DON'T GO HOME WITHOUT ME

XXIII.


El hogar está donde el corazón duele.


Ella sonríe sin cesar ese día como si fuera nuevamente una niña de catorce años, con los ojos azules más brillantes que de costumbre y mucho más guapa también. Okita la aborda a mitad del parque, a ella y a su enorme perro que agita su cola a su lado, e intenta molestarla un poco por el simple placer de hacerla refunfuñar mas también para indagar el motivo de su alegría.

—¿Por qué tan feliz, China? ¿Se descubrió que la luna está hecha de sukonbu y te cabe toda de un bocado?

La sonrisa feliz de ella se vuelve sardónica luego de su pregunta y le espeta entre altanera y todavía jubilosa que no es de su incumbencia mientras pasa frente a sus ojos un pedazo de papel. El papel es una carta, se da cuenta Okita. El remitente probablemente es su hermano.

Otra vez.

Porque sabe que la carta no es de su padre; él conoce su letra ya que también ha recibido correos amenazantes suyos, exigiéndole que deje de molestar a su hija y que no le ponga ni un solo dedo encima. Correos que él quema o lanza al tacho de basura sin ninguna consideración sobre el remitente o su propia vida.

Kagura sigue avanzando sin querer compartir el motivo con él y él la toma del brazo, apretándola más de lo adecuado, pero nunca lo suficiente como para lastimar a una Yato. Ella se suelta con el ceño fruncido, ya no más una sonrisa, y él alcanza a ver cómo las marcas enrojecidas de sus dedos delgados desaparecen de su piel blanca.

—¿Qué te pasa? Leer la correspondencia ajena es delito federal, policía ladrón de impuestos. ¿Quieres arrestarte a ti mismo, uh?

—A nadie le interesan los mensajes de odio que te puedan llegar —miente descaradamente; porque sí, sí quiere saber a ciencia cierta quién ha sido el bastardo que le ha escrito una carta que la hace tan feliz. Sin embargo, la deja ir sin más sabiendo que él no es así, que ella está más allá de él y que puede hacer con su vida lo que le plazca.