Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.


9

La verdad se esconde

No tengo tiempo para analizar lo que ocurrió. No tengo tiempo para pensar en las alucinaciones que tengo. No tengo tiempo para nada.

Abro mis ojos y otra vez la oscuridad reina sobre mi. Mi respiración se acelera. Siento mi cuerpo pesado, adolorido y caliente. Respirar me duele. Trato de sentarme, pero con sólo moverme mi cabeza estalla en un dolor que me martillea la cabeza. Una, y otra vez.

La frustración se apodera de mi cuerpo y mi ser. Me inunda y hace que me den ganas de llorar. Por el dolor, por lo oscuro que está, por lo que pasó; por muchas cosas.

Vienen a mi los sueños que tuve. Mi madre, tío Harry, James… ¡Cómo desearía que estuvieran aquí! Pero sé que no es posible. Dos de ellos me dejaron y yo dejé al último; y si bien, no por voluntad propia, el hecho es lo que cuenta.

Un sollozo se escapa desde mi garganta y hace que me ahogue un poco. Toso. Toso. Toso. Y nadie viene. Cuando termino de toser, mi garganta se enciende en un fuego incandescente que avanza hasta conquistar mi cuerpo entero. Busco desesperada un poco de agua con los ojos. Trato de no moverme mucho. Aún así no puedo evitar el mareo. Parpadeo con rapidez, me deshago de las lágrimas que me nublan la vista. Tampoco hace que pueda ver mejor.

Estoy a quién-sabe-cuántos días en el campo y eso me aterra. ¿Habrá caído alguien? ¿Dónde se encuentran Albus y Lorcan? ¿No deberían estar aquí conmigo?

Con mucho trabajo y dificultad me pongo de lado, abrazo mis rodillas. Me hago un huevillo. El clima ha subido su temperatura y yo me muero de frío. Tiemblo mucho. Mis dientes castañean. No puedo cerrar mi boca. Y con la poca luz que hay, logro ver un poco de vaho salir de ella y mi nariz.

Por supuesto. Si no he muerto ahogada en el agua, los Controladores harán que mi cuerpo se congele hasta que mi corazón no lata más. Pero si he sobrevivido al río, podré sobrevivir ahora. Justamente ahora, sí, que alguien ha puesto algo sobre mi para calentarme.

No veo a la persona que lo hace. No necesito hacerlo. ¿Quién más lo haría en el campo sino Albus? Mis parpados se vuelven pesados de nuevo. Es lo único que han hecho en el tiempo que he estado aquí. Pero por ahora, eso no importa.


Se escuchan ramas crujiendo bajo el peso de unas bruscas pisadas. Puedo oler vagamente un poco de humo, algo lejano. Si agudizo un poco más mi oído escucho unas voces no muy lejos de mi. Hablan muy rápido, creo, pues el sonido no para en ningún momento. Después de unos segundos más, hay silencio.

Intento abrir mis ojos. Están pesados, pero hago el intento. Albus está aquí. Cerca de mi; puedo sentirlo.

Mi estómago ruge por hambre, lo siento retorcerse de dolor. Instantes después la bilis y algo más sube por mi garganta. Me levanto de pronto, tosiendo descontroladamente, dando arcadas de dolor mientras saco todo lo que hay en mi cuerpo.

Tomo grandes bocanadas de aire, pero no me ayudan en mucho. Sigo vomitando el agua que tragué y cuando siento algo espeso atorarse en mi garganta me doy cuenta de que no es sólo agua lo que estoy sacando. Musgo y unos cuantos pedazos de hoja salen de mi boca, acompañados de demás cosas asquerosas.

Siento mi nariz resoplar un poco, mi respiración es pesada. Cuando termino de sacar todo lo que tengo, un vacío se acomoda en mi pecho y estómago. Una mano tibia marca círculos arrulladores en mi espalda y hace sonidos tranquilizadores con su voz.

—Tranquila. Respira. Todo está bien.

Muevo mi cabeza, de arriba abajo, tratando de estabilizar mi respiración. Toso un poco más, pero lo único que saco es un poco de saliva que me deja un sabor amargo.

Albus me abraza un poco, inseguro de sus movimientos. De seguro algo incómodo por cómo me he despertado. Yo también estaría así si él estuviera en mi situación. Aprecio su acción, de todas maneras.

Trago varias veces, parpadeo un poco más. Estamos debajo de varios árboles caídos, viejos, rotos y seguramente huecos. Somos como castores en su presa. Suelto una risa ante la ironía pues el castor siempre fue el animal favorito de Albus.

De una manera u otra, logro salir de la presa. Albus a mi lado, muy pendiente de mis pasos porque he decidido salir sin su ayuda. Los primeros pasos son mortificantes. Mi cuerpo me pesa y cada que me muevo mis músculos se tensan en un insoportable dolor, haciéndome apretar la mandíbula para evitar que gemidos salgan.

Agotada y sin aliento me recargo en un árbol cerca de mi. Pongo mis manos en la ruda corteza y respiro profundamente. Inesperadamente, un bostezo se escapa de mis labios.

—Una diría que después de dormir por casi doce horas tú ya no tendrías mas sueño.

Contengo la risa un poco, pero no puedo evitar soltar, aunque sea, una débil carcajada; que luego muere en mis labios al sentir un agudo dolor en mi costado. Muevo mi mano hacía el lugar donde proviene el dolor. Y luego recuerdo el vago sonido del «crack» en mis dedos.

Los muevo. Estoy sorprendida por la falta de dolor en ellos. Sin mencionar en que se ven como si nada les hubiera pasado. Casi como si no me los hubiera roto. El dolor que sentí y el sonido que escuche sólo permanecen ahora como un mal recuerdo.

Abro la boca, a punto de preguntar cómo pudo suceder, cuando Albus me interrumpe.

—Fue Lorcan. Él es muy bueno para curar huesos rotos, ¿puede creerlo? Claro que tuvimos unas dificultades porque sólo sabía hacerlo en huesos pequeños; tú tenías tus tres dedos rotos y unas cuantas costillas rotas. Como te habrás dado cuenta, los dedos están bien, pero las costillas tomarán un poco más de tiempo. Son más grandes que los dedos de las manos y pies, o narices. Sanarán poco a poco. Él supone que para hoy en la noche, o mañana muy temprano podrás moverte con mayor facilidad. —toma un respiro y me mira con incomodidad—. En cuanto a los moretones, esos tendrán que esperar. Lorcan no sabe ningún hechizo para ellos, y menos yo.

Albus termina sonriéndome levemente. Y yo le respondo, sentándome bajo el árbol. El sol cae sobre nosotros y cierro los ojos para sentir su calidad caricia. Proceso sus palabras poco a poco. Acabo de despertar, mi cerebro no esta para procesar tanto en estos momentos. Sólo debo saber que estoy a salvo, que Albus está a salvo y que ahora tenemos más oportunidades de sobrevivir.

Pero, ¿no se supone que las varitas nos la dan después que acaba la primera etapa, o algo por así?

Abro mis ojos abruptamente. La repentina luz que asalta mis ojos hace que estos se obscurezcan por unos segundos. Parpadeo; una, dos veces. Eliminando los puntos rojas y amarillos que aparecen detrás de mis párpados. Albus se acerca a mi, visiblemente preocupado. Pero no estoy para causarle lastima. En cambio, estoy sorprendida, asombrada y, si he de admitirlo, también asustada.

Tenemos una enorme desventaja en este equipo. Y no hay tiempo para corregirla. El reloj corre y mientras más avanza más me doy cuenta de lo poco preparada que estoy —que estamos. Albus y yo, no tenemos ninguna ventaja aquí.

—Entonces, magia sin varita…

Hay tanto en mi mente. Mis pensamientos revolotean tan rápidos como la Snitch y el hipogrifo. Porque el hipogrifo es una de las criaturas mágicas que son muy veloces, ¿o no? Suspiro. Espero unos segundos. El rostro de Albus muestra varias emociones a la vez, pero la alegría y el entusiasmo son las que predominan sus facciones. No puedo evitar alzar una ceja inquisitiva.

—Es algo magnífico Rose. Que se debe enseñar en Hogwarts de manera obligatoria en el séptimo curso, sólo que tus acciones deciden si eres digno o no. Por eso James y Lucy no saben, aunque eso se debe a que son Potter y Weasley —agrega incómodo, pero su humor retorna pronto, al igual que su idea original, pues parpadea unas veces como para enfocarse de nuevo en ella—: Lorcan. Él sabe cómo hacer magia sin su varita. Me explicó que para él es algo fácil de hacer, y que para nosotros también si nos esforzamos o algo así; tiene que ver con la magia reprimida, y que por eso es fácil para él y para cualquier persona que no sea de Slytherin.

—Pues como nos han reprimido todos estos años a usar completamente nuestra magia, esta se manifiesta de las maneras más inesperadas… Sólo hay que aprender a controlarla —murmuro, arrugando mi frente en concentración. Me muerdo el labio. Mientras más lo analizo, más sentido tiene.

—¡Exacto! —exclama y casi puedo verlo dar pequeños saltos de emoción—. Rose, tu ya haz hecho magia involuntaria. ¿Cómo crees que te pude salvar de la corriente?

Me quedo unos segundos en silencio. Vacilo un poco, incitándolo a seguir.

—Te diré: tú me llamaste. Sí, no me mires como si estuviera loco. Es la verdad. Lorcan y yo íbamos montaña abajo, listos para buscarte en el bosque porque ahí fue donde te vimos aterrizar —sus ojos no muestran nada de enojo, ni ninguna emoción parecida. En cambio yo, no puedo evitar morderme de nuevo el labio, incómoda porque eso salió en la conversación tan rápido—. Estábamos cerca del río. Arriba en las montañas, pero éste estaba al lado, bajo nuestros pies, ¿si me explico? Y mientras bajábamos, sentí un incómodo jalón de mi ombligo, luego mis ojos se oscurecieron y me vi bajo el agua. Atrapado bajo ella. Mis pies se movieron por sí solos, a una velocidad impresionante, según Lorcan. Fue extraño. Como si estuviera en tu cuerpo. Podía sentir todo, escuchar todo —acto seguido, sus ojos se desviaron a mis dedos y me encogí involuntariamente, recordando el sonido cuando se rompieron—. Rose, tú me llamaste. Tal vez no gritaste mi nombre, pero tú y tu magia me guiaron hasta ti.

Hay una pausa. Sus ojos me escudriñan con intensidad. Tratando de averiguar lo que pienso. Inhalo la mayor cantidad de aire posible e ignorando el dolor en mis costillas y los músculos alrededor, dejo salir el aire lentamente.

—¿No sentiste algo raro mientras estabas ahí abajo? —su voz es apenas un susurro. Parece desilusionado. ¡Que va!, su voz derrama decepción pura.

—Lo único que pude pensar en ese momento era en que mi intento había fallado. Se suponía que iba a morir, pero no. Fue frustrante porque en vez de eso terminé sintiendo una terrible desesperación. Mi castigo por querer quitarme la vida, supongo —me encojo de hombros. Pongo mis ojos en blanco.

Ignoro la mirada preocupada de Albus. Sólo puedo pensar en lo amarga que sonó mi voz. Al final, hago una mueca y agrego:

—Pero estoy feliz de estar aquí. Las cosas serán más fáciles de ahora en adelante, imagino.

—Por supuesto, Rose. Tenemos una gran ventaja: el conocimiento de nuestras habilidades ocultas —sonríe de una manera tan traviesa que por un momento pienso que tengo a James frente a mi—. Lo que tenemos que hacer ahora es manejar la magia lo mejor que podamos. Aprender a moldearla a nuestro gusto antes que los demás descubran también lo que pueden hacer. No tardarán mucho te lo aseguro.

Al escuchar sus palabras, veo ante mi unas piedras que se alzan con cada pisada aparecen como un recuerdo. La preocupación se apodera de mi al recordar quién era el que daba las pisadas.

—Claro que no. Timothy Nott es capaz de alzar pequeñas piedras con cada pisada. Cassia Flint y los demás no tardarán en darse cuenta de lo que puede hacer y empezarán a preguntarse cosas y experimentar. Es cuestión de tiempo.

—Y de lo listos que sean como para darse cuenta de eso —agrega para aligerar la conversación, pero no funciona.

—De los Hufflepuff no se nada, pero sí de Cassia. Antes de que me lanzara del acantilado, Cassia y los demás me estaban persiguiendo. Ella fue la que me encontró, yo estaba escondida, entre ramas y ¡ella me vio! ¡Me descubrió en un abrir y cerrar de ojos! Por eso me arrojé, no había otra solución. Estaba acorralada y me rehusé a morir en manos de una Slytherin.

Nos quedamos callados. Nos observamos a los ojos. Albus se encuentra apenado, puedo sentirlo bajo su mirada. Yo sólo estoy aquí. Esperando a que haga las preguntas, o que mis preguntas salgan a la superficie.

Y es como si me leyera la mente porque después dice:

—Por mucho que quiera preguntarte cómo has estado, queridísima prima, debo informarte que nuestro anfitrión de hoy ha ido a buscar la comida y debemos esperarle, como buenos huéspedes que somos, en su humilde, pero sobria morada —gestiona sus manos hacía la presa, exagerando sus movimientos—; por lo tanto he de sugerirle que esperemos su llegada al lado de la viva fogata. Entonces y sólo entonces hablaremos más.

Bufo. Y después vuelvo a bufar ante la ridícula manera de hablar de Albus.

—Cómo si la presa no hubiese sido tu idea de humilde, pero sobria morada, Potter.

—Te juro que ya estaba construida cuando llegamos acá —responde con las mejillas encendidas y esta vez suelto una sonora carcajada, que otra vez acaba con un gemido de dolor.


Albus y yo nos encontramos tejiendo cuerdas con la piel de unas ramas. El nombre no se me quedó, pero la manera en que prácticamente desnudamos varias ramas como si le quitáramos la cáscara a un plátano sí. La piel es de una complexión moldeable, pero rígida a la vez. Albus me explicó que es muy usada en la fabricación de las varitas, un factor imprescindible. Tal ejemplo es mi varita: veinticuatro centímetros, fresno, centro de garra de hipogrifo, rígida, pero para mí.

No fue muy difícil hallar un modo para tejarlas juntas. Son muy fáciles de manejar, en realidad. Albus no tuvo que ayudarme mucho después de enseñarme cómo hacerlo.

Esto es algo que Lorcan le enseñó mientras estaban esperando que despertara. Algo muy útil para las trampas que haremos después de hacer suficientes sogas, así como dos hondas más que Albus me enseñó: un arma muggle sencilla que sirve para aventar proyectiles. Rocas, para ser precisos.

Hasta ahora llevamos tres, dos suyas y una mía. No lleva mucho tiempo, pero con la rapidez de los dedos de Albus y la torpeza de los míos, siento que llevamos más tiempo. Lo que me lleva a preguntarme cuando volverá Lorcan. Pensar en su retorno me revuelve mi estomago, hace que mis emociones se encuentren y choquen ferozmente. Tengo miedo y a la vez espero que venga.

Quiero preguntarle muchas cosas, pero a la vez quiero ignorarlo. Siento este irracional… enojo—leve irracional enojo contra él. Albus habla de él como si supiera muchas cosas, como si fuera alguien digno de admirar. Como si fuera James, casi. Y Albus admira demasiado a James, aunque lo niegue.

Además, por mucho que Lorcan haya ayudado a Albus a salvarme, curando mis heridas y huesos rotos mientras estaba inconsciente, todavía me siento incómoda al pensar que tendré que hacer una alianza con él. Sin mencionar la vergüenza que pasaré cuando mencione el porque Albus y yo quedamos separados. Porque sé que lo mencionará.

Mi primo me dice que no tardará mucho. No puede evitar mencionar que un conejo asado le parecería rico en estos momentos y espera que Lorcan haya cazado una buena presa esta vez, pues no quiere volver a comer raíces.

Sonrío un poco y abro la boca para mencionarle los túneles llenos de frutas maduras y seguramente dulces, pero el alza su mano y mueve su cabeza de un lado a otro, negándome la palabra porque, cito: «Lorcan debe escuchar todo lo que has averiguado, es parte de nuestro equipo ahora».

Refunfuño para mis adentros y termino mi segunda cuerda. Cojo unas cuantas pieles y empiezo a tejer, cuidadosamente poniendo cada trozo bajo del otro, sobre el otro, y bajo del seguido, una y otra vez hasta formar algo semejante a una cuerda.

No obstante, no hago ningún intento más por hacer conversación. En cambio, me dedico a escuchar a Albus, mientras trabajamos.

Me explica los planes que tenían de ir a buscarme enseguida, pero cómo tuvieron problemas con estas criaturas que los persiguieron hasta las montañas. Eran, según su descripción, unas horribles mariposas que con sus filosas alas cortaban tu piel hasta que no quedaba nada de ella y te comía el músculo. Ellos saben que sigue después de los cortes porque a penas vieron lo que le hacían al pobre castor echaron a correr.

(Algo me dice que a mi primo le dolió tanto ver al castor morir de esa manera que por eso decidió construir el refugio como una presa en honor al pobre difunto animal.)

Después de llegar a cierta altura —me cuenta—, sorprendidos por la falta de velocidad de las mariposas, ellos decidieron esperar a que las mariposas se rindieran y fueran a buscar nuevas presas. Mientras lo hacían, buscaron comida, refugio y trazaron un mapa en un pergamino con una pluma mágica, milagrosamente enviados por un patrocinador. No puedo evitar sonreír ante eso. Ahora que nuestro equipo esta formado completamente, más regalos llegaran.

Albus después sonríe apenado y dice que al llegar el pergamino con la pluma mágica se pusieron a trazar el mapa con tanto entusiasmo que terminaron muy cansados y por eso no continuaron en buscar. Pero agrega:

—No es que me haya olvidado de ti, Rose. Yo sé que tú estabas bien, es solo que yo estaba pensando en futuro. Quería que las cosas estuvieran en orden cuando nos reuniéramos, así que descuidé un poco el presente.

Sonrío de lado y sacudo la cabeza. Me abstengo de escupirle en la cara que casi muero, de nuevo. Pero él no tiene la culpa.

Luego, cuando estoy a la mitad de mi tercera cuerda, vuelve el tema de mi magia involuntaria.

—Fue como tener una epifanía.

—¿Siquiera sabes que es una epifanía? —me burlo, ocultando mi incomodidad tras una sacudida de cabeza y un tono divertido.

—Sabes a lo que me refiero. ¿En serio no sentiste alguna conexión o algo? —me vuelve a escudriñar, como esperando encontrar la mentira en mi rostro.

—Lo único que sentía eran mis pulmones gritar por oxigeno y mis dedos tronar. Y también una herida en mi espalda u hombro, no recuerdo muy bien —sacudo mi cabeza y suspiro cerrando los ojos—. Albus, no sentí nada. No vi nada.

Dicho esto, se queda callado y termina su cuerda. Ha hecho unas seis, así que empieza a separarlas en pares. Explica que debemos esperar a que Lorcan venga, pues él seleccionará las que se usarán para las hondas.

No es hasta ese momento que me doy cuenta que no llevo el suéter puesto. El cuello de tortuga ha desaparecido y en cambio me encuentro con la blusa escarlata de tirantes.

Pregunto a Albus sobre mi suéter y me dice que tuvo que quitármelo para que no me pescara un resfriado o algo peor, como hipotermia. Lo ha puesto sobre una rama y me golpeo mentalmente al no darme cuenta antes. Busco en los bolsillos y cuando no encuentro nada me reviso los pants. Por un momento me encuentro desorientada. No me acuerdo donde dejé las piedras. Lo único seguro es que no están.

—¿Y las piedras que estaban por aquí? —pregunto confundida.

—Oh, esas no eran piedras. Eran huevecillos de no se qué animal. Cuando los encontramos, Lorcan fue a tirarlos en el rio. Dice que eran de una criatura peligrosa y que tenías suerte de que los hubiéramos encontrado antes de que salieran del cascarón.

Musito un pequeño «Oh» y vuelvo a sentarme para continuar mi trabajo.

—No te preocupes, yo también pensé que eran piedras.

Suelto una risa y bromeo con él, diciendo que sólo un hijo de tía Luna y Rolf podía identificar algo no humano en segundos. Aún así, no puedo evitar sentirme estúpida.

Y cuando por fin venga Lorcan, la sensación de estupidez aumentara de seguro.

No pasan más de quince minutos cuando se empiezan a escuchar sonidos de pisadas, acercándose cada vez más. Mantengo la respiración y trato de que mis hombros no se vean tan tensos como los siento.

Por un momento me pasa la idea de que no es Lorcan el que se acerca, sino alguien más, pero Albus no parece inmutarse por los sonidos así que me calmo. Luego, veo la rubia cabellera de Lorcan y el suéter con el escudo de Ravenclaw en su pecho.

Su vestuario es casi igual al de nosotros. Con algunas variaciones, como un cierre en el suéter y líneas azules rodeándole las muñecas, pero de ahí, casi igual. Por lo que casi parecemos un equipo.

Evito mirar por mucho tiempo y me dedico a seguir con las cuerdas. Ya no llevo la cuenta. Ni siquiera sé si debo de estar haciendo más o no. Pero me mantiene ocupada mientras Lorcan se acerca.

Ya está a unos metros de donde estamos, pero parece no percatarse de nuestra presencia. Mira a todos lados y una que otra vez su mirada cae cerca de Albus o de mi, pero ningún reconocimiento. Observo su labios musitar algo y algo se mueve. La luz. Como un campo de energía; forma ondas y Lorcan cruza por ella.

Por supuesto.

Una vez dentro del encantamiento, Lorcan vuelve a musitar y otra vez hay ondas de luz. Una sonrisa se posa en los labios de Lorcan cuando me ve y se acerca hacia mi. Queda justo frente a mi, a unos pocos centímetros. Sus pálidos ojos azules me observan con seriedad y luego sus dos manos, de pronto, estiran mis dos mejillas dolorosamente.

Me alejo rápido de él y suelta una risotada. Murmura algo y vuelve a reírse de nuevo.

—¡¿Cuál es tu problema?! —exclamo, sorprendida, sobando mis mejillas con mis manos. Muevo mi mandíbula, abriendo mi boca para deshacerme del dolor todavía presente.

—¿Problema, cuál? Sólo he decidido comprobar si la teoría de Ghrühmman se aplica a tu caso. Verás, este magnífico y magnánimo señor hechicero plantea la teoría de que una persona mágica que ha sido la creadora o ha sido expuesta a una gran conexión mágica con otra persona; ya sea mágica o no, es propensa a tener síntomas como: dilatación de pupilas, fiebre, falta de reacción al dolor y alucinaciones, así como también un fuerte y hediondo olor a lavanda que dura de cinco a siete días.

»Y, por lo que he visto hasta éste momento, sólo haz tenido tres de cinco.

Me sonríe ampliamente y se voltea hacia Albus, a quien ve seriamente. Intercambian una mirada, idéntica a la que intercambiaron en la cuenta regresiva.

Es como si supieran algo que yo no. Entrecierro los ojos. Un burbujeo se centra en la punta de mi estómago y no es por la falta de comida, o la excesiva cantidad de agua que expulsé.

—Dime, Rose Weasley, ¿cómo fue que llamaste a Albus?

Suelto un resoplido y me cruzo de brazos. La cuerda yace ya olvidada en el suelo. Aprieto mis labios, me encojo de hombros y muevo mis manos de tal manera que doy a entender un gran y soberano: No lo sé.

En vez de poner los ojos en blanco o responder con otro gesto un poco más grosero como yo haría si me respondieran de esa manera, Lorcan se muestra calmado. O más bien, intrigado. Pone su mano en su mentón, aprieta su mandíbula y arruga su nariz, pensativo.

Todos nos quedamos en silencio. Albus y yo observando a Lorcan. Si he de ser sincera, no sé que estamos esperando.

Ha dejado su posición pensativa y ahora se pasea por todo el lugar buscando no se qué. Por lo que he de suponer que ya ha olvidado la conversación. Pero no puedo estar tan segura. Y Albus piensa igual que yo. Lorcan no se molesta en preguntarle si ha visto lo que busca, sólo se concentra en encontrarlo.

Pasan unos minutos y sigue haciendo lo mismo. No estoy extrañada al encontrarle con la misma expresión de hace unos segundos. Le cuesta encontrar el objeto, pero mantiene una calma impecable. Alzo una ceja y suspiro para mis adentros. Cojo la cuerda y termino el último nudo con un poco más de fuerza necesaria.

Con eso, no noto cuando Lorcan encuentra su objeto. Se detiene frente a mi, y se sienta. Con la cabeza, le dice a Albus que venga con nosotros.

—Eso no fue lo único que hiciste, Rose. ¿Cómo fue que caíste al agua? —inquiere con una voz que sugiere que yo le estoy ocultando algo. Con una voz que me pone nerviosa, pues hasta yo misma imagino que oculto algo. Cuando la realidad es otra, por supuesto.

Cuando veo un cuchillo apuntándome, o siendo señalado hacia mi, me siento más insegura. Claro, no hablo, piensa que oculto algo y recurre a la amenaza. Después, será la tortura.

Le dedico una mirada a Albus, insistiéndole a los ojos lo que sea para que controle a Lorcan. Él carraspea un poco y Lorcan lo voltea a ver, que parece entender lo que ha hecho y baja el cuchillo. Su mirada, sin embargo, sigue ahí para incomodarme.

—Debiste caer desde una buena altura, me imagino. O eso espero.

—¿Disculpa? —ahora soy yo la que lanza una dura mirada. El sonríe, como recordando algo y vuelve a hablar.

—Déjame continuar, por favor. Necesito tener todo claro antes de sacar más conclusiones y estas son vitales para nuestra supervivencia. Repetiré la pregunta y quiero que seas completamente honesta conmigo. Nada de juegos, ni de arranques de ira.

—¿Arranques de ira? —suelto una risotada a secas y aprieto mis labios—. ¿A esto le llamas ataques de ira? No has visto nada, amigo.

—Y estoy seguro, pero esto es más importante ahora. Primero debemos saber muy bien que fue lo que pasó y para eso necesitamos tu cooperación. Ahora, por favor, responde la pregunta.

La respuesta es sencilla. Me ahorro la historia de la persecución y voy al grano. Pero a él no parece satisfacerle y sigue insistiendo en que debió de haber algo más. En especial cuando, después de preguntar, le digo el aproximado de la altura del acantilado. Al final, termino acordándome de lo que sucedió. La luz que vi, como una burbuja, que ahora que lo pienso detuvo mi caída y mi muerte segura.

Lorcan se emociona ante eso, pero sólo dura unos segundos. Después sigue preguntando más cosas.

La situación es sencilla: una serie de preguntas que llevaran a Lorcan a una resolución. Que, al final, él mismo transforma esta situación, de sencilla a compleja y absurda; todo al mismo tiempo. Por mas que analizo, pienso y vuelvo a analizar, no puedo llegar a una conclusión.

¿A qué quiere llegar con todo esto? ¿Cuál es el punto?

—¿Qué te motivo a saltar? ¿Qué sentiste cuando lo hiciste?

Hago una mueca de disgusto y, a regañadientes, respondo. Y tal vez fue un poco hostil, pues Albus me da una mirada. Pongo los ojos en blanco y reformulo mi respuesta, agregando un poco más.

—Pensé… —carraspeo un poco, incómoda— en mi familia. Es lo último que pensé, o eso imagino. Sólo recuerdo las sensaciones: cuando caía y me ahogaba. Eso es todo —enfatizo la última palabra, para darle a entender que no hablaré más del tema. Sorpresivamente, el se queda unos momentos en silencio y no sigue con las preguntas.

Cuando vuelve a hablar, llama a Albus y coge varias cuerdas y empieza a atarlas con destreza y fuerza. Albus, por el contrario, sólo ayuda a sostener lo que Lorcan ya ha atado hasta que sólo quedan pequeñas hebras al final. Luego, se vuelve hacía mi y sonríe.

—Pienso mejor cuando estoy ocupado con las manos. Me ayuda mucho porque mis pensamientos vienen muy rápido, agitados y hacen que me de migraña. Debo encontrar una manera de evitar que eso suceda para que así no pierda el hilo de ideas, y el mover mis manos es la manera. —asiento, y le indico que continúe, aunque no lo necesita, pues no termino la oración cuando el continua hablando—: Lo que sucedió contigo, Rose, es algo extraordinario. Fuiste capaz de crear una conexión con Albus en tan sólo unos segundos, y metros de distancia. Similar al Priori Incantatem, pero algo más fuerte y más tangible, por así decirlo.

»Tal vez Albus no fue lo último que pensaste al caer, al menos no conscientemente. Sin embargo, al ser el único familiar, y persona que amas, presente en el campo y cerca de ti, fue objeto del encantamiento, o como se llame. Esto en realidad no pasa mucho y sólo sucede si la persona es realmente poderosa y tiene su magia muy bien canalizada. Por lo que es una sorpresa que fueras capaz de hacerlo. ¡Es una magia antigua, muy, muy antigua! He de suponer que… no sé —se lleva una mano al mentón y lo rasca suavemente con su dedo— tus emociones fueron muy intensas en ese momento y por eso la conexión se realizó. Y muy bien a decir verdad, Albus parecía poseído —suelta una carcajada— y salió disparado de donde estábamos.

Logro soltar una risa, pretendiendo que su broma me hizo gracia, pero no sale muy convincente. Si Lorcan lo notó, hizo caso omiso y se dedicó bromear un poco con Albus mientras hacia, lo que yo supongo, una honda.

Después de eso, la conversación se vuelve más tranquila. Lorcan anuncia que hubo una buena caza, porque logró atrapar un conejo enorme. Albus suelta un gran suspiro y comienza a despellejar al conejo cuando Lorcan se lo lanza. Me aguanto las ganas de vomitar y me dedico a caminar en círculos pequeños, no muy segura de hasta dónde termina el hechizo protector. O de cómo Albus tiene las agallas para despellejar un conejo sin sentir nauseas.

Estamos todos en silencio. Salvo por el sordo sonido que hace la piel siendo arrancada del cuerpo del conejo, o el que hacen las ramas al chocar las unas con las otras cuando Lorcan trata de avivar la fogata.

Los pequeños círculos pronto comienzan a marearme y el dolor en mis costillas aumenta. Me estiro un poco, pero no sirve de mucho para apaciguar lo que siento. Así que decido acostarme un rato, alejarme del sonido. Cojo mi suéter y me lo pongo a pesar del calor que hace. Las hojas me darán picazón y me incomodaran.

Ya en la presa, pienso. Pero sobretodo, imagino.

Imagino a mi familia. Lo felices y aliviados que han de estar en estos momentos. Y lo exaltados que han de estar los del Londres mágico, todos apostando por mi, por nosotros. Ahora estamos juntos y somos un equipo funcional. O por parte de Albus y Lorcan; yo realmente no he hecho mucho.

Pero el punto aquí es, que al estar viva, hay más probabilidad de que haya más peligro. Cuantos más paquetes lleguen, más amenazas lo harán. Y por muy buenos que sean, estos no podrán superar a los Controladores porque el objetivo final de estos juegos es que nosotros acabemos muertos.

Es raro pensar ahora esto. Por unas horas olvidé que estaba en un campo lleno de personas que anhelan asesinarnos. Me sentí tranquila estando con Albus, y con Lorcan… me sentía siendo una poción examinada, incómoda, pero no en peligro.

Y sin embargo, no puedo llegar a confiar plenamente en Lorcan. No cuando no me dice lo que sucede. Habla con tanta sabiduría sobre el tema de la conexión (¿de dónde rayos supo todo eso, para empezar?) y aún así, no ha dicho todo.

Quiero confiar en él, de verdad. No soy estúpida, sé que él es indispensable para nuestra supervivencia, James me lo dijo, pero…

—La comida está lista. Espero que te guste el conejo, Rose —me llama Albus desde la entrada y doy un pequeño salto, sorprendida por su voz.

Me incorporo tan rápido como mi adolorido cuerpo me lo permite y camino hasta la fogata. El humo hace mi ojos llorar por un momento. Un olor extraño entra por mi nariz e inhalo profundamente. No es lo mejor del mundo, pero huele como algo sumamente apetitoso. No obstante, todo con hambre huele delicioso.

Me siento en el suelo, incómoda por unos momentos. Las partes del conejo se encuentran sobre una roca encima de la fogata, no son muchas, pero bastarán por ahora, según Lorcan. Él y Albus ya están agarrando sus partes y veo que las dos piernas traseras (las partes más grandes) me las han dejado a mi. Musito un gracias y cojo una.

El sabor es parecido al pollo asado. Me recuerda al de la abuela. Doy la segunda mordida y soy transportada a la cocina, donde todos estamos comiendo y riendo, mis primos haciendo chistes y mis tíos regañando a aquél que se ha pasado de chistoso.

Antes de que yo me de cuenta, estoy chupándome la grasa que me quedó en los dedos y a punto de agarrar la segunda pieza.

—Te recomiendo que guardes algo para el camino. Va a ser largo. Debemos apresurarnos si queremos llegar a la mitad antes del anochecer —me advierte Lorcan mientras entierra los huesitos.

Me sonrojo. Apenada por mi comportamiento y retiro mi mano con lentitud. Mi estómago da vueltas, pero ya ha comido suficiente por hoy —o eso me repito para apaciguar el hambre.

Albus me ofrece la mitad de su porción, pero las rehúso, todavía apenada. Sin embargo, me toma una de sus miradas y un sonoro rugido de mi estómago para aceptar.

Y es que la verdad me moría de hambre. Las flores haitianas no podían durarme para siempre.

—¿Qué sabes de las flores haitianas? —pregunto a Lorcan cuando termino la porción que Albus me dio. Estoy tentada a devorar la pierna que me queda, pero hago caso y la guardo en mi bolsillo para el camino. Quién sabe si lograremos cazar más.

—No sirven de mucho. Los efectos de esa flor son volubles, dependen de cada persona. Sólo deben usarse una vez al día, pues la calma que te dan sus pétalos y el agua del tallo puede rebotar de una forma muy desastrosa. Si sugieres usarlas, temo que tendré que negarme. No duran mucho después de cortarlas; unas cuantas horas antes de que se marchiten y conviertan en polvo.

—Oh. Está bien.

Pongo los ojos en blanco. Eso tal vez explica el voraz apetito que tengo. Decido quedarme callada e ir con Albus. Otra vez, me siento avergonzada delante de Lorcan. ¿Cómo es posible que sepa tanto? ¡Nadie en Gryffindor sabe tanto! A excepción de James y Lucy. Y está claro que ellos se conocen entre sí. Lo que me lleva a preguntarme: ¿el conocimiento que ellos poseen es algo que ellos se han enseñado a través de los años, o lo que han aprendido en Hogwarts?

En todo caso, James y Lucy debieron habernos enseñado más. Sin importar si hubiésemos sido seleccionados o no. Hay que admitir que Albus y yo realmente somos una carga para Lorcan.

Empacar no es difícil. No tenemos muchas posesiones —ellos no tienen muchas. Las armas y los alimentos están limitados. Pero, sorpresivamente, tienen tres mochilas: una para cada uno, que contiene un poco de alimento (raíces, nueces, conejo) en las pequeñas bolsas de los costados, una pequeña y delgada sábana como la que usé el primer día para envolver a Nicholas y una botella de dos litros más un cuchillo para mi alivio. La de Lorcan, sin embargo, lleva una lupa. Cuando le preguntó porqué nosotros no tenemos una, el dice que es un regalo de su mamá, pues ella siempre supo como le fascinaban las lupas. Yo me quedo callada y vacilo un poco antes de alejarme, sin saber cómo actuar.

Toco el reloj de mi padre. Lo acaricio. Lo observo. Nada ocurre. Sólo recuerdo su rostro, cómo me sonría y su voz, pero el calor de su abrazo ya está olvidado. La memoria de mi padre ahora es un vago recuerdo. Ni hablar del recuerdo de mi madre…

Antes de que las lágrimas se escapen, me coloco la mochila y voy hacia Albus para que me ponga al tanto del plan.

—Tenemos que ir al Cuartel. Ahí encontraremos armas y provisiones para los próximos días. Sabes, tenemos once días para que acabe la primera etapa. Y en tres días nuestras varitas podrían aparecer.

—No hay que confiarnos. Recuerda que sólo aparecerán si las necesitamos de verdad. Y eso me suena como una situación de vida o muerte.

—Sí, tienes razón. Sólo confiemos en que tarde o temprano aparecerán —me lanza una sonrisa que luego se borra de sus labios y adopta una expresión sombría—: Cuando salgamos de acá, debemos eliminar nuestros rastros. Lo demás deben estar buscándote porque el cañón no sonó cuando caíste al agua. Lorcan no puede mantener el hechizo en movimiento, así que no debemos dar un paso en falso. ¿Qué tal si nos ayudas a desmontar lo que hay dentro del refugio?

Sin decir más, me dirijo a la presa. Comienzo a echar hojas a los espacios en donde, supongo por la forma que tienen, dormimos y elimino rastros de que alguna vez alguien estuvo ahí. Cuando termino, observo a mi alrededor y me doy cuenta de lo pequeño que es. Tengo que encorvarme un poco. Parece el refugio de un animal; si le damos unos detalles más rústicos, podría parecer más realista.

Sin embargo, no hay manera. Pues hay nudos que no pueden deshacerse y aunque por dentro se vea rústica, por fuera se ve hecha por manos humanas. Al final, Albus y Lorcan se dan cuenta de eso y se decide dejar el hechizo protector por un tiempo, hasta que Lorcan se canse. En ese tiempo, nosotros trataremos de viajar lo más rápido posibles, sin hacer mucho ruido.

Cuando todo está listo y empacado, ellos revisan el mapa para fijar rumbo. Yo sólo los observo, sin saber que hacer.

En el tiempo que estuve ausente, por así decirlo, ambos crearon una rutina. Hay un entendimiento entre los dos en el cuál yo no formo parte. No puede evitar pensar que todo lo que he planeado, o mi objetivo: proteger a Albus, ha sido revertido. Yo no soy la que le dice a Albus que cuide mejor sus pisadas porque hay ramas que si son pisadas con rudeza te agarran el tobillo, es él. Y Lorcan. Él no sólo se encarga de cuidarme, no, también a Albus. Lo peor de todo es que hay una diferencia de trato.

A mi primo lo trata como un igual, un compañero y amigo. Conmigo es diferente. No llega a burlarse de mi, pero en su tono hay algo que realmente me irrita. Su manera de hablar, de extender todo y complicarlo por más mínimo que sea es extenuante.

Lorcan no puede evitar describir nuestra larga caminata como un, cito, «viaje a través de la oscuridad de la vida que nos llevará hacía el dulce canto de victoria».

El bosque por el que caminamos es totalmente distinto al que yo estuve hace unos días. Las hojas son tan verdes y hay flores por donde sea que pisemos. Y aunque la vista sea más placentera, no significa que la caminata también lo sea.

Nos detenemos después de dos horas horas. Si fui yo la que pedí el descanso, no me acuerdo. Estoy tan cansada que lo primero que hago es sentarme donde primero caiga. Al instante me arrepiento. Un dolor se cruza por todo mi cuerpo y hace que mi respiración se detenga a medio camino. Hago una terrible mueca, pero no me atrevo a respirar. No aún.

Albus y Lorcan se detienen justo frente a mi. Y el primero hace intentos de agacharse a mi lado, pero lo detengo sacudiendo mi cabeza. No puede hacer nada, de todas maneras. Me regaño a mi misma por mi debilidad. No trato de buscar excusas o justificaciones; ni siquiera escucho a Albus cuando, como si leyendo mi mente, sugiere sutilmente que no es mi culpa que los esté retrasando.

Algo que, sinceramente, es una gran y total mentira.

Lorcan, por su parte, parece muy complacido en contradecir a mi primo.

Y entre sus dos voces, ambas alzándose en volumen por segundo, la mía se hace resonar cuando estallo enfurecida.

—¡Si vamos a hablar de culpas, entonces ustedes dos tienen algo más de que hablar!

Ellos se detienen en seco, las palabras atoradas en sus bocas. Voltean a verme, perplejos y yo lo único que hago es bufar y emitir un sonido gutural cuando me levanto y avanzo hacia ellos lanzando una mirada acusadora.

—Sí, pudimos haber evitado todo esto —señalo alrededor y mi cuerpo adolorido con brusquedad, algo no prudente, pero ahora el enojo no me hace notar el dolor del todo— si Albus tan sólo me hubiera avisado que ustedes tenían una alianza, un plan. Me refiero a que, ¿qué esperaban ustedes que hiciera cuando viera que tú, Albus, te dirigías hacía Lorcan? ¡Por Merlín, no lo conozco! ¡No sé quién es! ¡Ni sus intenciones! Estamos en este campo donde todos quieren asesinarnos, somos ganado en el matadero. ¡Y la única persona en quién puedo confiar, me traicionó al no decirme un día antes lo que planeaba!

Termino con la respiración agitada. Mi pecho sube y baja, como si hubiera corrido kilómetros sin detenerme.

Hago una mueca de disgusto cuando no escucho ningún sonido de su parte. Albus, al menos, tiene la decencia de parecer arrepentido y muy apenado. Y sé que se siente así, en verdad lo sé, pero ahora no puedo pensar en perdonarlo tan rápido. Aunque no es algo de perdonar… Sólo quiero que me explique. ¿Porqué no confió en mí?

—Está bien, Albus pudo decirte. Sin embargo, no pareció prudente. Rose Weasley no sabes actuar, no sabes fingir no saber. Te observé en el entrenamiento y permite decir que la estúpida actuación y el estúpido diálogo de la entrevista no logro convencer a nadie más que a los funcionarios. Todos los alumnos han visto que Albus y tú son como stipurcks y storpucks, inseparables. Nadie se creyó ese acto.

—¿Y qué vas a saber tú de mi, si ni siquiera estas en Gryffindor? ¿Quién eres tu para jactarte de conocerme o no? —le lanzo mordaz. Aparentando no sentirme más estúpida de lo que ya me siento. No dejo que note como me lastimó con su comentario. Ni tampoco pregunto qué rayos son los stipurcks y storpucks.

Lorcan lanza una sonora carcajada. Aprieto mi mandíbula con fuerza y transformo mis manos en puños.

—Tu primo me ha dicho lo suficiente para conocerte. Si bien no del todo, lo suficiente para tratar contigo.

—¿Y tú vas como si nada y le cuentas todo sobre mi, Albus? ¡Al enemigo, para variar! —escupo las palabras, asqueada por la sola presencia de Lorcan.

Algo aparece en los ojos de Albus, una emoción…, algo tan fugaz que no puedo identificar. Brevemente, intercambia miradas con Lorcan. Otra vez aparece el secretismo.

—Rose Weasley, recuerda quién es el enemigo verdadero en todo esto. Que estemos en esta situación no significa que no estemos del mismo lado.

Después de escuchar esas palabras, algo parece golpearme como una bludger. Veo a Lorcan y Albus, desconcertada, sorprendida, enfurecida y al final observo a mi primo con decepción.

Sin decir más, me alejo de ellos. No sin antes lanzarles la peor mirada que puedo generar. Una que les haga arrepentirse de lo que hicieron, arrepentirse de ocultarme algo tan importante como lo que me acaban de confirmar.

Cuento los segundos, y a los treinta exactos escucho pasos familiares. No me volteo.

—Si quieres saber quién fue la que te lanzó, fue Mary Cattermole. Lorcan está seguro de que ella puede hacer magia sin varita también.

Pongo lo ojos en blanco y, sin evitar, pienso: «Pues el imbécil que me lanzó no es tan imbécil como parece. Ravenclaw tenía que ser.» Y así continuo por un momento hasta que me doy cuenta que no se ha escuchado nada acerca de Mary Cattermole a excepción de eso.

Albus espera unos segundos para que responda, pero no lo hago. Él también lo sabe. No obstante, siempre me da tiempo. Piensa que uno de estos días tendré que dejar de ser tan terca y tragarme el enojo.

Lo curioso de ésta situación es que no es ira todo lo que siento. Es un conjunto de emociones que no creí que mi familia fuera capaz de hacerme sentir. Y lo peor de todo, es que no puedo soltarlas. No aquí, cuando hay hechizos que captan todas nuestras palabras y las transmiten a todo el Londres Mágico, o con Lorcan cerca. Sería como desnudarme frente a todos.

Me cruzo de brazos. Pienso en la mejor manera de comunicarme, sin decir mucho como para que los funcionarios, mortífagos y Lord Voldemort no lo descifren. Algo sumamente difícil.

Me volteo entonces. Mis brazos caen laxos a mis costados. Observo a Albus durante un tiempo. Estoy a punto de abrir mi boca. Pero me detengo a pensar un poco más. Las palabras de Lorcan retumban por mi cabeza.

—Sabes, es lindo saber que a ti si te dejaron tener el reloj de tu padre. A mi me quitaron la cadena junto con el anillo. Dijeron que podría ahorcar con la cadena y eso era darme una ventaja que no podía tener. El anillo tampoco me lo dieron porque estaba medio destruido, no sé si recuerdas —se encogió de hombros, observando al suelo mientras pateaba una pequeña rama.

Me muerdo el labio. Trato de descifrar lo que quiso darme a entender, pero no logro hacerlo. Pienso en lo que ambos objetos significaban para la familia, pero nada viene a mi mente. Hasta el momento en que nos dieron las reliquias, yo no tenía idea de que existieran. Son costosas, y nosotros los Weasley no tenemos dinero para comprar relojes y anillos de oro, plata u otro material costoso.

—Es una lástima —termino diciendo. Por la forma en que Albus sutilmente me mira, sé que sabe que no entendí. Me muerdo otra vez el labio inferior y me recargo de espaldas en el árbol más cercano.

Acaricio el reloj, pensando más fuerte, pero a la vez fingiendo despreocupación.

—No es como si fuera a durar mucho, ¿o sí? Además, si te atrapaban, solo bastaba con apretarlo contra tu cuello para ahorcarte. Es como James dijo, no hay que darles oportunidad para que acaben contigo. Si acaso, debes estar agradecido. Te hicieron un favor si lo ves desde ese punto.

—Tienes razón.

Pasan los segundos. Ninguno de los dos dice nada.

—Quiero decirte algo. Lo que pienso de toda ésta situación. Pero tú sabes que no es posible decirte lo que quiero decir porque también sabes que nos están escuchando. Además, ¿qué van a pensar James y Lucy si me escuchan decir lo mucho que los quiero y los extraño?

Justo después de decir eso, Albus parece entenderme mejor. No fue lo más sutil que se me ocurrió, a decir verdad, pero funcionó. Se acerca más a mi. Yo doy un paso más. Y pronto nos estamos abrazando. No tengo que fingir. Puedo decir millones de cosas sobre mi familia y sentirme triste y abatida. Soy víctima del más profundo dolor al pensar en ellas. Sin embargo, no dejo que el rayo de esperanza que James y sus palabras me dieron me dejen ciega ante la verdad de la situación.

Con una voz quebrada, con todas mis emociones carcomiendo el alma, susurro a Albus:

—Iré por ti. Eso pensé cuando nos separamos. Eres mi primo, Albus. Mi hermano.

—Lo sé, Rose. Yo también te considero una hermana. Como Lily. Tampoco dejaré que nada malo te suceda. Perdóname, ¿por favor? No pensé… que nos separaríamos después de todo.

—Sólo no hagas planes a mis espaldas de nuevo. ¿No querrás parecerte James, después de todo?

Albus deja pasar un segundo antes de responder un tímido: «sí». Me aprieta contra sí, para darle más credibilidad, pero no puedo evitar soltar un gruñido de dolor. No obstante, le devuelvo el apretón. Tal vez no era lo que queríamos decir, pero lo decía en serio. Cada palabra fue verdadera en ambos sentidos.

Quiero Albus como al hermano que nunca tuve. Y también, ahora, sé con convicción que James, Dominique, o alguien más vendrá por nosotros y nos salvarán.

Así como así, todo entre Albus y yo está olvidado. Sólo falta enfrentarme a Lorcan. Hago una mueca interna. La idea de volver a Lorcan no me apetece. La aborrezco inmediatamente. Pero no busco una excusa para retrasar nuestro regreso. Tarde o temprano tenía que ir y pedirle disculpas, ¿no?

Sin embargo, sigo pensando que no tengo porqué disculparme. Si acaso, él también debería hacerlo. No me dio ninguna razón para confiar en él; la única vez que conversé con él, me amenazó. ¡El muy infeliz me amenazó!

Pero ya cuando nos vamos acercando al lugar donde estábamos los tres, algo en mi mente se pone a titilar, como queriendo que lo recuerde. Y es que, cuando veo a Lorcan, con la tenue luz iluminando sus ojos y su cabello, tan parecidos a los de tía Luna, mi corazón se comprime. Se encoge y hasta puedo imaginarlo revolcándose de dolor dentro mi ser.

No puedo odiar a Lorcan. Nunca podré hacerlo. No mientras sea tan parecido a tía Luna, que se lleva tanto con mi tía Ginny. Sería, casi, como matar a alguien de los míos.

Los Juegos podrán llegar a cambiarme, pero no al grado de matar a los míos.

Por eso, me acerco a él, lo observo de arriba abajo. Finjo mi mejor mirada disgustada. Espero que se vea más aterradora y llena de ira que la que le mandé con anterioridad.

Mis labios se curvan un poco. Sólo las comisuras y luego digo, antes de voltearme e ir por mi mochila:

—Serías estúpido si piensas que la culpa de todo esto no es tuya.

Lo escucho reírse mientras Albus le explica que esa fue mi manera de decir: «Todo está olvidado, no vuelvas a hacerlo y no me enojaré más». Y mientras saco mi cuchillo de la mochila, me regaño por no tenerlo más a la mano y lo coloco en las cintas de mi muslo derecho, lo escucho decir, muy, pero muy quedo: «Sí, él me explico como funcionaba su mente».

Mi cuerpo se tensa. Me siento acalorada. Trago con fuerza. No fue Albus quién le dijo cosas sobre mí. Carraspeo un poco y me dirijo hacía ellos con lentitud. Trato acoplarme al dolor de mis músculos y no hacer tantas muecas. Y a la vez, espero que no se note en mi cara como mi estómago da vueltas y vueltas. O cómo mi corazón se acelera.


N/A: ¡Me quedé sin internet! ¡Lo prometo! Y acabo de salir de los exámenes, por lo que... aquí dejo este capítulo c: