Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen. Éste fic participa del Minireto: "¿Una pareja para... Cato", del foro El diente de león.

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Epílogo

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El niño duerme plácidamente entre mis brazos, cubierto por una suave manta de plumas que una vez me perteneció y que fue de las pocas cosas que pude recuperar de mi vieja casa en el Distrito 2, acunado bajo los últimos y cálidos rayos del sol.

Sus diminutas manitos se contraen el puños y las mueve mientras sus cejas casi invisibles se fruncen entre sueños. Me da risa pensar que ya está practicando para ser un buen soldado, pero su madre me mataría si llegara a decirlo en voz alta.

Sin embargo, todavía es demasiado pequeño para entender lo que es una guerra; lo que un día pasó a solo unos pocos metros de donde estamos sentados, y tal vez nunca tenga que hacerlo. Quizá le resulte extraño oír hablar de los Días Oscuros o los Juegos del Hambre, y hay pocas cosas en ésta vida que me enorgullecen, pero haber contribuido a eso sin duda es una de ellas.

La primera vez que cargué a mi hijo lo sentí tan pequeño, tan frágil e indefenso en mis brazos que no pude ni imaginar cómo podría soltarlo algún día; cómo se habrían sentido nuestros padres al tenernos en brazos por primera vez, sabiendo que algún día tendrían que hacerlo para que fuéramos cosechados para los Juegos. Entendí muchas cosas que quizá antes no me importaban, o a las que consideraba ridículas. Entendí más que nunca el principal motivo de la rebelión. No era la venganza, sino asegurarnos de que nuestros hijos jamás tuvieran que entrar a la Arena.

Es increíble cómo ha cambiado mi vida desde que fui cosechado. Pasé de ser un chico común a un vencedor, de ser un profesional a un rebelde, y de ser un solitario a un hombre de familia.

Ya poco queda de ése Cato que con dieciséis años se coronó vencedor tras haber protagonizado una verdadera masacre, de ése vencedor que era ofrecido y comprado por los peces gordos del Capitolio. Aún a veces me cuesta mucho creer lo mucho que ha cambiado mi vida en casi nueve años desde que me subí a ése tren por primera vez, con las rodillas temblándome a pesar de que siempre quería mostrarme fuerte. Ya no soy ése adolescente cegado por ese falso sentido de lealtad, ni el asesino despiadado. Ya no me vendo ni acumulo secretos.

Y todo, inesperadamente, gracias a Madge Undersee.

Tal vez no la conocí lo suficiente, pero aun así logró cambiar todo mi mundo al poner a Katniss en mi camino.

El niño sonríe, como si adivinara mis pensamientos, y yo sonrío también, porque pensar en ella siempre me hace sonreír como un idiota. Pero es inevitable hacerlo.

La primera vez que me di cuenta de que me había enamorado de Katniss fue poco después de que me instalara en el Distrito 12 con ella, en su antigua casa en la Aldea de los Vencedores. Katniss había despertado en medio de la noche, gritando y pataleando, y como tantas otras veces corrí a ayudarla.

Contenerla fue fácil; lo realmente difícil fue lograr convencerla de que estaba a salvo ahora.

Esa pesadilla había sido de las peores en mucho tiempo. Katniss gritaba, completamente fuera de sí, llamando a Prim, a Peeta y a su padre. La violencia de su sueño me sobrecogió, y lo único que se me ocurrió hacer fue abrazarla con todas mis fuerzas, igual que mi mamá hacía cuando era pequeño y tenía miedo de morir en el baño de sangre.

Increíblemente, tras forcejear por varios minutos, eso funcionó, así que me quedé con ella, dándome cuenta por primera vez de lo frágil que el Sinsajo en realidad era. Ella no dijo nada cuando al fin pudo escapar de la bruma de sus pesadillas, pero me abrazó también, y tras unos minutos, pidió con voz ahogada:

—Cato... ¿Podrías hablarme para saber que estás aquí?

Parpadeé, sorprendido por esa petición, pero no estaba en posición de negarme.

— ¿De qué quieres que te hable?

—No lo sé... ¿Podrías contarme algo sobre ti?

Sus palabras me desconcertaron.

Muchos de mis amantes me habían preguntado por mi vida antes, pero el que fuera Katniss quien lo hiciera no me causó el mismo rechazo, aunque sí hizo que me sintiera algo incómodo, porque siempre era yo quien se encargaba de descubrir los secretos de los demás, nunca revelaba los míos. Esto sólo funcionaba en una sola dirección.

Pero me recordé a mí mismo que Katniss no era como esas personas. Y que ella, después de todo lo pasado juntos, merecía saber algunas cosas.

— ¿Qué quieres saber? Cada persona en Panem conoce los detalles íntimos de mi vida. Que me vendía por dinero y todo eso— respondí, con algo de vergüenza, pero Katniss sólo movió la cabeza de forma negativa.

—No. Ése no eres tú.

— ¿Entonces quién soy?

Ella se encogió de hombros, suspirando.

—No lo sé. Tú dime. ¿Quién eres?

Y como si hubiera esperado por esa respuesta toda mi vida empecé a hablar. Le conté sobre mi vida en el Distrito 2, mis amigos y familia, cómo todos los profesionales éramos normales a pesar de que toda la gente de los demás distritos se empeñaba en no creerlo. Le conté de los recuerdos más lejanos e inocentes que tenía, omitiendo los más crudos, como los entrenamientos físicos y mentales a los que éramos sometidos desde niños. Le conté de la mascota que tuve, un gato que se parecía al de Prim, pero que tenía la mala costumbre de orinarse en mis botas. Le conté también que de niño siempre quise conocer el mundo, pero que ya había visto demasiado de él para toda una vida.

Y así empezó nuestra rutina; en vez de solo recostarme a su lado empezamos a hablar, y descubrimos que resultaba mucho más fácil recordar el pasado de esa forma, pensando solo en los momentos felices con quienes ya habíamos perdido.

Eran horas en las que Katniss me escuchaba atentamente, interrumpiendo solo para decir que no creía que hubiera hecho tal o cual cosa.

Un tiempo después, fue ella la que empezó a hablar. Me contó de cómo los ojos de la pequeña Prim brillaban cuando le dio su primera cabra, de cómo la había cuidado y protegido hasta que estuvo grande y fuerte. Me habló de Peeta, de lo mucho que aún pensaba en él a veces, y de lo bueno que había sido siempre con ella, aunque fuera a la distancia. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando decidió hablarme de su padre también, de lo fuerte y listo que era, y de lo mucho que lo extrañaba todavía.

Creo que fue en ése momento cuando supe que algo había cambiado entre nosotros, pero no podía identificar qué.

Un día descubrí que yo ya no tenía más historias, y Katniss ya no parecía tener más pesadillas. Pero igualmente seguimos recostándonos juntos, repasando los hechos del día mientras ella se quedaba dormida.

—Así que ya sé todos tus secretos— me dijo en una ocasión, en voz baja, mientras poco a poco empezaba a dormirse entre mis brazos. Yo la miré, desconcertado por lo bien que se había sentido haber compartido la historia de mi vida con ella, todo ése pedacito de mí que nadie nunca antes había descubierto.

Entonces repasé todo lo que habíamos vivido ése último año, tanto las cosas malas como las buenas. Y me di cuenta de que sí había algo que no le había dicho.

—Todavía no los sabes todos— comenté después de un rato, cuando estuve seguro de que casi estaba dormida, pero Katniss seguía escuchándome.

—Ummm... ¿Cuál?— remoloneó, distraída, mientras terminaba de acomodarse para dormir.

Me sentí un poco extraño ante su pregunta, pero me hizo gracia cómo todo se presentaba tan clara e inesperadamente frente a mí. Esperando unos segundos me acerqué a su oído lentamente y susurré:

— ¿Quieres saber mi secreto?

Ella se movió un poco y con su último rastro de consciencia asintió, suspirando profundamente.

Y yo suspiré también, sintiendo el mismo nerviosismo que la primera vez que empuñé una espada, pero ésta vez de una forma desconocida. Era un temor bueno.

—Creo que estoy enamorándome de ti— confesé, tanto para ella como para mí mismo.

Katniss no dijo nada, ya fuera porque estaba dormida o porque en realidad no era necesario. Pero ése fue el día que lo cambió todo.

Por supuesto que me costó lo mío respetar sus tiempos y después convencerla de que debía seguir adelante. Katniss estaba tan dañada como yo, pero ella no había sido educada para bloquear esos sentimientos, así que me conformé con solo permaner a su lado. Pero las personas del Distrito 2 nunca hemos destacado por nuestra paciencia, y aunque Katniss resultó ser un hueso duro de roer aún más duro que el mismo Hueso, mis constantes pero moderados avances lograron sacarla poco a poco del foso.

Como un año después nuestro contacto empezó a ser más íntimo y profundo, hasta que, luego de tres años, por un descuido, y para su horror, quedó embarazada.

Con la noticia temí perderla de nuevo. Katniss dejó de hablar, y con Haymitch debíamos obligarla a comer. No fue una etapa feliz como debería; yo estaba asustado, pero ella estaba en verdad aterrada. Las pesadillas regresaron, yo no sabía qué hacer más que intentar apoyarla y convencerla de que nadie nos quitaría a ése bebé.

Su madre volvió para cuidar de ella, y eso ayudó un poco a calmarla, pero Katniss de nuevo ya no hablaba.

Creo que eso fue lo más difícil de todo, incluso llegué a sentirme culpable por nuestro descuido. Sin embargo, a pesar de los miedos y las dudas, Katniss seguía siendo el Sinsajo, y yo seguía estando a su lado, así que seguimos adelante, como los compañeros de batalla que éramos, y que todavía somos.

No hubo una gran y opulenta boda a pesar de los ruegos de Effie; para complacer a Katniss solo fuimos al Edificio de Justicia y después hicimos algo que aquí en el 12 llaman la Ceremonia del Pan Quemado o algo así. Todos vinieron a la sencilla reunión: mi hermano, Plutarch, Effie, Johanna, Finnick y Cashmere, que ya tenían un hijo y esperaban el segundo. Hasta Cressida y el resto de su equipo vinieron, y obviamente se encargaron de grabarlo todo; y Katniss, a pesar de su silencio, parecía feliz de volver a verlos.

Fueron días llenos de alegría y risas, pero cuando acabaron volvimos al silencio. Pero no me importó. Para entonces quería a Katniss demasiado como para que me importara. Y aunque ya no hablara tenía siempre alguna forma de demostrarme que seguía allí. A veces, de forma inesperada, tomaba mi mano y la apretaba con fuerza. No decía nada, ni me miraba, pero estaba allí, y me lo hacía saber.

Entonces llegó el día en que el bebé la pateó por primera vez, y fue otro giro en nuestras vidas. Katniss seguía teniendo miedo, pero empezaba a convencerse de que tanto nosotros como el bebé estaríamos bien.

Ya pasaron cinco años desde el fin de la guerra, y aún apenas estoy logrando que sonría más. Las pesadillas continúan, y ella dice que nunca se irán. Pero no importa, porque yo estoy ahí para ella ahora, como ella lo ha estado para mí antes. Y no estamos solos, porque tenemos a nuestro hijo, a Haymitch, y muchos amigos y familia que ven por nosotros a la distancia. Incluso Gale a veces llama, pero habla con Haymicth; no lo hemos visto desde la boda de Finnick y Cashmere, y Katniss no quiso invitarlo a la nuestra, porque él me odia, y ella aún no ha podido perdonarle el que hubiera estado involucrado en las explosiones que asesinaron a su hermana. Supongo que yo tampoco le perdono muchas cosas, pero sé también que no puedo juzgarlo.

De repente, Katniss recarga la cabeza sobre mi hombro, mirando un diente de león que tiene en su mano derecha, mientras pone la izquierda sobre mi muslo y bosteza, distrayéndome. Me sonríe y los dos volvemos la vista hacia el atardecer en la otra orilla del lago, donde dice que algún día nuestro hijo aprenderá a nadar. Parece entusiasmada con la idea a pesar de lo aterrada que estaba cuando supimos la noticia de su llegada al mundo.

Yo también le sonrío, porque a pesar de todo lo que pasamos, de las muertes, las pesadillas de Katniss y el dolor de tantas cosas perdidas, creo que al fin hemos encontrado el equilibrio para tratar de ser felices.

Esos recuerdos jamás se irán, pero podemos apoyarnos el uno al otro para que ya no nos detengan. Porque seguimos siendo un equipo, que tiene un miembro más y tal vez muchos otros en camino, pero eso sólo nos hará más fuertes.

El niño se remueve de pronto y llora, así que Katniss suspira, me lo pide y se abre la blusa para alimentarlo. Yo solo miro, fascinado por todo lo que la vida me ha dado después de tanto dolor y desesperanza. El niño se parece a mí, con el cabello rubio y los ojos claros, pero tiene la nariz y la expresión refunfuñona de su madre. Todavía es tan pequeño y frágil que a veces me asusta no poder protegerlo de todos los Snow que todavía hay por el mundo, pero Katniss dice que él estará bien, porque será valiente como su abuelo, y fuerte como su padre. Y espero sinceramente que así sea, porque aún faltan muchas cosas difíciles en su vida.

Por supuesto, le contaremos del viejo Panem.

Katniss y yo hablamos mucho al respecto, y decidimos que algún día no muy lejano le contaremos una historia, no de guerras, serpientes o sinsajos, sino esa chica vestida de blanco que alguna vez fue tan especial. Le contaremos la historia de Madge, quién ha sido la verdadera heroína en todo esto. Tal vez, cuando crezca y esté listo, le contaremos la otra versión de los hechos. Le hablaremos de la revolución, de los bombardeos, la muerte de Madge, de su abuela, de su abuelo y de Peeta. Le hablaremos de la guerra y de los muchos amigos que hemos perdido, de los Juegos del Hambre y porqué han sido tan importantes para su madre y para mí, porque nos permitió conocernos, aliarnos y enamorarnos.

Quizá le contaré también que su papá un día fue un hombre malo, cegado por la gloria y el poder, perdido en la vida, hasta que conoció al Sinsajo y oyó su canto, el rugido de la rebelión, por primera vez.

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N del A:

Reto cumplido, espero.

Gracias por leer!

Su buen vecino,

H.S.