Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen. Éste fic participa del reto "Una pareja para Cato", del foro El diente de león.

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Capítulo Tres

El Sinsajo

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Es curiosa la sensación de regresar al lugar que me vio nacer y sentirme como si estuviera en una ciudad completamente desconocida.

No reconozco la plaza, que se parece vagamente a la misma donde cada año se celebraba la cosecha con una gran fiesta, ni el Edificio de Justicia, donde todos los agentes de la paz se reunían cada mañana a esperar las órdenes del día, después de pasar por un desayuno rápido al restaurante que mi familia tenía a unos pocos metros de aquí, y allí mi hermano y yo los atendíamos mientras mamá preparaba el café, y papá, cuando aún vivía, preparaba sus famosos bollos de canela antes de salir como todas las mañanas hacia la fortaleza que los rebeldes conocen como "el Hueso", donde solía diseñar las armas que hoy usan para invadirnos.

Me pregunto qué pasó con ellos, si siguen vivos y están a salvo. ¿Mi hermano estará peleando para defender la ciudad? ¿Dónde estará nuestra madre? No quiero mostrarme débil frente a todas éstas personas que me odian, pero quisiera saber qué ha sido de los dos. Necesito saber que al menos ellos estarán a salvo después de que yo me vuelva enemigo de todos quienes alguna vez fueron mis vecinos y amigos.

En eso pensaba durante todo el camino hasta aquí que pasé esposado; pero al llegar todo pasó a un segundo plano, porque apenas puse los pies en el Distrito 2 sentí como si me hubiera ido hace décadas y mi familia aún estuviera muy lejos, en otra parte; como si nunca hubiéramos pertenecido aquí.

Lyme sale a recibirnos y me da un largo abrazo cuando me ve llegando tras la comitiva que en ningún momento me quita los ojos de encima. No puedo decir que me alegra verla, porque el hacerlo solo me siembre más dudas, pero sí agradezco ver un rostro conocido, teniendo en cuenta que en los últimos meses solo he visto el de personas que me odian. Sin embargo no podemos hablar demasiado. Ésta gente sigue sin confiar en mí, así que debo seguir encerrándome voluntariamente en una recámara apartada de las demás para evitar que lastime a su precioso Sinsajo, por eso y porque quieren evitar que escape. En realidad no me importa, porque ni yo mismo confío en que no lo intentaré a la primera oportunidad.

No obstante, antes de que me lleven lejos de Lyme logro resistirme por un momento para que se acerque; no quiero darle información a ésta gente, pero necesito preguntarle.

—Él se ha ido con ellos, ¿no es así?— pregunto, asumiendo que sabe que "él" es mi hermano, y con "ellos" me refiero a los agentes de la paz.

Lyme me mira. Desde atrás alguien la apresura, así que sin pronunciar palabra aprieta los labios y asiente, irguiendo la cabeza para irse; desisto de también preguntar por mi madre, tal vez porque quizá sé que puede no gustarme la respuesta.

Los soldados del 13 me encierran igual que todos los días, soltando un comentario irónico acerca de que ahora puedo sentirme como "en casa". Y es obvio que lo dicen para molestarme, pero así es. Las paredes tapizadas del Edificio de Justicia son un buen cambio de las paredes blancas y aburridas de mi celda en el 13. Al menos aquí hay patrones con los que puedo entretenerme hasta que Effie Trinket se aparece para entregarme mi nuevo uniforme para la que será mi primera aparición pública junto al Sinsajo, y casi una hora después más soldados vienen por mí. Al parecer los "cerebros" se traen algo importante entre manos, pero, obviamente, nadie me dice nada a mí, sin embargo puedo sentir la carga extra en el ambiente. Ésta vez ya no me ponen las esposas, pues no se vería bien que su más nuevo aliado saliera en televisión esposado. ¿Qué clase de imagen sería esa para la gente del 2?

Mis guardias (por llamarlos de alguna forma) me dan un arma de juguete y sin intercambiar palabras me llevan a punta de rifle hasta el salón principal, donde los demás espera.

Desde una ventana puedo ver la que una vez fue la majestuosa plaza de mi distrito, y que ahora está desolada y vacía, iluminada por la débil luz del sol y rodeada de rebeldes armados que me vigilan como si esperaran cualquier mínimo movimiento para dispararme. Pero no pueden hacerlo, porque resulta que ahora soy importante para las altas esferas de los revolucionarios.

Por eso estoy vestido como si fuera una versión masculina del Sinsajo. La presidente Coin insistió en que fuera así, y en que me mostrara en público con ella lo más rápido posible.

Coin no me agrada. Sé que me usa, piensa que al mostrarme de su lado la gente del 2 estará más de acuerdo en unirse a ellos, pero también sé que se equivoca, y quienes me escuchen esta noche probablemente quieran matarme mañana. Pero eso no quita que pueda divertirme; es gracioso pensar en que, aunque se esfuerza por mostrar lo contrario, Coin desearía que el tal Peeta fuera quien ocupara mi lugar, incluso el de Katniss, pues ni ella ni yo parecemos agradarle realmente, pero tiene que conformarse con nosotros, sus "rostros visibles", para llevar adelante su revolución.

Los soldados me hacen pararme frente a un portentoso estandarte del Distrito 2 que se encuentra cerca de la entrada principal del Edificio de Justicia. El arma casi no pesa, porque es falsa, pero debo sostenerla para la cámara y poner mi mejor cara de revolución, lo que es difícil porque es lo opuesto a lo que Snow me hacía hacer para sus propios propos.

En realidad, Coin no dista mucho de él, y tal vez todos estén deslumbrados por esto de ser libres y acabar con los Juegos del Hambre, pero yo no confío en ella. Aunque por mi naturaleza no confío en nadie, pero especialmente en la gente como ella, ambiciosa y hambrienta de poder, pero escondida bajo una máscara de falsa humildad.

Si hago todo esto definitivamente no es por ayudarla. Aunque, sí lo pienso, en realidad no sé qué demonios estoy haciendo con la gente que quiere atacar el lugar donde nací. Pero me obligo a recordar que es esto o o una celda peor que la que tenía en el 13. En realidad no tengo muchas opciones, porque aunque les sería de ayuda en verdad sólo me dan ésta oportunidad por pedido de Katniss y consejo de Plutarch Havensbee. Si no fuera por eso seguiría encerrado y vigilado las veinticuatro horas igual que Cashmere.

No me han permitido verla desde que desperté, así que supongo que su estadía no debe ser tan "placentera" como la mía.

—Prepárate, Cato. Estarás al aire en cinco minutos— dice la jefa del equipo de televisión de Katniss, poniéndome un micrófono en el pecho.

—Esto no va a funcionar— me quejo cuando escucho la voz de Plutarch susurrando en mi oído lo que tengo que decir.

—Pues haz que funcione— me gruñe Cressida— No sé si lo has notado, pero no eres precisamente popular entre estas personas.

Levanto los hombros y dirijo otra mirada hacia afuera. Cressida habla y habla sin parar, así que contengo un bufido y asiento a una orden suya que en realidad nunca escuché.

Katniss está a solo unos pasos de mí, y se ve algo más extraña que de costumbre, e intenta evitarme más de lo usual desde que llegamos aquí. Eso me inquieta un poco, porque soy lo suficientemente bueno leyendo a las personas como para saber que si se comporta así es porque intenta esconderme algo. Quiero acercarme a hablarle, pero entonces mira en mi dirección, y de forma inesperada se levanta y pasa a los soldados para llegar a mí.

—A Madge le hubiera gustado que usaras esto cuando te dirigieras a toda la nación— dice, tan bajito que sólo yo la escucho, y pone en mi mano el sinsajo dorado de Madge.

Yo la miro. No digo nada porque no sé qué podría decirle, pero parece que ella entiende.

—Cuando hables para la gente del 2... Por favor, trata de convencerlos de rendirse— dice, yéndose rápidamente, como si temiera que la vieran hablando conmigo.

—Cato, prepárate— adverte Cressida, llamándome la atención— ¡Estaremos en vivo para todo el país en dos minutos!

Asiento olvidándome de Katniss, y miro el pequeño prendedor que brilla en mi mano durante algunos segundos hasta que al final decido ponérmelo en el pecho, donde pueda verse bien para la cámara, no porque me interese que vean de verdad me he unido al Sinsajo, pero sí quiero pensar que Madge está aquí para mí.

Bien. Respira y no te pongas nervioso. Yo te diré lo que debes decir— dice Plutarch en mi oído, molestándome.

—No estoy nervioso— me quejo, sintiéndome algo ofendido por el comentario. Mi vida ha peligrado muchas veces; un simple discurso no me hará temer ahora.

— ¡Estamos listos! ¡Luces!— grita Cressida. Las luces del salón se apagan y un solo reflector ilumina mi cara y el estandarte que tengo detrás— ¡Estaremos en vivo en treinta segundos! ¡Cato, mira directamente a la cámara! ¡Ahora!

La cámara se enciende, y el equipo de Cressida me apunta directamente con la lente mientras ella empieza la cuenta regresiva. En algún lado empieza a sonar el himno, así que me mojo los labios y espero que Plutarch me dicte lo que tengo que decir, pero entonces algo pasa, y en vez de su voz solamente escucho estática.

Miro a Cressida, que me regresa una mirada violenta, ordenándome con señas que hable, pero estoy en blanco. Espero unos segundos a que Plutarch solucione el problema, pero a cambio solamente hay un fuerte chillido que me obliga a quitarme el auricular.

Ahora estoy solo.

"Piensa Cato, piensa", me digo a mí mismo, porque estamos en vivo para todo Panem y debo estar pareciendo un idiota.

Así que respiro profundamente. Recompongo mi expresión de vencedor y levanto la barbilla, tratando de que no se vea lo perdido que me siento.

—Personas del Distrito 2... Sé que todos ustedes me conocen. Soy Cato— empiezo, y puedo oír mi voz retumbando en todos los altavoces del distrito, y ver mi cara en todas las enormes pantallas de la plaza— Soy uno de ustedes. Nací aquí, a unas pocas calles del Edificio de Justicia; mi familia solía tener el restaurante más popular de la ciudad yo crecí en estas calles, y como muchos de sus hijos fui entrenado y cosechado para los Juegos del Hambre. Maté supuestamente para conseguir la gloria de mi distrito, y eso me convirtió en un asesino despiadado, entrenado para no tener consciencia y solo seguir órdenes sin nunca cuestionar a quienes me las daban. Sin saberlo, poco a poco perdía mi libertad, y dejé de ser solamente un chico del 2, o un vencedor, para convertirme en una de las piezas más valiosas en el juego del presidente Snow. Pero eso no fue lo peor de todo...— me detengo un momento, porque trato de decidir si decir lo siguiente o no, pero decido que ya no tiene sentido callarme; diga lo que diga igual ya soy un traidor— Para nadie es un secreto que el presidente vendía a los vencedores más deseables en el Capitolio; y si no aceptabas, él se metía con las personas que amabas. Yo lo sé. Perdí a mi padre la primera vez que me negué a seguir sus órdenes, y aunque todos creen que su muerte ha sido un accidente, Snow y yo sabemos que no fue así. Por eso me convertí en su marioneta, la nueva favorita de su colección que incluía a muchos de los vencedores que ustedes conocen, y que por años han tenido que someterse a su yugo— hago una pausa, porque es sumamente difícil recordar todo esto, y sobre todo decírselo a todos en el país— Tenía dieciséis años la primera vez que me intercambió por algún favor. Y eso continuó por los dos años siguientes, pero aunque a muchos de ustedes les resulte difícil de creer, en un punto creí que lo que hacía estaba bien, porque de esa forma apoyaba a Panem; vendiéndome le demostraba la lealtad que desde niños nos han dicho que debemos mostrar. Nosotros siempre los apoyamos porque nos decían que estábamos bajo la protección del Capitolio, que de esa forma nuestras vidas eran mucho mejores que las de las personas del resto del país, pero miren lo que me hacían— digo, empezando a sentir un nudo en la garganta que no puedo disipar— Sé que muchos de ustedes se preguntan en la seguridad de sus pensamientos porqué debemos seguir pagando por crímenes que nunca fueron nuestros. Aún después del Tratado de la Traición nos mantuvimos firmes junto al Capitolio, ¿y todo para qué? Sí, nos alimentan y entrenan, pero cada años dos de nuestros niños deben ser sacrificados. Conocemos el dolor de la pérdida, y la amargura de la traición. Yo lo conozco. Clove era mi amiga, y como ella muchos fueron enviados a morir por una guerra que pasó hace décadas, y en la que ni siquiera peleamos. Pero eso no le importó al Capitolio, como no le importó usarnos a través de los años. Mi vida no valía más para el presidente que la de alguien de cualquier otro distrito; nuestras vidas no valen para ellos. Envía a nuestra gente a morir en los distritos, peleando por salvar un régimen que año tras año se lleva a sus propios hijos a la muerte. Nos ha usado desde siempre, nos usa y seguirá usándonos si no lo detenemos— me detengo otra vez, dándome cuenta de que todos en el salón me escuchan atentamente. Y una pequeña pizca de orgullo me invade, pero esto todavía no termina— Por eso hoy les pido que depongan sus armas y se unan a nosotros. Únanse mí, únanse al Sinsajo para que todos podamos lograr un Panem libre. ¡Debemos estar unidos para vencer al Capitolio!— grito lo último, alzando mis tres dedos centrales como vi hacer al anciano en la plaza del 11. Entonces Cressida da la señal, las cámaras se apagan, las luces vuelven a encenderse y todos me miran de una forma que no logro identificar.

—Eso estuvo muy bien— dice finalmente, moviendo la cabeza de manera afirmativa— ¡Bien, señores! ¡Reúnan el equipo! ¡Tenemos que grabar en exteriores en 10 minutos!

Cressida se va, y yo tiró mi arma de juguete a un lado, quitándome también la insignia de Madge porque, aunque me duele, ella no me la dio a mí, sino a Katniss.

—No me imaginaba que tu familia podría tener un restaurante— me dice, en voz baja, casi con pena, cuando acepta el prendedor de regreso.

—No muchos lo saben— me encojo de hombros, sin darle importancia— Tampoco era como que les interesara.

—Mi padre también murió— suelta de pronto— En un accidente en las minas. Y ahora solo me quedan mi madre y mi hermana...

—Tal vez yo también tenga a mi madre y un hermano aún— digo, tratando de seguir apático— Si es que Snow no los asesinó.

—Espero que los encuentres— me dice, todavía más bajito, y después se da la media vuelta y se va lo más lejos posible de mí.

Después de Katniss, Plutarch se aparece para felicitarme por mi discurso, repara mi comunicador y después regresa con su equipo, dejándonos esperando en silencio durante casi dos horas, pero no hay respuesta del otro lado.

No me gusta éste silencio. Siento como si fuera a pasar algo muy malo si nadie dice nada.

Empiezo a notar movimiento entonces. Algunos soldados se desplazan, y Boggs viene para asegurarse de que nadie salga.

—Ya les dimos demasiado tiempo. No se rendirán. Hagámoslo— escucho decir a Plutarch en mi oído, pero no está hablando conmigo. Y sin saber porqué mi corazón se acelera.

— ¿Qué van a hacer?— pregunto, acercándome al lugar donde están Katniss y Boggs, pero rápidamente dos guardias se acercan para sostenerme— ¿Qué sucede?

—Cato... Lo lamento— Katniss cierra los ojos y se queda como piedra, mirándome.

— ¿Qué sientes? ¡¿Qué hacen?!

Los soldados me sujetan con más fuerza, y me golpean tras las rodillas para hacerme ceder y obligarme a caer de rodillas.

— ¡No! ¡Suéltenlo!— escucho gritar a Katniss, pero de pronto su voz es tapada por un fuerte y ensordecedor estruendo. Mi cabeza se mueve de inmediato en dirección a las montañas a tiempo para verlas caer como si fueran líquidas. Secciones enteras del Hueso colapsan ante nuestros ojos, haciendo desaparecer cualquier signo de que seres humanos hayan pisado el lugar. El lugar donde crecí, donde solía jugar con mi hermano y mis amigos desaparece frente a mis ojos en menos de un segundo, y entonces me siento más pequeño e insignificante que nunca, mientras olas de piedras bajan por la montaña, enterrando la fortaleza bajo toneladas de roca, levantando una nube de polvo y escombros que oscurece el cielo. Convirtiendo el Hueso en una tumba. Y las lágrimas amenazan con salir; mis ojos arden de impotencia mientras esos soldados siguen sujetándome, aunque la presión de su agarre ha disminuido, de seguro a causa de la sorpresa.

— ¡NO!— grito con todas mis fuerzas, luchando desesperadamente por liberarme— ¡No, deténganse! ¡Mi hermano está dentro!— les digo, y veo cómo Katniss ahoga una expresión de horror, igual que Cressida, que está nuevamente junto a ella, y Boggs.

Y veo ante mí como todo el que alguna vez fue mi hogar se desploma, sintiéndome más usado y traicionado que nunca. Entonces pienso en Madge, en sus pensamientos mientras el fuego caía sobre su distrito, tal vez sabiendo que moriría sin remedio, o tal vez no.

Todo es consecuente. Nosotros bombardeamos el 12 y ahora ellos destruyen nuestro distrito. Éste debería ser el momento en que se equilibra el universo, pero no es así.

Me quedo de rodillas en el suelo, observando la montaña terminar de enterrar todo lo que alguna vez he amado en silencio. Los rebeldes me sueltan de un momento a otro, y cuando el espectáculo termina me quedo en la misma posición, tratando de ver a través de la inmensa nube de humo.

— ¿Cato?— la voz de Katniss me sobresalta. Trato de responder y encuentro mis dos puños cerrados con fuerza, al punto de que me están sangrando las manos— Cato, ¿estás bien?

— ¿Por qué lo hicieron?— pregunto, en voz baja, porque ya no tengo deseos de pelear.

Katniss se queda callada, perdida en algún lugar de su mente. Parece tan afectada como yo, pero dudo que sean por las mismas razones.

Ante la falta de su respuesta me levanto y me dejo caer en la base de uno de los gigantescos pilares del gran vestíbulo. A través de las puertas puedo ver la extensión de mármol blanco que conduce a la plaza. Me acuerdo de lo excitado que estaba el día que fui cosechado, y como ése largo pasillo blanco representaba un nuevo y prometedor futuro como vencedor.

Pasados unos cuantos minutos de ensordecedor silencio, y tras intercambiar algunas palabras con Katniss, Boggs se sienta junto a mí, con su pálida piel en las sombras.

—No bombardeamos el túnel del tren— informa, escueto— Algunos de ellos probablemente van a salir.

Lo miro, y quiero sentirme esperanzado, pero no lo hago.

—Mataron a mi familia— digo, recobrando el aplomo. Él parpadea y mira un momento hacia Katniss.

—No es así. Nosotros...— me levanto de un salto y antes de que se dé cuenta le arrebato el arma más pequeña que lleva en el cinturón y le apunto.

— ¡Acaban de asesinar a miles de inocentes! ¡¿Por qué?! ¡¿Por venganza?!

Nadie dice nada. Katniss llora sin control.

— ¡Cato, lo siento!— dice, tratando de acercarse, pero entonces le apunto a ella con el arma, dándole la espalda a Boggs. Y no tengo tiempo de decir ni pensar en nada más porque de pronto siento un fuerte golpe en la nuca, y todo otra vez se vuelve peligrosamente oscuro.

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Despierto gracias al sonido de varios disparos.

La noche ya ha caído, y enormes y brillantes reflectores iluminaban la plaza. Hay algunos soldados corriendo de un lado a otro, pero cuando intento levantarme para ver descubro lo mucho que me duele la cabeza.

—No debes moverte— dice Katniss Everdeen, con esa voz tan suave que usa cuando no le está hablando a las masas.

— ¿Qué pasó?— pregunto, sentándome lentamente. Ella parpadea un momento.

— Recibiste un golpe muy duro.

—Ah, sí. Creo que ya me acuerdo— suspiro. Katniss se queda callada y me da una botella con agua.

—Ellos querían atarte y volver a encerrarte, pero los convencí de dejarte aquí— dice despacio— De verdad lamento mucho lo que Gale hizo. Yo quería que las personas se rindieran, pero ellos...

—Así que fue él— suspiro, cerrando los ojos un segundo para bloquear las sensaciones que me provoca lo sucedido— Ya no importa. Espero que se sienta mejor por haber tenido su venganza.

—Te equivocas. Gale no es así.

— ¿Ah, no?— Katniss se queda callada.

—Todavía esperamos el tren con sobrevivientes. Puedes verlo desde aquí— murmura, y es cierto.

Desde nuestra posición, al otro lado de la plaza, puedo ver claramente a través de la lámina de vidrio delante del gran y angosto edificio. Sería imposible perderse la llegada de un tren, o incluso de una sola persona.

—Si es que alguien ha sobrevivido— le digo, ahogando un suspiro.

Veo que Katniss aprieta los labios y me mira, indecisa. Levanta su mano derecha y con delicadeza (y bastante miedo) la pone sobre mi brazo. De inmediato me giro hacia ella, sorprendido por su contacto, y por lo mucho que éste me recordó a Madge.

—Katniss, te necesito— dice Cressida, entrando y haciendo que ella retirara su mano— Oh, despertaste, Cato. Recibiste un lindo golpe— se ríe, y después coloca un micrófono especial en el vestuario de Katniss.

—¿Para qué es?— pregunta ésta. Y de repente parece que alguien le responde a su comunicador— ¿Un discurso?— dice, inmediatamente poniendo cara de enferma. Después escucha. Mira la oscuridad detrás de la plaza y frunce as cejas.

—Ni siquiera puedo ver sus fuerzas— hace otra pausa para escuchar, sin dejar de observar el lugar por donde todavía cree que aparecerá el tren— De acuerdo. Haré el intento— dice al final— Pero quiero a Cato conmigo.

La miro, otra vez sorprendido. Katniss espera la respuesta. Parece que nadie le dice nada por un rato, hasta que, finalmente, asiente.

—Está bien— dice, y me mira, dándome un golpe en la rodilla— Prepárate. Saldremos al aire juntos.

Parpadeo, pero no digo nada. Tal vez Snow ya no sea mi titiritero, pero a cambio Katniss parece haberme convertido en su nuevo juguete favorito.

Supongo que he nacido para seguir órdenes.

Es extraño pararme junto a ella afuera en lo alto de las escaleras, con vestuario completo, brillantemente iluminado, pero otra vez sin ninguna audiencia visible a la que entregarle el discurso. No había pensado en eso horas antes. Se siente extraño.

Hagámoslo rápido— Haymitch abre mi comunicador y ahora puedo escucharlo yo también, lo cual es molesto, puesto que sigue doliéndome la cabeza, por el golpe y lo tedioso que es todo éste asunto de los discursos— Estás demasiado expuesta, Katniss, y tú también, Cato— hay un pequeño silencio, y se oye una voz tras Haymitch— Tómense de las manos, como hacías con Peeta.

Ella me mira, dudosa, y soy yo quien toma su mano, porque no tiene sentido negarnos. El equipo de televisión, posicionado afuera en la plaza con cámaras especiales, indica que ya están listos. Katniss le dice a Haymitch que comience, entonces los escuchamos dictar la primera línea del discurso.

Una enorme imagen de nosotros dos juntos alumbra una de las pantallas sobre la plaza mientras ella empieza:

—Personas del distrito 2, esta es Katniss Everdeen hablándoles desde las afueras del Edificio de Justicia, donde…

Dos trenes llegan a la estación soltando un fuerte chirrido, uno al lado del otro. De inmediato suelto la mano de Katniss para ir hasta allí, pero no puedo acercarme demasiado.

Mientras las puertas se abren, la gente sale en desorden en medio de una nube de humo que han traído del Hueso. Deben haber tenido al menos una noción de lo que les esperaría en la plaza, porque puedes verlos tratando de actuar evasivamente. La mayoría de ellos se arrastran en el suelo, y un rocío de balas dentro de la estación destruye las luces. Han venido armados, tal y como había sido mi primer pensamiento, pero también han venido heridos. Los gemidos pueden ser escuchados el aire de la noche que es demasiado silencioso.

Alguien rompe las luces en las escaleras, dejándonos a Katniss y a mí en la protección de las sombras. Una flama florece dentro de la estación, uno de los trenes debe estar en realidad en llamas, y un espeso y negro humo se hincha contra las ventanas.

Sin otra opción, las personas comienzan a empujarse para salir a la plaza, asfixiándose pero definitivamente ondeando sus armas. Mis ojos revolotean por los tejados que rodean la plaza. Cada uno de ellos ha sido fortalecido con nidos de ametralladoras tripuladas por rebeldes. La luz de la luna destella sobre barriles de aceite.

Un hombre joven sale tambaleándose de la estación, con una mano presionada contra un trapo ensangrentado en su mejilla, y la otra mano arrastrando un arma. Cuando tropieza y cae sobre su cara, veo las chamuscadas marcas bajando por la espalda de su camisa, la carne roja debajo. Y repentinamente Katniss vuela sobre los escalones y ni siquiera lo pienso cuando empiezo a correr tras ella.

— ¡Katniss, no!— la llamo, pero no me escucha.

—¡Alto!— le grita a los rebeldes, sorprendiéndome por su osadía— ¡Detengan el fuego!

Las palabras hacen eco alrededor de la plaza y más allá mientras el micrófono amplifica su voz.

—¡Alto!— se acerca al hombre, agachándose para ayudarlo, y estoy temiendo que eso sea una pésima idea cuando él se arrastra para levantarse sobre sus rodillas y apuntarle con su arma a la cabeza.

Katniss retrocede dos pasos instintivamente, y levanta su arco para mostrar que su intención es inofensiva. Ahora que él tiene ambas manos en su arma se nota un hueco irregular en su mejilla donde algo parece haber perforado la carne. Él huele como a cosas quemadas, cabello y carne y combustible. Parece desesperado y asustado.

—Estás rodeado, baja eso— le digo. Katniss se queda muy quieta, de seguro dándose cuenta de que esto es lo que todo el distrito 2, todo Panem quizá, debe estar viendo en este momento. El Sinsajo a merced de un hombre sin nada que perder.

Su confuso discurso es apenas comprensible.

—Dame una razón por la que no debería dispararte.

Katniss lo mira fijamente, y nos sorprende a todos con su respuesta

—No puedo.

Lógicamente, lo siguiente que debería pasar es que el hombre jalara el gatillo. Pero él está tan perplejo como yo, tratando de buscarle sentido a las palabras de la Chica en Llamas.

—No puedo. Ese es el problema, ¿no?— Katniss baja su arco—. Hicimos volar tu mina. Tú quemaste mi distrito hasta los cimientos. Tenemos muchas razones para matarnos mutuamente. Así que hazlo. Has feliz al Capitolio. Ya me cansé de matar a sus esclavos por ellos— deja caer su arco al suelo y le da un golpe ligero con su bota. Se desliza a través de la piedra y llega a descansar a sus rodillas.

—No soy su esclavo— murmura el hombre.

—Yo lo soy— dice ella— Es por lo que maté a Astor…y él mató a Thresh…y él mató a Clove…y ella trató de matarme. Sólo da vueltas y vueltas, ¿y quién gana? Ninguno de nosotros. Ni los distritos. Siempre el Capitolio. Pero estoy cansada de ser una pieza de sus Juegos.

—Mantente hablando. Diles sobre observar la montaña derrumbarse— insiste Haymitch.

—Cuando vi la montaña caer esta noche, pensé… que ellos lo habían hecho de nuevo. Que habían venido a matarme... y a las personas en los distritos. Pero, ¿por qué hice eso? El distrito 12 y el distrito 2 no tienen ninguna lucha excepto la que el Capitolio nos ha dado— El hombre pestañea hacia ella incomprensiblemente. Katniss se hunde sobre sus rodillas ante él; su voz es baja y urgente— ¿Y por qué estás peleando contra los rebeldes sobre los tejados? ¿Con Cato y Lyme, que fueron tus vencedores? ¿Con personas que eran tus vecinos, quizá incluso tu familia?

—No lo sé— dice el hombre, pero no quita su arma de ella.

Katniss se levanta y gira lentamente en un círculo, dirigiéndose a las ametralladoras.

—¿Y ustedes allá arriba? Yo vengo de un distrito minero. ¿Desde cuándo los mineros condenan a otros mineros a esa clase de muerte, y luego se ponen de pie para matar a quien sea que se las arregle para salir arrastrándose de los escombros?

¿Quién es tu enemigo?— susurra Haymitch.

Eso me deja sin palabras.

¿Quién es tu enemigo?... ¿Quién es el mío?

—Estas personas…— Katniss indica los cuerpos heridos sobre la plaza— ¡No son sus enemigos!— me sorprende cuando se precipita alrededor de la estación de trenes— ¡Los rebeldes no son sus enemigos! ¡Todos nosotros tenemos un enemigo, y es el Capitolio! ¡Esta es nuestra oportunidad de ponerle un fin a su poder, pero necesitamos que las personas de cada distrito lo hagan!

Me quedo tras ella y la observo. Las cámaras están centradas en su imagen mientras estira las manos hacia el hombre, hacia los heridos, hacia los reacios rebeldes a través de Panem. Y hacia mí.

Es sólo un momento, un breve instante en el que algo me estremece por completo. Son las palabras de Katniss, la pasión y fuerza que expresa con ellas. Ésta es ella, la verdadera Katniss Everdeen, no el Sinsajo. Los sinsajos repiten notas en una canción eterna, pero Katniss es quien hace que todos quieran imitarla a ella.

Que todos quieran imitar su canción.

Yo también.

—¡Por favor! ¡Únanse a nosotros!— dice, y sus palabras cuelgan en el aire. Katniss mira la pantalla y, tan metida en su discurso como yo en un principio, no se da cuenta del peligro. Pero yo sí lo hago a tiempo.

— ¡Cuidado!— grito, y sin pensarlo me pongo delante de ella.

El primer disparo se siente como un golpe muy fuerte en mis costillas; el segundo me deja sin aire, y el tercero totalmente inconsciente.

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Continuará...

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N del A:

Tercer capítulo.

Espero que hayan disfrutado de la lectura.

Saludos!

H.S.