DON'T GO HOME WITHOUT ME
XV.
El hogar está donde el corazón duele.
Comparten su segunda sesión de besos antes de que ella se vaya al espacio con el calvo de su padre.
Kagura corre apresurada por todo Edo en busca de todo el sukonbu que hay en el país para llevarlo consigo en su viaje. Sabe que fuera del planeta Tierra no lo venden en ningún lugar. Lleva a cuestas un morral verde musgo como de ladronzuelo que está a punto de reventar de tanto que lleva allí adentro, pero ella sigue empeñada en meterle más.
Okita la detiene para molestarla porque eso es lo que se espera de él y lo que le gusta hacer más que nada (miente). Pica el equipaje con su katana desenfundada y, desafortunadamente, apenas y logra que se le caigan algunas cajas.
— No molestes, Sádico — dice ella de buen humor—. No tengo tiempo para jugar contigo. Me voy.
—¿De verdad? ¿Por fin este venerable país te ha deportado?
—Ja. Ya quisieras, uhm. Me voy con papi a patear traseros intergalácticos más interesantes que el tuyo.
— Tu trasero es el único que es aburrido aquí, China. Además de que apesta.
— Eso dices, pero el tuyo se tira más pedos, uhm.
— Eso no puede su posible. Aquí la única que come comida pasada eres tú.
— Cállate y dame todo tu dinero. El que papi me ha dado se ha terminado. ¡Ese sukonbu no se va a comprar solo!
— Primero necesitas ganarlo como la gente decente.
—No seas tacaño. Son mis impuestos después de todo.
—Tú ni siquiera pagas impuestos, cerda.
—Al menos no los robo.
Su pequeña discusión dura otros cinco minutos de estira y estira más hasta que Kagura se harta. Además, es tarde y debería de estar ya en la terminal.
—Nos vemos, Sádico. Tengo que irme.
—Por favor.
Ella sonríe de medio lado, autosuficiente.
—Sé que me vas a extrañar. Lo tienes escrito por toda la cara.
Sougo sabe que no lo tiene escrito por toda la cara, a lo largo de los años ha perfeccionado su gesto inexpresivo, pero también sabe que sí va a hacerlo. Edo ya no será tan ridículamente ruidoso sin ella alrededor.
—Ten buen viaje, China —se ablanda ridículamente, sabiendo que lo está haciendo—. No te mueras mientras estás fuera de mi vista.
—Jamás moriré primero que tú, ja. No te daré esa satisfacción.
Ella se burla sacándole el dedo corazón y él coge una especie de valor temerario antes de acercarse para besarla una, dos, tres, cuatro y cinco veces más como despedida, sin que ella oponga resistencia.
