Hola, buenas a todos. Me imagino que todos querréis que esos dos (Percy y Karee), se encuentren frente a frente de una vez. Lamento informar que para eso falta mucho aún. Sí, se lo que pensáis algunos; "que mala persona es", "vamos a apalearla" y cosas por el estilo. Pero no sois los únicos que quieren que llegue esa parte, os lo creáis o no. Pero, Karee tiene que aprender varias cosas antes de ese esperado encuentro. Y ahora, lo que habéis esperado.
¡Todos los comentarios son agradecidos y me motivan mucho! ¡Besos!
Santa Frigg, ¿qué haría yo sin Freki? No solo por la compañía constante que me daba, ni tampoco por las veces que había matado a los monstruos que nos acechaban mientras mi hermano y yo veníamos a La Casa, hace tantos años ya, además de dar mucho calorcito en las noches al raso que había pasado en pleno invierno.
Era de suma utilidad, que mi querido amigo cánido tuviese tanta sincronía con las raíces del Árbol que pudiese transportarse a donde le viniera en gana.
Me paré y me senté sobre un viejo y mohoso cadáver de un árbol fallecido hacía tiempo mientras rebuscaba en mi mochila, aún llena de provisiones incluso después de haberle dado a Percy, y saqué lápiz y papel para escribir una nota a mis amigos.
"Queridos amigos:
Lamento haberos dejado tirados en la estación, pero tuve un asunto urgente que atender. No os perocupéis de mi, estoy muy lejos para reunirme con ustedes pronto, así que no me esperéis para volver a La Casa y, por favor, Linnae y Aaren, redactad un acta de lo que habéis averigüado y no actuéis; estos monstruos no van a por nosotros ni se alían con los gigantes, así que no alarméis a los demás. Para nosotros son completamente inofensivos.
No tardaré en volver, y cuidaos los unos a los otros. Os dejo a Gullfaxi para que carguéis con menos cosas, y dadle a Freki mi mochila grande para que me la entregue. Y no os olvideis de que, aunque Gullfaxi sea inmortal, y por lo tanto, por mucho que quieran Holger y Sven, hay que darle de comer.
Atentamente:
K. Mattsson
P.D. Astrid, por cierto, te agradecería que te abstuvieras de mandar a Freki de vuelta con una carta ofensiva que toque el tema de mis antepasados o mis progenitores, gracias.
Sí, esto bastaría. Y si Astrid, haciendo oidos sordos a mi carta, aún intentaba escribirme una respuesta, tenía la seguridad de que Aaren y Linnae la pararían. O, que al menos lo intentarían.
Mandé a Freki con mis amigos y me puse a revisar lo que tenía en la mochila: dos mudas de ropa, ropa de abrigo, cerillas y yesca para encender varias hogueras, una navaja multiusos, una linterna, Brújula y mapa, un termo lleno de agua y otro de una infusión y varias barritas energéticas. También había una pequeña cantimplora con hidromiel y trozos secos de la manzana de la inmortalidad.
Luego todos decían que metía demasiadas cosas en mi mochila, pero siempre era mejor ser previsor.
Una vez, Sven dijo que no se extrañaría si un día encontráramos una entrada a Narnia en mi mochila. No entendí el chiste, pero tuvo que ser muy bueno para que todos se riesen.
Freki volvió con una nota en la boca y mi mochila en el lomo. Ni me lo pensé cuando tiré la carta, reconociendo la letra de Astrid. Luego me retracte y la recogí del suelo: sería muy útil para la hoguera de esta noche.
-Bueno, chico- le dije-, a caminar se a dicho.
No se por qué, pero andar por los bosques siempre me relajaba. Aunque el día se había nublado y parecía que se pondría a nevar en cualquier momento aun siendo verano.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral al darme cuenta de ello. Pero no podía ser; ¿cómo podía avecinarse el Ragnarök cuando ya sabía que iba tener hasta sobrinos?
Era ridículo, pero esa sensación persistía por mucho que la supiese estúpida. Era imposible, pues ya sabía que había futuro más allá de el próximo verano, pero no podía evitar que se me pusiera la piel de gallina al pensar en el mañana.
Las Nornas no dejarían que me fuera tan fácilmente. Podría parecer mentira, después de todo lo que habían hecho pasar, pero yo sabía que me tenían cariño. ¿Por qué, sino, me darían esta oportunidad?
Además, estaba segura de que al menos Skurd si me quería.
Ella era más extraña que sus dos hermanas juntas. Siempre me había tratado bien, parando a sus hermanas cuando yo ya no podía más. Incluso a veces me había hablado con amabilidad.
Los dioses, gigantes, elfos, enanos, landvaettir y todos los otros seres inmortales o que vivían milenios, nos trataban como objetos. Eso normalmente nos importaba poco, puesto que la única relación que teníamos con nuestros padres era cuando nos reclamaban. Uno se acaba acostumbrando, además, nos teníamos los unos a los otros, y eso era suficiente.
Freki me dio un golpe con el hocico en el brazo y paré para acariciarle. Este lobo era mucho. Podría parecer todo lo amenazante que quisieras, además de ser un fiero protector, pero era más bueno que el pan. Supongo que al vivir milenios no tenías mucha infancia. Me imagino que esa fue una de las razones por las que mi abuelo nos dio a sus dos mascotas preferidas.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y me paré en seco. Era una especie de brisa de invierno: helada, contundente.
Ya sabía lo que eso indicaba, por lo que me di la vuelta de forma fluida, aprovechando el movimiento para desenvainar el enorme mandoble y el pesado escudo que llevaba a la espalda.
Freki no se puso en modo de ataque. Me di cuenta de ello enseguida. Seguía con aquella cara de cachorro mimosos, con la lengua por fuera y los ojos brillantes.
Relajé la postura, pero apreté los labios bajo la abrigada capucha de mi capa. No guardé las armas y continúe lista para pelear.
-Eres más perceptiva de lo que dicen- dijo una voz suave de entre los árboles. Femenina, sin duda-. Muchos en Asgard aún creen que solo eres una de los típicos chiquillos de Thor: engreída y prepotente por ser un vástago del dios del trueno, un poco como él. Pero tienes el carácter de tu abuela.
Una muchacha atlética salió de entre la espesura. Iba abrigada, pero sin más armadura que un jubón de cuero endurecido, como muchos otros. Era esbelta. Y alta, mucho. Rozaría los dos metros y el pelo negro se lo había cortado de modo que siguiese la linea de la mandíbula. Sus ojos gris claro eran los de un depredador. En su mano, iba un arco y en su cintura descansaban varios cuchillos de caza.
Apoyé una rodilla en tierra y bajé la cabeza, clavando la espada en el suelo y apoyando el escudo a mi lado, mostrando el respeto hacia alguien de su posición. Freki fue a lamerle la mano a la diosa giganta que nos había decidido honrar con su presencia.
-Mi señora- dije con voz serena, a pesar del nerviosismo que sentía. Hace un par de segundos criticaba a los dioses por su falta de atención y a los dos segundos me encontraba con una de ellos.
De esto no me podíais avisar, ¿eh, Nornas?
-No te arrodilles ante mi, Katherine. O Karee, si me permites esa confianza.
Levante la vista. Estaba sonriendo de manera maternal y me tendía una mano.
La cogí a pesar de sentir reticencia. No hacerlo sería una ofensa. Mantuve todo esto y mi nerviosismo detrás de una máscara de seriedad, como siempre.
Su sonrisa se ensanchó más aún, como si supiese lo que estaba pensando.
Me quité la capucha por educación, dejando que los ligeros copos de nieve se posaran en mi rostro. La mire a los ojos, a pesar de que sabía que eso podría costarme caro. No pensaba inclinar la cabeza ante nadie que no me demostrase que se lo merecía.
-Si vos lo deseáis, podéis llamarme Karee.
Ella enarcó una ceja, con burla.
-No te pongas tan seria, hija, o te saldrán arrugas.
Fruncí el ceño, con Fusa por el repentino cambio de temab y ella rió.
-Perdona, cariño. Acabo de parecerme a la maldita Hnoss.
No pude evitar soltar una ligera risa, que confundí rápidamente con un acceso de tos.
Guardé mis armas, y ella me imitó.
Nos quedamos mirando, con Freki restregándose contra mi en busca de atención.
Sentía una opresión en el pecho, ¿y si había venido por Percy? Eso hacía que me pusiera muy nerviosa.
Fruncí el ceño. ¿Cómo me podía afectar se esa manera que algo le ocurriera a un desconocido?
-¿Puedo tener la osadía de preguntaros para qué requerís mi presencia, señora?
Skadi rió, divertida.
-No me trates de usted, por favor. Soy vieja, pero no necesito que me lo recuerden. Y, de todas formas, lo acabas de preguntar. He venido porque me interesas, Karee. Y también como parte de un favor hacia una vieja amiga.
Esperé a que siguiera hablando.
-Sabes cuál es mi origen, ¿no?
Asentí lentamente.
-Sí, eras hija de un gigante que mi padre mato. Cuando lo hizo, quedaste al mando de un gran clan de gigantes de hielo. Mi abuelo, para que no hubiese otra guerra te dijo que te convertiría en diosa con la condición de que te casases con uno de los suyos. Elegiste a Njord, el dios del mar.
Ella hizo una mueca.
-Si... Habría preferido a Vali, pero tu abuela hizo que todos los dioses se pusieran detrás de un panel y yo los tenía que elegir por los pies. Me tocó un viejo que olía a pescado- hizo una mueca-. Pero al final le estoy agradecida; he tenido dos hermosos hijos, soy una diosa y poseo un amante verdaderamente excelente.
Abrí mucho los ojos ante esto último. Lo normal cuando se es inmortal es gozar de varios amantes, pero no sabía que lo fueran diciendo por ahí.
Skadi sonrió ante mi incomodidad.
-Bueno, no quería incomodarte. Ahora mi misión. Bestla tu bisabuela, no quiere que haya guerra, pero tenéis un topo que se ha ofrecido a ayudarles. Así que por eso Mimer a tenido que apoyar a la panda de brutos de el lugar. Pide que busques una solución. Y sino, por favor, mata a los menos posibles.
Dicho esto, la diosa de la caza y el invierno desapareció con una pequeña borrasca de nieve que me hizo tener que taparme el rostro con un brazo.
Me quedé sola en el bosque con un lobo y llena de confusión.
Por supuesto que sabía quienes eran los topos. Y, si por mi fuera, habría solucionado eso ya hacía mucho. Pero no era tan fácil como parecía: mi estilo no era ir dando mandoblazos hasta matarlos a todos. Eso se lo dejaba a los bobos de La Casa.
Seguí caminando, algo descolocada por la información que me acababan de dar. Era normal que Bestla no quisiera guerras entre sus hijos y sus hermanos y sobrinos, eso siempre la había dividido: no pertenecía ni a unos ni a otros.
Y mi padre, Don Mato Gigantes Porque Me Da la Real Gana, no resultaba de mucha ayuda precisamente.
Freki y yo continuamos caminando por el bosque hasta que empezó a anochecer y nos sentamos en el suelo para encender una fogata. La carta de Astrid ardía muy bien eso debo reconocércelo.
Un aullido rasgó el silencio, haciendo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral.
Freki se tensó, pero no se puso presto para atacar.
Levante la vista y, a través de la capucha, pude ver una figura de lobo. Pequeño comparado con Freki, muy grande comparado con sus congéneres del sur. Los lobos árticos siempre habían sido de gran tamaño.
Pero no era un lobo normal, pues podía ver el tronco del árbol que tenía detrás a través de él.
Me quedé paralizada, sabiendo que estaba ante un fylgja, uno de aquellos espíritus que acompañaban a una peona y tomaban forma de animal, en los guerreros normalmente eran un lobo o un oso. Cuando aparecía, sólo podía significar que estabas en peligro de muerte.
Mi fylgja levantó la cabeza y me miró con ojos tristes. Luego alzó la cabeza al cielo y soltó un aullido tan lastimero que me dolió el alma. Era un grito de dolor y arrepentimiento.
A su lado apaeció otro fylgja, pero esta vez de oso. Me miró con esos ojos pardos llenos de amargura y tristeza para después desvanecerse en el aire, aumentando el volumen del aullido del lobo fantasmal, al que Freki decidió acompañar.
Me tapé los oiods fuertemente para no oírlos, puesto que sentía el corazón a punto de estallar por la pena que me estaban causando.
No supe cuanto tiempo ettuve así ate de que una mano se me posara en el hombro. Levanté la vista hacia Ebbe, que me sonreía con tristeza y me tendía un pañuelo de hojas bellamente bordado.
Me limpié las lágrimas que había soltado si darme cueta en silencio, mientras mi querido amigo Landvaettir se sentaba a mi aldo e itentaba ocultar su disgusto hacia mi pequeña fogata.
-¿Por qué será que siempre nos encoramos en situaciones como esta?
Reí con tristeza y le devolví el pañuelo.
-La verdad, no lo sé.
Ebbe sonrió y se levantó, tendiéndome una mano que no dudé en coger.
-Esta noche te quedarás con nosotros- me informó-. Faas te ha echado de menos.
E, intentando sonreír, me fui con Ebbe a uno de los claros ocultos por el bosque donde vivían los Landvaettir.
Lo que somos es un regalo que os hace Dios, lo que llegamos a ser es un regalo que le hacemos a Él.
