¡Buenas! :D ¿Cómo han estado?
Primero que nada, muchísimas gracias por los comentarios del anterior capítulo. Me han sido de inspiración para traerles la continuación :3
Espero que les guste.
Besitos~
Aclaraciones:
Para mi querida Bau (LaBauhaus), que me ha retado a escribir éste pequeño trabajo bajo las siguientes características:
Pairing: MIMATO
Características: Todos los digielegidos están en una fiesta (puede ser de algún casamiento o algo por el estilo), los quiero a TODOS bien rotos, bien en cualquiera (hasta a Jou y Kou y Sora, nada de responsables que cuidan al resto), algunos hasta pueden están drogados, están de fiesta alegre. Sin saber cómo, Mimi y Yamato terminan solos por su cuenta y terminan en más cualquiera (if you know what I mean)
Género: Hazlo como quieras.
Guía Narrativa:
Sucesos del presente.
Flashback.
―Diálogos.
«Énfasis».
Disclaimer: Digimon ni sus personajes me pertenecen.
Summary: ¿Sabes lo que dicen cuando pierdes algo? Que lo mejor es hacer memoria de ello, un recuento de pasos hasta hallarlo. Ya sabes, como si caminaras en reversa. La verdadera pregunta era ¿se puede aplicar la misma regla cuando despiertas al lado de tu amiga tras una borrachera y no sabes cómo acabaron así? / Reto para LaBauhaus :3
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Capítulo 2:
«No hay peor ciego que el que no quiere ver»
21 de Junio – 21:00 hs.
Todos parecían apoyar la iniciativa con sus palmas, teniendo un mismo centro que era Takeru arrodillado siendo el medio entre dos sillas enfrentadas: en una de ellas (la derecha) iba sentada su esposa, Hikari, con un sonrojo de aquellos que tomaba posesión de su bonito rostro; su vestido, pulcramente blanco, estaba fruncido hacia arriba, dejando a la vista su pierna izquierda ligeramente levantada y cuyo taco interceptaba con la de su vecina.
En la silla frente a Hikari, se encontraba Sora con la misma posición de Hikari, donde ambos pies en tacones se contraponían. La pelirroja estaba con el sonrojo a flor de piel, pero más bien por las miradas ceñudas que le dirigía su esposo desde el gentío.
Mimi sonrió ampliamente, sujetando con fuerza el micrófono que se le fue acreditado para masacrar a los recién casados.
―Éste juego es uno muy típico en Occidente, comúnmente se lo llama «el juego de la liga» ―Las personas parecían entretenidas con el show montado y alentaban a ello, principalmente por los rostros de suplicio que tenían Hikari y Takeru―. Es algo sencillo: Takeru tendrá que pasar las diez ligas blancas que Hikari tiene en el muslo hasta las diez distintas invitadas que tomarán lugar frente a ella…, con los dientes.
―¿Es tan necesario? ―Preguntó Takeru entre risas, intentando no llorar por las miradas asesinas que le dedicaba Taichi.
Ya era bastante culpabilizado por el Yagami de haberle robado a su pequeña hermanita, pero que ahora tenga que subirle una liga a la esposa de éste...
―Oh, por supuesto. Soy la organizadora y madrina de bodas ―Guiñó con coquetería―. Es solo un recordatorio: ésta será la última vez que veas tan de cerca las piernas de otras chicas.
Las carcajadas no se hicieron esperar y con una cuenta regresiva que iba de cinco a cero, Takeru acercó sus dientes hasta la fina liga que llevaba su esposa en el medio muslo, deslizándolo contra la piel de ésta, siguiendo el camino que su fina pierna le dedicaba. Los gritos y risas parecían superar a «Back in Black» que sonaba de fondo, ambientando la escena.
Llegado al pie de Hikari, Takeru tuvo que ir moviendo la liga para que pase de éste al de Sora, sin emplear la ayuda de sus manos. Comenzó a subir por la pierna de su concuñada y podía leerse todas las ganas que tenía de volverse invisible en éstos momentos. Llegó hasta la rodilla y se puso de pié incapaz de continuar con aquella tortura. Miró a Hikari y la vio riendo divertida.
―Oh, qué cobarde ―Dijo Mimi con gracia.
Sora se paró de la silla y dio lugar a otra amiga muy cercana de Hikari: Miyako. La misma temática, las mismas ganas de morir por parte de Takeru. Ken, a diferencia de Taichi, no tenía miradas asesinas dirigidas hacia su amigo, pero su sonrisa falsa podía enseñar lo poco que disfrutaba de eso.
Las jóvenes amigas de Hikari fueron pasando después y la gracia no hizo más que aumentar en el lugar. Mimi miraba divertida el salón, consciente de que sus juegos dieron un resultado positivo.
―Eres cruel, ¿te lo han dicho? ―Escuchó a Yamato junto a ella y eso la hizo reír.
―Oh, vamos que también te diviertes. Puedo verlo ―Puntualizó ella al mirarlo a los ojos y ver la sonrisa en él. Era grato el apreciar a su pequeño hermano con el sonrojo llameante en su rostro mientras es torturado por la risa de su esposa, alentándolo a continuar.
―Sólo puedo decir que no pienso contratarte en mi boda.
―Yama, el que pienses que te casarás me conmueve ―Dijo ella, sobándole el hombro y haciendo énfasis en sus palabras. Él rodó los ojos ante la carcajada de su amiga, pero eso no era suficiente para él.
Faltaba una última chica para que las diez ligas sean puestas; fue cuando Yamato tomó la posta y nombró a Mimi para ser la última mujer que cerrara el juego. Todos alentaron la idea y ya tenían a Mimi sentada frente a Hikari, levantando su vestido al punto necesario y permitir que su pierna se encuentre con la de la novia.
Mimi fulminó con la mirada a un sonriente Yamato.
22 de Junio - 12:35 hs.
Cuando Mimi llegó hasta el pequeño cuarto que le había indicado Miyako, vio a Yamato entre algunas cajas, de seguro buscando también sus pertenencias olvidadas. Sus miradas se encontraron y aunque Mimi trató de dedicarle una pequeña sonrisa a modo de saludo, él pasó de ella, regresando su atención a las cajas. La sorpresa de verse ignorada vilmente por su amigo le pegó y muy duro, olvidándose de penas o vergüenzas, caminó con determinación hasta donde estaba él para simular su búsqueda.
―Al parecer, no soy la única que extravió sus cosas ―Dijo Mimi, metiendo las manos en una caja por encima de la que Yamato estaba buscando. Lo escuchó suspirar con fastidio y no sabía si eso le dolía o seguían siendo los efectos secundarios de la borrachera.
―No tengo ánimos de hablar, Mimi ―Fue todo lo que dijo él, sin siquiera dedicarle mirada alguna.
Mimi lo escrutó con los ojos. ¿Por qué la estaba tratando así?
―¿Pero qué te sucede...?
―Lo digo de verdad ―Dijo Yamato y en su voz se leyó la molestia clara. Ella se hizo a un lado cuando él se puso de pie y la miró a los ojos, enfatizando lo que sus palabras decían―. Eres la última persona con la que deseo hablar en éstos momentos. Si no quieres que te diga nada, mejor déjame en paz.
Ella quedó helada en su sitio, no pudiendo creer que Yamato le esté hablando de esa manera tan poco común. Pero lo que menos podía creer es que estuviese tan molesto con ella. Frunció el ceño, también harta de esa situación y tomó la muñeca de Yamato cuando éste pensaba retirarse de allí. Él se volvió a verla entonces.
―Lamento que entre todas las personas con las que hubieses terminado acostándote sea conmigo; tampoco lo he planeado, pero ¿podrías tener la gentileza de no mirarme como si fuera la última escoria del planeta? Ya tengo suficiente con saber que le fui infiel a mi novio; ahórrame el trabajo, ¿quieres?
Él negó con una sonrisa irónica, soltándose de su agarre con un poco más de fuerza de la que ella esperó.
―No eres la más indicada para pedirme eso.
―¡¿Cuál es tu problema?! ―Inquirió con desesperación.
Él calló un momento, sin apartar sus ojos de los de ella, intentando dar con algo que para Mimi era desconocido.
―Dime algo Mimi... ―Comenzó diciendo Yamato―, ¿recuerdas algo de lo de ayer? ¿recuerdas haber hecho algo para que acabemos los dos juntos?
Mimi se sorprendió por aquella pregunta, pero no vaciló ante él.
―Sólo soy consciente de haber bebido y bailado mucho. Ya te dije que no he planeado...
―¿Recuerdas haber inhalado marihuana? ―La pregunta le supo a un recuerdo, a una sensación y a varios colores. Lo pareció pensar y eso fue suficiente para él, dando todo por sentado para marcharse; mas Mimi volvió a detenerlo.
―Puede que recuerde algo..., pero ¿qué ocurre con eso?
―¡¿Qué qué ocurre con eso?! ―Volvió a preguntar, realzando su hastío― ¿Eres consciente de que me diste droga ayer? ¡Mimi, por favor, ya no tenemos dieciocho años!
Ella lo miró con sorpresa, incrédula por estar oyendo sus acusaciones. Él ya no tenía nada qué decir después de eso.
―Yamato ―Llamó ella sin recibir mayor respuesta que su espalda. Molesta, apretó los puños con fuerza―. ¡No te vayas como si yo te hubiese obligado a algo! ―La voz de Mimi detuvo sus pasos e hizo que la mirase― Estábamos borrachos, no te lo di contra tu voluntad.
―Mimi, no...
―¿Me dirás lo contrario? ―Ella se cruzó de brazos, retándole a que lo hiciera. Dijera lo que dijera, Yamato sabía que ella tenía razón; mas no estaba listo a darle el punto, ni ahora ni después.
―Como sea, estoy algo apurado ―Fue todo lo que dijo para salir de allí. A Mimi le pareció una pequeña victoria, pero aún había demasiadas confusiones entre ellos que necesitaban aclarar.
22 de Junio - 00:12 hs.
Ver a todos bailando al son de las pegadizas melodías, era emocionante. Le gustaba ver cuan animado estaba el ambiente de diversión mezclada con alcohol y alegría.
Giró sobre sus tacones altos cuando Koushiro le dio la vuelta. Rio con ganas a pesar de que su compañero era demasiado tieso, la bebida le había ablandado unos cuantos músculos. Cuando se dio cuenta, su mirada se encontró con la de Yamato sentado en una de las mesas, siendo cubierto por la penumbra que dejaban las luces de la discoteca moviéndose con ganas entre las personas. Se acercó a Koushiro y susurrándole algo al oído, dirigió sus pasos hasta el rubio solitario de la mesa en penumbras.
Él sonrió al verla y ella se cruzó de brazos, intentando mantener un semblante de fingida molestia.
―Podrás correr, pero no podrás esconderte ―Yamato intentó disuadirla, pero ella ya lo tomó de la muñeca y jaló de él con una fuerza de la que Yamato era ignorante.
Se ubicaron entre las personas y ella hizo que las manos de Yamato viajaran hasta su pequeña cintura. Los orbes azules del rubio bajaron al piso, buscando de alguna manera, guiar a sus dos pies izquierdos. La escuchó reír y entonces sintió al índice de Mimi contra su mentón, elevándolo hasta donde sus ojos hiciesen contacto.
―Deja que tu sensei te guíe... ―Él contuvo una risa con la que ella no se molestó.
―Si lo permitiese, acabaría mal parado.
Mimi le sacó la lengua y acomodó sus manos sobre los hombros de su amigo, llevando el compás y guiándolo. Al principio, lo sentía trastabillar e intentaba no reír; mas sólo faltó unos cuantos compases para que Yamato se acostumbrara a su ritmo.
Una melodía lenta los sorprendió y eso la hizo suspirar de alivio. Pedirle a Yamato que se moviera con un rock n' roll o algún swing, era despedirse de sus propios pies.
―No lo haces tan mal ―Elogió Mimi. Él intentaba no mirar sus pies, aunque pareciese un trabajo sencillo al hallar los orbes castaños de Mimi―. Necesitas un poco de aceite y listo.
―Creo que ya bebí lo suficiente... ―Amonestó, pero Mimi río para señalarle a sus espaldas.
―Mira a Kou-chan ―Indicó y así lo hizo él, hallando a su pelirrojo amigo bailando como podía con una joven invitada. Yamato sonrió y volvió su vista a Mimi.
―No hace falta decir que tú tuviste algo que ver con eso.
―Ya te lo dije: deja de subestimarme ―Hizo un gesto a uno de los mozos y llegó a ellos con una bandeja con vasos anchos de whisky―. Ahora, bebe conmigo.
Él dudó sólo un segundo, porque algo muy dentro suyo (llámenle alcohol o como quieran) le instaba a seguir a Mimi. Tomó el vaso de boca ancha y con Mimi brindaron sin decir nada, concretando la salud con una profunda bebida.
La escuchó chillar ante el fuerte sabor del líquido. Él se aferró con mayor fuerza a su cintura, también agonizando de placer con el fuerte sabor.
―¿Por qué siempre consigues lo que quieres? ―Susurró Yamato a Mimi, sin darse cuenta que su frente estaba apoyada contra la de ella.
Ella no disimuló su sonrisa y sus ojos no se guardaron el brillo que él encendía.
―Es un don... ―Respondió con el mismo tono, aspirando su aroma y mezclándose con él. Se hundió en los mares oscuros que el tenía por ojos; mientras él se perdía en los bosques otoñales desde donde ella lo miraba.
22 de Junio - 15:19 hs.
―¡Ánimo! ¡Muevan esos bebés! ―La voz de Taichi lo recibió cuando Yamato entró al gimnasio del hotel, encontrándose con la imagen de su amigo moreno junto con Jyou Kido y Koushiro Izumi, los tres en las caminadoras trotando ―más bien era Taichi trotando mientras sus dos acompañantes intentaban no perder el equilibrio bajo una caminata rápida―; Tai sonrió al verlo y le hizo un gesto con la mano para que se les uniera.
No sabía qué le molestaba más: si el alboroto que implicaban los ruidos de las pesas y aparatos en conjunto, o ver a su mejor amigo trotando a una velocidad considerable, teniendo en cuenta la borrachera que todo el mundo se había dado la noche anterior. Molesto, caminó hasta él y tan ofuscado en sus pensamientos, no se dio cuenta de una máquina para abdominales que acabó por hacerlo tropezar sin echarlo. Maldijo en voz alta y pasó de él hasta ir hasta donde el Yagami y activar la otra caminadora.
―Ey, ¿que te ha hecho le pequeño? ―Bromeó Taichi al verlo tan molesto. Yamato pasó de él para comenzar a correr sobre la cinta. Taichi le sostuvo la mirada un momento, pero continuó con su vista al frente.
―¿Cómo mierda le haces para trotar después de haber bebido tanto? ―Cuestionó Yamato, recibiendo una amplia sonrisa como respuesta.
―¿Cómo no hacerlo con Sora compartiendo la misma cama? Viejo, ella sabe cómo hacerle pasar la resaca a uno ―Miró a su amigo y sólo recibió un gesto de desagrado ante su comentario―. Oh, por favor. No es nada del otro mundo que tu esposa te haga...
―¡Suficiente, gracias! ―Cortó Yamato, rojo de cólera y vergüenza―. Prefiero no hacerme a la idea de ustedes... «Así».
Taichi rió con ganas, echando la cabeza atrás, casi perdiendo el equilibro al correr.
―Por el amor de..., ¡dilo por su nombre, Yama! ¡Sexo! ―La mirada de los presentes en el gimnasio viajaron hacia ellos con curiosidad y algunos, con gestos de desagrado. Yamato lo fulminó con la mirada.
―Maldita sea...; a veces no sé quién es peor, tú o... ―Sus palabras flotaron en el aire cuando un deja vu lo asaltó. Algunos sucesos más galoparon en su mente y aunque no eran demasiado, había comenzado a formar una secuencia de hechos.
Sus tres amigos lo miraban con una ceja enarcada, esperando por saber qué tipo de iluminación le llegó.
―Entonces ―Yamato miró a Jyou, hablando―, ¿sigues sin recordar nada?
El Ishida se encogió de hombros y negó. Tai suspiró, concentrándose en mirar un póster de «The Expendables» que motivaba a muchos a continuar ejercitándose.
―¿Sabes lo que dicen cuando pierdes algo? ―Preguntó Taichi. Yamato negó simplemente― Que lo mejor es hacer memoria de ello, un recuento de pasos hasta hallarlo. Ya sabes, como si caminaras en reversa.
En cualquier otra circunstancia, no le daría crédito al Yagami, pero no perdía lógica lo que le estaba diciendo. Bajó la vista a sus piernas, moviéndose con agilidad a su propio ritmo. La verdadera pregunta era «¿Se puede aplicar la misma regla cuando despiertas al lado de tu amiga tras una borrachera y no sabes cómo acabaron así?».
―Es verdad ―Apoyó Koushiro, mirando con la misma sorpresa que sus otros dos amigos al repentino golpe de sabiduría que sufrió Taichi―. Sería como rebobinar hechos: caminar sobre tus propias huellas.
Asintió a las palabras de Koushiro y continuó con su vista al frente, preguntándose si era imperativo que recordara los hechos pasados. Es decir, ¿qué ganaba con eso? ¿Sentirse mejor? Por supuesto que no. Se sentía como la peor persona del planeta.
Aún tenía en la cabeza las palabras de Mimi. Ella no lo obligó a fumar marihuana, pero él no quería darle la razón. ¿Por qué? Si era consciente de que era cierto: ella no lo obligó. Fue la efusividad del alcohol.
Él buscaba culparla a ella de todo. Era más sencillo, por supuesto. No estaba listo para afrontar las revelaciones al respecto; sus propias revelaciones. ¿De verdad se sentía culpable por acostarse con Mimi?
Negó con la cabeza. Aquella respuesta le haría confundirse mucho más de lo que ya estaba.
―¿Todo en orden? ―Preguntó Jyou al verlo tan metido en sí mismo.
Yamato detuvo la caminadora y bajó de ésta luego.
―Si, gracias ―Sin otra cosa por decir, salió de allí, dejando en sus amigos muchas interrogantes.
22 de Junio - 01:45 hs.
―¿Segura que no encuentras tus llaves? ―Volvió a preguntar Miyako, recibiendo una negativa por parte de Mimi. Yamato sostenía el cuerpo de la castaña que ya no estaba en condiciones de hacerlo por sí misma―. Oh, rayos...
―Podemos darle una nueva habitación por ésta noche ―Ofreció Ken con una sonrisa apenada al ver el estado de Mimi―. Los empleados de la limpieza ya tienen bastantes horas de haberse retirado; ellos son los que cuentan con llave maestra; así que lo mejor será pedir una habitación nueva por ésta noche.
―¡Quiero una suit! ―Dijo Mimi entre risas, consiguiendo que todos esbozaran una sonrisa con ella. A pesar de la borrachera, Mimi seguía siendo Mimi. Ken miró a Yamato―. Te daré la llave, si te parece llevarla hasta el cuarto.
―Por supuesto. Gracias, Ken, Miyako ―Dijo el rubio mirando a sus amigos.
Tomó a Mimi en brazos y con la llave en mano, se dirigió hasta el elevador. La joven mujer se acomodó en su pecho, exhalando un suspiro de alivio al saberse protegida. Yamato la miró con ternura. Parecía una niña... Bueno, si las niñas estuviesen borrachas.
―¿Te das cuenta, Yama...? ―Dijo Mimi mientras aguardaban a que el elevador les llevase al piso correspondiente al nuevo cuarto de Mimi―. Estás sonriendo... Soy la mejor, ¿no?
Yamato no borró su sonrisa. Al igual que Mimi, él también estaba bastante entonado por el alcohol que consumió, pero aún así, podía mantener el equilibrio con algo de decencia. Con las palabras de su castaña amiga, sólo negó divertido, recibiendo el índice de la joven picándole la mejilla.
―Admítelo...
―Ya llegamos ―Fue todo lo que dijo una vez se abrieron las puertas de la cabina.
Caminó por el pasillo largo, recordando el número de habitación que le indicó el Ichijouji. Como pudo, introdujo la llave abrió la puerta, ingresando con Mimi.
―Vaya, Señor Tachikawa, eligió una preciosa suit...
―¿Señor Tachikawa? ―Preguntó Yamato sin disimular la gracia de oírla hablando tan cantarinamente― ¿No sería mejor llamarte a ti "Señora Ishida"?
Él la condujo hasta la cama y la depositó con cuidado de no caer sobre ella, porque el equilibrio comenzaba a fallarle.
―¿Aceptarías que fuese tu esposa? ―Preguntó Mimi desde la cama, mirándole como una niña ilusionada.
Yamato colocó sus manos a horcajadas de la cabeza de su amiga, mirándola a los ojos, delineando cada detalle en su bello rostro.
―Por supuesto... ―Por un momento, ambos dejaron que sus ojos hablaran por ellos. Yamato no era la personificación de la sobriedad; lo sabía porque sólo podía pensar en que quería besarla hasta perder el conocimiento―; cerraré la puerta y te dejaré dormir ―Anunció él.
Caminó hasta la puerta, pero escuchó a Mimi tosiendo. Se volvió hacia ella para verla con el rostro demasiado pálido y la garganta subiendo y bajando. Yamato conocía aquellos signos, así que tomó con prisa a Mimi para llevarla hasta el baño, tomó su cabello y a penas levantó la tapa del inodoro, Mimi comenzó a vomitar todo lo que podía.
La escuchaba toser y las lágrimas caían de sus ojos. Él sólo podía sostener su cabello y darle caricias a su espalda, dándole firmeza con su tacto y sus palabras. Las ganas de vomitar también le asaltó, pero prefirió sólo concentrarse en los tonos castaños que tenía entre sus manos.
Cuando Mimi terminó de echarlo todo, se recompuso. Yamato la llevó hasta el lavabo y quitó del compartimento del espejo un cepillo desechable para tenderselo a Mimi y ponerle pasta dental. Haber sido adolescente era conocer los remedios de una borrachera y uno de ellos era el cambiar el sabor que el vómito dejaba.
―Gracias ―Susurró Mimi, mirándolo con una pequeña sonrisa―, Señor Ishida.
Él sonrió y juntó con cuidado el cabello de Mimi, haciendo un moño de éste, sujetándolo con una goma que encontró en el botiquín de belleza que contaba el compartimento del baño.
―Es un placer, Señora Ishida ―Respondió con algo de vergüenza, notorio en el sonrojo que cubría sus mejillas, mucho más allá de los efectos del alcohol.
Ella rió y poniéndose de puntillas, dirigió su rostro al de él. En una idea de recibir sus labios, Yamato cerró los ojos pero sólo sintió un delicado beso en la punta de su mentón. Abrió los ojos y vio la sonrisa traviesa de Mimi.
―¿Quieres hacer algo divertido? ―Preguntó ella y la sonrisa se formó en él.
22 de Junio - 17:21 hs.
Al ver cuan alto subió la pelota de playa, Mimi se echó hacia atrás con toda la fuerza que tenía y así golpearla para hacerla subir nuevamente hacia Miyako, su compañera de equipo. La de hebras violaceas recibió a la esfera de plástico para que un golpe certero le continuara su esposo. La pelota cruzó la red y Sora la recibió con la seguridad que implicaba ser una deportista nata, por supuesto, el tener al agua bloqueando los movimientos de sus cuerpos hacía más interesante el juego de Volley Ball de agua.
Los aplausos y gritos, apoyando a los dos equipos enfrentados, se hacía oír con ganas en todo el predio de la piscina, e incluso más allá de ella, porque Yamato iba camino al elevador que lo llevaría al piso de su cuarto, mas al oír el alboroto, se acercó al vidrio translucido y sonrió sin caer en cuenta de ello, contagiado por las risas de sus amigos.
Sora lo vio y levantó la mano a modo de llamarlo para entrar. No pensaba hacerlo, por supuesto, pero cuando la insistencia se reprodujo en todos los presentes en la piscina, comenzó a vacilar.
―Déjenlo ―Dijo Mimi con una sonrisa confiada―. No quiere hacer el ridículo.
Si fuese cualquier otra persona quien le haya dirigido aquellas palabras, no le importaría. No era fácil de provocar, decía. Pero al ver la sonrisa socarrona en Mimi con claras ganas de echarle en cara las cosas y pasar de él, un «click» dentro suyo hizo contacto y ya estaba caminando rumbo a la piscina, quitándose la playera para doblarla pulcramente, dejándola sobre una de las sillas para tomar sol.
Los silbidos, principalmente evocados por Daisuke y Taichi se hicieron oír, aumentando en las demás personas al verlo meterse a la piscina. Yamato miró a Mimi y en silencio se declararon la guerra con los ojos.
El Ishida formó parte del equipo de Sora, Taichi, Daisuke e Iori, rivales deportivos del equipo de Ken, Miyako, Mimi, Jyou y Koushiro. Con Yamato completaban los cinco miembros, así que el juego dio inicio.
La pelota saltaba de un punto a otro, con golpes combinados y pases magistrales. El marcador fue dándole la ventaja al equipo de Ken, aunque había que ser realistas: con Yamato en el equipo contrario, la puntuación de su equipo comenzó a subir, faltando unos míseros puntos para alcanzar al adversario.
La última ronda llegó y con ella se declararía al ganador. Todos estaban inmersos en ganar ―salvo Koushiro y Jyou, quienes estaban allí por presión de Miyako y Mimi―; Sora, Taichi, Daisuke y Yamato tenían la misma determinación, sin contar con Iori, quien sólo quería jugar pacíficamente, claro que eso estaba lejos de volverse realidad al ver el fuego llameante en los ojos de sus amigos.
―Los perdedores comprarán bebidas para todos ―Anunció Mimi con la pelota en su mano izquierda, mientras la otra aguardaba a golpearla con todas sus fuerzas.
―Me gustan las bebidas con menta, Tachikawa ―Torció Yamato una sonrisa que Mimi correspondió con un golpe eficiente y duro, viendo como la pelota se elevaba por los aires para ser combinado por Ken y luego por Miyako.
Sora y Yamato avanzaron hacia la red y bloquearon el paso del balón, regresándole el punto al equipo contrario. Koushiro se estiró todo lo que pudo y logró salvar la pelota, volviéndola a tirar a Miyako mientras él mismo acababa hundiéndose, sin gracia alguna, en el agua.
La batalla estaba reñida. Nadie parecía aflojar la correa y todos estaban dispuestos a ganar el encuentro. Los últimos minutos se debatieron con el nombre ganador en sus segundos, mientras todos daban sus mejores pases para conseguirlo. Mimi saltó todo lo que pudo contra la red, porque la pelota había conseguido no pasar y necesitaban de un último empujón para ganarle el punto.
Todo pasó tan lento ante los ojos del Ishida. Ya tenía asegurada su victoria por encima de la de Mimi. Sólo necesitaba darle un contra-golpe a la pelota, lanzarla al campo donde nadie protegía y la victoria sería suya. Todo estaba listo, pero fue cuando todo se arruinó para él.
Quizá fue el destino, quizá fue la suerte, quizá fue alguna deidad en la que él no creía, pero algo tuvo que haberlo hecho en esos segundos decisivos.
Con Mimi saltando a la altura de la red, su pecho chocó contra ésta y el sostén de su bikini acabó enganchándose con algo en la red, no sabría decirlo con exactitud. Sólo sabía que su cuerpo se movió por sí sólo y en lugar de salvar el juego de su equipo, acabó salvando los senos de Mimi.
Su salto cruzó por debajo de la red y fue hacia ella, atrayéndola hacia él, haciendo chocar los pechos desnudos de la Tachikawa contra el suyo propio. Sus brazos rodearon su espalda y su respiración agitada interceptaba contra el cuello húmedo de la castaña, quien mantenía la misma celeridad en su pulso.
Mimi se abrazó a él y la sintió temblar, mas al oír la risa de ésta, él dejó escapar un suspiro.
Los alaridos de victoria por parte de Miyako y los berrinches dados entre Sora y Daisuke les hizo ser conscientes de que nadie más notó aquella grata hazaña.
―Sé un buen perdedor y pásame mi sosten ―Dijo Mimi en su oído, llenándolo de una electricidad que recorrió su cuerpo, concentrándose principalmente, en donde los pezones de Mimi interceptaban.
22 de Junio - 02:07 hs.
El humo se expandía y subía sin un orden claro, sólo se elevaba como arte, con ritmo propio y con una belleza singular. Ella rió mientras intentaba agarrar las motas de humo, girando sobre sus pies descalzos.
Él la miraba con ojos somnolientos, divirtiéndose con su figura jugando con aquello que ella veía fascinada. Exhaló más humo de su boca y dejó caer la cabeza hacia atrás, chocando con las barandas del balcón que los protegía. Observó el cielo y la mata oscura con pequeñas y centellantes estrellas le sabían tan lejanas y a la vez, tan próximas. Estiró una mano y juraría haber tomado una de ellas. Sonrió divertido, riéndose por lo bajo, como si le acabaran de contar un chiste. Estrujó entre sus dedos la pequeña estrella y supo que la del chiste era ella.
Mimi se dejó caer sobre sus rodillas, muy cerca de él, acercando su oído a su pecho. La escuchó suspirar y reír entre ellos. Ella se sentó entonces sobre las piernas de Yamato y comenzó a hacer círculos con su índice sobre el abdomen de éste. El vestido rosa de Mimi le comenzaba a parecer hecho de mariposas con ese tono agraciado y dulce. Quería acariciar la tela, pero no quería espantar a las mariposas. Temía que dejaran desnuda a Mimi.
Sonrió de sus propios pensamientos. Porque le gustaría verla sin nada.
―Tienes una sonrisa muy linda, Yama-tan... ―Susurró Mimi sin dejar de mover su índice contra su camisa. Le gustaba ver circular la uña de Mimi, pulcramente pintado en un rosa fuerte con lindas flores que parecían querer salir de allí y crecer hasta llegar al cielo. Él se lo permitiría. Él le permitiría todo a Mimi―. Sonríe para mí, cariño...
Él lo hizo, sin pretenderlo. Sólo lo hacía porque ver a Mimi le provocaba sonreír. Dio otra calada al pequeño cigarrillo de hierba y exhaló el humo como lo venía haciendo desde hace un buen rato.
―Me encanta como creas ángeles con los labios... ―Dijo Mimi, enderezándose mejor y subiendo un poco más por él. Yamato la tenía tan cerca y el debate era mirarla a ella o a las estrellas parlantes del cielo.
Rió por lo bajo, escuchando las palabras de las estrellas. Eran finas y lejanas, pronunciando un "bésala" con ganas.
―Las estrellas quieren que te bese... ―Dijo Yamato y ella sonrió, acercándose más a él.
―¿Piensas dejarlas con las ganas?
―No, nunca... ―Y dejó caer el cigarrillo al suelo, tomando el rostro de Mimi con sus manos, acercándole a él. Besó sus labios con más fuerza de la necesaria, chocaron los dientes y ambos rieron como niños. La posición no les ayudaba. Siendo consciente de eso, se recostó mejor contra las barandas del balcón y atrajo nuevamente a Mimi. Ella se aferró a su cuello, paseó sus manos por su pecho y gimió en su boca. Había tanto por descubrir en ella y la idea de espantar las mariposas de su vestido, le sabían cada vez mejor.
22 de Junio - 19:27 hs.
―Que te quedes quieto ―Renegó Mimi con hastío, intentando poner la loción de aloe vera en la piel rojiza de Yamato, sin que éste le de un trabajo sencillo.
―¡Que arde, mujer! ―Se quejó y Mimi ya no sabía cuántas veces lo ha hecho ya desde que se ofreció a ponerle crema refrescante sobre su espalda chamuscada.
―Deja de quejarte. No puedo ponértela si sigues moviéndote así, tonto.
Mimi puso una cierta cantidad de loción fresca sobre la espalda de Yamato y lo sintió tensarse, mientras exhaló un gemido de dolor. No duró mucho, por supuesto; la sensación refrescante de la crema de aloe vera aminoró el ardor de la quemadura que Yamato tenía en la espalda. Mimi sonrió con confianza.
―¿Lo ves? No es tan malo ―Susurró ella, acercando sus manos hasta la piel del hombre y comenzar a esparcir la crema por toda la superficie rojiza que implicaba la espalda de Yamato. La tensión en sus músculos la hizo acariciar con cautela su piel, sonriendo conforme Yamato iba relajándose ante su tacto.
―Sabes cuan sensible es tu piel; mejor hubiera sido meterte al agua con una playera ―Acotó Mimi con diversión, continuando con su labor de apaciguar la tensión sobre la piel de su amigo.
Yamato, recostado boca a bajo en el sillón de sol, rodó los ojos aún sabiendo que Mimi no lo veía.
―No es que tenga la piel sensible... El agua sirve se lupa a los rayos del sol y eso provoca...
―Como quieras, cariño ―Cortó Mimi, sonriendo zorrunamente al verlo suspirando en rendición. Había un tipo de placer culposo en hacer enfadar a Yamato; era una de sus entretenciones favoritas―. Sempai había dicho que con ponerte ésta loción tres veces al día, será suficiente para calmar el ardor y recuperar el tono de tu piel.
―Gracias por..., ésto... ―Dijo Yamato, con su rostro ligeramente rojizo.
El tiempo en la piscina al aire libre les valió lo suficiente como para que Yamato acabara quemándose con los rayos del sol. Jyou y Koushiro tomaron también una tonalidad rojiza en sus rostros y pecho, pero quiera aceptarlo o no, Yamato tenía una piel más sensible.
A Mimi le gustaba ver ese rostro sonrojado. Le recordaba mucho al niño que no solía dialogar demasiado con niñas y que la vergüenza muchas veces le ganaba. La Tachikawa acomodó algunas hebras rubias del hombre para que no se marcharan con la crema que ella le aplicaba.
―Supongo que estamos a mano ―Apremió Mimi. Yamato la miró por el rabillo del ojo, curioso por sus palabras―. Ya sabes: tu cubres mis bubbies; yo, tu espalda.
Él sonrió de costado, casi sin darse cuenta que en su rostro aumentó el color. Recordó entonces los sucesos que a su mente acudían de apoco; aquellos que con el paso del tiempo, buscaban por salir a la luz.
―Creo que..., ya estoy mejor... ―Fueron las palabras de Yamato, consiguiendo recomponerse sobre el asiento playero. Mimi no se apartó de su lado, pero si sus manos, yendo hasta la toalla de manos que tomó prestado.
Mimi se tomó las manos y prefirió apartar la mirada de la de Yamato. Había algo que no toleraba en la forma que él la evitaba. Ella tendría que agradecérselo, eso hacía las cosas más fáciles para ambos. Sin embargo, estaba lejos por sentirse tranquila.
Yamato miró a Mimi, observó su perfil triste y distante. Habían tantas cosas entre ambos que quería salir a la luz. Él se lo impedía y ella no estaba lista para luchar. Ambos estaban demasiado confusos como para decir nada, pero a pesar de ello, prevalecían uno junto al otro.
―Mi...
―¿Honey? ―La voz de un tercero se escuchó con fuerza; la necesaria como para hacer que Mimi y Yamato se volvieran hasta el dueño de la voz, con la identidad de la tortura para ambos.
―Wallace... ―Dijo Mimi, poniéndose de pie con lentitud, como si no diese crédito a lo que estaba viendo. El norteamericano sonrió divertido ante su confusión y caminó hasta ella, estrechándola en sus brazos, hundiendo su rostro en el cabello de su novia.
Mimi se quedó de piedra ante el abrazo de Wallace, pero entonces recordó quien era ella, quien era él y cuál era su vida antes de entrar a aquel hotel; abrazó a Wallace y éste la estrechó con más fuerza a él.
Yamato, incómodo en aquella situación, se levantó del sillón, intentando que ninguno se percatara de su presencia sin conseguir demasiado. Wallace soltó a Mimi y se volvió al Ishida, dirigiéndole su mano abierta para saludarlo.
―Yamato, ¿cómo estás?
El japonés intentó corresponder a la sonrisa del otro, sin demasiado resultado. Respondió al saludo y lo soltó casi enseguida.
―¿Como han pasado la boda de Hikari? ―Preguntó Wallace, debatiendo su mirada entre su novia y Yamato. Ninguno de los dos parecía querer responder a ello, por lo que Mimi, tomando la mano de Wallace, lo alejó de allí.
―Tienes mucho que contarme, Wall, me has dado una grata sorpresa.
―Me alegra oírlo, nena ―Se giró a Yamato, despidiéndose con una mano―. Hasta luego.
El Ishida sólo imitó el gesto, viéndolos marchar con la sensación de tener una navaja en la garganta.
Y así llegamos al final del capítulo...
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Un besito a todos~
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* Vanessa Castella: Muchísimas gracias por tu comentario y por las bellísimas palabras. Jaja Sii, Mimi no podía preocuparse de otra cosa, mientras Yamato muere de a poco de la vergüenza xD Me hace muy feliz que te guste y pues espero que éste nuevo capítulo te guste así también :3
