—Sabemos que tiene esas tres residencias a su nombre —informaba una voz masculina, que bien podía ser la de un jovencito de 14 años— ya han revisado dos; las que están más alejadas. Sólo falta la que está cerca del centro. La dejamos en último porque, bueno, cuando estás ocultándote no lo haces justo donde todos pueden verte ¿no?
La risa nerviosa del hombre hizo que Jane pusiera los ojos en blanco. Novatos.
—Es lo que se espera —intervino Frost— que vayas al lugar más lejano. Pero si hace lo contrario, como quedarse en el centro... le da más tiempo, porque precisamente nadie espera encontrarla allí, donde cualquiera la vería. Fue muy lista.
—¿Estamos seguros de que no está pagando un hotel? —preguntó la morena.
—No ha utilizado ninguna de sus tarjetas —respondió el mismo hombre de voz aniñada, que permanecía frente al computador, y de vez en vez, tecleaba algunas cosas— y hace dos semanas que no hay movimiento en sus cuentas. Además tenemos al menos dos policías en todos los cajeros automáticos. A ninguno se ha acercado.
—Bueno, puede que tuviera algo de efectivo guardado. Chico —Jane puso una mano en el hombro del joven y le dio un suave apretón cuando vio que éste la miraba enarcando una ceja con curiosidad, y quizá un atisbo de incredulidad— tienes que pensar siempre en todas las posibilidades, incluso las más locas. Que no se te escape ninguna teoría, o tu sospechoso se escapará también.
Ella sonrió, al igual que varios otros que también escuchaban.
—¡La tengo! —se hizo escuchar otro de los detectives, esta vez con una voz mas grave, alzando su mano izquierda mientras la derecha permanecía sobre el mouse del computador que utilizaba. La morena se acercó hacia él, seguida por un par de hombres. —Ha usado una de sus tarjetas —informó con notable emoción— mire, aquí —señaló, y Jane se inclinó un poco para ver la dirección. —la patrulla que vigilaba ese cajero la ha pillado. Están siguiendola ahora, al parecer no se ha enterado aún. Va a pie.
—Ya la tenemos —se escuchó otra voz masculina.
La sonrisa de Rizzoli se amplió, y salió disparada hacia su coche, siendo seguida segundos después por los demás oficiales.
—No se escapará esta vez —dijo Frost muy seguro, sentado en el asiento del co-piloto.
—Cuento con ello.
Una carpeta de color amarillo opaco cayó sobre el escritorio. Había suficientes papeles ahí como para que ésta hiciera un ruido audible al golpear la mesa, logrando así que varios se girasen a mirar en busca de la procedencia de aquel molesto sonido. Había sido una semana dura tratando de pillar a esta mujer, quien había sido cómplice en un terrible homicidio. Ahora, con la mujer encarcelada y sin otro caso por resolver, los detectives podrían respirar tranquilamente, ir a casa y dormir sin tener que pensar en mil teorías no comprobadas, sin preocuparse por dejar un asesino suelto. Estarían relajados. Al menos, hasta que a otro asesino le naciera hacer de las suyas. Entonces, la rutina empezaría nuevamente.
—Otro caso cerrado —celebró Rizzoli, dejándose caer pesadamente en su silla. Frost hizo lo mismo, y Frankie, que sólo los miraba, se echó a reír.
—Cualquiera diría que están agotados —comentó Korsak desde su lugar— ¿les vendría bien un par de tragos esta noche?
Ellos no iban a negarse, y menos aún después de la semana que habían tenido, con esa mujer escabullendose como una rata.
—¿Vienes, Jane? —preguntó Frost un rato más tarde, cuando el reloj marcó la hora de salida de todos. Jane se había quedado pensando en el caso que acababan de cerrar, por lo que no fue consciente de el pasar de las manecillas del reloj. —Vamos de salida —siguió él, tomando su saco que colgaba del espaldar de la silla.
Después de echar un vistazo a la hora, se puso de pie, dispuesta a pasar el rato con sus colegas.
—¿Puedes creer que faltó toda la semana al trabajo sólo para no cruzarse conmigo? —comentó ella mientras alcanzaba a su compañero, ya sólo estaban ellos dos en la oficina, pues los demás habían salido en el tiempo que Jane dejaba su escritorio en orden para retirarse.
Frost frunció las cejas.
—¿De quién hablamos?
—Maura, por supuesto.
—Jane, la Doc ha estado en su oficina todo el día —aseguró él mientras ambos cruzaban el umbral de la puerta. Jane visualizó las puertas del elevador e hizo una mueca— toda la semana —agregó.
—¿Estaba aquí?
—Es lo que acabo de decir.
—Pero... no la vi. —Ahora ella fruncía las cejas, mirando a Frost. —Pensé que estaba fuera de Boston. No la veo desde esa madrugada.
—Yo no la hubiera culpado si se reportaba enferma y salía del país. —Él se encogió de hombros antes de que Jane pudiera golpear su brazo. Después ambos rieron. —Sabes que lo que le hiciste...
—¿Crees que siga aquí?
—¿Eh? —Frost procesó la pregunta, para entonces negar con la cabeza— Ah, no, no vas a ir allí. ¿Recuerdas lo que hablamos del espacio?
—Tuvo una semana de espacio, eso es suficiente.
—Vamos, Jane —insistió— nos están esperando. Dijiste que irías.
—Iré —aseguró con una sonrisa mientras caminaba hacia el elevador. Frost entornaba los ojos— después de hablar con Maura.
Frost negó con la cabeza mientras observaba a su compañera y amiga desaparecer tras las puertas del elevador. Luego, él se retiró directo al encuentro con sus otros compañeros. Todos preguntaron por Rizzoli, por supuesto, y el muchacho moreno solo pudo encoger los hombros y decir que ya aparecería un poco más tarde.
Dos golpes en la puerta de su oficina avisaron la presencia de alguien, pero Maura no apartó sus ojos del documento que tenía entre manos y que repasaba por tercera vez, mientras esperaba que los cuarenta minutos que le quedaban de trabajo se desvanecieran junto con dolorosos pensamientos. —Adelante —había dicho con voz audible a quien fuera que tocaba la puerta. Echó un vistazo a su reloj de muñeca, notando que su deseo se había cumplido, o al menos parte de éste, porque aunque los minutos se habían desvanecido tan pronto que para ella fue imposible notarlo, los pensamientos que la atormentaban seguían allí. Y para empeorarlo todo, su tormento principal; Jane Rizzoli permanecía de pie a unos cuatro pasos de distancia de su escritorio, mirándola con una sonrisa pequeña pero perceptible. Esa sonrisa que Jane llevaba cuando sabía que había metido la pata y estaba dispuesta a pedir disculpas.
Había tanto que decir entre ellas... Una semana sin verse, sin hablar, una semana de palabras que no fueron dichas. Palabras que ahora podían decir libremente, frente a frente, pero que, por alguna razón, no se atrevían.
Tic toc.
El reloj avanzaba, y las dos mujeres permanecían en silencio. Maura ya no la miraba. Se había puesto de pie para guardar sus cosas. Organizó los documentos y los dejó en la carpeta a la cual pertenecían, tomó su bolso, y se dispuso a salir de allí ignorando por completo a Rizzoli con su adorable sonrisa de disculpa. Sabía que aquello sería un intento fallido, pero no podía dejar de intentar.
Esperaba que Jane la tomara del brazo para detenerla, o que se moviera solo un poco para obstruirle el paso mientras ella caminaba hacia la puerta, pero cuando el brazo de la morena se extendió frente a ella, a la altura de su cintura, detuvo su andar. Podía sentir el calor proveniente del brazo de Rizzoli atravesando la impecable y suave tela de el vestido azul que había elegido para ese día.
Allí estaba ahora, sin haberlo esperado, y por consecuente, sin haber podido escapar, se encontraba entre los brazos de su tormento. Quería quejarse, gritarle, llorar, tantas cosas, tantas palabras... Y ninguna salía cuando más era necesitada.
—Demás está decir que fui una idiota. En todos los aspectos. —Rizzoli dejó escapar un suspiro que hizo estremecer a Maura cuando rozó apenas su oído. Jane no parecía tener pensado dejarla ir, y Maura, con los ojos fuertemente cerrados, sólo podía dejarse abrazar. —Dios, incluso me comporté como un hombre ¿verdad? —La rubia no tenía pensado responder. —Ya, ya entiendo. No quieres hablar —ella volvió a suspirar. Otro estremecimiento por parte de Maura— bueno... —comenzó, alargando la palabra lo más que pudo mientras se distanciaba un poco— yo puedo hacerte hablar. Además, ya que estamos a solas, creo que podría besarte.
—No te atreverías.
Jane sonrió.
—Ya hablaste.
Maura se alejó de ella por la fuerza, dejando caer su bolso en el acto. Antes de que pudiera inclinarse para levantarlo, Jane ya lo había hecho y lo sostenía frente a ella con una sonrisa arrogante. Anda, intenta tomarlo, parecía decir en silencio.
Maura Isles no era una persona agresiva. Ella siempre estaba en calma, siempre en control, siempre cuidando cada paso que daba. ¿En qué momento había logrado Jane Rizzoli cambiar su comportamiento? Ahora la rubia le arrebataba bruscamente el bolso de las manos, a lo que Jane hizo una mueca, pero después solo pudo sonreir.
—Hablemos —pidió tranquilamente, intentando alcanzar una de las manos de Maura con las suyas, pero al ver las intenciones que la rubia tenía de retroceder, dejó caer sus brazos pesadamente. La sonrisa se borró— por favor, ahora es el momento perfecto; estamos solas... sobrias.
El momento era perfecto, y Maura daba fe de ello, pero ¿para qué hablar de un tema que para ella ya estaba cerrado? O al menos eso se forzaba a creer. Eso deseaba; cerrar el tema, pasar la página, y superarlo. Pero mientras Jane siguiera insistiendo, no iba a lograrlo.
—Te escucho —habló finalmente, y antes de que la morena interrumpiera, agregó un par de cosas más— pero serán sólo quince minutos. Ha sido una semana larga y quiero ir a casa.
—También yo, pero he quedado de tomar unos tragos con Korsak y Frost, y el resto de idiotas —comentó con naturalidad haciendo una de sus muecas, pero al ver que Maura enarcaba una ceja y señalaba el reloj en su muñeca, supo que hablaba muy en serio respecto a los quince minutos. —Está bien, está bien. Al punto —suspiró— primero que nada, quiero que sepas que lo siento. No estaba pensando correctamente cuando hablaste conmigo...
—Pude notarlo muy bien.
—¿Vas a dejarme hablar?
—No te estoy cubriendo la boca.
—Maura... —la rubia hizo un gesto, como si sellara sus labios, y Jane continuó— Me gustaría que hablaramos en serio esta vez.
—Pensé que eso hacíamos.
—Y yo pensé que mantendrías la boca cerrada.
—... lo siento.
—Lo que quiero decir es que me gustaría saber con detalles, eso que dices sentir por mi. ¿Cómo pasó? Te he visto salir con tantos hombres, e incluso me has animado a salir con unos cuantos... ¿Por qué ibas a decirle a la persona que te gusta, que salga con alguien que no eres tú? —Jane tenía la cabeza ladeada— He tenido toda esta semana para pensar, para darle vueltas y vueltas a nuestra amistad, y no veo el punto donde algo cambiara.
Jane hizo una pausa, repasando en su mente todo lo que había pensado una y otra vez referente a ese asunto, y Maura aprovechó ese silencio para dar a conocer su opinión.
—Tal vez se deba a que nada cambió —aquel fue un susurro, casi con timidez— tal vez sólo noté lo que me había negado a ver cuando te conocí. Nunca te vi como otro detective de la Unidad de Homicidios... Siempre me pareció que sobresalías, y no solo por el hecho de ser la única mujer allí. —Jane soltó una risita, y sin que Maura y ella fueran muy conscientes, ambas empezaron a cerrar el molesto espacio que las separaba. Como imanes, sus cuerpos eran atraídos lentamente. Estar alejadas para ellas siempre había sido una tortura, por eso Jane se quedaba con Maura cada vez que se presentaba la oportunidad, por eso Maura aprovechaba cada chance para tocarla, tomar su mano, acariciar su brazo. Por eso no podían estar peleadas demasiado tiempo; se necesitaban, se querían, se deseaban, todo esto sin ser conscientes de lo que ocurría realmente entre ellas. Quizá otros podían verlo, pero ellas permanecían en su mundo, dentro de una burbuja donde sólo existían Jane Rizzoli y Maura Isles. Los demás eran extras en esa película que ellas tenían por vida. —Eres una mujer fuerte, y tienes la valentía que a muchos hombres le falta. Si a eso le agregas tu compasión, tu inteligencia, tu ternura...
—No soy tierna.
—Eres adorable —Jane bufó— sabes que tengo razón. Muy en el fondo tienes unos sentimientos de oro.
—No sé si emocionarme porque me hagas cumplidos, o...
—El punto, Jane —la rubia llevó su mano derecha hasta la mejilla de Jane, rozándola con los dedos en una suave y delicada caricia— es que siempre te vi como una persona especial. Alguien admirable. Alguien que... que, sin querer, logró llenar mi mundo de vida.
—Creo que eso es bastante, tomando en cuenta que trabajas rodeada de muertos. —Jane volvió a soltar una risita.
—Me estoy esforzando por crear un ambiente romántico y tú saltas con cualquier cosa —ella fingía estar enojada, pero sus manos sobre los hombros de Jane, y la sonrisa que intentaba reprimir, demostraban otra cosa. La morena lo notó, por supuesto, pero optó por alargar un poquito el silencio.
Estaban completamente solas.
Sus cuerpos juntos, abrazadas; Jane sujetando la cintura de Maura, y la rubia permanecía con ambos brazos alrededor del cuello de su detective favorita, pero todavía con el espacio suficiente para que sus rostros estuvieran frente a frente.
La puerta cerrada impedía la vista y el paso a cualquiera que pudiera quedar en el edificio.
Una mirada intensa entre ambas.
La tensión que había entre ellas había desaparecido ya, poco o nada importaba la pelea, ellas ahora estaban bien.
Sonrisas de genuina felicidad adornaban sus rostros, ambas a la espera de que la otra hiciera el primer movimiento, ambas inseguras. ¿Quién le garantizaba a Maura que no estaba malinterpretando esta reconciliación como algo más por parte de la morena? ¿Quién le garantizaba a Jane que Maura realmente quería dar ese paso?
Un beso. Únicamente un suave y sencillo beso en los labios. Eso hacían las personas que se gustaban, ¿no? Los enamorados se besaban. Las parejas se besaban. Cuando te atrae alguien, deseas besarle. Maura lo deseaba, quería besarla, pero ¿estaban listas para cruzar la línea?
No, no lo sabía, y dudaba seriamente si en realidad quería saber.
No estaba segura de poder soportar otro rechazo, y sin embargo continuaba entre los brazos de Jane como si esa discusión entre ellas jamás hubiera ocurrido. Cómo deseaba poder echar un vistazo en la mente de Jane y saber lo que estaba pensando, si sus sentimientos eran correspondidos, si no lo eran...
Jane ladeó la cabeza apenas un poco.
—¿En qué piensas?
—Eso mismo quisiera saber... —respondió después de un suspiro. La morena entornó los ojos.
—¿No sabes en qué piensas?
—Me refiero a que también me gustaría saber lo que tú piensas.
—Bien. Un dolar por mis pensamientos.
—¿No debe ser una moneda?
—Tengo pensamientos caros —comentó con un movimiento de cejas que hizo reír a Maura. Oír su risa tan calmada y tan cerca la hizo perder la razón por unos segundos, y sus deseos se hicieron audibles— mejor un beso por ellos —dijo, más seria esta vez.
—¿Debo pagar antes o después? —preguntó con el entrecejo fruncido, haciendo esa mueca adorable que a Jane tanto le gustaba.
—¿Que tal antes y después?
El choque de sus labios con los de la morena, alejaron todo pensamiento y respuesta que ella hubiera querido dar. Rizzoli no quiso perder más tiempo. No tenía conocimientos de lo que podría suceder una vez sus labios dejasen de besar los de Maura, y honestamente, le daba igual. Todo lo que podía pensar ahora era que, por Dios, estaba besando a Maura. En los labios. La estaba besando con firmeza, fuerza, con muchas ganas... y era un beso correspondido.
Maura agradeció que los brazos de la detective estuvieran tan firmes alrededor de su cintura, porque había sentido sus piernas flaquear tantas veces que seguramente hubiera caído como una muñeca de trapo, de no ser por que Jane la tenía pegada a su cuerpo como si de ello dependiera su vida.
El beso fue perdiendo intensidad a medida que pasaban los segundos y el aire se volvía más necesitado, hasta llegar a ser solo besos cortos, roces leves pero cargados de dulzura a partes iguales.
Rizzoli fue la primera en reaccionar con una sonrisa de oreja a oreja cuando ambas juntaron sus frentes, compartiendo el aire que respiraban, sus narices rozandose suavemente una que otra vez. Al abrir sus ojos después de un par de segundos, pudo ver los ojos de Maura aún cerrados, sus mejillas sonrojadas, y lo que menos le agradó de todo; las cejas fruncidas, dejando ver arrugas de inquietud en su frente. Las manos de Jane abandonaron su posición en la cintura de la rubia, para subir hasta su rostro, el cual acarició mientras secaba las lágrimas que no advirtió hasta ese momento.
—¿Te he lastimado? —preguntó preocupada, dirigiendo su mirada a los labios levemente hinchados debido a la fuerza del beso que habían compartido, en busca de algún rastro de que había hecho algo mal. Una mordida inconsciente, tal vez. Maura negó apenas con la cabeza. La morena no entendía qué estaba sucediendo y su paciencia siempre había sido mínima, por lo que empezaba a desesperarse. —¿Ha estado tan mal? ¿Debí haber esperado un poco más? —angustia era todo lo que podía reconocerse en la voz de Jane— Maur, lo siento...
Un nuevo beso calmó a la fiera interna de Rizzoli, convirtiéndola una vez más en la adorable mujer que la rubia había mencionado con anterioridad. Cuando los labios se apartaron esta vez, Maura abrió los ojos con las pestañas empapadas debido a las lágrimas.
—Lo siento —volvió a decir, aunque no estaba segura de por qué se disculpaba.
—No lo hagas. No has hecho nada malo, es simple emoción. No estaba preparada para esto.
—¿El qué?
—Para tenerte de esta forma —concluyó felizmente la frase con un beso. —Me había hecho la idea de que pasaríamos un tiempo distanciadas, pero que luego lo olvidaríamos y volveríamos a ser amigas. Sólo amigas —resaltó con pesar.
—Bueno, creo que volvemos a ser amigas.
—Sí, somos amigas.
—Amigas que se quieren...
—Mucho.
—Amigas que se cuidan...
—Siempre, desde luego.
—Amigas que se besan.
—Esa es una posibilidad.
—No juegues conmigo, Maura Isles. —Hizo que los pies de la rubia abandonaran el suelo, sujetándola fuerte por la cintura y haciendo que ambas dieran un giro por un momento, como en cualquier película romántica. Maura reía abiertamente, feliz. —Una vez que he probado tus labios, no puedes privarme de besarlos con libertad.
—Eres libre de hacerlo.
—¿Cuando desee?
—Cuando desees.
—¿Incluso si es en unos veinte minutos, en el Dirty Robber, y frente a todo el mundo?
—Esa idea no me fascina del todo —Maura elevó una ceja— ¿por qué preguntas?
—Porque me gustaría saber si hay algún problema en que quiera besar a mi novia y presumirla ante todos.
—No tienes una novia.
Jane sonrió y enarcó una ceja.
—¿Estás diciendo que no aceptas ser mi novia?
—No me lo has preguntado.
—Si te lo pidiera ¿aceptarías?
—Tienes que preguntarlo correctamente o no responderé.
—No sabía que había un protocolo para esto —se quejó, suspirando después— bueno, Maur ¿quieres ser mi novia sí o sí? Ya me dijiste que me amas, así que creo que sé la respuesta, pero vamos que la niña quiere el protocolo.
—Podrías ser más delicada, ya sabes.
—¡Maura!
—¡Sí! —chilló entre risas, que fueron calladas con besos por parte de la morena.
—¿Y dices que la intolerable soy yo?
—Oh, calla.
—Entonces ¿vamos a besarnos al Dirty Robber?
—Creo que no eres consciente de que a esta hora el Dirty Robber debe estar lleno de colegas ¿no es así?
—Soy bien consciente de ello, por eso quiero hacerlo —le guiñó el ojo— así todos sabrán que la sexy forense no está disponible.
—Déjate de tonterías. Deberíamos ir a casa a descansar.
—¿A tu casa?
—A nuestras casas.
—Te refieres a pasar por mi casa recogiendo ropa, y luego a tu casa. Sí, genial idea.
Jane ni siquiera esperó que la rubia respondiera algo, prácticamente la empujó fuera de la oficina, caminaron casi corriendo, y en un segundo, mágicamente estaban frente al auto de la forense.
—¿Piensas dejar tu auto?
—Es fin de semana. No lo necesitaré, a menos que se presente algún caso, y si eso pasa, fácilmente iremos juntas a la escena. Ya lo hemos hecho antes, es normal.
—Tienes razón... Esta es una rutina muy común entre nosotras. Estoy segura de que nadie se sorprendería si decimos que nos mudaremos juntas.
—¿Me lo estás pidiendo?
Maura le lanzó las llaves.
—Calla y conduce.
—Yo creo que sí. —dijo entre risas.
