquella situación sería imposible ayudarlo y que los echaría a ambos.
Mientras, Grantaire estaba dibujando en su cuarto su mayor obra de arte. Cómo no lo había pensado antes, estaba a punto de hacer el mayor deseo de su vida realidad. Sólo tendría que trabajar un poco en aquel dibujo, hacerlo lo más similar posible.
Horas y horas pasaron, obviamente perdió aquel estado casi al principio de su trabajo, pocas veces (por no decir ninguna) el joven había estado tan centrado en un trabajo. Nunca había estado tan centrado en algo, con nada… Nada salvo Enjolras.
Cuando terminó de aquello miró su obra. Era perfecta. Era hermosa. Era Enjolras.
Miró al cuadro y sonrió, algo agradecido, aunque a sabiendas de que ese cuadro no se acercaba siquiera a la belleza que tenía de su dios. No, sin duda no era su dios. Pero le serviría. Podría hablar con él, podría estar con él.
Acarició ligeramente su rostro, sonriendo y asombrado con que su trabajo hubiese funcionado, le parecía tan imposible… tan irreal. Se sonrió de nuevo, aquel gesto no podía salir de aquel joven adicto. Estaba en un idílico paraíso, estaba con todos los dioses. Pero aquellos idílicos paraísos… no son para siempre.
El gesto de Enjolras se torció, mostrando aquel severísimo gesto tan común en el joven. Grantaire sonrió, el dibujo le parecía tan real y aquello lo hacía tan real. Apartó la mano de la mejilla lentamente, acariciando sus rubios rizos con delicadeza y lentitud. Volvió a sonreír, era imposible eliminar aquel gesto. Lo único en lo que creía y había creído alguna vez en su vida estaba ahí, junto a él. Estaría para siempre… o no.
El gesto del rubio se puso más serio, más severo, más violento. De un manotazo apartó la mano del horrendo chico que estaba con él. El gesto pilló por sorpresa al moreno, el cual abrió sus ojos como si platos fuesen y no pudo más que fruncir el ceño ligeramente, en un gesto más lleno de tristeza que de cualquier otra emoción que pudiese existir.
Echó unos pasos hacia atrás, tambaleándose más de lo que jamás lo había hecho estando borracho o colocado con cualquier porro. No creía que fuese real, no podía ser cierto. Cada paso que daba era jugarse el pellejo para no caerse, por lo que finalmente se precipitó con un estrepitoso ruido de dolor.
—Eres un inútil, Grantaire, si en vez de dedicar tu tiempo en estas estupideces, las dedicases a luchar por la igualdad tal vez tendríamos algunos avances. Estás con nosotros solo molestando…
Grantaire no dejó que terminase, profirió un grito de furia y tristeza. No quería escuchar más aquellas palabras. Había creado su mejor cuadro, era real. Era Enjolras. Cada palabra que le decía eran dagas dolorosas, dagas dolorosas que el verdadero Enjolras le habría mandado sin dudar. Le dolía. Tenía que acabar con su mejor creación. Tenía que acabar con ello.
Cogió aquel cuadro y sin remordimiento, con los ojos a punto de soltar las pesadas lágrimas que a menudo su corazón sostenía, rompió el cuadro por la mitad. Tardó unos pequeños segundos en alzar la mirada, encontrándose con una imagen que jamás olvidaría.
La cara del rubio estaba destrozada, un gesto de dolor ocupaba su muy hermoso rosto. Su rostro se demacró casi al instante, empezando a soltar lentamente pintura roja por la boca, pintura que al pintor se le asemejó sangre. Lentamente el cuerpo del joven cayó al suelo, el hermoso cuerpo lentamente se transformó en una mancha roja.
Grantaire había matado a Enjolras.
