Los días de noviembre estaban llegando a su fin y se sentía en el aire. El viento era más frío y cada vez anochecía antes. Para Lovino, sin embargo, todo era igual, nada había cambiado. Se llevaba bien con las chicas de su clase y con algún que otro chico, pero nada más. No consideraba a ninguno de ellos sus amigos. Ni siquiera a Emma, quien hacía todo lo posible para ser su amiga y empezaba siempre las conversaciones con el italiano.
Aquel día, era un día de lluvia, en el que la ciudad de Madrid estaba bajo alerta naranja. Lovino corría por las calles intentando no llegar tarde a clase, cosa que le pasaba a diario. Estuvo a punto de ser atropellado por resbalarse en medio de la carretera por ir corriendo como un loco. Todo acabó con un retraso de veinte minutos en el instituto, la ropa llena de barro y la respiración agitada durante toda la primera hora. Emma y Lili le echaron miradas de preocupación desde sus asientos cuando el chico llegó, pero éste les hizo un gesto indicando que todo iba bien.
Aquel día no estaba yendo tan bien como los otros (considerando que los otros días habían ido relativamente bien para el joven italiano, quien consideraba 'bien' el no tocar temas personales suyos). En el recreo tuvo que ir a la biblioteca a estudiar a la fuerza, por que tenía un examen bastante importante de historia a última hora, para el que no se había preparado apenas nada del tema. Después de todo, desde que había llegado a España no tenía ilusión por nada, y menos de ponerse a estudiar. No es que no entendiera el español y no pudiese comprender los libros de texto, aunque eso era lo que hacía creer a los profesores.
Durante el recreo Lili no paró de pedirle que le preguntara cosas para comprobar que se sabía la lección. El chico intentaba de no ser borde con la chiquilla, pero no podía evitarlo. Él era así. Más si no tenía un buen día.
Mientras le tomaba la lección a su amiga se le fueron quedando algunos datos, que con un poco de suerte podría recordarlos en el examen. Lo que se mejor se le quedaba eran las fechas.
Las dos horas anteriores al examen estuvo mirando por encima lo que caía en el examen, esperando acordarse, aunque el se decía que le daba realmente igual, pues después de todo la historia se la sudaba bastante.
Esa era la impresión que nuestro joven italiano quería dar, pero quienes realmente le conocían sabían que él no era así.
Al verdadero Lovino le importaban realmente los conocimientos y lo que se aprendía en el instituto. Pero siempre quiso dar la imagen de tipo duro al que todo le daba igual. Ya bastante tenía con los matones que se metían con Feliciano, para que ahora encima se metieran también con él. Por eso nunca decía sus notas cuando sus compañeros de clase le preguntaban. Pero algo le decía que en España no tenía por qué fingir. Que todo era bastante diferente a como era en Italia…
-Quite todo lo que tiene encima de la mesa y deje solo un bolígrafo-La voz del maestro interrumpió su hilo de pensamientos. Miró detrás de éste, para descubrir que toda la clase estaba girada mirándole.
-Eh… ¿Qué? ¿Podría repetir?-Preguntó un poco perdido el chico. Se oyó una risa ahogada proveniente de un chico de una de las primeras filas. Lovino sabía perfectamente quien era. Se llamaba Pedro y le había estado dando la vara desde el primer día de clase. Se odiaban, pero era algo latente solamente.
-Que retire el material que tiene encima de la mesa y deje solamente un bolígrafo- Repitió impacientemente el maestro señalándole su mochila y sus libretas, abiertas casi todas, donde había estado intentando dibujar hacía pocos días. Había dejado de intentarlo. Había borrado todo lo que tenía, decidiendo no pintar ni dibujar nada a no ser que fuese necesario.
-Ah-Lovino agarró la mochila y la echó al suelo pesadamente. Cerró todos sus cuadernos y los metió dentro de la mochila, cogió un bolígrafo y guardó el resto del estuche con las libretas, siguiendo las indicaciones del profesor. Éste le dio el examen y el chico se puso rápidamente a contestar a todas las preguntas.
En menos de tres cuartos de hora, Lovino ya había terminado de escribir, había repasado y estaba listo para entregar el examen. Muy internamente deseaba haber sacado el control con buena nota.
Se levantó lentamente y justo cuando iba a llegar a la mesa del maestro para depositar la hoja del examen, se topó con un bulto a sus pies y cayó al suelo. Intentó parar el golpe con las manos, pero éstas ya las tenía ocupadas sujetando el examen, por lo que se lastimó los codos y las rodillas. Nada más tocar el suelo unas risas estridentes empezaron a oírse por toda la clase.
El italiano levantó la vista del suelo para ver qué le había hecho caer. Sus sospechas fueron acertadas al ver a Pedro descojonándose desde su sitio. La cosa con la que había tropezado era la mochila de aquel idiota.
-¿Estás bien?-Preguntó en medio de las risas a modo de burla. A los demás chicos que se reían con él les pareció gracioso esto último, por lo que hicieron sus risas más fuertes.
Lovino apretó los dientes. Se sentía humillado. Sentía deseos de levantarse y partirle la boca a golpes al niñato cabrón ese. Pero si lo hacía quizás le expulsaran. Respiró lentamente, intentando relajarse, y se puso en pie.
-Sí, gracias por tu preocupación-Dijo mirando fijamente a Pedro-Figlio di putana.
Eso último lo murmuró. Se acercó al maestro, quien no había intervenido para nada en la pelea, y le entregó el examen.
Volvió a su asiento y recogió sus cosas. Echándose la mochila al hombro, dirigió una mirada desdeñosa a sus compañeros y salió del aula dando un portazo.
Empezó a alejarse rápidamente de la clase, corriendo por los pasillos, con la sangre hirviéndole de la rabia. Todo era una mierda. Una gran y absoluta mierda. Todo. El maestro le acababa de dejar claro que le importaba un carajo que le jodieran los demás compañeros de su clase. Que lo único importante era asistir a clase y quitar el material de encima de la mesa y dejar solo un bolígrafo en los exámenes.
Cruzó la verja del instituto y empezó a caminar sin rumbo. Afortunadamente aquel día la mochila apenas le pesaba, así que decidió darse una vuelta para intentar calmarse por las calles de la capital española. La suerte no estaba de su parte aquel día, pues después de haber estado andando poco más de diez minutos empezó a chispear levemente. Lovino decidió no darle mucha importancia en un principio, mientras fruncía el ceño (algo extraño en él. Nótese la ironía).
Las calles a las doce del mediodía era un hervidero de gente, aunque no tanto como en las tardes. O quizás sí. Bah, el caso era que tanta gente agobiaba al chico italiano, quien no se fiaba un pelo de nadie y llevaba bien sujeta la mochila por si alguien le daba por meterle un tirón, aunque tampoco es que fuese a encontrar mucho aparte de libretas y libros escolares.
Sin embargo, cuando iba andando por una de las calles que desembocan en la Puerta del Sol, empezó a llover fuertemente. Lovino se echó la mochila a la cabeza para no mojarse mucho y entró en la boca de metro que lleva de nombre el de la ya mencionada plaza.
Más personas aparte de él habían entrado al mismo lugar a refugiarse de la lluvia, y estaban haciendo un tapón que Lovino sorteo no sin alguna que otra dificultad. Cuando finalmente dejó atrás a la gente, compró un billete en una de las máquinas, pues para el instituto siempre llevaba dinero, bien para sacar fotocopias o bien para comprarse el bocadillo o bolsas de patatas en la cafetería.
Con billete en mano, pasó y entró por las entradas. Se calmó un poco al ver que no había mucha gente que fuese por el mismo camino que él. Ralentizó sus andares y comenzó a oír una melodía de guitarra de bastante agradable. Una pequeña sonrisa empezó a dibujarse en su rostro.
La música era una de las cosas que más le encantaban en el mundo. Además, sentía debilidad por las guitarras, y más por las españolas.
La música de aquella guitarra era suave y agradable. Le transmitió serenidad a Lovino que hacía tiempo que no sentía. Empezó a andar buscando el origen de tan dulce melodía, olvidándose completamente de que tenía ya los zapatos calados de agua y se iba a resfriar.
La sonrisa se le iba ensanchando más hasta que se topó con el dueño de la melodía.
Oh no.
Mierda.
Era el bastardo de la Gran Vía.
Antonio.
Mierda.
El filántropo que le había preguntado por su nombre y en ningún momento había dejado de sonreir. Lovino rezó interiormente para que no notara su presencia, pues había un pequeño corro a su alrededor, y quizás podía pasar desapercibido detrás de ellos.
Sin embargo, Antonio no levantaba la vista de las cuerdas de su instrumento. Sonreía tímidamente, concentrado totalmente en la melodía que estaba tocando. Se encontraba sentado en el suelo en donde se unían varios pasillos, en una esquina, sin molestar realmente a nadie. Una gorra descansaba a sus pies, donde habían monedas de personas que se habían sentido agradecidas a Antonio y su música por, quizás, haberles alegrado el día.
Lovino le miró fijamente desde su 'escondrijo', es decir, detrás del corrillo, que no eran más que una pareja de ancianos, tres chicas bastantes frescas para la época de año en la que estaban, y dos niños acompañados de sus padres.
El ceño del joven italiano comenzó a desfruncirse a medida que Antonio iba tocando el instrumento, hasta quedar finalmente casi sonriendo como un bobo. Cuando se dio cuenta de eso, volvió a fruncir de nuevo el ceño.
Cuando la canción terminó, el corrillo de gente que había estado escuchando aplaudió y algunos de ellos dejaron dinero en la gorra del suelo. Lovino se quedó dudando sobre si debería acercarse a saludarle o no. Lo más seguro era que Antonio se hubiese olvidado de él. Total, ¿quién no podría olvidarle, con lo inútil y patético que debían verle los demás?
Las tres chicas se pusieron a coquetear descaradamente con el español mientras éste guardaba el instrumento en su funda y recogía las monedas que había conseguido aquella mañana, sonriendo a las chicas amablemente, aunque con claras intenciones de no querer entablar ninguna conversación seria con ellas.
Lovino los miró con un regusto ácido en el estómago, sin saber qué podría ser. Solo sabía que deseaba que las tres chicas se fueran y dejasen en paz a Antonio. ¿No veían que estaba cansado? ¿No veían sus ojeras? ¿No veían que no tenía ganas de hablar con nadie y menos con unas chicas como ellas?
Pronto las chicas se dieron cuenta de que Antonio no parecía estar muy interesado en ninguna de ellas y se alejaron. Mientras, el joven español terminaba de guardar bien el instrumento y se ponía en pie.
-Bastardo-Dijo Lovino adelantándose. Sabía que era una locura, que Antonio probablemente no le recordaría ya.
-¡Lovino!-exclamó Antonio regalándole una brillante sonrisa al italiano, quien no pudo evitar enrojecer un poco.
-Te acuerdas de mí-Dijo tímidamente Lovino, mirando al suelo.
-Claro-Afirmó Antonio mientras se colgaba la funda con la guitarra a la espalda. La sonrisa seguía sin desaparecer de su rostro.
-Bueno, esto…-Dijo Lovino mientras se llevaba la mano al bolsillo y buscaba algo-No es por que me haya gustado tu música, claro, si no por que…me gustan las guitarras y su sonido
Sacó la mano del bolsillo y la tendió hacia Antonio. Éste miró con curiosidad la mano del menor y tomó lo que había en su palma. Eran unas monedas que a Lovino le habían sobrado de la compra del tickets. Antonio las recogió de su mano sonriendo más aún.
-¡Muchas gracias!-Dijo guardándose el dinero en los bolsillos de la chaqueta-Nadie me había dado nunca tantas monedas. Eres muy simpát…
-¡Calla, joder, no es nada! Esto es solo por que me gustó tu canción… quiero decir ¡NO! Claro que no me gustó, fue solo que… ¡Agh! Tú solamente acepta el dinero y no digas nada. Te lo iba a echar en la gorra pero la has quitado-se excusó Lovino, dejando ver claramente sus pensamientos, y sonrojándose hasta la raíz del cabello.
-De todas formas, muchas gracias. Vengo todas las mañanas aquí a sacarme un dinero extra, y aparte hago una de las cosas que más me gustan en el mundo: Tocar mi guitarra-Explicó Antonio
-¿Es que no trabajas o qué?-preguntó desdeñoso Lovino.
-Bueno, algo así. Soy estudiante y algunos fines de semana trabajo en el bar de mi tío.
-¿Estudiante?
-Sí. Estoy estudiando Historia en la universidad. Y me gustaría licenciarme en Historia de España.
-Con que eres universitario, ¿eh? ¿Y en qué curso estás?
-En tercero de carrera. Por cierto, ¿Tú a dónde vas? Yo tengo que coger ahora el metro, me bajo en la parada de la universidad.
-Yo…-Lovino no supo qué responder. Se había metido en la boca del metro pero solamente para resguardarse de la lluvia. Y el billete se lo había comprado realmente para no estar con tanta gente, intentando buscar un camino poco transitado. Y sus pasos le habían llevado hasta Antonio. Además, no tenía ni idea de cual era la parada de la universidad, pues apenas conocía la ciudad.
-Tú…-le animó Antonio a seguir.
-Yo, la verdad, no voy a ningún sitio-Antonio le miró extrañado-Quiero decir, he llegado aquí por que comenzó a llover y este era el refugio más cercano.
Antonio soltó una pequeña risa.
-¿y qué piensas hacer ahora?-Cuestionó mirando al menor.
-Supongo que ir a mi casa…-dijo mientras sacaba el mapa del metro de la mochila.
Cuando Antonio vio lo que hacía, alzó una ceja
-¿Eres de Madrid?
Lovino le miró confundido por la pregunta. ¿Cómo había sabido que…? Vale, estaba sujetando el mapa y a punto de buscar donde se encontraba.
-No, me mudé no hace mucho-Respondió mientras llevaba el dedo índice a la parada Sol y buscaba Lavapiés.
-Si quieres te puedo enseñar la ciudad-Dejó caer no muy sutilmente Antonio. Lovino le miró con el ceño fruncido. ¿Por qué querían todos enseñarle Madrid?
-De ti no me fio. Podríamos acabar atropellados de nuevo-Dijo retomando su atención al mapa.
Antonio soltó una sonora carcajada con eso
-No seas exagerado. Si ni siquiera nos atropellaron.
-Pero casi-Respondió el otro con los ojos aún fijos en el trozo de papel.
-Pero bueno, como quieras. A ver si nos volvemos a ver un día de estos, que me tengo que ir. Recuerda: todas las mañanas estoy aquí-Dijo Antonio mientras se comenzaba a alejar.
-¿Es que te saltas clases, bastardo?-Preguntó Lovino mirándole mientras empezaba a doblar el papel.
-No, tengo clases por las tardes-Dijo desapareciendo por uno de los pasillos-¡Adiós!
-Ah-Dijo únicamente el del rizo mientras se frustraba por no poder doblar el mapa. ¿Por qué hacían los mapas de manera que se pudieran abrir fácilmente y luego costara la vida cerrarlos?
-Puto mapa de mierda-Refunfuñaba.
-¿Necesitas ayuda?-Lovino levantó la vista y se sorprendió de ver a Antonio delante suya.
-¿Pero tú no te habías ido, bastardo?-Inquirió mirándole fijamente, aunque interiormente de que hubiese vuelto a ayudarle.
-Me pareció que tenías problemas. ¿Me dejas ayudarte?-preguntó extendiendo una mano hacia el mapa.
-Toma-respondió el italiano entregándole el papel. El español dobló cuidadosamente el mapa, y sin ninguna dificultad. Cuando terminó se lo extendió a Lovino con una amplia sonrisa.
-Aquí tienes.
-Supongo que gracias…-Dijo muy bajito Lovino, cogiendo el mapa y guardándolo en la mochila.
-No hay de qué-Dijo Antonio, quien al parecer le había oído-Ahora si que me voy adiós
Tras eso, se dio la vuelta y se alejó por el mismo pasillo por el que se había ido antes. Lovino sintió algo extraño en el estómago de nuevo. Si tuviera que definirlo, diría que eran como mariposas, pero obviamente él jamás diría que sentía insectos en la barriga, ¡Lo tomarían por un loco!
Comenzó a andar hacia el metro que debía coger y se montó. El trayecto se le pasó rápido escuchando música, mientras sus pensamientos estaban centrados en Antonio. Quizás, a fin de cuentas, no era tan extraño como había pensado en un primero momento. Era una buena persona, y muy simpático. Parecía una persona atenta y educada. Pero las apariencias engañan, se dijo el chico italiano para sí, mientras miraba hacia la ventana, que a causa de la oscuridad, le devolvía su propio reflejo.
Llegó a su parada y bajó sin ninguna prisa, dejando que la gente que sí la tenía le adelantase y él pudiera caminar tranquilamente.
Seguía lloviendo fuertemente, así que, suspirando cogió su mochila y se la puso en la cabeza para evitar mojarse mucho.
Anduvo a paso apresurado hacia su casa, sin correr como había hecho aquella mañana, para evitar resbalarse. En apenas diez minutos había llegado al portal de su bloque. Llevándose la mano a los bolsillos comenzó a buscar las llaves. No estaban ni en el bolsillo izquierdo ni en el derecho…
Se llevó las manos a los bolsillos de la chaqueta, por si las había metido en los bolsillos de ésta, pero nada.
-¡JODER!-Gritó hecho una furia, sin importarle las peatones que se habían girado a mirarle. Le metió un empujón a la metálica puerta, por si, con mucha suerte, estuviese solamente entrecerrada.
Pero tampoco.
Definitivamente, aquel no estaba siendo su día.
Su madre llegaba del trabajo tarde, sobre las siete más o menos. ¿Y qué haría él mientras todas esas horas? Si al menos el día hubiese sido soleado podría haberse dado una vuelta por la gran ciudad, conociendo calles y rincones aun inexplorados. Podría haber ido al retiro o incluso a la Casa de Campo…
De repente, una estúpida idea cruzó su mente. Lovino sabía que ese tipo de gilipollez solamente podría haberla hecho su gemelo, nadie más. Pero todo era demasiado absurdo para Lovino entonces. Que pasaran de su cara en clase, encontrarse con Antonio en el metro tocando una guitarra, que su casa estuviese cerrada.
Sonriendo, no de felicidad, sino de lo sumamente estúpido que pensaba hacer, y se dirigió de nuevo hacia la boca de metro por la que minutos antes había salido.
Seguía escuchando música, pues casi nunca se quitaba los auriculares. La música, por así decirlo, era su droga. Le permitia aislarse del mundo y perderse en sus propios pensamientos. De hecho, la mayoría de las canciones expresaban a la perfección sus estados de ánimo.
Se montó en el metro, sin mirar en que dirección iba, y se sentó en un asiento libre. Se podía decir que tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiese. Y lo que Lovino quería era estar sentado, sin tener que soportar el frío de la calle. Puso su mochila en su delante suya, sobre sus piernas y la abrazó contra sí mientras cerraba los ojos, sintiéndose relajado por primera vez en lo que llevaba de día.
Entonces, sin saber ni el cómo si el por qué, Antonio le vino a la mente. Si, aquel maldito bastardo español de ojos brillantes, que emanaban vitalidad y esa sonrisa que derrochaba felicidad. Aquel que le había sujetado en el la carretera de La Gran Vía y aquel con quien acababa de coincidir hacía menos de una hora.
En un momento así, solo, sin tener a nadie con quien ir, quería estar a su lado. Necesitaba que alguien le subiera la moral, y aquel chico parecía la persona que estaba buscando…
Espera, ¿¡Cómo coño había acabado pensando en ese jodido bastardo!? ¡NO! Ni que fuera una niñita de trece años enamorada.
No.
Él tenía ya los diecisiete desde hacía más de medio año, y, más importante, era hetero. Jamás podría enamorarse de un hombre. Como mucho eso sería algo que podría pasarle a su hermano, no a él.
Además, el nunca podría enamorarse. Estaba seguro de que nadie podría llegar a quererle lo suficiente como el quisiera.
Siempre había sido la sombra de Feliciano, en todo. En su familia, todos preferían a su querido gemelo menor que era mil veces más alegre y simpático que él. Feliciano era todo lo contrario a él. Era, literalmente, el hijo que toda madre desearía tener: era educado, fiel, trabajador, alegre…
Pero a pesar de todo eso, Lovino le quería mucho. No le reprochaba nada, pues él solito se había ganado su reputación de misántropo a pulso: era borde, vago, perezoso…
Feliciano siempre había sido su mitad, su mejor amigo. Él siempre le había entendido, y era quien solía animarle cuando estaba mal. Feliciano siempre había estado completamente ahí para él, pero ahora ya no.
Ahora Lovino estaba solo. Sintió unas terribles ganas de echarse a llorar en medio del metro, pero se contuvo. Odiaba que le viesen llorar en público. Era algo así como mostrarse débil ante los demás, aunque Feliciano le había repetido un porrón de veces que debería mostrar sus sentimientos más frecuentemente y quitarse aquella máscara de indiferencia.
Y así se pasó la tarde el joven italiano, pensando en toda su vida junto a su querido hermano menor. Todo aquel día estuvo depresivo, pero tenía que seguir adelante.
Un nuevo día llegó, un poco menos lluvioso que el anterior. Sobre las cinco de la tarde el joven italiano había decidido volver a su casa, a pesar de que su madre tardaría en volver. A las seis menos había llegado un vecino al portal que le había permitido entrar en el edificio. Lovino e había apoyado en la puerta de su casa y había cerrado los ojos. Se había quedado dormido en seguida, ya sin escuchar música. Su madre le había encontrado dormido y, sorprendida, frunció un poco el ceño. No era la primera vez que a su primogénito le ocurría eso.
El chico no cenó y se fue directo a la cama. Después de haber dormido más de diez horas seguidas, Lovino había preparado sus cosas y había comenzado a mandarle mensajes al móvil de su hermano sobre las seis de la mañana, cansado de tanto dormir.
A las ocho en punto de la mañana había salido de su casa, en dirección al instituto, pero en vez de ir hacia allí, cambió de rumbo y se metió en una boca de metro, sin detenerse mucho a pensar para no echarse atrás en el último momento.
Quizás esto era una estupidez sin sentido, pero de todas formas, quería comprobarlo.
Era una cosa que había decidido ayer, mientras estaba en el metro escuchando música.
Fue directo hacia donde había ido el día anterior y esperó. Notó claramente que estaba enrojeciendo, todo aquello le daba mucha vergüenza, pero era algo que quería y necesitaba.
Se sentó en el suelo a esperar, muriéndose interiormente de vergüenza. Al fin, después de más de diez minutos, le vio aparecer.
Iba vestido casual, iba mirando distraídamente a la gente de alrededor, sonriendo casi imperceptiblemente.
Lovino se levantó rápidamente y se frotó los pantalones para quitarse la posible suciedad del asqueroso suelo.
Repitiéndose que no tenia nada que temer, fijó sus ojos en los del otro, esperando que le vieran.
Cuando éste le vio, sonrió bobamente y fue corriendo, literalmente, hacia el. Estuvo a punto de abrazar al italiano, pero en el último momento se detuvo, quizás le espantaría.
-¡Lovi! ¿ De nuevo por aquí?-Dijo Antonio estúpidamente.
-Sí. Y no me llames así, bastardo-Respondió el aludido cruzándose de brazos y evitando la mirada del español, con la cara completamente colorada.
-Jeje, perdón, no sabía que te molestara. Es un apodo tierno…
-No me gustan los apodos-Cortó Lovino secamente.
El español le miró en silencio perdiendo la sonrisa, un poco decepcionado. Lovino, al ver que quizás la había cagado, se apresuró a calmar el ambiente
-Pero no me importan mucho tampoco-Dijo con un deje de preocupación. No quería que Antonio se molestara con él. Para un chico que le caía bien…
El español retomó la sonrisa, con ganas de abrazar al chico. Cuando se sonrojaba de esa manera se veía tan mono.
-¿Entonces me estás dando permiso para llamarte por un mote? Gracias, Lovi-Dijo feliz y malignamente Antonio.
-¡Yo no he dicho eso!
-Pero se sobreentiende, jeje.
Lovino bufó mirando al suelo, aunque interiormente estaba contento de que le cayera bien a alguien y pudiera bromear con ese alguien.
Antonio pensó que había hecho enfadar al italiano, así que cambió de tema
-Pero dime, ¿Qué haces aquí? ¿Me estabas … esperando?-Preguntó alzando una ceja.
Lovino se sintió enrojecer terriblemente, y apretó lo ojos mientras se debatía entre mentir o no a Antonio.
-Bueno… digamos que he estado pensando en la propuesta que me hiciste el otro día…-Empezó Lovino.
Esto sí que le extrañó al español.
-¿Mi… propuesta?-Preguntó perdido.
-Sí, maldición, tu propuesta sobre ser …amigos-Respondió el menor clavando la mirada en el suelo.
-¡Aaaaah! Esa propuesta-Recordó Antonio.
-Claro, idiota, ¿Qué otra propuesta me has hecho? En fin, el caso es que lo he estado considerando… y he llegado a la conclusión de que no creo que esté tan mal ser amigo tuyo, bastardo-Dijo haciendo algunas pausas el italiano.
-¿¡En serio!? Qué bien, Lovi- Dijo sonriendo Antonio, mirando tiernamente a Lovino, quien se estaba mirando los zapatos y estaba quitándose un padrastro de un pulgar, aparentando fingida indiferencia.
-¿Dónde vives?-Preguntó Lovino
-Por San Blas, ¿Y tú?
-Lavapiés
-Umm…-Dijo pensativo Antonio-Vivimos un poco lejos
-P-pero eso no importa, ¡maldición! Nos podemos ver en el centro. Además, me tienes que enseñar la ciudad, me lo prometiste
Antonio sonrió, recordando que de hecho, el no se lo había prometido, solo lo había propuesto. Pero que el chico aceptara le llenó de entusiasmo.
-Claro que te tengo que enseñar la ciudad. ¡Seguro que te encantará Madrid!
Los dos chicos se cambiaron los móviles y fijaron un día para que se vieran y Antonio le enseñara al italiano la ciudad.
Después de este encuentro, Lovino se fue directo al instituto. No todo iba tan mal en verdad. Solamente que el instituto estaba lleno de cabrones, exceptuando a Lili, Eli y Emma…
Empezó a llevarse mejor con estas tres y a soltarse más hablando, deseando que llegase ya el día en el que había quedado con Antonio...
