DON'T GO HOME WITHOUT ME

XI.


El hogar está donde el corazón duele.


Ella está tomando una de esas habituales caminatas y él está de paso, fingiendo que patrulla en medio de la noche las calles de Edo. En realidad está pensando en otras cosas: en los que se fueron y en los que se han quedado.

Han muerto tres de sus subordinados bajo su mando directo en medio de una redada hace cuatro días. Él se ha escapado recién del hospital todavía con las vendas alrededor de su cuerpo y un parche en el ojo izquierdo lastimado. Se siente un poco basura por no haber podido proteger a todos, pero también se siente basura porque ha estado inconsciente hasta el día anterior y no ha podido visitar la tumba de su hermana en su aniversario luctuoso. ¿Cómo pudo perdérselo?

Cuando Kagura lo encuentra a medio camino del cementerio, lo ve caminando con una muleta y sin siquiera un ramo de flores en las manos. Ella le ve roto y deshecho, más emocionalmente que de manera física y se aproxima hacia él junto con su perro. Se miran a los ojos y él tiene ganas de echarla de allí, pero no tiene ganas de estar solo. No sabe siquiera qué es lo que quiere.

La chica Yorozuya se pone a caminar a su lado con el rostro inexpresivo y el silencio más profundo que han compartido jamás. Le sigue incluso cuando entran al cementerio y Okita contempla como ido la tumba de su hermana.

—Ella ya está bien —dice Kagura con voz suave, como aterciopelada.

Okita se permite llorar frente a ella por vez primera.