DON'T GO HOME WITHOUT ME
XIX
El hogar está donde el corazón duele.
Es entre risas huecas, peleas, luces de fiesta y alcohol que pasan su primera noche juntos. Okita no vuelve a decirle que es menor de edad para beber ni para ninguna otra cosa luego de esa noche a pesar de que ella todavía no cruza la línea de los dieciocho.
El momento es similar a aquella noche en el Bar de Anfitrionas donde la vio ebria por primera vez. Ambos están en el mismo lugar y ambos están ligeramente tomados. Seguro no es la mejor premisa para una historia de amor, eso Okita lo tiene claro. Todos parecen tan absurdamente felices por el motivo de la celebración, absurdamente estúpidos y ridículamente borrachos que ellos también se dejan llevar por la atmósfera, los besos a escondidas que intercambian y las caricias subidas de tono que no deberían estar dándose allí.
Nadie se percata de que se marchan con el deseo ardiendo en los ojos apenas Tae Shimura, la principal razón por la que se ha montado todo ese follón (le ha dado el «sí» a Kondo, aunque ese sí es sólo para una relación y no para una inminente boda), pero Kagura apenas y le toma importancia a este hecho. Quizá China esté claramente más borracha que él.
Llegan al motel más cercano con ella riendo y colgándose de su brazo, jalándole los cabellos. Él está apenas aguantando cuando suben las escaleras y ella de improviso le besa en el cuello.
Disfrutan de estar contra el otro piel con piel nada más entrar a la habitación. Él sabe perfectamente qué hacer, ella también parece conocerlo.
Acaban cansados en la cama, desnudos, dándose la espalda al otro. No pueden ser más de las tres de la mañana, pero Okita no puede estar seguro. No hay un solo jodido reloj ahí.
La luz está apagada, los minutos pasan y sólo sus respiraciones calmadas suenan allí adentro. Sougo casi echa de menos el tic tac constante del reloj de su habitación.
Está inquieto.
Quizás no debió enredarse con ella de esa forma.
Acababan de cruzar otra línea sin darse razones primero. Con otra chica, con cualquiera, podría estar bien, pero con Kagura... ¿con Kagura debería ser cuidadoso? ¿O es que sólo debería ser cuidadoso con sus propios sentimientos? Esos sentimientos de los que no había hablado con nadie, ni siquiera con sigo mismo ya.
Kagura se levanta primero, sorprendiéndolo porque él creía que ella ya estaba durmiendo. La ve estirarse como un gato en medio de la habitación iluminada a medias con las luces de la calle y luego buscar su ropa interior por el suelo con poco atino. Okita intenta leer sus expresiones, pero no puede; las sombras le desdibujan el rostro y lo convierten en muecas sin respuesta a su pregunta en la quietud. ¿Ha sido un error? Hace un rato no lo era. ¿Le ha dado igual? Un vacío se hace en su estómago y se revuelve incómodo en la sábana sin entender el por qué. Se levanta para ignorar las preguntas que martillean su cabeza y enciende la luz en un acto que se puede considerar casi violento.
Ella está a medio ponerse las bragas cuando él la atrapa con la luz encendida y movimientos silenciosos. Le mira un segundo y luego otro con la mirada desconcertada, como si no comprendiera su presencia en la habitación ni por qué está parado, desnudo frente a ella, con la mano todavía en el interruptor, mirándola directo.
—No necesitas escabullirte en la oscuridad como una ladrona, China. Ya he pagado —le dice Sougo y ella abre la boca, pero no pronuncia ningún sonido porque él la corta y porque tampoco parece encontrar las palabras adecuadas para decir—. Iré a bañarme. Puedes terminar de vestirte en privado.
Le da la espalda y no espera a verla irse ni a escucharla cerrar la puerta. Simplemente la abandona y deja que el agua fría de la ducha despeje sus pensamientos turbulentos.
