Aquí estamos, con el capitulo 8. Este correspondería con el capitulo 2 de la 2º temporada, con lo que, como ya sabemos, pasan unos 4 años, así que puede ser que hable de cosas que hayan sucedido en ese tiempo. Aun con todo, las explicaré, así que disfrutad del capitulo.

Por cierto, hoy he empezado la 3º temporada (con hoy quiero decir cuando lo vi, 21 de octubre) y no me está gustando un pelo como esta llendo la cosa. No, no y no. Tengo la impresión de que le van a dar a Ragnar para el pelo cuando menos se lo espere. No me fío de Ecbert, no me fío de la princesa de Mercia, no me fío de nada en este momento. Tengo la impresión de que se avecina un gran cambio que no me va a gustar y solo llevo 2 episodios. Pero veremos como avanza la cosa.

CAPITULO 8

...

Cuatro años habían pasado, cuatro años enteros donde Aslaug había acabado imponiéndose como la señora del lugar, sin que Ragnar intercediera en ningún momento, siempre esperando la llegada de alguno de sus hijos.

La gente del pueblo no había estado muy satisfecha con aquel arreglo. Después de todo, ellos adoraban a Lagertha. Ella había sido una granjera desde siempre, al igual que sus padres, la conocían bien en la batalla, confiaban en que mantendría su escudo levantado, protegiéndolos, si hiciera falta en una pelea. La habían visto siempre junto a Ragnar. Sin embargo, ¿de qué habían conocido a aquella mujer que los hacía sentir tan extraños? Sus finos modales les hacían sentirse como unos palurdos. Y, aunque lo fueran, no les gustaba que nadie se lo recordara. Obedecían sus ordenes, pero se mantenían alejados de ella.

Sin embargo, no todos estaban disgustados con su presencia. Como esta tenía que ocuparse de sus hijos, el número parecía ir en aumento, Athelstan disponía de un montón de tiempo junto a Ragnar. Y no solo enseñándole lucha, que también, si no de otras muchas formas.

Su casa, que se había buscado fuera de la gran casa tras la 2º boda, quedaba bastante cerca de la casa del conde, así que sabía cuando pasaba algo entre ellos o no en el silencio de la noche. Oía sus discusiones, producidas por los celos de Aslaug hacía cualquier mujer que se acercara o sonriera a Ragnar, sin imaginar en ningún momento que tenía a alguien más peligroso en ese sentido cerca. Aunque con Lagertha hubiera tenido un cierto sentimiento de lealtad, nada como eso le unía con la nueva esposa, así que, cuando nadie necesitaba a Ragnar, ambos hombres desaparecían.

A veces era solo para hablar. Las conversaciones agradables, aunque solo fuera sobre sus religiones, ayudaban a Ragnar a pensar en otra cosa que no fuera los problemas de su casa o el deseo que sentía de volver a Inglaterra, esperando a que Floki terminara sus barcos. Pero, en otras ocasiones, el nórdico lo buscaba en otros sentidos e, inevitablemente, no podía evitar caer en sus manos.

Recordaba perfectamente sus besos, incluso cuando el rubio le había robado más de uno cuando estaban en la ciudad, como si fuera algún tipo de juego, tratando de que nadie les viera, haciéndole sonreír. Pero, estando ambos a solas, hacía que una tormenta se desatara. No había exigencias por parte de Ragnar, sabía perfectamente que ningún hijo saldría de esa union, así que, cuando se hallaba entre sus brazos, era solo porque así lo deseaba. Buscaba su calor, lo que él pudiera darle, aquel momento intimo que nadie más conocía...

La primera vez que volvieron a encontrarse así, después de lo de Upsala, fue poco después de que Lagertha se marchara con Bjorn.

Todo el mundo pareció conmocionado, pero no mostraron sorpresa. Ante la aparición de una mujer embarazada en la puerta de su esposo, conociendo su orgullo, estaba claro lo que esta pensaba hacer. Por el contrario, Ragnar parecía el único en la ciudad que no conocía a su esposa y, a pesar de contar con una nueva mujer que calentara su cama, se sentía abatido. No se encontraba de ánimos como para compartir el lecho con ella.

Aslaug, en su avanzado estado de embarazo, siendo el primero, descansaba todo lo que podía, sintiendo que su fecha se acercaba, así que ni siquiera fue consciente de como su esposo abandonaba su cama. A decir verdad, Athelstan ni siquiera se dio cuenta de que había entrado en la suya hasta que sintió como un fuerte brazo lo estrechaba contra un amplio pecho, haciéndole abrir los ojos de golpe y volverse hacía Ragnar, que parecía dedicarle una mirada desolada.

En un primer momento, sin una palabra, solo permitió que este le abrazara. Su mujer y su hijo se habían marchado, ni siquiera sabía si volvería a verlos alguna vez, así que era lógico pensar que buscaba el consuelo de alguien que conocía desde hacía tanto tiempo. Sin embargo, cuando sintió los labios del nórdico por su nuca, no pudo evitar echarse a temblar entre sus brazos, tratando de contener sus jadeos cuando sintió la mano de este hacer sus ropas a un lado para acceder a su cuerpo, tratando de que nadie les oyera desde las afueras de su casita.

-Ragnar, tu mujer...- trató de recordarle, sintiendo una de las manos de este abarcando su pecho, como si buscara imperfecciones en su piel.

Desde luego, no tenía cicatrices ni nada semejante. Toda la vida había sido monje y la herida más grave que se había hecho había sido un corte en un dedo las primeras veces que intentó aprender a cocinar. Pero cuando su otra mano descendió hasta el interior del contenido de sus pantalones, el gemido que emergió de sus labios le dejó sin aire, obligándose a tapar su boca para que nadie pudiera escucharlos en el silencio de la noche.

-¿Tienes que preocuparte por mi esposa en este momento, sacerdote?- le susurró en el oído, solo haciendo que se estremeciera entre sus brazos.-¿No deberías preocuparte un poco más pensando en lo que quiero hacerte?

Y, como para recalcar esas palabras, la mano que estaba dentro de sus pantalones bombeó, haciendo que se encogiera sobre sí mismo, tratando de contener sus gemidos, temblando entre sus brazos.

-Sé...sé perfectamente lo que...me quieres hacer- murmuró. A penas una union de palabras con cierto orden entre los jadeos que se le escapaban.

Sin esperárselo, Ragnar lo tumbó en la amplia cama, una cama que él le había regalado especialmente cuando dijo que quería vivir fuera de la gran casa, boca arriba, colocándose sobre su cuerpo, con ambos brazos a ambos lados de su cabeza, obligándolo a que lo mirara, haciendo que se perdiera de nuevo en aquellos orbes azules.

No hacía falta que lo tocara. Solo con que lo mirara de aquel modo, de aquel modo que hablaba del deseo que ardía dentro de este, sería suficiente para él.

-¿Ah, sí? ¿Lo sabes? ¿Y no deberías resistirte al menos?

-¿Para qué? Todos sabemos que siempre acabas haciendo lo que quieres- le respondió, haciendo que ambos hombres se sonrieran.

Y, como estaba esperando, el nórdico descendió hacía él hasta besarlo, tomando sus labios de aquella manera tan condenadamente lenta, como cuando le había besado por primera vez en el gran salón, cuando habían estado a solas. Le hacía sentirse querido, pero también ansioso, pues sentía toda aquella fuerza alrededor, aquella piel cálida que sabía que le envolvería. Y, sin embargo, Ragnar solo lo besaba, haciéndole desear más.

Incluso envolvió su cuello con las manos, indicándole que no tenía que esperar más, notando su sonrisa en los labios cuando este se dejó caer sobre él y lo abrazó, haciéndole abrir la boca para él en el acto, devorándolo como había esperado que hiciera desde que se había colado en su cama.

-Eres demasiado suave, sacerdote- le indicó el nórdico, quitándole las ropas de su pecho, ambos bajo las sabanas, recorriendo con las manos la piel expuesta, soltando sus labios para que tomara aire.

-¿Y...eso es malo? ¿Me preferirías...lleno de músculos como...tu hermano?- comentó, sin perder de vista aquellos labios que se movían delante de él, dejándose desnudar con increíble facilidad.

-¡No me traigas esa imagen a la cabeza! ¡No quiero imaginarme a Rollo ahora!- se lamentó este, haciendo aquella clase de mirada que le hacía parecer un cachorro perdido.

-Bueno...entonces, ¿qué está mal con mi cuerpo?- le preguntó, bajando la vista por el cuerpo bien formado de Ragnar cuando vio que este también empezó a desnudarse, disfrutando de la visión de aquella piel oscura, de los músculos bien definidos, de la fuerza que poseía y que sabía cuando utilizar.

-Nada- le aseguró este, arrastrándole de nuevo hacía él, colocados ambos de lado cuando este había empezado a desnudarlos.-No hay nada mal en tu cuerpo.

Athelstan no pudo evitar sonreír al oír el deseo que teñían sus palabras, pero cuando aquellos labios volvieron a posarse sobre los suyos, se olvidó de respirar, de pensar, de cual era su nombre, de donde se encontraban...Olvidó todo excepto a ellos dos, lo que este le hacía, todas aquellas partes que incendiaba en su cuerpo cuando lo tocaba, como le robaba el aliento cada vez que volvía a besarlo...

No supo cuanto tiempo estuvieron así, recorriendo con manos ansiosas el cuerpo del otro, acercándose tanto que hasta las pieles parecían un impedimento. Y, cuando Ragnar por fin entro en su cuerpo, solo pudo dejar caer la cabeza contra la cama y abandonarse en sus brazos, notando como elevaba la pasión, la fuerza de su liberación. Todo.

Ambos buscaron aliento en los labios del otro y, cuando el amanecer llegó, los encontró aun abrazados, hasta que Ragnar tuvo que abandonar su cama para despertar junto a su esposa. No pareció querer el cambio. Pero era lo que tenían que hacer.

…...

Más de aquellos encuentros se habían producido, en muchos otros lugares, pero, aunque la gente pudiera sospechar de su relación, nadie hablaba de ello. Era como un gran secreto que todo el mundo prefería callar, ya que, después de darse cuenta que Ragnar sentía un gran aprecio hacía el cristiano y lo tenía viviendo junto a él, todo lo que dijeran estaría de más.

Cuatro años había tardado Floki en preparar los barcos, cuatro años en los que los hombres se preguntaban a dónde los mandaría su conde, solo para ver, descorazonados, que se quedaban en tierra, sembrando y abasteciéndose para el invierno en aquella difícil tierra que llamaban hogar.

Sin embargo, ¡por fin!, aquel año estaban listos, todo estaba preparado, los hombres estaban animados. ¡Partirían a Inglaterra con el rey Horik! Ni siquiera podían esperar a que las aguas terminaran de descongelarse para comenzar semejante empresa.

Desde que este había salvado la vida, Rollo no había vuelto a pisar el salón de su hermano, pero, ahora que los hombres iban a tener mucho que saquear y otras tierras que visitar, tal vez habría llegado la hora de que los dos hermanos volvieran a tratarse como tales y unirse de nuevo. Después de todo, Rollo había sido preso porque había sido incapaz de matar o atacar a su hermano.

Pero Athelstan evitaba hablarle de ese tema. Era algo que aun le hacía saltar, así que, después de ese anuncio, se centró en aprender a manejar un arma. Tenía que ser útil, tenía que batallar con él. No podía permitir que Ragnar embarcara y le volviera a dejar en tierra, así que se puso en sus manos para poder aprender a luchar.

-No está mal para una escudera- comentó Ragnar cuando le mató en la practica que estaban haciendo con los demás hombres en la playa, haciéndole sentir un poco inútil.

Molestó, tiró el escudo, queriendo parecer más atrevido, solo con el hacha en la mano. La prefería a la espada, pero Ragnar era un luchador experto y, aunque fueran amigos, no iba a poner fácil su entrenamiento, sabiendo que de ello iba a depender su vida.

-¿Añoras Inglaterra?- le preguntó el nórdico.

-No- afirmó, muy seguro de sí mismo.

Pero, siempre por delante de él, Ragnar hizo como que le atacaba, indicándole que no quería oír ninguna mentira de sus labios.

-A veces- acabó admitiendo.

-Quiero que vengas conmigo- le dijo este.

-Pues claro. No me quedaré con los ancianos.

-Bien. Puede que nos seas...útil.

No le gustó nada como dijo ese ``útil´´, así que no dudó en atacar, pero, como siempre, Ragnar iba por delante y pudo apartarse, atacándole a su vez hasta que Athelstan se tuvo que arrodillar para parar sus ataques.

-Necesitaremos a todos los dioses- le indicó el rubio.-Incluido el tuyo.

Trató de concentrarse, desarmarlo o conseguir acercarse lo suficiente, pero por mucho que se esforzó, Ragnar era un luchador mucho más experto que él, así que poco tardó este en hacer su hacha a un lado y poner su espada contra él, teniéndole de rodillas en el suelo. Le quitó su hacha de las manos y le hizo ponerse en pie con su espada en el cuello.

-Una cosa es usar un arma y otra matar- le indicó este, pareciendo que hablaba bastante en serio.

Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, lo cogió por el pecho y lo tumbó sobre la arena, clavando la espada a pocos centímetros de su cabeza.

-Nunca debes dudar- le indicó, clavando sus ojos en él.

Quería que esa lección le quedara claro. Cuando tuviera un arma entre las manos, o luchaba o moría. No podía haber lugar para la piedad, incluso aunque luchara contra los sajones.

…...

Con la llegada de Jarl Borg y el rey Horik, indicaba que su marcha sería prácticamente inmediata. No tenían nada más que hacer allí, los hombres estaban listos, todos habían entrenado para cuando tuvieran que echarse a la mar, así que no veían que tuvieran que esperar mucho más. Después de una pequeña fiesta para celebrar un encuentro entre sus lideres, deberían partir.

Por eso, cuando supo que había sido Ragnar precisamente, el cual había creado la paz entre Jarl Borg y Horik, el que le dijo a este primero que no podía ir con ellos, no se lo creía. ¿Pensaba que este permanecería quieto ante lo que parecía un insulto? No dudó en hablar con él antes de su marcha, pero, cuando este le dijo que eran ordenes del rey Horik y que no podía desobedecer, esperó a que no ocurriera algo que tuvieran que lamentar.

Se hicieron las despedidas correspondientes, sabiendo que pasaría un tiempo antes de que los hombres volvieran a ver a sus familias. Algunos de esos hombres no volverían a hacerlo nunca, así que, tras pedir sus bendiciones a los dioses antes de iniciar aquel viaje, todo Kattegat se despidió de sus hombres, indicándoles que se llevaban sus buenos deseos con ellos.

El mar estaba en calma, como si facilitara su travesía, como si les hubiera esperado tanto como ellos, pero, por eso mismo, se alejaron rápidamente de su hogar, encontrándose en mar abierto.

Los hombres vieron pasar los días, sin saber cuanto tiempo habían pasado rodeados de aquel gran espacio azul, pero Ragnar, como si alguien se lo susurrara al oído, hizo soltar los cuervos, pensando que estarían cerca de tierra.

Con la caída de la noche, fue como si el mundo entero se hubiera dado la vuelta, pues el mar se embraveció y embistió contra los barcos que formaban la compañía. Las olas eran demasiado grandes como para no pensar que pudieran hundirse. Hasta tuvieron que guardar las velas de los barcos, pues el aire soplaba tan fuerte que amenazaba con romperlas.

Fueron unos días confusos en que más de un hombre se preguntó si llegarían realmente a su destino. Esquivaron acantilados de piedra solo para acabar navegando sin rumbo y con otros barcos perdidos.

Ni siguieron vieron tierra hasta que uno de los hijos del rey Horik gritó, viendo la orilla.

Athelstan, apoyándose en la parte delantera del barco, lo observó, diciéndose internamente que estaba de nuevo en Inglaterra. Tuvo que dejar salir aire, tratando de serenarse. Después de todo, incluso después de todo lo que había entrenado con Ragnar, ahora tendría que pelear cara a cara con aquellos que, en otro tiempo, habían sido sus hermanos, otros sajones como él, que luchaban bajo el nombre de Dios.

Llegar a tierra fue fácil. No parecía haber ningún pueblo por las inmediaciones, así que nadie pareció verlos arribar a la orilla. Siguiendo el curso del río, buscaron cualquier signo de amenaza, aun no del todo confiados. Pero, cuando se hizo ese chequeo, mirando cualquier cosa que los rodeara como si pudiera transformarse, de repente, en un soldado sajón, y Floki dejó claro que podían sacar comida del río, se pensó que no habría ningún problema en hacer un alto y descansar, tomando fuerzas.

Caso error.

Salidos de ningún sitio, una lluvia de flechas cayó sobre ellos, abatiendo a uno de los dos hijos del rey Horik que los había acompañado y a otros pocos hombres que no tuvieron la suerte de refugiarse tras sus escudos.

La formación de escudos no tardó en hacerse, Athelstan se vio lanzado hacía el interior por Torstein cuando lo vio siendo demasiado lento, creando dos grupos sólidos. Así que, cuando los sajones por fin atacaron, ya estaban preparados y fue relativamente fácil abatirlos. Aquellos hombres no estaban preparados para su forma de atacar, introduciéndoles en su círculos para machacarlos desde todos los puntos..

Y, lo más importante, Athelstan no dudó en atacar cuando vio la vida de Ragnar en peligro.

Antes de darse cuenta, antes de que la adrenalina que se había descargado por la lucha desapareciera, los sajones habían sido abatidos, dejando a unos pocos vivos para poder interrogarlos y ver quién había entre sus caídos.

El sacerdote se sentó en un rincón, pensando en lo sucedido. Era cierto que, en un primer momento, no había estado muy acertado, pues nunca había estado del lado del ataque, pero, cuando había tenido que empezar a matar, no había dudado y no estaba muerto. Había aprendido su lección.

-Eh- le llamó Ragnar, sentándose junto a él cuando lo encontró.-Hoy no has dudado en matar.

Tenía un brazalete entre sus manos, uno de los brazaletes que indicaban donde estaba la fidelidad de sus hombres, enfocados a su persona. Observó tan bien como el nórdico la pieza, sabiendo lo que significaba.

Lo que no había esperado era que se la tendiera, dejándole casi sin palabras.

-Cógela, si quieres- le dijo este, sonriendo entre la sangre que le bañaba la cara.

Y, aun mirando a su rubio compañero, tomó esta de entre sus manos y se la colocó en la muñeca. Ninguno de los dos tendría que haber dudado que acabaría en ese lugar, pues la fidelidad de Athelstan estaría siempre junto a Ragnar.

Aprovechando que sabía hablar ambas lenguas, sirvió como traductor para el nórdico, sabiendo que no se encontraban en Northumbria.

No. No estaban en Northumbria, si no en el reino de Wessex, el reino del rey Ecbert. Y, con todo, los soldados indicaron que Ragnar era igual que él.

Fin del capitulo 8

Nunca hubiera supuesto todo lo que iba a pasar con Ecbert en este momento. Pero, tras oír que era igual que Ragnar, tendría que haber sospechado que también sentiría interés por Athelstan. No sé que tiene este chico que los vuelve a todos locos. Será su carita de bueno, que los invita a que le ataquen o algo. Pero bueno... de nuevo he añadido cosas que creo, o desearía, que hubieran pasado en los cuatro años que se han tragado así, por las buenas.

Sé que no he dejado en muy buen lugar a Aslaug, pero, en serio ¿a quién le cae bien esta mujer? Estábamos todas tan encantadas con una mujer guerrera tan fuerte e independiente como Lagertha que, cuando apareció esta tipa de tan malos modos, empezamos a escupirle veneno como las víboras. Y mira que, relativamente, no ha hecho nada. Hay algo en ella que no nos invita a tomarle aprecio, aunque solo sea que echara a nuestra favorita.

Todos los que creáis que, a partir de este punto, se formó un triangulo amoroso entre Ragnar, Athelstan y Ecbert, marcar la historia como favorita. Quiero saber cuanta gente piensa como yo con esta gente. Porque, con el principio de la temporada 3º, esa sensación solo se ha incrementado. Estaba viendo la serie con mis padres y no podía evitar reírme cuando había un acercamiento entre alguno de ellos. ¡Si hasta mi madre, que no pilla una, se a dado cuenta del interés de Ecbert por Athelstan!

Pero no os doy más la tabarra. Me piro ha hacer el siguiente capitulo.

Como siempre, desearos que os mantengáis sanos y nos seguimos leyendo. Bye!