DON'T GO HOME WITHOUT ME
IV.
El hogar está donde el corazón duele.
Resulta que Kamui se marcha de vuelta a los negocios fuera de la ley con el Harusame y China no se va con él, sino que alarga su estancia en la Tierra por un periodo indefinido. Ella dice algo así como que Gintoki será un inútil sin ella (no es que no lo sea ya, piensa Sougo) y que, estando lejos, nadie le hará la vida miserable a Shinpachi tampoco.
—Tú también me extrañarías, admítelo, uhm-uh —le dice con socarronería.
—Ni en tus sueños más húmedos, China. Si quisiera, ahora mismo podría deportarte por no tener pasaporte.
El berrinche de ella no se hace esperar y se enfrascan en una batalla de esas que dañan propiedad pública y los huesos del rival.
—No vivirías sin la gran reina Kagura —vuelve a insistir en el tema que inició el pleito, mientras le mete el cañón del paraguas en la boca—. Estás a punto de convertirte en un M y tu gran S seré yo.
Okita ha perdido en su violento sparring y ahora mismo está hecho un asco, empotrado contra un árbol, saboreando los restos de pólvora del paraguas de Kagura. Quiere contestar, pero está a punto de que le entren arcadas. Ella, en cambio, está tan tranquila, juguetona y violenta como siempre, pero sus ojos miran lejos, muy lejos. Tal vez estén mirando al espacio, echándole un vistazo a las galaxias y las constelaciones desde una perspectiva diferente.
Sougo comprende que a Kagura le gusta la Tierra, de verdad que le gusta muchísimo, pero ella ni siquiera cuenta como una terrícola.
Kagura es una amanto, una extranjera.
Quizás algún día sí se marche, cuando nada le ate a ese lugar.
