DON'T GO HOME WITHOUT ME
XXII.
El hogar está donde el corazón duele.
Pasan las mañanas, las tardes y las noches junto con sus amaneceres y ocasos, y Kagura no dice nada, no hace alusión a nada ni actúa diferente a como era antes de acostarse con ella. Parece como si hubiera borrado el incidente de su memoria con éxito, como si nada hubiera ocurrido en absoluto. Eso incomoda y alivia a Okita a partes iguales, quien se debate entre la dicha de la ignorancia y el anhelo de volver a tocarla.
Hay una pregunta constante en su mente ahora cada vez que sus dedos tocan su piel o huele la esencia de su cabello (nunca por casualidad, siempre en medio de un intercambio de golpes), si aquello fue un sueño muy nítido o la inquietante realidad. Si ella sólo pasó la noche con él porque quería pasar la noche con alguien o si necesitaba que fuera él.
Pero ella no le da respuestas en ninguna ocasión, sólo enigmas e incertidumbre: la duda de saber qué pensaba en ese momento y qué piensa ahora sobre todo aquello, si es que piensa sobre eso en lo absoluto.
