Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.
¿Sí, que tardé, no? Pero tranquilos, mi intención es terminar esta historia. No importa si tardo, yo siempre actualizo... ¡Sólo ténganme paciencia!
Gracias a todos los que todavía la siguen y han empezado a seguirla. Los aprecio mucho y aprecio mucho sus reviews.
¡Los invito a comentar qué tal les pareció el capítulo!
Cariño, Larissa Martz.
10
El silencio previo a la catástrofe
Llevamos más de la mitad del camino para cuando el sol se va a poner. Estamos al borde del bosque y la pradera. Se nota una diferencia muy marcada; de un lado se encuentran flores, muchas flores y hierba que me llega hasta la cintura. Del otro, árboles gigantes que se extienden muy por lo alto.
El sol choca con los vibrantes colores de la pradera y se mezclan para formar una hermosa aura de colores. Tan relajante, tan hermoso y tan inverosímil; ¿cómo puede haber tanta belleza en un lugar tan malvado? ¿Cómo los Controladores son capaces de crear semejante escenario para que acabe manchado de sangre? ¿Cómo puede existir personas capaces de semejante atrocidad?
Es una vista espectacular, fantástica y capaz de quitarme el aliento. Pero el sólo pensar en el propósito de mi presencia en el lugar termina con la emoción.
Hago las trampas junto con Lorcan y al hacerlas noto mis manos un poco más hábiles, sus movimientos son más fluidos y mis dedos no chocan tanto entre sí. Albus, de mientras, se encarga de preparar una decente cena con las raíces que tenemos. El plan es dejar las trampas toda la noche para que en la mañana tengamos un buen desayuno —conejo, ardilla o tal vez ambos si tenemos suerte.
Es algo que realmente irrita mi estómago, y, por lo tanto, a mi. Ya son dos horas desde que me comí todo el alimento que había en mi mochila. Incluyendo la deliciosa pierna de conejo. Una decisión estúpida, tomada en un momento de intensa debilidad, pero realmente lo disfruté. Fue un manjar comparado con lo que he estado comiendo.
Una vez que terminamos de hacer las trampas, una cada uno, Lorcan las coloca en distintas partes de la pradera. Estamos rodeados por un campo protector, que protege nuestras conversaciones, así como nuestras figuras; nos hace invisibles a aquél que no esté dentro. Ya libre, decido practicar y libero mi cuchillo de la cinta en mi muslo.
El dolor se ha ido disipando a lo largo de la tarde, ahora es algo mínimo y muchísimo más soportable. No le he dicho, pero le agradezco haberme curado. Me pone en deuda con él, pero me tranquilizo al pensar que yo haría lo mismo. Claro, si supiera como hacer magia sin varita. A mi voluntad. La supuesta conexión que hice con Albus, o la burbuja protectora no cuentan. No estuve consciente de haberlo hecho, así que eso queda descartado.
Estuve analizando lo que Lorcan me dijo, lo que yo hice ese día… Supongo que con el estímulo suficiente yo podría llegar a hacer magia sin varita. El problema es que no quiero saber qué tipo de estímulo es suficiente.
Desearía estar practicando mi magia, debería hacerlo, varita o no. Pero la magia me ha puesto en una circunstancia donde debo de usar mi ingenio y un cuchillo para sobrevivir. Qué ironía.
Muevo mi brazo en círculos con lentitud. Caliento mi cuerpo. Lo acostumbro al movimiento. Trato de no estirarlo todo de una vez, mi movimiento es limitado todavía. Pero con el calentamiento, pronto estaré moviendo mi cuerpo a velocidad impresionante. O eso espero.
Con mis músculos ya calientes y listos para el movimiento, apunto el cuchillo a un árbol dos metros lejos de mí. Hay que empezar con algo leve. Ya llevo cuatro días sin lanzar algo (y no, mi cuerpo no cuenta). Suspiro y sacudo mi cabeza.
Recuerdo todo lo que hice en el campo de Quidditch. La maniobra que usé: el movimiento de brazo, la posición del cuchillo y mi muñeca. Hago una profunda inhalación y exhalo lentamente al momento en que lanzo con todas mis fuerzas. Firme.
Pero no cae donde apunté. Ni se ensarta con la profundidad deseada. Unos centímetros más abajo, quince si quiero sacar un aproximado. Con apenas un centímetro de profundidad, me imagino, por la forma en que se cae segundos después.
Maldigo en voz baja.
Lo recojo y ensarto en la débil marca que dejé, profundizándola. Me alejo y me pongo a la misma distancia.
Anclo mi cuerpo, preparo mi brazo y siento el peso del objeto en mis dedos. Cierro los ojos. Me visualizo por unos segundos en pleno combate. Un escenario en donde la magia esté de mi lado, de nuestro lado. Pongo los ojos en blanco ante la ironía. Magia es poder. Aquí no hay magia que podamos controlar. Por lo tanto, el poder no está a nuestro alcance. ¡Podemos intentarlo! Sólo debemos durar unos días más y todo habrá acabado. Ellos vienen por nosotros. James viene.
Abro los ojos. Sin pensarlo dos veces, lanzo. Suelto un quejido cuando siento mi músculo estirarse, pero sonrío cuando veo que, aunque no cayó en el punto deseado, la hoja del cuchillo se quedó clavada. Siento los ojos de Albus clavarse en mi espalda y volteo a verlo. Inmediatamente aleja su mirada y sigue cocinando. Suspiro, frustrada al no saber que piensa, pero luego diviso sus labios curvearse un poco, como si estuviese divertido ante la situación. Resoplo y estoy a punto de ir y reclamarle, pero decido no hacerlo. En cambio, camino para sacar el cuchillo y mi sonrisa vuelve, más grande que antes. ¡Tres centímetros! No es muy profundo. No haría una herida profunda, pero causaría una tremenda distracción. Sin embargo, el daño varía. Si, por ejemplo, la hoja se clavara tres centímetros en el cráneo de alguien…
Un frío recorre mi espina. Me estremezco. No dejaré que me cambien.
Me dedico a dar unos cuantos tiros más hasta que retrocedo un poco a la distancia en que estuve en los entrenamientos. Ahí es cuando la profundidad con la que se clava cambia. Se requiere más fuerza y ya no me queda tanta. Pero me conformo con sólo hacer que se quede clavado unos segundos en el mismo lugar, una y otra vez. Mañana ya podré practicar la fuerza del impulso.
Termino con gotas de sudor rodando por mi rostro y algunas cuantas acumuladas en mis cejas y bajo mi labio, otras bajando por mi espalda. Oh, cuánto daría por una buena ducha y un buen cepillo de dientes. No han pasado muchos días, ya he perdido la cuenta a decir verdad, pero la suciedad en mi cuerpo me hace pensar como si hubiesen pasado semanas. Me limpio el sudor con las mangas de mi suéter. Escucho un sonido a mis espaldas y volteo. Lorcan sale de entre los árboles y me sonríe, asiente con la cabeza. Se dirige hacía Albus y sé que es hora de cenar mientras planeamos.
Nos sentamos alrededor de la apenas viva fogata. Lorcan lanza los encantamientos que hacen un pequeño halo alrededor de nosotros. Comemos en silencio por un rato. Las raíces, aunque están bien cocidas, tienen un sabor amargo y todavía a tierra húmeda. Yo me las como todas, aguantándome el sabor con el consuelo de que pronto comeré decente. Lorcan y Albus, en cambio, deciden combinar el sabor con las nueces que les quedan. Ambos me ofrecen de sus porciones. Las declino con amabilidad y pongo una buena sonrisa, ocultando la perra hambre que tengo. Si hubiese oportunidad, quemaría todos esos pétalos de la faz de la tierra.
Cuando su comida se les acaba, empezamos a hacer discutir el plan. Lo cual nos lleva a tener una pequeña discusión —que pienso ganar. Estoy harta de que ambos me dejen atrás.
—Rose Weasley, no podemos arriesgarnos. Estoy seguro que has de estar consciente de cuán vital es nuestra supervivencia. Sobrevivir hasta que la Semana del Orden inicie es nuestro principal objetivo. Somos como caracoles voladores que van hasta Tanzania y no debemos arriesgarnos.
Albus y yo suspiramos a la vez. Llevamos más de quince minutos discutiendo las ventajas y las desventajas. El tema se ha vuelto tedioso y repetitivo, pero las analogías de Lorcan no. Nunca son las mismas. Pero eso no significa que no me alteren.
—Lorcan, por favor, deja de usar ese tipo de analogías. ¡Nadie aquí las entiende! —exclamo exasperada.
—Rose, cálmate, ¿sí? No entendí lo último, pero lo primero estuvo más que claro. Tiene razón, debemos enfocarnos en sobrevivir.
—Por supuesto, debemos sobrevivir —enfatizo. Me inclino hacía ellos dos y los observo fijamente antes de decir—: pero no lo haremos si no los atacamos primero. Los de Slytherin se confían demasiado. Les apuesto a que duermen todas las noches en el Cuartel, esperando a que alguien los ataque al día siguiente.
—Y por eso misma razón, Rose Weasley, es que no podemos ir a atacarlos de noche. Uno de ellos estará de guardia y no tenemos nuestras varitas o armas decentes para atacarlos. Seremos como…
Lo interrumpo antes de que mencione otra criatura mágica de dudable existencia en una analogía que ni Albus ni yo entenderemos.
—Soy buena con el cuchillo —y para marcar mis palabras, lo sacudo en su cara. Algo así como la primera vez que hablamos. Tal vez le llegue la referencia.
—No lo suficiente.
Él no se inmuta, para nada impresionado. Doy un gigante suspiro y pongo mis ojos en blanco soltando algo semejante a un gruñido.
—Sin embargo, tú eres capaz de hacer magia sin varita. Por lo que, si logras distraerlos, yo podría herirlos de tal manera que sean incapaces de seguirnos. Mira, no estaremos cerca de ellos, al menos, no todos. Albus se quedará a hacer guardia, nos avisará si algo no está bien. Tú y yo —nos señalo y le doy una mirada aprensiva a Albus para evitar que me interrumpa, pues veo su boca abierta, listo para refutar— nos acercaremos al Cuartel en la noche, cuando todos estén dormidos. Nos ocultarás con un encantamiento desilusionador. Una vez ahí, sacamos todas las armas que necesitemos. Si quieren, no les hacemos nada, pero recuerden que no solo estamos hablando de los Slytherins, sino de Goldstein y Macmillan. Merlín sabrá porque optaron por quedarse con los Hufflepuff —pongo los ojos en blanco y hago una mueca decepcionada.
Ambos se quedan en silencio. Analizan el plan, ven las fallas y las desventajas. Pero no me atrevo a pensar que rechazarán el plan.
Albus es el primero en hablar.
—No importa si con ellos están los de Hufflepuff. Si eso nos dice algo, es sólo el hecho de que tarde o temprano las serpientes se querrán deshacer de ellos. Nos beneficia a nosotros —se detiene un momento, una mirada ausente se posa sobre sus ojos por un fugaz momento. Él es un alma noble y escucharse hablar a sí mismo de esa manera seguramente lo desconcierta. Igual a mí. Tengo que ser sincera, nunca creí llegar a escucharlo hablar así, entender el doble mensaje que nos trata de dar y el hecho de que él sea capaz de pensar así, ahora, hace que mi corazón me duela. Carraspea un poco y continúa—: Tu plan es genial, Rose, brillante. Pero yo no seré el que se quede a hacer la guardia. Debido a tu condición, es conveniente que seas tú la que se quede de guardia.
—Opino lo mismo que Albus.
Ambos me observan y abro la boca indignada.
—Pues yo no. Me estoy curando. A penas noto el dolor. Merlín, ¡tú viste como practiqué hoy! —tal vez no sea el mejor ejemplo, pero pude moverme con facilidad la mayoría del tiempo y eso debe de decir algo al respecto—. Además, Albus, no sabes usar el cuchillo y desde que nos juntamos no he hecho nada importante para la causa. Nuestra supervivencia, por supuesto —sonrío irónica hacia Lorcan—. Quiero ayudar y ésta es la única forma en que puedo hacerlo por ahora. No será peligroso mientras el hechizo esté bien hecho. Lorcan va por los alimentos, y yo me dirijo hacia las armas donde te traeré una para tu gusto y habilidad, querido primo. Dime y obtendrás.
No me atrevo a decir que nada malo va a pasar porque la magia está de nuestro lado. Si lo hago, será una invitación abierta a los Controladores para sabotear nuestro plan, si no lo hacen ya cuando lo estemos poniendo en marcha… Cosa que no creo. Puedo imaginar a las personas del Londres Mágico, con los ojos pegados en los hechizos proyectores; algo que le conviene al Ministerio, me imagino. Además, no querrían matarnos sin antes ver cómo luchamos por nuestras vidas. Una cosa es segura: situaciones que no podemos imaginar se interpondrán en nuestro plan y me da igual. Los resultados serían lo mismo si no hiciésemos algo. Hay que mantener la emoción para el público…
Al final, es Lorcan quién acepta mi brillante plan. No puedo evitar sonreír.
Nos dormimos temprano. Yo apago la fogata. Echo tierra y piedras para que se consuma. El cielo está estrellado, como el cielo en la Madriguera, y la luz de la luna nos baña e ilumina nuestro campamento. Apenas somos visibles, unas figuras etéreas en la oscuridad del campo. Como si estuviéramos aquí y a la vez no. Es algo hermoso; tan pacífico y tan… No hay palabras para describirlo. Si tan sólo estuviesen Molly y Lily para—. Detengo ese pensamiento. Nada vale la pena aquí. Ni siquiera el paisaje.
El aire empieza a correr. No es culpa de la realidad que esté muriéndome de frío, por muy gélida y cruel que sea; está noche en verdad está helada. Saco de la mochila la manta. La observo por un momento. Dudo en cubrirme con ella, pero de todas maneras lo hago. Albus y Lorcan se han puesto las suyas, curiosamente sujetando una de las esquinas. Imito sus posiciones. Un calor recorre mi cuerpo y suspiro. Tengo una extraña sensación en mi estómago y la reconozco como emoción e incertidumbre.
Pienso en mi familia. En la abuela, en Molly, Lily, Dominique y James.
No pasa mucho tiempo para cuando ya estoy dormida. Olvido todo y sueño placenteramente con cabezas rojas, rubias y negras.
Soy despertada por un grito. Mi primer pensamiento antes de si quiera abrir los ojos es que alguien nos está atacando y que yo me encuentro atrapada en una especie de capa que me cubre desde mi cuello hasta mis pies. Pero el grito no es seguido por choques de armas contra armas, o el sonido de cuerpos siendo mutilados —si es que eso tiene sonido alguno. En cambio, se escucha el ulular de una lechuza.
Me calmo y me doy cuenta que lo que me detuvo de saltar al ataque es la manta. Batallo un poco para librarme de ella, pero pronto le agarro el truco. Por el susto que me dio la lechuza, un leve dolor de cabeza me estalla en la cabeza, al igual que un pitido en mi oreja.
—¿A quién rayos se le ocurrió despertarme con una lechuza? —musita Albus mientras desata el paquete de la pata.
—Debe de tener un tremendo sentido del humor, me imagino —gruño mientras me tapo los ojos. Me acostumbro a la luz del día. Bostezo y me estiro, contenta de que el dolor se haya ido. Muevo un poco mi espalda y mis brazos a la vez esperando algún leve dolor, pero ninguno viene.
Escucho a Albus bufar y maldecir en voz alta. Pero luego dice algo que capta mi atención y hace que mis mejillas se sonrojen.
—¡Por supuesto! ¿Quién más, sino James? —empieza a reírse y me enseña, sin notar mi rubor, la capa de invisibilidad—. Con esto podre acompañarlos hoy —se levanta y lanza una amplia sonrisa al cielo—. ¡Gracias, hermano!
—¿Qué es? —pregunta Lorcan una vez que se despabila. Su tono me hace sentir que ya tiene idea de lo que el paquete es.
—Una capa de invisibilidad. Observa.
Albus se coloca la capa detrás de sus hombros y luego la abrocha. Su cuerpo, de cuello abajo, desaparece al instante. Lo único que podría arruinar el efecto de la capa sería una gran ventisca.
—¡Maravilloso! ¡Extraordinario! ¡Espléndido! —exclama Lorcan con brío y hasta creo que con un poco de orgullo. Al instante, sube la mirada y asiente.
Tentativamente, alzo los ojos. Estúpidamente, busco a James en el cielo. Lo único que veo es el tierno amanecer. Mis mejillas sonrojadas y mi corazón palpitante no ayudan mucho. Sólo hacen que sienta una presión en el pecho que me dificulta un poco la respiración. No es bueno. No es recomendable. Y aún así…
—¿Qué sucede, Rose?
—Nada, sólo que hoy amaneció muy… extraño —carraspeo sin apartar la vista del cielo.
En estos tiempos, es mejor no sentir nada de esto. Si quiero vivir y regresar a mi familia con Albus y Lorcan, deberé hacerme ajena a todo sentimiento innecesario que me nazca.
—¿Creen que todo esto sea artificial? Ya saben, ¿hecho a la manera muggle?
No sé mucho acerca de ellos. Mi conocimiento es tan limitado como mi pobre educación en Hogwarts. Sin embargo, no puedo evitar sentirme estúpida al preguntar. Soy traidora a la sangre, así que ¿no debería yo saber de estas cosas? La verdad está en que en mi infancia nunca tuve mucho contacto muggle, o con el mundo mágico. Debido a mi familia, crecí en un ambiente recluido. Tristemente, el lugar en donde me encuentro ahora es lo más cercano que he estado a los muggles y al mundo mágico.
—Los muggles, al no poseer magia, han tenido que ingeniárselas para subsistir y hacer su vida más fácil. Sin embargo, la extensión de ciertos inventos tiene su límite. Para serte sincero, Rose Weasley, lo único artificial aquí somos nosotros. Al dejarnos manipular por el Ministerio, dejamos de ser nuestros propios dueños. Pero de alguna manera debemos vivir, ¿no es así?
Lorcan vuelve su vista hacia el cielo y hace una reverencia. Por un momento, sólo por un momento, me encuentro confundida ante las palabras de Lorcan. No deberíamos estar jugando con los Controladores, mucho menos con el Ministerio. Las repercusiones serían inimaginables.
—No deberíamos decir esas cosas —gruñó entre dientes. Cojo el cuchillo cerca de mi muslo por inercia y veo como los ojos de Lorcan siguen lentamente mis movimientos, con cautela.
Pongo mis ojos en blanco.
No es por él, es por ellos. Los que nos controlan. Si algo aparece de la nada, prefiero estar preparada. Así que con mis ojos veo alrededor, pero cuando nada aparece suelto y coloco mi arma de nuevo en su lugar.
—Nada puede pasarnos. No aún, al menos. Lo bueno empezará esta noche. Después de hoy, las cosas se pondrán divertidas —Albus se encoge de hombros y recoge todas sus cosas y las mete en su mochila. En su tono impersonal encuentro la indiferencia. Otra vez, mi corazón sufre por él.—. Sugiero recoger todo y comer en el camino, aún nos falta mucho para llegar al Cuartel y necesitamos ahorrar el mayor tiempo posible si queremos descansar y prepararnos bien antes.
Suspiro. Le digo a mi mente que olvide todo lo que acaba de pasar, pero no es posible. De alguna u otra manera, jugar con palabras no es bueno. No aquí. Y que Albus esté diciendo ese tipo de cosas…
Tranquilizo mi palpitante corazón. Alejo todo pensamiento relacionado con eso. Recojo todas mi posesiones. Mi primo, que ya ha recogido todas sus cosas, examina con asombro la pieza que le han regalado, como si nunca en su vida la hubiese visto. Y yo, sin querer en realidad, vuelvo a sonreír. Esto nos da una gran ventaja. No debemos desperdiciarla. Después de unos segundos más, guarda la capa y se voltea a verme, ambos nos dirigimos una mirada solemne y así seguimos a Lorcan, que nos guía hacia las trampas que se pusieron.
Nos llevamos una decepción al ver que sólo una capturó algo. Mi estómago ruge y el de ellos también. Nos dividimos la presa entre los tres, algo difícil, puesto que la ardilla que cayó es un poco escuálida. Las tres raciones son pequeñas, pero logro mantenerme ocupada con las huesitos para así engañar a mi estómago. El consuelo que tenemos es que hoy en la noche nos daremos un festín.
Para cuando mi reloj marcan las doce del día, nos tomamos un descanso. Agarro mi botella de agua y me sorprendo al encontrar que está medio vacía. Lo pienso un rato, pero mi sed no se apacigua ni porque piense en las botellas que tendré en la noche, así que, con mucho cuidado, tomo un pequeño sorbito; que se prolonga hasta que, de malas ganas, despego la punta de mi boca. Tomo un respiro y sacudo mi cabeza. No debí hacer eso. Ahora me queda muy poca agua para continuar.
Denme un poco de agua y éstas son las consecuencias. ¡Bravo, Rose, bravo!
—¿Estás bien? —me pregunta Albus después de que ve cuanta agua me queda. Seguro vio mi ataque a la botella. Perfecto.
—Sí, sólo estoy… sedienta —me encojo de hombros y guardo la botella, indiferente a la mirada inquisitiva que Albus me lanza.
Iba a decir nerviosa, pero es un grave error decirlo frente a Albus. Mis primos y yo sabemos que Albus es una persona noble, que sabe decir las cosas exactas en el momento exacto. No es una mala característica, yo desearía tenerla, puesto que conmigo es todo lo contrario. Digo las cosas sin pensar y muchas veces acabo en apuros. El problema con Albus es que llega a preocuparse tanto por una persona que siempre acaba por preocuparse más por esa persona que por sí mismo.
Hay veces, pequeños momentos en los que pienso que no debí haber sido elegida, que alguien más de Gryffindor debió acompañar a Albus. No por miedo o algo más, sino porque sé que Albus está planeando lo mismo que yo —o estaba planeando, dado a que las circunstancias han cambiado. Pero luego cambio de parecer. Porque si yo no estoy aquí, ¿quién va a proteger a Albus de sí mismo? Él es muy bueno para su propio bien.
—Si te preocupa algo, sólo dilo.
Y con eso, me ofrece una tímida sonrisa y se va. Suspiro y aseguro que todavía tenga el cuchillo a la mano. Lo aprieto contra mí y asiento con mi cabeza. No debe pasarnos nada, no aún. Por ahora estamos seguros y así se va a quedar hasta la noche.
—No debemos preocuparnos por nada. No hay tiempo de nimiedades. Hoy, compañeros de Gryffindor, haremos historia. Así que les solicito ser pacientes y acelerar nuestro paso —Lorcan alza la voz, enfatizando ciertas palabras para darle más emoción a su pequeño discurso.
Y tal vez, sus palabras si me llegaron. Me vuelvo hacia Albus, con más ánimo que antes, y le sonrío con malicia.
—Eso es, Albus, ¿escuchaste? Deja de atrasarte, por favor —y le guiño un ojo.
Él suelta una carcajada y me agarra de la mano, jalándome hacia donde Lorcan está.
No son más de quince minutos lo que nos tomamos de descanso. Como ya se dijo, no hay tiempo que perder. No sé dónde estamos, pero Lorcan parece saber ubicarse muy bien, pues tiene el mapa y la pluma con tinta a la mano, suspendidos en el aire con su magia. La pluma parece ser una pluma-a-vuelva-pluma pues se mueve por sí misma, dirigida por la voz de Lorcan.
La voz de Lorcan es tranquila, muy suave y relajante. Es una lástima que la use para decir cosas sin sentido. Un dato curioso de Lorcan es que habla mucho, hasta por los codos. Siempre con palabras exageradas; y no olvidemos sus analogías ilógicas. Me hace preguntarme cómo será Lysander: ¿igual de parlanchín o más callado?
La pobre pluma vuela a su lado, pero va frenética de un lado a otro porque no sólo está dibujando el relieve, sino también anotando los comentarios que él le da. Frunzo mi ceño al escuchar otra sandez salir de su boca y gratamente sorprendida alzo mis cejas al ver cómo la pluma se detiene en seco y apunta la punta hacia él. Casi puedo imaginármela decir: ¿Estás loco, o qué? Por supuesto, la pluma no habla y eso nunca sale de ella. En cambio, lo observa por un minuto y sacude su cuerpo entero y vuelve a escribir.
—Te olvidaste de la comparación. Es importante, anótalo —le reprime con un deje de tedio y frustración y sigue lanzando pequeños datos aquí y allá.
Es extraño verlo. Antes de los Juegos, nunca me había tomado la molestia en observarlo, en conocerlo. El hecho de que sus padres y mi tíos sean amigos no significa que ellos hubiesen pasado con nosotros la infancia. Al contrario, cada que tía Luna y tío Rolf visitaban la Madriguera, los gemelos parecían haberse ido de vacaciones con los Scamander.
Lo que me lleva a pensar: ¿cómo le habrán hecho sus padres para darle una pluma tan cara? Suponiendo que ellos hubiesen sido los patrocinadores.
Rolf Scamander es un biólogo y naturista mágico muy importante en la comunidad mágica. O lo era antes de casarse con la tía Luna, cuya amistad con mi familia la convirtió una de las personas menos queridas del mundo mágico. Es por eso que el tío Rolf, a pesar de pertenecer a una de las pocas familias de sangre pura de la actualidad, familia antigua y llena de dinero (sin mencionar que es nieto de Newt Scamander), fue desacreditado en muchos de sus descubrimientos y, al igual que tía Luna, fue tachado de lunático. Hoy en día, viven casi igual que nosotros, o eso he escuchado decir a tía Ginny y Fleur, que van a visitarlos cada que pueden.
Por supuesto, son los padres de Rolf que aún sostienen el dinero y es por eso que los gemelos han podido viajar. Si bien no por todo el mundo, a muchos más lugares que yo.
Es un verdadero enigma. Aunque hay que admitir que el hecho que haya sobrevivido hasta hoy es algo de admirar. Es Ravenclaw, sus oportunidades de ganar son más grandes que las de un Gryffindor, sin embargo, siendo hijo de tía Luna, esas oportunidades se merman. Y observándolo bien… tiene facciones atractivas. Del tipo del Londres Mágico, que siempre apoya a los campeones que son de Slytherin, atractivos o que tienen el potencial para ganar.
El punto es que, quién sea la persona que le haya mandado la pluma con el pergamino, debe ser alguien con dinero. Hay una probabilidad de que sea alguien que está de nuestro lado y que nos ayudará a sobrevivir.
El camino que llevamos es algo traicionero, hay muchas ramas sobresaliendo del piso y conforme avanzamos, se oscurece más, a pesar de que el reloj marca las dos de la tarde. No tardo en darme cuenta que estamos por entrar al bosque.
Sí, tengo razón. Las raíces comienzan a sobresalir más del piso y las ramas comienzan a hacerse más gruesas y a enredarse entre sí. Los árboles aumentan de tamaño y grosor, y la oscuridad nos va engullendo.
Ya falta muy poco.
—Debemos detenernos —les digo al recordar las frutas. Tal vez nos sean de ayuda si el plan fracasa. Lo cual no creo posible. Nadie se lo espera.
—¿Qué cosa, Rose?
Albus parece preocupado, al contrario de Lorcan, que parece genuinamente interesado en lo que quiero decir. Le sonrío a Albus para tranquilizarlo.
Pero luego recuerdo que Cassia Flint me encontró ahí. Así que ella sería muy estúpida si dejara pasar la oportunidad de ver lo que hay allí arriba. Podrían estar ahí, caminando sobre nosotros, esperando a que yo les muestre los túneles con frutas.
—Nada —respondo lo más convincente que puedo y me invento una excusa—: Pensé que había escuchado algo… pero no. Hay que tener cuidado, estoy casi segura de que aquí fue donde me encontraron los otros.
Sin decir nada más, los dos siguen con su camino. Ahora ambos muy alertas de nuestro alrededor, conscientes de lo que podría aparecer en cualquier instante.
Observo con mayor atención los árboles y sus raíces sobresalientes. Hay una humedad en el aire que no había notado antes. Es casi palpable. Como no había notado eso antes, de pronto empiezo a sentir calor. Siento el sudor bajar por mi espalda y quedarse atrapado en mi cejas, detrás de mi cuello… Mi mano tiembla con la intención de agarrar mi botella, pero justo antes de agarrarla, la voz de Lorcan me sorprende preguntando:
—¿Aquí fue donde encontraste los huevecillos, no es verdad?
Pasan unos segundos antes de que reaccione. Tomo un respiro y veo que debajo de cada árbol hay piedras blancas y finas, como las que tenía en un principio. Ahora sé que son huevos de una criatura supuestamente peligrosa.
Mi respuesta sale como un suspiro a penas audible. Muevo mi cabeza re afirmando positivamente. No estoy segura de que mi voz funcione del todo.
Estoy consternada. Otra vez empiezo a pensar en lo ignorante que soy, lo inútil que llego a ser algunas veces. Cuando estaba en Hogwarts, yo era más útil, hacía los deberes y defendía a mi familia. Hacía de las cosas algo práctico, cualquier pequeñez que fuese de utilidad para el Ejército de Dumbledore. Aquí, en la arena, es todo lo contrario.
—Deberías tomar un poco de agua. La temperatura está subiendo y hay demasiada humedad. Toma —Albus me tiende mi botella casi vacía—. No te preocupes si te la acabas, en la noche tendremos más. Puedes pedirme si necesitas más, por supuesto.
—Evitemos pisarlos o moverlos de su posición. Las criaturas que pusieron esos huevos son peligrosas y será mejor evitar que se enojen. Fue una suerte que no te persiguieran, Rose. O tal vez no. Quién sabe.
Pongo mis ojos en blancos. Estoy cansada de toda esta mierda. No me detengo en pensar, si quiera, en el tono que utilizó en las últimas palabras. No necesito ponerme paranoica. No aún.
Llegamos al final del bosque cinco horas después de que el sol se pusiera. Ahora sólo nos falta planear lo que haremos una vez que hayamos cogido lo necesario (y si es posible, una vez que hayamos hecho un daño significativo). Para ese entonces, Lorcan ya ha terminado de trazar el mapa y la pluma está guardada en su mochila, al igual que el pergamino. Sorpresivamente, no comienza a hablar. En cambio, se pone de cuclillas detrás de unos arbustos y comienza a analizar el terreno enemigo. Pronto nos unimos.
Observamos en silencio cómo tienen organizado el cuartel. Yo señalo la manera en que organizan todas las armas letales en la parte de arriba, en el rincón más alejado de la escalera. Como si esperaran que hubiese una pelea ahí. Albus señala que cada bolsa de dormir tiene un poco de comida y cómo las porciones son distintas en cada una. En las del fondo hay más, mientras que en las de enfrente no hay tanta, pero si suficiente.
Sin embargo, Lorcan es el que nos hace darnos cuenta de algo que hizo que me dieran unas arcadas mentales. ¡Cómo fui tan estúpida como para no darme cuenta antes!
La razón por la que Susan se había quedado a hacer "guardia" era simple y sencilla si le ponías un poco de atención a su figura durmiente: tiene una fea lastimada en su pierna izquierda. Nos hace ver como la tiene vendada con lo que parece ser una prenda de ropa. No ha sido cambiada, pues se nota un poco de sangre seca.
Susan se ve cansada y duerme profundamente, me imagino. Aunque a veces mueve sus brazos y sus piernas, e inconscientemente se encoge de dolor.
Esto nos da una gran ventaja porque ahora sólo hay que preocuparnos de tres, y no cuatro. No sé mucho de medicina, pero con ese vendaje todo sucio no durará mucho. Septi… algo se llamaba la enfermedad de la que la abuela me advirtió a los siete años al rasparme las rodillas. Algo exagerado, puesto que con un movimiento de varita se solucionó todo. ¡Já! ¡Comprendo al fin! Seguramente me lo habrá dicho por temor a encontrarme en una situación similar a la de Susan.
Suspiro. Es hora de entrar en acción. O tal vez…
—¿Qué haremos con los demás? —pregunto con un hilo de voz, perpleja de lo que estoy a punto de sugerir.
—No. Sólo si hay necesidad. Sólo atacaremos si somos atacados primero. No hay necesidad de arriesgar nuestras vidas.
—Podríamos lastimar a los demás de la misma forma que Susan —sugiero en voz baja.
El cuerpo de Albus se tensa al momento en que las palabras dejan mis labios. Voltea a verme y en su mirada trato de buscar la decepción, pero la encuentro vacía y remota. Algo se revuelve en mi estómago y sé que está relacionado con la culpa. Sin embargo, la ignoro. No puedo evitar que pequeñeces como el simple hecho de sugerir hacer daño a alguien me consterne. ¡Él también lo ha pensado! ¡Desde la mañana! Si es así, ¿cómo podremos sobrevivir hasta que vengan por nosotros? Además, ese era el plan original que yo misma sugerí. Aunque ahora que recuerdo, no quedamos bien de acuerdo en cuanto al ataque…
—Podríamos hacerlo. Sólo que primero hay que asegurarnos de tener todo lo necesario —sigo sugiriendo a pesar de sentir la penetrante mirada de Albus atravesar mi cráneo… y toda mi moral. ¡Oh, por favor!
—No. Eso no servirá por ahora. Albus y yo hemos hablado y concluido que matar sin ser atacados no es una opción. Rose Weasley, no hay que dejarnos influenciar por los juegos. Debemos permanecer como seres humanos —Lorcan me observa fijamente a los ojos y es como si pudiera escuchar en mi mente: «No seas lo que el Ministerio quiere que te conviertas».
Me abstengo de decir: «¡¿Y qué de Albus?!». ¡Él también ha dicho cosas y prácticamente…!
Los dos estamos cambiando y no es para bien. Soy yo la que termina siendo regañada. ¿Me creen inestable o algo por el estilo? ¡Qué descaro!
Aprieto mis labios. Detengo toda palabra, se atoran con brusquedad en la punta de mi lengua y casi puedo imaginarlas pateando para poder salir y reclamar. No cedo. Sin más, asiento y dirijo la mirada hacía el Cuartel, evitando a Albus. Esta vez no puedo evitar que la culpe —del por qué estoy dejando que cambie de forma tan abrupta— se apodere de mi y siento un amargo sabor en boca. Asqueada, tomo un profundo suspiro y me siento bajo un árbol. Aún falta mucho para ponernos en marcha.
En verdad soy una estúpida. Yo no debería enojarme. Mantener la mente fría, calmada, eso debería. Buscar una manera de hacer de nosotros, Weasley y Potter, mantenernos como éramos antes de los juegos y seguir a Lorcan. Como un equipo.
Sin saber cómo, o por qué, pues la verdad no me sentía cansada, descubro que me quedé dormida debajo del árbol. Soy despertada por Albus que mueve mi hombro ligeramente. Abro mis ojos y la oscuridad del bosque y la noche me saludan. Parpadeo un par de veces hasta que ellos se acostumbran y veo a Albus y la silueta de Lorcan no muy lejos de nosotros.
—Es hora —me susurra y asiento con firmeza.
Siento algo bajar por mi espalda. Un frío. Escalofríos. Mi piel se siente rara, como si millones de abejas me hubiesen picado, y mis latidos van aumentando de ritmo y mi respiración se vuelve más superficial. Estoy nerviosa. Trago con dificultad, pero el nudo que siento en la garganta no se disuelve. Hasta parecer crecer con forme avanzan los minutos.
Albus me pasa mi mochila. Lorcan se acerca. Ojalá funcione.
—Te voy a Desilusionar —susurra Lorcan con una seriedad que no le había escuchado antes.
Estira su mano hasta que esta queda totalmente sobre mi cabeza. Aplicando un poco de fuerza, cierra los ojos y toma un gran respiro. Unos segundos después, siento como si un huevo hubiese sido aplastado en mi coronilla, seguido de una sensación aún más extraña; como si unos hilitos fríos me recorrieran el cuerpo entero. Me estremezco y dejo salir una leve exclamación.
Lorcan retira su mano y me observa satisfecho y orgulloso. Yo, por el contrario, me encuentro asombrada por el tipo de magia sin varita que ha hecho. Nunca he visto una persona desilusionada, pero estoy segura que Lorcan ha hecho el encantamiento perfecto. Soy como un camaleón humano. Mis manos, mi ropa… ¡La mochila! Todo mi cuerpo ha adoptado los colores del bosque. Es impresionante. La mejor parte es que yo puedo distinguirme, y sólo yo, me imagino.
No pasan más que unos segundos para que Lorcan esté desilusionado. Después, Albus se pone la capa sobre él y desaparece totalmente. Ahora los tres somos invisibles. Será algo complicado, pero el plan no fallará. Estoy segura.
Sin decir nada más, nos movemos con sigilo hasta el Cuartel. Está a penas iluminado con unas antorchas en cada esquina. Las siluetas durmientes se mueven cada que respiran y al igual que todas las provisiones, también son etéreamente iluminadas por la luz efímera de las antorchas.
Todo está en silencio. A excepción de mi corazón, que late descontrolado, a punto de salirse por mi garganta o mis oídos. Por alguna extraña razón, me encuentro emocionada y esperanzada. Al fin estoy haciendo algo. Por fin estamos tomando acción. Tenemos la ventaja y no estamos desperdiciándola.
Es tanta mi exaltación que por un momento me desubico y no sé en donde se encuentran, pero al ver al suelo puedo ver cómo algo del pasto se mueve, como si estuviera siendo pisado. Es Lorcan. Detrás de mí siento la presencia de Albus, por lo que no me preocupo por él.
Sólo nos faltan unos metros para llegar. Alcanzo a divisar mejor el rostro del enemigo. Todos y cada uno de ellos, duermen tranquilos, a excepción de Susan, que en algún momento debió haberse cambiado la venda porque ahora ya no veo más sangre.
Llegamos. Es hora.
Rápidamente, veo cómo la escalera se mueve y, ¿no se supone que era yo la que iba a ir por las armas? Muy bien, entonces seré la de los alimentos. Sin pensar en el repentino cambio de planes, me dirijo a las pilas de provisiones que tiene cada uno. Hay manzanas, plátanos, uvas, pan, queso y frutas que jamás en mi vida había visto, comida extranjera también. Sólo me ocupo en meterlas a la mochila, no dirijo mi mirada a ningún campeón. Muy dentro de mí, tengo el miedo de que si los quedo observando por mucho tiempo, se darán cuenta de mi presencia y se vendrá abajo el plan entero.
Es extraordinario lo que una buena reputación y pertenecer a una casa respetada y admirada hace. O lo que una buena alianza logra. Por eso ganan los Juegos. Ellos, Cassia Flint y Timothy Nott, tienen los Juegos resueltos. No tienen que cazar y eso les da demasiada ventaja. No salen a menos que los demás no se atrevan a llegar hacia ellos. Esa es su estrategia. Lorcan tenía razón.
Sin pensar más en eso, meto todo lo que quepa en mi mochila. No hay tiempo, si he de ser sincera. En cualquier momento puede despertar alguien, observándolo o no.
Cojo las manzanas y otras frutas de dura complexión y las meto en mi mochila con cuidado. A las uvas y los plátanos, las meto con más cuidado para evitar que se aplasten. Tienen las botellas de aguas acomodadas en una de las esquinas. Me dirijo hacia ellas y meto todas las que quepan en la mochila. Sólo tres caben, una para cada uno, pero a ambos lados de la mochila hay dos elásticos donde se pueden colocar las botellas. Me debato en ponerlas o no. Estas no serían invisibles… Sacudo mi cabeza y todavía indecisa las coloco en los elásticos.
Cuando ya no hay nada más que meter en la mochila, me ocupo en observar las armas que tienen. No es mucho, algunos cuchillos, una espada y Cassia tiene su arco al lado de ella. También algunas pinturas. Me imagino que esas han de ser su último recurso, cuando el arco se dañe. O desaparezca.
Me doy cuenta que estoy muy cerca de Cassia. Así que con cautela me alejo. Busco con la vista a Lorcan o Albus, pero con lo que me encuentro es la mano de Albus, tratando de agarrar la espada que Nick tiene a su lado. Un pánico se apodera de mí y con rapidez camino hacía él. Tomo su mano con fuerza y lo obligo a quitarse la capa.
—¿Qué es lo que te sucede? —le susurro enojada. Sacudo mi cabeza y con ella le indico que me siga. Pero no me hace caso. ¡No puede verme! En cambio, se suelta de mi agarre y con admirable rapidez y cautela, se apodera de la espada.
Me sonríe orgulloso y sujeta la espada en un cinturón que no le había visto antes. Su sonrisa se borra y sus ojos se entornan, viendo algo a través de mi. Me vuelvo hacía donde dirige su mirada y veo como algunas manzanas y uvas levitan un poco hasta desaparecer. Pero luego también veo, justo atrás de las frutas, como la escalera se mueve.
El plan nunca cambió.
Lorcan no fue por las armas.
¡Mary Cattermole nos ha seguido!
¡Necesitamos salir! ¡Pronto!
Sujeto la mano de Albus nuevamente y ambos, sin pensarlo, nos echamos a correr.
—¿Qué hay de Lorcan?
—Quítate la capa, así nos… —pero no logro terminar. Una flecha pasa justo en medio de nosotros.
Doy un paso hacía atrás y al ver a mi lado mis ojos se conectan con los de Cassia Flint. Ella sonríe como si no hubiese mayor felicidad en el mundo y yo no espero a que cargue su arco. Albus suelta mi mano y juntos echamos a correr a direcciones opuestas. Él no se vuelve a poner la capa y como puede la mete en la mochila con la espada aún en mano. Escucho a Lorcan gritar nuestros nombres, pero el sonido queda sofocado por la flecha que pasa por mi oreja. La muy perra se ensaña conmigo.
Vuelvo mi rostro hacia Albus y no lo encuentro… Ahora lo único que debo hacer es esperar a que los dos estén bien. Una flecha vuelve a pasar por mi lado, esta vez rozando mi brazo. «¿Cómo es que puede verme?», me pregunto al momento en que giro para buscar a Lorcan. Recuerdo que tiene el encantamiento puesto, pero luego lo visualizo dirigiéndose al bosque. Dirijo mi mano hacia mi rostro. ¡El encantamiento se ha disuelto!
Mierda.
Sigo corriendo. No hay tiempo para nada. Ni siquiera para incomodarme por el peso de la mochila tras mi espalda.
—¡WEASLEY! —escucho gritar a Nott y mi aliento se atora en la garganta. Si el está despierto, todos los demás también.
Sólo unos metros más. Sólo unos cuantos metros más para entrar al bosque. Mi respiración empieza a hacerse pesada y mis piernas ya flanquean. Tropiezo al entrar al bosque, pero logro detener mi caída. Continuo corriendo. Si caigo, todo termina para mi.
Los escucho acercarse. Y mi visión no es la mejor. Todo está oscuro. Estoy corriendo a ciegas. Corro un poco más hasta que me tropiezo. Hago un sonido sordo al caer y algo se me clava en la rodilla. Tomo grandes bocanadas de aire y trato de continuar, pero mis brazos y piernas tiemblan. El peso de la mochila se hace más evidente. Hago puños mis manos, agarrando toda la tierra que puedo y estampo uno de ellos contra una rama cercana.
Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, pero no lo suficiente para ver más allá del árbol que esté frente a mi. Siento lágrimas de terror acumularse en mis ojos, pero no dejo que caigan. En vez de quedarme ahí, me arrastro como puedo y me hago un ovillo en la oscuridad. Si yo no puedo ver, dudo que ellos lo hagan.
Escucho los pasos que dan. Están cerca. Aprieto mi agarre y espero. Un silencio rotundo se hace. El silencio previo a la catástrofe —así lo llamaría James. Mi corazón es lo único que puedo escuchar en estos instantes.
—¡¿DÓNDE ESTÁS, WEASLEY?! —vocifera Nott y siento mi corazón salirse. Mi cuerpo se estremece de pavor y muerdo mi labio inferior para evitar que un chillido se escape.
Más ramas se escuchan crujir y luego vuelve el silencio. Puedo imaginármelo. Nott, con sus cuchillos y su puntería tan acertada, observando a la oscuridad con aquellos ojos cuyo color se asemeja a la misma noche. Él, capaz de matarme en un cerrar de ojos. Sin remordimiento alguno. Lo goza, el muy infeliz.
Mi mente se llena de ira, rabia y miedo, principalmente miedo. Me obligo a no sentir. A no pensar. No pienso en lo mucho que nos costó conseguir las cosas. Sólo… dejo la mochila ahí, medio escondida y salgo corriendo. Corro en zigzag. Corro y no me detengo ni por más que trastabille con las raíces que sobresalen del suelo. Me sorprende que no me haya escuchado ya. Doy un salto al oír su rugido bestial. Sus pasos irregulares están ya detrás de mi. Puede ser cojo, pero la rapidez con que me sigue es espeluznante.
—¡Imbécil! —suelto en un susurro, pero no sé si dirigido a Nott o a mi.
Mis ojos se van acostumbrado y empiezo a ver un poco más de tres metros adelante de mi. Doblo a la izquierda de un árbol y sigo corriendo. Debo perder a Nott.
—¡POTTER! —escucho no muy lejos de mí. Pronto mis piernas toman un nuevo rumbo, siguiendo a la voz.
—¡ALBUS! ¡LORCAN!—me atrevo a gritar.
En mi mente se aparecen mil y un escenarios de lo que esto pudo haber terminado y esto nunca se me pasó por la mente. Todo esto es culpa de Cattermole. ¡Maldita ella y toda su familia!
No paro de correr. Si vamos a morir hoy, debemos hacerlo juntos. Los tres. Tengo que —necesito encontrarlos.
Una luz cegadora me desorienta y trastabillo para evitarla. Es fuego. Los Controladores han decidido entrar. Bolas de fuego empiezan a salir de la nada. Son inmensas. El calor que emanan se siente mucho antes de que las veas venir por tu camino. Con eso, se ilumina el entorno y me doy cuenta de que los árboles se han movido. Seguimos en el bosque, pero ya hay más espacio para correr y menos para esconderse.
Las flamas toman todo lo que está a su alcance. Veo a algunos animales correr y diviso a Nick junto con Susan discutiendo con histeria. Cassia y Nott no se encuentran por ningún lado. Ninguno de mis chicos están presentes. Corro en dirección contraria a las flamas, pero el rugido de Nott me hace cambiar de dirección. Me obliga a cruzarme con los de Hufflepuff.
No me notan cuando paso al lado de ellos, todavía muy metidos en su discusión. Estúpidos, si no salen de ahí, las flamas los consumirán. No veo que se disuelvan y sólo siguen creciendo en tamaño, aumentando velocidad y cantidad.
La ventaja de todo esto es que ahora la luz hace que tenga confianza en los pasos que doy. Le inspira la misma confianza a Nott, porque no mucho después de pasar a los otros le escucho gritar mi nombre: «¡ROSE!» y lanzarme un cuchillo. Se clava en un árbol cerca de mi. Es en una milésima de segundo en que mi mente se debate en agarrar el cuchillo o no; y un segundo después sé que ya he tomado la decisión por mí al sentir el frío mango forjado en mi posesión. Sigo corriendo, otra vez en zigzag.
Una bola de fuego se dirige directo a mi. Paro en seco y me tiro hacia atrás un segundo antes de que colisione conmigo. Escucho un sonido gutural detrás de mi y deduzco que Nott apenas tuvo tiempo al igual que yo. Aprovecho estos segundos para cambiar mi dirección. Puede que los árboles se hayan movido, pero no han cambiado de tamaño. Si logro correr más rápido pronto ocultarán mi figura.
—¡Weasley! —escucho, pero no con la suficiente fuerza. Sonrío victoriosa. ¡Gracias, Controladores! Hago una señal de agradecimiento al cielo e inclino mi cabeza, apartando mi vista del frente por un segundo.
¡BAM!
Sólo un segundo de distracción me basta. Colisiono contra alguien y salgo disparada hacia atrás. Me estrello contra el tronco de un árbol y mi cabeza rebota, el aire se me escapa del cuerpo. La sensación es familiar, como el primer día. Sólo que está vez no he caído del todo. Escucho a la persona soltar un gemido y levanto la vista. Me encuentro con los ojos azules de Mary Cattermole.
Algo se apodera de mi. Una gran explosión exalta mi estómago, me hace soltar un gruñido. Mi puño se levanta en el aire y con una rapidez impresionante se estampa contra la quijada de la Ravenclaw.
—¡Puto engendro! —le escupo y me lanzo hacia ella completamente.
Caemos al suelo. Yo encima de ella. Golpeo su rostro una y otra vez. Cambio entre puños y bofetadas, una tras la otra. Es tanta la adrenalina, la ira y la irracionalidad que no noto el ardor en mis manos. Ella trata de defenderse y hablar a la vez. De su boca salen palabras sin sentido y pronto se encuentra con la boca ensangrentada.
No me detengo para observarla con detenimiento. Es como si algo estuviera en posesión de mi cuerpo. Estoy furibunda y es como si toda emoción a excepción del desprecio hubiese desaparecido de mi ser. No hay compasión. Sólo desprecio canalizado en los puñetazos, arañazos y bofetadas para la persona debajo de mi. Es por su culpa que me separé de Albus el primer día y también es su culpa que ahora estemos en esta situación.
Su rostro logra escapar de mi puño y no me he dado cuenta de que también un brazo suyo hasta que siento el ardor explotar en mi mandíbula. Eso me desconcierta y en esa fracción de segundo las posiciones se cambian. Ahora yo me encuentro debajo de ella. Suelto un gruñido, extrañamente parecido al de Nott. El rostro de Mary está más allá del reconocimiento. Una ceja está partida y la sangre corre desde ahí y llega a la nariz cuya sangre se conecta con la de sus labios partidos.
Más sangre se acumula en su boca y la escupe al lado mío. Sus dientes son rojos y la saliva que se le escapa de sus labios es del mismo color. Pone su rostro a centímetros del mío. Unas gotas me salpican mi mejillas y casi puedo probar la sangre en mi boca.
Estamos estáticas. Ella me observa. Sus ojos atraviesan mi rostro. Sus manos se posan en mi cuello y empieza a ahorcarme. Su dedo aprieta mi garganta hacia arriba y siento mis ojos desorbitados. El aire se me escapa y mi mente se nubla. Lo único que capto son imágenes estáticas. Sus ojos se encuentran inyectados de sangre y veo en ellos desesperación. Empiezan a salir lágrimas de sus ojos y no entiendo por qué.
Ella tiene fuerza, pero sólo está concentrada en sus manos sobre mi cuello. Lanzo mis piernas hasta sus hombros, las engancho. Cuento en mi mente, una, dos, ¡tres! Ella ya ha dejado de ahorcarme y balanceo mis piernas hacia atrás. Otra vez se revierten los papeles.
Alzo mi puño nuevamente, de mi boca salen palabras no muy gratas y ella deja escapar un chillido.
—¡No, no! —exclama y deja salir un sollozo. Sus manos cubren su rostro y empieza a temblar.
Mi mano cae laxa. Proceso todo lo que ha sucedido, lo que he hecho. Hace unos segundos estaba decidida a deshacerme de Mary. Ahora, ella hecha un desastre ruega que la deje. Empieza a toser y más gotas calientes de sangre vuelven a caer en mi rostro.
Aturdida me separo de ella. Me quedo de rodillas. Ella se hace un ovillo en el suelo y empieza a dar pequeñas arcadas. Se retuerce y suelta gemidos combinados con sollozos.
—Lo siento… —me encuentro susurrando segundos después. Hay un zumbido en mis oídos. Me siento sucia. Mis manos me pesan. Estoy nauseabunda.
«¿Qué es lo que he hecho?» mi mente susurra.
Mary no parece haberme escuchado y sigue temblando frente a mi. Sus sollozos tampoco se han detenido.
«¿Qué es lo que he hecho?», vuelve a susurrar mi mente.
Entro en pánico.
Desesperada tomo mi cabeza entre mis manos y la entierro entre mis piernas. Un sonido se construye desde mi garganta y sale con una fuerza desgarradora. Grito y vuelvo a gritar como loca: «¡Lo siento!, ¡Lo siento!». Una y otra vez. Es una escena digna de ver, ambas chicas peleando a muerte terminan actuando como locas en medio de un ataque Controlador.
Lágrimas empiezan a caer por mi rostro y pronto me uno a Mary. Yo lloro por lo que he hecho, avergonzada de mi misma y ella… sigue llorando. No reacciona ante mi arranque de vergüenza.
Mi pecho sube y baja y me seco las lágrimas. Estoy separada de los chicos y mis gritos pronto atraerán a los demás. Me paro y con el pie empujo al desastre de chica frente a mi.
—Párate, Cattermole —le espeto con una voz que ni yo misma reconocí. Casi le escupo las palabras con desprecio— o vendrán y ellos no se detendrán cuando empieces a llorar.
Ella por fin empieza a hacerme caso y con su cuerpo tembloroso se levanta. Nos observamos un rato a los ojos. Las dos sin expresión alguna. De su rostro sigue emanando sangre, pero ella ya no muestra ninguna señal de dolor. Aprieto mis labios y frunzo mi ceño. Está apunto de decir algo. Abre su boca, quiere decir algo, pero el silencio que nos rodea es roto por un grito desgarrador.
Las dos volvemos nuestro rostro y empezamos a correr hacia la dirección del sonido. El fuego sigue vivo e ilumina el camino. Más gritos se escuchan. Esta vez masculinos y femeninos.
No tenemos que llegar para saber qué fue lo que ocurrió.
Mi respiración se detiene al ver a la criatura frente a mi. El rostro de un hombre ruge con fuerza mientras su cuerpo de león se desplaza y su cola de escorpión trata de apuñalar a Susan. Ella tiene una lanza en sus manos, pero no es lo suficientemente rápida para esquivar la cola. Cassia, sorpresivamente, se encuentra a su lado, lanzando flechas a la criatura, pero su piel es muy gruesa y ninguna logra atravesarla. Caen como palitos tratando de picar metal.
Volteo a ver a Mary, pero ella ya no está mi lado. Ha huido. Yo debería hacer lo mismo, pero no me iré sin los chicos. Mis ojos se pasean por todo el lugar. Nick trata de ayudar a Susan, despistando a la mantícora, pero sólo logra enfadarla más. Macmillan empieza a correr en dirección de Nott que se encuentra lanzando dagas hacia Lorcan.
Es como si mi mente se pusiese en blanco. Reacciono segundos después. ¡Lorcan! Y… Albus… no está a la vista. Sigue sin aparecer. No dejo que el pánico se apodere de mi. Corro hacia Lorcan con el cuchillo de Nott en mano y lanzo cuando estoy a una prudente distancia. Se clava en el brazo del Slytherin y maldice. Su rostro compungido se voltea hacia mi y sus ojos brillan con maldad pura. Le sonrío con sorna y él suelta un gruñido. No necesito ver a Lorcan para saber que esta vez él me seguirá cuando corra.
No perdemos tiempo. Lorcan no esquiva más y yo no tengo tiempo para darme cuenta de que él tampoco tiene su mochila. Estamos hombro a hombro y corremos lo más rápido que podemos. Por instinto me aseguro de que el cuchillo que me dieron todavía esté sujetado a mi pierna y mi corazón salta al sentir nada en mi mano. Ambos estamos desarmados.
—¡¿Y Albus?! —exclamo sin aliento y sacude su cabeza. Paro en seco y dejo que mi cerebro procese la información.
Lorcan se detiene y afligido me grita:
—¡Está bien! ¡Escapó con las dos mochilas! ¡Espada en mano! Ahora, ¡CORRE! —toma de mi mano y volvemos a correr.
El rugido de la mantícora hace el piso bajo nosotros temblar y nuestros pasos más inseguros. Está cerca de nosotros. Todo es un desastre y pronto seremos consumidos por el fuego que sigue bailando a nuestro alrededor.
Susan, Cassia y Nick no están haciendo un buen trabajo con la mantícora. Pues pronto se encuentra frente a nosotros. Ha rodeado el perímetro y ahora estamos todos frente a ella. Hay un silencio palpable. La mantícora nos acorrala a todos y nos hace retroceder. Me estremezco al ver su rostro. Tan humano y fuera de sí. Tiene colmillos y su cola se crispa ante la posibilidad de apuñalar a alguno de nosotros.
Pero no seré yo. Ni Lorcan.
Es Susan.
La muy estúpida es la primera en reaccionar. Suelta un grito y se avalancha contra ella apuntando al rostro con su lanza. No llega a tocarla. Observo, plantada en mi lugar como la cola se ensarta con gran velocidad y fuerza en su cráneo. Se escucha un crack y el grito de Susan aún puede escucharse en el eco. Nadie hace un sonido en lo absoluto a excepción de la mantícora que se regocija ante la sensación de tener algo por fin.
Veo con morbo cómo el cuerpo de Susan ha quedado en su lugar. Sus manos siguen alzadas todavía sujetando la lanza con fuerza. La mantícora agita su cola y el cuerpo cae frente a nosotros. Mis ojos se abren más al ver su rostro desfigurado y las nauseas se apoderan de mi estómago.
La mantícora se acerca a Susan y clava su aguijón en su estómago. Ella ya no se percata de nosotros. Es entonces cuando los demás nos damos cuenta que seguimos aquí. Es un acuerdo unánime. Nadie dice nada, nadie voltea a ver a nadie y todos nos vamos corriendo.
Escucho el cañón cuando Lorcan y yo ya estamos lejos de los demás. Mi mente repasa una y otra vez lo sucedido. Sigo sin creerlo. Fue una experiencia inverosímil. Fue horrible. Aterrador. Siento mi alma partirse en pedazos. Lo que quedó del rostro de Susan sigue apareciendo en mi mente y el sonido que hizo su cráneo al ser atravesado por el aguijón persigue mis oídos. Retumba en ellos.
Un sonido semejante a un sollozo sale de mis labios y pronto me encuentro envuelta en los brazos de Lorcan. Empieza a susurrarme cosas, pero no logro entender lo que dice. En cambio, me aferro más a él y entierro mi rostro en su pecho.
—¡Fue horrible! —mi cuerpo se sacude y Lorcan me apretuja más contra su pecho.
El resto del camino pasa como borrón. Mi cuerpo está entumecido y sólo me dedico a tratar de entender lo que Lorcan está diciendo. Caminamos. ¿A dónde? No lo sé, sólo sé que vamos a encontrarnos con Albus, eso es seguro. Estamos colina arriba y el cielo está aclarando. El piso está volviéndose más suave y las ramas adelgazan y el cielo es más visible. Avanzamos unos metros más y mi rostro rompe en una sonrisa, a pesar de todo.
No puedo evitarlo. Albus está recargado en un árbol y tiene tres mochilas a su lado.
Esa noche cenamos nada. No inspeccionamos las mochilas. Estamos de luto y le brindamos pobres intentos de respeto para la chica Hufflepuff, la primera en caer. Nos tomamos la mano y hacemos un círculo, cerrando los ojos y sólo guardamos silencio. Después, nos colocamos en los lugares que vamos a dormir. Trato de hacerlo. Pero no importa porque cada que cierro mis ojos Susan Goldstein sigue apareciendo detrás de mis párpados impidiendo mi descanso.
Subido el 19 de Agosto del 2014
