Los primeros y fogosos rayos solares traspasaron las ligeras cortinas rosadas y lentamente el joven dañado abría los ojos. Lo primero que vio fue aquel robusto armario de color negro que parecía la entrada algún mundo de fantasía e ideal, pero aquello no guardaba importancia. Ya había descansado de los daños sufridos por aquel grupo de matones y con ello se disponía a marchar de aquel lugar; si bien le gustaría mantener su alma presa entre las paredes de aquel edificio por el resto de su vida y de su muerte.
Se levantó de la acolchada cama de dosel y abrió las persianas con la misma delicadeza con la que la pluma del poeta danza con el papel. Se mantuvo quieto por unos segundos, observando desde aquella privilegiada posición los primeros rayos que el sol brindaba a los parisinos, ¿Podría alguna vez esos rayos penetrar también en el corazón de todas las personas? Marius no guardaba en su saber la respuesta a tal pregunta, pero lo que sí sabía es que en su corazón había entrado el brillo de veinte astros de mayor tamaño, veinte astros o quizá más representados en la figura más hermosa de entre todas las que existían o podrían llegar a hacerlo.
Un pequeño bostezo se escapó de su garganta a la vez que la puerta bostezaba mientras se abría. Tras el bostezo mutuo, la joven dama angelical apareció, sosteniendo entre sus manos unas tazas con un dulce líquido que emanaba el alma que los contenía, o quizá solo era humo. Sonrió con aquel dulce gesto mostrando ligeramente sus dientes superiores y unos pequeños hoyuelos que parecían querer hacer aún más hermoso su rostro.
—Buenos días, monsieur Marius—A la vez que dejaba salir este agradable saludo, dejaba sobre la mesita de noche la bandeja que portaba con los distintos dulces—. Espero que haya podido dormir correctamente, ¿Le duele algo? Ayer intenté curar sus heridas lo mejor posible… —Evitó el contacto visual con el dulce chico en todo momento, aunque algún pequeño "accidente" ocurrió y sus ojos se cruzaron un tiempo menor a un segundo, pero eterno en el corazón del joven.
—Sí, mademoiselle —Guardó el nombre de la chica para sí mismo, el nombre de su ángel, el nombre que solo podía saber él y que debía proteger y custodiar como el más grande de todos los tesoros—. ¿De qué modo podría agradeceros esto que habéis hecho por mí? No soy muy adinerado, pero haría cualquier cosa por mi salvadora…
—Dios me guarde si le pidiese algo. No, no necesito nada —Dejó unos ligeros segundos de silencio, aunque en su pensativo rostro se mostraba que tenía intención de expresar algo más—, pero me complacería si os quedaseis conmigo a desayunar y suelo estar sola en esta enorme casa... ¿Os gustaría que nos viésemos? No tiene porqué ser a diario, pero me gustaría veros.
El corazón del romántico chico pareció pararse por unos segundos, ¿Acababa de oír lo miso que creía oír? ¡Ella, su ángel, su diosa, su salvadora, su vida entera, le estaba ofreciendo acompañarla! ¿Qué habría hecho él, un torpe muchacho, para merecerse tal premio?
—P…por supuesto —su voz intentó salir rápidamente, pero acabó más en un comentario entrecortado y nervioso, esto hizo que la chica soltase una risa algo vergonzosa que escondió entre su mano.
Así, ambos se sentaron en la lujosa cama y tomaron aquello que había traído. Ambos charlaron sobre literatura, parecía ser que la joven estudiaba idiomas, ¡Igual que él! ¿No estaban acaso hechos el uno para el otro? La charla y el desayuno se extendieron hasta llegar prácticamente a las dos horas y el joven, muy a su pesar, se despidió de la chica de dorado hilo y salió de la casa, tomando la calle más transitada de la zona para volver a su casa.
El joven caminaba con la vista clavada en el cielo, el horizonte, ignorando prácticamente todo lo que a su alrededor pasaba. Su cerebro se ocupó de mantenerle a salvo mientras su mente volaba más allá de las nubes, las estrellas y el universo entero. Su mente recorría una realidad donde estaba en un altar, vestido con la más elegante de todas sus prendas y a su lado estaba un rubio ángel que le protegería eternamente. Ese día y hasta el día de su muerte, o incluso tras la igualadora.
De pronto tropezó con algo o alguien, pero parecía no haber nada. Miró a un lado y otro y alzó ligeramente las cejas, seguido de un movimiento de hombros, aquella caída le había provocado aterrizar en el suelo física e idealmente. Volvió a mirar a los lados, buscando tal vez a aquellos matones, como si ellos hubiesen sido los causantes de tal daño, pero no vio a nadie.
—¡Bú! —Justo delante de sus ojos apareció una fea y demacrada chica de pelo negro como el vacío y ojeras que superaban en tamaño el universo entero. No se sabe si por la frase o si por el dañado rostro Marius se asustó, pero lo hizo. Dio un pequeño saltito y llevó instintivamente su mano al pecho—. Veo que tus ideales han hecho que parezca invisible —Una sonrisa que mostraba todos sus dientes apareció junto al irónico tono.
—¡Oh, 'Ponine, eres tú! —Fue lo primero que dijo tras recobrarse de su susto, emitiendo a su vez una agradable sonrisa a la chica—. Perdona, estaba pensando en algo, ¿Sabes? He conocido a la mujer más hermosa y perfecta que existe —Sin dejar a la joven oportunidad por responder empezó a narrar cómo había conocido a la chica, lo hermosa que era, lo maravillosa y dulce ¿He mencionado ya lo hermosa que era? Porque él lo repitió varias veces.
Éponine rodó los ojos lentamente, soltando a la vez un suspiro y emitiendo un ruido de molestia con la lengua. Cómo podría haber llegado a gustarle aquel chico, pero gracias a los dioses no tendría que aguantar más su estúpida y agradable risa, sus inútiles y preciosas pecas, sus feos y encantadores ojos… Ahora tenía a Montparnasse y bueno… Montparnasse… hm… esto… ¿Folla bien? Sí, eso era lo que más destacaba en él para ella.
—Dios santo, Marius, cierra el pico —Tras varios minutos de escuchar lo hermosa y maravillosa y espectacular que era la otra joven, Éponine empezaba a sentirse algo hastiada. Cómo alguien podía llegar a ser tan sumamente plasta con algo (Obviamente ella no se acordaba de las noches enteras que pasaba hablando con su actual pareja sobre el que ahora le parecía tan plasta).
Marius se calló de golpe, agachando ligeramente la cabeza, las manos le temblaron ligeramente y apartó la mirada de toda su figura, como si solo mirarla le hiciese sentir mal.
—Yo… l-lo siento, Ep, no quería resultar tan molesto, me emocioné demasiado…
—Tranquilo, tranquilo —Le consoló tras soltar un gran y largo suspiro que parecía expulsar todo el cansancio que tenía acumulado en aquellos pocos minutos de charla—. Enjolras me ha pedido que te buscase, al parecer ha pasado algo en el piso y debemos ir rápidamente.
Marius asintió, pensando que si ella supiese que sucedía se lo habría dicho directamente, en vez de dar aquel rodeo. Tomó su mano ligeramente y salieron corriendo de allí, si Enjolras había mandado alguien a por él, nada bueno estaría sucediendo…
