Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.
8
La estúpida de Gryffindor
No tengo muchas opciones, en realidad. Sólo me queda confiar en lo que vi antes de adentrarme en la espesura del bosque. Lorcan puede saber qué le pasó a Albus, y si tengo suerte, Albus estará con él.
Arreglo mi apariencia para no verme tan desganada, cosa que es algo imposible dadas las circunstancias. Lo que si hago, es limpiar con el agua mi atuendo. Cuando el lodo que tengo embarrado en el se endurezca, me será muy difícil moverme.
Me preparo mentalmente y comienzo a caminar por el bosque. Esta vez con más confianza, seguridad. Mis piernas aún me duelen, y empiezo a suponer que pronto mis pies se dormirán. Sin embargo, el líquido de las flores me ha dado una energía mental que podría llevarme a los cielos, si pudiera. Y supongo que si mi mente aún no está cansada, mi cuerpo no podrá cansarse físicamente. Al menos no por un rato más.
Siento como los músculos se estiran y se estiran hasta desprender un dolor que me saca una mueca con cada movimiento. Y después de eso le siguen los dolores musculares de mi estómago y brazos, unos leves calambres o entumecimientos. Y un poco de sudor bajando por mi espalda al hacer tanto esfuerzo no podía faltar.
Nunca fui alguien atlética. Odio el sudor y hacer cualquier tipo de deporte o esfuerzo físico requiere un poco de transpiración. Es por eso que en la Madriguera siempre evitaba estar en el jardín ayudando a ahuyentar los gnomos, o el jugar al Quidditch con mis primos. Lo único que hacía cuando aún estaba ahí era poner la mesa, lavar los trastes, algo que se requiera en la cocina y dentro de la casa. Eran muy pocas veces en las se me encontraba fuera. Y eso sólo era necesario cuando iba a recolectar los vegetales. Tal vez eso era lo único que me gustaba. Enterrar mis manos en la fresca tierra y sentir el olor llegar hasta mi nariz.
De vez en cuando, como los pétalos de una flor —y sólo una flor, no más. Los mastico con lentitud y a veces dejo que se derritan en mi boca. Después de experimentar con ellos descubro la manera en que su textura puede cambiar de acuerdo a la forma en que lo coma. Esto es algo que me entretiene por un tiempo, hasta que me doy cuenta de algo. No sé nada acerca de lo que estoy comiendo. No recuerdo haber leído sobre ésta flor en las notas que me dieron mis primos. Sólo sé sobre ella porque escuché a unos Slytherins discutir sobre ella el año anterior.
Tampoco puedo identificar las plantas que están a mi alrededor, al menos no la mayoría. Y eso me asusta porque puede que los mortífagos en Hogwarts se hayan dado cuenta de lo que James, Lucy, Albus y yo estábamos haciendo. Al pensar en lo que pudieron habernos hecho, lo que pueden hacernos a mi y a Albus en el campo; lo que pueden hacerle a mis primos cuando vuelvan a Hogwarts (sino han ido a la Madriguera ya), me estremezco y un terror se aferra a mi.
Más de alguna vez han castigo a alumnos por rebeldía. Los castigos que se dan depende de la gravedad de la desobediencia. Pero con los mortífagos siendo los que imparten la ley, la justicia está olvidada. Por lo que los castigos tienden a ser violentos.
Mi cuerpo se estremece al pensar en lo que el profesor de Artes Oscuras le hizo a Bobby Flannagan de Hufflepuff, en tercer año. No importa si este es un profesor en cuya asignatura no estuvieras apuntado, el castigo viene de todas maneras.
Se dice, o así escuché, que Bobby fue víctima de la maldición Cruciatus por chocar con el profesor en el pasillo y que después este fue golpeado de manera muggle hasta que varios moretones aparecieron en su cuerpo. La única falta que Bobby Flannagan tuvo fue ser de Hufflepuff, chocar con el profesor equivocado y, sobre todo, ser sangre sucia.
Y así han ocurrido varias veces. Entre Gryffindor y Hufflepuff se llevan la competencia por tener más alumnos castigados.
Pero lo de Bobby Flannagan no se compara con lo que le hicieron a James por defender a Lucy. Fue en cuando yo estaba en mi segundo año y él en el cuarto, junto con Lucy. Es algo de lo que no hablamos mucho... James nunca ha sido alguien a quien debes expresar tu lástima. Fue algo grave porque ni siquiera hace bromas sobre eso.
¿Yo? No, nunca he sido víctima de un castigo. Evitaba a los profesores como una plaga y me sumergía en la sala común leyendo los pocos libros que me permitían tener.
Apresuro más el paso e ignoro los jadeos de mi respiración. Si así estoy ahora no puedo imaginarme en el futuro cuando esté peleando —si sobrevivo para pelear. Sacudo mi cabeza y aprieto los labios en una tensa línea. No llegaré lejos si sigo pensando así. Me debo concentrar en la idea de que encontraré a Albus sano y salvo.
Los árboles van cambiando conforme avanzo. Algo que no había notado hasta ahora. ¿Habré cambiado de rumbo? Me muerdo el labio y me volteo hacia atrás, con la vaga esperanza de reconocer algo más que la negra espesura en donde me encuentro. Escucho unos suaves sonidos y las pequeñas pisadas de los animales que hoy me rodean. Ayer, todo estaba sumergido en un silencio tan palpable como el agua y hoy hay ruiditos de animales corriendo de allá para acá. Ardillas, conejos y pájaros me rodean, ojos de colores rojos, verdes y miel, me ven desde un escondite y mi piel se eriza al pensar lo que podrían hacerme si fueran hostiles.
Me muevo al escuchar cómo algunos empiezan a correr y, sin procesar bien la dirección del sonido, salgo corriendo. Sabrá Merlín qué animal monstruoso los habrá hecho salir de su escondite. Escucho los pasitos acercarse más a mi y por instinto cojo unas cuantas rocas de mis bolsillos y las lanzo al azar. Me escondo detrás de un árbol y contengo mi respiración. Otra vez el silencio vuelve a reinar el bosque. Y no sé si debería imitar a la ardilla que va subiendo, pero de pronto me encuentro unos metros arriba en el árbol.
Tranquilizo mi respiración y me pregunto cuanto tendré que escalar para poder observar mejor el cielo. Coloco mi mano en la bifurcación del tronco y me impulso. Caigo con fuerza en el siguiente árbol y empiezo a escalar con cuidado. Me doy cuenta de cómo cada vez que avanzo, voy en dirección contraria a la que me dirigía. Como si las ramas estuvieran entrelazadas y formaran una red. Escalo unos metros a la izquierda y mi pie se resbala cuando lo coloco en un pequeño hueco. Mi corazón se acelera un poco. Cuando observo hacia abajo siento como se quiere salir por mi garganta. No pensé que estuviera tan alto. Y cuando vuelvo mi vista hacia arriba, el corazón se me cae al suelo cuando veo cuántos metros más me faltan.
Conforme continuo, las ramas van adelgazando, haciéndose cada vez más frágiles bajo mi peso. Pero también me avisan que estoy más cerca de la cima. Bajo un poco el ritmo y empiezo a probar con cautela qué rama puede sostener mi peso.
Estoy cerca, muy, pero muy cerca.
Cuando llego a la cima, en vez en encontrarme con ramas llenas de hojas, me encuentro con una red de ramas tan tejidas que solo diminutos rayos de sol pueden filtrarse. Desconcertada, empujo la red con mi palma, pero no cede ante mi. Vuelvo empujar, ahora con las dos palmas, y aplico más fuerza. Gimoteo un poco, pues descubro que tengo un moretón en mi antebrazo, pero finalmente la red se rompe.
Y me encuentro con un gran y espacioso túnel de unos dos metros de alto lleno de frutas de todos los colores, tan maduras que estoy segura que la más mínima brisa podría hacerlas caer. Mi estómago me ruge y me abstengo de subir precipitadamente. No porque me haya costado romper la red, ésta sostenga mi peso entero. Con cuidado, escarbo hasta hacer un hueco lo suficientemente grande para que quepa. Pongo los brazos sobre la red y me impulso con delicadeza, tratando de no aplicar todo mi peso de una vez. Me siento y espero unos momentos para impulsarme y subirme por completo.
Un olor a frutas asalta mi nariz. Inspiro hondo, dejo que el olor llene mis pulmones; extiendo mis brazos, satisfecha al encontrar algo decente que comer, pero aún no agarro ninguna. Camino con cautela. Trato de adaptarme a la sensación de estar aquí arriba. Es curioso que no se me haya ocurrido subir más allá de los árboles. Pude haber pasado aquí la noche, encontrar la comida más rápido.
Quiero agarrar aquella fruta roja que se encuentra unos metros delante de mi, pero me detengo al pensar en Albus. ¿Estará bien? ¿Herido? ¿Habrá comido? Una sensación de culpa se vuelve a instalar en el fondo de mi estómago y me quita el apetito. No comeré nada y guardaré cuantos pétalos pueda para dárselos a mi primo cuando lo encuentre.
Sigo caminando. De vez en cuanto meto mis manos a mis bolsillos para asegurarme de que las piedras y los pétalos estén todavía ahí, seguros.
Empiezo a trabajar un plan para cuando los encuentre, porque sí, algo en mí me dice que Lorcan está con Albus. ¿Qué haré una vez que estemos reunidos…?
El cañón no ha sonado en todo este tiempo. Aún no he visto algo más allá del techo de ramas sobre mi. Por lo que sé, podría estar a punto de atardecer. Pero no es posible. Recuerdo el reloj de mi padre en mi muñeca y sonrío al ver los difusos números romanos marcar las once y media de la mañana para mi sorpresa. Entonces continuo con la planeación.
No tengo ubicación. Ni armas. Ni compañía —por ahora. Todo se resume a un ataque por la noche al Cuartel, donde se agarraran armas y… esperar a que no nos atrapen y nos decapiten. Y si quiero empezar a trabajar el primer paso debo bajar de aquí, mi santuario de seguridad recién descubierto.
Sólo debo recoger unas cuantas frutas para después. Cuando encuentre a Albus y a Lorcan los traeré aquí… y de ahí ellos me ayudarán con el plan.
Mientras me acerco para agarrar dos o tres frutas, voy acentuando mis pasos. Trato de encontrar unos nudos flojos donde pueda escarbar. Cuando lo hago, mi tobillo se dobla y caigo en seco, haciendo un pequeño hoyo con mi mano cuando trato de detener la caída. Mi corazón se acelera al escuchar crujir las demás ramitas bajo mi. Espero unos segundos más para moverme, pero otros crujidos debajo de mi, debajo de las ramas, me hacen sobresaltar. Sin pensarlo dos veces, retiro mi mano del hueco y vuelvo a esperar.
Mis oídos atentos a cualquier otro movimiento. Mi corazón en mi garganta. Y mi respiración detenida por unos instantes.
Mis músculos se tensan y siento un gran frío calar por mis huesos cuando escucho sus voces.
—¿Escucharon eso?
No reconozco la voz, pero estoy segura que le pertenece a la chica de Hufflepuff, Susan Goldstein. Si ella está aquí, los Slytherins también. No cabe duda.
—Sí, un animal salvaje debió de pasar por aquí. Agradecería que dejarás de ser tan asustadiza.
Me muevo a penas unos centímetros. Si es por estúpida o por tratar de confirmar que las voces pertenecen a los rostros que tengo en mente, no lo sé. Los veo acercarse a través del hueco y me tenso más. Sé que no podrán verme desde aquí, pero no puedo evitar sentir miedo. Mi cuerpo se encuentra petrificado y mi corazón late como un caballo desbocado. Siento una gota helada de sudor bajar por mi cuello, debajo de mi oreja.
Veo a Nicholas abrir la boca y empezar a hablar con una convicción, dirigiéndose hacia Nott, pero este empieza a negar la cabeza. Agudizo más mi oído, pero no logro captar nada de lo que dicen. Es en uno de estos momentos en donde deseas tener una varita. Se van acercando más, y sus voces se vuelven un murmullo, a penas audible. Pero logro escuchar si me inclino un poco más.
—¿Éstas seguro? Vimos a la Weasley aterrizar por aquí, puede ser ella —vuelve a insistir Nicholas y espero la respuesta de Nott, que ya comienza a alejarse.
Por un momento vuelvo a respirar. Me están buscando, pero no creen que esté aquí. Oh, sí solo supieran… Al parecer no son tan astutos como se hacen ver.
Veo a Nicholas seguir a Nott y ambos desaparecen de mi vista. Pongo los ojos en blanco y resoplo en mi mente.
«Vamos Nicholas, detente. Es caso perdido. No estoy aquí.», me burlo en mi mente cuando escucho sus voces un poco más lejos.
Pero Cassia Flint se detiene justo debajo del hoyo, un poco más a la derecha y se sienta. Observa a los dos con claro aburrimiento y hasta finge un bostezo. La observo con más detenimiento y veo una pequeña sonrisa curvar sus labios. Ella saca una flecha del carcaj, observa a su alrededor, pero parece pensarlo mejor y la vuelve a guardar.
Sé que ahora es un buen momento para moverme. Irme y buscar un nuevo lugar donde bajar, pero ella me detiene. Recuerdo sus ojos, su mirada. Algo me dice que Cassia Flint puede observar cualquier movimiento a cualquier distancia.
Ella vuelve a fingir otro bostezo y se pone de pie en un brinco, su cabello rebotando.
—Puede que el Hufflepuff tenga razón, Tim. Aún no estamos seguros de la localización de los otros y hasta donde sabemos la Weasley puede estar aquí todavía. No debemos bajar la guardia.
Si voz suena dulce e infantil. Contrasta tanto con la mirada que adoptó allá en el Cuartel, antes de la cuenta regresiva. Eso de seguro le dio muchos patrocinadores. Debe, como toda Slytherin, tener loca a la gente del Londres mágico.
Pero eso no debe importarme mucho. Los que tienen patrocinadores ganan, sí, pero no siempre. Ahora lo único que tengo de mi parte es nada, tal vez, pero tengo un motivo más grande para sobrevivir.
Nott le gruñe algo a Cassia y se vuelve para observar todo el bosque. Empiezan a hablar rápidamente, y a moverse más cerca de donde estoy. Me quedo estática, pero lo pienso mejor. Lentamente me muevo fuera del hoyo, volviéndome invisible ante ellos si acaso voltean hacia arriba.
—¿Y sólo a la Weasley estamos buscando? ¿Qué tiene ella de importante? —los interrumpe nuevamente la voz de Goldstein. Y aunque no puedo ver las expresiones que hacen, sé que tanto Nott como Cassia, no están contentos con su intrusión.
Otra vez me pregunto porqué los escogieron. Vamos, que hasta yo sé porque nos persiguen a mi y a Albus.
—Nada —Nott responde con una voz tensa. Luego Cassia explica mejor, al ver que no tiene intención de hablar más.
—Weasley y Potter deben ser los primeros descalificados porque son de Gryffindor y los de Gryffindor son lo que siempre causan más problemas. No queremos que ellos sean los que nos descalifiquen a nosotros, ¿verdad? —la dulce voz de Cassia se volvió un peligroso susurro al final y casi puedo escuchar a los otros asentir la cabeza, temerosos.
Por alguna razón, sé que ambos están ocultando algo. Que no quieren hacérselos saber, y mucho menos aquí, donde de seguro hay hechizos proyectores que están proyectando ahora esta escena. O tal vez me estoy volviendo paranoica.
Las personas en el Londres mágico deben estar locas de la emoción, expectantes. Gritando desde el otro lado del hechizo mi ubicación. Y debo tener cuidado. Con un solo error puedo provocar a los Controladores. Y con otro error puedo hacer que Cassia me descubra detrás de mi escondite.
Hay más cuchicheos y luego más pisadas. Los escucho alejarse y me relajo. Suspiro. Inhalo profundamente, llenando mis pulmones de fresco aire a sabor frutal. Ruedo un poco, con cautela, y asomo mi ojo para ver por el hoyo. Por un momento temí por mi vida, pero no hay nadie cerca. Puedo levantarme y seguir con mi camino.
Pero luego una flecha pasa por el hueco. Me congelo. Lanzo una palabrota. Me pongo de pie. Otra flecha pasa rozando mi tobillo, zumbando en mi oído. Me echo para atrás, aterrorizada.
¡Maldita sea! Cassia Flint me ha visto.
Corro como su no hubiera mañana. No me detengo siquiera a observar por donde voy. Solo corro, corro y sigo corriendo. Las flechas atraviesan las ramas con tanta facilidad. Me persiguen. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Tantas flechas tenía el carcaj? Luego, en una milésima de segundo, volteo hacia atrás y veo como las ramas se están separando dejando a la vista mis pies. Los nudos se van deshaciendo tan rápido, le abren paso a las flechas que poco a poco van alcanzándome. Por supuesto que los Controladores harían que las ramas se dispersarán. No debe de sorprenderme.
Acelero más el paso, pero el suelo se vuelve más inestable con cada zancada que doy. Mi respiración me comienza a fallar. Mis pulmones me arden. No tengo tiempo para pensar en eso, si quiera.
Miro al frente, pero no encuentro la salida. Solo curvas, curvas y más curvas. Sino pienso en algo rápido, acabaré en un tramo sin salida sin que me de cuenta. Trato de pensar en una manera de escapar, pero las piedras en mi bolsillo golpean mis costillas dolorosamente...
¡Y tengo la idea! ¡Qué estúpida fui al no pensarlo antes!
Con rapidez, perdiendo un poco mi equilibrio, saco una piedra y la lanzo para atrás sin dirección, esperando que choque contra Cassia. Espero unos segundos. Otra flecha me pasa rozando.
Encuentro otra piedra y la vuelvo a lanzar, esta vez observando un poco hacia atrás para apuntar mejor. Sonrío cuando escucho un alarido. Sabía que me servirían de algo. Volteo de nuevo para tomar rumbo y casi choco contra una red. Hay una bifurcación. No tengo mucho tiempo para quedarme a pensar, así que escojo el túnel que más confianza me da.
La he desorientado, pero no será por mucho tiempo antes de que vea mis talones. Necesito buscar una forma de escapar de los túneles, y rápido. Doy una vuelta más a la derecha. ¡Y maldita sea! Me encuentro con un tramo sin salida.
No importa. Me tiro de rodillas y empiezo a escarbar con desesperación. La tierra se entierra en mis uñas y las ramas parecen apretarse más con cada jalón que les doy. Saco una piedra más y la utilizo para golpearlas, pero no sirve. Me pongo de pie. Observo a mi alrededor y no encuentro nada que me pueda ayudar.
No quiero perder más tiempo. Empujo la pared con mi cuerpo. Agarro impulso y vuelvo a empujar. Me impulso. Empujo. Me impulso. Empujo. Las ramas parecen ceder al quinto intento. Me retiro unos metros más y corro con todas mis fuerzas para chocar contra la pared. Repito unas cuantas veces hasta que caigo de bruces. Choco con fuerza contra el pasto y mi espalda se arquea de dolor. Me detengo jadeante y entre los tosidos que doy veo a Cassia a unos seis metros de distancia. Estoy estancada. No hay nada que pueda hacer. Toso unas cuantas veces más y jadeo ante mi falta de oxígeno. Mis ojos están desorbitados y mis brazos me tiemblan cuando intento ponerme de pie. Soy una presa fácil.
El viento sopla fuerte contra nosotras. Observo desde lejos a los demás acercarse, pasando de ser puntos a borrones con formas humanas. El largo cabello rubio y trenzado de Cassia brilla con la luz del sol. Sus labios se tuercen en un intento de sonrisa, pero puedo ver que trata con fuerzas no soltar una carcajada de victoria que le arruine la escena. Si de algo estoy segura es que Cassia Flint, como cualquier otro Slytherin, quiere dar una buena impresión a los del Londres mágico; quiere dar una escena de muerte que recordar. Ahora que tiene a Rose Weasley en sus manos, seguro está extasiada. No hay sorpresa: sus ojos oscuros y felinos me recuerdan al de un tigre siberiano que observan a su presa con evidente satisfacción.
Trago visiblemente y pienso y pienso con rapidez mi escape. Cuando por fin me pongo en pie, trato de tomar unos cuantos pasos hacia atrás, pero me detengo al sentir el vacío que hay detrás de mi. Me tambaleo un poco y trato de mantener mi equilibrio, moviendo mis brazos de una manera realmente patética. No podría verme más ridícula antes de morir, ¿o sí? Como si no fuera suficiente estar en está situación.
Sí. Es imposible que yo escape.
Voy a morir. Y ni siquiera he podido ver a Albus una última vez. No he podido hacer nada, a decir verdad. Moriré y sólo será recordada como la estúpida chica de Gryffindor que arruinó su oportunidad de reunirse con su primo y salvarlo. El apellido Weasley será nuevamente una burla.
Tal vez Rita Skeeter tenía razón en algo. Tal vez yo buscaba la manera de redimir el nombre de mis padres, de mi familia. Hacerla más honorable. Suelto una risa seca ante la ironía. No fue una de mis mejores ideas.
Salvar a Albus y que el nombre Potter vuelva a tener su gloria. Sí, era una buena perspectiva, pero… ¿valía la pena hacerlo de este modo? Tarde o temprano uno de los dos iba a matar a alguien. Es la regla prioritaria: matar para sobrevivir. ¿Qué hay de honorable en matar a alguien? No importa su estatus de sangre, su casa en Hogwarts o el apellido, sigue siendo una persona. Joder, hasta Cassia Flint, la niña que está a punto de matarme es también una persona.
La sonrisa de Cassia se expande más y los otros ya están al lado de ella, sonriendo satisfechos ante su gran hazaña, o al menos Nott lo está. Susan y Nicholas sólo se encuentran ahí, observando con grandes e inexpresivos ojos mi persona. No puedo permitir que me vean débil, ni tan sólo por un segundo. No obstante, cierro los ojos al momento que veo a Cassia mostrar sus blancas perlas y alzar el brazo hacia su carcaj.
Quería salvar a Albus. Quería protegerlo a cómo de lugar. Ahora que estoy a punto de morir, pienso en lo que pude haber hecho de no estar en este situación y me aborrezco. Toda mi vida he estado en rencor con el Ministerio y su cruel forma de gobernar; de mandar niños a un campo y hacerlos matarse entre sí. Y yo no soy muy diferente a ellos. No dije que mataría a expresamente, pero tampoco negué mi participación en los Juegos. Otra vez, matar para sobrevivir.
Pero tampoco puedo dejar que me maten. Mucho menos así, de una manera tan ridícula. No. Seré estúpida, egoísta y Merlín sabrá que más, pero no seré cobarde. Si he de morir no será a manos de Cassia Flint de Slytherin, que también puedo llamar las manos del Ministerio y todo aquello que represente a las personas que lastimaron a mi familia.
Cassia se toma su tiempo para ajustar la flecha a la cuerda. Los demás no se toman tampoco la molestia de apresurarla. Pero ese tiempo me basta para llegar a mi resolución. Justo antes de que la flecha llegue a rozarme, doy un paso atrás y dejo mi peso caer hacia el vacío. Hacia una muerte que yo misma escogí. No me permito pensar en las condiciones que me orillaron a hacer esto, sólo me regocijo en la satisfacción de ser yo la que decidió mi propia muerte.
Por unos momentos soy envuelta en una rara sensación. Muy similar a la que tengo cuando me subo a las escobas; un vértigo creciente se apodera de mi y hace que se revuelvan mis entrañas. Cómo si mi estómago se rehusara a bajar junto conmigo. Pienso en mi familia que seguramente está viendo esto. Me imagino sus rostros por última vez. Extiendo mis brazos con sorprendente facilidad y me relajo. No hay nada más que me quede por hacer.
(¿O debería acaso luchar por encontrar algo de donde agarrarme? «Aunque, espera, he sido yo la que decidió esto.» Extrañamente soy feliz. Y suelto una carcajada al pensar en James, que siempre me había molestado al decir que tenía tendencias suicidas al deambular por los pasillos en la noche. Oh, la ironía de las cosas.)
Sigo cayendo. Pero no por mucho. Siento mi espalda arder en anticipación a la caída, y luego la arqueo al sentir cómo el suelo se va acercando más a mi. O cómo yo me voy acercando más a él. Y en vez de sentir dolor y escuchar el sonido seco de mi cuerpo chocar contra una fría y dura superficie, escuchar mis órganos y viseras reventar por la fuerza de la caída; o simplemente ser envuelta en una oscuridad de la cual seguramente no saldré o despertaré jamás, soy envuelta en una tormenta de colores donde el verde y azul predominan. Inundan e invaden mi vista, dejándome completamente ciega y ajena a lo que me rodea.
Por unos momentos, aquellos en los que mis ojos no ven borroso, veo también un brillo alrededor de mi. Jadeo ante el frío contacto y muevo mis brazos para poder sostenerme de lo que sea. Porque tengo la rara sensación de que sigo cayendo y a la vez de que algo detuvo mi caída.
El brillo se disipa y una ola de colores se aproxima a mi, bañándome en su helada existencia. Extrañamente, mis extremidades flotan frente a mi. Se mueven peligrosamente frente a mi, con mi cabeza dando vueltas y no encuentro forma de detener mis movimientos. Doy vueltas y mi cuerpo es torcido de las maneras más extrañas.
Mis pensamientos se vuelven lejanos y mis ojos se van cerrando. El oxígeno se me acaba con cada segundo que pasa. Intento mover mis manos. Nadar hacia la superficie. Mis ojos parpadean una y otra vez, pero no logro enfocar muy bien hacia donde me dirijo. Soy llevada a voluntad de la corriente. Cada vez más rápido. Cada vez más desesperada por salir. Cada vez dando vueltas bajo el agua, incapaz de detenerme.
Mis pulmones arden por la falta del oxigeno y me demandan más, me exigen inhalar y exhalar. Gritan por su ausencia.
No puedo hacer nada. ¡No puedo mover mis manos, ni brazos y ni siquiera mi cabeza! Soy un trozo de carne inerte que es llevado contra su voluntad a la muerte.
Lanzo un grito desesperado que es ahogado por las miles de burbujas que salen de mi boca cuando choco contra una roca. Mi cabeza rebota, pero mi hombro es el que recibe el mayor impacto. Una enorme cantidad de agua se cola por mis labios, directo a mi faringe y a penas logro registrar la cantidad que va hacia mis pulmones.
Logro sacar un poco más de la mitad de mi rostro. Abro mi boca, desesperada por inhalar la mayor cantidad de oxígeno posible y mis ojos ruedan como canicas cuando siento el oxigeno colarse hacia mis pulmones, a la vez que toso bocanadas de agua. Desde mis labios salen sonidos ahogados, gemidos, gorgoteos. Mis pulmones se encogen, pero logran recuperarse ante lo que he inhalado.
De alguna manera logro sacar uno de mis brazos, tratando de nadar para mantenerme flotando, pero he llegado a unos rápidos. Soy envuelta en más agua que me nublan la vista con cada golpe que me da en el rostro. Parpadeo rápidas veces, doy manotazos, choco contra otra piedra. Y logro quedarme estancada ahí por unos segundos, aferrada con fuerza como si la piedra fuera mi última esperanza a la vida. Lo cuál, graciosamente, es así.
Mi pecho sube y baja con rapidez. Toso varias veces, escupiendo un poco el agua que he tragado. Mi cabeza se siente ligera y otra vez mis párpados se sienten pesados. Mis dedos se han acalambrado, al igual que todo mi cuerpo. Mis músculos están agotados de tanto esfuerzo. Todo en mi tiembla de impotencia, a la vez que se apaga.
El agua golpea mi costado con fuerza. Como si estuviera urgiéndome. Como si quisiera que me soltará de la roca. Como si los Controladores estuvieran también a cargo del agua que fluye. Una, otra y otra vez contra mis costados, con tanta fuerza que si salgo viva tendré moretones negros. Dejo salir un siseo de dolor cuando el agua choca contra mi mejilla, dejándola arder hasta que otra viene a golpearla de nuevo y el ardor vuelve a explotar en ella.
Todo lo que escucho a mi alrededor es la salvaje corriente, así que cuando escucho otro sonido, mucho más atronador que el de las aguas chocar contra las rocas me asusto.
A penas tengo tiempo para gritar, o de tomar aire. Un gran tronco hueco viene hacia mi dirección. Me golpea en mis costillas tan fuerte que no duro ni un segundo más. Mis brazos se sueltan con facilidad de la roca y nuevamente soy reducida a nada. El tronco me empuja. No puedo alejarme de él. Me controla. Siento una de sus ramas clavar su punta en mi espalda y grito. Miles de burbujas estallan, nacen desde mis labios, quemándome la garganta como fuego, mientras siento la punta enterrarse en mi carne, desgarrando mi piel.
Me muevo, trato de librarme de la rama. Pataleo con fuerza y muevo mis manos para nadar hacia la superficie por más aire.
A penas logro sacar mis labios cuando el tronco vuelve a golpearme con fuerza. Mi cabeza rebota contra éste y es empujada hasta el fondo. Mis pies no logran tocar el fondo del río, pero soy detenida abruptamente. Mi cuerpo queda colgando en la corriente, a penas sostenido por mi pie izquierdo que ha quedado atrapado entre el tronco y unas rocas apiladas. Entro en pánico. Muevo mi pierna, la sacudo, me apoyo con la otra para tratar de escapar, pero es imposible.
Y después soy liberada con más fuerza de lo necesario. Soy lanzada al fondo, rozando mi espalda con los pequeños guijarros. El dolor de mi herida se vuelve insoportable. Puedo sentir mi piel ser desgarrada.
Muevo mi mano para tratar de tocar mi herida y un «¡crac!» se siente fluir por mis dedos. Mis manos tratan de aferrarse a lo que encuentren. Y cuando logro agarrarme de una raíz escondida entre los guijarros me doy cuenta de que tres de mis dedos están rotos. No los puedo mover, no puedo poner fuerza —no resisto mucho. Suelto la raíz y vuelvo a ser enviada a la salvaje corriente. Es cuando veo las burbujas nublar mi vista de nuevo que me doy cuenta que he gritado y que gasté el poco oxígeno que me quedaba.
No se si sea por el golpe que acabo de recibir en la cabeza, o por la poca sangre que queda en mi cuerpo. Lo único que sé con exactitud es la sensación tibia y suave que siento en uno de mis brazos antes de caer inconsciente.
Tal vez ahora si llegué al final del camino y la muerte me recibió. Sí, debe ser por eso.
«¿Quién soy yo? ¿Dónde me encuentro? ¿Qué hago aquí?»
Mi respiración se acelera. Tengo la sensación de que eso me pasa, pues no veo mi cuerpo. Todo está a oscuras. Tanto que ni siquiera sé si estoy volteando de un lado a otro. Tampoco siento mi cuerpo. Camino un poco, o eso pienso que estoy haciendo. Quiero hablar, gritar, o hacer algo más que existir en este sombrío y lúgubre lugar, pero no lo hago.
Una voz me detiene. Sin embargo, no es sólo la voz, sino la melodía. Es a penas un susurro, un dulce tarareado, a penas audible. Pero yo conozco ese sonido muy bien.
«¿Madre?» pregunto con un hilo de voz. Y sé que estoy loca por hacerlo: ¡No tengo boca, o voz siquiera! No obstante, la voz se detiene. Hay un silencio palpable en el lugar. Espero unos segundos.
Nada sucede.
Se escucha una risa no muy lejos de mi. Volteo con rapidez y me sorprendo al ver una gran melena rojiza nublarme la vista por unos segundos. La voz vuelve a escucharse y su susurro se escucha detrás de mi oreja, haciéndome temblar de miedo. Es la voz de mi madre, pero a la vez no. ¿O sí? No lo sé. Y me asusta demasiado. No reconozco nada.
«¿Dónde me encuentro?»
Empiezo a correr a toda velocidad. Mi cabello baila detrás de mí, volando y haciendo mi carrera más pesada. ¿Desde cuando tengo el cabello tan largo? ¿Desde cuando no tengo el cabello largo?
Una alarma se enciende dentro de mi. Sigo corriendo, echando mi cabeza hacia delante para agarrar impulso, sin ver realmente dónde me encuentro o hacia dónde me dirijo. Porque ahora me doy cuenta de que tampoco recuerdo mucho. Otra vez, ¿quién soy yo?
Una risa se escucho a mi lado y un chillido al otro. Ambos sonidos hacen que mi piel se ericen y algunas lágrimas amenazan con formarse por mis ojos. Estoy desesperada. Mi cabeza me da vueltas y me duele cuando trato de recordar. Llevo mis manos temblorosas a mi rostro y luego las entierra en mi cabello, siseando de dolor. Veo unas sombras pasar a mi lado y me sorprendo al ver que ya no me encuentro en la oscuridad. Estoy en un prado, lleno de flores y algunos charcos de lodo. Mis ojos están llenos de agua.
«¡Rose!», escucho varias voces y me altero. ¿Cómo saben mi nombre? Porque supongo que así me llamo.
Sigo corriendo. No me detengo para nada. Ni siquiera para observar a la señora que se sostiene en un árbol, jadeante, con un estómago muy distendido, muy grande. No quiero reconocer (¿o debo?) ninguna de esas voces. No ahora cuando estoy perdida y confundida.
¡Pero no me dejan en paz! Las voces se han convertido en algo más palpable y me acarician las orejas, las mejillas, los brazos y ante mis ojos una luz blanca se aparece y me deja ciega por unos instantes. Ahogo un grito cuando siento mi ombligo ser jalado hacia arriba y después hacia abajo. Luego mi cuerpo termina dando vueltas y no estoy segura si me he aparecido o no.
Mis torpes pies se tropiezan con las cintas desamarradas de los mocasines y mi vestido amarillo se ensucia con el pasto. Me quedo ahí un rato esperando a que el dolor llegue, pero éste no decide aparecer. Sólo me quedo ahí, esperando, con mis ojos tan abiertos como platos. Una sombra me oculta del sol y una voz suave y masculina que he escuchado antes, pero no logro reconocerla por el momento, me pregunta sobre mi bienestar.
—¿Estás bien, Rosie? ¿Te han hecho daño? —suena preocupado desde arriba. Observo sus ojos verdes ocultos detrás de unas gafas torcidas muy familiares. Su voz me hace temblar y me encojo del miedo.
—Tu padre estará aquí pronto. No tienes nada que temer —me asegura con su voz, tremendamente arrulladora. Y eso es lo que más me asusta. Nadie tiene una voz más arrulladora que mi madre.
Mi labio empieza a temblarme y gruesas lágrimas manchan mis mejillas. Comienzan a brotar de mis ojos una a una, hasta que abro la boca y un sollozo se escapa de ella. No sé por qué estoy llorando. No sé por qué el pensar en mi mamá me hace querer correr y no volver jamás. Porque estoy segura de que tengo una, sino, ¿cómo es que estoy aquí? Sé que tengo una. Estoy segura. ¿En dónde está?
Tampoco sé por qué ahora me encuentro brincando unos ladrillos con la punta de mis pies, a penas rozando. Doy unas vueltas y doy un brinco más alto de lo esperado. Bajo con lentitud y demasiada parsimonia al ver que he subido ya un metro. Me río, cubriendo mi boca con mis dos manos, y vuelvo a dar vueltas.
«Ojalá Molly me hubiera visto hacer eso», pienso por un momento. Me alarmo. Y luego me pregunto, ¿quién es Molly?
—¿Por qué bailas? —escucho una voz y veo a un niño observándome con ojos curiosos. Su cabello está tan alborotado que pienso que debe ser de mi familia. Y cuando lo veo mejor, no me cabe la menor duda. ¡Tiene demasiadas pecas para no ser un Weasley! Aún cuando sean casi invisibles.
Se me escapa una risita y vuelvo a dar una vuelta antes de responderle:
—Por que puedo.
Me voy acercando más al niño, dando vueltas y vueltas. Con cada vuelta que doy, con cada paso que me acerco, éste se va alejando. No lo entiendo. Así que doy más vueltas y más vueltas, y más rápido. Frunzo mi ceño y me tropiezo cuando quiero correr hacia él para que juegue conmigo. Caigo encima de él, pero no hemos caído al piso todavía, me tiene envuelta en sus brazos, evitando que caiga de bruces. Ahora me doy cuenta que no es un niño. Y que yo tampoco soy una niña de nuevo, aunque ante su presencia me siento como una.
Noto la semejanza entre el otro hombre y el que está debajo de mi, aunque sea mínima. Sus ojos no son del mismo color, el que está frente a mi los tiene castaños. Pero su cabello es igual de oscuro y alborotado, como el de alguien que sé que conozco, pero no logro recordar.
Mi respiración se acelera. Estoy asustada. No reconozco a ninguno de ellos, pero por alguna razón sé que no son malos. Que no me harán daño. Y eso es lo que más me asusta. Sino recuerdo nada, ¿cómo puedo estar tan segura de lo que presiento?
Nos quedamos observando a los ojos por unos momentos. Su tibia respiración choca contra mi mejillas y éstas arden de inmediato. En sus finos labios se forma una sonrisa gamberra, traviesa y se va acercando a mi oído. Abre su boca. Va a decirme algo. Lo sé.
Y estoy temblando como loca. Porque no sé qué es lo que dirá. Y eso no me gusta. No me gusta no saber, pero a la vez me da miedo saber.
Su respiración llega a mi oído y me encojo del miedo. Su agarre se hace más fuerte en mi cintura, como si pensara que voy a escaparme en cualquier momento. ¡Si supiera que su presencia hace que mis piernas tiemblen! El chico espera unos segundos más. Luego, me susurra algo que ya sabía.
Y todo tiene sentido para mí ahora.
—Nosotros iremos por ustedes.
Despierto cuando una bocanada de agua empieza a salir por mi boca, quemando toda mi garganta. Toso descontroladamente al instante que mi cuerpo empieza a dar arcadas. Quiero decir algo, pero no puedo: más agua sale de mi boca. Emito un sonido ronco, estrangulado y no reconozco mi voz.
Escucho una voz murmurar algo, pero no estoy tan segura de que sea algo real o algo que está inventando mi imaginación. Después de lo que acabo de soñar… o alucinar… o lo que sea, no puedo confiar más en mis sentidos. No ahora.
Trato de incorporarme. Fijar la vista en un punto. Averiguar en dónde estoy. Mas una mano se posa en mi hombro y me empuja hacia abajo. Me deja retorcer mi cuerpo hasta tal punto que el dolor no se siente más. Me deja temblar. Me deja murmurar cosas que ni siquiera yo misma puedo escuchar o entender. Pero no me deja sentarme.
Abro los ojos. Me doy cuenta de que he estado llorando —o a penas salí del agua y hay gotas de río en mis pestañas todavía, pero es algo que no me creo. Parpadeo varias veces para deshacerme de las gotas. Cuando lo hago me doy cuenta de que mi vista sigue desenfocada. Con, o sin gotas, me encuentro (parcialmente, espero) ciega.
Vuelvo a toser, ésta vez un poco más fuerte y un poco más seca. Y una helada mano se posa en mi acalorada frente. Para luego retirarla al instante. Emito un siseo, desesperada por sentir algo. Unos segundos después siento unas gotas caer por mi frente, navegando por ella hasta llegar a mis ojos y bajar colina abajo por mis mejillas.
No sé que empiezo a gimotear, pero la persona que está aquí conmigo empieza a callarme con pequeños «sh!» y luego acaricia mi cabello con cariño.
Tiemblo de frío, pero luego siento algo caliente cubrirme, aunque no del todo. Sin embargo, cualquiera que sea la persona que haya hecho eso le estoy terriblemente agradecida.
Cuando abro mis ojos para ver quién es, sólo logro captar una mata de cabello negro alborotado y unos ojos preocupados. Y con eso me basta, sinceramente.
Ahora sé que he encontrado a Albus. O él me encontró a mi.
N/A: Sí, bueno, tarde más de lo que esperaba. ¡Pero lo hice! Y la verdad es que estoy muy orgullosa de este capitulo. No es el más extenso, el capítulo 6 (creo) sigue ganando, pero en este vemos un poco más de los pensamientos de Rose. Un poco de autoconocimiento, supongo.
Siento mucho no haber podido actualizar antes, la verdad no tengo excusas más que la escuela :c — Como estoy de vacaciones, actualizaré pronto.
Y les viso que he editado los capítulos anteriores. No es la gran cosa, sólo corregí errores gramáticos y más.
Subido el 14 de Junio de 2013
