Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.

N/A: El capítulo más largo hasta ahora. Me gusta que sean largos, pero no sé ustedes. Tampoco sé como decirles esto… pero, ¿cuesta mucho mandar un review con "Buen capítulo", o algo por el estilo? :c

Quiero escuchar sus opiniones, sus quejas y sugerencias… Me gusta que lean la historia, pero quiero que ustedes me digan que está genial, que es una porquería, que podría mejorar, etc.

Así que… ¿al menos un review de su parte? No importa cuán largo sea, sólo quiero saber si les gustó o no… :D


4

Preparaciones

Al día siguiente nos encontramos en la Madriguera por medio del transportador que los funcionarios nos han programado. Por orden del Ministerio, los campeones debe de pasar el tiempo máximo con sus familiares. Solo tía Ginny, tía Fleur y la abuela Molly nos recogen en la colina cerca de la Madriguera. Ellas excusan a mis otros tíos, explicándonos que el mismo Ministerio los mantiene ocupados. Vaya, ¡qué sorpresa!

Es un gran alboroto. La abuela se pasea de un lado al otro en la cocina y sus cambios de humores son tan repentinos y breves que me sorprende. Tía Ginny, en cambio, nos ha estado abrazando a mi y a Albus prácticamente cada vez que nos ve. Y es mucho, considerando que los cuatro hemos estado en la cocina desde que llegamos. Tía Fleur es otro caso. Ella ha estado intercambiando cartas con Victoire y Dominique toda la mañana. James y Lucy han estado todo el día encerrados en sus habitaciones, mientras que Molly y Lily están sentadas en la sala.

Como quisiera estar encerrada en mi habitación también. Así podría pensar en que hacer durante los Juegos. Pero no puedo. La abuela y tía Ginny me siguen manteniendo ocupada.

Entonces entra Lily a la cocina y sugiere que juguemos un poco de Quidditch en la parte trasera de la casa. Albus y yo estamos a punto de aceptar, pero la tía Ginny nos detiene.

—Antes debemos de darles algo y discutir algunas cosas con ellos. Ustedes pueden adelantarse, pero jueguen en el jardín de enfrente, donde pueda verlas desde la ventana.

Lily y Molly salen de la casa, algo desconcertadas. Volteo a ver a tía Ginny y veo como saca algo de su bolsillo. Ella le da a Albus un anillo viejo y destrozado, sujetado apenas por una delgada cadena de plata. La abuela entonces saca algo envuelto delicadamente en un pañuelo blanco. Lo destapa con cariño y un reloj se revela. Está viejo y su cristal roto, pero es hermoso. Imagino que en su mejor año, el reloj debió de ser muy hermoso.

—Este es un anillo que tu padre me dio antes de irse —explica tía Ginny con cariño y puedo ver como sus ojos se hacen agua. Albus lo acepta solemne, se cuelga el anillo al cuello y abraza a su madre.

—Y este es el reloj de mi hermano, Gideon, que le regalé a tu padre el día que cumplió la mayoría de edad —me dice mi abuela, también con sus ojos húmedos. Sonrío un poco y me abstengo de llorar. Sí lo hago, estoy seguro de que todos nos hundiremos en lágrimas.

Me pongo el reloj y la abrazo con fuerza. Le agradezco, susurrándole las gracias a su oído y la estrecho más entre mis brazos.

—Ahora tienen algo que llevar a los Juegos —dice tía Ginny con una sonrisa triste.

Noto como sus ojos nos miran como si ella quisiera decir algo más.

El abuelo Arthur, junto con los tíos Charlie y Percy, llegan a la hora de la cena. El abuelo nos da un abrazo cuando nos ve y una sonrisa alentadora. Tío Charlie sonríe como si nada y el tío Percy solo dice: «Espero que estén preparándose bien». No hacen nada más y se los agradezco. Quiero un último recuerdo de casa como si nuestras sentencias de muerte no estuvieran marcadas. Tal vez eso me ayude a conjurar mejor mi patronus, si llegase a necesitarlo.

Cenamos, reímos y discutimos un poco. Hasta que, por desgracia, el abuelo Arthur menciona la elección.

—Me llegó una copia de la carta que le enviaron a tu madre, James. Estoy orgulloso de que hayas actuado de esa forma, pero debes de saber fue muy arriesgada y peligrosa tu actitud. Es una suerte que el Ministerio no nos hubiese multado.

—Papá, ya hablé con James sobre eso. No hay necesidad de que se vuelva a repetir —interviene tía Ginny. Ella y el abuelo intercambian unas miradas y luego el abuelo asiente.

Enarco con disimulo las cejas, pero continuo comiendo. Tendré una conversación larga con Albus hoy en la noche.

—Dominique me tiene buenas noticias, sin embaggo no me quiso contag. —comenta tía Fleur para aliviar el ambiente.

—¿En serio? —Lucy, que no había prestado atención a nada de lo que dijimos en toda la cena, pregunta—. ¿Segura, tía, que no pudiste conseguir un poco de información? Hace tanto que no sabemos sobre ella, o Victoire para variar.

Arrugo mi nariz. Algo no está bien.

Como un poco más, esperando que dijeran algo más, pero la conversación cambia cuando Lily menciona el Quidditch. Tío Charlie, tía Ginny, James y ella comienzan una animada conversación sobre el deporte. Tío cuenta sus anécdotas sobre los partidos que tenían en Hogwarts antes de que el Ministerio decidieran quitarlos. Según él, fue el buscador más joven que Gryffindor tuvo jamás.

La cena se alarga hasta la media noche, cuando la abuela ya está cabeceando. El abuelo nos manda a todos a la cama, diciendo que mañana sería un día muy pesado, en especial para Albus y para mí. Todos nos dirigimos hacia nuestras habitaciones. Espero unas cuantas horas antes de ir con Albus. Cuando estoy segura de que ya todos están dormidos, salgo de mi habitación y me dirijo a la de él, al final del pasillo. Entre abro un poco la puerta y busco a Albus en la oscuridad de su habitación. Lo encuentro sentado en el piso, recargado contra el borde de la cama. Sin hacer ruido me escabullo dentro y cierro la puerta detrás de mí.

—¿No puedes dormir? —le pregunto en un susurro mientras me siento al lado de él.

Él sacude su cabeza y la echa hacia atrás.

—Yo tampoco —hago una pausa y continuo—. Hay tanto en que pensar. Tengo demasiadas cosas en mi cabeza.

—Siento que todavía nos falta mucho por aprender. Y es cierto, solo que pienso que tú y yo pronto estaremos en el campo… Me aterra.

Nos sumamos en un silencio profundo. Aquí es cuando me decido preguntarle.

—Albus, ¿no sientes como si todos saben algo y no nos quieren decir? —le pregunto.

Mi primo levanta su cabeza y me observa con sus ojos verdes, penetrantes.

—James y Lucy al parecer saben. Mis tíos lo saben… Es cómo si… —sacude la cabeza un poco y luego sonríe.

—¿Qué cosa, Albus?

—Es algo estúpido, sin sentido, Rose. No creo que pueda pasar. Ni siquiera sé si sea posible.

—¿Qué cosa, Albus? —presiono. Me molesta la idea de no saber algo.

—James me ha dicho que dejara las cosas pasar. Qué ellos se encargarían de lo demás. ¿A quién crees que se refería con ellos? —Albus enarca su ceja, incitándome a responderle. Aprieto mis labios y niego con mi cabeza.

—¿Acaso tú sabes algo? —le susurro, acercándome un poco más. La curiosidad me mata. Al igual que la frustración. ¿Porqué simplemente no me dice y ya?

—No, pero supongo que pronto nos dirán algo. Deben, después de todo somos nosotros los que irán al campo —se queda observando a la nada por un momento.

Albus siempre ha sido una persona caritativa, dulce, justa y valiente. El posee todas las cualidades que un ser humano virtuoso debe tener. Es, sencillamente, una persona maravillosa. Por eso me duele muchísimo verlo así, en esta situación. Sus ojos verdes dejaron de tener ese brillo cuando fue elegido.

—Sí, nos dirán. Con lo que nos ha pasado deben de creer que no podremos soportar lo que sea que ellos deban decirnos —se asegura a sí mismo, cómo si el mismo no estuviese seguro.

Tomo su mano entre la mía y le doy un leve apretón.

—Mi mamá me ha dicho que les han enviado una carta, pero que la lechuza debe de estar buscándolos aún. Recuerda que están en una misión.

Tardo un segundo en procesar lo que dijo. Luego me siento culpable al no pensar en mis padres por un tiempo.

—A veces quisiera que ellos estuviesen aquí, ¿sabes? —aprieto más los labios y comienzo a reírme—. Estos últimos días he estado sentimental, lloro por cada tontería. ¿Qué tal si hacemos una promesa? Tú tampoco no has estado de buen ánimo que digamos. Te he visto.

—Sí, bueno, tampoco estamos en un lecho de rosas, ¿o sí? —bromea un poco—. ¿Cuál sería esa promesa?

—Que estos últimos días que tenemos de existencia sean unos felices. Debemos dejar de mirar hacia la nada cada que pensemos sobre nuestro futuro.

Albus y yo estrechamos las manos y luego nos abrazamos por un largo rato.

Me quedo un rato más. No hablamos, pero no hay silencio incómodo. Él y yo solo quedamos observando a través de la ventana. Al final, ambos nos quedamos dormidos.

Al día siguiente la abuela Molly nos recibe en la cocina con la mesa llena de comida. El delicioso olor inunda mis sentidos y le agradezco de corazón que haya cocinado nuestros favoritos.

Todos tenemos que desayunar rápido, pues hoy es un día apretado. Tengo la sensación de que nadie sabe como actuar. Ni siquiera sé como mirar a los demás; si decir algo o no. Para cuando acabamos de desayunar, mis tíos comienzan a discutir sobre quién nos acompañará en el Ministerio. Ciertamente era un problema, pues sólo dos personas podían acompañarnos. A mis primos nos les agradó la idea, pero no rezongaron. Finalmente, se decidió que tía Ginny y tío Charlie serían los que se aparecerían con nosotros.

Hoy también me he vestido con mi mejor atuendo, y el mejor peinado que tía Ginny y Fleur pudieron hacerme con el arbusto que llevo por cabello. Estoy sorprendida al verlo caer por mis hombros con delicadeza.

Los abuelos nos dan un abrazo antes de que nos desaparezcamos. Mis primos nos ven desde el marco de la puerta y les doy un abrazo antes de salir. Lily nos queda viendo por un rato y puedo ver como sus ojos se empiezan a llenar de lágrimas.

Quiero decirle algo que le asegure de que me verá dentro de un mes, pero luego me detengo. Verme en un mes significaría que Albus no tendría el privilegio de volver a casa y por supuesto que le estaría mintiendo.

Llegamos al lugar donde la protección mágica no puede evitar que nos aparezcamos y nos tomamos de la mano. Siento un incómodo agarre en mi ombligo y en un parpadeo me encuentro en el Ministerio. El aliento me falta por unos segundos, tengo todavía la sensación de que mi pecho se oprime, pero logro caminar.

Al llegar tío Percy se despide con un gran abrazo. Veo como su figura se aleja dirigiéndose a quién sabe dónde. Siempre me he preguntado porqué todavía sigue trabajando para el Ministerio. Tío Charlie nos evita todo el proceso reglamentario para entrar a alguno de los departamentos con decir que viene acompañando a los dos campeones de Gryffindor. La señorita a cargo nos observa, atónita, y con los ojos aún abiertos nos deja pasar.

Tía Ginny se coloca entre Albus y yo, poniendo un brazo alrededor de nuestros hombros. Tío Charlie entonces nos guía por el pasillo. Entramos al ascensor y una voz inexpresiva y gélida nos indica en que nivel vamos bajando. Cuando llegamos al Departamento de Deportes y Juegos Mágicos nos bajamos antes de que acabe siquiera de anunciarlo.

Somos recibidos por un gran alboroto, muchas personas corriendo de un lado para otro, aviones de papel volando por todos lados. Hay demasiado ruido. Hago una mueca y le dedico a Albus una mirada; él también parece incómodo.

Tío Charlie se dirige hacia una funcionaria que parece estar en control. Aunque también parece muy atareada. No le dirige ni una mirada a mi tío, o nosotros. Solo responde con monosílabas y luego, aún sin quitar la mirada en los papeles, señala un pasillo donde vemos a los demás campeones.

Al parecer hemos sido los últimos en llegar.

Un hombre alto, con facciones toscas, ojos negros y posición rígida nos ve desde el pasillo. Secturus Mcnair, representante del departamento, le dirige una mirada tío Charlie, como esperando algo. Pero tío no se inmuta, le sostiene la mirada por un tiempo. Mcnair es el primero en romper el silencio.

—Supongo que ellos dos son los campeones de Gryffindor, Weasley.

—Así es —le responde con una voz que pocas veces he podido escuchar en él. Trago un poco de saliva, intimidada.

Mcnair se voltea hacia todos y les indica que entren a las habitaciones que les han asignado. Le tiende un papel a tío y se va. No sin antes mandarnos a mí y a Albus una mirada burlona, llena de desdén.

Opto por ignorar su mirada, pero Albus se la mantiene. Mcnair echa una carcajada y sigue su camino.

—Menudo imbécil —susurra con sus dientes apretados y manos hechas puño.

Pongo una mano en su hombro y se relaja.

Tío nos da el papelito y vemos el número 4 escrito en él con tinta morada. Le doy las gracias a mis tíos y los abrazo con fuerza.

—Los estaremos esperando, no nos iremos sin ustedes —nos dice tía Ginny, observándonos con temple.

Antes de que Albus cerrara la puerta, alcanzo a ver como ellos se sientan al lado de tía Luna y Lysander.

La habitación es pequeña y en medio hay una pequeña mesa cuadrada con cuatro sillas. No es muy acogedora la habitación. Todo está decorado a la antigua. Lo que alumbra la sala son cuatro antorchas en cada esquina, dándole un aspecto sombrío y lúgubre. Hay dos pedestales pequeños que tienen dos gárgolas con aspecto terrorífico, con sus picos abiertos y ojos fijos en nosotros. Tengo la impresión de que si me muevo, sus ojos empezarán a moverse. Tal vez salten hacia nosotros. Arrugo la nariz al ver cómo una de las esquinas está llena de moho.

Al momento en que Albus y yo nos sentamos, la puerta se abre. Dominique Weasley entra en la habitación. Estoy a punto de pararme cuando veo a una mujer demacrada aparecer detrás de ella. Sus ojos azules una vez debieron de ser hermosos, sin embargo hoy parecen vacíos y distantes. Su cabello oscuro parece quebradizo y sus manos parecen temblarle de vez en cuando. La edad no le ha sentado bien.

Dominique sigue igual de hermosa, sin embargo me sorprende que no nos dedique una mirada de reconocimiento cuando se siente al otro lado de la mesa, quedando frente a frente con nosotros.

La señora de ojos vacíos tarda un poco en reconocer que ha entrado a la habitación, pues sus ojos de pronto se llenan de pánico. Al ver que está en la habitación su mirada se posa en Albus y después en mí. Sus ojos azules hacen que se me hiele el cuerpo. Se me entumece todo el cuerpo todavía más cuando al sentarse no quita los ojos de mí.

Retiro la vista, incómoda, pero de vez en cuando le echo unos cuantos vistazos. Aún me ve. Carraspeo un poco y me muevo en mi silla, incómoda.

—Albus Severus Potter, Rose Weasley, les felicito por ser escogidos por el cáliz para participar en esta celebración que nos recuerda la unión familiar e internacional entre magos.

Parpadeo un par de veces. Trato de que mi boca no se abra por la impresión.

—Soy Dominique Weasley. Seré la estilista al mando de su imagen. He traído algunos bocetos de lo que se pondrán el día 3 de Julio, en la ceremonia de inauguración.

Me da una carpeta a mi y otra a Albus. Abro la mía y veo unos muy buenos dibujos que con dificultad podrían llamarse bocetos. Están tan bien remarcados y sombreados, hay mucha afinidad.

Ahí estoy yo de espaldas, sentada y de frente. Ella ha dibujado mi cabello de distintas maneras. Estoy sorprendida, pero no como para que se me olvide la actitud de Dominique.

—Trato de darles la mejor imagen posible, así que he buscado un tema que a ustedes les quede a excelencia. Aun no se ha decidido muy bien cual sería el tema de su vestuario en sí. Todavía debo de observarlos y analizarlos para saber que tema atraerá a los mejores patrocinadores.

Continua hablando, pero no presto atención. ¿Los demás saben que ella haría esto? ¡Por supuesto que sí! Por eso tía Fleur no quiso decir nada en la cena. Si ella sabía, los demás también. ¿Porqué no nos dijeron nada?

—¿Porqué, Dominique? —mascullo, levantándome de mi asiento. Azoto las manos en la mesa y me recargo en ella, acercándome hacia mi prima.

La de los ojos vacíos suelta un chillido y se encoge en su silla, tapándose los oídos con sus manos temblorosas. Empieza a murmurar cosas bajo su aliento y a sacudir su cabeza.

—¿Quién es ella? —pregunto, perpleja ante su repentino ataque de nervios.

—Su asesora. Será la que les dará consejos y los guiará. Ahora si me permite, señorita Weasley, le permito que me deje terminar. El tiempo es corto y aún tenemos mucho que discutir.

Finalmente, mi boca se abre. Me es imposible cerrarla. Trato de articular una mísera monosílaba, pero no puedo. Miro a Dominique de arriba a bajo, no la reconozco. Atónita, sin saber que hacer, me vuelvo a sentar.

—Por favor, continúe.

Evito poner los ojos en blanco al escuchar a Albus hablar con Dominique y discutir sobre su atuendo.

Me dedico a observar a la señora frente a mí. Podría decirse que ya está más calmada. Pasó de taparse los oídos a morderse las ya casi inexistentes uñas de su mano derecha. Sin embargo, aún sigue murmurando cosas sin sentido. Pasan unos momentos y se acomoda el pelo, volteando su cabeza incómoda, como si alguien la estuviera observando. Se sobresalta y de inmediato se encoge en su lugar, tapándose sus orejas nuevamente.

Miro hacia Dominique y Albus, no puedo evitar indignarme al ver que ninguno de ellos parece preocuparse por la señora. Dudo que se acuerden de ella. Cuando la veo de nuevo, me sorprende ver que tiene sus ojos fijos en mí. Sus pupilas están dilatadas y sus ojos están inyectados de sangre. Está aterrorizada. Le esbozo una sonrisa tentativa, moviéndome en mi asiento con incomodidad. Los segundos pasan y ella vuelve a tener esa mirada distante y vacía.

El Ministerio debe de estar más que extasiado al asignarnos a la señora como nuestra asesora. Dudo mucho de su eficacia. ¿Qué consejos nos podría dar una persona tan desubicada con ella?

Albus y Dominique mantienen una conversación formal y civilizada. Yo solo los observo. De vez en cuando mis ojos se posan en la señora que tengo enfrente. Sus ojos parecen querer cerrarse y cuando lo hacen no pasa mucho para que se despierte asustada.

Al verla, me pregunto si así terminan todos los campeones que han ganado… Vivir en constante miedo o morir en el campo, ¿cuál es la mejor opción? Aceptar el hecho de que moriré dentro de unos días sería la mejor opción para mí. No para Albus, eso sí.

Me he convencido desde el momento en que fui escogida por el cáliz que Albus sería el nuevo campeón de Gryffindor que ganaría los Juegos. Él tiene mucho por delante, tiene mucho que dejar atrás. Tiene a Lily, James y su madre. ¿Qué es lo que yo dejaba atrás? Nada que fuera mío exclusivamente. Si bien tengo una familia que me adoraba incondicionalmente, yo no poseía del privilegio de tener un padre y una madre para mí sola. Ni siquiera llegué a conocer a mi hermano.

Tal vez eso es lo único bueno que el Ministerio ha hecho con mi familia. Deshacerse de todos aquellos. Así ellos no tendrían que ver el infierno en que se convirtió todo. Mi madre, mi hermano, tía Angelina y tía Audrey son personas que serán recordadas con cariño, pero mientras más lo pienso, más las envidio.

Albus es una persona sensible, noble y valiente. Yo soy solo una persona que no ha hecho nada más que estar ahí. Existir. No haría mucha diferencia si yo estuviese viva, en la Madriguera, o no.

Aun no tengo planeado que haré una vez en el campo. Ni siquiera sé cómo será este año. Siempre lo cambian. Recuerdo que una vez fue una gran isla tropical en medio de la nada, y en otra ocasión los Juegos fueron realizados en una montaña nevada. Podría ser cualquier cosa. De lo único que estoy segura es de que Albus y yo no nos separaremos nunca. A la mierda con Lorcan. Ser hijo de tía Luna no le da mi confianza. No aún. Yo no lo buscaré. Si él decide buscarnos en el campo me aseguraré de nunca dejar a Albus solo en su presencia. Me pegaré a mi primo como la cerveza de mantequilla se pega en la ropa. Ya en la final, cuando nosotros seamos los únicos en estar de pie haré lo que sea necesario para mantenerlo con vida, después de todo las reglas no me impiden proteger a otro campeón. Si esa es la única salida que tengo para salvar a mi primo, que así sea.

Si todo falla, solo espero que yo no presencie su muerte.

Cuando la hora finaliza, Dominique se pone en pie y le estrecha la mano a mi primo. Me observa por unos instantes. La veo y suspiro. Le sonrío cálidamente y muevo mi cabeza, como despedida. Ella me devuelve el gesto. Ahí es cuando veo a la Dominique que conozco. Detrás de esos ojos azules veo a la chica que siempre quiso diseñar ropa para sus primos; a la loca por las telas. Sus ojos resplandecen, agradecidos, al ver mi sonrisa ampliarse. No es que ella quiera trabajar para el Ministerio. Tampoco es que ella quiera ser tan formal, tanto al punto de ser indiferente. Es sólo el deber.

Me entristezco al ver como sale de la habitación, seguida de la señora que parece temblar menos ante la presencia de Dominique.

Al salir, somos recibidos por tía Ginny y, sorpresivamente, tía Luna. Ambos la saludamos incómodos, ¿cómo podríamos saludar a la madre de un campeón que muy bien podría ser eliminado por alguno de nosotros? A ellas no parece importarles mucho.

Pregunto por tío Charlie, interrumpiendo el silencio que se crea después del saludo. Ella me responde que tuvo que marcharse por unos asuntos de trabajo. No da ninguna señal para irnos, así que voy con Albus a sentarme en uno de los asientos de espera. Sólo cuatro campeones han salido. Nosotros y los dos de Hufflepuff, Goldstein y Macmillan, que están retirándose del departamento. Ninguno de ellos parece percatarse de la presencia del otro, mientras que sus familiares parecen querer arrancarse los ojos. No logro observarlos bien, pero noto que la chica, aunque de baja estatura, tiene facciones más maduras que Macmillan.

Supongo que debemos esperar a que Lorcan salga. Eso me pone incómoda. Hace que mis brazos sientan un hormigueo que se extiende por mi espalda. Me retuerzo un poco, tratando de aliviar la sensación, pero es inútil. Empiezo a jugar con mis manos, pero me detengo al percibir la mirada de Albus, que empieza a reírse con disimulo.

Cuando por fin sale, Lorcan se dirige a su madre y saluda a mi tía con alegría. Después mueve su cabeza, señalando a su hermano y se va a sentar al lado de él. Estos empiezan a cuchichear tan pronto como se encuentran. Luego, para mi sorpresa, voltean a vernos de una manera tan fugaz que me pregunto si lo habré imaginado. Cojo un mechón de cabello y lo jalo un poco por unos momentos, incómoda. Albus, que tenía los ojos cerrados, no se dio cuenta de eso. Ni de cómo ellos siguen enviándonos aquellas miradas furtivas.

Sólo unos minutos más pasan cuando tía Ginny se nos acerca. Ésta vez sola. Se disculpa por la tardanza y nos vamos. Le doy una última mirada a Lorcan y Lysander, caminando al lado de su madre. Lorcan, o Lysander, se voltea y me observa antes de reír por lo bajo. Le murmura algo a su hermano y ambos rompen en carcajadas.

¿Qué acaso soy el nuevo número de circo que hay por aquí? Porque no entiendo su reacción. Mis labios se fruncen y mis ojos se entrecierran, irritada. Tal vez no sea la más agraciada de la familia, o del mundo mágico, pero sé con certeza que mi cara no tiene nada de malo.

—Ellos son unos jóvenes buenos, con buenos ejemplos paternos. Ambos son iguales físicamente, pero tiene distintas aspiraciones. Luna me ha contado que Lysander tiene planeado abrir su propia tienda de mascotas mágicas extravagantes una vez que se gradúe.

Ni siquiera se molesta en mencionar a Lorcan. Por muy feliz que esté ella por haberse encontrado con su amiga, sabe muy bien que no fue por voluntad propia. Ella y tía Luna saben que Lorcan morirá.

A pesar de lo irritada que estaba hace unos momentos, mi corazón se comprime. No seré yo la que mate a Lorcan.


—Me da un poco de pena Alicia. Me molesté muchísimo al ver que todavía esté de asesora. ¿Acaso no la pueden dejar descansar? —comenta tía Ginny, mientras agarra mas pollo.

—¿Alicia Michele sigue todavía ahí? ¡Vaya descaro que tienen al ponerla como asesora! —exclama mi abuela, indignada.

—Es la única que queda, Molly —interviene tía Fleur, antes de que la abuela siga con su perorata.

—Gryffindor no tiene muchos ganadores como Durmstrang. Solo Slytherin podría igualarlo en número —comenta mi tía, con su vista fija en el pollo.

Yo solo las escucho. Al igual que todos.

Al llegar a casa todos empezaron a bombardearnos con preguntas. Yo no estaba de humor, de hecho quería ir a dormir un rato. Les confesé que no estuve prestando mucha atención, así que Albus sería quién les contaría todo. Y cuando Albus mencionó a Alicia Michele como nuestra asesora, tía Ginny, Fleur y la abuela se apoderaron de la conversación.

—Entonces —toso un poco para deshacerme del pequeño trozo de hueso que se atoró en mi garganta—, ¿cómo ganó nuestra asesora?

Si me informo mejor sobre sus Juegos, tal vez pueda usarlo como consejo.

Tía Ginny baja su tenedor lentamente y se muerde el labio. Tía Fleur y la abuela no dicen nada. Es el abuelo Arthur quién lo hace.

—Usó la maldición asesina contra la última campeona.

—¿Acaso no es eso contra las reglas? —Molly suelta, impresionada.

—Sí, pero el Ministerio no pudo hacer nada. Era la última que quedaba, la ganadora.

—Pero… ¿porqué lo hizo? —murmuró Lily.

—Creo que no deberíamos de hablar sobre esto, menos en la cena. ¿Qué tal si seguimos comiendo? Hoy te has lucido, mamá. ¡El pollo y el jugo están exquisitos! —exclama maravillada mientras le ofrece a Molly más comida.

Todos mis tíos, hasta James y Lucy, comienzan a hablar sobre los temas menos relacionados con los Juegos. Alicia Michele jamás vuelve a ser mencionada en la mesa. Sé que quieren proteger a Lily, absteniéndola de ese tipo de información por algunos años más, pero ahora es más que inevitable que sepa las maneras en las que un campeón puede morir. Mucho menos si su hermano está a punto de competir.

El cambio abrupto de la conversación no hace más que intrigarme más. Algo me dice que no solo James y Lucy son los que saben lo que pasó.


Editado el 13 de Junio de 2013