Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling y Suzanne Collins.


11

El anuncio

Cuando despierto mi lengua está pastosa. Mi cabeza me duele y mi cuerpo entero está agarrotado. Mis labios están resecos y puedo sentir la sangre reseca en ellos. Trato de no recordar. Nublo mi mente y en cambio, me concentro en estirar bien mi cuerpo. Alzar los brazos es una tarea exhaustiva, pero cuando logro estirarlos por completo, suelto un suspiro placentero.

He perdido ya la cuenta de cuantos días llevamos aquí, aún así, estoy segura que pronto vendrán por nosotros. James vendrá. Dominique vendrá. Sólo tenemos que sobrevivir —o sólo es un pensamiento estúpido y en verdad debería de tener la cuenta de los días.

Yo sólo quiero… sobrevivir junto con mis compañeros, regresar con mi familia.

Mentiría si dijera que estoy bien. Desmoralizada es la palabra que más se acerca para describir mi estado actual. Llevamos horas caminando y no hemos hecho intento alguno de charla. El dolor hace mi cuerpo temblar con cada paso que doy pero mi espíritu está tan cansado que mi cuerpo no registra lo que pasa. Sólo hemos alzado la voz para planear el próximo ataque, la próxima defensa, una mejor manera de sobrevivir sin el menor incidente posible.

Albus y Lorcan me observan de vez en cuando. Mi primo hace intentos para iniciar una conversación, abre su boca, un pequeño sonido se escapa, pero al final la cierra y todo queda en silencio nuevamente. Seguramente quiere preguntarme qué fue lo que pasó para que estuviera tan demacrada. Literalmente.

No he visto mi reflejo, por supuesto, sólo puedo imaginarme cómo me veo. Mi falta de entusiasmo el día de hoy no solo se debe a la horrible muerte de la Hufflepuff. El ojo izquierdo lo siento hinchado y, sinceramente, puedo ver muy poco. Mi labio inferior está partido y seguramente tengo un gran moretón en mi mentón que se extiende hasta mi mejilla derecha. Sí, la Cattermole no quiso dejar ningún lado intacto.

Recuerdo cómo deje su rostro y me estremezco.

Por supuesto, volviendo al tema de los planes, nada de lo que hagamos tendrá un final exitoso. Si hay algo que me alegra es el hecho de que una muerte más no es consuelo para mí, pero ahora que lo pienso, ¿debo vanagloriarme por pensar cómo cualquier ser humano? ¿qué es lo que está mal conmigo y con todos? ¡¿Desde cuándo es bueno felicitarse por estar de luto por una persona que murió injustamente?!

Una rama que no sabía que sostenía con ambas manos se parte en dos y suspiro. Trato de relajarme. Acarició el reloj de mi padre y esta vez no logra tranquilizarme. Instantáneamente mi ceño se frunce, mis labios tiemblan (si es por la rabia o por la tristeza, no lo sé) y mis manos pronto le siguen.

Trato de no pensar en su ausencia, en lo que su larga travesía significó para toda la familia y el mundo mágico. Me es imposible.

Si él tan sólo se hubiera quedado aquí, conmigo.

Si hubiera llegado un poco más antes tal vez mi madre aún estuviera viva.

Si todo lo que ha propiciado nuestra selección se hubiera evitado, entonces…

Tengo la estabilidad mental de un bebé. Tengo pensamientos egoístas, soy consciente de ellos, pero no puedo evitarlo. Estoy tomando varias bocanadas de aire, pero no parecen ser suficientes. Algo oprime mi pecho y me siento desfallecer, liviana. Mis oídos zumban y un peso en el estómago me hace querer regresar todo lo que no he comido. A lo lejos escucho el nombre de alguien y unas manos extrañas tocan mi rostro. Me dicen que respire y eso trato de hacer, pero no puedo. Mis ojos van de un lado para otro, quiero enfocarme en un lugar, ¡el que sea!, pero me es imposible.

Un líquido empieza a rodar por mis mejillas, caliente y grueso. Son mis lágrimas. Parecen quemar mi piel, dejando un rastro; cada que parpadeo, más salen y menos alcanzo a enfocar mi mirada. Todo es cristalino, como si fuese irreal.

«Tranquila, cariño» escucho alguien en mi mente y, tal vez, sea la voz de mi madre. O tal vez sea la locura. No dudo que ya se esté apoderando de mí.

Es extraña esta sensación… estar en un estado de disociación; no puedo verme, pero tampoco sentirme; soy ajena a mi cuerpo.

Supongo que Albus y Lorcan debieron hacer algo para calmarme (¿o calmarla?), porque poco a poco puedo volver a respirar. Mis inspiraciones son bruscas, más pausadas, pero bruscas… O simplemente mi episodio psicótico, ataque de pánico, o lo que sea, debió esfumarse tan espontáneamente como inició.

Un dolor de cabeza me taladra la cabeza segundos más tarde. No he hablado con ninguno de los chicos, pero musité un pequeño «gracias» a Albus, que me sujetaba con fuerza y a Lorcan que me decía cómo actuar —aunque, sinceramente, no recuerdo haber escuchado muchas palabras, a penas podía sentir las menos de mi primo sosteniéndome.

No hablamos del tema. Ellos tampoco lanzan miradas hacia mí. Los he descubierto más de una vez y cada vez les lanzo una mirada asesina. No estoy aquí para causar lástima.

(Qué bien me está resultando.)

Se decidió acampar por el resto del día, dormir escondidos en una cueva que encontraron y recuperar las fuerzas para el día siguiente.

«¿No que muy dura, Weasley?», me burlo sardónica y me recuesto en medio del piso de la cueva. Quedar en las esquinas, pegada junto con la pared me parece repugnante y no tengo ganas de lidiar con insectos en estos momentos.

Lorcan se ofrece a tomar la primera guardia y ninguno se opone a que Albus sea el que lo revele. Por mi parte, no me quedan ganas de siquiera pensar en aborrecer mi inutilidad y me dedico a dormir.

Quisiera decir que esta parte es en donde tengo un sueño revelador, pero ese no es el caso. Sé que no he dormido mucho porque Lorcan aún sigue en guardia y Albus tampoco está dormido a mi lado. Los encuentro a los dos un poco más retirados, susurrando como si la vida dependiera de eso.

«¿Entendiste, Weasley? ¿Se te hace gracioso? Porque a mí sí, dado a que están en una situación donde la vida les cuelga de un péndulo. Quién diría que tuviera tan negro humor.»

Hago caso omiso a lo que escucho en mi cabeza y simplemente me ocupo en escuchar lo que realmente importa. Cierro mis ojos y concentro todos mis sentidos en ellos dos, pero no alcanzo a escuchar nada.

No me doy cuenta —no siento el momento en que vuelvo a privarme.

Es una grata sorpresa saber que en poco tiempo nos darán las varitas. Ha pasado ya un día sin una muerte. Un periodo estimulante y perturbador a la vez. El agua se nos está acabando y propongo ir al lago ubicado unos seis kilómetros al norte. No hay mucha discusión y nos ponemos en marcha tan pronto como desayunamos una manzana cada quién y dos escuálidos conejos que los chicos atraparon.

Me estoy hartando del conejo. Su insípida carne me hace tener más sed y el que la presa no sea lo suficientemente grande me estresa más.

Los chicos, por su parte, en vez de demostrar su disgusto por la carne, hacen bien en ocultar su sorpresa al escucharme hablar y sólo asienten.

No hemos comido como reyes, pero a pesar de la horripilante carne y la jugosa manzana, mi estómago ha más estado lleno que en días anteriores. Aún así, debemos racionar la comida. No podemos darnos el lujo de comer cuanta cosa se nos atraviese, pero tampoco debemos guardar tanta. El problema es que ayer sentía la mochila pesada y ahora no tanto, lo que me lleva a preguntarme: En todo el tiempo que hemos tenido comida, sólo me he comido dos manzanas y tres peras (sin contar lo de hoy), ¿podría haber eso quitado tanto peso encima?

Es un hecho: me estoy volviendo paranoica.

Me acuerdo del tío Charlie y el abuelo Arthur, ¿cómo era aquella frase que decían? ¿Siempre alerta…? Alicia Michele viene a mi memoria. Abro un poco mis ojos y asiento. Sí, sí, quedaré igual que ella si no me cuido. Tan loca y desquiciada, sin nadie quién me entienda, seré una razón más para aborrecer a los Weasley.

Me rasco la cabeza. Mi cabello sigue igual de corto, aunque puedo notar como se va ondulando un poco más. No era suave antes de entrar a la arena, no brillaba como el de Victoire, Dominique o Louis, pero era algo que me distinguía: nadie tenía el cabello tan alborotado como el mío. James decía que parecía una melena de león y que esa era una muy buena razón para que el Sombrero me seleccionara para Gryffindor. Solía enojarme, por supuesto, y optaba por darle un buen discurso de mis buenas cualidades como Gryffindor (seguramente sonaba muy presuntuosa, no sé cómo me soportaban aquellos que escuchaban lo que tenía que decir). Al final, James se reía y revolvía mi cabello con cariño antes de irse.

Antes de todo esto me reía con él.

Antes de que me fuera él dijo que vendría por mí.

Antes de todo esto… yo era alguien distinta. No le temía a los Juegos, no como los demás. Es bonito hablar, las palabras salen con tanta facilidad de la boca, tan bellas y convincentes, que una vez frente a la verdad de la situación no queda más que tragarte todo en un amargo segundo y enfrentar la realidad como siempre se debió haber hecho. La abuela hacía bien en regañarme cada que decía algo contra los Juegos o cada que decía que no tenía miedo.

No. No hablo de la sumisión. Merlín sabe que no hay nadie quién deteste al Ministerio más que mi familia, de apellido fuerte y débil a la vez, pero… sé que hay veces en las que estar cabizbaja no afecta en nada. Sólo hay que esperar el momento adecuado para atacar…

—Sólo… hay que esperar el momento adecuado para atacar —repito en voz alta, sin saber qué estoy diciendo realmente. Albus y Lorcan me observan. La comisura de sus labios se mueven un poco y asienten.

La voz de Lorcan ahora no suena tan distante. Con más energía y coherencia que nunca, empieza a relatarnos una pequeña anécdota de alguno de los viajes que hizo con sus abuelos.

Sus manos se mueven al ritmo de su discurso, describiendo con exactitud las montañas que visitaron y las animales exóticos que vieron, y que por desgracia, ya están descubiertos. Aún así, el rumbo de la anécdota empieza a cambiar y no tardo en llegar a la conclusión de que Lorcan ha usado ese recuerdo para formar una analogía nueva.

A estas alturas no sé si suspirar frustrada o apretar mi labios, divertida. Hago, por supuesto, lo primero al no poder apretar mis labios sin soltar un quejido. Aún así, mover mis hombros me causa incomodidad. Puedo alzar más los brazos, pero no por tanto tiempo como desearía.

Cuando finaliza, con sus gestos y expresiones nos alienta a responderle.

—¿Y esto cómo se relaciona?

—¿No lo ves, Albus Potter? Me imagino que tú sí, Rose Weasley. ¡Debes de entender! Es lo más brillante que se me ha ocurrido hasta ahora —hay algo en su tono de voz que no me gusta para nada, algo de inseguridad, pero no estoy muy segura. Mi corazón se comprime porque alguien tan optimista como él… llegar a dudar así…

Sacudo mi cabeza, alejando esos pensamientos, pero al ver su expresión me doy cuenta de que fui malentendida.

—¡No, no! Claro que entendí, es sólo que… se me hace muy arriesgado. Ya tentamos lo suficiente a los Controladores.

—¿Qué es lo que no entendí? ¿Chicos…?

—¡Con mayor razón debemos hacerlo! —se vuelve hacia Al y con un poco de impaciencia le asegura que «pronto volveremos con él» y continúa—: Si usamos la misma técnica, entonces tendremos la ventaja. Hasta el final —sentencia con seriedad y vuelvo a sacudir mi cabeza.

—¿Qué es lo que estás sugiriendo, Lorcan? —interviene Albus, esta vez con más vehemencia.

Ignoro a mi primo. ¡Es una locura lo que quiere hacer! No tardo en decírselo y él vuelve a sonreír.

—Estás demente, Scamander —escupo frustrada, tratando de no mover tanto la boca para no abrir de nuevo la herida, y tomo mi cabeza entre mis manos. Dirijo mi atención hacia Albus y suspiro al ver que Lorcan no tienen intención alguna de responderle—: Quiere que le vayamos a robar las pinturas a Cassia Flint. ¡Justo después de casi ser asesinados! ¡Por ella misma!

—¡Ese es el objetivo! ¡Nuestro objetivo si no actuamos con prontitud! ¡Quién sabe que desvaríos tenga en mi mente; pero sé que este es absolutamente el más cuerdo! Si no actuamos ya, los Controladores encontrarán otra forma de juntarnos y es posible que no salgamos triunfantes —arruga su nariz y observa el cielo despejado por unos segundos. Inmediatamente, se vuelve hacia mí y me dice con tedio y un poco de arrogancia—: Si recuerdo bien, casi dejamos de existir a causa de la mantícora, no de la serpiente-pulga.

—Sí, pero es igual de peligrosa —respondo con el mismo tono y me cruzo de brazos. Alzo mi ceja y lo reto, aunque no he de verme tan amenazadora con mitad del rostro oscuro en moretones.

—Para ti, lo más probable —y se voltea. Me da la espalda, sin más.

—¿Cuál es tu problema?

Es la segunda vez que esas palabras salen de mi boca dirigidas hacia él y nuevamente, él también se ríe de mí.

—¿No quieres salir vivo de aquí? Hagamos algo menos arriesgado, por una vez y… —mi voz se apaga, cansada de no tener una buena idea, temerosa de terminar haciendo lo que Lorcan planea. ¿Quién me asegura que veremos el sol mañana? ¿O que Albus sobreviva si lo peor ha de pasarnos?

Se queda en silencio. Sus ojos se enrojecen al tiempo que sus labios se abren y se cierran después de poder decir algo. De una zancada llega hasta mi y, con el tono más frágil que le he escuchado en la vida, me dice:

—¡Por supuesto que …! Quiero terminar mis estudios… viajar por el mundo con mi… —toma un respiro y los músculos en su frente se contraen, formando un ceño fruncido. Temo que en un momento empiece a llorar, pero la voz no se le quiebra al continuar— persona… y… ¡ver a mi familia! Pero para eso debemos seguir con el plan, Rose Weasley —termina en un susurro. Se aleja de mí tan rápido como llegó.

Me volteo con lentitud. Hago mi camino hacia Albus y estupefacta lo observo sin saber qué decir o cómo actuar.

Albus aclara su garganta y anuncia que en breve continuaremos el camino hacia el lago y que probablemente lleguemos en la noche al Cuartel, donde repetiremos el plan de antes.

—Es tan brillante porque después de lo que sucedió la primera vez, ellos no esperan que repitamos el mismo truco —agrega Lorcan con una voz más triunfante, aquel derrame de emoción y fragilidad desechado en el olvido.

En el fondo sé que tiene razón. Sólo espero que ésta vez el error que seguramente sucederá no nos perjudique.

Al salir de la cueva no sé que hacer más que soltar una majadería. No ha ocurrido nada fuera de lo extraordinario, a excepción de que, ¡oh, sorpresa!, el camino hacia el lago es distinto. Y todo lo que se ha trazado en el mapa es inservible. Albus se revuelve el cabello y parece soltar una que otra majadería y Lorcan simplemente suspira.

Sin más, rompe el mapa y tira los pedazos al aire, guarda su pluma y los tres nos quedamos observando en silencio el distinto camino que tenemos. La noche anterior, los árboles eran frondosos y las hojas cubrían la entrada de la cueva. Era imposible ver más allá de dos metros en la oscuridad y en el día tenías que estar muy atento o sino te quedarías perdido. Ahora, el único árbol frondoso que hay es el que está frente a la cueva, los demás son altos, pero difícilmente pueden ser escalados, sus ramas están a más de dos metros arriba de nosotros y se ven extremadamente delgadas. No hay raíces con las que podamos tropezar y el sol está en su punto máximo. No hay frutos que podamos coger y las ramas que nos servían para escondernos han desaparecido.

Estamos totalmente expuestos a un ataque sorpresa. No tenemos nada más que la espada de Albus, mis cuchillos y los de Lorcan.

—Será mejor que encontremos el lago lo más pronto posible. Wendelin sabe que una buena poción multijugos nos hace falta ahora. Aunque supongo que nuestros objetivos son distintos…

Lorcan continúa hablando y Albus y yo simplemente le seguimos. Hecho una vista hacia atrás y veo cómo la cueva va desapareciendo poco a poco y se convierte en otra parte del bosque. Boquiabierta golpeo a Albus en el hombro y este, a su vez, llama la atención de Lorcan.

—Qué interesante. Me pregunto qué tipo de magia será está. ¿Ustedes qué opinan?

—Te estas tomando esto muy a la ligera. Pueden estar tratando de juntarnos de nuevo, así que debemos apurar el paso. Ya no podemos escondernos a simple vista y los tres no cabemos en la capa—hago una mueca y masajeo con un poco de brusquedad mi mentón y con delicadeza toco mi labio; veo que la herida no se ha abierto, pero debo de tener cuidado al hablar. Aún así, la resequedad no evita que me duela.

—Buena observación, Rose Weasley. En marcha, entonces.

Pongo los ojos en blanco y al lado de mi Albus ahoga una risa.

—Ojalá tuviéramos algo para esos moretones que tienes. ¿Cómo te los hiciste?

Mi nariz se arruga y mis cejas se fruncen. Dudo mucho en decirle lo que en realidad pasó. No debo de hacerlo o hará algún alboroto innecesario y absolutamente merecido. No tardo mucho. Respondo con suavidad y un toque de inseguridad para darle más realismo:

—Choqué con alguien y en un arranque de… miedo, por así decirlo, me atacó y yo me defendí.

Sostengo la respiración con mucho disimulo. Albus me observa y por un momento pienso que sabe que estoy mintiendo. Me doy cuenta que en realidad observa mi rostro por los moretones con preocupación y no porque descubrió la mentira. Cierra los ojos y pone su mano en mi hombro.

—¿Qué se tiene que hacer para que no te metas en problemas, Rose? La abuela seguramente echa humo por la nariz y orejas al verte así. Diría algo como —y hace una mueca extraña, aquella que siempre hace al imitar a la abuela, y su voz se vuelve más aguda y chillona—: "esa niña, siempre anda buscando problemas y pleitos, ¿qué nunca entiende? Igual a su padre, terca y testaruda. ¿Cuándo aprenderá?", o algo parecido, ya sabes que le gusta innovar de vez en cuando —se encoge de hombros y yo sólo lo observo como si tuviera tres cabezas y cuatro ojos por cada una. Aprieto mis labios para evitar reírme a carcajadas, pero pronto mis labios no soportan y poco a poco voy dejando salir a la risa.

—¿Y qué se supone que significa todo eso? —interviene Lorcan con un brillo en sus ojos.

—Pues, Rose ha sido muy fiel a su nombre —pongo los ojos en blanco porque se me hace una frase muy cursi y cliché. Albus sólo ahoga la risa al verme y continúa—: Verás, en el colegio seguramente la has visto muy recatada y casi siempre en el Gran Comedor, porque no sale, si puede evitarlo, de la Sala Común. Al menos durante el día. Pero en la Madriguera… Es muy diferente. Claro, ahora ya no son tantos los alborotos que causa, pero de pequeña era horrible. Siempre se peleaba con Molly y podía aguantar una de las más graciosas disputas contra la pared. Por horas. Decía cada insensatez y cosas demasiado inapropiadas que la abuela Weasley dejó de llevarla con ella al Callejón Diagon por temor a ser sancionada.

—Oh, ya veo. Sí, creo que escuché un poco de eso antes de venir aquí… —se ríe un poco y sacude su cabeza.

Mis mejillas están ardiendo y mis orejas se sienten calientes. Opto por no decir nada. Refutar será imposible.

—Ahora ya sabemos que hay que cuidarse de Rose no sólo por su boca, sino por sus puños. Estoy seguro de que quién sea que te agredió tampoco quedó muy bien —sonríe y pone su brazo alrededor de mis hombros. Con una voz más preocupada agrega—: Sólo no vuelvas a hacerlo. Tenerte adolorida cada día no es bueno para el equipo.

—¡Oh, cállate, Albus! ¡No es como si lo hiciera apropósito!—sacudo su brazo y él suelta una carcajada.

—Cuidado Albus, quedarás igual que ella. O peor —musita Lorcan y me volteo indignada, con la boca abierta de forma graciosa, pues todavía no puedo abrirla lo suficiente como para hacer una mueca indignada decente.

—¡Vaya!, quién diría que mis desgracias sirven para aligerar el ambiente —alzo mis manos exasperada, ignorando el dolor en mis hombros y espalda, y tomo la delantera. Me volteo y empiezo a caminar de trasera, el camino es totalmente liso y sin una pizca de humedad. Doy una leve sonrisa y empiezo a mover las manos, en una mala imitación de Lorcan—: Estimulemos la velocidad de los pies, chicos. ¡Es intrínseco llegar al lago antes de que anochezca!

Suelto una risa y Albus también. Lorcan sólo me observa con sus ojos entre cerrados y musita algo bajo su aliento que no alcanzó a escuchar, pero Al, a su lado, lo hace y suelta otra carcajada mientras dice con ánimo:

—Por supuesto que sí, ¡le dio en el clavo!

Pronto el dolor en mi rostro es desplazado y en mi pecho no hay sensación de agobio. Nos reímos un rato más y con más energía tomamos rutas nuevas. La luz del día nos ilumina muy bien. Estamos solos en esta zona y rara vez escuchamos ruidos sospechosos. Sólo algunas aves y ardillas. De vez en cuando, a pesar de la tranquilidad que nos rodea, volteo a todos lados con la sensación de que algo nos está siguiendo. Aliviada suelto un suspiro cuando veo que no hay nadie.

El suelo sigue estando seco, pero poco a poco empiezan a aparecer pequeños helechos tan verdes como las hojas de ayer y más flores aparecen. La corteza de los árboles comienza a tener musgo y el suelo es cada vez más resbaladizo. Un conejo pasa frente a nosotros y lo dejamos libre, porque sus patas están húmedas y han dejado un rastro.

Mi corazón late en mi garganta y puedo sentirla cerrarse por la anticipación de sentir un poco de agua bajar por ella —no hemos querido usar la que nos queda en la botella. Abro mi boca y mis ojos recorren el suelo en busca de las huellas del conejo. Vamos colina abajo. Ni siquiera me he dado cuenta de que hemos estado en una parte alta. No estábamos antes, pero lo más probable es que se deba al cambio de escena de los Controladores —debo admitir que es extraordinario el tipo de magia que hacen en este campo.

Aquí los árboles no sólo tienen musgo, sino que las ramas son más extensas y con más hojas para dar sombra. Ya vamos llegando. Puedo sentir un poco de brisa y en ella, tal vez sea mi imaginación, puedo sentir un poco de gotas. Mi lengua acaricia mi labio y sí, es mi imaginación: siguen estando tan resecos como hace unas horas. Hay viento y cuando llegamos a la orilla del lago, hay ondas que hacen juego con la inquietud que siento.

Nos acercamos más. Cada paso más apresurado que el anterior. Observo asombrada el maravilloso paisaje, capaz de quitarme el aliento, hay una gigantesca cascada muchos metros delante de nosotros, el agua rompe en las gigantescas rocas debajo de ella. Hacen un sonido impresionante. También hay árboles que crecen muy cerca de la cascada y pueden verse algunos peces, el agua es tan cristalina…

Freno por instinto. Los otros también lo hacen. Una figura está nadando no muy lejos. Por su silueta ya sé quién es y no hace falta si quiera que salga del agua para confirmar mi sospecha.

Cuando sale, hago una mueca involuntaria. Mary Cattermole tiene su rostro prácticamente destrozado. O simplemente estoy exagerando debido a la culpa que me carcome. Todavía puedo ver sus dos ojos… Lo único inflamado son sus cejas y, ¡qué coincidencia!, su mentón y mejilla derecha tienen una coloración morada, casi negra…

Nos quedamos viendo por varios segundos. No toma en cuenta que su compañero de casa está detrás de mi o que un Potter está a mi lado. Sólo me observa, fijamente, hay un poco de terror e ira en sus ojos.

Albus es el primero en romper el silencio. Muy diplomático, como siempre, camina hacia ella.

—No vamos a hacerte nada. Estamos en territorio neutro, si quieres verlo de esa manera... Sólo tomaremos un poco de agua y nos iremos, ¿de acuerdo?

No asiente o emite palabra alguna, sólo sigue observándome. Albus da un paso hacia delante y aterrorizada desvía su mirada hacia él. Mi primo alza la botella que tiene en mano y la sacude, mostrándole que es sólo eso lo que sostiene.

La mano de la Ravenclaw viaja del dobladillo de su suéter hasta su oscura y seguramente adolorida mejilla.

—¿Porqué no me dejas observar eso un momento, Mary Cattermole? No soy muy hábil para los hechizos que quitan la inflamación o el dolor, pero puedo ver qué tan grave es y conseguir algunas plantas medicinales para ti. ¿Te parece, compañera? —interviene Lorcan y me lanza una mirada inquisitiva, ahora sí dudando de lo que dije.

Trato de no tensarme bajo el escrutinio de su mirada, pero me es imposible y lo único que hago es sostenerle la mirada lo mejor posible.

(Puedo ver la culpa en mis ojos y el disgusto en los suyos.)

Por otra parte, la de Cattermole se suaviza y asiente sin decir palabra. Se quita su suéter, húmedo con el chapuzón que se dio y lo coloca en una roca para secarse. Lorcan se sienta en la orilla del lago, lejos de nosotros y comienza a platicar con ella como si fueran amigos de la infancia. Supongo que al estar en la misma casa ellos han de haber conversado más de una vez antes de todo esto.

Ni una sola vez voltean a vernos. Albus y yo, entonces, en un acuerdo muto silencioso, sacamos las botellas y las llenamos. Saco el yodo de la mochila y le pongo las gotas suficientes para desinfectarla. Se deben de esperar quince minutos, pero la sed que tengo es tanta que esos quince minutos me parecen los más largos del mundo.

Mientras tanto, Albus se deshace de su suéter. Lo dobla y lo deja a un lado para refrescarse un momento. Sin querer interrumpir a los Ravenclaw, se mete al lago sin hacer mucho ruido. Aún si lo hiciera, ambos están tan ensimismados, hablando tan rápido y con mucho entusiasmo, que dudo mucho que algo les interrumpa.

Tamborileo mis dedos en la fría y lisa superficie de la roca, veo cada minuto pasar en el reloj de mi padre y estoy segura que la manija retrocedió un poco. Mis ojos no paran de moverse. Van del reloj al agua y del agua a los Ravenclaw. Estoy nerviosa, impaciente y no sé que pensar de la chica.

¿Qué es lo que sucedió esa noche? Se supone que debo ser la centrada, la que sabe actuar en situaciones de riesgo, donde todo el mundo está en pánico y he demostrado todo lo contrario. Bajo mi mirada. La vergüenza vuelve a inundarme. Mi rostro está en llamas. Me disculparé. Una vez que ella diga qué fue lo que en realidad sucedió me disculparé y ojalá todo quede en el olvido. Lo haré.

Mis ojos vuelven hacia ellos dos y veo que Lorcan ahora sí está examinando a Cattermole. Sus ojos están entornados y observa concentrado la extensión del moretón. Mueve su cabeza con delicadeza y luego sus manos tocan con delicadeza las dos cejas inflamadas. Por impulso se mueve hacia atrás y hace una mueca adolorida. Lorcan suelta una suave risa y asiente la cabeza.

—¡Rose Weasley, le diste una gran tunda! —su voz no muestra signos de molestia o irritación, tampoco suena decepcionado. Todo lo opuesto. Su amplia sonrisa me da a entender que no se enteró de la verdad, que Cattermole La Benévola decidió no contarle. Lorcan suelta una carcajada y se levanta. Ayuda a su compañera a levantarse y ambos se dirigen hacia nosotros.

Albus sigue en el lago, pero se acerca más hasta llegar a la orilla y sale. Se aleja un poco, eso sí, y sacude su cabello para secarlo. Una vez hecho, se sienta a mi lado y Lorcan comienza a hablar.

—Mary Cattermole, ¿podrías dar a mi equipo y a mi un momento de privacidad? Debemos discutir objetivos, cuestiones sin resolver y es en extremo importante hacerlo lo más rápido posible, o perderemos el sol. No podemos dejar que eso pase.

—Sí, no hay cuidado —musita y se regresa hacia la orilla cabizbaja, metros lejos de nosotros. La observo por un momento, se sienta en una parte en donde la roca termina y ramas y raíces empiezan a sobresalir haciendo la orilla del lago parecer un poco siniestra. Sumerge sus pies y por el movimiento de sus brazos supongo que empieza a mover sus pies sumergidos ya en el agua.

Lorcan comienza su discurso.

—Conversé con ella. Me compartió sus habilidades y los secretos que usó para sobrevivir y no ser notada por la demás competencia. Yo sugiero que la conservemos. —alzo mi ceja, o al menos hago un intento de hacerlo. Mi mirada sola hace que Lorcan se explique mejor—. Será un buen integrante del equipo, proporcionará información y recuerdo a mi inteligente, excéntrica y bella madre decir alguna vez que sus padres son excelentes seres humanos. Esta opinión, he de agregar, se formó un día cuando se los encontró en el callejón Diagon, un verano antes de entrar a Hogwarts, así que todo fue legal —se encoge de hombros y abre sus ojos, esperando nuestra opinión.

No hace falta mucha inteligencia para deducir lo que dijo. Seguramente los padres de Cattermole y los tíos Scamander son muy amigos debido a sus ideales y puede que sean aliados a la causa que la Orden del Fénix creó. Dudo mucho que sean miembros, o Lorcan ya habría insistido en ir a buscarla.

He llegado muy lejos en estos juegos, más de lo que habría imaginado. A Albus no le ha sucedido nada, está sano y sigue siendo la misma persona. Es más de lo que hubiera pedido. El altercado que tuve con Cattermole no debe ser impedimento para conseguir más ayuda. Su integración en el equipo será una gran ventaja. Puede usar magia sin varita y sabe defenderse físicamente. Sin mencionar cómo nos siguió sin que nos diéramos cuenta. Logró engañarnos.

Sin pensarlo más, respondo positivamente. Lorcan asiente, abre la boca para decir algo, pero la cierra inmediatamente después de darse cuenta de que mi primo no está de acuerdo con la noción. Puedo ver la duda en sus ojos y su ceño fruncido. Lanza una pequeña mirada hacia Cattermole y luego a mi rostro.

Oh, no. Antes de que siquiera comience a negarse, alzo mis manos para detenerlo.

—No, Albus. Está bien. Fue un altercado estúpido y dudo mucho que vuelva a suceder ahora que estamos en el mismo equipo.

—Lo sé, Rose, pero a penas la conocemos. ¿Seguro que podemos confiar en ella? Se ve muy asustada y el miedo no es bueno. Puede convencer a la persona más sensata de hacer cosas sin sentido. ¿De verdad quieres a la persona que te atacó en el equipo?

Albus es un pedazo de cielo. Me duele mucho mentirle, pero debo mantener mi historia.

—Al, estoy tranquila —sonrío lo más que puedo—. Casi no hay dolor, sólo si hago un movimiento brusco. Y ya estoy acostumbrada a esto —bromeo un poco para aliviar su preocupación, pero no da resultados. Usualmente funciona. Continúo asegurándole—: No tienes de qué preocuparte de ella. Es parte del equipo y dudo mucho que quiera atacarnos. Somos tres contra ella —le doy un suave apretón en su hombro para tranquilizarlo—. Piensa en lo que podemos hacer. De nosotros tres, Lorcan es el único que puede hacer magia sin varita voluntariamente. Recuerda que ella fue la que me lanzó por los aires el primer día y estoy segura que puede hacer un encantamiento desilusionador. Será un miembro invaluable. Nosotros la protegeremos y ella nos protegerá a nosotros. Con ella tenemos más oportunidad de sobrevivir.

La palabras brotan de mis labios, inesperadas. Mi mente me dice que me detenga y no hago caso hasta que Albus parece convencido. Es un milagro, pues por muy convincente que pareciera mi discurso, Merlín sabe que la mitad es mentira. No confío en Cattermole. Razones debe de tener como para evitar contarle la verdad a Lorcan y ¿qué mejor razón es la venganza? Aquí es donde debo de ser más astuta y dejarla unirse a nosotros. Si la tengo cerca podré vigilarla y no intervendrá en los planes como lo ha hecho repetidas veces.

Lorcan sonríe satisfecho y ahora admito que no es la primera vez en la que me siento como una niña pequeña bajo el cuidado de alguien más. Nos observa, en especial a mi, con orgullo antes de voltearse para llamar a Cattermole.

—Mary, ven acá.

Su voz demuestra alegría, seguridad y algo más que no puedo identificar, pero seguramente es algo bueno, ¿no? Hemos llegado muy lejos y todo es gracias a Lorcan. Así que no confiar en él sería una estupidez —¿no había dicho ya antes que confiaba en él? Y si él confía en Cattermole entonces nosotros también debemos.

El problema recae en Albus, que a pesar de ya haber aceptado a Cattermole como miembro oficial de nuestra pequeña alianza, se muestra reacio a hacerle conversación.

Me encuentro a la orilla del lago, donde el agua me llega hasta la mitad de mi estómago y observo a los tres, sentados cerca de los árboles. Lorcan y Mary conversan, pero Albus les da la espalda, recargado en un árbol apartado (pero no tanto) de ellos. De vez en cuando Mary le lanza algunas miradas nerviosas, pero veo como Lorcan vuelve a llamar su atención y estoy segura que sólo hace eso para evitar hacerla sentir incómoda. Por la posición de su cuerpo estoy segura que no está funcionando para nada.

La forma en la que Albus está disgustado me hace reír un poco. Una reacción tan inoportuna que no puedo evitar. Los Potter se comportan de una manera tan particular cuando se enojan, me repito. Me acuerdo de James y Lily. Mi corazón se acelera y se comprime a la vez. Alejo todo pensamiento de mí, lo único que causan es culpabilidad.

Mi suéter está reposando en una roca cercana junto con el reloj de mi padre y mis botas. Sólo tengo la básica y el pantalón porque ahí tengo el cuchillo. En caso de una emboscada es mejor estar armada. Hace tanto calor que aún en el agua, siento que estoy sudando. Las prendas cuelgan sobre mi cuerpo y tengo la necesidad y ansiedad de poder desprenderme de ellas pero el hecho de que la comunidad mágica está viendo lo que hacemos cada veinticuatro horas me detiene.

No quiero verme débil, o vulnerable, o lo que sea, nuevamente. Fue una ardua tarea quitarme el suéter y me tomo mucho para no gemir de dolor al alzar mis brazos. No pienso mostrar eso nuevamente.

Me sumerjo. Me ha tomado tiempo en decidirlo, por supuesto. No es estúpido que tenga algo de miedo, ¿quién puede culparme? Casi muero ahogada. Fue sólo la convicción de quitarme la suciedad que yace en mi cuerpo entero lo que me hizo hacerlo.

Es algo perturbador. No los recuerdos que emergen al sentir el agua en mi rostro, sino la sensación. Lo que significan y lo que pudieron significar.

Me veo, desde lejos, como si no fuera parte de mi y sólo una espectadora más, siendo llevada por el agua caudalosa. Los troncos caídos y las rocas chocan sobre mi cuerpo que parece una muñeca de trapo. Hay veces en las que saco la cabeza y recuerdo la sensación exacta de cómo se sintió tener un poco de aire por una mínima cantidad tiempo, cómo trataba de evitar que el agua se colara a mis pulmones. Mis manos salen del agua, tratando de sujetar algo y al fallar vuelven al agua para intentar lo mismo, pero el agua es muy fuerte. La corriente es fuerte. No me permite sostenerme con nada y cuando choco con una roca, trato de sujetarme. Logro hacerlo, pero no por mucho.

Me alejo un poco más, para observar mejor, para sentir menos, porque es en ese momento después de la roca en el que mi cuerpo es atravesado por la rama y luego colisiona con un tronco. El dolor vuelve a mi, pero no se compara al dolor de mis dedos al quebrarse como una frágil rama.

Me alejo más. Hago que mi mente regrese al presente. ¿Qué estoy haciendo ahí? No puedo evitarlo. Es la curiosidad y me pregunto, ¿es posible lo que quiero hacer? ¿Es posible lo que voy a hacer? ¿Todas las personas pueden regresar a cierto punto de sus recuerdos y ver lo que pasó como si fuese una experiencia extracorpórea, sin necesidad de un pensador? No lo sé. Pero aquí estoy.

Estoy volando sobre el río que me lleva a un lugar desconocido e instantes después estoy detrás de Albus y Lorcan. Los observo y ellos me buscan, pero en la dirección equivocada. Estoy allá abajo, justo en sus pies, pero no me ven.

Regreso a mi. Sigo en el agua y la desesperación que una vez sentí vuelve. Puedo sacar mi cabeza y hacer una inhalación fugaz. Ya no sé lo que sucede a continuación porque esto ya no es parte de mis recuerdos, lo sé. No me explico porqué sigo en mi memoria si esto no sucedió.

¿O sí?

De sus labios empiezan a salir pequeños sollozos y se aferra a un tronco. Alza la vista, buscando qué sólo Merlín lo sabe, pero noto que hay algo que le llamó la atención porque ella, la Rose de mi (no) memoria, suelta otro sollozo y como un encantamiento empieza a pronunciar el nombre de Albus. Algo comienza a emanar de su cuerpo, algo plateado a penas visible, muy tenue y débil que va aumentando de esplendor y constancia al tiempo que se aleja de ella y viaja directamente hacia Albus.

Es magia. Mí magia involuntaria que no recuerdo haber hecho, pero ahora sé que sí hice. Es brillante, en todos los sentidos de la palabra. Recuerdo la vibrante sensación que invadió mi cuerpo en ese momento. Un sentido de esperanza y de alegría que seguramente fueron los que invocaron dicha magia.

Es un hilo que me conectó con Albus. Va viajando lento, pero su velocidad aumenta y en menos de un segundo se encuentra detrás de Albus. El hilo desaparece el momento en que se fusiona con Albus, lo rodea, y es en ese instante en el que se hace una conexión con mi primo. Me siente. Se mete en mi cabeza y siente. Piensa que es él, pero al verme abajo sabe que no es él, sino yo.

Sale disparado, corre a una velocidad impresionante. Baja la montaña y—

Parpadeo. He vuelto a mi panorama, a mi realidad, al presente. Ya no hay aire en mi cuerpo y salgo por más. No estoy dispuesta a pasar por esa falta una segunda vez. Toso y respiro con dificultad. Albus se pone de pie y se dirige hacia mi de inmediato. Lorcan y Mary, aún conversando, voltean a verme y el Ravenclaw ya no hace ademán de checar mi salud al ver que mi primo ya está mi lado. No pudo haber pasado tanto tiempo, pues no me pregunta porqué tarde tanto y las águilas no parecen tan preocupadas.

Fue una experiencia extraña. No estoy completamente segura de cómo logre hacer eso, ya sea la magia involuntaria de la primera y segunda vez, porque , lo que acaba de pasar fue magia.

Se sintió extraordinario. Me sentí poderosa a pesar de revivir tan feas sensaciones. Abro mi boca para explicarle a Albus, pero me detengo. No lo haré sino hasta la noche, cuando esté segura de que Cattermole no esté cerca para escucharme.

Le doy una sonrisa, la mejor que puedo hacer, y él pone sus ojos en blanco.

—Sé que no estás de acuerdo en que ella se una, pero debes pensar por el bien del equipo.

—Una razón por la cual estoy en desacuerdo. Pienso en el bien del equipo y por eso me preocupo. ¿No se te hace raro que, justamente, nos la encontremos después de que te hizo eso? No me suena a casualidad. Para nada —frunce su ceño y se voltea a darle una mirada aterradora.

Suelto una suave carcajada.

—¿Crees que vino a terminar lo que inició? La chica apenas puede mover su boca. Está igual que yo, no hay nada de qué preocuparnos —encojo mi hombro bueno y me coloco junto a él. Debajo de mis pies la tierra y las raíces se sienten extrañas. Algunos pequeños pececitos están aglomerados en nuestras piernas, haciendo de la vista más extraña y nostálgica. Hay un lago cerca de la Madriguera y los peces pequeños de ahí siempre están persiguiendo a quien se sumerja.

Es lo único confortante que he sentido dentro en el agua.

—Aún así, Rose. Es incómodo. Nosotros dos apenas la conocemos y Lorcan espera que confiemos en ella como si fuera nuestra hermana.

—Entonces debemos hacerlo desincómodo —comento, haciendo que mi voz suene menos forzada.

Albus me conoce tan bien que sabe exactamente cuando estoy tratando de evitar un tema. Y como yo también lo conozco muy bien sé que eso le frustra. Es por eso que refunfuña: —Esa palabra no existe, Rose.

—Así como la incomodidad de la que hablas. No existe, a menos que quieras que lo haga —Vuelvo a meterme con la confianza de que Albus está cerca de mí. Cojo un poco de agua entre mis manos, se resbala entre mis dedos, pero antes de que desaparezca por completo la arrojo contra mi rostro y refriego, quitando así todo rastro de mugre. El agua me permite ver mi reflejo y ayuda con mi tarea. Continúo con mi cuello y con mis brazos, que en vez de moretones ahora son adornados por varios aruñazos, tanto de ramas como de uñas. Al parecer, nos dimos más que unos cuantos golpes.

—Pasar tiempo con Lorcan te hace daño.

—Pasar tiempo lanzando miradas asesinas te hace daño y no favorece nada tu estilo, pero no te digo nada, ¿o sí? —continuo con mis brazos y hago caso omiso a las pequeñas costras que se formaron.

—Ahora te estás contradiciendo. Hace unos segundos te quejabas de mi y ahora dices que no —sacude su cabeza divertido y frustrado. Veo en él la reacción que yo tengo con Lorcan la mayoría de las veces y sí, tiene razón. Tal vez he estado adoptando ciertos modismos Scamander, o Lovegood, sólo Merlín sabe.

—Lo sé, pero me he quedado sin comentarios astutos que decir. Al menos dame algo de crédito, por favor.

Nos quedamos en silencio y lo único que se escucha es el sonido de la cascada a mis espaldas, a metros de distancia… Termino de quitarme toda la mugre de las partes que sí puedo alcanzar y salgo del lago para reunirme con mi primo. Recojo mis posesiones; me pongo el reloj y amarro el suéter a mi cintura. Por instinto, llevo mis manos a mi cabello para secarlo. Mi cabeza se siente vacía, como si estuviera calva. Suspiro resignada y bajo mis manos. En vez de exprimir mi cabello, como tantas veces hacía antes de los Juegos, sacudo mi cabeza como un perro para quitar el exceso de agua.

En silencio caminamos hacia los otros. Han transcurrido dos horas y el sol está por ponerse. Recogemos las cosas. Lorcan hace la mayoría de la plática y Cattermole responde con voz pequeña y con monosílabas, a veces con algunos ademanes.

Albus está mudo, para él Cattermole parece no existir. Me siento mal. Tan mal que trato de no dirigirle la mirada a los ojos de la chica cuando hago mi aparición en la conversación. Me siento peor cuando veo por el rabillo del ojo que ella hace lo mismo conmigo.

Aún así, sigo mi propio consejo. Las cosas sólo van a ser incómodas si yo permito que así sean. Eso no la exime de mi desconfianza. No hay razón que me afecte positivamente por la cual ella no haya dicho la verdad. No puedo pensar, imaginar, lo que debe estar planeando. ¿Quiere escapar de aquí? ¿Quiere acabar con su competencia, o sólo vengarse? Necesito respuestas.

Aprovecho la oportunidad cuando viene. Hemos avanzado un poco más lejos del lago para evitar ser encontrados por los demás y encontramos un gigante refugio creativamente realizado dentro de un hueco tronco enorme que, vaya sorpresa, resultó ser la obra maestra de Mary Cattermole. Comentó cómo después del ataque de la mantícora, decidió hacer un escondite a la vista, para así despistar a cualquiera que decidiera atacarla. Fue entonces cuando vio el tronco, porque después de ver el tamaño de la mantícora nadie querría atreverse a ver que hay más allá de aquél hoyo oscuro sobre la tierra.

—El problema es que ya casi no hay leña para esta noche… Como ya somos más, me imagino que se va a necesitar más iluminación, no sé ustedes… —conforme va avanzando la oración, su voz se va haciendo más pequeña y hay un toque de inseguridad en ella que hace que mis sentimientos se encuentren: no sé si rodar los ojos o sentirme culpable.

Opto por ninguno.

—También tenemos que hacer el espacio más grande si esperamos estar todos cómodos para cuando la noche caiga. Supongo que vamos a tener que dividirnos. Lorcan, puedes quedarte aquí con Cattermole y hacer una expansión mientras yo voy con Rose a recoger leña. Vamos, Rose.

—No, hagamos un intercambio. Yo voy con Mary y tú te quedas con Lorcan. Impresiónennos cuando volvamos —engancho mi brazo con el de la Ravenclaw y asustada ve para ambos lados, sin saber que hacer. No la dejo refutar, ni a Albus y menos a Lorcan; aunque con él no hay tanto problema, pues ha empezado a dar sus ideas para una renovación rápida y eficiente. Al parecer, la idea le pareció conveniente.

Caminamos unos metros más, lo suficiente como para no ser escuchadas. Ella se encuentra temblando, no tanto, pero la sola acción me hace sentir pésima. Luego recuerdo porqué la aparté del grupo. Firme, seria y amenazante, vuelvo mi rostro hacia ella. Su reacción no me sorprende, suelta un pequeño grito ahogado por sus manos y retrocede, alzando sus manos en señal derrota. Mis ganas de rodar mis ojos vuelven; ¿puede existir alguien tan dramático a excepción de Lorcan? Sí, se encuentra justo frente a mi haciendo los ademanes más marcados que he visto en mi vida entera.

—¡Sé lo que debes estar pensando! Pero no vine a eso que tú piensas.

—¿Y qué es exactamente lo que pienso? —alzo una ceja. Intento alzar mi ceja, pero lo único que me queda es satisfacer mi necesidad de rodar mis ojos. Menos doloroso y puedo hacerlo más exagerado para enfatizar mi aburrimiento. Algo simple, pero no dramático. (Aunque a ella le vendría mejor la palabra ridícula.)

—Que vine aquí para…—da otro paso hacia atrás—vengarme o algo parecido, pero no…—toma un respiro, empuña sus manos y sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas—…, no aguanto estar sola. Ni un segundo más. Es la más terrorífica experiencia que he tenido en mi vida y no sólo es eso… No tengo… a nadie en quién confiar… todos aquí quieren matarme —suelta una amarga risa y en el movimiento una de las lágrimas se le escapan. Se limpia rápidamente. Abre su boca para continuar, pero la interrumpo.

—¿Y crees que venir con la persona que te golpeó hasta el punto en que no puedes mover bien tu rostro es la mejor idea? ¿Cuán estúpida eres? —le pregunto incrédula y suelto una risa estupefacta.

—Lo sé, lo sé, pero —empieza a reírse con ligereza, como si acabara de decir una muy buena broma— tu equipo no es como los otros. A ustedes sí les importa. Y mis padres me dijeron que me aliara con alguien a quien le importe. ¿Qué otra opción me queda? Quiero volver a casa —sus ojos vuelven a cristalizarse y su nariz está roja y sus manos se acarician entre sí porque al no hacerlo le empiezan a temblar.

Cariño, todos quieren volver a casa —sacudo mi cabeza y suspiro—. Muchos no van a conseguir eso.

—Con ustedes lograré llegar más lejos de lo que he llegado. No tengo intenciones ocultas… sólo quiero morir acompañada —traga visualmente, se rehúsa a observarme a los ojos.

Aprieto mis labios, un brevísimo gemido adolorido se escapa y pongo mis ojos en blanco.

—¿Quién dice que vas a morir? —no la dejo analizar la pregunta y rápidamente cambio de tema—: Tenemos leña que conseguir. No planeo pasar la noche en un hoyo lleno de insectos. Lo cual es estúpido porque poner una fogata dentro de un tronco, que es madera, es de locos.

No dice nada por el resto de la búsqueda. De vez en cuando se detiene para observar lo que ha recolectado y veo una pequeña sonrisa o una mueca adolorida como reacción a cada rama. Pongo nuevamente mis ojos en blanco. Sacudo mi cabeza y en una de esas, mi mirada la hace voltear.

—¿Sucede algo? —su voz es tímida, pero su lenguaje corporal me hace saber que ya no me tiene miedo.

No le respondo, me encojo de hombros (ahora puedo un poco más que antes) y continúo la labor. Cojo una rama y con la sola textura sé si es útil para hacer la fogata. A Mary se le escapa un sonido, algo así como cuando las personas están escandalizadas… Sí, se le escapa un gritito, viene hacia mi con rapidez y sujeta una de mis ramas.

—¿Qué estás haciendo? ¿No deberías ver si la leña es adecuada o no?

Yo la observo como si tuviera tres cabezas.

—Sé lo que hago. Recolectaba leña en la casa de mi abuela todos los días con mi prima. Ya no necesito observar —pongo mis ojos en blanco y, no es mi intención, pero antes de que pueda procesar lo que mi boca dice, le pregunto a regañadientes—: ¿Me crees idiota o qué?

—No, no… es sólo que… como todos son magos en tu familia… ya sabes —se retrae un poco y aprieta contra sí la leña que lleva recogiendo— pensé que no utilizarían la leña…

—Te sorprendería las cosas que hacemos a lo muggle —adopto un tono más amigable, pero en vez de que mi voz salga ligera, noto que sale tensa. Zanjo el tema antes de que empiece a preguntar más cosas, no tengo muchas ganas de charlar y corregirle que, en efecto, hacemos cosas a lo muggle, aunque sólo los menores.

Para cuando tenemos suficiente, es decir, todo lo que podemos cargar, regresamos. Los árboles siguen donde estaban antes de que nos fuéramos, nuestras huellas siguen ahí, pero cuando regresamos no existe ninguna expansión y el tronco se ve más vacío de lo usual. No hay nada. Absolutamente nada a excepción de Albus y Lorcan que se encuentran sin camisa, con la piel roja y llena de ronchas.

—¿Qué sucedió? —pregunto espantada. Trato de no alzar mucho la voz, por si fueron personas las que hicieron eso y tiro la leña a un lado para ir rápidamente hacia ellos dos.

—¡No te acerques, Rose, puede ser contagioso! —gime Albus antes de empezar a retorcerse.

La preocupación le gana a la señal de alerta que suena en mi mente y continúo hasta estar frente a él.

—Será mejor que no lo toques, Rose Weasley. Albus tiene razón —hace una mueca dolorosa y su mano viaja rápidamente hacia su antebrazo—… es una raíz… no me acuerdo de su nombre en este instante —se ríe, pero la mera acción le provoca dolor—, pero no debes acercar tu piel a la nuestra.

Doy un paso hacia atrás. Busco las mochilas con rapidez y saco las mantas mágicas, una por una. La mano de Mary Cattermole me interrumpe y entonces recuerdo que ella está ahora con nosotros, que ella estuvo durmiendo bajo tierra quién sabe cuánto tiempo…

—¿Tuviste algo que ver con esto? —mi gélida voz hace temblar sus delicadas manos llenas de arañazos.

—No, no… yo no… A mí nunca me pasó eso. Lo prometo —su voz es temblorosa y no tengo tiempo para acusarla de algo más. Los chicos están ahora en el suelo y sus quejidos no se detienen.

—Toma —espeto con fuerza y ella se pone rígida cuando le lanzo la manta—. Ayuda a Lorcan.

Sin una palabra más, nos acercamos hasta ellos y los envolvemos con cuidado, pero la manta hace su trabajo y los abraza. Al parecer, el calor que emite les es placentero porque pronto sus quejidos desaparecen. Aunque no por completo. De vez en cuando lanzan un pequeño gemido y se estremecen haciendo distintas muecas que sólo me hacen preocupar más.

Los observo. Ambos tienen los ojos hinchados y gotas de sudor les cae por su frente haciendo que su cabello se pegue en ella y en toda su cabeza. Su respiración también está agitada y cuando intentan hablar, chisto mi lengua para detenerlos.

No ha pasado mucho tiempo, pero decido que es hora de llevarlos al lago. No sé si les hará bien o empeorará su situación, pero es una suerte que todavía estén lúcidos porque Lorcan llama mi atención con algo semejante a un sonido y digo:

—Los llevaré al lago.

Veo en sus ojos algo semejante al alivio y entre Cattermole y yo los ponemos de pie, uno por uno. No pueden caminar muy bien. El sol ya se metió y los Controladores han ocultado la luna esta noche. No hay absolutamente nada que guíe nuestros pasos.

—Tranquila, yo me sé guiar muy bien de noche —comenta la Ravenclaw mientras sostiene el peso de Lorcan por la cintura. Los dos se quejan cada que dan un paso. Recuerdo entonces que ella también está adolorida y que, sorpresa, también lo estoy yo; en la preocupación por ambos chicos el dolor se me ha olvidado.

Me preparo para lo peor cuando estoy por dar el primer paso. Cattermole parece aguantar a Lorcan, así que no debe ser tan difícil. Aún así, debo tomar en cuenta que ella es más alta que yo, casi de la estatura de su compañero y por como dejó mi rostro, sé que tiene fuerza.

También tengo fuerza. Le dejé muchos recuerdos, ¿no es así? Con más confianza sostengo la cintura de mi primo y entre los dos logramos dar los primeros pasos. Él se queja lo menos posible y trata de colocar su cabeza en el hueco entre mi cuello y hombro por temor a hacer contacto con mi piel. Yo sólo me enfoco en alcanzar a Cattermole y llegar pronto.

Me doy cuenta que lo que es un martirio y agonía para él, para mi es sólo un gran y terrible esfuerzo—hace años que no cargo a nadie. Cattermole no está tan lejos y en mi impulso por ir más rápido casi nos hago tropezar. Soltamos al unísono una majadería y reímos con dificultad.

—Ya casi…

Albus mueve su cabeza y hace un sonido que no logro identificar, pero que suena muy similar a un «Ajá». Nos tambaleamos un poco y decido parar por cinco segundos, no mucho para no perder de vista a Cattermole y no poco para no hacer desfallecer a mi primo con más esfuerzo.

—Muy bien… —tomo un gran respiro y lo sujeto con más fuerza—. Sólo unos cuántos pasos más.

Miento para hacerlo más fácil. Si acorto el viaje, Albus tendrá más fuerzas para continuar. Dudo que pueda ver con esos ojos tan hinchados que tiene y la oscuridad que hay; yo apenas logro vislumbrar a Cattermole.

La tierra pronto se convierte en piedra lisa y suelto un respiro, eso me asegura que el lago no está tan lejos como pensé. Es verdad que ahora sí faltan sólo unos pasos más. Me conforta saber que ésta noche sin luna las ranas cantan y hay algunas luciérnagas cerca de la flora en el lago que nos permiten ver un poco más.

Al llegar a la orilla, le quito la manta a mi primo y suelta un quejido. Comienza a retorcerse de nuevo, a hacer sonidos como los de un animal herido y se tira a la roca, sin tocar el agua. La situación con Lorcan no es diferente. El momento en que la manta deja de estar sobre él, suelta un alarido y se retuerce en posiciones que no creía posible hasta ese momento.

Mi corazón empieza a palpitar con fuerza, galopa en mi garganta como un caballo y actúo con rapidez. Tomo la mata entre mis manos y empujo con suavidad a Albus. Sus bruscos movimientos no me ayudan en nada y más de una vez casi soy atacada por sus manos. No me retiro. Sigo empujando y cada vez que él se retuerce con sus manos dirigidas hacia atrás, aprovecho para darle un empujón más fuerte.

—No te quedes parada, haz lo mismo con Lorcan —exclamo en un susurro y Cattermole sale pavorosa a la ayuda.

Un, dos y tres empujones más bastan para tenerlo en el agua. No está sumergido del todo, sólo está flotando de espaldas. Las ondas provocadas por la cascada suavizadas por la distancia salpican su torso y su rostro. No es mucho, pero es suficiente para que deje de estar adolorido. Su rostro deja de estar tenso y todo su cuerpo se relaja visiblemente.

Lo dejo un momento, asegurándome de que todo esté bajo orden. Me dirijo hacia Lorcan, no muy lejos de donde estamos y él tiene una gran sonrisa plasmada en su rostro. Sus ojos siguen hinchados al igual que los de Albus, pero puede visualizarme por las rendijas que son ahora y con voz ronca me agradece.

—Fue Cattermole —le recuerdo y él me responde con débil humor:

—Ya le pagué mis respetos y agradecimiento.

Suelto una pequeña risa junto con Cattermole. Me vuelve hacia ella y la observo fijamente. No sé que pensar, no sé que quiero o debo pensar, así que sólo asiento hacia ella en aprobación. Sin más, vuelvo hacia mi primo.

Se encuentra dormido y su manos se sujeta levemente de una raíz debajo de la roca. No muestra señales de inconformidad, pero tampoco de comodidad porque mueve un poco su cuerpo. Veo que las ronchas no desaparecen, pero su tonalidad rojiza sí. El dolor parece ir disminuyendo, pero la consciencia de Albus no retorna. Está dormido, sí, pero de vez en cuando suelta una palabra seguida de otra sin sentido. Está delirando…, pero no muestra presencia de fiebre.

Sujeto mi cabeza entre mis manos y suspiro cansada. Mi cuerpo ya no está adolorido, pero mi espíritu lo esta. Todo iba bien. Algo tenía que salir mal. Sacudo mi cabeza. La alzo y observo la infinidad de la noche, tan oscura y sin ninguna estrella que nos acompañe.

Por primera vez en todos los Juegos, abro mi boca y pido ayuda. Necesitamos una cura, poción o pomada, inmediata. No podemos amanecer así, mucho menos en esta zona tan frecuentada. Merlín sabe que los Controladores ya tienen planeado algo y necesitamos toda la ayuda posible para poder salir de aquí cuanto antes.

Pienso en James, pienso en Molly y en el resto de mi familia. Me imagino lo preocupados que están, sé cómo se han de sentir y mis ojos se humedecen al pensar en la angustia que deben estar sintiendo tía Ginny y la abuela Molly y Lily.

Todos.

Lo he traído hasta aquí sin ningún problema, así que debe de ponerse bien.

—Por favor… —susurro a la noche, al cielo y a alguien que esté en posibilidades de ayudarnos.

No hay respuesta inmediata.

—Lorcan dice que no hay posibilidad de estar fuera del agua, la raíz que tocaron es muy poderosa y se necesita un mínimo de cuatro horas en agua para quitarse el efecto. Vamos a tener que acampar aquí.

La pequeña voz de la Ravenclaw me saca de mis pensamientos y asiento. No somos estúpidas y no decimos nada más. Ambas ya sabemos por qué pasó lo que sucedió y qué puede ocurrir si alguna de las dos no hace guardia para cuidar de los chicos. Queda más que claro que esto no es coincidencia alguna. Los Controladores están planeando algo y más vale que estemos fuera de aquí antes del alba.

Le digo a Cattermole una hora después que ya puede irse a dormir, yo tomaré la primera guardia y ella se rehúsa porque el sueño no le ha venido todavía. Me encojo de hombros y acepto su respuesta. Las dos estamos calladas e impacientes para que el tiempo pase rápido y las ronchas de los dos comiencen a desvanecerse.

En la angustia de todo, hemos olvidado las mochilas. Toda nuestra comida y agua están a metros de distancia; ninguna de las dos da señales de querer regresar con ella. No es seguro. Lo único que tenemos son nuestros suéteres y las mantas. Supongo que eso será suficiente por ahora.

En un momento de la noche, cuando mis ojos están más despiertos y mis sentidos más en alerta que nunca, resuena un cañón. Las dos saltamos y nos volvemos para checar a nuestros respectivos pacientes. Suelto un suspiro aliviado al ver que su pecho sube y baja con tranquilidad. Me volteo hacia Cattermole y ella asiente. Vuelvo a suspirar aliviada.

Segundos después, chispas rojas aparecen en el cielo, dando lugar a la marca tenebrosa y después, chispas amarillas forman el apellido Macmillan. No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando el cielo vuelve estar a oscuras, logro digerir lo que sucedió. Uno menos. No sé porqué suspirar, pero lo hago de todas maneras. Me siento culpable.

Todo queda en una silenciosa oscuridad nuevamente. Hasta que un carraspeo de garganta nos hace sobresaltar.

—Atención, campeones, atención —vuelve a carraspear y su voz no se escucha tan ronca como antes, en cambio, va adoptando un deje de satisfacción—. Debido a ciertas circunstancias, muy inconvenientes —va anunciando con lentitud, dándole un énfasis a las palabras necesarias que hacen que mi piel se erice, no me gusta para nada— la Semana del Orden ha sido cancelada. Informamos que al amanecer los demás campeones estarán en el campo y sus varitas podrán ser convocadas. Recuerden que éstas sólo aparecerán en el momento que más las necesiten. Gracias por su atención y que tengan un buen descanso.

Los megáfonos no vuelven a sonar, Secturus Mcnair nos abandona después de soltar una noticia como esa. Siento miles de insectos subir por mi piel e morderla. Me estremezco y me vuelvo hacia Albus y luego hacia Lorcan, ambos duermen placenteramente y respiran profundamente. Finalmente me vuelvo hacia Cattermole. Ella refleja todo lo que en mi cuerpo siento. Un miedo. Un terror que inunda hasta el último milímetro de mi ser y me hace querer encoger y llorar.

Mi pecho sube y baja, trato de controlar mi respiración. No puedo perder el control, la cordura, en una situación como ésta. Mi mente no está de acuerdo conmigo. Inmediatamente pienso en James y en Dominique. ¿Qué es lo que está sucediendo allá afuera? ¿Qué fue lo que ocasionó este drástico cambio en las reglas?

Cubro mi boca antes de que un sollozo se escape. Respiro con fuerza y aprieto la mandíbula para evitar que las lágrimas rueden por mis mejillas. No puedo llorar aquí. No enfrente de todos ellos.

Cattermole no dice nada. Ella ha reaccionado justo como no esperé que reaccionara. No ha soltado sollozos, ni ha empezado a temblar como yo. Al contrario, se encuentra en un estado vegetativo donde sólo observa a Lorcan, que está frente a ella. Dudo mucho que lo observe, en sus ojos no hay ni siquiera una pizca de esencia pensante.

No la interrumpo así como ella tampoco lo hace conmigo. Debo pensar rápido y encontrar una solución. Cierro los ojos y escucho el silencio con atención. Llego a la conclusión de que la cascada ya no está. Me pongo de pie. Me volteo hacia donde se supone que estaba la cascada, pero la luz de las luciérnagas no alcanza a iluminar hasta allá. No importa, todo se arregla cuando escucho el ulular de una lechuza. Se para justo en la cabeza de Cattermole, sobre una cesta. Su sobresalto hace a la lechuza bajar espantada hacia el piso y tira la cesta. Se abre y veo con curiosidad lo que ha recibido. Es una varita, me imagino, pero eso sería extender la realidad y usualmente las varitas no aparecen así y mucho menos en este tipo de circunstancias. Es un objeto grueso y con un extremo con forma curiosa.

Cattermole ahoga un grito emocionado cuando lo identifica y se voltea hacia mí. Hace un movimiento con su dedo y su rostro es iluminado por una luz que sale desde el extremo que está frente a ella.

Es un objeto muggle que nunca en mi vida había visto y seguramente hubiera inspeccionado con curiosidad si mi cuerpo no estuviera tenso de terror y cansancio. Estoy agradecida con quien sea que lo haya enviado y no hace falta decir lo que digo a continuación, pero es ésta la señal que esperaba, la ayuda que necesitábamos no sólo para continuar, sino para recobrar nuestros espíritus.

Con más ánimo y una determinación impresionante, le digo sin titubear:

—Tenemos que movernos.


Subido el 7 de febrero del 2016