Canción: V.O.S por La Oreja de Van Gogh

Laura escuchó el rugido del motor y miró por la ventana justo a tiempo para ver el carro de sus padres salir del garaje y desaparecer hacia la autopista. Revisó su reloj y decidió que se quedaría sentada cinco minutos más, solo en caso de que su madre haya olvidado algo y tuvieran que regresar, como a veces sucedía.

El tiempo estimado pasó y el Mazda gris no volvió a aparecer.

Laura releyó con rapidez su ensayo a medias, había escrito dos párrafos y la introducción del tercero estaba incompleta. ''Ahora bien, uno de los argumentos más comunes en contra de las corridas de toros es…''. Cerró su computadora, acabaría el ensayo mañana en las primeras horas de clase y luego iría a la biblioteca a imprimirlo, de esa forma lo tendría listo para su clase de inglés. Eran pan comido, lo había hecho miles de veces antes.

Mientras bajaba las escaleras una bola de nervios apareció en su estómago en anticipación a lo que tenía planeado para esa tarde. Cuando pasó por la sala se lo ocurrió que podría usar esa habitación, tenía un amplio y cómodo sofá y una televisión plasma. Desechó esa idea tan rápido como llegó en su cabeza. Su madre tenía una extraña fijación con ese sofá, según ella cualquiera podía tomar asiento en ese sofá, lo único que pedía a cambio era que una vez que se levantasen arreglarán los cojines para que no quedasen arrugados. El problema radicaba en que de alguna manera su madre lograba ver hasta las más ínfimas de las arrugas, nadie nunca había podido arreglar los cojines lo suficientemente bien para su gusto, siempre había una arruga aquí o allá que solo ella podía ver. De modo que si usaba el sofá su madre sin duda se daría cuenta, y lo que resultaba aún peor, hasta podría adivinar que había tenido compañía.

Laura no podía arriesgarse a eso.

Fue a la cocina, tomó una funda de palomitas de maíz y la puso en el microondas, una vez escuchó el pitido que indicaba que las palomitas estaban listas tomó la funda y vació su contenido en un tazón. Luego abrió el refrigerador y tras remover unos empaques de brócoli extrajo dos latas de cerveza. Le costó cargar las tres cosas en sus dos brazos pero lo consiguió. Volvió a la sala y se dirigió hacia la pequeña puerta refundida en una esquina.

El sótano era una habitación grande, pero solo la mitad estaba ocupada. Laura depositó el tazón y las cervezas sobre la mesa que se hallaba entre la televisión y un mueble verde que había visto mejores días. En un extremo de la mesa había un par de revistas y unas tijeras. La chica rodó los ojos. Aly había estado haciendo sus tareas allí otra vez, no es que hubiese algo de malo en eso pero ¿qué tan difícil era poner las cosas en su sitio? Uno pensaría que alguien que perdía todo tipo de cosas a un ritmo crónico como Aly trataría de ser más ordenado pero no, ella nunca aprendía. Laura tomó las revistas y las tijeras y las colocó en el velador al lado del mueble.

A escasos metros de donde estaba parada se hallaba una caja de cartón abierta. La chica se acercó y empezó a rebuscar en su interior. Adentro estaban todas las películas que alguna vez habían comprado a lo largo de los años. Laura no pudo evitar sonrojarse al encontrarse con las viejas películas románticas, cursis y llenas de clichés que ella y Aly solían ver. Lo que a los trece años le había parecido alucinante ahora lo encontraba exagerado y hasta ridículo. Quizás podría volver a ver una de esas películas solo para reírse un rato pero nunca en presencia de alguien más; causaría la impresión equivocada.

Ella era Laura Leyva, tenía una reputación que cuidar.

No, lo que necesitaba ahora era algo medianamente serio y ligero. Algo como lo que encontró al fondo de la caja, una mezcla de acción y comedia según leía la sinopsis de la parte de atrás. Parecía lo indicado. Prendió la televisión, puso el disco en el DVD y salió.

Una vez afuera miró otra vez su reloj. Sus padres no volverían hasta después de unas tres horas, el turno de Aly en el McDonalds terminaría en unas dos y la película duraba menos de hora y media. Contaba con el tiempo suficiente.

Tres golpes en la puerta trasera interrumpieron sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco.

Ya estaba aquí. Le alegró saber que él no había usado la puerta principal como ella le había indicado, lo último que necesitaba era que la vecina; la señora Crowley, lo viera y le contara a su madre que un chico había ido a su casa.

Laura se apresuró hacia la cocina pero se detuvo abruptamente al captar su reflejo en uno de los espejos de la sala. Llevaba puesto suéter más feo del planeta, había olvidado que tenía esa cosa encima. A toda velocidad se lo quitó, haciendo lo posible por no despeinarse en el proceso.

Tocaron la puerta de nuevo, a los pocos segundos la chica la abrió y allí estaba él, parado con una mano apoyada en el umbral. Su pulso se aceleró con solo verlo; llevaba el atuendo de siempre, botas negras, jeans rotos, una sencilla camiseta descolorida y un abrigo que parecía ser una talla más grande.

De pronto Laura cayó en cuenta de que probablemente lucía como una tonta estando ahí parada y mirando sin decir nada.

–Hola Jake –dijo con demasiado entusiasmo. Tratando de corregirse añadió –: Vamos, pasa –con un tono más sereno.

Jake entró y cuando lo hizo Laura no pudo evitar notar las huellas negras que dejó en el piso. Tendría que limpiar eso antes de que sus padres regresaran, y le diría a Jake que la próxima vez que viniera tendría que usar el tapete.

Una sonrisa se formó en su rostro con ese pensamiento; la próxima vez que viniera, sonaba bien.

Cerró la puerta y guio a su acompañante al sótano. Al principio todo lo que sentía era emoción ante la idea de estar con Jake a solas. Sin embargo, cuando el joven penetró en la habitación Laura no pudo evitar sentir como si acabase de cometer un sacrilegio. Nadie aparte de ella y Aly había puesto un pie en ese sótano en los quince años que llevaban viviendo en esa casa. Su madre evitaba entrar allí alegando que la habitación debía estar llena de arañas y polvo, lo cual era muy perjudicial para los pulmones. Su padre en cambio siempre había dicho que sería agradable tapizar el cuarto y poner una mesa de ping pong o de billar y convertirlo en un ''espacio de recreación''; llevaba diciendo eso por al menos una década. Ni que decir de amigos o amigas del colegio o del vecindario, sus padres nunca dejaron a sus hijas invitar a otros niños a la casa, decían que no tenían por qué cuidar a los hijos de otras personas. De modo que ese sótano se había convertido en una especie de santuario para Aly y ella.

Laura trató de sacudir ese sentimiento. En menos de seis meses iría a la universidad al otro lado del país y solo podría volver durante los feriados, o sea que ella ya no pasaría mucho tiempo allí de todas maneras. Quizás cuando ella se fuera y solo Aly quedara en casa sus padres se darían cuenta de lo estúpidas que eran todas esas reglas de no traer amigos a la casa, no mascotas, no usar maquillaje –Laura miró al apuesto chico que bajaba las escaleras detrás de ella –, no novios… La lista seguía. Ella había roto casi todas esas reglas pero estaba segura de que Aly no.

Suspiró. Cuando llevó a Jake hasta el sofá los ojos del joven se fijaron en las latas de cerveza que estaban en la mesa y sonrió.

–Pensaste en todo –dijo mientras destapaba la bebida.

Laura le devolvió la sonrisa y cogió la otra lata. ¿Lo había impresionado?

Buscó el control remoto en el velador y pulso el botón de play.

La mente de la chica se enfocó en simple trama de la película por alrededor de veinte minutos antes de volver a su anterior línea de pensamiento.

¿Si ella se mudaba y Aly quedaba sola con sus padres, ellos serían más flexibles con ella? Laura quería pensar que sí. Quién sabe, en unos cuantos meses podría ser Aly quien trajera invitados al sótano, esta vez con contando con el permiso de sus padres. Trató de convencerse de esto último sin éxito. Aly era una introvertida sin remedio. Durante años cada vez que a Laura la invitaban al cine, a una fiesta o pijamada tenía que traer a Aly ya que a ella nunca recibía invitaciones de ese tipo. Laura podía entender el razonamiento de sus padres al insistir que ella llevara a Aly a todas esas actividades pero ellos también tenían que entender que, pasada cierta edad, se volvía embarazoso tener que llevar a tu hermana menor a todo lugar al que ibas con tus amigas. Como era de esperarse, sus padres nunca hicieron el esfuerzo de ver las cosas desde su punto de vista.

La joven tuvo que reprimir otro suspiro.

El sonido de Jake estrujando su lata de cerveza la devolvió a la realidad.

La chica se volteó hacia su acompañante; había puesto sus pies sobre la mesa.

Lo miró estupefacta, podría al menos haberse quitado las botas antes de hacer eso. ¡Ella ponía comida en esa mesa!

Se aclaró la garganta.

–Hum, Jake, ¿podrías…quitar tus pies de ahí?

El chico parecía sorprendido de oírla hablar pero hizo lo que le pidió. Segundos después sacudió su lata vacía en el aire.

– ¿Tienes más de esto? Tengo sed…

Laura le extendió su lata, que aún permanecía cerrada.

Jake tomó la lata con una sonrisa, sin embargo, en vez de abrirla la dejó en la mesa.

– ¿Sabes? Ahora que lo pienso se me antoja otra cosa.

Laura sintió sus penetrantes ojos grises sobre ella y sintió algo así como una corriente eléctrica recorrer su cuerpo.

El chico se inclinó hacia ella, cogió un mechón de cabello y lo puso detrás de su oreja. Estaba lo suficientemente cerca como para que la joven sintiera su aliento sobre su cuello.

A continuación, Laura esperaba sentir sus labios sobre su piel, en lugar de eso sintió dos agudas punzadas en la parte baja del cuello. Al mismo tiempo una voz se abrió pasó dentro de su cabeza entre su confusión y temor, sonaba serena y algo distante, pero también era autoritaria. Se limitaba a repetir la misma frase: Quédate quieta.

Lo siguiente que Laura supo era que la televisión y el resto de la habitación estaban de lado. Se hallaba acostada en el sofá y Jake estaba encima de ella. Pero lo que más la horrorizó fue escuchar los sonidos que éste hacia al tragar. El pánico invadió su cuerpo cuando comprendió que él la estaba mordiendo.

Laura quería gritar, quería empujarlo y correr. Pero no podía, sus miembros no respondían a las órdenes de su cerebro.

Estaba paralizada.

Esto no podía estar pasando, no podía, era completamente ilógico. No había manera de que pudiese ser real.

Pero lo era, y el ser que estaba sobre ella no se detendría a menos de que hiciese algo. Mas, ¿qué podía ella hacer? No lograba moverse, no podía defenderse si no se movía. Tenía que arreglar eso. ¿Cómo? No tenía idea pero lo intentaría.

No se quedaría ahí sin hacer nada.

Mentalmente les gritó a sus miembros que se movieran. Cada vez que nada sucedía ella reiteraba su orden. Hasta que por fin logró sentir la rasposa tela del sofá deslizándose bajo las yemas de sus dedos.

Podía mover su mano. Y no solo eso, Laura descubrió que podía mover todo su brazo, temblaba y lo sentía pesado pero aun así podía controlarlo.

Su primer impulso fue golpear a Jake pero se contuvo. Si quería pelear entonces necesitaba algo más. Pero ¿qué? No había nada que pudiera usar como arma… ¿O sí había?

Laura alzó su brazo sobre su cabeza. Su mano buscó frenéticamente sobre el velador hasta que sus dedos se cerraron sobre la tijera. No tuvo que pensárselo dos veces antes de clavársela a Jake en la espalda.

El chico soltó una exclamación de dolor y de pronto, aquella voz en la cabeza de Laura desapareció como si una mano invisible la hubiese sacado.

Ahora podía moverse.

Empujó a Jake con todas sus fuerzas y se lo quitó de encima.

Al levantarse notó que sus piernas se sentían débiles y estaba mareada.

Es la pérdida de sangre, le susurró la voz de la razón en su cabeza.

No iba a dejar que eso la detuviera. Obligó a sus piernas a moverse y corrió hacia las escaleras. Si llegaba hasta la sala podía salir y gritar por ayuda.

Pero no lo consiguió.

Al subir el primer escalón una mano se posó en su hombro y la arrojó hacia atrás.

La cabeza y espalda de Laura colisionaron contra el piso. Cuando abrió los ojos y se alzó sobre sus codos vio a Jake parado frente a ella, bloqueando su única salida.

Sus ojos grises habían adquirido un brillo extraño, su rostro estaba contorsionado como el de un perro cuando gruñe y de su boca salían un par de colmillos que le llegaban hasta la barbilla. Parecía algo salido del infierno.

Él dio un paso hacia el frente. Laura se puso de pie dispuesta a correr –algo inútil considerando que no podía ir a ningún lado si no era por las escaleras –pero él la agarró del brazo antes de que pudiera hacerlo.

Laura sintió su cuerpo chocar contra algo duro, Jake la había arrojado contra la pared.

–No debiste hacer eso –dijo en una voz que parecía más un rugido –, pero si no quieres hacerlo por las buenas, lo haremos por las malas.

Tomó su mandíbula y la obligó a ladear su cabeza, lo hizo con tanta fuerza que Laura pensó que iba a romperle el cuello.

La chica gritó cuando sus colmillos perforaron su cuello.

Esta vez no hubo una ninguna voz en su cabeza. Esto no hizo la situación más llevadera, por el contrario, solo realzó la impotencia de Laura. Intentó golpearlo con los puños pero lo único que consiguió fue que Jake la sujetara por las muñecas y hundiera más sus colmillos en su carne. Quiso patearlo pero sus piernas, sintiéndose aún más débiles de lo que ya estaban, apenas se movieron. Llegó al punto en el que ella se mantenía de pie solo porque él la sostenía.

Un sonido amortiguado brotó del chico, Laura habría podido jurar que se trataba de una risa.

Los minutos pasaron; su vista se volvió borrosa y poco a poco, el dolor fue reemplazado por somnolencia.

Ni siquiera notó cuando Jake finalmente dejó de morderla. Lo único que supo en ese momento fue que yacía bocabajo contra el suelo. Con la consciencia que le quedaba pudo distinguir el sonido de alguien que subía las escaleras y más tarde, el crujir de una puerta al abrirse y luego al cerrarse.

Estaba sola.

Los minutos siguieron pasando pero Laura no era consciente de ello. A decir verdad, en el estado en el que se hallaba parecía que el tiempo no transcurría en lo absoluto.

Pero así lo hizo, Laura se dio cuenta al escuchar a la puerta abrirse por segunda vez. Con dificultad alzó la cabeza esperando ver a la amenazante figura de Jake bajando por las escaleras, volviendo para terminar lo que había empezado. Pero la persona en las escaleras no era Jake, era Aly.

Laura intentó gritar su nombre pero en lugar de eso emitió un susurro patético. Eso fue suficiente para captar la atención de Aly.

Su hermana dejó escapar una exclamación ahogada cuando la vio. Soltó la mochila que sostenía y corrió hacia ella.

– ¡Lau! Oh, Dios. Lau, ¿estás bien?

Aly se arrodilló junto su hermana, levantó su rostro con suavidad.

– ¿Te duele algo?

La voz de Laura era rasposa.

–Sí, dolió… dolió mucho.

– ¿Qué pasó?

–Y-yo lo invité y…

Los ojos de Aly se agrandaron, estaban llenos de ansiedad.

– ¿Te hizo algo?

–Él…él –la duda brilló en las pupilas de Laura, como si no pudiese creer que lo que había ocurrido había sido real, incluso estando al borde de la muerte –él bebió mi sangre.

Los labios de Aly se movieron pero no articularon una sola palabra.

–Cuando me mo-mordió de nuevo…supe que no iba a detenerse.

–Lau…

Laura gimió y eso fue todo. Sus ojos seguían abiertos pero ya no había vida en ellos. Había dejado de respirar y todo su cuerpo estaba flácido.

– ¡Lau! –Aly la sacudió con fuerza –Lau, por favor, Lau, di algo…

Sus gritos gradualmente se convirtieron en llanto, un llanto incontrolable que continuó hasta que alguien tocó la puerta y una grave voz masculina preguntó:

– ¿Nyala, eres tú? ¿Qué ocurre? ¿Está todo bien ahí dentro?

Sus padres habían vuelto a casa más temprano de lo usual.

- Chan chan chan… Espero que el capítulo les haya gustado, no quería que fuese demasiado obvio lo que iba a ocurrir y por eso me inventé el apodo de ''Aly'' para Nyala.

Hasta la próxima.

P.D: Si a alguien le interesa ver dibujos de la familia Sarper pueden encontrarlas en mi cuenta de tumblr: albawhitequeen.

El árbol genealógico (y el de los Drache) está en mi perfil ;).