Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.

N/A: ¡Siento mucho la tardanza! Se me complicó mucho este capítulo… Debido a ciertas apariciones… Aún así, espero que lo disfruten. Este es mi regalo de navidad y año nuevo c:


5

Últimas noches

Esa misma noche me escabullo a la habitación de Albus.

Al momento de entrar le pregunto sobre Alicia Michele. Él me dice que presentía que esto pasaría, luego se acomoda como la otra vez y me invita a sentarme su lado.

Entonces, comienza a contarme la historia de Alicia Michele.

—Ella estuvo en el mismo año que nuestros padres. Tuvo la desgracia de ser escogida por el cáliz de fuego. Al principio ella destacó por lograr llegar a los cinco finalistas, más porque era de Gryffindor y calificó muy bajo en la demostración. Casi no tenía patrocinadores —hizo una pausa—. No se sabe cómo sobrevivió y se cuentan horribles rumores sobre eso. Ella no ha podido desmentirlos, o afirmarlos, debido a su condición.

—¿Cómo quedó en ese estado? —mi voz va bajando de tono y se vuelve cautelosa. Lo observo con los ojos muy abiertos, esperando lo peor.

—Un chico de Ravenclaw y una chica de Durmstrang formaron una alianza en esos últimos días y empezaron a cazar a los que quedaban. Alicia fue la última en ser atrapada. Luego, le lanzaron un hechizo que la ataba mágicamente y la torturaron con el cruciatus.

Mi respiración se detiene al momento en que mi mente empieza a imaginar los gritos de agonía y dolor de mi asesora.

—Paraban de vez en cuando, preguntándole cosas, burlándose de ella. Alicia les contestaba a pesar del dolor que sufría. No se sabe muy bien que pasó, pero luego, la de Durmstrang arrojó una maldición que degolló al Ravenclaw. Se dice que ella los puso en contra. Al final, la de Durmstrang la torturó un poco más. Cuando estaba a punto de matarla, Alicia cogió su varita y, de locura y desesperación, lanzó la maldición asesina.

—Que horrible… —logro decir, tragando el bulto que se formó en mi garganta.

—Lo peor de todo es que no está calificada para estar en San Mungo. Todavía tiene algo de cordura en ella, por lo que no puede estar internada.

Después de eso me disculpo con él, y me retiro de la habitación. Al llegar a ella me recuesto en mi cama, no me molesto en cambiarme de ropa.

Pienso en la historia de Alicia y me estremezco. Siento como si algo bajara por mi espina. No es una sensación agradable. Antes de que me de cuenta, una lágrima baja por mi fría mejilla. Me la limpio con el dorso de mi mano antes de que llegué al final de mi rostro. Me he prometido no volver a llorar, pero tengo miedo. A nosotros podría pasarnos eso, o algo mucho peor. Me abrazo y me acurruco más entre las sábanas, temiendo el día en que seamos colocados en el campo.


El tiempo parece deslizarse entre mis dedos. Quiero aferrarme a él, pero no me es posible.

Pronto me encuentro en la gigantesca mansión del Ministerio, bajo el poder de Lukas, el estilista ayudante de Dominique. Aún no se me permite verme en el espejo, pero por todos los cambios que me ha estado haciendo los últimos minutos, me da la impresión de que el vestido no me queda muy bien.

Me siento tan apretujada que el aire no puede llenar mis pulmones del todo. Pero debe de ser mi imaginación, o los nervios. Todavía puedo moverme con mucha facilidad, por suerte.

No tengo la mejor figura, apenas tengo curvas suficientes, así que cuando me veo en el espejo mi aliento se atora en mi garganta. El vestido parece ser una segunda piel, que se adhiere a mi cuerpo y hace resaltar mi figura en los lugares precisos. Me veo alta y delgada.

Pero no soy yo. Rose Weasley nunca estaría usando un vestido blanco, largo que se expande y arrastra por el suelo, para acabar con la parte de atrás con un cola de un metro, que le deja los hombros descubiertos. Me ruborizo y admiro lo único que me agrada de mi imagen: mi cabello que cae en mis hombros con suaves rizos. Es sencillo, pero llama la atención cuando se ven las falsas perlas, cuidadosamente acomodadas entre mis rizos.

Antes de salir, Lukas me coloca una chalina de seda dorada sobre mis hombros. Ahora veo como represento a Gryffindor. Es sutil, pero se puede admirar.

Sonrío al ver a Albus, vestido en una túnica de gala roja escarlata, con una corbata dorada. Nos apretamos las manos y esperamos donde Dominique nos ordena. Todos estamos aquí, esperando a que Dolores Umbridge haga su aparición. Observo a los demás campeones, todos parecen ansiosos. Hasta los de Slytherin. Los estilistas y los asesores salen de la habitación cuando Umbridge abre la gigantesca puerta de roble.

—¡Esta es una gran noche, gran noche! Aquí es cuando todo inicia. Deberán de mantener el mejor de los comportamientos para poder impresionar a todas las personas que están ahí. Ellos podrían ser los que decidan patrocinarlos, pero eso no debe de intimidarlos, no, no —Umbridge se levanta sobre sus talones y nos observa a todos, expectante, con su sonrisa mas amplia que nunca—. Ahora, deberán colocarse con su compañero campeón y salir adelante, con la mejor sonrisa que puedan mostrar. Recuerden que deben dejar una muy buena impresión. Después de todos, ustedes representan a Hogwarts.

Posicionan a todos los hombres a la derecha de las mujeres y juntos salimos al salón. Con Slytherin a la cabeza, seguido de Ravenclaw, luego de Hufflepuff y al final nosotros, Gryffindor.

Nos recibe un enorme salón. Con cientos de mesas ligeramente posicionadas para que las personas queden frente a una larga mesa, donde nosotros nos sentaremos. Bajamos una escalera, y trato de sonreír, pero está sale tan forzada que me temo que parece una mueca. Entrelazo los brazos con Albus y lo observo. Sonriendo ante las personas, mandándoles saludos; parece saber lo que hace.

Por él, solo por él, me obligo a sonreír lo mejor que puedo. Levanto un poco mi quijada y le dedico al público una sonrisa fresca y descarada, como muchas veces he visto a James hacerlo. Empiezo a saludar con la mano y veo como Dominique, detrás de unos cuantos magos que se hacen paso para vernos, asiente ligeramente la cabeza, dándome su aprobación.

Nos encontramos en la gran mesa después de un largo paseo a través del salón y quedamos de frente al público. Trato con todas mis fuerzas para mantener la sonrisa, pero no puedo. Mis mejillas empiezan a dolerme. Por suerte, las velas en los candelabros se apagan y el salón queda en un silencio sepulcral.

Siento el frío recorrer mi espalda cuando la voz de Lord Voldemort inunda el salón. Trato de mantener mi mirada al frente, pero mis ojos flanquean y busco a mis tíos con la mirada. Nada. No encuentro rastro de ellos entre el mar de personas que están de pie, orgullosos al escuchar lo que nuestro Ministro nos dice sobre la guerra. Fijo mi vista en Umbridge y veo como sonríe ante las palabras de su amo. Al igual que los otros mortífagos (ahora funcionarios respetables del Ministerio).

Por una parte me alegro de que mi familia no estuviese aquí, pero debo de admitir que todo esto sería más fácil de llevar si tía Ginny o la abuela Molly estuviesen presentes.

El discurso sigue, y mientras más observo a Umbridge, me doy cuenta de que está recitando en voz baja el discurso. Cuando por fin termina, todos toman asientos, e inmediatamente sé que nosotros debemos de imitarlos. Termino sentada en la esquina y eso me incomoda, hubiese preferido estar sentada en el lugar de Albus, pero el orden es fijo. El campeón de la casa debe de sentarse primero, seguido de su compañera campeona.

Ahora comenzará la presentación, estoy segura.

Dolores Umbridge empieza a decir lo que supongo que es su usual discurso de inauguración. Ella, como la reguladora de los campeones, tiene como deber presentarnos ante el mundo mágico como los campeones que representaran a Hogwarts en los trigésimos primeros Juegos del Fénix.

Timothy Nott es el primero en ser presentado, como campeón de Slytherin, seguido de Cassia Flint. Ellos son los que reciben los primeros y mejores aplausos. No me sorprende mucho. Lorcan es presentado, se escuchan aplausos, no tantos, pero aún se escuchan. Mary Cattermole, Nicholas Macmillan, Susan Goldstein son presentados. Albus y yo somos los últimos. Albus se pone de pie, con demasiada parsimonia para mi gusto, les ofrece una sonrisa tímida, que luego gana confianza. Alza su mano, confiado y saluda el público. Los pocos aplausos aumentan, hasta el punto que logro escuchar algunos gritos. Él se sienta y luego mi nombre es pronunciado.

Trato de levantarme con delicadeza, pero soy detenida abruptamente por la chalina, que se deslizo de mi hombro izquierdo para caer al piso. Me detengo en seco por unos segundos, pero luego me compongo. Olvido la chalina y me muerdo el labio. Los aplausos son mínimos, pero si Albus pudo hacer que aumentaran, también podré hacerlo yo. Me enderezo y me muestro segura y un poco altanera cuando les dedico la misma sonrisa; fresca y descarada. Hasta ahora he evitado hacer contacto visual con los magos, pero ahora me lleno un poco de más de valor y recorro el salón con mis ojos. Sonrío una última vez y me siento, manteniendo todavía el aire altanero, que espero haber podida emitir. Libero un suspiro.

Los aplausos cesan a los pocos segundos y vuelvo a ver a Dolores Umbridge con la varita en su garganta. Carraspea un poco y su sonrisa inagotablemente irritante aparece nuevamente en sus labios delgados y arrugados.

—Una grata sorpresa se nos ha presentado a todos esta noche —empieza y veo como su sonrisa empieza a expandirse más, si es posible—. Se ha aprobado por el mismo Ministerio, para mantener el ambiente alegre. Una orquesta será puesta en los balcones al finalizar la cena y se les permitirá bailar hasta que la noche acabe. Esto por supuesto, también se le concede a los campeones. No querremos que sus hermosos vestuarios sean ocultados detrás de aquella mesa tan simple.

Ella no lo dice, pero todos captamos la idea. Aquí se decidirá quién te patrocinará durante los Juegos. La Demostraciones y la entrevista solo serán una reafirmación para los patrocinadores, si te patrocinan o no.

La cena es sencilla y elegante. Hecho algunos vistazos a la audiencia frente a mí y veo que charlan y ríen animadamente. No veo a muchos chicos de mi edad, sólo algunos cuantos, que seguramente pertenecen a Slytherin. No me sorprendería que nadie bailara conmigo o con Albus.

Pronto los campeones somos llamados al centro del salón. Me muerdo el labio inferior al tiempo que veo a Albus, liderándome hacia el centro.

—No puedo bailar —le susurro, cuando coloca mi mano sobre su hombro.

—Solo sigue mis pasos. No creo que ninguno de los dos tenga a alguien más con quién bailar, a decir verdad —me confiesa y sonríe de malagana.

No lo contradigo.

La música empieza y mi agarre se vuelve más fuerte. Me aferro a Albus lo más que puedo, tratando de seguir su ritmo. Nuestros movimientos no son fluidos, pero logramos hacerlos parecer decentes. No decimos nada, no vemos a nadie más, solo sonreímos ajenos a lo que nos rodea. Una que otra vez, mi vestido logra atorarse con la punta de mis zapatillas y me tambaleo un poco, pero Albus logra mantenerme en equilibrio con su fuerte agarre en mi mano.

Es a la mitad de la melodía cuando los demás empiezan a unirse. Muchos de los campeones son invitados a bailar. Mary Cattermole, la campeona de Ravenclaw de ojos azules y cabello oscuro hasta su quijada ya tiene a alguien con quién bailar, al igual que Timothy Nott. Poco a poco, todos los campeones tienen distinta pareja. La melodía acaba y más parejas buscan un espacio en la pista mientras que patrocinadores buscan a su campeón favorito, por ahora.

No falta decir que Albus y yo seguimos bailando juntos.

—¿No crees que deberíamos descansar? —susurro. Ahora estoy consciente de la escena que estamos creando. No quiero que nadie nos tenga compasión.

—¿Ir a la mesa? No, Rose. Debemos seguir bailando. Hay que mostrarles que aunque nadie nos patrocine, seguimos en esto.

—¿Y qué otra opción tenemos? —le sonrío, irónica.

—Rose, por favor, aquí no. Tratemos de pasarla bien, ¿podemos?

Me muerdo la lengua para evitar lanzarle un comentario mezquino. Cierro los ojos y lo dejo guiarme a través del espacio. Confío en que nada me pasará si Albus me sostiene.

Inesperadamente, Albus se detiene y suelta mi mano. Abro los ojos y me encuentro con una mujer, de aproximadamente treinta años, invitando a Albus a bailar. Él vacila un poco, volteándome a ver, como pidiéndome permiso, pero la mujer parece impacientarse un poco. Le sonrío y eso le basta. Ellos empiezan a bailar, no muy lejos de mí. Comienzan una conversación y pronto escucho a la señora reír.

¿Qué haré ahora? Estoy sola a mitad del salón, sin pareja alguna. Lo que es bueno, por fin podré ir a la mesa. Me doy vuelta sobre mis talones, dispuesta a tomar asiento, pero me detengo al ver una escena demasiado curiosa. Cassia Flint, la campeona de Slytherin y la campeona más pequeña hasta donde me he enterado, se encuentra bailando con un chico notablemente más alto que ella. Los observo por un rato y veo que ambos parecen pasarla en grande. Bufo y pongo mis ojos en blanco. «Slytherins, festejando su fiesta». Paso alrededor de ellos y evito soltar otro bufido cuando escucho sus risas. Estoy a punto de llegar a la mesa cuando alguien grita mi nombre sobre la música. Me detengo y volteo mi cabeza lentamente, confundida.

—¡Rose Weasley! ¡Que bien que estas sola, por fin! —el chico que bailaba con Flint hace una leve inclinación de cabeza, sonriendo. Camina con rapidez, pero sus pasos no se ven para nada precipitados.

Queda a unos metros de mí y me extiende la mano, invitándome a bailar. Analizo lo sucedido por unos momentos, observo a mi alrededor, esperando ver a otra persona que responda por Rose Weasley, pero no hay nadie.

El chico me observa por unos segundos, pero también se ve impaciente. Pone sus ojos en blanco y me toma de la mano, jalándome hacia el espacio de baile. Coloca mi mano alrededor de su cuello y me pega a él cuando me sujeta de la cintura. No puedo evitar abrir la boca y lanzarle una mirada indignada.

—¿Disculpa? —chillo, tratando de mantener mi voz con un tono de volumen decente.

Él me ignora y me pasea por todo el lugar. Aclaro mi garganta y alzo mi barbilla, exigiéndole una respuesta.

—Lo siento, ¿dijiste algo? —pregunta, desinteresado.

—Sí. ¿Qué derecho tienes para venir, agarrar mi mano y forzarme a bailar contigo? —pregunto exaltada, intentando separarme un poco más de él, forcejeando un poco. Pero su agarre se fortalece y me aprieta más contra él.

—Yo no, mi padre. Así que más vale que bailes conmigo y muestres esa dulce sonrisa tuya, si acaso puede llamarse sonrisa —hace una mueca y vuelve a poner sus ojos en blanco—. Siempre y cuando quieras que mi padre te patrocine, por supuesto.

—¿Y quién dice que quiero que me patrocinen a mí? —pregunto antes de poder morderme la lengua.

El chico me mira divertido y comienza a reírse por lo bajo.

—Todos quieren patrocinadores, pero aquí no es de querer, sino de necesitar —se acerca más a mí y me susurra en mi oreja. Aprieto mi mandíbula y retiro mi rostro lejos del de él con brusquedad.

—Yo no los necesito. Mi primo sí.

—¿Acaso sugieres que eres más ágil y hábil que Potter? —enarca una ceja y me mira con sus ojos grises, tan grises como una tormenta en invierno.

—No, pero…

—¿Qué el no podrá sobrevivir si nadie lo patrocina? Pensé que los Weasley eran más humildes —sonríe de lado y toma mi otra mano, posándola en su cuello. Ahora, ambas manos están sobre su cuello y sus manos en mi cintura.

—Y lo somos, por eso me sorprende mucho que quieras patrocinarme a mí, no a mi primo. Además, ¿no debería ser tu padre quién bailara conmigo? —suelto desdeñosa, cuando por accidente me tropiezo con la punta del vestido. Miro hacia abajo y me alivio al no encontrarlo rasgado.

—Sí, bueno, no querrás que un hombre casado de cuarenta años baile contigo. No se vería decente delante de la comunidad —se acerca a mí y susurra lo último, como confiándome un secreto y me guiña el ojo.

—Claro —pongo los ojos en blanco—, porque bailar con la campeona de Slytherin y después bailar conmigo no se ve mal.

—¿Así que has estado observándome? Vaya, sabía que era atractivo, pero no tanto para llamar la atención de una Weasley.

Bufo y le sonrío irónica.

—Que esté bailando con todas la campeonas no significa que vaya a patrocinarlas —vuelve a acercarse a mi oreja y su aliento me pone los pelos de punta. No me agrada el chico.

Sin embargo, su familia podía patrocinarme. Y, con el solo hecho de estar aquí, se podía decir que ellos tienen una gran fortuna.

—Después de todo, estamos aquí para pasar un buen rato, ¿no es así?

La idea de tener un patrocinador para Albus se va apagando, poco a poco.

—Exacto —sonríe, complacido. Mi mano me tiembla un poco, ansiosa por quitarle la sonrisa de su rostro con una bofetada. La retengo, por supuesto. No quiero hacer una escena.

Poco a poco, la canción va acabando. Mis manos caen flojas a mis costados, después de que sus manos soltaran mi cintura. Él se queda unos segundos observándome, aún sonriendo y a la vez escudriñándome con sus ojos grises, el muy descarado. Trago saliva y me sujeto mi muñeca, repentinamente incómoda por su mirada.

—No estés nerviosa. Puede que mi padre los patrocine aún.

Inclina su cabeza, despidiéndose y se va en busca de otra pareja de baile, la campeona de Hufflepuff.

Muevo mi cabeza, buscando a Albus entre el mar de personas bailando, riendo y charlando. Lo encuentro bailando con una señora ya grande, alrededor de unos setenta años, o más. Pero daba igual, ambos parecen pasarla bien. La señora ríe alegremente y Albus se sonroja un poco, mientras ríe apenado.

Sonrío ante la imagen y me dirijo hacia la mesa. No hay nadie más que quiera bailar conmigo. Me siento y juego con la servilleta de tela, haciendo nudos por toda su extensión para luego deshacerlos y comenzar retorcerla. El tiempo pasa y noto como el baile se ve más animado. Mi ojos viajan hasta Albus y su pareja de baile, que se alejan de la pista. Veo como él ayuda con delicadeza a sentarse a la señora y ella le aprieta el hombro, como señal de agradecimiento. Albus le besa la arrugada mano y ella suelta una carcajada.

—Siempre el encantador, ¿no? —bromeo cuando lo veo aproximarse.

—¿Qué puedes esperar de un Potter? Siempre los caballeros —se sienta y suspira, su sonrisa se desvanece un poco—. ¿Tuviste suerte?

—No tanto como tú, claro… —le guiño un ojo y le doy unas palmadas a su mejilla.

Albus me sonríe, visiblemente apenado, pero luego esa sonrisa se desvanece y la preocupación se adueña de su rostro.

—Rose, vi que bailabas con Malfoy. Así como que también vi que bailaba con las demás campeonas. Y otras mujeres del salón.

—¿Ese era Scorpius Malfoy? —pregunto incrédula, buscando nuevamente al chico de ojos grises con el que bailé.

—Sí, Rose. Es un Malfoy, por eso no quiero que dejes que se acerqué a ti durante el resto de la noche.

—Vamos, Albus, no creo que lo vuelva a hacer. Tiene a más personas con quién bailar.

—Esperemos que sí, sin embargo, es su segundo baile con Cassia Flint —mueve su cabeza a la izquierda y los veo bailando nuevamente, tomados de la mano.

Quisiera que la imagen de una niña de trece años bailando con un joven de quince años, que le lleva más de una cabeza de altura, fuese graciosa. Pero no, en cambio, solo me hace desconfiar más de sus palabras. Mi estómago se revuelve y otra vez mi mano comienza a temblar. Tengo el impulso se ir ahí y darle un buen golpe con el puño. Pero él nunca prometió nada, solo dijo: «Puede que mi padre los patrocine aún».

—Entonces esperemos que Cassia Flint aproveche bien sus paquetes y que la magia esté siempre de su lado —contesto entre dientes, resignada a tener un buen patrocinador.


Me despierto otra vez con el olor del desayuno. Tomo una ducha rápida, arreglo mi cabello y aprovecho en vestirme con algo cómodo. No tendré que ver a Dominique o a Alicia hasta la una de la tarde, así que puedo ir a volar un rato en la escoba después de desayunar. Albus y yo acordamos que no hablaríamos sobre Malfoy en el desayuno. Sólo diríamos que Albus tuvo mucha suerte con las señoras mayores que asistieron. Una vez dicho eso, Molly empezó a tratar de contentarme diciendo que tendría las Demostraciones para conseguir buenos patrocinadores. No quise decirle que no tendría nada bueno que demostrar. Todos parecieron creer lo que Albus y yo les contamos. A excepción de Lucy. Insistía en que debió de haber alguien que me notara en el baile. Solo me atreví a responderle con una sonrisa pequeña, mientras me encogía de hombros. Si me notaban decepcionada, se tragarían mejor la historia.

Molly, Lily y Albus deciden acompañarme a volar un rato, haciendo carreras donde normalmente Albus y Lily ganan. Yo no heredé las habilidades de tía Ginny para el Quidditch, pero tampoco las de mi madre. Molly es igual que yo. No obstante, puedo decir que soy un poco mejor que ella para montar y manejar la escoba; todavía tiene problemas para levantarse en el aire y se tambalea un poco. Nos paseamos por todo el terreno que tiene protección mágica hasta que la abuela nos llama.

Dominique y Alicia Michele ya están aquí.

De mala gana, desciendo hasta tocar el suelo con las puntas de los pies. Albus, para lucir más y restregarme en la cara su habilidad, salta desde su escoba a unos dos metros de altura. Me cubro la boca, fingiendo sorpresa y agrado por su acrobacia. Al final, solo pongo los ojos en blanco.

—Quiero que ambos se den una gran ducha y se cambien en los vestuarios que les dejé en el armario. No se tarden, pues deben de charlar con Alicia antes de que venga Rita, ¿entendido?

Me quedo un poco confundida, ¿cómo podremos charlar con Alicia Michele si está tan distraída, observando a la nada? Sacudo mi cabeza y subo corriendo las escaleras. Tomo un especial cuidado con mi cabello, tratando de desenredarlo mientras todavía está mojado. Si lo hago así, cuando esté seco podrá tener una mejor apariencia. Abro el armario y me encuentro con el único vestido nuevo que he tenido en mi vida. Cuando me lo pongo, me quedo observando mi reflejo. Nunca he sido de aquellas que usan vestidos, siempre trato de usar shorts, pantalones o bermudas. Me siento más libres con ellos. Sin embargo, me gusta este vestido.

Sencillo, blanco, corto hasta las rodillas; con un listón de cinco centímetros de ancho, rojo, que está bordado justo debajo de mi busto, estilizando mi figura. Busco entre los pocos pares de zapatos que tengo alguno que pueda combinar con el vestido, pero no encuentro ninguno. Así que me escabullo nuevamente hasta la otra habitación y hurgo entre las cosas que Lukas y el otro estilista, cuyo nombre no escuché, dejaron en el armario. Pronto encuentro un par de zapatos bajos sin tacones, color rojo, hasta el final, con un listón dorado dentro de uno de ellos.

—Normalmente los listones se me caen cada quince minutos, no creo que a Skeeter le agrade mucho. ¿No tienes algún hechizo que ayude? —le pregunto a Dominique una vez que bajo.

—Sí, Albus, ¿podrías mover esos dos sillones a la izquierda, enfrente del otro individual? Gracias. ¡Oh, Rose! Que bien que has bajado, empezaba a preocuparme que no encontrarás los zapatos. Lukas y Olav son muy quisquillosos a la hora de acomodar las cosas.

—¿No va a venir alguien a ambientar el lugar?

—No, no hay dinero suficiente. El departamento te da cierta cantidad de galeones por los campeones victorioso que tenga tu casa. Como solo tenemos a Alicia, el dinero que nos proporcionan no es el suficiente. Apenas tuvimos dinero para comprar las telas para los vestuarios. Listo, ahora el listón no se caerá hasta que tú te lo quites —me sonríe, complacida y me aprieta los hombros, afectuosa.

La observo con tristeza y suspiro. Sus ojos demuestran millones de emociones. Me trago el nudo en mi garganta, ya no quiero llorar por algo que no podrá arreglarse.

—No sé si Albus te lo habrá dicho ya, pero mañana quiero llegar muy temprano a Hogwarts. No podemos llegar a las siete en punto, debemos estar ahí como dos horas antes. Por lo que espero que cuando Alicia y yo estemos aquí, sea solo para recogerlos y ya. Mañana empieza todo.

A falta de palabras, asiento con la cabeza. Dominique y yo nos quedamos otro rato más en silencio, ambas queriendo decir cosas que no podemos. Pero mañana tendré tiempo de decir mis despedidas, estoy segura. Sin nada más que decir, mi prima se retira por la puerta y camina y camina, hasta llegar a la parte donde el campo mágico termina y se desaparece.

Me sorprendo al ver a Albus y Alicia sentados en los sillones. Más cuando veo a Alicia soltando risitas, y no de esas risas trastornadas que supongo que haría, sino una sincera. Como si en verdad supiera de que se ríe.

Confundida, me acerco y me siento en el sillón al lado de Albus.

—¿De qué me perdí? —pregunto con lentitud.

—Oh, nada, le contaba a Alicia un viejo chiste, solo eso.

—Albus eres un encanto, no dudo que ganes muchos patrocinadores con esa sonrisa tuya.

Algo en mi quiere procesar lo que acaba de pasar. Preguntar desde: ¿cómo es posible que seas capaz de decir tantas palabras para formar una oración coherente?, hasta: ¿Desde cuándo dejaste de ser una paranoica de remate? Pero todas esa preguntas quedan en el olvido cuando veo que otra vez los ojos azules parecen deshacerse del brillo que hacia unos minutos tenía. Vuelven a verse distantes y tormentosos para el momento que se voltea a verme. Otra vez el pánico surge en ellos y su respiración comienza a agitarse.

—Alicia, sólo es mi prima Rose. La campeona de Gryffindor, ¿recuerdas? Estás aquí para darnos consejos —Albus le recuerda, su voz suave y tersa, tranquilizante.

Al instante, ella parece recuperar su cordura.

—Oh, claro. Lo siento, cariño —me sonríe con dulzura, pero evita hacer contacto visual conmigo—. ¿En qué estaba, querido?

—¿Antes de que dijera el chiste? Estabas a punto de darme consejos para la entrevista.

Alicia empieza a darnos algunos consejos de cómo actuar, pero no logro concentrarme. Juega con sus dedos y sus uñas largas y sucias hacen un sonido irritante que tampoco puedo ignorar. Al final, lo único que puedo captar de sus consejos es ser amable, tú mismo y no tomarse en serio a lo que Rita Skeeter diga.

Lo cuál, a decir verdad, encuentro muy útil. He leído sus artículos anteriores y ciertamente uno debe de saber como tomar las cosas con Rita Skeeter. Esta entrevista es muy importante para todo campeón, porque en ella se transmite la personalidad del campeón y al hacerlo, los patrocinadores deciden a quién quieren patrocinar por ahora.

De vez en cuando, Alicia parece irse nuevamente al campo. Interrumpe lo que dice y voltea a todos lados, buscando con desesperación algo que solo puede encontrarse en su cabeza. Segundos después de que Albus le asegurara que nadie estaba tras ella, Alicia regresaba. Sin embargo, a pesar de que le asegurara de que yo era Rose Weasley, campeona de Gryffindor, Alicia no respondía a nada de lo que preguntara. Ignoraba mis palabras y comenzaba a jugar con sus dedos cuando yo me acercaba, tomaba a Albus de la mano y le obligaba a darme la espalda, para empezar a cuchichear con él sobre algo. Seguramente sobre mí, pues me lanzaba miradas llenas de desagrado y rencor. Una vez le enarqué la ceja, confundida, pero solo logré hacerla soltar un chillido. A la segunda vez le lancé una pequeña sonrisa que la hizo alejar a Albus más de mí. Hiciera lo que hiciera, Alicia no parecía confiar en mí.

Al final no fue de gran ayuda. Terminé recostada en el sillón con los brazos cruzados, contando las tablas de madera en el techo por tercera vez. Tratando de ignorar las miradas que Alicia me mandaba y sus delirios.

Minutos después, el aburrimiento se convirtió en sueño y mis párpados caen pesados.

Soy abruptamente despertada por Albus, que me sacude con fuerza para preguntarme sobre Alicia.

—¿Qué? —pregunto, aún desorientada mientras parpadeo un poco para quitarme el sueño de mis ojos. Bostezo y me estiro, pero mi cabeza empieza a zumbarme.

—Estaba aquí hace un momento. Fui a la cocina por vasos con agua y cuando regresé desapareció.

Se pasa la mano por su cabeza, revolviendo su cabello, y aprieta sus labios. Sale de la habitación con velocidad, musitando algo bajo su aliento y luego regresa.

—¿No vienes a ayudarme? —me espeta, claramente irritado.

—¿Crees que seré de ayuda? ¡La mujer se muere de miedo cada que me ve! Aunque pensándolo mejor, si la encuentro empezará a gritar. Entonces cuando escuches los gritos sabrás que la encontré —le sonrío ampliamente y me paro de un brinco.

Mi primo ni siquiera se toma la molestia de replicar con una respuesta más ingeniosa e hiriente. Solo se va diciendo algo sobre avisar a la abuela Molly y a los demás. Salgo de la casa y hago un impulso para no ir y darle un buen golpe. ¡Alicia se encuentra detrás de un árbol, jugando con unos gnomos! Pero no está sola. Rita Skeeter se encuentra a solo unos metros de ella, observándola de arriba abajo como si fuera un insecto al que debía aplastar.

Ella debió de sentir mi mirada, porque ni siquiera un segundo pasó cuando ya estaba frente a mí, estrechando mi mano con exagerado entusiasmo y una sonrisa tan superficial e irritante que podría rivalizar a la de Umbridge.

—¿Rose Weasley, no es así? ¡Un gusto conocerte, cariño! —me aprieta mis mejillas con tanta fuerza que estoy segura que su objetivo era dejar ahí un gran cardenal.

—Eh, sí —le devuelvo una sonrisa incómoda mientras me acerco a Alicia, que nos observa con curiosidad.

Me detengo un momento y comienzo a dudar. No sé si sea buena idea guiar a Alicia a la sala, ¿qué tal si empieza con sus disparates? No es como si tuviera otra opción, a decir verdad. Albus no ha tenido la idea de venir al jardín frontal, y tampoco puedo dejar a Skeeter entrar sola a la casa. Así que con cuidado tomo la mano de Alicia y le sonrío con toda la dulzura que puedo transmitir en este momento. Por suerte, ella no reacciona y solo me deja agarrar su cuerpo inerte para guiarlo hasta adentro.

—Pase, por favor y póngase cómoda. En un momento llamo a mi nieto —suena la voz de la abuela Molly en la cocina y a decir por su tenso tono, puedo decir que no le agrada Rita Skeeter más que a mi—. ¿Puedo ofrecerle algo?

—No, gracias, así estoy más que bien —arruga la nariz en un intento de parecer agradable, pero sé muy bien que no le gusta estar en nuestro hogar.

Su perfecta espalda erecta y sus tobillos cruzados me dan curiosidad. ¿Cómo una mujer que puede tener tan buena postura, semejante al de una dama, puede ser tan ponzoñosa como el veneno de acromántula? La edad le ha alcanzado, pero sigue siendo una mujer que impone presencia. Sí es buena o no, ya es decisión del sujeto. Se que tiene aproximadamente unos setenta años, al igual que la abuela. Sin embargo, la diferencia era notoria. Al contrario de mi abuela, que usaba vestidos de algodón y lindos delantales, Skeeter viste unos trajes tan ridículos que no le sientan en lo absoluto. Casi puedo asegurar que usa esos trajes con la estúpida esperanza de que estos oculten su verdadera edad.

Minutos después, Albus baja las escaleras y se sienta en uno de los sillones, al lado mío.

—Siento haberlas hecho esperar, estaba dando unos últimos toques a mi cabello. Sin embargo, no ha resultado como quería. Haga lo que haga mi cabello siempre está desarreglado —sonríe apenado.

Puedo sentirme a mi misma poner los ojos en blanco.

—No te preocupes cariño, eso era lo que a tu padre le causó tanta fama el año en que Alicia Michele fue seleccionada. Cuando lo fui a entrevistar, ya sabes, se ganó el corazón a todas mis lectoras—le guiña un ojo y sin querer noto las arrugas que se forman sobre este y en el resto de su rostro—. Hablando de él… hace años que no hablo con tu padre. Éramos muy buenos amigos, ¿sabes? Hasta que se dio a la fuga, ahí fue que vi que el niño de dieciséis años había desaparecido. Trágico, ¿no es así? Tener que vivir bajo la tormentosa sombra de tu padre… ¡Y de los tuyos también, querida!

Albus y yo no respondemos. Él por miedo a decir más de lo debido, seguramente. Yo, al contrario, evito abrir la boca por temor a dejar que la ira que tengo dentro se apodere de mi y deje a Skeeter sin sus facultades mentales.

—En fin, hemos de comenzar. Aún me faltan visitar a los demás campeones. Siéntanse orgullosos de ser los primeros a los que entreviste. Cómo ustedes son primos, y viven en la misma casa —con su mirada recorre el lugar con desdén—, será más fácil. Como matar a un grindylow de un golpe, ¿no lo creen? A mi personalmente, me fascina la idea de que ustedes dos vayan al campo. ¡Es excitante! Imagínense, ustedes dos, hijos de padres rebeldes tratando de redimir el honor de su familia ante veintidós campeones más. No importa si alguno de ustedes no gana, con el solo hecho de pelear en el campo ya han dado honor a su familia.

Mi sonrisa sale forzada y pequeña, pero le satisface. Volteo a ver a Alicia, que nos mira con tristeza y esta se encamina a la cocina, con la abuela Molly esperándola en el marco de la entrada. Ella también nos dirige una mirada aprensiva y nos incita a continuar con sus ojos cristalizados por las lágrimas contenidas. Escuchar sobre nuestros padres no ha sido bueno para ella tampoco.

—Ahora, déjenme sacar mi pluma, ¿no les importa que utilice una pluma a vuelapluma? Espero que no —de su bolso de cocodrilo, saca un cuadernillo de pergamino y una pluma extravagante color púrpura. Sus uñas largas y rojas hacen un pequeño ruido cuando estas chocan con el cierre del bolso; no puedo evitar hacer una mueca de disgusto—. Cariño, no estés nerviosa. Lo único que haremos mi pluma y yo es dejarte desnuda ante el mundo mágico. ¡Pero no te lo tomes tan literal! Sólo queremos que todos conozcan todo sobre ustedes. Considérenme su mejor amiga, de ahora en adelante.

Me muerdo la lengua con fuerza y le sonrío nuevamente. Aprieto con fuerza el sillón, tratando de controlarme.

Rita Skeeter puede sentarse tan erecta como su espalda se lo permita y puede tener modismos que cualquier jovencita envidiase, pero todo eso queda opacado cuando abre la boca y sus palabras vanas y tan faltas de tacto salen a flote.

—Entonces, díganme, ¿cuál es su motivación? Además de restaurar el honor de su familia.

—Supongo que también sería la unión familiar. Los Weasley somos muy unidos, por lo que cuando nos proponemos algo, lo logramos.

—¿Entonces, querido, sugieres que ganarás los juegos? —una sonrisa coqueta se forma en sus arrugados labios y otra vez noto las arrugas que se forman en su rostro.

—No, no podría hacerlo si Rose no gana conmigo. Somos un equipo, hacemos todo juntos—se vuelve hacia mi y me sonríe con una calidez que me invade el corazón. No puedo evitar sonreírle de nuevo.

Aún cuando sé que Albus piensa que ambos moriremos en el campo. ¿Acaso es egoísta de mi parte querer que él gane? Tal vez, pero es por su bien.

—Es cierto, Albus, pero eso no me impide querer que tu ganes.

—O que yo quiera que ganes. Es complicado, pero podrá resolverse cuando estemos en el campo.

—Han dicho que son equipo, pero tienen que entender también que todos cambian en el campo. Una vez que suene el cañón, ¿qué piensan hacer?

—Eh, ¿acaso quieres que te respondamos eso? Eres muy popular, Rita, seguro que no querrás que ningún otro campeón lea nuestras estrategias —Albus le guiña un ojo y se acomoda en su asiento. Skeeter suelta una risita.

—¡Así que ustedes sí serán equipo, a pesar de todo! —sacude su cabeza de un lado al otro y se inclina más hacia Albus.

Su pluma a vuelapluma escribe furiosamente contra el pergamino, aún cuando nadie está hablando. Me pregunto que charlatanerías escribirá; pero no, alto. La preguntaría sería si esas charlatanerías nos ayudarán de algo.

—Bueno sí, creí que habíamos dejado eso claro —comento, afirmando lo obvio. Segundos después me doy cuenta del error que hice, así que corrijo con rapidez, tratando de que se vea natural—: Sin embargo, puede que cambie de opinión. Lo siento, Albus, pero sabes que me gustan hacer las cosas sola y a mi manera —sonrío confiada y me acomodo el cabello, esperando que Skeeter lo tragara.

—Me gusta un poco de rivalidad familiar, creo que es la más sana —sonríe mientras recorre sus dientes amarillentos con su lengua.

«Así como los juegos que nos hacen ver cada año».

Le lanza una mirada a la pluma púrpura y podría jurar que ésta hizo un ademán afirmativo, como si se estuvieran comunicando.

—Todos quedamos impresionados cuando ustedes tuvieron a alguien con quién bailar la noche anterior. Yo misma me sorprendí cuando te vi bailando con Scorpius Malfoy. ¿Qué puedes decirnos sobre eso, Rose querida?

—No mucho, supongo… —respondo después de unos segundos, al no saber que responder. Todo lo que diga podría ser usado en mi contra si se trata de un Malfoy.

—Seguramente debes de conocerlo de antes, pues los vi muy amigables —se acerca más hacia mí y me mira a través de sus gafas extravagantes. Mueve sus cejas, incitándome a decir algo que le satisfaga.

Puede que sus palabras sonaran inocentes, pero tengo la impresión de que implican algo más por lo que pienso muy bien antes de responder:

—No, era la primera vez que lo veía. Ni siquiera sabía quién era hasta que Albus me dijo.

—¿Segura que dices la verdad, querida? Bailaban con mucha intimidad—sus cejas se mueven más, ahora sí sugiriendo algo que definitivamente no pasó y que dudo mucho que pasará.

—Sí, tan segura como que me llamo Rose Weasley. Además, Rita, ¿cómo podría conocerlo con anterioridad si no pertenece a Gryffindor? Sabes que la interacción entre casas está prohibida.

—Bueno, un poco de romance hubiese sido tierno, ¿no crees? —se acomoda su rubia cabellera y puedo notar unos mechones grises en la raíz. Ahora confirmo que no usa peluca, y que Rita Skeeter es una mujer que presiona y presiona hasta conseguir lo que quiere. Pero conmigo eso no sucederá. No le daré la satisfacción de quedar como ella planeó desde el principio. Si va a escribir cosas exageradas sobre mí, será de acuerdo a lo que yo haga durante la entrevista.

—Sí, si Rose llegase a ganar —aunque no me mira, sé que Albus tiene una mirada determinada que muy en el fondo esconde cierta incertidumbre.

—¡Oh, sí, así se habla, querido! No creías que sería fácil deshacerte de tu primo, ¿verdad, querida? Ahora tendrás más competencia que antes.

Arrugo mi nariz un poco, dándole otra sonrisa forzada e imito a Alicia al jugar con mis dedos.

—Sin embargo, la competencia este año está difícil. Mis fuentes me dicen que los campeones de Durmstrang y Beauxbatons son muy fuertes y tienen mucha experiencia, y que nadie menor de dieciséis fue escogido por el cáliz. ¿Qué opinan sobre eso?

—Nunca ha sido fácil, nada en esta vida lo es, pero ¿acaso eso no es la mejor parte? ¿Luchar para que al final los resultados sean gratificantes? —le contesto con amabilidad, pero la observo con detenimiento, esperando su ataque.

—Por supuesto, querida —me responde y esta vez es su turno de forzar la sonrisa.

Para celebrar mi pequeña victoria, le regalo una muy amplia sonrisa y me irgo lo más que puedo, mostrándome triunfante.

El resto de la entrevista fue más incómodo. Skeeter se empeñaba en preguntar las preguntas más sensibles que le pudiesen llegar a su mente. Yo le respondía, con la mejor actitud posible, pero mi paciencia estaba llegando a su límite. Albus y yo la despedimos allá por las seis de la tarde, cuando rechazó la cortés invitación a cenar que Albus le ofrece con la excusa de tener que visitar a los demás campeones.

Alicia sigue en la cocina con la abuela para el tiempo en que Skeeter se va. Felicita a Albus por sus respuestas y su carisma, mientras que a mí solo me hace mira con sus ojos azules, todavía insegura si confiar en mí o no.

—¿Cómo les fue en la entrevista? ¿Skeeter les causó muchos problemas? —pregunta James al entrar a la cocina, acompañado del resto de mis primos.

—Sí, supongo. Nos fue bien —les sonrío y me siento en la mesita de la cocina, procurando que haya distancia suficiente entre Alicia y yo.

—Que bien, ahora tendremos que esperar a la edición de El Profeta matutino. Ahí también estarán las entrevistas de los demás campeones, pero a ellos ya los conocen… bueno, algo —se apresura a decir Lucy—, a lo que me refiero es que deben de prestar suma atención a las entrevistas de los de Durmstrang y Beauxbatons.

—Mañana en su entrenamiento deben de estar pendientes de los demás, pero no por verlos deberán de dejar de a un lado su propio entrenamiento.

—James, Lucy, ya sabemos. No tenemos nada de que preocuparnos… hasta que lleguemos al gran día —trato de aliviar el tema, pero al parecer mi pobre intento fracasa.

—Esto no es ningún juego de niños, Rose Weasley, aún cuando los que jueguen sean niños —la abuela empieza a colocar los platos en la pequeña mesa con fuerza y evita mirarme a los ojos cuando me regaña, pero entre toda su conmoción, logro notar como una lágrima se escapa de sus ojos.

—¿Te ayudo a poner la mesa, abuela?

—Sí, por supuesto, cariño. Pon ocho vasos nada más, tu tíos no vendrán a cenar esta noche por asuntos del Ministerio.

Asiento y rápidamente me pongo a trabajar.

—Albus, tu también ayuda. Pon los cubiertos, ¿sí? Los demás pueden prender las luces, acomodar la sala o hacer algo que haga que esta casa se vea más alegre.

Sonrío un poco, ahora sí es mi última noche en casa.


Editado el 14 de Junio de 2013