-No ha sido muy inteligente que dejases a Daven con el marrón de Yorick- reflexionó Aaren mientras caminábamos.
-Sí- concordó Elyn-, no lo parecerá, pero es peligroso.
Astrid bufó.
-Aaren no lo decía por eso, rubia de bote. Dave es tan inocentón que Yorick podría convencerle de que tiene razón.
Todos nos vimos obligados a reconocer esa posibilidad, incluida una reticente Elyn.
-Vale- aceptó-, eso sólo hace peor esa situación.
-Pero si hubiera mandado por ejemplo a Kristof- les dije-, no le habría hecho el menor caso. Con Dave está la esperanza de que le conceda hablar.
-Buen punto- asintió Holger-, pero yo creo que deberías pasar ya al plan B.
Me tensé como un arco y le miré. Freki gruñó, nervioso.
-¿Tu lo sabes?- Astrid se volvió contra mí, con expresión ofuscada-. ¡Barbie! ¿Cómo lo puede saber este pequeño mamarracho en ves de yo?- se quejó.
-No se lo he contado- le espeté, esperando una respuesta de Holger.
Él bufó.
-No hace falta ser un hijo de mi padre para darse cuenta de cuál es la otra opción, Karee. No hay muchas otras alternativas para poder controlar La Casa.
-¿Eh?- Astrid lo entendió y se giró hacia mí, cogiendo aire con fuerza.
Los otros también comprendieron.
-Ese será nuestro último recurso, pero es lo que hay. ¿O se os ocurre alguna otra cosa?
Todos suspiraron, dándome la razón.
Me puse al final del grupo, para asegurarme de que Gullfaxi iba cómoda con la carga.
Me recibió con un relincho de potro cuando afianzé las mochilas que llevaba. Siempre era tan juguetona e infantil...me recordaba en cierto sentido a Dave.
Elyn se me acercó y comenzó a caminar a mi lado.
-¿Estás conpletamente segura de ello?
-Si se te ocurre otra cosa- repliqué-, te animo encarecidamente que me la digas.
Ella frunció el ceño.
-¿Siempre tienes que ser tan seria? Parece que te vaya a dar algo si te relajas un segundo. No cuesta tanto estar un poco más relajada.
Abrí la boca, ofendida y dispuesta a replicar algo, pero la risa de Astrid no me dio oportunidad.
-Es la Barbie, es como pedirle a Dave que no sea bobo, a Maija que madure un poco, a Holger que no sea gilipollas, a...
-Lo hemos pillado- le interrumpió Linnae, escondiendo una sonrisa mientras los otros querían asesinar a nuestra querida e imprudente pelirroja favorita.
Así de insoportables siguieron hasta que llegamos.
La ciudad era un tanto pequeña, pero más grande de lo que ellos estaban acostumbrados a ver. Era rústica, y la calle mayor era tan estrecha de sólo personas podían caminar hombro con hombro.
Fuimos a una callejuela secundaria, llegando justo a tiempo para ver cómo nuestro contacto bajaba de su taxi, dejándolo aparcado en primera fila.
Superaría la cuarentena, con la correspondiente calvicie y no era precisamente delgado. Pero poseía una sonrisa carismática que su hija había heredado.
-Malin- le salude.
-¡Katherine!- dijo efusivamente, dándome un fuerte abrazo de oso-. ¡Cuanto tiempo, chica! ¿Cómo está mi niña, por cierto?
-Tan pastelosa con Skylar que dan ganas de vomitar arcoiris- dijo Astrid antes de que pudiera abrir la boca.
Malin rió. Era sin duda un buen hombre.
-Sí, ella siempre ha sido un poco demasiado dulce. Más le vale a Skylar no hacerle daño.
Bajé la cabeza, para que no se me notase la sonrisa.
-Antes de que eso pase- le dije-, se derretirá Jotunfeim.
Malin me sonrió.
-Más le vale- repitió.
Pasamos a su jardín trasero, donde descargamos las cosas y nos preparamos para hacer una pequeña acampada en su jardín.
Me reuní con Malin en su cocina, para intentar recabar información.
-¿Qué está pasando últimamente con los monstruos? Parece que están muy activos.
-Sí, pero no hacen mucho- contestó pasándome una taza de café.
Fruncí el ceño, confusa.
-¿Cómo pueden estar muy activos y al mismo tiempo no hacer mucho? Eso es incongruente.
-No me líes- rió mientras me servía una infusión-. Están muy activos, es verdad. Pero no atacan a nadie. Además, se marchan al sur.
-¿Al sur?- ahora sí estaba confusa-. ¿Por qué harían eso? Hasta ahora toda la actividad se estaba centrando no muy lejos de casa.
Se encogió de hombros.
-Ni idea, pero mejor así. Bastante tenemos ya con los malditos gigantes como para que encima se nos tiren encima esos bichos.
Me vi obligada a darle la razón. Ya teníamos bastantes problemas sin nada raro de por medio.
-¿Y los gigantes pacíficos?
Bufó.
-Como siempre; si no los molestamos, no nos molestan. Aunque hay que andarse con ojo para que no te aplasten accidentalmente.
Había pocos gigantes pacíficos viviendo en Midgard, pero a veces se habían aliado con nosotros cuando los trolls los molestaban a ambos bandos. Eran un tanto bobalicones, de una media de diez metros, siendo más altos que sus congéneres de Jotunfeim, con la piel de un azul intenso y el pelo gris desaliñado.
-¿Y qué tal el trabajo?
-Bien- dijo-, pero hoy me han tocado un puñado de raros. La chica dijo que la última vez que estuvo aquí fue hace setenta años.
Bufé para contener la risa.
-Sí, quizás fuera alguna inmortal de esas.
Malin rió.
&%&
-Me rindo- decretó Holger mientras se sentaba contra la pared de un restaurante.
Astrid se sentó a dos metros de él.
-Por increíble que parezca, estoy de acuerdo con el gilipollas.
-Que fina- masculló Holger.
Astrid sólo sonrió con suficiencia.
Mientras estos se ponían otras vez como si fuesen niños de tres años, eché una ojeada a mi alrededor.
Todo estaba tranquilo, indiferente a los monstruos o guerras secretas de los dioses. La gente se limitaba a pasear por las tranquilas calles.
Benditos mortales con su sagrada ignorancia.
Mientras discutían me alejé un poco del grupo para mirar unos escaparates. No quería que me relacionaran con tamaña panda de locos.
En ese momento alguna sensación hizo que el corazón se me oprimiera en el pecho y me pusiera nerviosa.
Miré alrededor.
No, no podía ser ningún monstruo. La calle era concurrida y, de todas formas, ellos solían estar más activos de noche. Aunque, si nos encontraba alguno, tampoco sería un gran problema. No uno, al menos, que me fuese a dar una sensación así.
Gigantes, pensé.
Pero no, ellos no atacarían un pueblo tan lejano a nuestro radio habitual de acción. Estábamos en Alaska, ni siquiera era el mismo país, por mucho que estuviera cerca.
Pero, ¿entonces qué demonios era?
Una campanilla sonó al abrirse la puerta del bar enfrente de donde mis compañeros discutían.
Salieron tres personas. Una era una chica, bajita y morena con un pelo castaño rizado y ojos dorados. Parecía seria aunque alegre. Algo me dijo que había visto mucho más de lo que aparentaba.
El otro era un hombretón con cara de niño que reconocí al instante.
Me calé la capucha y giré un poco la cabeza, para que no me viera, pero de todas formas estaba demasiado concentrado en el tercer miembro del grupo.
-Enserio, hermano, Rudolf no está a salvo contigo en este mundo.
Frank enrojeció hasta la punta de las orejas y la chica rió tapándose la boca con la mano. Un gesto algo antiguo, pero bastante adorable.
Sentía una sensación eléctrica por todo el cuerpo. Estaba a punto de provocar yo sola una tormenta eléctrica en toda regla, aunque el cielo estuviera despejado y el sol brillará en el cielo.
Era alto, aunque no tanto como Frank. Tan alto como yo, lo que era raro. El pelo negro como alquitrán y despeinado. Seguro que ni se molestaría en arreglarselo con las manos por la mañana. Pero no me hacía falta mirar sus ojos para saber de qué color eran.
Tenía el corazón oprimido por algo que no podía determinar, la sangre se le agolpaba en las orejas y respiraba muy deprisa.
Gracias a los dioses, había dejado a Freki con Malin, porque sino, estaría dando vueltas como loco por todas partes, aullando como un maldito por mi agitación.
El grupo se alejó entre risas en dirección a la estación de tren y algo pequeño se me acercó, sobresaltándome.
-Que, Barbie- dijo Astrid dándole un codazo-, ¿te he asustado?- dejó de sonreír al ver mi cara-. Mierda, ¿se puede saber qué demonios te pasa ahora?
Le sonreí débilmente.
-¿Por qué no vamos a interrogar unos mortales a la estación de metro?
"Es imposible", dijo el orgullo. "Es arriesgado", dijo la experiencia. "Intentalo", susurró el corazón.
