Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.

N/A: Otra vez, me disculpo por la tardanza. Pero fue para bien, porque el capitulo se alargo más de lo que esperaba.


6

Estrategias

Me siento apartada de todos los demás cuando es hora de despedirse. Dominique ahora ha adoptado el rol de asesora ante nosotros debido a la falta de coordinación mental que nuestra asesora posee. El Ministerio no se ha enterado, y si lo hizo, optó por ignorarlo.

Algo en mí interior todavía se rehúsa a creer que ésta será la última vez que vea a mi familia. La última vez que pueda recibir su cariño y tierno amor.

Hace días que prometí no volver a llorar por algo que ya está perdido. Sin embargo, fue una promesa estúpida que no me permitió visualizarme en esta situación. Observo con atención los rostros de mis familiares y memorizo todas sus facciones; las arrugas que se forman alrededor de los ojos de la abuela, el lunar que tía Ginny tiene debajo de su mentón, el pequeño espacio que hay entre los incisivos centrales del tío Charlie y los dedos extremadamente largos del tío Percy son cosas que hasta la fecha no me había percatado, pero que serán guardadas en mi memoria.

Tanto Lily, como James, son personas que duermen hasta que da el medio día, así que sonrío al ver sus caras todavía somnolientas. Molly y Lucy son madrugadoras, por lo que tienen una apariencia más decente cuando vienen a darme un abrazo. Me despido de mis primos con cariño y sonrío, pero luego está se vuelve forzada, porque siento que pronto mis lágrimas se desbordaran por mis mejillas. Tengo la sensación de que mi pecho se comprime más por segundo, como si toneladas de metal estuvieran sobre él y aumentaran. Todo esto me abruma de sobremanera.

Es una suerte que sea Dominique la que nos recoja y no funcionarios del Ministerio. Ni siquiera tendríamos tiempo para despedirnos de ser así. Estamos a punto de irnos, saliendo por la puerta principal cuando la abuela nos pregunta si llevamos nuestros recuerdos. Ambos asentimos, pero ella sigue insistiendo. Se me hace infantil de su parte, así como tierna, su intención de retenernos un poco más. Yo llevo mi reloj puesto en la muñeca izquierda y Albus lleva el anillo colgando de su cuello, por lo que ambos objetos pueden verse con claridad. Tío Percy le susurra algo a la abuela, lo cuál la tranquiliza por un momento, antes de darse la vuelta para seguramente limpiarse las lágrimas que se le resbalaron. No tengo nada más que hacer que sonreír, para evitar que a mi también se me resbalen las lágrimas.

Dominique nos apresura con una voz firme, que nos exige apresurarnos. Pero muy debajo de ese tono, se puede escuchar que le duele muchísimo tener que pasar por esto.

Suspiro y vuelvo a observar sus rostros. Albus y yo nos tomamos turnos para abrazar a todos por última vez. Me susurran palabras de aliento y cariño, pero las únicas que quedan en mi son las de James. Que se quedan grabadas en mi cabeza, como un grabado mágico en una losa. Palabras que no me atrevo a repetir, por miedo a que nunca se cumplan. Por miedo a que sean mentira.


Llegamos con media hora de retardo, pero Dominique no hace ningún comentario. De hecho, ha estado extrañamente callada en el viaje de Hogsmeade a la entrada de Hogwarts.

El sol a penas está saliendo, los tenues rayos de luz forman una miríada de colores que inundan el cielo y lo pintan a cada segundo. Parecen suaves pinceladas que poco a poco van abriendo su paso, iluminando a cada segundo los árboles del Bosque Prohibido. Pronto se bañan en la vaporosa luz y al compás del viento, las hojas se mueven de tal manera que parecen feroces olas verdes. No se ve un bosque tenebroso, o peligroso, se ve uno que apenas está a punto de conocer el día. Que ha renacido como el fénix lo hace.

Ojalá me pudiera sentir así.

Cuando llegamos a los pasillos, los recuerdos inundan mi ser. Veo a la chica de cabello rojo intenso y maltratado que se escabulle ciertas noches para observar como la luz de la luna cae con delicadeza sobre los muros y las esculturas de los pasillos; que se siente segura en ellos y que opina distinto que los demás al decir que estos pasillos no son lúgubres y sombríos, son hermosos y gentiles; que arrullan a aquellos que necesitan un descanso y necesitan guardar secretos.

Hoy no me detengo a admirarlos. Me sé cada grieta, cada pequeño detalle en la escultura y cada bloque que abre paso a un nuevo pasillo. Lo único que hoy siente es la inmensa tristeza que invade mi cuerpo. Nuestros pasos resuenan y hacen un eco vibrante que nos acompaña todo el camino. Y de alguna manera, siento que me protegen.

En vez de dirigirnos a las cabañas dónde nos alojamos la última semana de clases, Dominique toma el camino más corto hacia la sala común de Gryffindor. Una vez ahí, me alegro de ver todo como antes estaba. Sonrío un poco y me permito sentirme tranquila por unos segundos.

Lukas y Olav entran por el marco y me empujan junto con Albus a los dormitorios, arrojando bolsas negras en nuestras manos. Me indigno y me suelto de su agarre, subiendo por mi misma la escalera hacia mi dormitorio. No puedo evitar sentirme indignada al ver a dos personas extrañas en la sala común. Apuesto a que ni siquiera estudiaron en Hogwarts.

Todavía enojada, abro la bolsa y me encuentro con unas prendas sencillas de tela delgada. Las examino un poco, y las estiro. Puede que sean delgadas, pero parecen ser algo resistentes. Al final, escojo las prendas que llaman menos la atención. Un suéter ajustado negro, con cuello de tortuga y un pantalón elástico negro. Me observo en el espejo cuando termino y apruebo como me veo, a excepción del cabello, pero estoy segura de que Dominique o alguno de los otros hará algo por este.

Dominique sujeta mi cabello en una cola alta con un listón dorado. Le pone también un hechizo que lo mantiene en su lugar; puedo sentir como el holgado nudo se vuelve más fuerte y sostiene mejor el sencillo peinado. Lukas me analiza por unos segundos y ofrece la idea de poner unas cuantas perlas alrededor de mi cabeza, como una tiara, pero pronto la idea es rechazada por Dominique alegando que iremos a entrenar, no a desfilar. No obstante, opta por tomar su idea el día de las Demostraciones, diciendo que le darán un brillo especial a mi rostro.

Da la casualidad de que Albus escogió el mismo vestuario que yo, así que Lukas y Olav no se toman tanto tiempo para explicarme las utilidades del vestuario. Nos explican con mucha lentitud los compartimentos secretos (que se pueden ver a mucha distancia) que le han agregado, pero puedo notar la exasperación en su voz. Al final, me doy cuenta que la exasperación se debía a que no podían contener por más tiempo el secreto: el vestuario de entrenamiento es el prototipo para el del campo.

Algo en mi mente me dice que debo dejar de estar enojada con ellos. Ato los cabos y ahora entiendo la urgencia con la que nos empujaban. Aún así, me enoja verlos sentarse en la sala de Gryffindor con tanta comodidad.

Justo antes de irnos, nos detienen para darnos unas botas sencillas de cuero de dragón, que aunque no es lo mismo que la piel de dragón, son muy útiles y duraderas. Nos la ponemos rápidamente al notar que se nos ha hecho tarde.

Bajamos a paso apurado hasta llegar a la entrada principal. Una vez ahí, nos encontramos con Alicia, acompañada por tío Neville. Arqueo un poco las cejas, observándolos hablar con cordialidad, pero algo en las manos nerviosas de tío Neville me dice que la conversación no debe de ir muy bien. Cuando nos ve, parece aliviado por un minuto. Nos dirige una sonrisa cortés y nos escolta hacia el campo de Quidditch.

Noto la distancia que trata de mantener entre su persona y Alicia, quién trata de llamar su atención obteniendo ningún resultado. Quiero imaginarme por un momento que Alicia alguna vez tuvo un pequeño enamoramiento con tío Neville, pero las palabras de James resuenan en mi, susurrándome. «Y si…» me atrevo a pensar, pero rápido me retracto, sacudiendo mi cabeza las palabras. Es imposible. Los pelos de mi nuca se me ponen de punta y me estremezco un poco. La vuelvo a sacudir, incómoda.

Llegamos al poco rato. Nos encontramos con el campo de Quidditch lleno de cosas muggles. No hay espacio para combate mágico. ¿Y de qué me sorprendo? Si el Ministerio quiere que entendamos algo con estos juegos es que lo muggle no puede compararse con lo mágico. Sin la magia, moriremos más rápido, pero daremos mejor entretenimiento al Londres mágico.

He pensado repetidas veces en las personas que viven en el Londres mágico. ¿Algunas no tendrán compasión de los jugadores? Además de enviar paquetes para ayudarles a ganar. ¿No habrá alguien de entre todos que sentirá una pizca de compasión? Mi corazón se encoge. Sé que no.

Suspiro profundamente y me vuelvo para despedirme de tío. Quisiera darle un abrazo, pero no puedo hacer eso sabiendo que es un profesor. Menos si es jefe de Gryffindor. De mala gana le doy la mano y le dedico una sonrisa fugaz a él y a Alicia, que le susurra algo a mi primo. Pongo los ojos en blanco y hago una mueca. Sacudo la cabeza y jalo a Albus una vez que Alicia acabo su habitual cuchicheo.

Antes de escoger a que zona practicar, Albus me detiene.

—Alicia y tío Neville quieren que no demostremos verdaderas habilidades. Al menos no hasta las Demostraciones. Así que escojamos la zona más vacía.

Asiento y me dejo guiar por Albus. No obstante, difiero con la idea. Da lo mismo si nos mostramos hábiles o no, irán a cazarnos de igual manera por el sólo hecho de apellidarnos Potter y Weasley. Trato de decírselo a Albus, pero él está determinado en seguir así, de incognito.

Nos encontramos en una de las muchas zonas vacías del campo. Es pequeña, suficiente para dos personas. Volteo a ver a los demás por un segundo y me doy cuenta de que en todas las estaciones, hay dos personas como máximo. Seguramente, al llegar tarde nos hemos perdido las instrucciones de uso.

El instructor no parece muy amigable. Nos explica en gruñidos exasperantes y, por su tono de voz, nos sugiere que estemos prestando atención, pues no va a responder dudas más al rato.

Con parsimonia, trato de distinguir los distintos insectos que son comestibles. Trato de prestar atención, pero las patas del animal retorciéndose en la mano del instructor me distraen. Mi piel se eriza y un estremecimiento incómodo recorre mi espalda y el resto de mi cuerpo. Una araña ahora se encuentra en el lugar del otro insecto. Esta no se retuerce, pero sus patas peludas y pinzas gigantes hacen que mis piernas se vuelvan débiles y que mi cabeza se sienta ligera. Un hormigueo me recorre todo el cuerpo. Me tambaleo un poco y me sujeto de Albus antes de caerme. Doy un gran suspiro. Me reprendo por ser tan débil. Pero no puedo evitarlo. Le tengo pavor a las arañas.

—¿Quieres que vayamos a otra zona? —me pregunta Albus, preocupado. Su voz es apenas un murmullo.

No logro articular palabras. La cabeza me da vueltas. Temo que vomitaré.

Siento como me jala hacia otro lugar. El pánico me inunda y paro en seco.

—No, yo me voy. Quédate —no me sorprendo al escuchar mi voz quebrarse. Carraspeo un poco y me muerdo los labios, moviéndome con incomodidad.

—Cubriremos más terreno así.

Me tomo unos momentos para respirar. La sensación de vómito se va, aunque mi cabeza aún se siente ligera. Observo las distintas zonas de entrenamiento que hay y mi ojo cae en la zona donde Timothy Nott lanza dagas a blancos de distintos tamaños y a diferentes distancias. Mi aliento y corazón se detienen al ver con cuanta precisión le da en el centro.

«Pero no a todos les da», me recuerdo. Sin embargo, las probabilidades que falle en el campo son muy pocas; puede que esté fallando apropósito. Mi corazón vuelve a encogerse por enésima vez en el día. Pero pronto me recupero. Mientras mas evadamos a Nott en el campo, mejor. Si tenemos suerte, él morirá en combate con el otro pobre desafortunado que se lo cruce.

Estoy a punto de voltearme y centrarme en alguna zona más, cuando sus ojos fríos y oscuros se posan en los míos. Trago audiblemente, pero no le retiro la vista. Le tengo miedo, pero no dejaré que vea a través de mi. Al final, el curva sus labios en la sonrisa más sardónica que he visto existir y se vuelve para lanzar una daga más. Justo en el blanco.

Sin más, me dirijo a la zona de plantas comestibles. Está vez me cercioro de leer el nombre de la zona en donde practicaré. Muchas de las plantas ya las conozco, sin embargo, me doy cuenta que la mayoría de ellas dan efectos al ser digeridas, como los capullos húngaros, que me permiten ver con más precisión mi entorno. Le pregunto a la instructora si existen plantas que no surtan efectos y ésta me ve como la idiota más grande del mundo. Me responde con un seco y cortante «Por supuesto que sí, niña tonta» y de mala gana me las enseña. Resisto la tentación de replicarle de una manera muchísimo más fuerte. Y quiero hacerlo, de verdad, pero no lo hago.

Me señala ciertas plantas que en verano dan frutos comestibles, hojas y tallos tiernos de plantas y corteza interna de algunos árboles. Trato de ocultar mi asombro, pero las ganas de intentarlo me derrotan. Al acercarme más al árbol, la instructora me detiene agarrando mi muñeca con más fuerza de lo necesario. Ella me dice que me estaría dando una ventaja si me dejará tocar la corteza. Me apunta hacia el letrero que contiene el título de la zona y veo por primera vez las letras pequeñas de abajo.

«Se permite la explicación, no la exploración.»

—Tendrás tiempo en el campo para eso.

—¿Ni siquiera puedo sentir la textura de los árboles?

Me vuelve a señalar el letrero y se da la vuelta. Hago una señal obscena con mi dedo a sus espaldas y me vuelvo de golpe. Para recibir uno en el hombro. Me agarro el brazo y arrugo mi cara por el dolor. Irritada, abro la boca para insultar al bruto que me golpeo, cuando una voz grave y profunda me interrumpe.

—Lo siento, debí esperar hasta que te retiraras completamente. Decidirme por un camino distinto que no irrumpiera tu travesía a otra zona. Eso, tal vez debí optar por otra zona de entrenamiento. O, también, esperar hasta que empiecen los verdaderos juegos, ¿qué opinas?

Lorcan Scamander se encuentra frente a mi. Su sonrisa de lado deja entre ver sus dientes blancos y perfectos.

Por unos momentos me encuentro pegada al suelo, pasmada. Mis pies se rehúsan a moverse. El insulto que murió es mis labios por la sorpresa de ver a Lorcan nace de nuevo. Esta vez dirigido a mi, por ser una idiota. Al final, no logra salir de mis labios y mis pies vuelven a tener movilidad. Sin decir nada, me penetra con sus ojos azules, tan pálidos que parecen grises. Por un minúsculo momento me recuerdan a los ojos de tía Luna. Pongo los ojos en blanco y doy media vuelta, dándole la espalda y me retiro a la siguiente zona. Me recuerdo a mi misma que tía Luna tiene los ojos grises pálidos.

Suspiro. Si James quiere que haga un alianza con él, está loco. Ni moribunda haría eso.

Me paso de zona en zona (evitando claramente a la de los insectos), pensando en Lorcan. Al hacer, los nudos estos salen muy apretados cuando no deben de ser así y viceversa. Cuando estoy lanzando las dagas, estas chocan en los blancos con la parte del mango y cuando por fin la hoja se encuentra con el blanco, cae al instante al no ser lanzada con suficiente fuerza. Algunas ni siquiera llegan a la mitad del recorrido y quedan clavadas en el pasto. No exactamente en la dirección donde el blanco se encuentra.

Mas tarde, me reúno con Albus en la zona de arquería. Él claramente nota que algo me molesta, pero no lo menciona hasta el almuerzo donde ambos nos encontramos sentados en una de las bancas de las plataformas. Podemos observar con claridad todo el campo transformado en una sala de entrenamiento. El sol está a su tope y me ciega por unos momentos cuando alzo la vista para sentir un poco más de su calor. Trato de no pensar en cómo odiare el calor insoportable, que seguramente sentiré, dentro de los próximos días.

—¿Me dirás entonces que te molesta? —pregunta finalmente, dejando su plato con las migajas restantes a su lado.

—Lorcan Scamander me amenazó solo porque choqué con él —mascullo, tragándome mi último trozo de pollo con puré de patatas y zanahorias.

—¿Y qué hiciste?

—Nada, solo seguí con mi travesía —pongo los ojos en blanco.

Albus me mira inquisitivamente.

—Cuando hables con él, si es que hablas con él (porque no dudo que también te amenace a ti), te darás cuenta de lo raro que se expresa.

Albus ríe por lo bajo y sacude su cabeza, incrédulo. Opto por ignorar su reacción.

Cuando bajamos, nos encontramos con una funcionaria dando algunas instrucciones nuevamente. Nos ve al momento que nos colocamos detrás de los demás campeones y nos dirige una mirada exasperada. Después continua.

—Así que, cómo muchos de ustedes parecen haber estado por casi todas las zonas, se les da la opción de continuar entrenando o venir el día de mañana. Se ha dicho que entrenarán de siete de la mañana a siete de la tarde, pero ustedes son libres de decidir cuánto tiempo quieren entrenar y a qué hora. Sin embargo, no pueden andar más que dentro en el castillo y los jardines interiores.

Dicho esto, se retira del campo. Volteo a ver a Albus y sin preguntarle sé que él se quedará. Así como yo. Dejamos los platos en la mesa y nos vamos a la zona de combate a mano cuando vemos que Timothy Nott, Lorcan Scamander y Nicholas Macmillan se retiran.

Cassia se encuentra en la zona de arquería y veo de reojo lo fatal que se le da. Sin embargo, si no hubiera visto lo buena que es con el camuflaje, le tendría un poco de lástima. El camuflaje puede que se vea como una habilidad muy subestimada, pero en tiempos de desesperación, creo que es una de las mejores armas que se podría tener. Muchísimo mejor que un Avada Kedavra.

Susan Goldstein apenas se apaña con los cuchillos, mientras que Mary Cattermole batalla un poco para hacer fuego con dos trozos de madera.

Mi turno llega para luchar con el profesional que el Ministerio contrató para los juegos. Es muchísimo más alto que James. Ni hablar de cuánto le lleva a Lucy. Sus manos son más grandes y anchas que mi cabeza y sus brazos más gruesos que mis piernas juntas. Si alguna vez me sentía alta, está es la parte en dónde retracto todo lo que dije y alguna vez pensé.

El profesional me tumba al suelo y de alguna manera caigo de espaldas.

—¡Muerta! —grita el instructor de la zona—. De nuevo.

Me paro, con la respiración agitada. Todavía aturdida por el golpe, me sacudo la cabeza y me pongo en la posición que Lucy me enseñó.

No resulta, otra vez soy derribada por el profesional. Esta vez termino con sus piernas en mis costados, aprisionando mis delgaduchos brazos y su mano en mi cuello. Antes de que el instructor grite el final de la ronda, trato de mover mis piernas hacia delante, pero caigo en cuenta de que aunque lo logre, estas no alcanzarían a llegar a su cuello. Abro los ojos, aterrada, dándome cuenta la situación.

El instructor finaliza mi turno.

Me quedo un rato más, tendida sobre el suelo, pero soy echada de ahí por el instructor, que me regaña por no permitir que los demás campeones participen en su zona. Abro mis ojos y veo que nadie está esperando impaciente. Me voy con Albus cuando él amenaza con traer a un funcionario.

—Buena tunda que nos dieron ahí —comenta casual.

Me encojo de hombros y observo la trampa que está haciendo, la cuál, siendo sincera, le ha quedado muchísimo mejor que la que hice unas horas atrás. Hago una mueca y vuelvo a pensar en las derribadas que recibí.

—Ey, tranquila. Cassia Flint querrá luchar mano a mano y verán que es imposible que una pulga como ella le gane, o si quiera pueda mover a un gigante como él. Mañana, estoy seguro, lo cambiarán. O agregaran a una profesional.

—Tal vez —vuelvo a encogerme de hombros y me dirijo a una de las zonas en donde no estuve concentrada.

Ésta vez no dejo que nada me distraiga. Empiezo a hacer nudos y nudos, hasta que me sale uno decente. Paso después a lanzar nuevamente los cuchillos. Sigo fallando. Esta, como la zona de lanzamiento de peso, no tiene instructor. Así que me encuentro relativamente sola. Cojo un cuchillo y deslizo mi dedo por el filo de la hoja, sin llegar a tocarlo. Lo sostengo entre mis dos dedos, lo balanceo entre ellos. Lo observo por unos minutos, analizándolo.

Entonces, creo que agarro el truco.

Sostengo con delicadeza la punta de la cuchilla, como si de un pergamino se tratará. Entonces, retrocedo medio paso y lo lanzo, con los ojos entre cerrados, fijo en el blanco. Maldigo por lo bajo cuando encuentro el cuchillo en el pasto, pero luego sonrío de lado al notar que está bien clavado en la superficie. Atravesando unos cuatro o cinco centímetros. Voy bien.

Saco el mismo cuchillo y lo limpio con mi blusa. Lo dejo en la mesa donde se exponen todos los cuchillos y dagas. Me pongo a analizar mis movimientos. La dirección que mi brazo, o muñeca, le dieron al cuchillo hicieron que se desviara. Sin embargo, ha hecho muchísimo más fácil hacer que se clavara con profundidad.

Repito mis pasos, esta vez sin agarrar nada y simulo lanzar la navaja. Primero con velocidad, luego un poco más lento. Sin tener que hacer lo mismo con la navaja, me doy cuenta de que el error está en el brazo. Ni siquiera he movido la muñeca. Debo de tratar de no lanzar el brazo hacia mi, no hasta el punto en que llega a mi otro costado. Debe de quedar viendo al blanco. Sino, al menos debo de tratar de lanzar el cuchillo a mitad del camino.

Otra vez. Cojo el cuchillo por la punta. Esta vez con más fuerza. Me vuelvo a posicionar y doy un profundo suspiro. Fijo el blanco en mi vista y con toda la fuerza que tengo lanzo. Sonrío satisfecha cuando veo que, si bien no dio en el blanco, el cuchillo quedó clavado cerca de él. Con eso, me retiro. Si alguien me vio, me da igual.

Al día siguiente me despierto temprano para ir a entrenar. Albus está esperándome en la entrada, puntual como siempre. Alicia se ha quedado con nosotros, al igual que Dominique. Ellas nos esperan en la entrada de Hogwarts para escoltarnos nuevamente a el campo de Quidditch.

Hablé con Albus en la noche y hemos quedado de acuerdo en que iremos todos los días a entrenar. Tenemos que entrenar lo mejor posible, aprender muchísimo más de lo que sabemos y también analizar a la competencia. Hasta ahora, lo único que he visto es a Cassia Flint ser excelente en camuflarse y a Timothy Nott ser bueno lanzando cuchillos.

Cuando llegamos al entrenamiento, me sorprendo al ver a todos presentes. Pensé que después de lo que habían dicho, los mismos que se fueron ayer, ya no vendrían. O al menos, no a las siete en punto de la mañana.

El artículo de Rita Skeeter con las entrevistas debió de causar impresión en ellos. Porque no dejan de lanzarnos miradas. Me muerdo el labio y voy de nuevo a la zona de plantas comestibles. La instructora debió de leer el artículo también. Su actitud es muy distinta a la del otro día. Ésta vez me explica con más entusiasmo y, sin que nadie más vea, me deja tocar la corteza exterior del árbol que tienen la corteza interna más suave. No era de sorprenderse, ayer la vi dejar a Cassia Flint tocarlo. Si tienes oportunidad de ganar, te favorecen más. Lo mismo pasa con las demás estaciones. Todos están entusiasmados conmigo y con Albus.

Me preocupa. No sé si es buena señal. Rita Skeeter dejó en claro que tanto Albus como yo, teníamos oportunidades de ganar. Que mi actitud, cito, «confiada, feroz y calculadora» me hace una buena contrincante para los Slytherin en la primera etapa. Y que en la segunda etapa, la posibilidad de ser una de los finalistas es muy probable.

Ni hablar de Albus. Lo halagó hasta por los codos. Sin embargo, puedo notar la diferencia que hay entre nuestras entrevistas. El cariño, por así decirlo, con el que describió a mi primo es distinto al mío, que se siente forzado como si con eso ella se asegurara de que todos los ojos estuvieran pendientes de mi y los campeones se tomaran muy en serio liquidarme el primer día.

Así es, no lo dudo. Por lo que estoy dudando mucho estar con Albus en el campo. ¿No sería mejor que decidiera seguirlo en sigilo, sin que el se enterara y advertirle cada vez que alguien esté a punto de atacarlo? Desecho la idea de inmediato. Si así lo hiciera, estaríamos muertos en las primeras horas.

Pero podría hacerles creer a los demás que lo que dije en la entrevista es real. Rita Skeeter escribió que seguramente Albus y yo planeábamos algo muy interesante para estos juegos y que no dudaba que un enfrentamiento entre nosotros se haría tarde o temprano. Lo mejor de todo es que remarcó mis palabras. Todos piensan que Albus y yo no estaremos juntos en los juegos, pero si seguimos juntos, pensarán lo contrario…

Sin pensarlo dos veces, goleo a Albus con mi hombro y paso a su lado, viéndolo con desdén. No sé si funcione, pero necesito intentarlo. Milagrosamente, él capta lo que planeo y pronto siento su mano cerrarse en mi muñeca. Me da la vuelta con fuerza y me mira furioso.

—Cuidado —me gruñe con voz grave y peligrosa. Su ceño está fruncido y su nariz está arrugada, como si estar en mi presencia le diera asco.

Se me comprime el corazón, pensando que el tal vez se lo tomó muy en serio, pero alejo esos pensamientos lo más posible. Albus no es así.

Jalo mi muñeca y da la impresión de que estamos forcejeando un poco. Quiero replicarle algo, pero nada mejor que «, ten cuidado» se me ocurre. Al final, lo observo de arriba abajo y me voy, bufando en silencio y con paso decidido a la zona de lanzamiento de cuchillos y navajas. Si Nott usó eso para intimidarme, también podré hacer eso para intimidar a Albus.

Cojo la daga y me tomo un momento para analizarla. Trato de no parecer perdida cuando me cuesta todavía encontrar el punto de balance, aparento acariciarla entre mis dedos. Sonrío de lado cuando lo encuentro y me encuentro con los ojos de Albus, que aún me ve con esa mirada que me da escalofríos por todo mi cuerpo. Volteo, sin delatar mi inconformidad y lanzo. No es el mejor lanzamiento, pero al igual que antes, mi objetivo estaría chillando de dolor si fuera humano.

Y si el objetivo estuviera dándome la espalda, le daría a los pulmones. Me estremezco al pensar eso. De alguna manera, quieras o no, los juegos te cambian.

A la hora del almuerzo, no puedo evitar ver cómo Albus y Lorcan parecen congeniar. Me da desconfianza, a la vez que me tranquiliza. Si me ven a mi sola, sin nadie, lo que Skeeter escribió se confirma. Sí ven a Albus formando una posible alianza con alguien más, también. Y siendo sincera, prefiero a Lorcan muchísimo más que los otros dos campeones. Después de todo, James lo recomendó. No obstante, no dejo de desconfiar en él.

Termino el entrenamiento con un combate mano a mano. Albus tenía razón. Hoy un profesional femenino está presente en la zona. Es más alta que yo, pero no por poco. Sin embargo, sus increíbles músculos me intimidan. Al final, solo logro salir de su agarre una vez y con eso me contento por el día.

Si he de ser sincera, el lanzamiento de cuchillos es lo que mejor se me da en armas. He probado ser un desastre en la arquería, y las espadas no las he tocado. Deben de pesar el doble de mi peso, estoy segura. Si bien, no soy una experta como Nott, soy una lanzadora decente al final del cuarto día de entrenamiento. Se puede decir que de diez lanzamientos, seis son los que acierto. No me dejo llevar por la alegría. Soy consciente de que en uno de esos cuatro lanzamientos que fallo, mi contrincante podría blandir una espada, lanzar una flecha, daga o hasta un hechizo.

El resto de la semana me paso practicando en esa zona. Una que otra vez he coincidido con Nott. No dejo que me intimiden sus lanzamientos casi perfectos, que se clavan alrededor de unos siete centímetros en el blanco. Yo hago lo mejor que puedo y no dejo de lanzar hasta que le he atinado al blanco tres veces consecutivas. Una vez me topé con Susan. Me permití intimidarla con mis lanzamientos.

.

—Me parece muy brillante su idea, claro, pero deben de pensar en el campo. ¿Qué harán ahí? Por supuesto que no pueden salir corriendo los dos juntos, alguien de ellos podría verlos —nos explica Dominique mientras desayunamos algo en los sillones de la sala.

—Sí, pero estarán muy ocupados tratando de coger armas o corriendo por sus vidas. No hay…

—¡Por supuesto que si! —me interrumpe y se pasa la mano por la frente, exasperada.

—Dominique…

—Nada, Albus. Entiendan que estando ahí, ¡nadie podrá ayudarlos más que ustedes mismos!

Mis ojos se abren como dos platos y sostengo mi respiración. ¿Debería hablar con ella sobre eso, o…? Me muerdo el labio, incómoda. Bajo mi mirada y juego con mis dedos. No debo de tomarlo tan en serio.

—¡Lo sabemos! —estalla Albus y se pone de pie. La observa con sus ojos verdes que parecen en llamas. Por primera vez en todo este tiempo, veo como su fachada determinada se derrumba—. Por eso… por eso debemos de planear muy bien todo. Las Demostraciones son en unas horas y…

—Los Juegos empiezan mañana—termino la oración en un susurro, haciendo polvo un pedazo de pan mordido.

—Pase lo que pase ustedes dos deben de estar juntos. ¿Me entendieron? Son familia, primos, deben de guardarse las espaldas.

—Podríamos encontrarnos en el campo… —sugiere Albus después de un momento en silencio. Quiere agregar algo más, pero no lo dejo.

—Albus yo no dejaré que…

—Rose. Entiende que es peligroso... —su tono sigue calmado, pero veo por su expresión que le está costando trabajo.

Cómo si a mi no me costará también.

—Albus, por favor…

—Rose.

—¡Maldita sea! ¡Escúchame! —le espeto y me pongo también de pie—. No dejaré que nada malo te pase en el campo, ¿entendido? Sé que tú también me protegerás, así que solo salgamos juntos en el campo, ¿sí? —le ruego, con mi voz apenas un susurro. Extiendo mi mano y acaricio su brazo con cariño. Le ofrezco una sonrisa pequeña.

Sacude su cabeza y se va directo a su dormitorio. Albus ignora cuando yo le llamo. Incluso a Dominique y a Alicia.

Mi mirada se endurece por unos segundos, mis labios se fruncen y mi respiración está agitada. Pero nada aún ha cambiado. Quiera o no, lo seguiré y haré que gane.

Tomo un último sorbo de jugo. Le dedico a Dominique y a Alicia una sonrisa que apenas logra mantenerse un segundo antes de subir a mi dormitorio. Tenemos dos horas antes de que empiecen las Demostraciones. Solo esperamos a Lukas y a Olav con los vestuarios para que podamos ir avanzando.

Ni siquiera presto atención cuando Dominique sube a entregarme el vestuario nuevo. Esta vez será ella la que me ayude y ninguno de los otros dos. Cuando salgo del baño, me la encuentro sentada en una de las camas, observando con detenimiento su reflejo en el espejo principal. Está tan ensimismada en sus pensamientos que no nota cuando me tropiezo un poco hasta estar frente de ella.

—¡Oh! —parpadea un poco. Sacude un poco su cabeza, volviendo a la realidad. Le toma unos segundos, pero después me toma de las manos y me sonríe ampliamente—. Te ves hermosa.

—Es el mismo traje que he llevado durante toda la semana —comento, cohibida ante su exageración y pongo los ojos en blanco.

—Hay pocas diferencias, pero hoy es el gran día, ¿no?

Dominique me sienta en la silla frente al espejo y empieza a cepillar mi húmedo cabello. Queda liso y escurrido, dándole una figura escuálida y enfermiza a mi rostro. Luego, con su varita, Dominique golpea levemente ciertas partes de mi cabeza y veo cómo mi cabello empieza a ondularse, a tomar forma. Lo más sorprendente es que aún estando húmedo los rizos se ven naturales. Luego, Dominique sacude su cabeza y musita algo. Otra vez queda escurriendo en mi rostro.

—Haré algo mejor. Olvidemos las perlas.

Suspiro y siento sus dedos enterrarse en mi cabello, agarrando con firmeza mechones y mechones, amarrándolos entre sí. Con cada mechón que agarra con una mano, lanza un hechizo a la parte donde la amarrará. Mi cabello se estira, pero no siento dolor alguno. Al final, veo como quedo sujetado hacia atrás. Un pequeño mechón rebelde se suelta y cae en mi frente.

—Una trenza francesa. Me gusta cómo te queda. ¿Te gustaría usarla en el campo? —me sonríe y acomoda el resto de la trenza en mi hombro, que cae hasta por debajo de mi busto.

—Preferiría cortarme el cabello. Tan corto como el de Albus.

Sus ojos se muestran tristes, pero luego asiente.

—No queremos que alguien te agarre por el cabello.

Ambas salimos de los dormitorios y nos encontramos a Albus con Alicia, platicando. Ni siquiera me dirige la mirada cuando nos encontramos esperando en los vestuarios de Gryffindor. Quiero decirle algo, quiero que me diga algo, pero nada resulta como quiero. Las palabras se atoran en mi garganta y mueren al ver como él me sigue dando la espalda.

«¿Qué acaso todos los Potter se enojan así?», pienso exasperada.

Pronto, Albus es llamado por una voz que no reconozco. Se pone de pie, rígido, y camina con lentitud hacia la salida.

—Suerte —le suelto, tragándome el orgullo.

Él se detiene seco en su lugar y antes de salir mueve su cabeza, asintiendo. Sonrío de lado. Unos quince minutos más pasan y escucho mi nombre. Mi respiración se acelera y mi cabeza empieza a dar vueltas. Todo este tiempo he estado entrenando, pero no he pensado en algo que impresionará a los patrocinadores. Seguro que lanzar dagas y cuchillos no será tan impresionante ahora que han visto a Nott hacerlo. Porque, aunque no sé que hizo, tengo la certeza de que eso y más desarrolló en su sesión.

Salgo de los vestuarios y mis ojos se oscurecen ante la repentina luz del día. Será un poco más de las doce del día. El sol está a tope y me irrita la vista. Mi mano sube un poco para cubrirme de el, pero me detengo a la mitad. No dejaré que me vean débil ante un poco de sol. Trato de caminar con seguridad, aún cuando siento que mis piernas me fallaran en algún segundo. Me detengo frente a los patrocinadores sentados en las plataformas. Escaneo con rapidez a las personas y reconozco a muchas de ellas. Todos mortífagos, por supuesto. Y entre ellos, Draco Malfoy está presente. Recuerdo la cara de su hijo y sus palabras. No dejaré que alguien como él me distraiga en momentos como este.

Les sonrío a medias e inclino mi cabeza. Luego, les doy la espalda y una idea brillante prende mi cerebro. Sonrío de lado y me dispongo de todos los materiales necesarios. Cojo un poco de bayas rojas y las coloco en un traste hondo, donde las machaco hasta que formo una sustancia viscosa. Me dirijo hacia unas tablas de madera y las junto de tal manera que en el piso forman un cuadrado. Luego, con furia escribo «Gryffindor» con mi letra, floja que parece formar un garabato irregular. Pienso en retirarme, pero luego se me ocurre lanzar una daga… No estando segura de poder atinarle al final de la «r» clavo con fuerza la daga y salgo del campo sin decir más.

Tenemos estrictas ordenes de regresar a nuestra sala común después de la demostración. Me rasco en la cabeza, con la ansiedad inundando mi sangre. Mis manos me tiemblan y me pongo a pensar en las consecuencias que esto podría traerme. No fue un arrebato de rebeldía o de enojo. Fue… una acción descarada y quién sabe cómo se la tomarían. Pensarán que pienso matar a Albus, o que Gryffindor ganará. O ambos. Cualquiera que sea que piensen, en la noche los resultados no serán satisfactorios.

¿Qué habrá hecho Albus? ¿Hizo trampas, utilizo las espadas o hizo algo peor que yo? Entro a la sala común hecha un desastre y corro al dormitorio de chicos cuando no veo a Albus en los sillones. No hay nadie. Y ahora que lo pienso, tampoco en la sala hubo alguien que me saludará. ¿Dónde están todos? ¿Ya los están castigando por lo que hice? ¿Acaso fue tan grave?

Me agarro la cabeza, me recargo en la pared y me deslizo por ella. Dejo mis dedos tamborilear por mis mejillas y pienso en las posibilidades de lo que estoy diciendo. Es muy improbable que nos castiguen ahora. ¡Los Juegos son mañana, por todos los vientos! No podrán reemplazarme en tan poco tiempo. Además, ¿cómo lograrán que el cáliz expulse otro papelito? Imposible, imposible.

He echado a perder todo. A mi apellido y la reputación que Skeeter me dio, le puedo agregar mi demostración y el resultado no es del todo apetecible. Solo espero que mi muerte sea una tranquila y que valga la pena. Si muero, será enfrentando a alguien o defendiendo a Albus. No moriré mientras escapo. Veré a los ojos a aquella persona hasta que la luz escape de mis ojos. Si tengo suerte, haré que se sienta culpable.

Sea donde sea que estén todos, no decido ir a buscarlos. Puede que Albus esté con Dominique y si yo salgo sin autorización, no tendré una excusa como él. Me encierro en mi habitación hasta que veo la hora del banquete que se organiza en el Gran Comedor. Ahí se anunciarán las puntuaciones de todos los campeones, incluyendo los de Durmstrang y Beauxbatons. Acaricio el reloj de mi padre. Sonrío un poco y luego me río de mi misma. ¿Qué estaba pensando hace unas horas? Hagan lo que hagan, mi situación no podría empeorar. Podrían tomárselo a mal, y no cambiaría nada porque sigo siendo una Weasley. Eso, para ellos, ya es suficiente castigo.

Le ofrezco una sonrisa cansada a todos cuando bajo. Quisiera quedarme y dormir todo lo que pudiera antes de los Juegos, pero es imperativo que vayamos. En pocos minutos nos encontramos sentados en la mesa de Gryffindor, llena de comida y bebidas de todo tipo. Al final, no es nada más que un desperdicio de comida que nadie más comerá.

Comemos en silencio. Todo el mundo está tenso y a penas prueban unos bocados. A la mitad de la cena, las flamas disminuyen en las velas. En frente de nosotros, arriba de la mesa de los profesores, llamas empiezan a arder hasta formar los nombres de los campeones, seguidos de su puntuación. Empezamos con los de Beauxbatons, seguidos de Durmstrang y al final Hogwarts, donde se muestra primero el nombre de la casa antes de todo lo demás.

Los observo con atención. Se califican a los campeones de acuerdo a sus habilidades, del uno al ocho como máxima puntuación. No dejo que sus calificaciones arriba de cinco me intimiden. Pueden ser muy letales, pero no han de saber mucho sobre ciertas cosas, ¿no?

Pronto, las puntuaciones de Hogwarts aparecen en escena. Timothy Nott a sacado un seis en la prueba, no hay gran sorpresa. Sin embargo, al ver el número que aparece después del nombre de Cassia Flint la sorpresa empieza. ¿Cómo ha podido sacar un tres? ¡Es de Slytherin! Los Slytherins nunca sacan menos de cinco. La observo al otro lado de la mesa. Se encoge en su lugar cuando ve su puntuación. Es tan chiquita… pero no dejo que me engañe. Lorcan saca un tres, al igual que ella y su compañera, Mary Cattermole, logra sacar un cuatro.

Me parece eterna la forma en que el fuego se disipa y vuelve a renacer. Trato de prestar atención, pero estoy impaciente. Tamborileo mis dedos en la mesa y muevo mis pies. Jalo la punta de mi cabello y muerdo mis labios cuando por fin, Gryffindor aparece en llamas y el nombre de Albus se forma luego. Se disipa nuevamente y con lentitud un seis se forma.

¡Seis!

Suprimo un grito y me vuelvo hacia él, interrogándolo con mi mirada. Él también parece sorprendido. Luego la aparto para ver mi número. El aliento se me va. Parpadeo un par de veces. No me la puedo creer. ¿Cómo es posible que haya sacado los mismo que Albus? ¡Debe de haber un error! ¿O no? Ni siquiera sé que rayos hizo Albus, para empezar. Por lo que sé, él muy bien pudo haber dibujado un fénix.

Un dolor de cabeza se me aproxima. Salimos del Gran Comedor sin decir nada y llegamos a la sala con los nervios de punta.

—¿Y qué se supone que hicieron? Debió de ser algo muy bueno para que les pusieran un puntaje como los Slytherin, Durmstrang y Beauxbatons.

Albus es el primero en responder. Su mirada se ve distante y su voz es apenas un susurro.

—Yo… simplemente entré y me senté ahí hasta que me dijeran que podía retirarme.

Antes de alguien más diga algo, tío Neville entra a la sala común. Su expresión me sorprende. Raras veces lo he visto con el ceño fruncido y a punto de soltarse a gritos. Pero cuando empieza a hablar, su voz derrama una tranquilidad que me hace pensar que lo primero que vi sólo fue mi imaginación.

—… ¡Ahora podrán tener más patrocinadores! ¿No están contentos? —sus ojos ahora se ven alegres, pero hay algo en ellos que me asegura que piensa lo contrario.

—Sí, pero ahora le han dado a los demás una razón más para acabarnos.

—Eso no importa. Si tienen patrocinadores, no hay nada que temer. Lo único que deben de hacer es mantenerse vivos. Por cierto, ¿qué fue lo que hicieron? —aquí es donde noto como su tono va cambiando gradualmente. Ahora se le escucha cauteloso, como si temiera lo que hicimos.

—Pinté la palabra Gryffindor y clavé una daga al final de la palabra. No fue la gran cosa.

—Como dije, me senté y esperé a que me sacaran de ahí.

Su mirada se oscurece por unos segundos y sus ojos tienen un brillo que me hace dudar. ¿Entonces si fue considerado como algo malo?

—¿Qué…, qué tan malo fue lo que hicimos?

—No tanto, hasta ahora no han hecho un alboroto, pero… en el campo… —aparta la vista y frunce sus cejas hasta formar una línea con ellas.

Entiendo. Tomarán cualquier excusa para mandarnos animales, criaturas, o desastres naturales para que nuestra muerte sea posible. No hay nada más que puedan hacer.

Desde la ventana, la luna se ve hermosa, redonda y luminosa. ¿Qué estará haciendo mi familia ahora? ¿Habrán llegado hoy a la madriguera a salvo? Me pregunto que pensarán ahora. Trato de no hacerlo, de no pensar en ellos, pero me es inevitable. Mis cejas se juntan y mis labios tiemblan un poco. Me restriego los ojos con los dedos para evitar llorar.

Llega la medianoche y sigo con los ojos abiertos. El sueño que tuve antes del banquete se esfumo en cuando salí de este. Me muevo en la cama, tratando de encontrar una posición cómoda, pero las tiesas, ásperas y congeladas sabanas irritan mi piel. ¿Estará Albus despierto todavía? Espero que no. Debo dormir, o en el campo sufriré las consecuencias. Cierras los ojos un momento y al otro te encuentras muerto.

Mi imaginación corre y puedo verme ser degollada por un hombre bruto, sin rostro, con el uniforme de Durmstrang en cuestión de segundos. Luego otro segundo pasa y Albus entra a mi cabeza, siendo quemado vivo por otro campeón. ¿En qué campo nos pondrán? ¿Será uno que tenga mucha vegetación? De los pocos Juegos que he visto, vi uno dónde todos estaban en una diminuta aldea muggle hecha trizas, a penas estable, rodeada de árboles. Los que tenían mejores puntuaciones tomaron la aldea para dejar que los demás campeones murieran de hambre y frío. Al final, a las personas del Londres mágico se les hizo aburrido que los mejores no pelearan y tuvieran todo lo necesario para vivir. Los Controladores, funcionarios que manipulan los Juegos, decidieron incendiar la aldea.

El corazón me late muy de prisa. Quiero imaginar mi muerte, pero lo único que me aparece en mente son horrorosas y dolorosas. No le tengo miedo, sólo al dolor. Como dije, haré que valga la pena.

Al ver que han pasado más de tres horas, y que todavía mis intentos para dormir fallan, me paro de la cama, tomo mi túnica como abrigo y bajo a los sillones frente a la chimenea apagada. Todavía se pueden ver brazas chispear por lo que los elfos ya han estado aquí. Inútil, pues no hay nada que arreglar. Todo está vacío.

A excepción de Albus, que se encuentra recargando su cabeza contra el sofá, observando la chimenea.

Dudo un momento, pero luego me encuentro sentada a su lado. Estamos un momento en silencio hasta él abre la boca.

—No moriremos. Encontraremos una forma de sobrevivir.

Me encojo en mi lugar, alejando mi vista. No puedo creerle eso, pero James… Nunca me ha mentido, pero ¿acaso será real lo que dijo? Hay tantas cosas que tomar en cuenta. La Orden ya no existe, ¿a qué se refería con «nosotros», entonces?

Muevo mi cabeza, incapaz de responder. Debí estar delirando aquél día, concluyo.

—No tengo sueño y al parecer, tú tampoco. ¿Qué piensas hacer cuando el sueño te gane en el campo?

—No creo que estando rodeado de personas que quieren asesinarme como un animal pueda lograr dormir, Al.

—Rose, el cuerpo tiene un límite. Deberías ir a descansar.

Pongo mis ojos en blanco, exasperada.

—¿Y qué harás tú, Albus? ¿Te quedarás toda la noche despierto? Por favor, deja de preocuparte por mi y empieza a hacerlo por ti.

—Debería decirte lo mismo. No creas que no sé lo que planeas —se vuelve hacia mi y me mira con unos ojos que casi me hacen sentir culpable.

—¿Y quién dice que te estoy protegiendo? Por todo lo que sabes, podría muy bien estar fingiendo. Cuando dije que me gusta hacer las cosas solas, a mi manera, no mentía —le devuelvo la mirada, retándolo. Ninguno de los dos aparta la vista. Siempre hemos sido testarudos cuando peleamos. Ésta vez no pienso dejarle ganar. No cuando hay mucho que perder.

—Por favor, Rose, no empieces —ahora se ve disgustado—. Tú y yo sabemos que no es verdad. Sólo déjame decirte algo —se pone de pie. Ahora se ve tan alto y mayor, cómo si décadas hubieran pasado en tan sólo unos segundos—, no dejaré que te pase algo en el campo. Aún si eso implica que tengamos que estar separados por un tiempo. ¡Eres mi prima! ¡Cómo mi hermana! —hace una pausa—. Créeme cuando te digo que iré por ti y no pararé hasta encontrarte. Venceremos y… —sacude su cabeza y sus pensamientos lo alejan de sí mismo. Quiere decir algo más, pero luego me da una última mirada disgustada y sube a su dormitorio, dejándome.

De alguna u otra manera, arrastro mis pies hasta mi cama. De pronto me siento cansada y a desfallecer. Esta vez duermo. Sin sueños. Me hundo en una inmensa e incómoda oscuridad.

Soy despertada antes del alba por Dominique. Me da unos minutos para cambiarme. El traje es el mismo que usé en los entrenamientos. Sin embargo, esta vez debo de ponerme debajo una blusa de tirantes básica color escarlata. Debo de usar algo representando a mi casa, después de todo. Siento el frío aire acariciar mis brazos que al instante se erizan, pero luego, al ponerme el cuello de tortuga negro siento una calidez expandirse por todo mi cuerpo como si estuviera bebiendo cerveza de mantequilla. Ésta vez, los compartimentos son apenas visibles en la distancia. Una gran ventaja. También le han agregado el escudo de Hogwarts y debajo de este, en letras pequeñas, estilizadas y escarlata, el nombre de Gryffindor está bordado. Me pongo unas calcetas de lana y las botas de dragón antes de salir.

Ahora lo único que falta es cortarme mi cabello.

Dominique me confiesa que nunca antes ha cortado el cabello de alguien. Menos uno tan precioso como el mío. Pongo los ojos en blanco al escuchar esto. No podía haber dicho una mentira mas grande que esa. Siento el primer bucle ser cortado, escucho el filo de las tijeras chocar contra el, pero mi opinión no cambia. Mi vista ve como mi cabello rizado y rojo intenso cae al suelo. Solo lo sigo con una mirada impenetrable y decidida. Ni siquiera cambia cuando siendo las tijeras rozar mis orejas y cuero cabelludo.

Cuando termina, mi cara se ve un poco más redonda. Pero no infantil, como creí. De alguna manera me veo madura con los mechones rizados, enmarcando mi cara. Me toco la parte trasera con la punta de mis dedos y veo que se formaron unas ondulaciones largas que curvan solamente la punta del cabello.

—Pensé que quedaría con el cabello liso, apenas asomándose por mi cabeza.

—No —suelta una carcajada—. Si lo hiciera así, tu cabello se haría como el de un caniche.

Le agradezco entonces, sabiendo que no seguirá cortando más. Recoge mi cabello en el suelo y lo pone en un recipiente que después ella prende en llamas. Dominique me responde antes de siquiera formular la pregunta.

—No podemos arriesgarnos.

—Cierto, podrían usarlo en el campo. Gracias.

No veo a Albus cuando bajamos. Ni siquiera a Lukas u Olav.

—¿Y Albus?

—Con Alicia, ella lo llevará a la sala subterránea. No puedes ver a tu compañero campeón hasta el campo. Es el procedimiento previo a los Juegos. También debes dejarme tu varita, la llevaré al Ministerio para que la hechicen. Y… te aviso que el reloj no sufrió ningún daño cuando lo llevé con un funcionario a la revisión oficial.

Arqueo una ceja.

—¿Revisión para qué? —agarro la muñeca con el reloj puesto y lo reviso.

—Para que no sea usado como arma en el campo y de una ventaja en los primeros días.

«Cómo si un reloj matara a alguien».

Bajamos por la torre de Gryffindor y al llegar a los pasillos seguimos bajando y bajando, hasta llegar a la entrada principal frente al Gran Comedor. Para mi sorpresa, no nos dirigimos a ella y nos adentramos hasta los pasillos donde se encuentra la entrada de las cocinas detrás de la pintura de frutas. Giramos a la derecha y bajamos por unas escaleras donde el moho va aumentando a medida que avanzamos. El hedor me irrita la nariz y me da náuseas, revolviendo mi estómago. Las paredes se van haciendo más estrechas y tengo la sensación de que varios animales grotescos con millones de patas me ven con sus ojos siniestros; que planean caer en mi y arrastrarse por mi piel; que seré consumida por el moho en las paredes y escaleras y seré parte de las muchas atracciones que hacen este lugar un terrible para tomarlo como camino. Es vagamente iluminado por las antorchas a nuestro costado. Observo con cuidado mis pies y cuido mis pasos, tratando de no dar uno en falso. Dominique, que es una persona que comparte mi terror por los insectos y lugares sucios y oscuros, está calmada. Ni siquiera la noto temblar cuando una araña es iluminada por el parpadeo de las llamas. Apresuro mi paso y me pego más a Dominique, respirando con dificultad.

Nos detenemos y saca una llave que abre la oxidada puerta de metal que chirria al ser empujada. Una luz se abre paso ante mis ojos y un pasillo como el del Ministerio aparece ante nosotras. Nuestros pasos resuenan por él y noto cómo estos se escuchan más lejanos que los que se escuchaban en las escaleras. Tal vez porque sean mi últimos pasos antes de entrar al matadero.

Llegamos a una pequeña habitación vacía, donde un broche con un escudo de Gryffindor se encuentra sobre una pequeña mesa redonda.

—Tenemos tres minutos antes de que el traslador salga. Después de eso, tendrás un minuto para localizar un lugar seguro donde correr. No busques armas en el Cuartel. Es muy peligroso y no estás preparada —asiento, asiento y asiento—. Cuando cojas el traslador, no te muevas ni un milímetro, o serás desplazada a la nada y morirás. En el campo nadie se puede mover antes de que el minuto acabe o será hechizado hasta convertirse en cenizas, ¿entendido? No te muevas.

Trago con fuerza y vuelvo a asentir.

—Un minuto —suena la voz gélida que anuncia los departamentos en el elevador del Ministerio.

—Dominique… —trato de decir algo, de despedirme, pero no me salen las palabras. El corazón me martilla en el pecho y la respiración me falla. Tomo bocanadas de aire, pero sigo con el nudo en mi garganta.

Dominique esta angustiada por primera vez y sus ojos están inundados de lágrimas. Me toma por los hombros y logra mirarme con determinación mientras las lágrimas ruedan por su hermoso rostro. Me sonríe y un sollozo se le escapa. Trago con dificultad. Su fuerte agarre me impide soltarme en sollozos.

—Estarán bien, ¿entendido? —me aprieta contra sí.

—Treinta segundos.

—No hagan nada estúpido.

Me libera de su abrazo y con cuidado me empuja hacia el escudo-traslador. Estiro mi mano y me quedo helada al sentir su fría superficie.

—Rose —apenas logro escucharla. Volteo a verla, cuidando que el traslador no se mueva. «Diez segundos». Sus cejas se fruncen, sus ojos se tornan fieros y sus palabras me atraviesan. No me toma más de un segundo en darme cuenta que son las mismas que James pronunció. Ahora entiendo el gran significado que tienen.

Mi aliento se detiene. No tengo tiempo siquiera de exigirle una explicación porque siento el jalón detrás de mi ombligo. Por un momento me desoriento. Mis pies tocan tierra firme y me tambaleo al darme cuenta que me encuentro en el tronco cortado de un viejo árbol. La luz del alba hace que el escenario frente a mi se vea hermoso, pero un frío recorre mi espalda cuando veo a los demás campeones a metros de distancia.

—Magos y brujas, ¡que los trigésimos primeros Juegos del Fénix comiencen! —la voz de Secturus Mcnair por megáfonos invisibles resuena en mis oídos.


N/A: Las ventajas del libro es que después de que Claudius Templesmith dice eso, puedes leer lo que sigue inmediatamente en el próximo capítulo. Sin embargo, como este es un fic y yo soy solo una escritora amateur… tendrán que esperar. Ojalá haya podido dejarlos enganchados a la historia, sufriendo (?).

Gracias por los reviews a: Carlamelina, Jal, Mary Padrón, Mary José, Annie Thompson, DaliaGreen, y I'm Nessy. Y a todos aquellos que le dieron follow y favorite. ¡Gracias, gracias, gracias!


Editado el 14 de Junio de 2013