Mientras nos encaminamos hacia la estación, a una distancia prudente del aquel extraño grupo que iba delante, noté una agitación entre los miembros de mi equipo.
Mientras Percy y sus compañeros compraban los billetes, nos pusimos en la tienda que había al lado a curiosear. Fue entonce cuando me acorralaron mientras fingía mirar unas postales.
-Di ya que pasa, Barbie. No me gusta esto una mierda.
Astrid tenía el ceño fuertemente fruncido, e intentaba parecer indiferente. No lo conseguía, igual que los demás.
-No se de que habláis.
-Venga ya, Karee- dijo Aaren-. ¿Qué pasa? ¿Por qué te pones así de repente?
Me removí inquieta ante la mirada escrutadora de siete pares de ojos.
-Bueno- dijo Holger al final con una sonrisa sardónica-, si tu no nos lo quieres decir, preguntaremos a ese grupo que seguimos desde hace rato.
Lo cogí por el brazo rápidamente cuando intentó darse la vuelta. Lo acerqué a mi, obligándole a recordar que era más alta que él. Sólo un poco, pero era más alta, aunque él me sobrepasaba en musculatura. Le di un pequeño calambrazo de recordatorio.
-Acércate a ellos- dije en un tono que me asusto hasta a mi-, y te juro por las raíces de Yggdrasil que sólo quedará de ti una mísera pila de cenizas. ¿A quedado lo suficientemente claro?
Todos me miraron tan sorprendidos como yo por mi arrebato y Holger apretó los labios en una fina línea, mirándome a los ojos sin pestañear.
Jamás había amenazado a ninguno de ellos. Yo siempre utilizaba la razón y la lógica antes que la fuerza bruta y la coacción, pero esta vez no había pensado. Había sido puro instinto.
-¿Tan serio es?- inquirió Sven, rompiendo el silencio inquietante que se había formado.
Solté a Holger y le dirigí una mirada de disculpas. Asintió, con los labios aún apretados.
-No lo se- respondí.
-¿Y ya está?- Elyn estaba francamente sorprendida.
Asentí.
-No jodas Barbie. ¿Qué va a pasar? Tengo una sensación, como si no fuera a atacar algo grande.
-No nos va a atacar nada- repliqué-. pero sí es algo grande.
Astrid bufó y Aaren le puso una mano en el hombro para intentar tranquilizarla, mirándome inquieto. Linnae, Elyn y Sven estaban inquietos, moviéndose de un lado a otro. Maija y Lennart, en cambio, estaban quietos en un rincón. Holger solo me miraba fijamente.
De repente sentí una opresión estresante en el pecho, como si algo fuera mal y salí de la tienda. No me fijé en si los demás me seguían y, francamente, me importaba muy poco.
Percy se estaba separando de una cabina de teléfonos y miró al tren que había en la estación. Se encaminó hacia él.
Es tu momento, Hija de Asgard. Elige, rió Verdandi, La Norna que teje lo que pasa ahora mismo.
Decide, continuó Urd. ¿Sacrificas tu felicidad por tu hermanito o riges tu propio destino, a coste propio de todo lo que pase?
Jadeé, tapándome las orejas a sabiendas de que eso no impediría que siguieran hablando. Cada vez que las oía hablar, eran como frías agujas que se clavaban en mi cráneo. Dolía demasiado.
¿Y de qué hablaban? ¿Qué decisión podría yo tomar para cambiar el curso de los acontecimientos? Ya lo había hecho una vez, pero me había costado mucho. ¿Podía hacerlo de nuevo? ¿Y qué consecuencias tendría?
No les hagas caso, dijo una voz suave, que no me causó daño alguno: Skurd. Si eliges una tu hermano será feliz. Si eliges la otra, lo serás tú. No hay más vuelta de tuerca. ¿Quieres ser feliz por egoísmo o infeliz por altruismo? Y recuerda siempre: Nada está escrito aún, niña, así que decide.
¿Qué tengo que decidir? Quería gritar, pero no podía.
Entonces levante la vista y, sinceramente, no tomé ninguna decisión. Sólo corrí. Corrí como alma que lleva el diablo hacia la puerta del tren justo antes de que se cerrara.
Bien hecho, niña. Ya verás como al final todo sale bien. Sólo no pierdas la fe.
Eso no hacía falta que me lo dijera. Siempre supe que mi camino sería el más difícil de todos. Por eso siempre me habían mostrado tantas cosas horribles en sueños; sólo me preparaban para lo que me esperaba.
Ya estaba lista para saber escribir mi propio camino. Y quizás así Dave no muriese. ¿No había dicho Skurd que al final todo saldría bien? Además, Skurd siempre había sido la más clemente de las hermanas. No creo que, a estas alturas, me fuera a dar falsas esperanzas.
Lo malo es que me daba en la nariz que ahora sería el doble de difícil.
Vi cómo mis amigos y mi cuñada corrían detrás del tren en el que me había metido, gritando. Astrid seguramente en vez de gritar estaría maldiciendo como sólo ella sabe.
Los perdí de vista enseguida; el tren iba muy deprisa.
Me separé de la pared, tambaleante, y me topé de narices con el revisor el tren. El hombreton de incipiente calva y enorme papada estiró la mano hacia mi.
-El ticket, por favor
Sonreí dulcemente. No tenía ticket, pero el tipo no tenía por qué saberlo.
-Tome- le dije en tono suave mientras le tendía un vale de descuento de desayuno en la mejor cafetería de la ciudad de la que acabábamos de salir. Hacían unas salchichas de reno buenísimas.
En momentos como estos daba gracias a los dioses por tener un amigo Landvaettir. Ebbe y su hermanito me habían enseñado hace mucho cómo manipular las raíces de Yggdrasil a mi gusto, mostrando a los mortales lo que yo quería que viesen. E, incluso, a semidioses como yo.
El hombre me sonrió al validar mi ticket falso y fui a sentarme, no muy lejos de donde estaba el grupo reunido. Desgraciadamente, no estaba lo suficientemente cerca como para escuchar su conversación.
Estaban todos bastante tensos, sobretodo Percy.
¿De verdad era él? ¿No será algo falso, una sensación engañosa? No, eso no me había pasado nunca, ¿ por qué habría de ocurrir ahora? Simplemente, nada de todo esto tenía sentido.
De todas formas, lo que más me inquietaba era esa sensación eléctrica que había en el aire. Era como si algo fuera a ir mal. Como si no debiese estar aquí.
Pero me daba lo mismo. Si me fulminaban los dioses allí mismo, mirándole no me podría importar menos.
Los Nornas ya me habían avisado el año pasado sobre acercarme a Frank. ¿El riesgo sería mayor al haber más?
Pero, ¿más de qué?
No lo comprendía, y tampoco aparecía nada cuando lo buscaba. Esto era realmente frustrante.
Estaba todo como el tiempo justo antes de la tormenta. Y yo era experta en eso, no por nada era hija de mi padre. De repente unas sombras sobrevolaron el tren a toda velocidad, unos borrones de plumas y garras.
Y atacaron.
Hubo un golpe que nos hizo salir del raíl. Me golpeé la cabeza contra el cristal, rompiéndolo con el golpe.
Mi vista estaba nublada de rojo por el golpe y me pitaban los oídos, lo que hacía peor que todos estuvieran gritando.
Vi que Percy, Frank y la chica morena salían del tren a luchar contra las criaturas para defender a los mortales. Con un gruñido, me levanté, me limpié la sangre de la frente y desenvainé, desintegrando a una de las criaturas que se quería llevar volando a una pobre señora.
Su grupo no se las apañaba nada mal. No pude evitar reír cuando Percy hizo que uno de los gigantes de hielo se sentara encima de una de esas endiabladas criaturas. Pero eso no quitaba el nudo de mi garganta.
No eran mortales, pero tampoco hijos de dioses(que yo supiera). ¿Qué eran entonces?
Frank y la chica tenían armas de alguna especie de oro. Y Percy...Su espada corta estaba echa del mismo material que mi daga favorita.
No podía ser casualidad.
Dioses, ¿en qué me había metido está vez?
Cuando se estaban a punto de ir, pues parecía que habían terminado con todos los monstruos, vi cómo un grifo estaba a punto de lanzarse contra él. Ni siquiera lo pensé: me lancé contra él con mi daga de bronce en ristre, vaporizándola en un polvo dorado, no el gris acostumbrado.
No fui tras ellos, sino que fui al linde del bosque.
Fuera lo que fuera, ya había pasado, dejándome una extraña sensación en el cuerpo.
Pero no pude evitar seguirlos un poco, para cuando Percy se separó un poco del grupo a buscar leña por la noche, se encontrara por casualidad una pequeña mochila con comida y se la llevara.
Después de eso, si me fui, pero con un amargo sabor de boca, mirando cómo se alejaba antes de internarme en el bosque, donde llamé al Freki.
No eran nada, pero se sentía como si todo.
