Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Edward's Eternal, yo sólo traduzco.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Edward's Eternal, I just translate.
Gracias a mi beta Isa por revisar y corregir este capítulo.
Capítulo 11
E/M POV
Me costó toda mi fuerza de voluntad no tirar a Bella y follarla ahí mismo, mostrándole a quien pertenecía. Ella era mía.
Cuando "escuché" a Bella y Rose hacer su trato en la comida, casi me vuelvo loco. Mientras estaba parado, escondido detrás del cristal de la oficina de Alice, escuchando a Emmett y Rose planear su cita para la siguiente semana, me tiré del cabello con enojo y preocupación. Fueron sólo las palabras de consuelo de Alice las que me detuvieron de correr al otro lado de la oficina y gritarle abiertamente a Bella por aceptar algo tan estúpido, y al mismo tiempo echar a la basura mi máscara. Sabía qué tipo de bares frecuentaba Rose para reunirse con sus diversas conquistas. Ella muchas veces se jactaba de ello. Bella estaría vulnerable ahí y no podía soportar eso.
—Ella sólo está intentando ayudar a un amigo —dijo Alice tranquilamente cuando le conté la versión corta de por qué estaba tan molesto—. Bella no es el tipo de chica que va a los bares.
Bajé la vista, intentando controlar mi enojo.
—Rose la abandonará y se irá con alguien. Ella estará sola, Alice.
Alzó la vista y me sonrió.
—Entonces hazle ver eso, Masen. Ofrécele una alternativa.
Sus palabras regresaron a mí mientras sostenía a Bella. Podía escuchar su enojo mientras me siseaba y me di cuenta de que el estilo cavernícola no iba a salir de esta sala con Bella. Pero sabía lo que le gustaba a Isabella. Agarrando su barbilla, levanté su boca a la mía, reclamando sus labios con rudeza. Mi lengua acarició la suya lascivamente, mis brazos ahora la abrazaban con fuerza. Luego de un minuto sentí su cuerpo derretirse en el mío y la acerqué más, jalando su cuerpo hacia enfrente, gimiendo en su boca cuando sus piernas se envolvieron a mi alrededor. Una mano cayó a su pierna, subiendo lentamente hasta que llegué a su centro. Mis dedos rozaron su calor y liberé su boca, respirando profundamente en su oído.
—¿Dónde están tus bragas, Isabella? ¿Viniste desnuda para mí hoy? —gruñí profundamente, sin darle oportunidad de responder antes de cubrir su boca con la mía de nuevo.
Jadeó cuando mis dedos presionaron, buscando y encontrando su humedad, hundiéndose lentamente, primero un dedo, luego otro, embistiendo rítmicamente mientras ella jadeaba en mi boca. Me aparté ligeramente, manteniendo mis labios contra los suyos al susurrar de modo gruñón.
—Tan mojada, Isabella. ¿Estás tan enojada y aún así mojada por mí? —Metí mis dedos de nuevo, presionando con firmeza mi palma sobre su clítoris, amando cómo se sentía, cálida y mojada en mi piel—. Me deseas… ¿no?
Dejé de mover mis dedos, sacándolos lentamente y sonriendo con triunfo ante su gemido de protesta.
—¿No, Isabella?
—Sí, oh, Dios, sí.
—Dímelo.
—Te deseo… Edward.
—¿Qué deseas? —exigí, bajando ya mis pantalones desabrochados—. Dilo, Isabella.
Su voz sonó sin aliento y suplicante.
—Te deseo a ti… deseo que me folles.
La jalé de regreso a mi boca mientras me ponía rápidamente un condón. Luego me acerqué más, agarrando sus caderas y embistiendo, enterrándome en su calidez. Sus manos se apretaron en mi cuello, sus dedos se enterraron en mi cabello cuando me moví hacia enfrente, tomándola con fuerza. Sabía que no debería dejarla tocarme así; tan íntimamente. No debería dejarla estar así de cerca. Pero no podía detenerme. Sus dedos estaban agarrándome y moviéndose a ritmo con mis embestidas, y me relajé al darme cuenta que no estaba intentando descubrir mi identidad; ella estaba perdida en el momento y quería mantenerme cerca. Bajé mi cabeza a su cuello para susurrarle al oído.
—¿Sabías que me quedé con tus bragas del otro día, Isabella? ¿Sabes qué hice con ellas? —Me moví hacia enfrente, cambiando el ángulo, causando que otro pequeño jadeo escapara de su boca—. Las sostuve en mi cara e inhalé tu aroma mientras acariciaba mi punzante polla y gritaba tu nombre. Me corrí en todo mi cuerpo; estaba tan duro por ti —pausé—. Tu coño huele tan jodidamente increíble… no puedo esperar para saborearte por completo. Quiero que te corras en toda mi cara.
Podía sentir a Bella mojándose aun más a mí alrededor mientras gemía por mis sucias palabras. Siseé ante lo mucho que apretaba mi polla dentro de ella.
—Te gusta eso, ¿no, Isabella? Te gusta escuchar todas las cosas sucias que pienso en hacerte, ¿no?
—S… sí… —suspiró.
Gemí cuando las sensaciones comenzaron a abrumarme y mis piernas empezaron a temblar.
—¿Y luego hoy vienes sin nada? —Mordí gentilmente su oreja—. Sabías lo que eso me provocaría. Que niña —embestida— tan —embestida— sucia.
Los músculos de Bella se tensaron en mi polla, sus manos se aferraron con fuerza a mi cuello y cubrí su boca cuando gritó su orgasmo en mí. Me reí para mis adentros; ella era normalmente muy callada hasta que yo la llevaba al límite. Si yo no la silenciara, ella sería de las que gritan. Quería que gritara para mí.
Pero por ahora yo me tragué sus gritos, gimiendo mi propia liberación en ella, embistiendo hasta que no quedó nada más que un vacío pacífico, mi mente y cuerpo flotaron libremente por un minuto. De manera lenta separé mi boca de la suya, incapaz de resistirme a dejar un par de besos gentiles en sus suaves labios. Ella cayó pesadamente en mi pecho, sus brazos ahora colgaban muertos a sus costados y, por mucho que quisiera cargarla, acunarla contra mí y sentarme con ella, sabía que eso no podía pasar… por el momento.
La empujé con gentileza, me quité el condón y me subí los pantalones. Sí la cargué y la dejé en la silla que estaba dentro de la sala. Sabía que ella no podría verme irme y estaría más cómoda después de que yo me fuera. Su cabeza ya caía pesadamente sobre su pecho, levanté su mejilla, luego presioné mis labios en su oído, manteniendo mi voz queda y estable.
—Isabella, sé que quieres hacer esto por tu amigo. Necesito que seas cuidadosa. —Vacilé, se me iba ocurriendo una idea—. Necesito que hagas algo por mí.
Su voz sonó suave.
—¿Hmm?
—Necesito que encuentres a alguien en quien confíes, un amigo, y le pidas que te acompañe al bar, o que se reúna contigo ahí. Alguien que te pueda cuidar. Por favor.
Su voz sonó casada.
—No sé… a quien… pedírselo.
La besé profundamente.
—Ya se te ocurrirá. —Puse mi mano sobre sus ojos, sintiendo como sus parpados se cerraban—. Que tengas un buen día mañana, Isabella —pausé, mi voz bajó a ser sólo un susurro—. Te extrañaré.
Y luego salí de la sala de copiado suavemente y en silencio.
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